Lo Que Está Por Oler

Lo Que Está Por Oler es el trigésimo cuarto relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Se rascó una oreja con entusiasmo. Después, se incorporó, se colocó a cuatro patas —justo cuando la Gran Luz Que No Se Mira asomaba el hocico— y bebió un par de largos tragos de agua de la fuente que sus compañeros de piso habían instalado en el comedor. No había sido una semana de grandes aventuras y los días en el hogar empezaban a resultar tediosos y rutinarios. Por esto, tras refrescarse, volvió inmediatamente a la cama por un par de horas más: ¿qué se le había perdido en el mundo tan temprano?

Argos era un verdadero ilustrado, y así le consideraban sus congéneres. Un aventurero que había oído hablar de Rugaas, Donaldson, Pryor u O’Heare, a quienes se imaginaba como grandes divulgadores caninos; quien había presenciado grandes momentos de la historia moderna, como las gestas de Colmillo Blanco, la vida de Marley, de Beethoven, o del gran detective Hooch, que se ayudaba de aquel incompetente americano delgaducho… Era el compañero que quieres en tu equipo cuando abandonas la seguridad del territorio y te lanzas hacia Lo Que Está Por Oler y, ¡bueno!, él no creía en la falsa modestia.

Argos (terraza)
Argos descansando en la terraza.

Aquella era una época de cambios. Había decidido dejar atrás el apartamento en el centro por una casa a pocos kilómetros de la capital; una cuestión controvertida y discutida por el resto del grupo sobre la que Javier y Laura rápidamente estuvieron de acuerdo, mientras Fuego y Dana habían mudado sus respectivas reticencias hasta su nuevo hogar. Ahora no estaba dispuesto a confesarlo, pero quizá vivir en la montaña no había sido su mejor idea. Poco había tardado en percibir un cambio de actitud en algunos miembros de la manada… Por ejemplo, desde que se conocían, Javier, siempre se había levantado prontísimo: entre las ocho y las nueve de la mañana, y tenía la mala costumbre de sorber varias veces al día un líquido amargo en pequeños cuencos con asas casi imposibles de lamer. ¿Aunque para qué iba a lamerlos? Los humanos bebían todo tipo de líquidos extraños: negros, amarillos, rojos… ¡incluso naranjas! ¡NARANJAS! Hace falta valor… Pero en los últimos tiempos había advertido un incremento de amarillos y rojos y eso le preocupaba, puesto que convertía a sus compañeros de piso en seres más irracionales, si cabe. ¿Cómo iba a tolerar eso si la situación se cronificaba? ¡Parecían animales salvajes!

Asimismo, había empezado a preocuparse por otra extraña costumbre que se extendía en el tiempo: los dos humanos se sentaban en una silla y se quedaban horas y horas inmóviles frente a todo tipo de extrañas imágenes: era aterrador; a veces, estas se movían y otras, simplemente, mostraban formas que habría jurado que aparecían a medida que sus compañeros golpeaban una de esas cosas sin nombre de perro que sonaba con clics y con clacs. Como buen empirista, había acercado el hocico sin resultados: Javier creyó que quería abrazos y lametones, mientras que Laura le riñó, imaginando que intentaba alcanzar unos macarrones al pesto: en honor a la verdad, Argos sabía que ambas cosas eran compatibles.

En la montaña, sin embargo, algunas cosas habían mejorado también. Corrían sueltos y no con esas estúpidas correas sin sentido con las que era «dificilísimo» hacer entender a los humanos por dónde debían pasear. Lo había comentado con Dana y con Fuego, y opinaban lo mismo. Bueno, Dana opinaba; Fuego preguntó: «¿Correa?, ¿qué correa?» y siguió estirando y estirando en todas las direcciones mientras Laura volaba tras él.

En casa se mantenían costumbres lógicas y beneficiosas para todos, como descansar en manada en el dormitorio o tumbarse bajo la Gran Luz muchos mediodías; Javier lo hacía con líquidos amarillos y el resto de la manada con un gran cuenco de deliciosa agua self-service. Pero había otras que nunca habían entendido, y vivir en la montaña tampoco cambió eso. Por ejemplo, siempre emergía un Palo Mueve Pelusas en el pomo del bufé frío de la cocina. Un día, él y Dana advirtieron que no eran otros que Javier y Laura quienes tenían esa extrañísima conducta, y todavía hoy se devanaban los sesos en busca de una respuesta: los humanos recogían la casa y, cuando no les dejaban en el exterior, colocaban todo tipo de impedimentos frente a algunas puertas: el Palo Mueve Pelusas, el Palo Moja Patas y, a veces, incluso una extraña tabla, también con patas, que se presentó en casa, pero que nunca habían visto que se usase para nada más que impedirles el paso, por lo que, él mismo, la había bautizado como Tabla Molesta.

Foc y Dana de excursión
¡Foc y Dana se van de excursión!

Harto de tantas irregularidades, decidió que, esa misma tarde, reuniría al Consejo en busca de una respuesta y, cuando la Gran Luz estuvo entre ¡Woof! y ¡Grrruuurr!, dio inicio a la misma.

—Últimamente el ritmo de paseos ha decaído, ¿no creéis? —preguntó al aire.

—Bueno… —concedió Dana. —Cuando la Gran Luz ocupa tantas horas arriba siempre es más difícil, y aquí, muchos humanos confunden territorio con Lo Que Está Por Oler, ya sabes.

—¡Pero no nuestros humanos! —señaló Argos. —Eso es lo que más nos gustó de ellos, ¿recuerdas?

—¿Qué es un Consejo? –preguntó Fuego.

Dana acercó un mordedor de color naranja y lo dejó frente a él.

—¿¡Para !? —preguntó Fuego, agarrando el juguete a toda prisa mientras lo mordisqueaba y correteaba por el jardín.

—Sigamos… —dijo Dana.

—Creo que tendríamos que demandar un aumento del número de paseos y de las zonas exploradas de Lo Que Está Por Oler. ¡Estoy harto de ir siempre por el Verde por Oler! A veces está bien, pero seguimos siendo perros urbanitas: ¡y ahora tienen dos coches!

La conversación mantuvo esta misma línea por un buen rato. Fuego se rodeó de todo tipo de juguetes mientras el núcleo duro debatía posibles soluciones ante las problemáticas presentes. Decidieron que tendrían que soportar los incómodos Palo Moja Patas y Palo Mueve Pelusas hasta la siguiente reunión del Consejo, que doblarían esfuerzos para descubrir la función de esa tabla sospechosa y que presionarían a los humanos para aumentar el radio de las campañas de exploración.

—¡Por favor! ¡POR FAVOR! —gritó Javier— ¡Basta de ladridos, lleváis así toda la maldita tarde! ¡Basta! ¡Se acabó! ¡SE ACABÓ! ¡Callaos los tres un rato!

