¡Qué sabrán ellos de lo nuestro!

¡Qué sabrán ellos de lo nuestro! Para ellos solo son elefantes, eso piensa Joey Gärtner. Lo hace apoyando la espalda en uno de los tráileres rojos con ventanucos del color de la mostaza; encima de estos, y de su cabeza, unas luces LED parpadean al anochecer: anuncian el Circo Gottani, aunque esta noche no hay función. Joey se sorbe los mocos, apático, se enreda los pelos negros intentando peinarse a la brava, y se pela de frío, rehén de la humedad y la noche. No quiere ir a preparar las cenas, y ver al puto crío llorar, ¡encima el mayor! Esto es así. El circo. A veces, todo se va a la mierda.

Se acerca su mujer, envuelta en el maillot de las exhibiciones. Viene de entrenar en la pista: de hacer acrobacias con el aro que lleva en la mano. A esa, nada le rompe sus rutinas. Saluda con un movimiento hierático de cabeza, bueno, a Joey le parece que esa es la intención, pero ella solo quiere una rápida respuesta.

—¿Ha salido tu hijo Joseph de su cuarto? —pregunta, inquisitiva.

Los ojos negros y duros, de pupila rasgada, de animal salvaje. Siempre lista para lanzarse a morder.

Él exhala el aire, como un gran suspiro.

—No sé. He preferido no entrar a ver.

—Por el amor de Dios, Joey —dice ella—. ¡Solo es un elefante! ¡Te quedan cuatro!

El domador levanta el dedo corazón, insultando en silencio.

—Pues te aconsejo que espabiles. El circo no puede estar sin alguien que controle el número de la doma. Y Denny nos necesita —agrega ella.

Pero él se queda ahí. ¿Acaso tengo que preocuparme del circo ahora? O de los tocapelotas del PACMA. ¡Acabáramos, joder! Lo dijo mi hermano Claudio, y tiene toda la puta razón del mundo: ¡soy el mejor domador de elefantes de toda Europa! ¿Con quién iban a estar mejor que con nosotros? Nadie le responde a Joey, claro que no, y por eso después dejará caer su culo contra la arena de algún pueblo de Albacete, y tendrá ganas de llorar, porque su vida es el circo, porque su amor es el circo, pero hay amores que matan. Y, ayer, le tocó a Diana.

Joey Gartner & Dana (Circo Gottani)
Joey Gartner posando en una fotografía de archivo con la elefanta Diana. © El País

NdA: Este es un relato breve inspirado en el trágico accidente de los elefantes del Circo Gottani. Si quieres apoyar a PACMA por la prohibición de los circos con animales, puedes hacerlo aquí.

Sobre el Circo Gottani:

Como diría nuestro (amado) presidente del Gobierno, todo es ficción salvo alguna cosa. Aquí tenéis la noticia del accidente y la muerte de la elefanta Dana en El País y aquí otra de El Español sobre el grave estado anímico de los otros cuatro que viajaban con ella.

La mayoría de lectores y lectoras de este blog conocéis perfectamente mi ética con respecto a los animales, pero aprovecho para recordar que la doma es una actividad cruel, que implica dolor y sufrimiento físico y psíquico de los animales (incluso con animales troquelados o improntados en su infancia, pues no viven ni vivirán nunca conforme a su naturaleza), y que ningún circo con animales salvajes puede cuidar, defender y ofrecer todo lo que estos fantásticos animales, y otros, necesitan: no apoyes circos con animales; no seas cómplice.

Edito: he visto en otros medios que el nombre de la elefanta era Diana, y no Dana; aprovecho también para enlazar esta entrada de El caballo de NietzscheQue la muerte de la elefanta Diana sea la del circo con animales. 

A tomar por culo las guerras

De los ejercicios que menos me atraen como escritor, o novelista, o intento de, está la creación de fichas de personajes. Con ayuda de las fichas de personaje creamos personas, y no arquetipos acartonados en los que nadie puede creer. Pero es un por culo. Suele ser bastante aburrido hasta que te enamoras de un personaje (y lo conviertes en persona), y, sobre todo, causa hastío, porque de todo lo que vamos a imaginar, y a crear, solo utilizaremos una milésima parte a lo largo del relato, o de la novela, o de lo que sea.

Aun así, como tenía que preparar una ficha de personaje y un punto de giro para el curso de novela, decidí hacerla de una persona que, para mí, siempre ha sido un personaje, pues jamás lo conocí, y que cuando murió, yo ni tan siquiera había nacido. Mi bisabuelo, en concreto, que combatió en la Guerra de África, y, cuando se caldeó la cosa por la Barcelona que lo acogió desde tierras gallegas, dijo: «a tomar por culo las guerras, a mí no me vuelven a engañar», y se escondió en una buhardilla de febrero del treinta y siete a febrero del treinta y nueve. ¿Y quién se atreve a juzgar a alguien que se pasó toda su juventud más allá de Alhucemas? Luchando por algo en lo que no era posible creer, y descubriendo a la vuelta que la partida estaba trucada, y no había más salida que la que ellos te iban a mostrar, y por la que ellos te iban a hacer combatir, y morir. Pues a tomar por culo, dijo él.


El desván que lleva hasta Alhucemas

Falta menos de un mes para mi cumpleaños. ¿Volveré a celebrarlo desde este desván? El ventanuco de la buhardilla solo ofrece vidas maltrechas que trotan por la calle Nueva. Digo trotan, pues no andan ni pasean: si uno tiene el tiempo para fijarse, lo advierte sin dificultad; ya nadie pasea bajo las bombas. Ante mi faceta de mirón, mi mujer, Isolda, dice que voy a ser el arquitecto de mi propia destrucción: ¡a saber de dónde sacó esa expresión!

Casi siempre escucho las explosiones, y los gritos de la gente que corre hacia los refugios del Paralelo. Esos días quedo petrificado: por mis dos niñas, sobre todo, y porque sé que ese cabrón está un poco más cerca de tomar Cataluña. Lo sé muy bien. Sus ansias de poder ya lo habían hecho teniente coronel en la Guerra de África, ¿o general? No, eso fue tras el desacato. ¿Qué no podrá hacer ese con todo el ejército detrás? El de verdad, digo.

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Concentración de tropas en la playa de Ondarreta con destino a África (San Sebastián/Donostia, País Vasco, 1921).

Todo lo que tengo aquí son unas cuantas fotos y un cuchillo que afilo una y otra vez en mi madriguera. En una de las instantáneas saludo con algunos compañeros del regimiento bajo su mando. Quizá por eso, a fuerza de martirizarme, esta mañana no he podido callarme más:

—Teníamos que habernos ido para arriba: a Francia, por lo menos. Ahora la locura parece estar aquí, en un cuchitril de dos por dos, escondido. Evitando un día al PSUC y otro a la CNT; ¡y así hasta que vengan los sublevados!

Ella se ha ido, a paso ligero, vertiendo lágrimas. Después me he quedado a solas con las náuseas, y la fiebre, y la orina negra. Todo eso que ignoro con el humo de la pipa, mordisqueando la porcelana, intentando recordar las humedades en la pared de la habitación que compartíamos hasta el treinta y siete, el color del gato que esconden las hijas en su cuarto, mi tienda de cuchillos. ¡Qué razón tenían los compañeros!, al menos los moros te acuchillan mirándote a los ojos.

Oigo gritos ahí abajo. Abren la trampilla del desván, no es mi mujer. Aparecen bayonetas, y rifles, y uniformes militares. Pero no son republicanos. Los rebeldes han tomado Barcelona. La guerra está perdida.


NdA: Hace unos días, hablaba sobre la importancia de leer las cosas en su contexto y en su momento de la historia. Por esto, el personaje de este relato breve dice moros, y muy bien dicho, aunque sea racista y hoy no podamos compartir ni respetar (con razón) a alguien que piensa así, y que sabemos que es un xenófobo: hay que saber leer la misma literatura.

