El respeto como obligación política

En la era de lo políticamente correcto, parece ser que todo va sobre el respeto: respetar a quien es diferente; respetar las reglas del juego democrático; respetar a aquellos que no piensan como nosotros… Respetar es una palabra que se esgrime con más soltura de la que se maneja y, para muestra, la más rabiosa actualidad. Esta paradoja tiene nombre: sesgo endogrupal, y explica por qué nos resulta más sencillo aceptar las premisas de aquellos que más se parecen a nosotros, comparten nuestro modo de vida o votan al mismo candidato político. Pero pedir respeto desde la intolerancia carga en su sino con el peligroso germen del totalitarismo: si no podemos escuchar al prójimo, ni este hará el esfuerzo de atender a nuestras palabras, ni podremos avanzar como sociedad. Ya lo dijo Churchill: «Valor es lo que se necesita para levantarse y hablar, pero también es lo que se requiere para sentarse y escuchar», y esto último es imprescindible entre compañeros de armas y también entre adversarios.

Resulta evidente, pues, que el único modo de confrontar ideas en busca de un beneficio mutuo de las partes es a través del diálogo, que todo lo soporta menos la fuerza y la imposición, y que es justo lo que enseñamos a nuestros hijos, como lamentaba el humorista Berto Romero en el último late night de Buenafuente, porque deberíamos avergonzarnos de, ni respetarlo, ni cumplirlo en la adultez. Quizá, entonces, la respuesta deba hallarse en los niños que fuimos, como expresaba hace más de setenta años el escritor Antoine de Sant-Exupéry en El Principito.

Respetar es una palabra que se esgrime con más soltura de la que se maneja y, para muestra, la más rabiosa actualidad.

Sobre esta realidad no importa que hablemos de ciudadanos que exigen más derechos para sus animales de compañía sin cumplir con sus obligaciones —una cuestión en la que, poco a poco, hemos vencido y convencido—, aquellos que demandan al consistorio una ciudad más limpia a la par que siembran de colillas cualquier esquina que transitan o de políticos que son votados para hablar entre ellos por y para los ciudadanos y se atascan las orejas de la verborrea que mana de sus bocas.

Por lo tanto, es lógico creer que el respeto requiere de empatía, y este, a su vez, es imprescindible para alcanzar nuestros objetivos éticos, políticos y sociales como comunidad. Sobra decir, no obstante, que, como cualquier otro concepto en el que la subjetividad y la emoción nos guían, este supondrá una significación distinta para cada persona, y para muestra tenemos Internet, donde una amplia mayoría considera que la libertad de expresión acoge chistes de mal gusto sobre Irene Villa o memes de Mariano Rajoy y de cualquier otra figura política y, otros tantos, considerarán que tales acciones deberían quedar encerradas en el pensamiento.

Concentración por los Jordis (Barcelona, 17/10/17)
Fotografía de la concentración a favor de la liberación de Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, que gran parte de la sociedad catalana ha definido como los dos primeros presos políticos del movimiento independentista.

Sobre lo que nadie debería dudar, sin embargo, es que el respeto debe ejercerse de forma activa y no pasiva como estamos acostumbrados a creer. El proceso político-social catalán es, muy probablemente, el ejemplo más interesante de los últimos años: no solo se trata de que la clase política y, posteriormente, los agentes sociales se hayan saltado a la torera la legalidad vigente, sino que existe en las entrañas del «procés» una ignominiosa falta de respeto desde el gobierno central, que como un padre autoritario y con las leyes en la mano ni tan siquiera se ha levantado del butacón o ha intentado hacer el mínimo esfuerzo: escuchar lo que se tenía que decir e interesarse por ello.

Muy probablemente este no sea el lugar y no contamos con el espacio para desgajar la cuestión hasta el fondo, pero habría que preguntarse cuál de las dos supone una mayor falta de respeto y por qué. Si bien es cierto que este tema nos sirve para comprobar que no hay causa que no deba ser respetada siempre que sus argumentos cuenten con los dos valores fundamentales con los que empezaba esta tribuna: tolerancia y respeto. El por qué lo expresó a las mil maravillas el filósofo austro-británico Karl Popper: «Si extendemos la tolerancia a aquellos que son abiertamente intolerantes, los tolerantes serán destruidos; por ello, cualquier movimiento que predique la intolerancia debería estar fuera de la ley.» Con esta mochila a cuestas, quizá sea momento de volver a evaluar muchas situaciones del panorama social y político de nuestro país, ¿no creéis?

 

Corleone y la independencia

Encarnado en el don de la familia Corleone, Al Pacino daba voz a los pensamientos de varios de los personajes que se encontraban alrededor de una mesa de reuniones en La Habana: «pueden ganar», decía, «porque no tienen nada que perder». Estos días han dejado muchas imágenes rupturistas, pero ni unos ni otros de los que están por ahí arriba se plantean que las cosas puedan pasar a mayores. A las redes sociales, sin embargo, mejor no acercarse más de la cuenta, pues quien no te envía al ejército de tierra, le baila el agua a la andaluza y te aplica el ciento cincuenta y cinco —que tiene una rima muy fea, y no voy a ser soez aquí— y te ataja el problema en un pispás.

Hyman Roth, don Corleone y asistentes a Cuba (El Padrino II)

Yo no creo en banderas, y, por lo tanto, soy tan poco nacionalista como independentista, pero ya he dejado escrito en reiteradas ocasiones que tampoco creo en unidad sin un proyecto común detrás. No creo en la política, sino en los hombres sabios, como Ortega y Gasset, que decía que la nación remite al sentimiento y el estado a un proyecto común. Sin proyecto común, los estados mueren, y son las naciones las que prevalecen, puesto que los primeros, quienes lo sienten, lo hacen mediante un papel, y las segundas viven en el corazón.