—Cuando baje el sol, podemos ir paseando con ellos hasta el pueblo —comentó Laura.

Y Argos observó al humano con indiferencia, reprimiendo una sonrisa que asomaba en su hocico. Lo habían logrado, otra vez.

Mientras Dana empezaba a recuperar todos los juguetes con los que había sepultado a Fuego, pensó: Los humanos no entienden nada…, y se tumbó a echar una cabezada en su cojín antes de la expedición número 5.791 hacia Lo Que Está Por Oler.

El mundo es de los valientes…

Había un sofá

Había un sofá en mi viejo piso de Barcelona. Había un sofá, una mesa, unas sillas y un único mueble en el salón-comedor. Así de pequeño era mi piso, que solo fue mío por un instante (cuando murieron mis abuelos). Allí, en aquel sofá, empecé a compartir mi vida con un perro y aprendí a transigir todos los tipos de soledad; allí me dormí abrazado por primera vez a Laura tras una declaración de amor que también fue un robo —o lo hubiese sido, si el corazón de alguien pudiera pertenecer a dos personas— y, allí, fui feliz.

Más tarde, la perra devoró el sofá granate que había pertenecido a mi abuela hasta que se la llevó el cáncer, y los cojines salchicha de color rosa que tanto me gustaban. Y nada más ver la escena, caí tumbado entre sus almohadones, algo triste por la muerte prematura de un recuerdo en vida que se desangraba; por la pérdida de otro sitio especial donde, a menudo, dormía y chateaba con ella a través del Messenger (aquel dinosaurio al que el WhatsApp terminaría por degollar sin piedad). Por esto me negué a desprenderme de él, y coloqué una manta que encontré en un altillo a lo largo de todo el flanco que la pastor alemán había cercenado, y seguí soñando, y escribiendo, y dormitando cuando no podía dormir, mientras la espuma interior robaba una caricia a mis pies desnudos al dar vuelta tras vuelta o al incorporarme, de madrugada, somnoliento.

Dana (2011)
Dana mirando por la terraza del piso de Montbau (verano de 2011).

Fue ella quien me convenció de cambiarlo, pero, para ello, tendría que mudarse conmigo. Algo que hizo rápido y sobre lo que nos mentimos hablando de necesidad. Recuerdo que le rogué que viviera conmigo desde el minuto en que empezó nuestra relación. Porque estoy loco, o soy un imbécil, o no pienso las cosas. Quién sabe. Ella aún cree que fue un error, arrastrado hasta hoy, cuando algún momento del presente moldeó un «nosotros» que hace mucho que ya duerme en el pasado; yo le digo siempre que sí, le miento, y, cuando ya no me ve, sonrío como el idiota feliz que siempre ha conseguido mantenerse cerca de la mujer que amaba.

El segundo sofá era blanco y no conjuntaba con el mobiliario caoba ni las viejas sillas tapizadas que bailaban entre el ocre y el granate. Su cuerpo era más ancho y rectangular y conquistaba parte del espacio que antes había reservado a la cama de Dana, la perra que ahora sentía unos celos terribles por tener que compartir su tiempo con una tercera persona, y cuya envidia perruna dejaría una decena de escenas de destrucción masiva por toda la casa.

Sin embargo, la vida del sustituto fue breve y convulsa; tan breve y tan convulsa, como una enorme mancha que un celo más literal dejó en su contorno de marfil; un borrón que resultó imposible de limpiar en su totalidad, pero que fue disimulado con todo el esmero que un hombre enamorado podría conseguir. Aquella fue la marca del diablo, el signo que presagiaba un fin temprano y horrible, y que llegó a los pocos días, cuando unos compañeros de universidad partieron la espina dorsal del sofá blanco y convirtieron su recta figura en una uve de madera quebradiza.

Tras el crimen, Laura se enfadó muchísimo, y envío a la calle a los invitados que todavía deambulaban por el apartamento. Estos se escaparon a perseguir a unos jabalíes que rondaban por el barrio, y, aunque aquí empieza otra historia a la que no tengo intención de dar inicio, acabarían dormidos sobre unos aspersores que esa noche no consiguieron cumplir su verdadero cometido. Un justo castigo, quizá.

Al día siguiente, abandonamos al sustituto junto a la basura, como ya habíamos hecho con el sofá granate que lo precedió, renunciando a ocupar, por tercera vez, ese pequeño gran espacio del salón que nunca más completaríamos. Durante semanas, me sentí incómodo ante la escena; y no fue hasta mucho tiempo después, cuando ya no vivíamos ni tan siquiera en esa misma ciudad, cuando entendí que no era el sofá. Entonces no importó que este hubiera sido aniquilado por la perra y a su suplente le rompieran las vértebras unos borrachos que invitamos a casa por ser, y seguir siendo, nuestros amigos; no importó porque nunca fue el sofá: no era lo que allí hubo, sino lo que anhelaba que hubiese, y lo que restaba después junto a mí; y cuando comprendí que ella seguía ahí, pudimos mudarnos, pero, sobre todo, pude dejar de flagelarme por haberme planteado pagar el alquiler de un trastero en el que guardar un sofá masticado y otro partido por la mitad.

Las moscas que son tus muertos

Cuando era niño, creía en dos verdades absolutas y mágicas: que las moscas eran las cámaras de videovigilancia de Dios y también nuestros muertos. Muchos de nosotros, como seres imperfectos, creemos que son sucias, y pesadas, y absurdas; estúpidos bichos que revolotean constantemente entre nuestros brazos, frotándose las patitas negras y mirándonos, con insectívora ternura, desde lo alto de la pantalla de nuestro ordenador, desde el mueble del comedor o la encimera de la cocina.

Esta era una de esas teorías que nadie entendía pese a su infinita lucidez. Destruían los cadáveres de todos nosotros y se convertían en una parte de lo que fuimos. Estaba seguro: las moscas eran nuestros muertos, que volvían a la vida para observar cómo aprovechamos todo lo que nos enseñaron, para juzgarnos por habernos masturbado más de una vez al día, o para ver cuán felices somos con aquella chica que tu abuela no conoció, o a quien tu padre le preguntaba qué había visto en un tarambana irreflexivo como tú. «Tarambana», que era una palabra que usaba tu padre, y que quizá la mosca conserve en su pequeño cerebro de mosca que tú aún desconoces que contiene un fragmento de la esencia de tu padre.

Escena del décimo capítulo de la tercera temporada de Breaking Bad (mosca)

En mi cabeza, no existió nunca espacio para valorar un posible error: las moscas eran las cámaras de videovigilancia de Dios y, cuando desaparecían, volvían al Cielo y le zumbaban una defensa vehemente como no te puedes llegar a imaginar. Así te querían tus abuelos, o tu padre, y así lo hará tu madre, o tú mismo, por tus familiares y amigos. Se dejaban las patas, las seis, en farfullar y farfullar sobre todas tus bondades, esas que nunca te dijeron en vida ni aquellos más benévolos; esas que hacen que nos avergoncemos y que ocultemos cuánto admiramos el amor que un tercero puede tener por los animales, o la bravura que, bien llevada, termina bebiendo de valentía y convicción.

