Víctor Barrio: libertad de expresión e idiotez endémica

Ayer leía: «Los taurinos se querellarán con los tuiteros que se burlan de la muerte de Víctor Barrio.» Simplemente, aluciné. Después, me reí un par de minutos, porque España sigue sorprendiéndome, aunque desearía que no fuese con este tipo de cosas.

Hoy, El Juli, quien imagino que es otro matador de toros, explotabao así lo describía el titular— a raíz de los comentarios de un tal Vicent Belenguer, un maestro valenciano que soltó unas cuantas barbaridades por Facebook. En paralelo, Change ha reunido las firmas de 150.000 personas para inhabilitarle de su profesión parece ser, pero no contentos con esto, se exige a las autoridades que se procese a este señor y a otros tantos por burlas.

Víctor Barrio tras una corrida de toros
Víctor Barrio muestra al público de la plaza la oreja cercenada de un toro.

¿Estamos de broma o qué pasa?

Os explico mi punto de vista, que seguro que, además, compartís: se está confundiendo libertad de expresión con maldad, y con ser un maleducado, un cabrón y un malnacido, es cierto, porque creer que se puede decir cualquier cosa no es excusa para faltar, ni para alegrarse de la muerte de una persona que, eso sí, vivía de proferir sufrimiento y de matar animales: el estigma social lo buscó él solo, eso sí, igual que el tal Juli, y todos estos canallas que se atreven a llamar profesión a la tortura.

Víctor Barrio - Muerte
La cornada que causó la muerte del torero Víctor Barrio.

Pero tampoco nos confundamos, ¡ojo! Las amenazas directas son un delito; ser una basura de ser humano, no. Es comprensible el sentimiento de congoja de alguien que ha perdido a un familiar, a un amigo o a un compañero, igual que muchos nos entristecemos por cada toro que asesinan por razones absurdas, por cada negocio que se hace con su sangre, por cada final en la arena; sin embargo, eso no da derecho, ni causa, a nadie para presentar una denuncia por una opinión. El resto, es sentimentalismo barato y un uso fraudulento de la infraestructura judicial, pese a antecedentes como el del edil Guillermo Zapata y su humor negro, que mal acostumbró a unos cuantos.

Mensaje Vicent Belenguer sobre Víctor Barrio
Mensaje del tal Vicent Belenguer, quien, como profesor, demuestra muy poca empatía y humanidad, por lo que me parece perfecto que se le cese de su cargo.

Tampoco es comparable con situaciones que rompen la regla: apología del terrorismo, del maltrato, de la asociabilidad, o la insociabilidad incluso. Pero que quede algo claro: si nos atrevemos a denunciar a una persona por su pensamiento, ¿por qué no hacer lo mismo con todos esos toreros que, para una inmensa mayoría, están haciendo elogio a la muerte y la violencia gratuita?

Y lo que todavía es más importante, ¿qué país es este donde se permite a niñas de treinta kilos y un problema gravísimo de anorexia hacer verdadera alabanza de su enfermedad por Internet pero se intenta encarcelar a cuatro imbéciles que se creen que es divertido reírse de la muerte del prójimo?

Pensadlo, a ver si encontráis respuesta, que yo sigo buscándola.


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Ateo de colegio católico

En un Estado aconfesional, el punto de partida debería ser la ausencia de cualquier manifestación de confesión.

Hace unos días, murió un comunista. La noticia se divulgó rápidamente debido a que empezaron por intentar encasquetar una cruz en el féretro y terminaron soportando un responso cristiano en recuerdo de un ateo del Puerto de Santa María (Cádiz).

Las quejas nacían de la acofensionalidad del estado español y de la falta de previsión de la funeraria. En un Estado aconfesional, decían, el punto de partida debería ser la ausencia de cualquier manifestación de confesión. Y que, quien profese alguna, pueda reclamarla.

Vaya todo eso por delante. Por detrás, aunque no demasiado, tenemos a políticos invocando a la virgen y curas que pueden decir lo que les salga de… la sotana sin afrontar consecuencia alguna. También los hay quienes confunden aconfesional con multirreligioso, así que apaga y vámonos.

Cementerio del Puerto de Santa María (foto)
Fotografía de Público que ilustraba la noticia con una captura del cementerio municipal. Con sus cruces, y sus tumbas, y sus flores, y sus cosas…

Al cerrar el navegador, me puse a hacer memoria y descubrí que jamás he ido a un funeral sin símbolos religiosos cristianos. Se toma como la norma, se acepta como statu quo; esta historia, por tanto, era noticia debido a su excepcionalidad, debido a que a nadie se le ocurre poner el grito en el cielo porque el finado era ateo y aparece por ahí un crucifijo y un Jesucristo apretando los dientes o enseñando estigmas. Visto así, se trata de un choque entre contrarios: legalidad y alegalidad, religión y confesión,  normativa frente a realidad.

No es que al muerto le importe. En realidad, no le preocupa ni tan siquiera a la funeraria. Si se ponen de moda los ataúdes sin cruz, ya se encargará el fabricante, deben pensar; son cosas del mercado, y poco más. El estado, quien debió apuntarse un tanto en el setenta y ocho con unos cuantos miles de votantes, sigue en ese resbaladizo camino de mantener el rumbo que dicta la corriente hasta que cambia este cambia y hay que rectificar en el último momento.

De un modo u otro, la familia es la única que paga. Si son gentes sin ideales, por lo menos soltarán un buen pastón vía directa o sangrado tras sangrado, mes a mes, hasta que alguien la espiche. Por el contrario, si se trata de esa rara especie que desea mantenerse fiel a uno mismo y a sus creencias, sean del tipo que sean, les costará demasiadas peleas e incluso cierta prostitución de los mismos, terminando muy probablemente en una pseudovictoria amarga que querrán olvidar cuanto antes al salir del tanatorio.