No creo en esta política. Creo en aquella gente que ha visto más que yo, como Iñaki Gabilondo, quien lo ha visto todo de ese escenario patrio, a veces de cambio, y, a menudo, dantesco y escatológico; Iñaki es un tío que te puede caer bien o te puede caer mal, pero tiene visión; Iñaki, quien decía que el problema no era el día 1 de octubre, sino todo lo que habremos hecho hasta llegar a ese domingo de urnas secuestradas desde el conjunto de España y después para terminar de perder Cataluña. Porque se inflaman los ánimos de los que sienten y de los que no sienten, de los que sienten unidad y de los que sienten democracia, pero un bando tiene claro el camino y el otro solo sabe que no le gusta la dirección. Julia Otero escribía hoy una tribuna en el 20Minutos que decía lo siguiente: «La mitad de la ciudadanía en Cataluña no quiere la independencia, pero son invisibles para la Generalitat. La otra mitad quiere la independencia, pero la Moncloa los ignora.» El problema, Julia, es que eso no es del todo cierto: dos se sacan la minga, y el primero que se la guarde en los pantalones, pierde. Uno de ellos es el hijo del dueño del bar, y se cree con derecho a todo, el otro lleva pululando por allí toda la vida, y está hasta los cojones de tanto pitorreo: ninguno de los dos se plantea perder ese pulso, a riesgo de no poder volver a pisar el local. Entonces, ¿quién gana?

Manifestantes Madrid (derecho a decidir Cataluña)
Manifestantes en la Puerta del Sol de Madrid que defendían el derecho a decidir de Cataluña.

¿Es tan simple? Por supuesto que no. Hoy, chocan identidades, y modos de vida, y fiscalidad, que son tres de los grandes problemas que enfrentan España y Cataluña; pero la guardia civil, y la persecución de libertades y las fotografías de tanques en Lérida —pues claro que hay ejército en Cataluña, ¡y en todas partes!— son otro golpe bajo por parte de un gobierno que ha tenido tiempo más que suficiente, pero que se ha amparado durante demasiados años en el statu quo de una dictadura, de unas autonomías que (ya) no funcionan, de una presión fiscal que vive del ayer, e incluso de los sueños de unos para configurar los de todos, cambiando el ya arcaico e indiscutible catolicismo de época por un centralismo que ya agoniza en su búsqueda de federalismo.

¿Cuál es el problema que enfrentan los paletos de traje y corbata y los que piden una votación de todo el país para que Cataluña se independice? Que no saben lo que de verdad importa; que no entienden que el Derecho de Autodeterminación de los Pueblos es solo un papel más que no contempla todos los supuestos de Europa: que no saben ni qué coño firmaron en su momento. Yo no soy nacionalista, de ningún tipo, y tengo amigos que se sienten y amigos que no se sienten, pero todos hemos visto cómo hace diez años el proyecto independentista eran cuatro gatos, y hoy puede ser una realidad. Y lo más triste es que esto se haya potenciado a través de los partidos que hospeda el gobierno central y no solo del bloque catalanista, y que ahora se pretenda detener mediante la prostitución de los pocos valores democráticos que España aún podía enorgullecerse de respetar.

En El Padrino II, el viejo Hyman Roth (Lee Strasberg) regaña a Michael por poner nerviosos a los asistentes a la reunión con locas ideas sobre los rebeldes cubanos, sin entender que el único pecado de don Corleone es decir en voz alta lo que todos estaban pensando en sus cabezas. Quizá con Cataluña pase lo mismo; con una gran diferencia: cada vez hay más leyes, y pueblos, y medios, que amparan el proyecto de referéndum que quería lanzar el gobierno de Carles Puigdemont y menos demócratas que pueden defender la postura oficial española.

El último whisky de Rita

Murió Rita Barberá, y el Partido Popular tardó escasos minutos en lanzar todo tipo de acusaciones contra la prensa española: que si había sido linchada por los medios, víctima de una caza de brujas, y quién sabe qué más. Aquellos que la patearon del partido, la empujaron al grupo mixto y le negaron hasta el saludo, también fueron los primeros en tildarla de «gran española», «gran política» y «gran persona».

El domingo algunos medios se hacían eco de la autopsia de Barberá, recogiendo la verdadera causa de su muerte (una cirrosis de caballo), y no un fallo cardíaco debido al estrés y a la presión mediática. Quién sabe si Rita estaba estresada (tendría sentido, desde luego), lo que es indudable es que lo aliviaba entre destilados.

En la distancia, puede decirse que la estrategia de la mártir funcionó. Para todos, menos para Rita. Pero a Rita poco le importaba ya el Partido Popular, España, o cualquier otra cosa, así que los populares, tan castizos como centristas, adoptaron aquel dicho popular tan célebre del muerto al hoyo.

Barberá y Rajoy (fallas)
Un ninot de Rita Barberá y Mariano Rajoy en Fallas.

«Morirte no te da la razón», decía, Ignacio Escolar, director de Eldiario.es, pero al PP le dio tiempo. Tiempo para beatificar a Rita, para atreverse a intentar cambiar la mentalidad de la opinión pública, que había osado acusarla, con pruebas, de prevaricación, de corrupción, de blanqueo de capitales. ¿Cómo es posible que Rita, a quien entre todos le rompimos el corazón, fuese una mala persona?

Desde su óptica, además, la óptica de grupo, de cohesión, de familia, Rita Barberá no era una mala persona. Si acaso, demasiado imprudente para seguir formando parte de esa gran familia española de centro-derecha tras los escándalos. La número tres del partido había visto demasiado en Génova como para comprender a qué venía tanto lío. ¡Con tantos casos de corrupción, y vienen a llamar a mi puerta!, pensaría.

Pero Rita Barberá, pese a su ceguera, nos dio una lección complementaria a la de Pacino (Si la historia nos ha enseñado algo es que se puede matar a cualquiera), y es que la muerte, esa gran desconocida de la que casi nunca hablamos, tiene un gran poder en nuestras vidas. ¿O acaso Rajoy, Villalobos o Catalá salieron ayer, lunes, a pedir perdón por sus acusaciones a los medios de comunicación? Claro que, si vivos, la regeneración democrática de un partido no pesaba lo suficiente, imagínate muertos.