Un día, no recuerdo cuál, dejé de creer en las moscas. Dejé de ensimismarme al contemplarlas, dejé de curiosear mientras se movían entre saltitos medio ortopédicos por la mesa, la tele, la silla. Dejé de pensar en estupideces y de decirle a los míos que no matasen más moscas, que eran sus muertos que venían a ver cómo lo estábamos pasando, y a disfrutar, en la medida en que uno puede disfrutar cuando es degradado de humano a insecto post mortem. Mi padre, que era un experto cazador de insectos, siguió matando sucesivas reencarnaciones de sus respectivos padres, y tíos, y amigos, que venían a ver cómo nos iban las cosas.

Yo crecí, y olvidé a los muertos, que son las moscas. Olvidé incluso prestar atención al zumbido y a la forma en la que limpian compulsivamente sus grandes ojos para seguir presenciando en fragmentos de unos pocos días la vida de todos nosotros. Olvidé que los muertos eran las moscas, y también las cámaras de Dios. Un día, otro, mi padre también se convirtió en mosca. Pero a fuerza de golpes yo había olvidado esa verdad irresoluble, así que transmuté en aquello contra lo que había luchado a capa y espada toda mi infancia. Cuando veía un insecto, acababa con él. Esa era mi legado, una de las misiones que habían traspasado hasta mí; y las moscas empezaron a acumularse en mi piso.

Vestido con el gen del cazador que vivía en mi interior, y que antes lo hizo en el de mi padre, empecé a destruir y destruir insectos; cuando los cadáveres se acumulaban en mi hogar, yo me deshacía de ellos, y como Sísifo en el Inframundo, embestía contra mi propia carga. Lo hice por largo tiempo, hasta que recordé que no había obligación alguna de hacerlo, que no había montaña que recorrer empujando una roca que volvería a caer ladera abajo, que las moscas que se acumulaban en el suelo no traerían de vuelta a mi padre y que, quizá, como aprendí de pequeño, las moscas podían habérselo llevado, pero no podían devolvérnoslo.

Entonces, dejé de matar moscas y empecé a recibir sus visitas con desdén; después, con indiferencia, apatía, afecto y pasión. Recordé que las moscas son los muertos y que, en cada una, vive un alma, que no es alma, pero algo es. Pensé en los grandes ojos que tienen muchos insectos que vuelan junto a nosotros y volví a creer en todo el sentido que eso tiene para aquellos que saben mirar alrededor.

Cotidianeidad

Sol ebrio

En un bar del centro un loco se emborracha en su tragedia. Su locura se define por lo inextinguible que resulta; a veces ebria, otras, psicosomática, pero siempre de exterior, siempre de terraza.

Cada tarde se acompaña de una curiosa compañera: una niña, pequeña y desgarbada, quien busca una pizca de atención entre los ojos de un adulto que ya no está hecho para lo intrascendente que sucede alrededor de su próximo trago.

Hoy, ese hombre observa a la niña de cerca, envuelto en una neblina alcohólica que se extiende y complica en su pronóstico desde la sobremesa. La niña, a su vez, mira a una mujer entrada en la cuarentena a través de la cristalera del local; en el interior del bar, su madre no aparta los ojos de la barra mientras se contonea entre desconocidos ansiosos por invitarla a otra copa. ¿Y su padre? Quién sabe.

—La vida es un sinsentido, y tú demasiado pequeña para saber de ello —concluye el borracho apenas al iniciar.

La cría lo mira con ojos cómplices, sin llevar nunca la contraria a su acompañante. En el interior hay risas y obsequios; su madre ya empieza a tambalearse, como todas las tardes al salir de un trabajo del que nunca habla y de un recoger a su hija de la escuela a quien, a menudo, olvida incluso acompañar (o se niega). Por todo ello, ella siempre prefiere la terraza, aun por obligación.

Hemingway y Antonio Ordonez bebiendo y riendo.
Fotografía perteneciente a la Colección Ernest Heminway en el John F. Kennedy Presidential Library and Museum de Boston. En la misma, aparecen Ernest Hemingway y Antonio Ordonez bebiendo y riendo.

Muchas tardes espera hasta después del anochecer, también en verano; algunos días vuelven acompañadas, y consigue algún regalo puntual de manos extrañas: una Coca-Cola o, con suerte, una barra de chocolate. Su madre siempre le roba un sorbo, o un bocado, y ella se siente mal por un instante al pensar que no hay nada suyo que esa mujer no corrompa.

Hoy no será uno de esos días, piensa. En el interior, ya están cansados de beber.

—¿Quieres que vaya a por otro cigarrillo? —pregunta la niña. Cada tarde consigue, por lo menos, tres o cuatro, y los raciona con puño de hierro por petición de su peculiar acompañante. Después, cuando el borracho prende uno, disfruta observando cómo los anillos de humo brotan graduales entre sus labios resquebrajados por el licor y una nariz roja de capilares dilatados.

Todo eso lo lee después. O lo apunta en un cuaderno de color cobrizo que oculta y mantiene lejos de su madre; allí lo reserva, lo guarda todo, y busca resolver aquello que el resto de su mundo no puede solucionar ni con actos ni con palabras.

Algunos días, el borracho dice que trabaja; otros, en cambio, no tiene fuerzas ni para arrastrarse hasta el bar. Esas tardes también prefiere quedar fuera. Lejos de palabras que vuelan entre las mesas y que consolidan una realidad cotidiana que amenaza con destruirla. Esos días se acompaña de Pirulo, el verdadero nexo que une a la niña de siete años y a un borracho crónico de cincuenta y tres: un perro. La única heroicidad que el barrio le conoce a lo largo de toda una vida mediocre. Una paliza, una mano rota y toda la energía que aquella terraza iba a robarle en varios días por rescatar al animal de las garras que lo maltrataban.

Durante unas semanas, Pirulo vivió en casa del borracho; ahora vive con ella, aunque lo alimenta el barrio entero. Los detalles de esta otra historia los desconocen los vecinos y, lo que todavía es más sorprendente, también la niña, pero todas la imaginan cubierta de una lúgubre épica donde la madre de la pequeña, a quien nadie le había visto ceder ni desistir ante nada de lo que se le había metido entre ceja y ceja —si bien, y en honor a la verdad, solía tratarse de copas, cigarrillos y caprichos menores—, accedió a convivir con Pirulo bajo su techo tras una breve conversa con aquel cincuentón de terraza.

Niña danzando frente a su oso de peluche
Una niña parisina baila frente a su oso de peluche en 1961.