Aprovecho esta entrada para comentar que, hasta que termine el borrador de la novela (que está al 90 %, o casi, y yo muy feliz), publicaré entradas cada miércoles o jueves, pero no más, ya que me resulta imposible mantener el ritmo aquí, trabajar y seguir escribiendo más de una entrada semanal en el blog, y la novela es, hoy por hoy, mi prioridad.

Tras ocho años…

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Fotografía de un pinzón macho (Fringilla coelebs).

Hace unos días, un colega me comentó sobre una iniciativa que empezaba con esas tres palabras. De algún modo, me inspiró para este microrrelato.

Tras ocho años… volvió a ver al pinzón. Lo recordaba asfixiado de color: azul, y naranja, y marrón, y blanco, negro, y polícromo. Sus ojos, en cambio, le arrojaron contra una silueta achaparrada, de colores terrenales —marrón, y ocre, morado, y gris—, que no ardían, ni emprendían el vuelo, sino que le observaban, con apatía y desinterés, a sabiendas de que la luz que ilumina a uno, puede ser un destello cegador para el otro. No te recordaba así en absoluto, dijo, y el pinzón contestó: “Siempre supe que eras gay.”

Media sonrisa hacia el Oeste

Media sonrisa hacia el Oeste es el quinto relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Nolan Ford, conocido en todo el condado por una sonrisa perenne que se había agriado desde los tiempos de Sutter’s Mill, sacó agua del abrevadero cercano a la cantina de Tom Perkins. Se ayudó de un cubo metálico y empezó a enjugarse los ojos y el rostro cubierto de hollín. El agua se llevó el pringue negro con dificultad, y dejó ver una tez tostada al sol, de cabello rubio al que había obligado a oscurecerse en sus viajes hasta el Canadá y más allá de Chihuahua, y de unos ojos agrietados y enrojecidos que habían perdido parte de su esencia a causa de una enfermedad tan contagiosa como rentable.

Hijo de irlandeses afincados en Billings, Montana, Ford era uno de esos nombres por los que nadie clavaría una cruz de madera a las afueras del pueblo, y, aun así, todo el mundo conocía su historia, su aspecto, su cara. Era el último gran expedicionario que salió en busca de fortuna hacia el sur de los Montes Apalaches, en Carolina del Sur, y que cruzó el país hacia lo que el mundo siempre pensó que fue su propio El Dorado: California. Una expedición que Ford encontró como tantos otros buscadores, pero para la que no se tomó la molestia de desmentir aquella otra leyenda que corría como la pólvora, articulada entorno a una misiva dirigida al general John Sutter que el vaquero interceptó a su paso por Utah, divisando el destino que le aguardaba en el Oeste.

Antes de cruzar las puertas de la cantina, jugueteó con una pequeña pepita de oro que llevaba en el bolsillo de sus pantalones; se ajustó el sombrero. Tras de sí, el panorama de aquel verano de 1851 se había atemperado junto a las ganancias cada vez menores de los buscadores. El oro se había extinto bajo cientos de manos al este y oeste de todo el cauce del río Sacramento, y, ahora, Coloma, atraía y engañaba a los pocos soñadores que todavía creían que el siguiente paso no estaba lejos de las fronteras del sueño californiano. Solo unos pocos caballos descansaban en los establos y algunos rostros desconocidos deambulaban por la calle mayor. Ford guardó todo lo que le quedaba en el mundo: treinta y un gramos de oro de catorce quilates, y entró en busca de una cara que significase algo.

Por un puñado de dólares (1965)
Clint Eastwood caracterizado como El hombre sin nombre en Por un puñado de dólares (Sergio Leone, 1965).

El sonido de la pianola se silenció al instante. Algunos mercaderes musitaron en sus mesas y un par de forasteros cortaron sus risas tras cada paso. Perkins, el cantinero, sirvió una botella de zarzaparrilla a una joven sentada en la barra; Ford se acomodó en el taburete contiguo. En silencio, esta le obsequió con una sonrisa y un ladeo armónico de toda su silueta, pero él se rindió a sus ojos: eran de un verde templado que atesoraba demasiada naturaleza, como si de un bosque primigenio se tratara. La visión le transportó de inmediato hasta las montañas Apalaches, recorriendo los caminos que se perdían entre bucles dorados hasta la serranía de su pecho y que peregrinaban entre la fina senda de una nariz que recogía toda Grecia y unos labios carnosos que podían ser el fin.

—¿Qué va a ser? —preguntó el mesero, limpiando metódicamente un vaso de vidrio con un trapo de un blanco impoluto.

Ford miró al cantinero, y luego hizo un gesto tosco a la joven para que les dejase a solas; esta no dio señal alguna de haberlo entendido, y, de hacerlo, decidió quedarse exactamente en el taburete donde descansaban sus posaderas.

—Zarzaparrilla, y un vaso de güisqui: Lowenstein, del de Ohio —contestó Ford, quitándose el sombrero.

Perkins sirvió las bebidas con el manejo que da una vida tras la barra; al volver, el aventurero se percató de que la joven había terminado su copa y señaló la botella al barman; este sacó una tercera zarzaparrilla de la heladera y la olvidó frente a la chica.

—No encontraré ni a un trabajador que sepa coger un pico hasta Nevada, ¿verdad? —preguntó con el vaso rozando sus labios.

—No, Ford —respondió Perkins: era demasiado obvio. —Apenas quedan buscadores al norte de California; he oído que hay quien ha bajado hacia el sur varios cientos de millas ya, y quien se ha desviado hacia otros destinos siguiendo las palabras de algún loco: Montana, Oregón e incluso más allá del Colorado.

Gruñó para sí, recordando al sonido de un coyote hambriento, y extrajo del macuto un papel apergaminado con el perfil del continente. El mapa mostraba rutas y vaquerizas de Nuevo México a Montana, y muchas de las minas donde se había encontrado oro en Norteamérica. Por eso Ford solo abrió y cerró aquel documento por un instante, tachando y realizando varias anotaciones rápidas con una plumilla; su ineludible compañera sonrió mientras degustaba otra zarzaparrilla en silencio, y lo hizo con deferencia, apartando los ojos cuando alguno de los presentes podía haber recogido una sombra de duda: aquel folio amarillento era uno de los mayores tesoros del Medio Oeste. Había quienes creían que era una estúpida leyenda; otros afirmaban que, de existir, solo un loco trataría de robar el trabajo de una vida entera; pero si había algo sobre lo que cualquiera estaría de acuerdo es que solo había una cosa casi tan excepcional como el mapa de un tesoro, y era un mapa que mostraba cientos y cientos de lugares donde no tenía sentido molestarse en volver a excavar; lugares cercenados hasta las mismísimas entrañas de la tierra.

Antes del anochecer, Ford abandonó la casa de Perkins y algunos de los presentes —bobos o embusteros todos ellos— afirmaron más tarde que aquella mujer salió tras él antes de terminar su copa. No de inmediato, por supuesto, sino con el tiempo suficiente entre medias como para sembrar la duda entre la estrategia hilada con disciplina férrea y la indiferencia. Encontró a Ford a pocos metros de la cantina; entre las manos, las riendas del caballo: un jamelgo que había visto tiempos mejores y cuyo servicio parecía ya más sentimental u obligado que provechoso.

—Vamos, Zafiro, vamos… —mascullaba entre susurros el buscador descendiendo por el polvoriento camino que conducía hacia Sacramento y, de ahí, al Camino Siskiyou, el cual guiaría sus pasos hacia el siguiente destino, San Francisco, donde reaprovisionarse y escoger otro sitio en el que depositar sus esperanzas, ya ásperas.