Por mi parte, si de veras puedo aportar algo de luz a todo esto, se lo debo al colegio salesiano en el que crecí. Allí, entré agnóstico y salí ateo, y descubrí que, por regla general, los curas son mejores que las monjas y pellizcan menos. Durante años, también viví con el miedo a morir en pecado: hasta que comprendí que todos aquellos que pensaban como yo, vivían muy poco y pensaban demasiado en lo que no podían hacer.

Don Bosco, fundador de los salesianos
Don Bosco, fundador de los salesianos. Y los curas nos hacían cantar: ¡Salve, don Bosco santo, joven de corazón!

Paulatinamente, me olvidé de eso, e incluso de las típicas misas de despedida por el padre Bartolomé que le había dado un apechusque, por sor Inés que había muerto en Benidorm ese verano o la buena de doña Eulalia que se había encontrado con el Creador antes que con la jubilación. Hoy, recuerdo que siempre pensaba lo mismo: «Mira, qué mañana más buena para estar por ahí, y no hablando de lo bonito que es irse al Cielo.»  

Pero bueno, también es bonito el pastón que suelta la familia por una misa y el gasto en flores y en el ataúd, supongo. Mientras unos están jodidos por la muerte, o aburridos de soltar billetes y billetes para enterrar los huesos en un nicho, otros están contando beneficios del único negocio en el que nunca hay crisis.

Supongo que para los amigos y familiares del José Bueno de la noticia, un entierro sencillo y que honrase su vida y su memoria era suficiente, si bien para España eso de romper con la tradición fue, de nuevo, demasiado trabajo.

Por mi parte, desde que tuve constancia, simpaticé mucho con la idea del abuelo materno de mi pareja, al que nunca conocí, quien decía que lo mejor que podían hacer era quitarle el anillo y el DNI de la cartera, que es el único modo de que el estado se chupe los trámites y el precio del entierro. Si todo sigue igual, conmigo que hagan lo mismo, o que me dejen en el bosque con unas cuantas ardillas.

Lo cierto es que puede parecer escatológico, pero mirad la que tenemos montada para que cuatro tíos se pongan a soltarle los pedos a unos cuantos muertos y a embadurnarlos la cara con maquillaje. Así que lo tengo claro, yo prefiero las ardillas.

Se van

Echo de menos a Caos. Siempre echo de menos a Caos. Cada día. Todos los días. No sirve de nada, pero tenía que empezar diciéndolo. Siempre hay algo que termina por recordármelo en un momento u otro. Hoy, leo cáncer de hígado en Internet, y le echo de menos. Aunque él no se fue así; a él le dio un vuelco el corazón, y después a nosotros.

Echo de menos a Caos. Le añoro. No sé si lo añoro más que a mi padre, que sí se lo llevó el cáncer; no sé si lo añoro más que a los abuelos que conocí; no lo añoro más que a los amigos que marcharon temprano. Sé que fue familia, y sigue siéndolo.

Caos en La Garrotxa (Gerona)

Leo cáncer de hígado en un blog, y recuerdo que se irán. Se irán con casi todo lo que nos dieron a cada instante de sus breves e intensas vidas. Se irán. Casi siempre se irán antes, porque brillaron el doble, sino más. Ellos lo prefieren así; si se lo permites, te lo habrán enseñado bien a lo largo de los años.

Te habrán enseñado a dormir al sol tumbado junto a ellos; a reír por cualquier cosa que te apetezca; a besar cuando sientes que es la persona adecuada; a compartir las pequeñas cosas, y a ser un poco egoísta cuando se trata de tu juguete favorito, por supuesto; te habrán enseñado que el amor debe ser incondicional, que la vida es cosa de un minuto y que no hay nada que un perro no pueda perdonar, porque son mejores que tú y que yo.

Se van; también nosotros. Y duele tanto como debería, no más; y juras sentir cómo los recuerdos se desmigajan entre lágrimas amargas que pretenden atesorar una vida entera; juras que jamás volverás a pasar por algo así; juras que no es justo.

Escaparán mucho más lejos de lo que nunca corrieron; pagaremos ese peaje. Pero es un tributo tan escaso frente a una vida juntos que estaríamos locos si no volviésemos a caer en ese error mientras quede en nosotros un soplo de aire.

El suicida del bar

Te confesaré una cosa: el año en el que me licencié, no fue un gran año. Mi padre murió, mi perra se comió las paredes de mi casa y uno de mis hermanos se divorció y se deprimió —aunque no sé si por ese orden. Por aquel entonces, yo no tenía trabajo (ni una oferta medio normal delante) y, cuando terminé por rendirme a la evidencia, empecé como becario en la empresa náutica de mis padres. Así, al final, fruto del enchufismo más acérrimo, descubrí dos cosas: que el mar mejor que se lo queden los peces y que trabajar con la familia suele ser un error.

De todos modos, ya te adelanto que sobre temas laborales tengo poco que explicar aquí y no quiero descubrir (demasiado) mis vergüenzas o las de otras personas cercanas, por lo que hasta aquí llega lo de contextualizar ese verano de 2011 en el Puerto Olímpico de Barcelona que, como ya he dicho, ni fue un gran verano, ni formó parte de un gran año.

La historia empieza una tarde cualquiera de las muchas que se repetían y terminaban con una cerveza en el bar de la esquina. Aquel día, me senté en la barra, pedí y me dispuse a hojear el periódico, dispuesto a asegurarme de si tan siquiera existía ya una sección de anuncios laborales o Infojobs ya se encargaba de presentar todos los puestos de trabajo de cuarenta horas semanales que violaban y escupían en el sueldo mínimo interprofesional.