Su compromiso, sin embargo, no se limitó al perro, sino también a las heridas infringidas a su compañero de tardes por los antiguos dueños del animal. Para aprender a sanarlas, la niña escuchó pacientemente la escueta disertación que le dieron unos y otros; a posteriori, tras contrastar los datos en la biblioteca del barrio, hizo caso omiso de todo lo que se le había dicho y aceptó pacientemente las críticas de la mayoría.

Al escaparse a la biblioteca, lugar que conocía por afán personal, pero que la mayoría de días tenía vetado por desatención activa, corría el riesgo de hacer enfadar a su madre, a quien por suerte no le costaba mucho mirar hacia otro lado siempre que no surgiesen molestias imprevistas; por esta vez, no le importó.

Al pasar de los años, la niña comprendió que ese hombre era familia. No es que le gustase más ni menos que su madre o el barrio, pero al menos él estaba ahí de forma intermitente. Había días en los que el borracho no hacía acto de presencia, pero la niña no se preocupaba en exceso; esas tardes respiraba con calma el aire de ciudad a la espera de un retraso imprevisto o un día de asueto concedido por la borrachera.

Sin embargo, al sexto día consecutivo, la niña empezó a preocuparse, e incluso Pirulo parecía inquieto ante la falta de la vieja galleta que acompaña el café y que el curda no olvidaba traer en el bolsillo ni una tarde. Ese día esperó fuera. También el siguiente. Pensando en que quizá el hombre que la acompañaba todas las tardes había desaparecido de la faz de la tierra. Eso era la muerte: otra cosa que nadie le había explicado.

Ante la duda, la niña se encaminó al interior del bar, seguida de cerca por el can que no la dejaba ni a sol ni a sombra. Dentro no hubo un cliente que no le pusiese cara al borracho, pero pocos sabían su nombre o tenían noticias recientes del mismo. Solo Pepe, el Culé, el quiosquero del barrio le había visto hace un par de días con «cara de muerto en vida», según sus propias palabras; compró el periódico, le comentó que llevaba en cama las últimas noventa y seis horas y volvió a la portería del número 14 de la calle Provincias, donde siempre había vivido.

La niña no sentía especial estima ni orgullo por el hombre de la terraza, pero vio algo necesario y leal en intentar visitarle. De este modo, no solo podría conocer la gravedad del enfermo, sino también devolvería alguna de las escasas, pero constantes, atenciones que el borracho le había ofrecido durante más de cinco años.

Pensó en escapar a media tarde, pues era el momento en que su madre menos atención prestaba siempre al exterior, ocupada en conseguir, al menos, dos o tres copas y un hombre que la aguantase las próximas horas.

Sin embargo, en quien más confiaba en el mundo, traicionó con sus ladridos a la niña; en vez de seguirla, Pirulo creyó oportuno esperar en la terraza, y así se lo hizo saber a la cría y a la madre, quien salió del local como una exhalación y le soltó dos tortas. Tras el guantazo, no pudo más que enfadarse por unos segundos con su perro, pero no tardó en observar que sería absurdo ponerse en contra al único ser que verdaderamente se preocupaba por ella.

Aquel séptimo día de ausencia, cuando volvían a casa, la niña intentó convencer con buenas palabras y sinceras promesas a su madre y a su último compañero nocturno, si bien todo lo que ganó fue quedar sin cena y advertida de que, si volvía a preguntar, el castigo no iba a ser tan leve.

No sería hasta la octava mañana cuando, tras un frugal desayuno autoimpuesto, la niña decidiría por primera vez saltarse un día de colegio al que su madre estaba dispuesta a acercarle para aprender lo que significaban los principios y la falta de ellos. Alerta frente a esta posible salida que su madre debió prever, la niña fue acompañada hasta la puerta del colegio en una mañana de numerosas primeras veces, pero decidida a ello, se mantuvo paciente hasta que su progenitora marchase a toda prisa hasta el polígono donde trabajaba, y permitiese una huida sin alborotos.

No quedó ahí la consecución de reiteradas malas patas, sino que la casualidad quiso que aquella mañana la señorita María llegase tarde a la clase del segundo curso y encontrase a la niña emergiendo de uno de los pasillos hacia el exterior. La profesora, de treinta y bastantes bien llevados, sentía cierta simpatía por la situación de la niña, por lo que se dispuso a acompañarla hasta su aula e incluso a navegar entre los posibles amparos que la cría necesitaba como agua de mayo. Durante unos segundos, ambas se miraron en silencio, pero la pequeña, con las cosas claras y el plan trazado de antemano, no quiso arriesgar más de la cuenta, y salió pitando en dirección a la parada del autobús. María, sorprendida, suspiró, y anotó en un papel la necesidad de hablar con su madre de la educación de su hija y de la falta de un núcleo familiar estable; papel que rompería antes del almuerzo tras algún sollozo más.

Niña besando a un cachorrito
Una niña besa a un cachorro en 1950. © Bernard Hoffman

Pese a su edad, y quizá a causa de esa mezcla de resolución y energía, nadie dijo nada a esa niña que entró en el diecinueve como un tornado, picó su abono de transporte y se escurrió hasta la parte trasera del autobús, donde descansó los veinte minutos del trayecto.

A pocos metros de su casa, saludó desde fuera a Pirulo, quien saltó por una ventana que su madre había dejado abierta, y acompañó los restantes sesenta o setenta metros que separaban el número 14 de la calle Provincias y el 138 de Zapateros, donde vivían madre e hija desde que su padre las abandonase.

Presionó varias veces al timbre del tercero, sin prisa, sabiendo que, si estaba aún tan enfermo como le habían dicho, quizá el borracho tendría dificultad para alcanzar rápidamente el interfono. Tras el cuarto timbrazo, se pudo oír:

—¿Sí? —era un sí débil, sin fuerza, carente de espíritu.

—Soy la niña del bar Los Amigos —dijo.

—¿Quieres subir? —preguntó la voz del borracho por el interfono.

—Viene Pirulo conmigo —contestó esta.

Como respuesta, el sonido de la puerta desbloqueándose y la invitación a pegar un empujón a la misma. Al otro lado del interfono, el hombre colgó mucho más rápido de lo que había tardado en coger el cacharro, aunque esperó, de pie y con la puerta abierta, a que la niña y el can ascendiesen corriendo a toda prisa por las escaleras.

Una vez dentro, el borracho cerró la puerta tras de sí y les invitó a sentarse en una de las sillas del salón. Él se dejó caer sin fuerzas en el viejo sofá de felpa gris con marcas de colillas en la tela.

—¿No tendrías que estar en el colegio? —preguntó.

La niña asintió.

—Quería saber si estabas bien. El Culé dijo que estabas enfermo y que hacía días que no salías de casa —agregó.

—Ya estoy mejor. Tengo el hígado enfermo por no cuidarme y me ordenaron reposo tras salir del hospital. Si voy a la calle, seguro que acabo en el bar, ya sabes.