Se fue el caloret

Rita Barbera… ha muerto. Lo ha hecho hace escasas horas; cuarenta y un años y tres días después de que anunciaran la muerte de Franco en aquel famoso teletipo, que tantos y tantos siguen rememorando aún.

La senadora y exalcaldesa de Valencia declaró el lunes por primera vez frente al Tribunal Supremo en relación a la Operación Taula —aquella que la obligó a salir por la puerta de atrás del PP, y a integrarse en el Grupo Mixto—. No era la primera vez. Estuvo por ahí rondando en el Nóos, por obligación, y le salió caro el apoyo a Francisco Camps, principal imputado en el caso de los trajes.

Rita Barberá durante la mascletà

¿Financiación ilegal en el PP valenciano? ¿Una caja b? Se trataba de cuestiones donde la presunción de inocencia ya tiene poco sentido en un país cansado de desfalcos y desmanes por parte de la clase política. Para los medios y los ciudadanos, Rita Barberá era culpable, y es muy probable que lo fuera; para la justicia, sin embargo, las cosas se mantuvieron hasta el final (hasta su final, por lo menos) un paso detrás del otro; como tiene que ser.

Los documentos y testimonios recabados desde el inicio de la llamada Operación Taula, en enero pasado, señalaban a la exregidora, pero su blindaje como aforada, dado su actual cargo de senadora, le permitió posponer varios meses la imputación.

No obstante, parece ser que la noticia no es el punto y final a sus veranos de caloret, sino un pretexto más para enfrentar y crear polémica en el Congreso. La inesperada muerte de Rita, a quien ya varias fuentes afirmaban que el estrés le había pasado factura, ha sido razón suficiente para que la presidenta de la cámara, Ana Pastor, decidiese dedicar un minuto de silencio en su memoria.

Minutos antes, los diputados de Unidos Podemos han abandonado la sala, afirmando (a posteriori) que sentían la pérdida en lo personal, pero que no podían ofrecer un gesto oficial de respeto a quien, según ellos, no ha sido más que una política corrupta: «Un homenaje oficial es sinónimo de honra por su trayectoria», decía Garzón. Otros no estaban de acuerdo.

Rita Barberá (Musa del humor)
En 1973, Rita Barberá fue elegida Musa del Humor de Valencia. En serio.

La polémica ya estaba servida en la prensa y las redes. De la muerte de una persona al circo de lo mediático, de lo políticamente correcto… Pero para sorpresa de muchos, lo políticamente correcto solo ha resultado ser una minoría de ciudadanos que se sienten disgustados con la actuación de Iglesias, Errejón y compañía, y una aprobación generalizada frente al statu quo, a esa ilusión de normalidad que nos quieren vender, y que la mayoría de nosotros directamente empezamos a repudiar.

«Homenajes para la anciana de Reus que murió por tener que alumbrarse con velas», decían muchos; «¿nadie se acuerda de cuando la respetable se burló de los homenajes a las víctimas del metro de Valencia?», preguntaban otros; comentarios en solidaridad a los millones de personas expulsadas de su hogar por los bancos que siguen cargando con el peso de una hipoteca; por los miles y miles de jóvenes desplazados que escapan de los porcentajes de paro juvenil…

En cambio, para muchos, la trayectoria de la que fue primera dama valenciana durante veinticuatro años y cofundadora de Alianza Popular, y de lo que vendría después, no merece honores, al menos, oficiales; de los otros, nadie con dos dedos de frente se los negará.

El respeto por la muerte de una persona es algo que todo el mundo merece, pero la admiración, la gratitud, las despedidas sentidas, hay que ganárselas. Que se planteen pues todos aquellos y aquellas que se han mantenido en silencio en el hemiciclo qué era Barbera para ellos, qué había hecho Rita por ellos y por su país, y cuánta hipocresía falta por erradicar todavía en la vida pública y política de España.

Mariano Rajoy declaraba hace unos minutos: «Rita ha dado la vida por el PP», mientras muchos se preguntaban para sí: ¿pero no la habían repudiado y expulsado del partido? Tampoco falta quien, en esas palabras, ve conspiraciones que, por supuesto, resultan imposibles en un estado democrático de derecho como es España, y que no son más que coincidencias, como ya ocurrió en la trama Gurtel

Pero parafraseando las palabras de alguna que otra mente despierta: mucho debate, mucha crítica, pero pocos «descanse en paz». Pues, que así sea, que Rita descanse en paz, y que el resto de implicados lloren lágrimas de cocodrilo, suspiren aliviados en sus casas y dejen de apretar el ojete.

Quien de verdad la apreciaba, estará ocupado lejos de los focos y las cámaras, viviendo la cara más dura de la alta política, esa que se tiene que pasar a solas, sin apoyos ni coaliciones. Como le ocurrió a Barbera al final de su vida.


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De coleta morada a coleta cansada

Ayer, leía una noticia en La Vanguardia que retrataba a un Pablo Iglesias muy distinto al que hemos conocido estos últimos años: pesimista, desganado, acusando el cansancio electoral que se ha extendido más de ocho meses entre elecciones, reuniones en busca de una (dudosa) investidura y otros tantos en campaña en campaña.

El redactor buscaba el contraste entre este y otros miembros de la coalición (Unidos Podemos), que no solo rehuyeron en un primer momento ese idealismo propio del socialista, sino que, además, mostraban mejor cara al mal tiempo.

Yo voté por primera vez a Unidos Podemos en junio, y antes, en diciembre, a Podemos en solitario: sin coalición ninguna, a pelo, como se presentaron. Anteriormente, no encontré alternativa mejor, y tanto para el Congreso como para el Senado, me decidí siempre por PACMA. Lo digo por si eres uno de esos lectores o lectoras que necesita saberlo, que debe leer un párrafo que se adecue con su ideología; esto no solo va para el resto, también para otros simpatizantes y votantes como yo; porque Iglesias ha pecado de un exceso de liderazgo, de cierta egolatría y, si bien tenía presente la importancia de los medios (llevar el diálogo hasta la televisión desde mucho antes que el resto quisiera debates allí fue un enorme acierto), erró al olvidar lo esencial que es caer en gracia, de ofrecer una imagen afable: como el tonto bonachón en la presidencia y los dos adversarios arquetípicos de Mattel; en definitiva, que hubiera sido interesante hacer antes los deberes.