Puerto Olímpico (Barcelona)
En el Puerto Olímpico, he visto cosas que no creeríais…

De repente, uno de esos especímenes de bar que buscan contacto humano desesperadamente me asaltó mientras cogía el tubo de cerveza…

Antes de continuar, no obstante, es importante aclarar que, para bien o para mal, yo soy de esas personas que, al menos una vez por semana, se chocan con las escenas más dantescas que te puedes imaginar: un vecino me invita a su casa para tirarme mariposas de colores hechas con papel maché a las cuatro de la madrugada, alegres caballeros que me ruegan tomar el sol desnudos en la terraza de mi hogar, caseras que se empeñan en doblar mis calzoncillos durante una visita o, como en este caso, un espontáneo que quería obligarme a elegir entre la vida y la muerte.

Volvamos al bar en cuestión, ¿de acuerdo? Cuando se acercó, recuerdo que creí que me iba a pedir dos euros para su tía, su hija, su prima o para otra cerveza (a buen árbol se iba a arrimar), pero no lo hizo. Por el contrario, empezó a plantear un sinsentido tras otro y, sin que lo viese venir en absoluto, interpeló: ¿Crees que debería suicidarme? Evidentemente, poco sé yo de psicología pero, de buenas a primeras, sonó a súplica desesperada en busca de atención más que a una pregunta realmente metafísica, así que le contesté:

—Pues me faltan datos —y la cagué a lo grande, porque se lo tomó como una invitación verbal a explicarme toda su vida, claro está…

Al principio, no pude evitar pensar en que me estaba tomando el pelo o que había sido una broma de algún amigo cabrón que sabía dónde trabajaba y había enviado a un tercero sin nada mejor que hacer.

Después, aún con dudas, no pude evitar darle cuerda por unos minutos, intentando ver por dónde iban los tiros: ni pedía pasta, ni era violento, lo que siempre tranquiliza, aunque iba puesto de todo o con una resaca digna de récord Guinness. Mientras yo terminaba con el tubo y él con mi paciencia, empezó a acelerar, y acelerar el ritmo de la conversación, como si percibiese que se le acababa el tiempo para convencerme de algo (tendré yo cara de miembro de jurado estándar, qué se yo), y acepté que debía haber algún poso de verdad entre todo aquello, ya que nadie que se hubiese inventado una historia con la que dar lástima al prójimo, podía explicarla tan y tan mal.

Me habló de que su hermano estaba en la cárcel, porque sus padres les habían dejado en la calle, pero que él había salido, que era politoxicómano, pero que no era su hermano, que era su pareja, que su novio estaba muy enfermo, y que se iba a morir. Que le habían robado la TV en el trullo, y que no tenía dinero, que no sabía dónde ir, y que no parecía que el otro fuese a salir de prisión nunca más. En definitiva, que su vida no tenía sentido.

NdA: Para amenizar, te dejo una canción que poco o nada tiene que ver con lo que te estoy contando. Bueno, quien conozca al cantautor Albert Pla quizá encuentre cierta posibilidad de analogía...

Y llegados a este punto, debo confesar algo. A medida que le escuchaba, lo cierto es que pensaba más en mi mala suerte que en la suya. En mi mala suerte por haber entrado en el bar, pero más; me lo planteaba como una mierda de día acompañado de una mierda de trabajo aburrido que se repetía un día tras otro, mientras terminaba una mierda de carrera (eso decía todo el mundo, ya sabes) y sin expectativas reales de encontrar algo fuera de esa gran mierda y, entonces, caí en que, si algo de lo que este individuo me explicaba era cierto, tenía delante a una persona que estaba intentando decidir si seguía viviendo o se mataba encuestando a cuatro españoles y diez mil guiris que se paseaban por el marítimo de Barcelona a media tarde.

Me pareció tristísimo, y de la supuesta desgracia de ese chaval, recogí unos cuantos pedazos y compuse algunas ideas. Quizá la más importante de todas ellas fue reconocer aquello de que la basura de un hombre, es el tesoro de otro, aunque esta riqueza se traduzca en algo tan crudo como una jeringa para inyectarse heroína o un trozo de bocadillo que habían dejado huérfano en la barra del bar. Pero también que somos nosotros los únicos que jugamos la mano que se nos reparte: algo que a mi generación, educada para triunfar con títulos superiores bajo el brazo, le ha costado mucho asumir tras la patada en el culo que nos empujó contra el barro para recoger la mierda que nadie más quería.

Siempre termino esta anécdota explicando que, al final de la conversación, ese hombre volvió a hacerme la misma pregunta.

—Entonces qué, ¿crees que debería suicidarme o qué? —repitió.

Le contesté que no lo sabía, que seguía sin tener datos, y que tendría que preguntarle a otro. Cuando comento esto, mucha gente se empieza a reír a carcajadas, imaginándose una escena a la española con el típico humor negro de peli de Tarantino. Otros me juzgan bastante duro, intentando hacerme ver que yo podía haber sido un apoyo para una persona desesperada.

Sigo sin tragármelo.

El grito, de Munch
En definitiva…

Durante tres cuartos de hora, ese chico se había pasado el rato quejándose de todo lo que le había ido mal, de todo lo que le habían hecho, de su falta de estrella, pero sin el valor de explicarme nada que me permitiese juzgarle a él. Sin concretar ni una sola vez, incluso cuando le pregunté mediante un qué o un por qué. Ahora intuyo que, igual que muchos otros presos, no quería que nadie más le juzgase, porque ya lo hacía él constantemente, y sabía que había tenido la suerte de dar con el único imbécil levemente empático de la Barceloneta que no le había ignorado o, directamente, mandado a tomar por culo.

Al final, cogí, le di la mano y me largué; lo que quedaba de año seguí pululando por ahí por obligación, y nunca más le vi. A lo mejor sigue por allí y no hemos vuelto a cruzarnos, o se marchó a otra ciudad, o volvió a la cárcel. Si vive, quizá se acuerda de lo drogado que iba cuando me empezó a contar un rollo que seguro que ha olvidado. También puede ser que se matase, claro, pero seguiré creyendo que eso es cosa suya, no mía.