Desde la puerta de la cantina, aquella joven lanzó una mirada triste que el vaquero jamás advirtió.

—Se equivoca de dirección, señor Ford —dijo.

Nolan Ford siguió caminando en silencio. Sus pasos eran lentos, pero firmes, a diferencia de los de su compañero, cuya crin polvorienta subía y bajaba con la dificultad de una larga vida de esfuerzos y malos cuidados.

—Puedo convertirle en el hombre más rico de Coloma… ¡a mil millas en cualquier dirección, Nolan! —gritó la mujer. Cada palabra se impregnó de tentación.

El vaquero volteó sobre sí.

—No se arrepentirá, Ford. Será el negocio de su vida… —repitió.

Nolan Ford miró hacia la joven con displicencia, y volvió hacia la cantina. Perkins tendría que enfriar algunas zarzaparrillas y cerrar más tarde que de costumbre. La historia no espera a nadie.

***

Se necesitaron dos noches para convencer a Ford. La primera la ocuparon las tentaciones; la segunda, un buen relato. La historia que hilvanó, hebra a hebra, su interlocutora empezaba con una pequeña expedición de militares cerca de Del Muerto, un pequeño pueblo navajo junto al Cañón de Chelly. Allí, tras una larga escaramuza con los nativos, el teniente McDowell y algunos de sus hombres se refugiaron en una vieja prospección abandonada, donde encontraron decenas de vetas de oro y metales a escasos centímetros del suelo que no pudieron transportar en su huida. Las rocosas ofrecían abrigo en múltiples puntos del camino, pudiendo burlar a las tribus de indios que encontrarían a su paso; otorgando una excusa a un hombre desesperado. Era arriesgado, por supuesto; era arriesgado porque se encontraba en el corazón del territorio navajo, porque McDowell podía haber vendido la historia una decena de veces, por mil razones; pero las riquezas prometidas eran suficientes para jugar toda su suerte a una última carta.

Durante la semana siguiente, ambos prepararon una expedición hacia el Territorio indio, siguiendo el cauce del río Colorado en su largo recorrido hacia la región de los nativos, donde las fricciones entre estos y los confederados ya empezaban a apuntar hacia lo que, poco después, sería una verdadera guerra hasta la Gran Marcha del Bosque Redondo. La mujer se presentó a Ford como Charleen, esposa del hijo de un terrateniente de Carson City que había decidido hacer fortuna más al oeste. Se establecieron en Auburn, uno de los cientos de localidades del Viejo Oeste que recibía miles de visitantes cada año debido a su proximidad con Sacramento. No precisó más: qué intereses les hicieron mover el trasero, qué negocios les empujaron hacia la costa: nada. Su marido enfermó de cólera y falleció poco tiempo después, obligándola a sobrevivir por sus propios medios y rompiendo el contacto con la familia de su esposo por cuestiones que ella no entró a explicar y Ford no preguntó. Ford nunca preguntaba. Solo arrugaba el morro ante los excesos de información que le abrumaban cada vez más y más. Él sabía leer a las personas; lo que necesitaba leer de ellas: eso era suficiente.

Gracias a Charleen, reunieron relativamente rápido a un grupo de trabajadores y conocidos de la localidad, así como una caravana de provisiones. El conductor lo escogió Ford: un viejo sexagenario llamado Joe el Susurros, que vestía pantalones de cuero y un viejo chaleco y continuaba hablando a voz en grito mientras se maldecía a sí mismo por aquel dolor que se había enquistado en su garganta. Ford no vio nada malo en él: era anciano y lo había visto todo, con grandes orejas de soplillo y apenas un par de pelos en la sesera. Había trabajado como cocinero y conductor en caravanas de provisiones y ganado, y se conocía bien el recorrido.

Sin embargo, el camino a pie suponía cientos y cientos de millas hacia el este, y los vacíos en la historia de su compañera, comenzaron a pesar más antes que después. Al dejar atrás la rica vegetación de coníferas, chaparrales y robles del centro de la Sierra Nevada, Nolan agarró el brazo de la joven de improviso y la arrastró, con redaños, hacia unos arbustos cercanos que dormían en las llanuras cercanas a Truckee Meadows. Era el cuarto día de marcha.

—Podemos detenernos a la altura de Carson City: a los hombres les encantará una noche a cubierto —comentó, como si cada una de sus palabras se convirtiese en una afirmación sin derecho a réplica.

Charleen vestía una chaqueta de monta de fieltro verde y una falda de un tono más oliváceo; bajo la camisa blanca se adivinaban las amplias y femeninas curvas que dibujaba el contorno de su pecho, que acercó sin decoro hacia su interlocutor.

—No se me ha perdido nada en esa ciudad. No vamos a malgastar un día de marcha para saludar a gente que me escupió y me repudió cuando murió Hugh, y no volveré a hablar de esto —contestó la joven, mientras sus dedos acompañaban cada sílaba con un golpe en el esternón de Ford.

Nolan agarró la mano de la joven y se perdió en su mirada. Charleen se acercó a escasos centímetros del vaquero y, a continuación, deslizó uno de sus brazos hacia el extremo de su camisa y estiró en su dirección.

—He dicho que no volveré allí —espetó, furiosa.

Nolan Ford pensó en algo que decir, pero sus ojos se habían perdido a lo largo de toda la extensión de la figura de aquella mujer, que, tras el embrujo, ya marchaba de vuelta hacia la caravana que abría paso.

En las jornadas siguientes, Charleen se mantuvo a una distancia prudencial de Ford y no sería casi una semana después de abandonar la orilla del Lago Tahoe cuando retomaron las conversaciones por necesidad. Mientras tanto, el vaquero mató los tiempos ayudando al viejo Joe a administrar los víveres para los casi cuarenta días de viaje; cuando se aburría del griterío, limpiaba los cañones de los rifles y los revólveres, asegurándose de que todo el armamento de la caravana estaba en las debidas condiciones. Algunas noches, entre naipes y algún sorbo de güisqui aguado, las dudas le asaltaban sin previo aviso: ¿era aquella la mejor ruta? Payutes, shoshones, yutas, navajos, apaches… había decenas de tribus y clanes indios que podían cruzarse con ellos al paso por California, Utah y Nueva México. Sin embargo, a medida que bailaba el reloj y sus ojos se enquistaban en la mujer que ya ardía dentro de él, le inquietaba la forma en la que su socia le observaba: fingiendo un enfado que no era tal, o eso creía, y midiendo los gestos, y miradas, y palabras que parecían responder a una estrategia de seducción antes que a un acercamiento casual. ¿Serían espejismos nacidos en el desierto? Su intuición era lo poco que a Ford le quedaba. Varias noches maldijo para sus adentros.

Westworld (imagen promocional; serie)
Imagen promocional de Westworld (Michael Crichton, HBO, 2016) con Dolores Abernathy (Evan Rachel Wood) y Teddy Flood (James Marsden).

Unos días más tarde, se presentó un enemigo común. A los pocos minutos de iniciar la marcha matutina, la caravana se detuvo de improviso. Algunos caballos resollaron exhaustos por el calor, y el susurrante Joe murmuró entre dientes algo casi inaudible. Charleen llegó a su altura antes que Nolan, y empezaba a pedir explicaciones con hastío cuando el viejo se apresuró a afirmar:

—Son huellas de caballos indios —dijo con una pluma de pavo salvaje entre el pulgar y el índice de su mano derecha.

—Hay que abandonar el camino principal —sentenció Nolan, inquieto.

Varios hombres observaron desde lejos al trío sin comprender. Joe escondió la pluma con disimulo para no crear mayor inquietud y Charleen solo guardó silencio a medida que ahuyentaba a algunos curiosos.