Separarse de ellos comprendiendo  como el tonto bonachón en la presidencia y los dos adversarios arquetípicos de Mattel; en definitiva, que hubiera sido interesante hacer antes los deberes.

Separarse de ellos comprendiendo el contexto que se le presentaba, recordando los movimientos tradicionales de la izquierda y la derecha en el país, y si bien yo no hablaré de ocho millones de subnormales, sí sería bueno tener presente que España no solo son las grandes ciudades, también los pueblos; y los nichos de población de baja calificación, escasos estudios y ruralismo ideológico.

Pablo Iglesias haciendo el indio ;-)

Ahora toca apostar por las nuevas reglas. Para seguir viviendo en España, y a la vista de los resultados, toca apostar por las nuevas reglas, porque perdimos; por segunda vez. O largarse, pero si seguimos aquí, es que nos hemos resistido suficiente, así que algo nos atará a estas fronteras seguro.

Toca apostar por las que imponen los grandes partidos, aquellas del pez grande que se come al chico; donde uno está arriba y diez, once, doce, quince… abajo, pisoteados, y a medida que hablamos, aún aumenta esta segunda cifra. Pero si tanta gente sigue aclamando a Amancio Ortega, tendremos que deducir que, o bien hay mucho idiota, o parte de verdad en lo que se dice.

Quizá el cambio no estaba en Podemos, ni en Izquierda Unida, ni en las izquierdas siquiera, pero la votación unánime al Partido Popular demuestra que todo está bien en la derecha, y con la derecha. Está bien crear empleo eventual con condiciones de mierda, es real aquello de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, y que no ocurre nada porque no se haya montado un gobierno desde diciembre de 2015, porque España, por sí misma, ya es un desgobierno de tomo y lomo.

Presidencia y ya tal
La segunda ya tal.

Acostumbrémonos a las universidades públicas con precios de élite, a los trabajos en formato de prácticas low-cost, a vivir bajo el umbral de la pobreza, a tragar, a no poder luchar por nuestro futuro y, sobre todo, a seguir hipotecando nuestro presente.

Existían en este país todos los ingredientes para convertir una revolución del pensamiento en una revolución de las urnas; pero quedamos cortos. Todavía gana el miedo, el qué pasará y el temor a que, con cualquier otro, estemos peor. Es tan grande el sentimiento que ni tan siquiera conseguimos darle el tradicional pucherazo entre la izquierda de mentira y el centro-derecha de mentira.

Pedro Sánchez (Ken+Barbie)
Barbie, a la derecha, con Ken, a la… Oh, wait.

Mientras tanto, nos obcecamos en el «caso Echenique» y no en los miles de ejemplos de corruptelas normalizadas por el Partido Popular y el PSOE. ¿Que está mal? Por supuesto, y no seré yo quien lo defienda, pero sería conveniente tratar de ver que solo es un reflejo fiel de este país, donde, en la práctica, para presidir una gran empresa con miles de empleados puedes pagar la misma cuota de autónomos que aquel que trabaja a media jornada limpiando la mierda del resto, o imparte cuatro clases de inglés, o se rompe los cuernos en algún micronegocio donde solo encuentra trabas y trabas.

Parece ser que se nos mide a todos por el mismo rasero, hasta que interesa; cuando no lo hacen, el circo mediático se pone en marcha, no vaya a ser que alguien sume dos más dos y vea un pelín rocambolesco que se compare a una persona con una minusvalía grave que no avisó a la Agencia Tributaria de que su asistente no pagaba la cuota de autónomos con grandes capitales que defraudan a diario miles de millones.

Y eso es todo. Ahora desfalcad a pequeña y gran escala, preparaos para que los nacionalismos crezcan también al oeste del Ebro, y quizá más cerca aún de los Pirineos, y quién sabe. Empecemos por contratar con cláusulas abusivas para poder amasar una fortuna antes de que la clase media termine por desaparecer y, por encima de todo, posicionémonos en el lado vencedor, que es aquel al que han dado alas.

A España le falta un hervor o dos, en todos lo sentidos, y quizá nosotros no lo vemos, así que  lo mejor será intentar asegurarnos una jubilación digna, pero de la única forma que sabemos aquí: tragando, y poniendo la mano, o directamente robando.

¡Que viva el vino!

El 26-J nos dice que una amplia mayoría quiere que España siga igual, y hay que aceptarlo.

El vino es algo indisoluble en el Partido Popular. Forma parte de todos los actos de campaña. No falta nunca, parece ser. Así, no es extraño que, como acto promocional, la jeta de sus candidatos quede impresa en las botellas de alcohol que se reparten por las principales carpas.

Esto viene de lejos. Mucho antes de que Soraya fuese DJ invitada, las fiestas del PP ya eran memorables entre el tintorro y las chucherías para los críos, y a nadie le importaba demasiado si se pagaban en A o en B mientras quedasen uvas fermentadas en la sala…

Ya lo ves, no llevo bien la derrota, es cierto, y creo que España tampoco. He leído durante varios días noticias en la prensa española y catalana, comentarios por Twitter, Facebook, y más: se ha hablado de pucherazo, de ceguera colectiva, de un Mariano Rajoy reafirmado; no se ha hablado más de Venezuela ni de inexperiencia política de los nuevos partidos, ni de ilusión.

La gente ha empezado a dormirse; el globo se desinfla por momentos: hoy, no hay razones para creer en el cambio. Eso me produce una tristeza difícil de trasladar a este texto. Fuera de Cataluña y el País Vasco los mapas se colorean en azul, con algunas pinceladas de rojo, pero esta vez no hay Ley d’Hondt ni desconocimiento que valga.