—¿No quieres ir al bar? —preguntó la niña, quien no lo entendía.

—No puedo beber —contestó el borracho.

—¿Nada?

El curda no supo qué contestar a la niña. Se levantó y cogió una chaqueta, de allí sacó unas cuantas galletas de desayuno y las dejó caer al lado de Pirulo.

—Van con intereses hoy, que hace días que no nos veíamos.

—¿Puedo comerme una? —le preguntó la niña.

El borracho negó con la cabeza y la llevó de la mano a la cocina, donde cortó una barra de medio por la mitad y preparó dos bocadillos de pan con tomate y queso que terminaron devorados por uno de los dos.

—No te preocupes, con la medicación no tengo hambre —dijo el hombre, disfrutando de la compañía de otra persona en casa por primera vez en años. A mediodía, la niña se despidió de su compañero de terraza y se dispuso a dejar a Pirulo en casa y volver a la entrada del colegio.

—Podrías bajar al bar por la tarde —comentó la niña.

—Si tú me vigilas las copas que me tomo —dijo.

—¿Cuántas puedes tomar? —preguntó ella, resuelta.

—Ninguna —contestó, con la voz llena de duda.

—Te dejaré fumar algún cigarro de más —concedió la pequeña.

Cuando salía por la puerta, el borracho le hizo una última pregunta a la niña:

—¿Me dejas al perro hasta esta tarde? Así, tengo que bajar seguro.

***

Sol aguado

Por la tarde, ese hombre sin nombre que acompañaba a la niña de apelativo homónimo bajó a la calle con Pirulo y un bocadillo de pan con longaniza. Por primera vez en su vida adulta, cuando salió el camarero de aquel bar, pidió un refresco sin gas y se enfrentó al pitorreo generalizado; a los pocos minutos llegaron madre e hija, quien no advirtió siquiera que el perro de la casa estaba allí, junto a aquel hombre que pasaba la vida en una terraza. La niña le dio un cigarrillo al llegar y consiguió unos cuantos más para acompañar la bebida.

Desde esa misma tarde, unas cuantas cosas cambiaron: el bocadillo se convirtió en una tradición, Pirulo pasó acompañado las mañanas que la niña podía ir a escuela y la nota a pagar se volvió una excusa más que una verdadera necesidad.

Por lo demás, todo siguió igual. Cuando despejó aquella neblina y mejoró el pronóstico, la niña siguió mirando al interior, su madre no apartó los ojos de la barra mientras se contoneaba con un poco menos de garbo cada día. ¿Y su padre? Quién sabe.

De cara a la galería, todo lo encontró la niña fue un pobre sustituto, y a un perro, repletos de complicidad y buenas intenciones.

No quería más.


portada-insolacion-1Este texto forma parte de Insolación (Javier Ruiz, 2016), mi segundo libro de relatos. Si te ha gustado, puedes descargarlo gratis aquí (PDF) o adquirirlo a través de Amazon por 2,99 € para ayudarme a seguir escribiendo.

Una explicación para Sofía

Una explicación para Sofía es el cuadragésimo segundo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Nada despertó sus sospechas. Tras su última reconciliación, que seguía a una larga pelea, repleta de gritos, reproches, promesas y besos, todo fue bien. Muy bien. Los tres o cuatro días de viaje que Sofía había decidido no posponer, habían ofrecido un interesante giro a una pareja que se necesitaba casi tanto como se amaba. Tras casi una década de relación, Juan percibía a menudo sus actos, y también los de su compañera, como abruptos, irracionales y egoístas. En soledad, sabía que se querían, y, sin embargo, nunca consiguió dominar su pronto, su impulso, su capacidad de dañar aquello que más deseaba proteger.

Pero sobrevivían una jornada más, creyendo salir fortalecidos de las quejas, las malas caras, las soluciones que apenas son parches, y quién sabe cuánto más peso que repartían en sus dos bolsas de vida. Detrás, no había desconfianza —nunca la hubo—, ni celos, ni malestar en la superficie. Se trataba de algo más abisal, más profundo, más insondable, como para que ellos pudiesen encontrar el modo. Terapias de pareja, psicología, psiquiatría, sesiones donde aprender a amarse de otro modo… ¿Era eso posible?

Cuando Sofía arrancó el coche, molesta, y se perdió en la noche, Juan prendió un cigarrillo en la terraza. El termómetro externo marcaba tres grados, pero él siguió ahí; él siguió ahí, esperando, hasta que la fría noche dio paso al día en que moría abril. Aquel día, el sueño amenazó en reiteradas ocasiones con apoderarse del empresario, quien cargaba con unas grandes ojeras que se obligó a pasear por el despacho.

Serge Gainsbourg y Jane Birkin (fotografía)
El polifacético Serge Gainsbourg (1928-1991) junto a la actriz y cantante británica Jane Birkin (1946).

A media tarde, cuando corroboró que no podía teclear un minuto más frente a la pantalla de su ordenador, se incorporó, estirándose sin remilgos, y escapó a la pequeña terraza que las leyes antitabaco habían convertido en un gulag para adictos a la nicotina. Allí encontró confinada a Laura, una de las analistas sénior de la empresa, quien le ofreció un cigarro y una sonrisa cómplice.

—No todo es malo —comentó la chica a modo de saludo—, así fumamos un buen puñado menos de cajetillas al mes.

—Pero con más ansia, si cabe —señaló Juan.

—De cualquier modo, esto —dijo ella, mostrando el cigarrillo— es lo que te pone un poco más nervioso. Aunque lo que no nos deja dormir suelen ser otras cosas…

Él suspiró, encogiéndose de hombros, y ambos quedaron en silencio, contaminando sus alvéolos un poco más. Cuando apagaron el segundo pitillo, Juan le había confesado a su interlocutora algunos de sus miedos más profundos, que siempre encontraban un Sofía como conclusión; la analista se mostró sorprendentemente empática, y Juan recordaría por largo tiempo que, entonces, se le ocurrió invitarla a un par de copas después del trabajo.

No obstante, no fue necesario. Juan volvió a su oficina, decidido a dar carpetazo a los proyectos que se habían acumulado encima de la mesa y a escapar hasta casa, donde comprobar si, esta vez, ella había vuelto o todo el lugar seguía desangrándose por la ausencia. Pero el pavor que le producía aquella incerteza, no le permitió abandonar esas paredes, así que el trabajo sirvió a su propósito, y lo mantuvo allí, concentrado, abstraído del exterior: absorto.

Beso icónico de Elvis Presley en 1956.
Elvis Presley (1935-1977) besando a una rubia anónima en Virgina, 1956.