Lo cierto es que soy un firme defensor de que no todas las historias tienen moraleja. Supongo que esa es la razón por la que me ha parecido importante dejarla por escrito; porque es posible que a alguien se le ocurra una máxima mejor que aquella del si no te respetas, nadie te respetará o terminas por coincidir conmigo en que hay mucho loco suelto, y punto. Confieso que, hasta la fecha, lo que más me ha preocupado siempre de toda esta escena es plantearme la posibilidad de que en lugar de buscar consejo en un servidor, a este individuo se le ocurre preguntar a los japoneses que estaban a escasos treinta centímetros de nosotros haciéndole el harakiri a unas cigalas: en tal caso, salimos todos en las noticias de las nueve.

Tu padre y la muerte

Cuando tu padre se muere, te das cuenta de que era idiota, como tú. Que cometió errores, igual que tú estás cometiéndolos, y que Roland Barthes (entre otros) se equivocó.

Adviertes que la petite mort no surge tras un buen polvete, sino cuando descubres que tú eres como él: mortal, incompleto, inseguro e imbécil. Y, en retrospectiva, recuerdas esa caída de la imagen de dios, que jamás podrás perdonar.

No porque no lo entiendas —lo haces—, ni porque no sepas, con toda seguridad, que no podía haber hecho o dicho otra cosa —lo sabes—, sino porque, aun así, sigue siendo superior a uno mismo.

Font de la llet (Barcelona, Collserola)

Quizá por eso empecé a escribir (y, mucho antes, a leer). Como un modo a través del que buscar otras formas de comunicación, una conexión distinta, pero funcional, una nueva vía ante un problema que se me antojaba imposible de superar.

Y eso tampoco resultó.

Al final, aprendí que no importa si el error proviene de uno, del otro, o alcanza a ambos; sigue ahí. Y lo que más me sorprendió —idiota de mí— es que se mantuvo enquistado tras el cemento y la losa. Con un eterno tarde para hacer las cosas que siempre le acompañaba, y sensaciones de ingenuidad sobre cómo algo podía cambiar, a través del recuerdo, de la letra o de la tecla que suspiraba agotada al alba.

Port Olímpic (Barcelona)

Después, terminas por perdonarte. (No lo haces.) ¿Qué más da? Puedes intentar tragarte un «si hubiera más tiempo…», o un «si las cosas hubiesen sido distintas», e incluso aquel «si la situación fuese otra», pero las cosas son como son, y fueron de la única forma que podían haber sido. Ahí encuentras algo de paz, y dejas de flagelarte para hacer de la fusta otra parte de ti.

Where is Hollywood?

Sonrisas en aerosol

La noche vacía y negra de Barcelona se contrapone a los trenes que engulle el metro en su último viaje diario. Allí, como testigos silenciosos y perennes —aunque, como todos, cada día algo más gastados y deslucidos—los vagones que descansan en cocheras sueñan con mil y una historias que han presenciado.

Ellos imaginan, anhelan y ansían la rutina del trabajo, las miradas entre desconocidos, la intensidad del visitante por la ciudad que no es suya, la música del que poco tiene, y el valor de la vida y la muerte del que ya nada quiere para sí.

Imaginan, anhelan y ansían; ellos sueñan; sueñan aquello de lo que solo pueden ser espectadores, pasivos e inertes. Sabiéndose conocedores de que el subsuelo escenifica más historias que conectan de un punto a otro que relatos eternos, y disfrutando de estos últimos incluso más por su prolongada particularidad. Atesorando las miradas cómplices, los gestos de buena voluntad o el feeling de dos personas cualesquiera entre la marabunta temerosa y desorganizada.

La sonrisa es una línea curva que endereza todo.

Por desgracia, nuestro protagonista es un hombre y no un vagón y, por ello hoy no recuerda nada digno de aducir, y allí, en cocheras, frente al tronco metálico y acristalado, fuerza al vagón a hacer suyo un mensaje de espasmódica caligrafía compuesto de aerosol y lágrimas; más tarde, el hombre vuelve a la noche más triste por unas horas y, tras la apertura de puertas, espera el primer tren, omitiendo la línea amarilla que, con la resolución suficiente, puede significar la vida, o puede significar la muerte.

Después llega el tren, mudo, al que él mismo dio palabras ayer. Quizá sonrían, piensa, descendiendo. Recordando la sabiduría popular, recordando cómo la noche siempre es más oscura justo unos minutos antes del amanecer, pero demasiado cansado del negro. Esperando, también mudo, y deseando unir su espíritu al de aquel fragmento de metal que sobrevive devorando las vidas del resto.

Ese día, y fruto de esas pequeñas cápsulas de eternidad compuestas de un instante, el vagón convulsiona los ánimos de la estación con un único mensaje: Una sonrisa lo cambia todo; luego se vuelve amarga, pero la lección pervive en algunos.

Presentado en Relats Curts TMB 2015 para demostrar a cierta bocazas que no iba a olvidarme cinco años seguidos…

Bajo el ala alemana

No siempre se puede sonreír. A veces, la vida nos oprime y amenaza con endurecer nuestro espíritu. En el interior del vuelo 4U 9525, que despegó el 24 de marzo con rumbo a Dusseldorf y nunca llegó a su destino, pasó algo parecido. Sucedió uno de esos terribles siniestros que, poco a poco, se convierten en un retal más de la historia.

En su interior, ciento cuarenta y cuatro pasajeros y cinco tripulantes quedaron a media mañana en manos del copiloto, Andreas Lubitz quien, según se conoció cuarenta y ocho horas después, sin el conocimiento de la compañía de aviación alemana, y por avatares del destino, se encontraba de baja médica y en un estado de fuerte depresión.

El avión, un Airbus A320, se volatilizó cerca de Barcelonnete, una pequeña localidad francesa de menos de tres mil habitantes que, estupefactos, presenciaron cómo se desvanecía contra los Alpes franceses.