—Perderemos varios días: ¡absolutamente no! Es fundamental llegar allí en el mínimo tiempo posible. No somos los únicos que sabemos de la existencia del Oro del Colorado —puntualizó.

—Usted lo ha dicho, señorita Charleen: es preciso llegar.

—No habías mencionado la urgencia hasta ahora —comentó Ford, sonriendo con cierta sorna.

—No había necesidad. Sabes perfectamente que el tiempo jugaba a nuestro favor hasta ahora —concedió—, pero cuanto más tardemos en alcanzar Del Muerto más probable es que nos topemos con salvajes o se nos adelanten otros expedicionarios.

—Mejor llegar enteros que no llegar: será el único modo de recoger las ganancias —repitió Ford.

Su proposición era clara y no admitía discusión alguna: a pocas millas como se encontraban de Crystal Springs, habría que desviarse hacia el norte y atravesar el acantilado de Red Cliff y el cañón de Zion; desde allí, si el camino parecía seguro de nuevo, lo mejor sería volver hacia el sur; si no era así, siempre podían rodear las montañas del Cañón del Colorado por el norte, donde el margen del río que fluía de las Rocosas les ofrecería guarida y una dirección menos obvia ante los posibles asaltantes. Charleen no intentó negarse: el viejo Joe ya estaba hablando con los hombres y convirtiendo la nueva ruta en realidad. Conocía su sitio, así que sonrió al vaquero y mostró las palmas de sus manos como concesión. Sabía que, en aquella caravana, el poder no estaba dividido a partes iguales: a un lado, solo había una viuda de California; al otro, y, sobre todo, allí, Ford era más, mucho más. Él también lo sabía, así que, aunque no estaba de acuerdo con enviar a un hombre a caballo como avanzadilla, no encontró motivos para denegar la petición de la joven expedicionaria.

El día siguiente resultó ser mucho más productivo gracias al jinete. En realidad, mantenerse al sur de Utah cristalizó en la mente de todos como una ventaja estratégica frente al temprano descenso que estaba pactado hasta Nuevo México. El Cañón del Colorado, incluso a cientos de millas, despertaba pesadillas e historias horripilantes que los trabajadores no dudaban en explicarse entre sí. Algunos asentamientos militares, donde más adelante se encontraría Orderville y otros pequeños pueblos del Condado de Kane, tranquilizaban a los hombres, quienes creían en un peso y un control por parte del ejército en la región que no era tal. Sin embargo, la tercera mañana tras el cambio de rumbo toda la tranquilidad que había proporcionado la nueva ruta se fue a pique, pues el jinete de la avanzadilla no volvió a dar parte a la caravana en el tiempo estimado; cuando Ford se percató, ordenó detener la marcha y ocultarse en el linde del camino que conducía hacia la Gran Escalera, tras un promontorio de arenisca roja. Pasaron dos horas más, y otras dos después, y, finalmente, una silueta apareció a lo lejos desde la carretera de la Gran Escalera de Utah. Ford arrugó el morro y desenfundó el arma; varios de los trabajadores también cargaron las suyas: no era la primera vez que veían un señuelo.

Ford dio instrucciones para que los hombres se distribuyeran ante la posibilidad de un ataque inminente y, a continuación, abandonó el resguardo de su posición para encañonar al hombre que les había dejado atrás al amanecer. Su nombre era Thomas, natural de Oregón, y la indumentaria que llevaba al dejarlos atrás: camisa blanca, pantalones tejanos y botas de montar, volvía con todo el polvo del desierto; parecía haberse desprendido de su sombrero, y su rostro —de facciones duras, mandíbula ancha y pómulos marcados— se veía sucio y amoratado.

¡Sooo! —exclamó el jinete— ¡Fue un grupo de navajos!

Ford le miró extrañado, pero encerró en su mente todas las reticencias que amenazaban con aflorar; mantuvo el percutor amartillado en el pulgar.

—Explícate. Rápido.

—Me asaltaron en dirección a Jacob Lake, a campo abierto, parecían acercarse desde Bitter Springs y creo que les cogí por sorpresa —dijo, resollando.

Ford esperó a que terminara su explicación, con un ojo en el jinete y otro escrutando los alrededores. Charleen se asomó e hizo caso omiso a sus gestos, que le gritaban con furia que mantuviese la posición. Después, desobedeció el resto del grupo. Mientras tanto, Tom terminaba de completar la historia.

—Volvía desde más al norte porque me desvié hacia los acantilados Vermillion antes de desandar mis pasos: no conozco demasiado esta zona, pero no quería comprometer a todo el grupo… —concluyó. Los nervios habían vencido al jinete y se desplomó en el suelo mientras algunos compañeros le arrastraban hacia una sombra cercana.

—Pobre muchacho. Será mejor continuar por el norte —señaló Joe, quien mascaba tabaco intentando calmar los nervios de un corazón viejo.

—No sé. No me cuadra lo del acantilado —comentó el vaquero.

—¿Cómo? —preguntó Charleen.

—Quiero decir, debe haber más de cincuenta millas hasta allí. Demasiada distancia, y un caballo como este jamás aguantaría un galope así.

—El pobre hombre se referiría que se encaminó en dirección a Vermillion, Ford —exhaló la mujer. —Pregúntale cuando recupere el aliento: seguro que está encantado de ver cómo el jefe de la expedición duda de su palabra el día que casi fue desollado vivo por unos indios del Colorado.

—El chaval puede descansar en la caravana —dijo Joe.

Ford asintió, mientras el polvo se acumulaba en sus viejas botas, y esperó a quedarse a solas un instante mientras la multitud se dirigía al acceso más septentrional del cañón. Los días habían transcurrido a toda prisa, y ahora el camino desde la orilla del río hasta Del Muerto, se vislumbraba como el preludio de un fin. El vaquero gruñó y volvió a la cabeza de la caravana; solo hizo falta un gesto para ponerse en camino; un camino que, aquel día, hicieron rápido y en silencio, recorriendo las casi quince millas que les separaban de un merecido descanso. Fue una jornada infernal, larguísima, y, sin embargo, nadie abrió la boca ni una vez. Sus rostros parecían hablar por sí mismos, y todo lo que el grupo quería era dejar atrás Utah, sin saber que lo que encontrarían en su siguiente parada no era mejor.

***

Dos noches más tarde, en el camino hacia el sureste por el que intentaron rehuir los principales asentamientos indios que reflejaba el mapa de Ford sin detalles, la relación con Charleen mejoró. Primero, se compuso de pormenores, como una mirada distante o un nerviosismo compartido sin estridencias, o, simplemente, una velada sin que la situación revertiese en polémica: al paso por el cañón, los días les convirtieron en próximos y las noches en cercanos. Al principio, a Ford esto le cogió por sorpresa, aunque no era la primera vez que una mujer se acercaba a él buscando algo que había perdido en el pasado.

Una de esas noches, la cercanía se convirtió en vecindad, dejando que sus cuerpos hablasen, torneándose uno sobre el otro, y encontrándose en silencio cuando el alba ya despuntaba en el este. Desnudos, y a cierta distancia de la caravana, miraron hacia el suroeste, donde la silueta de las montañas ocultaba el Gran Cañón del Colorado, y decidieron volver junto al grupo para iniciar un nuevo día de marcha. Como es habitual, en tal caso, los hombres no hablaron con la boca, conociendo el riesgo de que se la torcieran de un guantazo, sino que dejaron que sus ojos contasen una historia que nadie se atrevió a desarrollar en voz alta. Frente a esta escena recurrente, Ford finalizó varios cruces de miradas haciendo uso de la suya propia, pero concedió una burbuja de aire al grupo e imaginó alguna chanza a sus espaldas que no se preocupó en perseguir, asegurándose de que existía la distancia suficiente para que no explotase contra los oídos de su compañera.