Sonreía para sí cuando Laura abrió la puerta y asomó uno de sus brazos; en la mano, mostraba una cajetilla de tabaco, pero a Juan le pareció una oferta difícil de ignorar. Volvieron a la terraza, ya vestida por un manto de noche, y hablaron algo más, entre susurros, movidos por una creciente excitación que se perdía entre las curvas de la analista; ella jugó sus cartas entre pausas, consciente de que una seducción lenta era el mejor modo de extender un instante de pasión o convertirlo en pura magia. Primero, lo atrajo con palabras, y susurros, y silencios; después, con miradas y caricias. Por último, y aunque no existía necesidad, Laura se quitó la americana del traje chaqueta, y atrapó la mirada caoba de su acompañante en su silueta, con esa beldad que desprende la belleza consciente.

Juan enmudeció. Perdiéndose entre los carnosos labios de la chica, explorando con atención cada trazo, respetando las sombras primero, y conquistándolas después, poco a poco. Ella abrió camino y guió a su amante, que la desvestía con palabras y actos, hasta un despacho cercano. Allí, todo el pudor se desvaneció; y desnudos gritaron acometiéndose sin tregua durante mucho tiempo. Viajando entre la rápida pasión de una explosión cercana y el balanceo que ambos exigían en ritmo y cadencia.

Last Kiss (fotografía)
Last Kiss (2012) del fotógrafo estadounidense Mo Gelber.

A altas horas, cuando se sintieron agotados, y consumidos, y exhaustos, a todos los niveles, todavía quedaron desnudos y abrazados por un tiempo. Después, ella hizo una pregunta que esa noche no podía hallar respuesta, y se marchó, dejando ver la blanca y sensual silueta que había dejado que él conquistase hasta yacer exánime. Juan se vistió sin prisa y esperó; tras confirmar que estaba solo, recogió algunos útiles que habían quedado diseminados por el despacho y marchó, inseguro por todo lo que había sucedido, inconsciente de lo que podía suceder.

Al volver a su hogar, encontró a Sofía dormida en la cama de matrimonio. Había cancelado su viaje. Había vuelto a casa. Aquella noche, ella despertó al ver luz en el salón y sonrió a su pareja desde la cama. Juan le devolvió el gesto, quebrado, y se instaló en el salón, a salvo de una retahíla de preguntas que no estaba preparado para responder.

Sofía esperó una explicación que nunca llegó, y, poco a poco, desparecieron las quejas, las malas caras y las soluciones que apenas eran parches; apareció el silencio, la indiferencia, el desinterés. Su relación no murió entre gritos de odio, sino que se desangró en silencio; en un silencio perenne que se calcificó hasta el fin. Fue largo tiempo después cuando Juan entendió que hay distintos tipos de amor, y que el suyo era auténtico, aunque no siempre perfecto.

Dobles parejas

Sol olvidado

Él no sabía lo que quería. Nunca. Quizá por eso se le daba tan mal escribir sobre los pocos amores que tuvo. Cada vez que lo intentaba, que intentaba ocultar lo que sentía bajo alguna historia inventada, fracasaba estrepitosamente y, de igual modo, ocurría en sus relaciones, que eran largas por miedo, convulsas por naturaleza y amargas por decisión propia.

Durante semanas, sino meses, garabateó ideas en una libreta, y las hizo crecer desde ese primer germen del concepto desnudo. Juró para sí que escribiría siete capítulos, y que al menos uno tendría que pulirse y rehacerse en incontables ocasiones. Lo imaginó como un lunes cualquiera; un lunes aburrido, rutinario, incluso un lunes de resaca dependiendo de cómo se hubiese portado el fin de semana; un lunes cuyas asperezas debería lijar, donde habría palabras que seguro sobraban, ideas inconexas que se habían ahogado entre el huir de su musa y la llegada de la mediocridad, y quién sabe qué más.

Dio título a los siete capítulos como hacen los malos escritores; como esperan los malos lectores que se fían de la primera impresión, de las apariencias, de una cabecera extravagante que se cuela en su psique; como todos esos seres que arrugan el morro tras la primera hoja, y olvidan aquella emoción que sintieron una vez y que están obligados a buscar página tras página hasta chocar con la contraportada.

De cualquier modo, sería necesario seguir remarcando lo anómalo que le resultaba este contexto: lo malo que era; pues era tan malo, tan malo, tan malo en esas cosas del amor, que años más tarde oiría llorar a su mujer y confundiría ese sonido con el arrullar de las palomas que anidaban en la fachada de la casa.

En este contexto, tituló el segundo capítulo como Dobles parejas dispuesto a hablar de cuánto nos engañamos a nosotros mismos, de cómo nadie debería juzgar un libro por su portada y de qué poco debería importar que dos, tres o cuatro personas siguiesen aquel Macguffin romántico de los dictados del corazón.

El Pla de Montbau
Fuente urbana ubicada en el Pla de Montbau, construido en los años cincuenta siguiendo los preceptos de la arquitectura racionalista. El conjunto escultórico es obra de Marcel Martí (1925-2010) y se titula Ritme i projecció (1961).

Al pasar de las semanas, terminó por garabatear mierda con grandes letras rojas en todas y cada una de las páginas del borrador y destrozó, sereno, cada una de las hojas que componían esa primera versión del texto: así supo que no solo no era bueno, sino que era terrible, y actuó conforme a su potestad de creador omnisciente que siempre prefiere afrontar el peso del fracaso al de la vergüenza futura.

Sin embargo, víctima de lo que pudo ser y no fue, el escritor comentó a un compañero algunas de las ideas de todas y cada una de esas historias; vacilando entre si esa inquietud que, de algún modo, no había podido quitarse de la cabeza, atendía al fracaso de una parte de su proyecto o a la incapacidad de encontrar palabras con las que vencer su peculiar bloqueo.

Por descontado, él sabía que había millones de personas que no sabían amar, personas que, quizá, olvidaron cómo o nunca tuvieron oportunidad, eso no importaba; quizá amar no era tan sencillo como lo pintaban las películas de Hollywood, donde al volver a encenderse las luces, nadie veía si Humphrey Bogart terminaría por cagarla o no.

—Explícame el argumento —dijo su acompañante.

El escritor se negó, hasta tres veces, pero fruto de un deseo siempre oculto de que la historia viese la luz, terminó por acceder. Como testigo mudo de la misma, diré que no era gran cosa. Se movía entre temas complejos, como el deseo, las apariencias y el amor, sin comprender, ni por equivocación, la individualidad de cada una de ellas. No empezaba mal; presentaba a dos parejas que se habían separado para pasar el día junto a unos amigos: ellas con ellas, y ellos con ellos, sin saber que, a espaldas del resto y con la sombra del matrimonio bien próxima, también mantenían sendas relaciones como amantes.