Téte de l'Estrop: lugar del accidente del Airbus A320 de Germanwings.

Hoy, ayer, mañana, bajo el ala alemana, escucharemos opiniones sobre cómo el gobierno germano debería responsabilizarse, sobre cómo si el aparato fuese español, toda España sería criticada por la prensa y de cómo todo ello ha afectado y afectará a nivel geopolítico en Europa. Y ni las indemnizaciones de 300.000 euros, ni los otros 50.000 que se les unen por parte de la compañía, serán suficientes para recobrar ni una de las vidas que allí, en lo alto del Téte de l’Estrop, se perdieron. Sigue leyendo «Bajo el ala alemana»

La vida en si bemol (III)

Esta es una entrada (o artículo) fundamentalmente marxista, en un sentido filosófico, por lo que quizá no guste a aquellos que sean reacios a los planteamientos marxistas o cercanos a la izquierda hegeliana en general; tampoco gustará a los de siempre: a los seguidores del statu quo; ni a mi madre, porque a ella le gustan más otros temas.

Dicho esto, prosigo y hoy entro directo. Si no existe nada más (o no tenemos seguridad al respecto), ¿por qué trabajar? Si solo existe este mundo, ¿por qué no lanzarse a descubrir otros países y regiones, otros atardeceres y a otras personas a las que, de otro modo, nunca conoceremos?, ¿por qué no empezar a caminar más, a saltar por la calle como en los anuncios de compresas, a pensar (más allá del trabajo y de la novia o del novio), a reír, a follar…? ¿Por qué no evitar limitarse? ¿Por qué no vivir?

En este mundo, el trabajo ocupa entre un tercio y la mitad de la jornada diaria, como mínimo, y sea tu profesión o tu tormento diario, rápidamente se convierte en tu única ocupación y en un verdadero impedimento para ser libre.

Con respecto a todo ello, me encantó el artículo siguiente:

Tu estilo de vida ya ha sido diseñado (la verdadera razón detrás de trabajar más de 40 horas a la semana)

Fuente original: Your Lifestyle Has Already Been Designed

Todo esto queda sujeto a debate, por supuesto, pero por mucho que patalees, niegues o busques excusas, seguirás trabajando más horas que un esclavo en la Antigua Roma, y eso es indicativo, ¿no crees?

Sobre el trabajo

El sistema capitalista no precisa de individuos cultivados, solo de hombres formados en un terreno ultraespecífico que se ciñan al esquema productivo sin cuestionarlo.

Miseria de la filosofía (Karl Marx, 1847)

Incluso cuando ese trabajo nos apasiona, también nos reduce a una jaula de oro. Trabajamos (todos, en mayor o menor medida) en cosas que no queremos para comprar cosas que no necesitamos, podría decirse. O citando un artículo previo en este mismo blog: “Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos (Tyler Durden, El club de la lucha, 1999).” Vale, de acuerdo. Quizá no odies tu trabajo, pero haces miles de cosas que no quieres hacer, ¿miento? Sí, necesitamos pagar las facturas, y el agua, y la luz… y comprar cosas.  ¿Pero cuántas de esas cosas que tienes en tu habitación no utilizas? ¿Y en el resto de tu casa?

Además, la frase anterior va mucho más allá. Esa frase es todo un párrafo que dice así:

La publicidad nos hace desear coches y ropas, tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos. No hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seriamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock, pero no lo seremos y poco a poco lo entendemos, lo que hace que estemos muy cabreados.

Si estás leyendo, es muy probable que seas un miembro de la generación Y. La generación de los papás y las mamás. La generación de las cosas sin esfuerzo, de los problemas que nunca fueron problemas, de los deseos de otros. Esos a los que ahora llaman milennials y meten a todos en el mismo saco. Tú no quieres ser tu padre, ni tu madre, pero te da demasiado miedo pensar quién quieres ser, ¿o no? Quizá quieres ser alguien totalmente diferente, o quizá, simplemente, quieres descubrir qué o quién quieres ser. Pero no puedes.

Aun así, sé quién no eres. No eres el tío con traje que triunfa en Wall Street; y probablemente ya no quieras ser obrero, zapatero o carnicero con todo lo que supone; no quieres ser ese que madruga, o ese otro que tiene miles de euros en facturas cada mes y no sabe cómo; no quieres ser el que espera toda la semana por una cena carísima que no disfruta y desde luego no anhelas ese deportivo, ni ese traje de marca… Pero tienes todo eso, e incluso estás educando a la siguiente generación para que cometa tus mismos errores, ¿verdad? Eso si has tenido tiempo para plantearte lo de los niños…

Escena de la película V de Vendetta (James McTeigue, 2005).
Escena de la película V de Vendetta (James McTeigue, 2005) que ejemplifica un gran número de problemas éticos de la sociedad moderna y posmoderna: entre ellos, el individuo frente a la masa, la defensa de la individualidad, la permanencia del statu quo…

Uno de cada cuatro europeos de nuestra generación tiene título universitario, y esta cifra sigue subiendo. Hoy, ya no es cuestión de conseguir o no conseguir trabajo (que también), sino de darse cuenta de cómo estudiar se ha convertido, la mayoría de las veces, en un pasatiempo, y no en una formación que nos permite dirigirnos hacia aquel objetivo que queremos cumplir o alcanzar; todo lo que hace es denotar aquello que querríamos, o quisimos una vez, pero no. Y seguimos aguantando, con nuestros títulos bajo el brazo. Sí, de vez en cuando miramos hacia dentro, pero rápidamente obviamos todo lo que nos echamos en cara día tras día (tenemos práctica), y seguimos adelante.