El camino hacia Del Muerto se recorrió con cautela, desviándose cuantas veces fuera necesario hacia las mesetas más septentrionales y dejando atrás, en la medida de lo posible, la vía principal de paso, cuya cobertura era mínima en las enormes planicies y llanuras que se habían convertido en escenario mayoritario. Ford y algunos hombres habían oído que, tras la victoria contra los mexicanos, el ejército de la Unión había empezado a desplazar a los indios lejos de los caminos y, aun así, no era extraño comprobar como numerosos nativos descendían de las montañas con el fin de asaltar caravanas de provisiones o sorprender a las cada vez más numerosas expediciones militares que llegaban desde la costa oriental.

A dos jornadas de Del Muerto, toda la caravana acampó a poca distancia de un gran lago, donde la mayoría creyó que la vegetación les proveería de resguardo natural contra las poblaciones cercanas, que habían tenido que eludir mediante un buen rodeo en dirección sur. Charleen intentó convencer a Nolan de que no era una buena idea, pero la mayoría del grupo estuvo de acuerdo en que una distancia de cuatro o cinco millas sería suficiente si los fuegos eran pequeños y los hombres se turnaban para realizar las respectivas guardias. Los asentamientos indios del Cañón de Chelly, donde se encontraba la equis que perseguían desde hacía casi media estación, estaban a una jornada a pie, por lo que, en el interior de ese infierno cobrizo donde un hombre podía convertirse en comida de los carroñeros cuando menos lo esperase, la posición era, a todas luces, lo mejor que encontrarían.

Indios americanos (Kucera)
Pintura al óleo contemporánea que recrea escenas de nativos americanos (© Edward Kucera).

Todos lo sabían. Todos. Así pues, la negativa de la joven expedicionaria sorprendió a Ford, a quien intentó volver a convencer varias veces cuando la luz crepuscular terminaba de oscurecer el cielo. Al pasar de las lunas, se había fraguado algo entre ellos; no habían hablado sobre qué creía cada uno que era aquello, si un pasatiempo o algo más, y no parecía el momento de abrir un nuevo rompecabezas tan lejos de casa.

Charleen se acercó a Nolan con inusitada timidez. El vaquero se perdió, de nuevo, en aquella naturaleza salvaje que guardaba el iris de la muchacha y escuchó:

—Estoy preocupada, Ford —admitió. —Me gustaría que revisásemos la ruta antes de llegar más lejos. Este páramo me pone los pelos de punta… Llevamos días caminando apenas sin cobertura, junto a unos pocos hombres, la mitad de los cuales no sabría cómo empuñar un revólver, y, por lo que sabemos, a poquísima distancia de varias tribus.

Ford observó en silencio a la joven. Parecía tan sincera… que casi resultaba fácil olvidar el contenido de su petición. Estudiar la ruta significaba compartir el mapa. ¿Y quién sabe? Cosas más retorcidas habían intentado en sus largos años de buscador… Pero ¿y si solo había sinceridad, o incluso algo más, en esa relación que empezaba a forjarse entre ellos?

El vaquero sacó el mapa y lo acercó a su compañera. Ella sonrió, y Ford no pudo creer cuánto representaban esos dientes que asomaban entre los carnosos labios de Charleen. Quería besar toda su boca, una y otra vez, poseerla, hacerla suya… y se perdió en sus pensamientos durante un largo silencio repleto de preguntas sobre la expedición que no estaba seguro de contestar. Después hicieron el amor, apasionadamente, y cayeron rendidos no muy lejos de la orilla del lago, que reflejaba el fuego que los hombres habían encendido bajo las indicaciones del viejo Joe.

La noche transcurrió tranquila y las guardias se sucedieron una tras otra. La visión de un asentamiento indio a solo unos miles de metros en la llanura era incentivo suficiente para los hombres, quienes, por una vez, no discutieron sobre tiempos ni trabajos a desempeñar. Hacia el amanecer empezaron los problemas. Ford abrió los ojos y encontró al cocinero preparando unas gachas de avena sin prisa. El sol se presentaba tímidamente y los últimos hombres en hacer guardia, dos jóvenes de Oregón que se habían enrolado a la expedición con el fin de poder ayudar en la reconstrucción de la granja de pollos de su familia, desentumecían y estiraban las piernas, intentando que el frío de la noche, que se agarraba a cualquiera como una sanguijuela, liberase del sopor a sus extremidades. Fue exactamente esta la imagen que se congeló frente a Ford cuando escucharon cascos de caballo, y cuando erróneamente pensó en las tribus indias cercanas y, en un acto reflejo, acercó su mano hacia la cartuchera.

Tras algunos arbustos que habían crecido empujados por el agua dulce del lago, salieron varios hombres blancos, vestidos con ropas de colono y fuertemente armados. Ford suspiró aliviado para sus adentros, y reprimió una carcajada nerviosa: con suerte, viajeros o militares que volvían hacia alguna de las fortalezas estratégicas en el sur; si no había tanta suerte, cazarrecompensas o exploradores que podía tentar para que se uniesen a la expedición. No obstante, la visión que había preconcebido en un instante se resquebrajó: solo hizo falta ver cómo una de las escopetas de los jinetes restallaba contra el torso de uno de los chicos de Oregón; el cartucho entrechocó contra el suelo y varias ráfagas de revólver sonaron por todo el campamento mientras el vaquero desenfundaba y abatía a uno de los hombres a caballo y corría en busca de cobertura.

—¡Nos atacan!, ¡coged vuestras malditas armas y disparad a estos hijos de puta! —gritó el viejo Joe con un revólver en cada mano.

Ford corrió hacia la posición del anciano, procurándole todo el fuego de cobertura del que era capaz, e intentando ubicar a Charleen. La mayoría de los hombres fueron abatidos en los dos o tres minutos que se extendió el tiroteo. Cuando Nolan Ford alcanzó la caravana del cocinero, este había sido acribillado a balazos y dormía por siempre sobre la olla de gachas. La joven vaciaba cargadores asustada intentando, por puro azar, alcanzar a alguno de los asaltantes y el jinete expedicionario apoyaba, sin destreza alguna a Ford, quien varias veces estuvo a punto de ser abatido de un certero disparo que rehúyo con un afortunado zigzagueo.

—¡Rendíos, entregadnos lo que transportáis y os perdonaremos la vida! —gritó uno de los hombres.

Tras el carromato, Charleen buscó a Ford con una mirada que resultaba difícil de desentrañar; un gesto que Nolan también reconoció en el tercer superviviente y que le puso sobre aviso una última vez: solo la expectación estaba presente en aquella mirada. No era posible.

—Sube al carromato: te cubro —ordenó Ford al explorador. —¡Galopa hasta los compañeros que quedan tras las rocas!

El carromato salió rodando en dirección a la cobertura del resto del grupo, cuyos cuerpos ya dormían por siempre. A lo lejos, el pueblo indio había despertado y una decena de jinetes avanzaban en dirección hacia el lago armados con arcos y lanzas.

—¡Indios! ¡Vienen los indios! —gritó el explorador que ahora conducía el carromato.

Ford disparó varias veces a los múltiples asaltantes: por lo menos, quedaban en pie tres hombres de los ocho o nueve que conformaban el grupo. Esta vez, estos no devolvieron el fuego, sino que escaparon hacia sus caballos e iniciaron una fuga a la carrera. El vaquero agarró las riendas de la caravana y la condujo con mayor fluidez que el vigía, quien había sido relegado de un empujón a la parte trasera e informó de que los indios habían conseguido que los asaltantes se batiesen en retirada. Con suerte, tendrían mejores cosas que hacer que perseguirles: no se trataba de un vehículo de aprovisionamiento ni de militares, y todos acordaron que la abandonarían a una o dos millas del Cañón de Chelly y harían el resto del camino a pie. Sin embargo, esta vez, Ford no cumplió la promesa.