Estimación 26-J por provincias
Estimación de voto por provincias previa al 26-J.

El domingo pasado, una amplia mayoría decidió no votar y otra, mucho mayor, decidió apoyar al Partido Popular. Mi voto fue a Unidos Podemos, con el corazón dividido por segunda vez desde que cumplí los 18, y no voté a Partido PACMA para el Congreso de los Diputados. No pensé demasiado en ello después; sabía que el PP ganaría, creí que el electorado del PSOE se dirigiría hacia los violetas e imaginé que Ciudadanos perdería ese sprint que había ganado contentando, por unos instantes, a muchos, pero sin rumbo fijo en su programa.

Hoy, no hay razones para creer en el cambio.

Millones de personas votaron al Partido Popular. Millones. Tras la Ley Mordaza, la reforma laboral, la LOMCE, las leyes que nos aseguran una estupenda pobreza energética para el futuro, la corrupción, la privatización de la sanidad, el artículo 135 en formato exprés…  Algunos eran viejos asustados por unas pensiones que, en unos años, desaparecerán; otros, empresarios de pymes que realmente creen que vivirán mejor cuanto más difícil y más precario sea el acceso al mundo laboral; también obreros, y clase baja, no lo olvides.

Estoy triste porque yo (ya) no soy mileurista; porque puedo (empezar a) aprovecharme del sistema en mi posición, de becarios a los que esclavizar, de proveedores a los que dejar a deber facturas por tiempo indefinido, de adaptarme a ese mundo de corbata y chaqueta, de iPad Pro y smartphone de última generación, de PS4 y Xbox One sin tener que quedarse con una de las dos, o de GoPro para grabar tus vacaciones a ojo de pez. A lo mejor alguien cree que le estoy intentando dar envidia, y no es así.

Mapa de colores - Resultados Elecciones Generales 2016
Mapa de colores con los resultados electorales tras el 26-J por provincia (partidos más votados por circunscripción).

Lo cierto es que yo he podido crecer profesionalmente porque empecé unas casillas por delante de muchos otros —no muchas, debo añadir; el resto siempre es una suma de esfuerzos—. Esa es la base sobre la que se sustenta el Partido Popular: dar por culo a los que menos tienen, aprovecharse de aquellas personas con menos recursos, mantener uno de los suyos por encima a costa de cien de los nuestros.

Pero no hay nuestros. El 26-J ha demostrado que no los hay.

No hay nuestros. No hay nuestros porque da demasiado miedo dar un poco a los que menos tienen (renta universal, impuestos escalonados, seguridad social…). Da demasiado miedo cambiar; creer en algo distinto, buscar otras alternativas, que no tienen por qué ser el por qué ser el partido de Pablo Iglesias; no hacer lo de siempre. Ni tan siquiera votar a la supuesta (y única) opción que siempre ha estado ahí desde el inicio de la democracia: el PSOE.

Da demasiado miedo cambiar; creer en algo distinto, buscar otras alternativas, […] no hacer lo de siempre.

España ha votado, mayoritariamente, al PP, aceptando las normas que el equipo de Mariano Rajoy ha presentado y, a veces, impuesto incluso; yo volvería a votar a Podemos en una tercera ronda, creo en su programa, y entiendo que una opción política no convence a todo el mundo, pero, para todos los que no votaron algo diferente (y diferente no significa votar a mi partido, no lo olvides), se acabaron las quejas por la crisis, por el coste mensual del trabajador autónomo, por los lobbies, por el precio de la educación pública, por los recortes constantes que nos impone Europa y que nosotros aceptamos y deberemos seguir aceptando.

El domingo, España pudo cambiar, y decidió no hacerlo. Quizá es culpa de todos; de todos aquellos que no nos esforzamos suficiente debatiendo a pie de calle, de los viejos que solo temen, de los que no fueron siquiera a votar, y de ellos, también de ellos, que han utilizado a la prensa, a la televisión y estos seis meses para boicotear el cambio.

Hay cosas peores en el mundo: existe el cáncer en las pelotas, por ejemplo, y las abejas zombis o el 2 Girls 1 Cup (no lo busques mejor, no), pero esto es bastante malo también. El 26-J nos dice que una amplia mayoría quiere que España siga igual, y hay que aceptarlo.

Es un país sin futuro, saqueado, depredado y no va a cambiar.

No es cosa de un día ni de dos, claro que no, pero el lunes que viene será un poco menos malo que este, y así hasta que la gente recupere la ilusión. Quizá es para llorar, para tirarse de los pelos, pero yo preferí ver una película del gran Federico Luppi; comía con un joven Juan Diego Botto en un elegante restaurant de Madrid, y le explicaba: “Si te lo tomás en serio, si pensás que puedes hacer algo para cambiarlo, te hacés mierda. Es un país sin futuro, saqueado, depredado y no va a cambiar. Los que se quedan con el botín no van a permitir que cambie.”

Hoy, es lunes

Hoy, no puedo escribir.

Estoy bloqueado, igual que me ocurre tras discutir con mi pareja o con un amigo de los de siempre, pero, esta vez, no es nada de eso. Esta mañana, los perros me observan sin comprender; me acercan el hocico de vez en cuando en busca de una mirada cómplice y resoplan como solo ellos saben; con un suspiro de esos que conquista toda la casa.

Hoy, España es un poco menos mía aún. Soy un poco más apátrida, un poco menos crédulo y soñador; porque empiezo a perder la esperanza en que este país pueda cambiar, en que los corruptos y los poderosos dejen de hacer su voluntad a través del dinero negro, de los sobornos, del miedo.

Soy un poco más apátrida, un poco menos crédulo y soñador; porque empiezo a perder la esperanza en que este país pueda cambiar […].