Piensa en ello. ¿Por qué trabajamos? Para vivir, o sobrevivir, según el caso; y cada vez es más difícil (más caro) hacerlo. ¿No debería ser más sencillo? Qué irónico, ¿no? Por mucho que un grupo se esfuerce, eso no parece estar totalmente vinculado al resultado; ¿qué falla entonces? Quizá nos han hecho creer que somos dueños de nuestro futuro, pero no es cierto; quizá los bancos que rescatamos de la ruina y nos desahucian, los políticos al servicio del sistema financiero y no de los ciudadanos y el no pensar en todo esto, tiene algo que ver, ¿no crees?

Aun así, una buena parte de la culpa es nuestra; deja de engañarte. Para empezar, la gente no estudia por afán de saber, lo hace por utilitarismo (¿o no?, ¿qué porcentaje de universitarios con vocación crees que hay?); si ya has entrado en la rueda, no te quejes porque sigue girando y haciéndote bailar a su son.

Pero lo malo de verdad es que la gente no quiere trabajar; la gente, en general, no trabaja por preferencias (vocación), y ni siquiera lo hace para ganar dinero tampoco; primero lo hace porque lo tiene que hacer (se nos inculca esa necesidad), después, lo hace porque no tiene más remedio (nos engulle el sistema); al final, cuando ya no tiene por qué hacerlo (el sistema ya ha amortizado el capital humano), ya es tarde para casi todo (¿soy al único al que le parece triste esperar a la jubilación para hacer cosas que ya nunca harás, o que ni siquiera te harán gracia cuando, por fin, puedas hacerlas?). Es algo sistémico, pero ni por un instante se nos ha ocurrido empezar a tender puentes hacia el cambio.

Desde mi óptica, la religión tiene, en mayor o menor medida, todo eso dentro, y además, parte de la culpa, pues no somos más que sociedades tradicional y culturalmente católicas (o cristianas) que han secularizado esos preceptos, y eso está bien. ¿Qué hay en el interior de cualquier religión sin pervertir? En su interior tienen una pizca de socialismo, una pizca de supervivencia y una pizca de libertad, pero colectiva. Pero también una buena dosis de control y pertenencia al grupo, ¿o no? Ahora, cambia a Dios por dinero y poder financiero. Exacto.

La religión como tragedia

Los mitos originarios dentro de la religión (y también de la mitología) tienen una función educativa básica, porque el dogma es algo útil desde nuestros orígenes. Honrarás a tu padre y a tu madre, conserva el orden social; no robarás no matarás son buenos consejos que mantienen la estabilidad y el respeto del grupo, pero no amarás al prójimo sobre todas las cosas literalmente. ¿Estás pirado?

Dentro de la misma tradición grecolatina tenemos un ejemplo evidente: Edipo rey, una tragedia clásica que nos explica la investigación del actual rey de Tebas, quien busca al asesino de Layo, su predecesor, descubriendo que él mismo es hijo de Layo y Yocasta, su mujer y madre, quien se suicida poco antes de que Edipo decida cegarse a sí mismo por la vergüenza de sus crímenes inconscientes (y no se lo piensa demasiado, en serio, le echa un par).

Sófocles
Sófocles (496-406 a.C.), dramaturgo y autor de obras como Antígona o Edipo Rey.

La tragedia griega ha de suceder a causa del destino (¿te acuerdas, no?, eso que los griegos decían que podían burlar, mientras los dioses se partían la caja demostrándoles que no). En este caso, el castigo ocurre por lo antinatural de toda la escena en sí; todo ello mantiene una relación clarísima con cualquier tradición cercana. ¿Qué ocurre si Edipo decide aceptar lo ocurrido? Al fin y al cabo, shit happens, ya lo dicen los ingleses. Probablemente, la sociedad no lo aceptaría, ¿verdad?

Esto es todavía más evidente en Antígona donde el valor de la familia o el valor religioso jamás pueden estar por delante de los valores de la polis. Como diría George Steiner (buscadlo en Antígonas, la travesía de un mito universal por la filosofía de Occidente si no me creéis) se concentra aquí el conflicto principal entre público y privado, es decir, entre sociedad e individuo, y se completa con el conflicto entre hombres y mujeres (2), juventud y vejez (3), seres humanos y dioses (4) y vivos y muertos (5).

Por involuntario que fuese su parricidio, el pueblo se levantaría en armas para derrocar a Edipo, incluso en su época de máximo esplendor. Y es probable que muchos más lo hiciesen para castigar el complejo de Edipo antes que para vengar al antiguo rey.

Lo mismo ocurre con el trabajo. ¿Qué ocurre si dejamos de trabajar? ¿Moriríamos de hambre? Es poco probable. Hay mucha gente que no trabaja y sigue viva. Quizá pidan, o quizá roben, pero no mueren por no trabajar. Es muy diferente lo que hacen para vivir, pero ahora no vamos a entrar en si es más legítimo vivir esclavizado al trabajo para no hacer nada moralmente reprobable, o no trabajar con ciertos riesgos éticos o morales. De igual modo, sería absurdo no trabajar si tienes verdadera vocación (de vida) por lo que haces, pero son casos extremos, y no la norma que hemos analizado a lo largo de este… bueno, llamémoslo artículo.

Es posible que no pagásemos las facturas, y que acabásemos viviendo en la calle. ¿Pero y si nadie las pagase? En tal caso, es probable que nadie viniese a sacarnos de nuestra casa, o de la casa de quien fuese, porque tampoco habría nadie trabajando, sino que probablemente cada cual viviría sin necesidad de trabajar ni pagar por vivir en una casa. Y el sistema se desmoronaría. Porque es necesario trabajar para pagar el alquiler, y con el alquiler pagado, un tercero vive, y ese paga otro alquiler, o utiliza el excedente para invertir o gastar en otra cosa. El sistema capitalista debe mover el dinero para seguir funcionando, y es el único sistema que hemos conocido que funciona medianamente bien, ¿o no?