—La caravana está muy cerca de la entrada a la gruta, Ford —dijo el vigía.

—Mejor —replicó Charleen. —No querrás transportar las vetas a peso durante varios kilómetros, ¿no crees?

—Eso es justo lo que estaba pensando. No tenemos mucho tiempo —contestó Ford. Y se perdió hacia el interior de la cueva mientras una sonrisa lúgubre se dibujaba en los labios de la mujer que creía amar.

A pocos metros de la entrada a la caverna, el clic de un percutor se oyó a la espalda de Ford. Este se giró hacia Charleen, su amor, su amante, su derrota, que le observaba con una expresión melancólica.

—No existe ningún tesoro en el Colorado, ¿verdad? —preguntó Ford, con un rictus de desazón en la cara.

—Solo el mapa —contestó el jinete de avanzadilla.

***

En el exterior, los tres asaltantes que habían sobrevivido al asalto desenfundaban sus armas, molestos. Se escuchó un disparo y el estertor opresivo de una muerte anunciada.

—Joder —exclamó el mayor de ellos, que vestía un chaleco cerrado sobre una camisa de un blanco virginal a juego con botas de monta negras. —Se suponía que debían retener a Ford. ¡Rápido!

En el interior, la gruta se componía de una única senda que secuestraba la luz del sol a medida que se adentraban. Un reguero de sangre les condujo hasta Charleen, Thomas y un Ford moribundo que dormía boca abajo y se esforzaba por seguir respirando. A la altura de sus cómplices, los asaltantes prendieron un encendedor de queroseno portátil en la galería que se abría frente a ellos y que ponía punto final a un trayecto subterráneo de cincuenta o sesenta metros al interior de la tierra.

—¡Demonios! ¡Solo teníais que obligarle a seguir la ruta marcada! —se quejó otro de los asaltantes, quien la falta de luz solo permitía ver las profundas cicatrices en sus mejillas y una marcada calvicie.

—Lo arreglamos —dijo Charleen, con la voz queda— de la mejor forma que se nos ocurrió. ¿Qué queríais que hiciésemos?

—Podías haberte bajado antes los culotes, fulana —rio el tercero, un texano a quien la joven odiaba a muerte.

—Basta ya, imbéciles. ¿Y el mapa? —preguntó el jefe.

—¿Y dónde está Tom? —dijo otro, confuso.

Charleen se mantuvo en silencio, mientras el encendedor recorría la oscuridad de la sala. Las sombras luchaban por ocultar al tercer hombre, y, entonces, solo entonces, cuando la mujer no pudo reprimir por más tiempo aquel «Lo siento, George» que dirigía a su cómplice y verdadero protector, el Zippo iluminó el cadáver de Thomas, el jinete de Oregón, y Ford descargó una ráfaga de disparos contra los tres hombres.

Solo George, el más veterano de los tres, tuvo tiempo de saltar hacia un lado antes de caer herido de gravedad por un proyectil que le atravesó bajo la femoral. En el suelo, apuntó con su rifle de caza contra el vaquero, quien había lanzado el revólver a un lado y pateó el cañón del arma; los cartuchos explotaron contra una pared cercana dos segundos antes de que el cuchillo de caza de Ford le seccionase la carótida de un tajo de oreja a oreja.

Ford se incorporó entre los rastros de sangre que habían invadido la gruta en un abrir y cerrar de ojos. A su alrededor, cuatro cadáveres contextualizaban el final de una relación corta y convulsa a la que Charleen pretendía poner punto final con el propio revólver del vaquero. Sus ojos, de naturaleza caprichosa, encañonaron a su amante una última vez, y Ford no pudo reprimir una carcajada.

—Cariño, es un revólver de seis balas —dijo. —Lo siento, Charleen. Lo siento mucho.

Lejano Oeste (cowboy)

Charleen dejó caer el arma y su rostro se inundó de un mar de lágrimas que ambos sabían que no podía expurgar tantos pecados. Ford la abrazó con ternura, abandonado a la más profunda oscuridad, y le acarició el pelo con afecto una última vez.

—¿Cómo lo supiste? —preguntó ella.

—¿Cómo? Bueno, algo me lo dijo todo el tiempo. Un hormigueo molesto en la nuca que quise ignorar; el jinete que enviaste hacia el este, y el ataque de los bandidos: tus ojos; tus ojos lo gritaban. No había odio, ni miedo, ni furia… Solo expectación.

Charleen sonrió, iluminando el subsuelo con una boca irradiada de blanco. Ford recogió su revólver. Se miraron en silencio por un instante que amenazó con convertirse en la eternidad.

—Mentí, Charleen —dijo Ford. —Solo disparé cinco veces.

—De pequeña, el viejo señor Oak se cansaba de repetirnos que, en el Oeste, se encontraban las ciudades de los muertos. Jamás debí viajar hasta California, o intentar engañar al famoso Ford… Solo había muerte por ese camino —contestó Charleen. Llovía en sus ojos, que no eran ojos, sino un bosque.

—La muerte nos encuentra allí donde vamos —respondió Ford, besándola suavemente y perdiéndose en los labios de la mujer que amaba.

Al norte de la Nación Navaja un único disparo se perdió en la noche y un hombre cabalgaba con la luna a la espalda, soñando con ese mundo que no podría comprar con la pequeña pepita de oro que vivía en su bolsillo.

Había encontrado su propio El Dorado; había perdido su propio El Dorado. Una tumba a tres millas de Farmington la recuerda.

Y también ser heroínas

Y también ser heroínas es el vigésimo séptimo relato de mis 52 retos de escritura para 2017. Pero es mucho más: es un grito contra el machismo y la violencia que muchos malnacidos y malnacidas creen que sigue siendo una opción. #NiUnaMenos

Julia se sentía morir por dentro a cada instante. Sentía el líquido blanco mojar sus bragas y gotear contra el suelo. Sentía las muñecas amoratadas y doloridas; las lágrimas secas y la hinchazón de sus ojos. Se sentía sucia, y rota, y no se sentía ella: lo que sintió aquella noche, lo sintió todas las noches.

En esa marabunta de pensamientos que la acorralaban como hizo aquella cuadrilla de fieras en un callejón, ella ya no era ella. Cuando se hizo realidad, cuando se sentó a testificar por primera vez en comisaría frente a dos policías que también odiaba sin saber cómo no hacerlo, se sintió deshacer desde el interior, licuarse a sí misma, desaparecer. El mundo dejó de ser el mundo, y se convirtió en un lugar que se alejaba tras una pantalla, pero ya no era mundo: había expirado el color, y mostraba su cara más negra.

En los meses siguientes, su vida terminó de derrumbarse: su novio la dejó: no sabía encajar algo así (¿y ella?), su familia…, ¿qué podía hacer su familia? e incluso el suicidio solo remitió un nuevo fallo: otra imperfección. Mientras tanto, mientras se deshacía, mientras moría en vida y se llenaba el estómago de somníferos, el juez vio pruebas suficientes para encarcelar a sus cinco verdugos. Estos y sus cómplices le enviaron un detective privado nada más salir por la puerta de su casa; nada más sonreír tímidamente, u olvidar, por un instante, que había sido víctima. Querían conseguir pruebas tras una cerveza, una sonrisa o un chico que la cuidara; querían salvar sus asquerosos culos. El egoísmo en estado puro; el egoísmo que viola en grupo a una chica de dieciocho; el egoísmo que pregunta por qué habló con ellos entonces, por qué no opuso más resistencia, por qué había bebido: por qué.