Pero que no nos engañen, porque nadie puede negar lo que fue, y sigue siendo; somos millones aquellos que no queremos renunciar a nuestros sueños, a un futuro digno, a seguir ilusionándonos con controlar, siquiera un poco, todo aquello a lo que aspiramos dentro de nuestras fronteras —un sueldo, una casa, un trabajo, un futuro—. Sin tener que huir, sin echar a andar de improviso, sin mirar hacia atrás; con esa brizna de esperanza que se seca entre los manos.

Mariano Rajoy
Mariano Rajoy, presidente en funciones del Gobierno de España

Hoy, Europa es todavía menos nuestra. Nunca los mercados financieros demostraron tanta supremacía como esta semana anterior con el Brexit; ese espacio donde Inglaterra rompe una relación que nunca fue un gran amor, y donde la unión solo es un mal sinónimo de mercancías libres de aranceles e impuestos; donde el dinero se mueve siempre más ligero entre grandes cuentas corrientes y donde nos asustan con la necesidad de no transgredir, de mantenernos unidos, pero siempre a la baja, siempre con la cabeza gacha, y con una moneda con la que gobernarnos de norte a sur.

[…] sería bueno que recordásemos que nada es imposible. Si acaso, soñar será a partir de hoy un poco más duro en España.

Hoy, termina esta segunda ronda, o quizá empieza. Y las caras de decepción de los partidos que no han podido concluir esa batalla entre caciques no son el verdadero protagonista, sino las risas y las sonrisas mediocres del resto, de políticos y simpatizantes,  que demuestran que no pudimos con la corrupción, con los decretos-ley, con las mentiras, y el miedo, pero seguiremos luchando.

Hoy, España sigue acusando mucho la falta de una conciencia democrática; un paso más cerca de desmembrarse sin poder hacer nada; de seguir remando en direcciones opuestas, de recordarnos que aquello que pudimos sentir cuando casi tocábamos Europa no era más que un espejismo que nunca fue.

¿Resistiremos? Por supuesto que resistiremos. Lo haremos; como siempre lo hemos hecho, porque si hubo un pueblo acostumbrado a ser jodido ese es el nuestro; falta por ver si seguiremos creyendo que no somos un país de naciones, o explotará desde el Mediterráneo.

Hoy, es lunes, y eso lo hace todo un poco más difícil. Pero hoy es hoy, por lo que sería bueno que recordásemos que nada es imposible. Si acaso, soñar será a partir de hoy un poco más duro en España.

Cuando triunfó el miedo

Cuando lo hizo, no lo supimos; se hizo certeza unas horas después, alrededor de las 22:00. O quizá algo más tarde todavía, mientras recargábamos la página del navegador para ver si esos votos y escaños que danzaban al ritmo del sistema d’Hondt ofrecían un giro aún más inesperado.

Triunfó el miedo. Triunfó en las urnas, y también lo hizo fuera: donde 23 de cada 100 personas no votaron. También hubo quien votó con el corazón más que con la cabeza; no faltaron aquellos que vieron claro el camino que se abría entre ideología, compromiso y futuro; y quienes mantuvieron el mismo patrón que en las once ediciones anteriores: polaridad, tradición, derecha, izquierda y falta de memoria; todo ello, dentro de un sistema que ve caducos esos mismos conceptos que le definen.

Última estimación de intención de voto preelectoral.
Última estimación de intención de voto preelectoral.

Yo voté. Voté con cabeza y con corazón, creo; igual que muchos otros. No importa si a rojos, azules, lilas, naranjas o a otros. Advertí que ni uno de ellos se libraba de caer bajo el yugo de los grandes partidos (ni ellos mismos) ni de la ley electoral española, probablemente tan macabra y socarrona como la alemana o la francesa, que no han tardado en empujar sus opiniones hacia este punto del Mediterráneo convirtiéndolas, a golpe de talonario, en verdades irrenunciables.

Yo creí. Creí que podríamos; que podríamos hacer caer al Partido Popular (aunque olvidé la fuerza de los hilos que sostienen sobres, del miedo a luchar por un futuro distinto —ya casposo, a estos alturas—, de las campañas políticas multimillonarias que esconden sus costes: olvidé su corrupción); creí que podríamos hacer caer al Partido Socialista (con sus ERE en Andalucía, sus casos de corruptelas que rivalizan y, a menudo, superan, y su vieja política siempre a la antesala del gobierno o de la oposición irresponsable); que surgirían nuevas voces, nuevos partidos y nuevos retos entre actores que quieren formar parte del cambio necesario.

Principales candidatos de las Elecciones Generales 2015 (España)

Hoy, lunes 21 de diciembre, me alegra haber cogido vacaciones de Navidad en este panorama incierto, donde las coaliciones y las promesas electorales amenazan con una segunda jornada de votaciones llegado el caso. Hoy, es día de pactos, de segundas reflexiones (ya maceradas), y de imposibles. De abstenciones, como la del líder de Ciudadanos, que también se leen como apoyos en la trastienda; de (im)posibles coaliciones que me recuerdan, en la distancia, más a un idílico Uruguay que a Venezuela, y de ser consecuentes con nuestros rostros y nuestras máscaras.

De demostrar si queda algo de aquel Partido Socialista Obrero Español; de si el Partido Popular puede plantear lo implanteable, de si, por una vez, puede existir una España plural que luche por hacerse entender, o de si todavía faltan años entre los que decidir emigrar de este circo esperpéntico de lo mediático y lo político o seguir protegiendo con recelo esa imagen de cartón piedra que se resquebraja desde el centro hacia los extremos y amenaza con aplastarnos a todos.

La entrada debió publicarse el lunes 21 de diciembre. Sin embargo, para bien o para mal, poco ha cambiado en el panorama político desde principios de esta misma semana a hoy, jueves 24 de diciembre.

Un hiver à Majorque, el Estado Islámico y la independencia de Cataluña

Es la verde Helvecia, bajo el cielo de Calabria, con la solemnidad y el silencio de Oriente.