Nada de esto es así de sencillo, ¿verdad? Pero es importante que no olvidemos que a vivir la misma vida durante sesenta, setenta u ochenta años poca gente lo llama vivir. Así que podríamos plantearnos hacer algo al respecto. Algunas personas abogan por matar a su jefe —en sentido figurado, no nos emocionemos—, otras prefieren aceptar, tragar y perpetuar el sistema. No obstante, esto no termina por emprender un negocio por cuenta propia, sino que requiere un cambio total en la estructura.

101 formas de matar a tu jefe
101 Ways to Kill Your Boss, de Graham Roumieu.

Para terminar, e irónicamente volviendo al principio, no podemos más que aceptar que Karl Marx se equivocó (o aceptó plenamente, depende de cómo se mire) cuando dijo que las fuerzas de trabajo serían sustituidas por la tecnología (con aquella idea tan moderna de vencer a la naturaleza, si alguien se acuerda de lo que hablo), reduciendo la carga laboral y consiguiendo un mundo donde el ocio y el conocimiento primase por encima del trabajo y la clase (social). Más de cien años después (y de ciento treinta también) parece que el modelo no ha cambiado, sino todo lo contrario. El capitalismo se ha impuesto durante más de un siglo alrededor del mundo, en dos niveles bien diferenciados: opresores y oprimidos, con tres bases bien delimitadas: industria, desigualdad y vida laboral.

De esto seguiremos hablando, pero ahora que no son los negros ni los sudamericanos quien pasan hambre, y podemos ver cómo también millones de personas de nuestros propios países y ciudades rebuscan sobras en la basura quizá es hora de preguntarse: ¿qué llegará antes, el colapso de este sistema o la esclavitud firmada?

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El cielo es rosa

Hoy me matan. No hay tiempo ya.

¿Puedes siquiera imaginarte lo que siento?

Me matan por nacer. Por haber nacido en el lugar equivocado; en un lugar distinto al que tú ocupas.

Hoy me matan, y estoy cansada de gritar. Estoy cansada de ser usada, y golpeada y vejada; de ser observada como un mero objeto en esta oscura habitación con rejas.

De veras, hoy voy a morir, y nada tiene sentido. Nada. ¿Recuerdas cuando acerqué mi morro frío hacia tu mano? ¿Cuando te miré buscando una mirada cómplice? ¿Aquella vez que te arrimaste a mí? ¿Qué ha cambiado entre nosotros?

Ayer fui una cría; una cría grande y patosa que deambulaba por el patio vallado en busca de una caricia; hoy no soy nada. Pero tengo la certeza de que fui algo, de que podía haber sido feliz, y de que voy a ser nada; y duele. No sabes cuánto duele.

Detalle del ojo de un cerdo. La fotografía pertenece a Boudewjn Berends.

Basta. Tú puedes hacer algo. Cambia el mundo por mí. Cambia las cosas. Hazlo ahora. Una vez.

¿No puedes? ¿No puedes cambiar el mundo, verdad? Abre la jaula. Corta la reja. Déjame libre. Veo a los cachorros desde aquí; comen, ajenos a todo lo que sucede. ¿Harás lo mismo cuando mi nombre se haya olvidado? Cuando no sea nada, solo tumbas dentro de vosotros.

Hoy me matas. ¿Tuve nombre? ¿Tuve nombre o fui un número más? Hoy me matas y no puedo llorar; solo tiemblo junto al resto, y muero. Hoy muero; y vi la luz del sol después de mucho tiempo; por última vez. Sé que no hay hierba tras de mí; ni agua, ni vida. Solo sangre, y sufrimiento; solo gritos y violencia. Mírame. Mírame una vez antes de ser arrastrado entre rugidos de dolor y tristeza.

Hoy te digo adiós, y quizá me fallen las patas; sé que me golpearás; me electrocutarás; me gasearás. He llegado a rezar por una muerte digna, un final donde no recupere más la conciencia; donde no deba sentir la sangre brotando salvaje de mis entrañas; donde esta pesadilla acabe, por fin.

Hoy no soy. Porque tú y yo nos parecemos, pero mi piel es rosa. Hoy no soy, porque no soy perro ni gato, ni soy tú, y no tengo una oportunidad; soy cerdo. Soy cerdo, y no soy.

Silencio.

De cómo tu perro cambió mi (nuestra) vida

¡Hola! Esto es una carta extraña, pues no sé a quién le escribo. Solo espero que algún día, por suerte o por tenacidad, llegue a la persona que abandonó a Caos: nuestro perro, que antes no fue nuestro, sino de alguien que no lo merecía.

Llegó a finales de junio del 2012, y se fue la víspera del día de Reyes del 2015, de madrugada. Sí, has leído bien: la noche de Reyes del año 2015. Vivió dos años y siete meses más de lo que supongo creías, y yo hubiese empezado a escribir esta carta en el mismo momento en que nos despedimos de él si hubiera podido reunir el valor para sentarme en la mesa de trabajo junto a la que él descansaba varias horas al día.

Caos en terraza (junio, 2012)
Caos descansando en una terraza (junio de 2012).

Si todavía no sabes si fue tu perro, te diré que lo recogimos en la carretera antigua que conecta Corbera de Llobregat con San Andrés de la Barca (la Ctra. de Sant Andreu), a la altura de aquella finca que está tocando con una de las curvas cercanas al Eroski, donde solía haber una luz exterior siempre encendida por la noche. Y si por fin estás leyendo esto, aprovecho para asegurarte que no te guardo rencor —ni tan siquiera él lo hacía, creo—, solo quiero (queremos) hablar contigo un minuto. Quiero que me escuches, a mí, que tengo la capacidad de llamar tu atención, a diferencia de aquel que fue tu perro una vez, pero no más.

Lo sé. Sé desde el principio que vas a sacar el tema. Era un perro viejo. Lo vimos tras el frenazo en el camino que te comentaba en el párrafo anterior. No obstante, ni yo ni mi pareja pudimos subir al coche sin él; aquel jueves solo queríamos sacarlo de la carretera y darle un sitio donde pasar la noche, aunque a mí me rehuía. Rehuía a todos los hombres, y lo siguió haciendo durante semanas.