No estaba planteada en clave de humor, y es probable que ahí radicase parte del problema: en especial, cuando la historia se cerraba sobre sí misma volviendo a cambiar de parejas por tercera vez. Tampoco tenía nada de sensual, porque la prosa era excesivamente racional como para funcionar a otros niveles y el deseo era demasiado ficticio para imaginarlo realidad. Parecía otra cosa; algo así como el intento desesperado de explicar una historia dentro de otra historia. Aquello que cualquier texto busca y donde aquí únicamente difería la capacidad de saber cómo engañarse a uno mismo frente a la intención sincera de engañar a todos los demás.

Cuando terminé de beber, perdí el rastro del punto en el que se quebró aquella vieja historia que, palabra a palabra, desaparecía en mi presencia; y seguí bebiendo para empezar algo completamente distinto. Aquello que debían ser esas dobles parejas, esa jugada que puede darte una victoria tanto como obligarte a ir de farol durante toda una mano… Y es que quizá tenía que haber empezado por ahí, porque ¿de quién era la mano?

***

Sol recordado

Para entender la historia, la historia que debía haber sido aquí narrada desde el principio, hay que recordar que, por mucho que se empeñen Falcones, Marsé o Zafón, Barcelona es mucho más que La Ribera, el Carmelo o el Arc del Teatre.

Lo que define a Barcelona son sus gentes y sus barrios, y no existe un contexto mejor para esta historia que la periferia bajo la Sierra de Collserola, donde durante aquella primavera se escuchaban sirenas perennes, se rastreaban las huellas de los jabalís durante la madrugada y ese cosmos verde que casi parecía fantasía nos permitía escapar del carácter abruptamente cosmopolita del que la ciudad había decidido beber como de las aguas del Leteo.

Pero para entender verdaderamente la historia hay que recordar que el agua y, concretamente, una fuente son una parte fundamental de todo lo que quiero explicar. Es el punto de inicio, porque está justo en el centro de la historia que aquí empieza, y también es donde concluye, donde se cierra.

No te preocupes, ya lo verás; ahora he cogido el ritmo adecuado, y no voy a detenerme…

El Born
Fotografía de El Born de ©David Rodríguez en Flickr. Puedes visitar el original aquí.

Prosigo.

Al barrio se mudó un chico una vez pudo independizarse. Lo hizo a un pequeño piso bajo la montaña, un segundo que lindaba con el extremo más bonito de Barcelona. Nunca tuvo la necesidad de compartir ese espacio y, por suerte, y algún deshonroso traspiés entre medias, terminó por encontrar la justa medida entre libertad y responsabilidad.

Durante la mudanza, una compañera de la universidad y su novia le ayudaron a mover los trastos. Una de ellas se llamaba Enara, que en vasco significa golondrina, y su chica era Sofía, una catalana que, a causa de su encontrada sexualidad, había perdido la relación con sus padres.

Tras los primeros días de independencia, decidió escribir esta historia, si bien no conocería el final de la misma hasta mucho tiempo después, alimentando desde el inicio dos nombres falsos como parte indisoluble de la misma, recordando que nadie tiene una verdad absoluta, pero que todos somos cobardes alguna vez.

Todo esto ocurrió a mediados del tercer año de la licenciatura, cuando Enara volvió a la facultad y él pudo verla día tras día. Como hábito, rápidamente adquirió el guardarle un sitio a su lado, y, a causa de esto, a menudo peleaba con los compañeros y compañeras menos afines sin tener muy en cuenta sus opiniones; con los cercanos, en cambio, solo tensaba hasta que las sospechas pudiesen convertirse en certeza, y allí cedía como si no le preocupase no poder estar cerca de ella todo el tiempo posible.

Enara no tenía el atractivo estándar de otras mujeres; era alta y esbelta, y también muy femenina, sus pechos eran grandes y su cabello, de un pajizo claro, se enredaba entre bucles rebeldes que alguna vez alisaba sin paciencia. Pero Enara no era porcelana, sino jade; no era kinsutgi de oro y cerámica, sino de plata o de resina; ella era mucho más especial porque el mundo estaba ciego.

En estos casos, la literatura acoge una vía y el mundo real se desvía por otra muy distinta, pero a veces no hay nada más necesario que una fantasía vivida de principio a fin. Así que, aunque parezca contrario a estas mismas letras, en el transcurso de esta historia todo ocurre de un modo mucho más natural de lo que nadie imaginaría.

Todo siguió igual.

Desde fuera, la vida transcurría del mismo modo en que lo había hecho miles de días atrás. Las horas pasaban y el cambio no era más que un lento vaivén que nadie podría haber advertido. Un día, sin que nadie tuviese constancia, el círculo se amplió y empezó a girar alrededor de una persona más; quizá fue la insistencia o el deseo por que algo ocurriese que, en tal caso, superó al miedo. Pero llegó natural, como una larga caminata que amenaza con terminar de un modo literal y figurado.

Fruto de estos cambios, él empezó a observar. Imposible saber qué había visto Sofía en Enara. Desde el principio, quiso creer que no era distinto a los sentimientos que empezaban a despertar en él tras más de tres años adormecidos por obligación; pero no podían ser los mismos. Sofía cortaba sus alas, se arremolinaba inquieta entre la obligación y el deseo, entre la amenaza y los celos continuos. Enara debía vivir por y para ella, y al cabo de un tiempo, todos entendimos que el deseo no es suficiente para mantener a dos personas unidas.

Esto hizo que Sofía se recluyera en una torre de vidrio junto a su amada. Lejos del mundo que creía que las amenazaba. Curiosamente, él nunca se sintió juzgado de ese modo, si bien, en retrospectiva, terminó por convertirse en un blanco fundamental de su ira.

Javier y Laura (1)

Durante la primavera, todo siguió igual para ellas dos, pero de algún modo, él, como actor invitado al que no se le negó el paso por aquellas puertas, llegó a creer un par de veces que se encontraba en el centro de la escena, sin saber muy bien si su intuición era acertada o no.

Ahora, quizá empiezas a imaginar hacia dónde va el siguiente párrafo. Quizá mucha gente —muchos hombres también— piensen que ese chico buscaba algo con lo que sueña una gran mayoría, pero ese hubiese sido un triste consuelo. Estaba allí, y no era extraño que sus pasos por el barrio se encaminasen hacia el edificio de donde ellas salían para trabajar, pero, mientras pudo contener el deseo, siempre intentó mantener una distancia prudente.

Cuando fue consciente de sus sentimientos, no se apartó. ¿Cómo podía? Lo que hizo fue intentar llamar la atención de otras chicas desprovistas del espíritu que ya le había enamorado; buscaba el modo de ser mejor persona, de ser más listo, más gracioso, mejor; como si aquello cambiase por influjo divino la sexualidad de una persona. ¿Intentaba acaso darle celos con su comportamiento o más bien comprobar que debía dirigir sus pasos en otra dirección?

De cualquier modo, no pasó nada de lo que narran las películas y los libros. Claro que no. Siguió saliendo con ellas, moviéndose por el barrio, proponiendo planes y acogiendo otros con ilusión; siguió viviendo en paralelo. Sintiendo que había una vida por vivir y otra que soñar, como un horrible film de Woody Allen con una Annie Hall lésbica que se le escapaba por todo el sur de la isla de Manhattan.