Un invierno en Mallorca (Georges Sand, 1855)

En mayo, Mariano Rajoy se afanaba en volver a plantear el proyecto del gasoducto del Mediterráneo en Bruselas. Así, aprovechando las circunstancias en el Este, mataba dos pájaros de un tiro: se marcaba un punto con la Unión Europea y remendaba su posición política tras el bofetón de las elecciones. Después, llegó el veranito y, como cada año, todo se congeló entre la piscina y la playa; la barbacoa, las cervezas, etcétera. Todo queda paralizado un par de meses hasta que llega septiembre, y los críos necesitan libros, las familias necesitan llenar el carro del súper, y los políticos necesitan seguir prometiendo.

Sobre Un invierno en Mallorca

Hace siglo y medio, George Sand desembarcaba con su amante, Frederyk Chopin, en la isla de Mallorca. Allí, en un periplo de noventa y tantos días intentarían, infructuosamente, sanar un cuerpo sitiado por la tuberculosis; buscando el exótico sur que no encontraron en las costas mallorquinas. Diríase que hallaron algo distinto a lo esperado, una sociedad de chuetas y campesinos que se alejaban notablemente del mito del bon sauvage  que, quizá, impregnaba sus retinas desde la bahía de Palma. Aunque dudo que al oriundo balear le importase una… ¿sobrasada? lo que pensaba esa francesa que tenía por costumbre vestirse de francés.

Sobre ISIS o el Estado Islámico

Por otro lado, y probablemente al margen de todos estos acontecimientos antes citados, hace unos pocos meses, aunque parecería que de esto hace ocho o doce siglos, el integrismo islámico asomaba la cabeza tras el velo que, día tras día, la mayoría de Occidente se encarga de ocultar por una u otra razón. En este caso, el filo terminó por martirizar y dar muerte a un periodista de los de verdad, James Foley, quien desapareció en Siria hace un par de años. Y, quizá, más que ver el sangriento documento que lo atestigua —el cual está petado de visitas, por cierto—, valdría la pena informarse acerca de los acontecimientos actuales en Iraq y Siria de la mano del ciclo de entrevistas que Vice News realizó a miembros del llamado Estado Islámico.

Y todo ello está relacionado. Son tres claros casos de incomunicación.

Sobre la falta de comunicación a nivel geopolítico

Pero, evidentemente, de todo esto nadie habla en realidad. Así como los dos amantes no se citaron en sus respectivas composiciones artísticas en la vieja Maiorica; todos olvidamos rápidamente lo que ocurre a nuestro alrededor, por desinterés, por falta de compromiso, e incluso por gravosa desinformación. El verano de este 2014 pasa tan rápido como el resto, cuando llega agosto acortando días y volviendo un poco más triste cada atardecer, pensaría cualquiera. Cuando llega, de nuevo, el fútbol, la telebasura, los reality shows y vuelven a ponernos la venda en los ojos; eso sí, tampoco es que les cueste demasiado.

Mientras, a cuatro mil kilómetros de distancia de la Península ibérica —que, aunque no lo parezca, es una longitud mucho menor de la que hay a Norteamérica, por ejemplo— hay yihadistas; yihadistas de los que no sabemos nada, adoctrinando, matando y decapitando a personas desde hace meses; y a nosotros nos llega información fragmentada acerca de lo sucedido de la mano de un verdugo que asesina a un periodista americano frente a una cámara. Su intención es clara y directa: quiere mover el ojo del Gran Hermano hacia allí. La nuestra también: necesitamos ese tipo de atrocidades para ser impactados por lo que hay a nuestro alrededor; y ya, ni eso.

Mezquita de los Omeyas
Patio de la Mezquita de los Omeyas (Damasco).

Puesto que el panorama internacional se mueve a unas revoluciones en las que semanas parecen minutos, y minutos… Bueno, los minutos se nos escapan de los manos: uno a uno; ya podemos obviar, rápidamente, la crisis entre Palestina e Israel que movilizó a grandes grupos de personas alrededor del globo hace… ¿15 días quizá?; personas que criticaban la actitud de Israel y de Hamas; personas que condenaban la muerte de civiles inocentes y medios (y grupos, y lobbies, y celebrities; ¡ojo!), predominantemente, estadounidenses e israelíes que parecían ver muy clara y lícita la actitud del gobierno israelí. Aquí no pecaré de simplista, pues mi intención no es más que llamar la atención sobre distintos hechos que están ocurriendo en paralelo frente a nosotros.

A su vez, el Estado Islámico es, hoy día, una realidad más; una realidad francamente cruel, peligrosa y atrasada a nuestro tiempo, donde un manuscrito religioso (Corán) se convierte en una ley a todos los niveles; una sharía pervertida por el integrismo que supone huida, temor, privación de libertades y derechos humanos y muerte por doquier. Pero nadie habla de eso todavía. Y quien advierte uno de estos temas, no tarda en optar por la inacción. Y ese es el verdadero problema. Como sociedad, vamos tarde.

Abu Mosa
Abu Mosa, agente de prensa del Estado Islámico durante una entrevista realizada por Vice News en Siria.

Sobre la independencia de Cataluña o el estado catalán

Y ahora nos acercamos otra vez a un contexto más cercano, que quizá sí nos suene a todos, porque a esto los medios sí se le han dado bombo y platillo. Con innumerables matices frente al resto de temas —principalmente, por considerarlo de menor importancia que lo inmediatamente anterior, pero también por respeto y conciencia democrática—, al Estado catalán, compuesto por aquellos miembros de la sociedad catalana que desean decidir su independencia frente al Estado español, le ocurre algo similar; para empezar están hablando, y están siendo desoídos desde hace varios años por el gobierno central. Y es que Europa y, en especial España, no parecen desear conversar con sus semejantes, sino limitarse a ignorarlos. Pero no es un problema que exista en las calles de Barcelona, Gerona, Tarragona o Lérida, sino también en el País Vasco, y en Galicia, y en la mayoría de comunidades que no están de acuerdo con mantener eternamente ese parche que se realizó en la Constitución de 1978. Y si me apuras, en Grecia, en Italia, en Portugal…

La paz no se busca hablando con los amigos, sino con los enemigos.