Soy la mujer de mi vida

Julia sabe lo que es el miedo; no puede empatizar, no con ellos, no ahora, quizá nunca, pero sabe que esa estúpida pregunta es fruto de ese miedo que se percibe frío, como un espasmo de incertidumbre en la columna, un miedo tan atroz que ni las bestias merecen sufrir: ese miedo que le insertaron a la fuerza en un portal de Pamplona; antes de violarla, mientras la violaban, por siempre jamás.

Y aun con ese miedo, Julia camina firme meses después en el Tribunal de Justicia; y quizá por ese miedo responde fría y certera a todas y cada una de las preguntas. No es cuestión de ser una heroína para el pueblo, ni de dejar atrás lo que ocurrió (eso nunca sucederá), sino de encontrar algo de paz en nuestra imperfecta justicia. De alcanzar cinco condenas ejemplarizantes que trabajen, de veras, para mitigar una parte del mal que corrieron a hacer la semana en que bestias más nobles habían muerto en el ruedo; y de un precedente que, poco a poco, se convierta en la senda que degüelle el machismo y la violencia. Quizá es soñar aún, pero compartir este ideal mantiene viva a Julia, y a todas las mujeres, a las que temen, y a las que son violadas, asesinadas o agredidas. Mujeres que solo son mujeres, y, en este puto mundo, también son heroínas.

El tiempo perdido

El tiempo perdido es el séptimo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Autoretrato de William Utermohlen (1933-2017).

Llegó un día en el que Juan empezó a olvidar. En la literatura que retenía en su mente, ocurrió la acción inversa a la magdalena de Proust: con un plato, y una cuchara; pero sucedió mucho antes. La realidad que embistió implacable reveló más tarde, cuando ya nada importaba (quizá una brizna de melancolía que zozobraba entre lágrimas), que Juan olvidó sin concesiones. Si acaso, cuando retumbó el tintineo metálico de la hojalata contra el mármol, quiso creer que había olvidado la palabra que coronaba esa frase, y también el sonido de la cuchara al desfallecer de las manos cansadas que sostenían un plato con obstinación. Otro día, olvidó plato, y tintineo, y Juan; se olvidó de sí mismo, y olvidó lo que significaba olvidar. Julia siempre estuvo ahí para recordar, incluso cuando Juan la olvidó.

El perro fiel

El perro fiel es el trigésimo primer relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

El profesor Eisaburō Ueno alcanzó la estación de Shibuya cuando el embarque de pasajeros había cerrado sus puertas. «Qué lástima», dijo, buscando complicidad en los ojos grises de un funcionario entresudado. Este observó el tren, atestado de rostros doloridos que se abandonaban a sus rutinas, y suspiró. Ueno se sentó en un banco de la estación y cargó de tabaco otra pipa. Su perro le observó circunspecto, si es que tal adjetivo alcanza la inteligencia canina, y se estiró en el suelo junto a su dueño. La estación volvió a restallar de personas apresuradas sin verdadera prisa que se agolpaban en el andén impulsadas por la obligación. El can se incorporó empujándose con sus patas delanteras sobre sí mismo, prevenido ante los viajeros acelerados que se precipitaban contra las puertas. El profesor, ya erguido, se perdió un instante en los comprensivos ojos de su perro, Hachikō, en los que vivían ocho amores distintos escondidos entre hebras de blanco y dorado. Sin poder evitarlo, la marabunta humana arrastró y condenó al profesor al interior del expreso que conectaba Shibuya con la Universidad Imperial, y, mientras el revisor comprobaba el billete de Ueno, este atisbó la ventana y maldijo en silencio al mundo que lo separaba por siempre de aquel fiel Akita.

Hachikō esperó paciente; mientras, las hojas, que eran parte de su nombre y de su eterna prórroga, morían y renacían tras cada estación; mientras, sus extremidades con la forma del kanji que lo había bautizado se quebraban un poco más tras cada jornada. Pero la magia de una historia inmortal no admitió hogar para un perro que no vivía en una terminal, sino en un tiempo pasado. El perro fiel esperó junto al tren que robó dos vidas, y su última jornada comprobó cómo el crepúsculo traía al profesor, que le acariciaba el morro con ternura y lo llevaba a casa. Alrededor, un lamento sordo se erigió en estatua, y allí duerme el noble Hachikō, quien solo quiso una cosa desde aquella mañana de un último veintiuno de mayo: volver al hogar.

Hachiko Monogatari (1987)
Fotograma de la película Hachiko Monogatari (Seijirō Kōyama, 1987).

Este relato está inspirado en la vida del perro Hachikō (Odate, 1923 – Tokio, 1935).

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Los ojos de Kandinsky

Los ojos de Kandinsky es el vigésimo segundo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

La carretera que lleva al viejo hospital Ashlan Tol está repleta de robles, hayas, y fresnos. La hierba se extiende a ambos lados del camino de Melbourne, donde la vista se pierde entre las aleñas, las pimpinelas rosas y otros arbustos comunes como el aligustre. Las casas rojizas, de teja y ladrillo, caen a dos aguas, replicándose a toda velocidad al paso de los escasos automóviles que gobiernan la carretera secundaria de Derby; una tras otra construyen una imagen de peligrosa unicidad: jardín delantero, garaje en blanco, puerta rojiza con el pomo dorado, vehículo de gama media aparcado en el porche, olor a césped recién cortado. Como la fotocopia de una fotocopia de una fotocopia…

María señala hacia una de esas casas. «Allí estaban los dormitorios de los pacientes», dice, y camina en dirección a una vivienda de tocho gris que rompe la singularidad dominante en la urbanización; durante el escaso trayecto, narra con total precisión el camino hasta el despacho del doctor Hiltner, grabado a fuego en su psique. El edificio del hospital es la viva imagen de lo que fue: veinticinco o treinta pies de altura que ocultan decenas de pasillos, que conectan habitaciones, que esconden todo tipo de accesorios médicos, y quién sabe qué historias y vidas rotas tras la hiedra que ha terminado por conquistar la arcilla.

Ella atraviesa el vestíbulo, deja atrás la sala de visitas a mano derecha y accede a la zona de los despachos con tal voluntad que los periodistas deben apretar el paso. Al alcanzar la única silla que resta en la consulta número tres se sienta y observa, en silencio, frente al escritorio caoba repleto de hojas en blanco, e informes, y el fonendoscopio que lo empezaba todo.

—Eso no está bien, María —dice. —Tienes que hablar conmigo. Vamos a tener que hacer algo, porque eso no está bien.

Kandinsky (estudio de color)

Y a María no es hablar lo que le preocupa. A María no le importa hablar. A María le gusta hablar, eso no es lo que teme. Pero Hiltner reitera:

—Tienes que hablar conmigo. —Y añade: «pero déjame ver cómo está hoy mi paciente favorita.»

María grita hasta caer contra un agujero construido en su propia mente. Con una de sus manos, se acaricia el cuello y siente el tacto de una gran jeringa contra la yugular. Empieza a llorar sin saber muy bien por qué. Se siente borracha. Indefensa. Se siente vacía. La multitud de cámaras y reporteros se difumina a su alrededor.

—¿Qué querías que te hiciese esa amiga especial, María? —pregunta el doctor.

El doctor fuma. El humo impregna el torso desnudo de María, y la cintura, y el pubis.

—¿Recuerdas a tu padre acariciándote aquí, o aquí, o aquí? —pregunta el doctor, y a cada pregunta contamina con sus cansadas manos una parte más de su cuerpo: sus manos, su pecho, su sexo, su mente.

El agujero se abre y se cierra, como un gusano que se contrae sobre sí mismo, intentando expulsar toda la suciedad que ha engullido y que no consigue regurgitar. Los ojos viajan del estetoscopio hacia la reproducción de un estudio de color de Kandinsky que duerme apoyado contra la pared. María piensa que son… Piensa que… Piensa que eran como ojos. Ojos que no siempre eran ojos. Ojos que ya no miraban, o no podían; ojos que ya habían juzgado. Ojos que construían mentes, y, sobre todo, mentes que no podían entender.