También te diré que al día siguiente no fui a trabajar, sino a dos o tres veterinarios, y no te voy a engañar. El primero nos dijo que lo mejor era sacrificarlo. El segundo, no. Pero ten por seguro que hubiésemos seguido buscando hasta encontrar a aquel que quería luchar por darle una vida mejor.

Ese mismo día se le diagnosticó la hernia de disco que tenía en la espalda y una artrosis de tipo dos muy avanzada. Como sabes, eso hacía que caminase como las muñecas de Famosa, o como un muñeco de Playmobil, pues presionaba la médula constantemente; si te preocupaste alguna vez, mínimamente, seguro que lo recuerdas. Debes saber que le ayudamos a fortalecer las articulaciones con ejercicios, paseos, medicación (Previcox y Gabapentina) y visitas a la playa, buscando esa calidad de vida que creemos nunca había tenido. La herida de la trufa, aquella que nunca se cerraba, nos dijeron que no era leishmaniosis; y la oreja caída intuimos que fue de una infección que se extendió hasta romper el cartílago.

Caos en Caimari (Mallorca, Islas Baleares).

Era un perro viejo, pero también era un perro bueno, ¿lo sabes? Le gustaban mucho los niños pequeños, pero no comprendemos por qué; y los quesitos. Y sobre todo era fuerte. Tras toda una vida de descuidos, se recuperó. Le cuidamos, y casi corría… Casi. Como te imaginarás, nunca volvió a correr, si es que dejaste que lo hiciera vez alguna. Pero paseaba con nosotros, y no hacía falta que se apresurase, ni suelto ni atado, pues no nos alejábamos nunca demasiado de él.

Al cabo de unos meses nos daba besos, y nos perseguía por la casa, y formaba parte de nuestra familia; y sé que le cuidamos el cuerpo, como se pudo, pero sobre todo le sanamos el alma. De eso sí estoy seguro.

Era alegre, fuerte, cabezón, sociable, cariñoso y muy bueno. Era todo eso, y más. Demostró valentía, fuerza, energía, ganas de vivir y mucho amor por todos nosotros, cuando por fin se le permitió. Al principio, tenía pesadillas cada noche, cada vez que cerraba los ojos, y se escapaba cuando por un casual veía que me quitaba el cinturón, o me acercaba a él con una escoba entre las manos, o escuchaba un ruido fuerte. Pero demostró que quería vivir; que quería vivir mucho más. Y viajó con nosotros por toda Cataluña y Mallorca; a su ritmo, claro.

Caos en la playa (Cala Blava, Mallorca) en julio de 2012.

Ahora te pregunto a ti, a quien dejaste abandonado a Caos: ¿por qué lo hiciste?, ¿qué vida tenía mi perro? Y gracias. Gracias por dejar que nos permitiese cuidarlo y nos devolviese mucho más de aquello que alguna vez llegamos a darle. Quiero que sepas que era tan fuerte, que cuando tuvo que marcharse, hubiera querido seguir peleando por estar con nosotros; al final, se dejó ir. Y nosotros dos lloramos junto a él, durante horas. Si alguna vez lees esto, dime: ¿quién crees que llorará por ti? ¿Quién llorará por aquel que dejó solo, herido y en la oscuridad a un alma mucho más noble que la suya propia?

Si quieres puedes llamarme, escribirme, hablarme sobre la otra vida de mi perro, y recordar que todo aquello que tú no hiciste por él, lo hicimos nosotros. Y volveríamos a hacerlo, toda la vida, todas las vidas; porque no era a él a quien salvábamos, nos salvábamos a nosotros. Y si tú, o alguien de los tuyos lee esto, me gustaría que al menos lo supiese, que pensase en ello por un instante.

Caos y Teo en la casa de Barcelona (abril de 2014).
Caos y Teo en la casa de Barcelona (abril de 2014).

¿Podrías decirnos cómo se llamaba antes?, ¿por qué no hubo sitio para él?, ¿por qué le abandonasteis? No te hablo desde el rencor; simplemente no lo entiendo. Y él tampoco lo hacía. Ahora está muerto, y puedes creer que poco importa (tienes razón); porque no importa cómo murió (lo hizo muy bien), solo cómo vivió; eso sí, su otra vida; su segunda vida.

Y a vosotros, a todos aquellos que estéis leyendo esto —seáis pocos o seáis muchos, pero no seáis él o ella—, dejadme ser un poco egoísta. Ya sé que no tengo derecho, pues todos los días mueren cientos de miles de animales y personas a lo largo y ancho del mundo; pero dejadme pedir dos cosas, por mí y por Caos, ya que estos Reyes no han sido especialmente buenos con nosotros. Uno, compartid esto, por favor. Haced que se mueva como testigo vivo de mi (nuestro) perro y que tenga la oportunidad de llegar al verdadero lector de este mensaje; dos, hagamos que Caos, ese perro que tenía la columna y el morro destrozados a golpes, o a malos tratos, y que fue abandonado con aquel mosquetón enorme y oxidado que, con una cadena en su extremo, le había privado de caminar, de correr e incluso de ser, siga vivo; luchemos de verdad contra el maltrato animal y contra el abandono; luchemos por una ley que proteja a los animales y que favorezca las adopciones; y sobre todo luchemos por castigos reales contra los maltratadores, por un modo de consumo sostenible, por ser más naturales, por ser más personas, por aprender de ellos y para ellos; por ser mejores.

Caos, te queremos. Y ni Argos, ni Dana, ni los gatos duermen en el colchón todavía. Solo lo miran vacío, mientras tú ya descansas para siempre en nuestros corazones.

Caos y Dana en Barcelona (diciembre de 2014).
Dana durmiendo encima de Caos (diciembre de 2014).


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