Moshé Dayán

A mi modo de ver, el catalán que no se siente español tiene todo el derecho del mundo a buscar las vías que considere oportunas para cerciorarse de si la mayoría de los catalanes se sienten o no se sienten españoles (o sea, mediante referéndum popular y democrático). Asimismo, el español que no se siente cómodo con la Constitución de 1978, tiene derecho a buscar una solución a ese problema… Obviar esto y no buscar el diálogo entre las partes siempre trae consecuencias; decir que todos los españoles deben decidir el futuro de Cataluña es mentira (y es fascismo, además), a no ser que ese español viva en Cataluña y, aun así, para no alargarme en exceso, estoy convencido de que, de celebrarse la votación —lo cual tampoco dudo con la comunidad internacional ojo avizor—, ganaría el no. ¿Por qué?

Porque el catalán (medio) se siente español; muchos catalanes se sienten catalanes y españoles; otros se sienten españoles; otros se sienten catalanes y otros tantos no sienten nada y pasan de este tema. Pero la vía de la independencia es una apuesta tradicional que ha cogido fuerza por un clima de malestar concreto. ¿Cuándo ha sido Cataluña un estado? ¿Qué interés tiene? Cataluña, Baleares, Andalucía, Galicia, Valencia… es decir, los ciudadanos de Cataluña, Baleares, Andalucía, etc., quieren mejoras, quieren que no se les tome el pelo y un largo etcétera. Y apuesto que, si lo piensa en frío, la mayoría ve una tontería duplicar organismos e instituciones oficiales ad hoc, igual que ve una tontería dejar de formar parte de un estado del que forman parte y con el que han mantenido siglos de convivencia. Lo sé. Lo sé porque hablo con la gente, no con los políticos. Hablo con la gente por la calle; hablo con la gente de las tiendas, con los amigos, con la vecina… y todos son catalanes, y algunos quieren la independencia, pero oye, ni de coña una mayoría.

¿Saben quiénes no hablan ni escuchan a los ciudadanos, verdad?

El problema real surge cuando las partes no escuchan, cuando las cosas se imponen, o se ignoran, o se encubren. De golpe y porrazo, tenemos el ébola hasta en la sopa, y a Pujol (que es un mangante, como tantos catalanes y tantos españoles), y nada se resuelve. Porque nadie quiere saber nada de este tinglado, ni de muchos otros.

Jordi Pujol
Jordi Pujo, 126º presidente de la Generalitat de Catalunya (1980-2003).

Por último, apreciaría además que no se buscasen tres pies al gato, y que nadie empezase a leer aquí o allá que si se compara Israel con Siria o Iraq, o con Cataluña, o con quien se quiera relacionar. Apreciaría que el lector empezase a razonar, a buscar soluciones y a entablar diálogos de forma real y global entre regiones que, hoy día, están obligatoriamente interconectadas y, quieran o no, van a tener que aprender a convivir.

Esto no es una llamada al diálogo de los opuestos, es una realidad. Decía un famoso israelí: la paz no se busca hablando con los amigos, sino con los enemigos. Y yo creo que esos viejos, esos jóvenes y esos niños que graban con sus smartphones estadounidenses cómo los cuerpos de sus antiguos compatriotas son decapitados y sus cabezas son clavadas en una pica, necesitan mucho diálogo con el resto del mundo. Y nosotros necesitamos empezar a establecer puentes con ellos si queremos intentar que una zona que pervive en el pasado, se adecue al tiempo presente.

Y es que el gobierno religioso y la caza del infiel, no funcionó aquí. Y tampoco lo hará allí. Y en eso sí llevamos algunos siglos de ventaja frente a ellos. Pero eso no es excusa para seguir tratando a cualquier individuo que no pertenezca a Occidente como un niño que necesita nuestra ayuda, pues muy a menudo escoger esa vía solo empeora las cosas. Ellos, que no dejan de ser más que nuestros semejantes, que son un pequeño grupo —aunque no tan pequeño ya— y que no tienen discurso. Que critican a Occidente, pero se han formado aquí; que maldicen a la industria europea, pero usan unas Ray Ban para protegerse del sol del desierto, que usan tecnología de infieles para extender su discurso, y que mantienen una idea religiosa unívoca para seguir pensando que tendrán una recompensa en la otra vida, aunque a diferencia de los verdaderos musulmanes, les preocupa más de la cuenta lo que los demás hacen con su existencia terrenal.

Moshé Dayán
Moshé Dayán fue un político y militar israelí.

Porque una cosa está clara. En un mundo donde vamos a vivir más de cien años, estamos destinados a llevarnos bien, o a no vivir tantos años. Y todo esto se resume en que necesitamos canales  y medios de información reales (o sea, útiles), que nos permitan filtrar el ruido, pero también rebuscar entre él; en un mundo tan globalizado como el que se nos viene encima, necesitamos concienciar a la gente de los valores reales de este siglo, de la desaparición de las fronteras, de la necesidad de un fin común… y, todo ello, puede parecer utópico, pero no hay muchas alternativas.

O podríamos hacer como George Sand y crearnos una imagen absolutamente fantástica del prójimo durante nuestro viaje y, al contrastarla con la realidad —donde, según ella, el mallorquín de época dedicaba su tiempo únicamente al campo e impregnaba su casa de una total falta de intelectualidad—, darnos un gran bofetón. O mejor aún, no contrastarla, y seguir sitiando los medios, los cafés, las calles y el mundo entero de medias verdades e ideas simplistas que facilitan nuestra (escasa) comprensión del mundo. Y es que un sitio, una lengua y una cultura, es su gente. Todo lo demás, poco vale. Y despreciar, ignorar u obviar la voz de un colectivo jamás ha traído nada bueno, porque un país no es un territorio: son aquellas personas que allí viven y han vivido. Y quizá todo esto sería bueno recordarlo también a nivel geopolítico.

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