Los ojos empiezan aquella otra historia, que ocurría en su habitación, donde el doctor la acostaba hablándole de una bicicleta, y un hombre suizo de nombre Hofmann. María se recuerda vestida, y no desnuda y sangrando, pero con una gran gratitud que vestía capas y capas de colores estridentes. Era como colorear una ciénaga con toda la pintura acrílica del mundo, y la sangre que salía de su sexo se mezclaba entre cientos y cientos de tonos. El doctor fluctúa como el tiempo, y era una gran cabeza con pliegues y arrugas y un pene que entraba y salía de su vagina sin que María comprendiese la dirección, o el acto en sí, perdida en el ondulado blanco de una bata de laboratorio, que la convertía en una paloma, y luego nada.

Por último, aquella sala guardaba una última escena: la librería que fue un arma, y una herramienta, y un telón, y un filo. La librería que no era inyecciones, ni pastillas, sino palabras. Palabras que se ocultaban tras palabras; palabras que eran el peor de los venenos, que infectaban los sentidos y hacían creer que el hospital era un refugio y no un infierno. Un lugar en el que ya no importa si se trata del futuro o de un recuerdo, donde reunía a las cáscaras, y como un escultor de mármol, tallaba una muesca más dentro de cada uno de sus destinos.

—¿Dónde estás, María? —pregunta el doctor.

—Estaba lejos —contesta María con lágrimas en los ojos.

—Cariño, no puedes escaparte —le dice mientras le inyecta otra dosis de amital de sodio.

Y María, rodeada de testigos, se siente profundamente sola, porque sabe que no puede escapar, porque entiende que el negro ya es parte de ella.


Este relato está libremente basado en los presuntos experimentos del Dr. Kenneth Milner en el hospital psiquiátrico Aston Hall, en Derbyshire.

Jubilado de libro

Jubilado de libro es el trigésimo segundo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Es curiosa la mente. A menudo, nos hace recordar aquello más insignificante que hemos vivido y, por el contrario, se obstina en esconder demasiados buenos momentos: las reuniones familiares, los viajes, los sueños de infancia, la cara de esa niña argentina de rizos castaños de quien recuerdas el nombre —Anaïs—, pero no el rostro; las conversaciones profundas de las que nos encantaría volver a beber una vez más, y los abuelos; los abuelos que se jubilan tras tu primera aparición en escena y deciden acompañarte durante toda tu infancia y adolescencia. Hay mucha magia en esa decisión que, hoy, se impone más de lo que se espera; sea por trabajo, o dinero, o necesidades que solo ahora son necesidades, y antes fueron caprichos.

Mi abuelo tomó la decisión con libertad: se jubiló para ayudar a cuidar de sus nietos; para acompañarlos al colegio, y recogerlos; para ir al parque con ellos y ser un apoyo para su única hija. Cuando murió, lo había olvidado casi todo, y antes, recordaba más entre cuartillas de lo que su mente conseguía retener; escondidos en su chaqueta había nombres, y calles, y parentescos. «Benlliure, número quince», «Carmen: hija; Cándida: esposa», «nietos: Miguel, Javier y Carlos». Como en cualquier demencia, un día algo falló; después, todo se desmoronó.

Cecilio Pla y Gallardo - Hombre en la playa
Hombre en la playa, de Cecilio Pla y Gallardo (1860-1934)

Los meses previos, lo olvidó todo. Casi todo. Recuerdo como, poco a poco, la argamasa que mantenía sus pensamientos se resquebrajó hasta alcanzar la base. Primero, olvidó a su mujer; después, lo olvidó todo. Casi todo. Al principio, recordaba su trabajo, su antiguo coche, el servicio militar… Después, lo olvidó. No hay tarjetas donde anotar una vida. Tras el ingreso en el hospital, solo quedó su infancia. Hablaba de su madre y de los campos que rodeaban la Pobra de Trives. Apenas recordaba, y hablaba de aquello que podía aferrarse a retener. Quizá, entonces, ni tan siquiera sabía ya quién éramos, o quién fue él.

Durante un tiempo, tampoco yo recordé demasiado sobre mi abuelo. Solo pude invocar la enfermedad y una zapatilla con la que no acertó a darme mucho tiempo atrás: un día que saqué al hombre de sus casillas y él me persiguió por el comedor con cara de pocos amigos. Lo evoqué a menudo, hasta que comprendí que nunca quiso darme, que, de haber querido, me habría alcanzado; hasta que comprendí que, sin saberlo, eso era una bendición, que podíamos estar orgullosos de que nuestro abuelo había sido una persona, con todas las letras, y que ojalá todos nosotros tuviésemos la suerte de haber vivido una infancia tan rica como para, en los momentos de mayor desconsuelo, tan solo recordar una zapatilla que nunca quiso blandirse y una enfermedad cuyo dolor intentó guardar por amor a los suyos.

En un bar del centro

En un bar del centro es el segundo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Subió la reja, y la persiana, abrió la puerta, y encendió los trastos de la cocina. Pasó la gente, tomó el café, y escaparon tras enfrentar las respectivas cuentas. Después, llegó el mediodía, y la Lola empezó a preparar los menús. Su marido, siempre él, los garabateó en la pizarra, con pan, bebida y postre. Por último, prendió la radio, sobre el quicio de la ventana que daba a la terraza, y, como cada día, empezó a sonar un rasgueo de guitarra que nacía en Re, seguía en Sol, y luego en La…

En seguida, la gente curioseaba a ver qué hacían esos dos. Encendiendo una radio y buscando, por el dial, una indescifrable canción. En un bar del centro, en plena calle mayor, donde el camarero sonreía ya con propensión.

Y el sonido trajo hacia ellos la clientela prevista: decenas de turistas y algún excursionista, local, en este caso, que se instalaba junto al resto, en las mesas de una terraza del centro, que empezaban a pedir cañas, y bravas, y tapas, y un menú tras otro. Excepto una, que acogía a una pareja, que miraba embelesada y se susurraba magia al oído. Ella sonreía, y ahora curioseaban los clientes, a ver qué hacían esos dos, musitándose promesas mientras el bar despertaba en plena calle mayor.

Fueron tres o cuatro estrofas y un gancho, y, como cualquier día, todo se aceleró. A partir de ahí, se establecía la escena: un hombre apuraba la copa que había encima de la mesa, dispuesto a dejar monedas y escapar hacia su hogar; pero a la chica presente, el alcohol convirtió en princesa y, frente a él, supo que no saldría ilesa. De la radio brotaron algunas notas más, rasgadas con corazón, y la chica se desnudó con ayuda de ese amor, de promesas en miradas, y recuerdos compartidos; después, ya desvestidos, y, frente a un mundo, empezaron los gemidos.

Varias veces el camarero les llamó la atención, por aquello de estar amándose en plena calle mayor, pero no era más que un truco, un ardid, una excusa, pues el bar vivía del amor de esas parejas difusas, que aparecían en mesas cuando sonaba la radio, y se apagaban fundidas cuando aplaudía el estadio.

Nadie entendía por qué, pero en el bar de la Lola, la radio prometía clientes y un espectáculo ardiente, pero ni bendición y condena van de la mano siquiera, porque lo que gastaban clientes, repercutía en agentes, de policía, que llegan con el escándalo fuera, mientras vecinos se muestran cansados, hartos y viles, al condenar ese acto, tan natural como antiguo, que reproduce por siempre la melodía de un pillo[1].


[1] Este relato está inspirado en una canción del cantautor catalán Albert Pla.