Una noche, Sofía fue al baño, y él y Enara se besaron. Él no la besó. Ella tampoco. Simplemente sucedió. Algo explotó. Sentados en el sofá supieron que no podían detenerse, pero lo hicieron tan rápido como todo aquello había empezado. Quizá ese beso duró un minuto entero, o solo unos pocos segundos, pero después de aquello, se marchó.

Los días siguientes —las noches, en realidad— las pasó tumbado en una esquina de la fuente que contextualizaba esta historia. A veces, bajaban jabalís de las montañas cercanas y él se preguntaba si esos animales comprendían qué hacía allí mirando una fuente de periferia pasada la medianoche. Días después, se descubrió llorando y mezclando la sangre que brotaba de sus nudillos contra los límites del estanque; quedó plantado, mirando el cielo y se encontró con un sueño inesperado en plena calle y un despertar fulgurante con el sol del alba. Tiritando de frío volvió hacia su piso, a sabiendas de que ningún río puede cambiar el curso de sus aguas.

En las historias, un gesto lleva a otro gesto, pero en la vida real, no siempre es así. A los tres días, tuvo la certeza de que un beso puede ser solo un beso; no obstante, un beso también puede cambiar la dirección de nuestro mundo. Lejos de romanticismos, un beso puede llevarnos hacia un futuro distinto, y también al mayor de los fracasos; un error que estaremos condenados a recordar por siempre, un gesto que pudo cambiarlo todo, una vida entera de anhelo. Con estas ideas en mente, volvió a ver a Enara. Fue un viernes en su casa, y también estaba Sofía.

Nada había cambiado. Todo había cambiado. Para él, aquella noche se movía entre demasiadas hipótesis y conjeturas, y la propuesta de un paseo al que Sofía se negó a unirse, le dio fuerzas para hacer la mayor estupidez de su vida. Sentados en la fuente, no pudo evitar querer besarla. Y quizá lo hizo. Quizá ocurrió exactamente lo mismo que aquella primera vez, o quizá toda la culpa recaía ahora en él. No le importaba.

Le dijo que no quería perderla como amiga.

Le dijo que la quería.

Le dijo que no podía hacer nada para evitarlo.

Le dijo muchas más cosas.

Ella escuchó.

También quiso proteger. Reparar. Buscar una salida honrosa para todas las partes. Pero lo cierto es que aquella fuente ya había ofrecido toda la suerte de la que alguna vez fue capaz, y no atendió a más súplicas. Por eso terminó por secarse. Por eso los peces murieron y los jabalíes volvieron a la montaña, o fueron tiroteados bajo la insensible mirada de un cazador. Todo exige un sacrificio, y en los meses siguientes fueron muchos los que se sucedieron.

Laura y Javier (2)

Después de escuchar, Enara habló. Habló mucho. También con Sofía, quien no quiso escuchar. Pero sobre todo habló con el protagonista de esta historia. De todo lo que hablaron, sin embargo, solo hay dos cosas importantes a recordar: la primera fue una de esas promesas tan pretenciosas de que, pasara lo que pasara, seguirían siendo amigos; la segunda no se pronunció con palabras.

Al final, olvidaron la fuente. El barrio se convirtió en un lugar en el que rememorar aquellos días de incertidumbre por ambas partes; cuando se mudaron, se casaron y fueron tan felices como supieron, los peces, el agua, los juncos, fueron un recuerdo más que mantener recogido en sus corazones. Allí, el agua de la fuente todavía se oía caer con fuerza, mientras el valor de una simple metáfora se avergonzaba profundamente de que dos simples mortales le hubieran hecho creer, aun por un instante, en la existencia del destino.

Todo eso ocurrió en la periferia de Barcelona y, sabiéndolo, ¿quién no elegiría el verde sobre el gris?


portada-insolacion-1Este texto forma parte de Insolación (Javier Ruiz, 2016), mi segundo libro de relatos. Si te ha gustado, puedes descargarlo gratis aquí (PDF) o adquirirlo a través de Amazon por 2,99 € para ayudarme a seguir escribiendo.

Dos libros que no fueron un inicio

El martes pasado llegó un correo de una de las grandes marcas españolas que son sinónimo de literatura. No, no podían acoger mi relato sobre Caos; pero no fue una total negativa, sino otro empujón hacia delante. Uno bien grande, aunque no puedo decir más por ahora. Un empujón que también me ha hecho ver que las cosas no van a ser más fáciles, y que hay que seguir trabajando día a día.

Por eso, hoy os traigo algunos de los textos que me gustaría rendir. Borradores que rayé incontables veces, y ensucié en papel; borradores que no han encontrado su sitio en el mercado tradicional —o quizá nunca lo tuvieron—, y, sobre todo, borradores para los que ha llegado la hora de despedirse y seguir hacia delante. Textos que deseo dejar marchar; relatos que recuerdo con cariño, y otros con los que he terminado por reconciliarme, pero historias cuyo tiempo ya ha pasado.

Caos (Cala Blava)
Caos en Cala Blava (Mallorca)

Los traigo hasta aquí y los despido; para poder concentrarme en nuevos proyectos y en seguir trabajando en aquellos que todavía no han llegado allí donde me gustaría que lo hicieran. No serán los únicos; por lo menos, habrá dos animaladas más que quería haceros llegar antes del Día del Libro, pero que, por mi parte, intentaré que no las alcance el verano; y eso será suficiente.

En definitiva, lo prometido es deuda. Podéis encontrar los catorce relatos en dos recopilaciones gratuitas; no obstante, si creéis que os pueden gustar (¡apuesto a que sí!) y, además, queréis echarme un cable, podéis aportar vuestro pequeño grano de arena en Amazon para Siete historias de histeria (0,99 €) e Insolación (2,99 €).

Gracias por seguir aquí.


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Cáscaras vacías

Cáscaras vacías es el décimo séptimo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

No veo bien. Ya no. Un afectado me perforó un ojo con su cuchillo del ejército. Sentí un dolor punzante y frío; un dolor que pensé que me acompañaría hasta la muerte, pero no. Desapareció. Desapareció por el camino; por el camino que ya todos nosotros estamos condenados a seguir. De algún modo, seguí caminando hacia Atlanta, donde empezó todo, y sané tras cada paso.

La horda lleva meses y meses moviéndose. Yo solo unas pocas semanas; he oído que los veteranos llaman a los fundadores el «Concilio Interior». No he preguntado por qué. Todo apunta a que se trata de su situación en el grupo, justo en el centro: el último vestigio de esperanza en esta colmena.

Horda zombi

No hablamos. Aunque pudiese explicarlo, no sabría bien cómo hacerlo. Se trata de algo distinto, quizá nuestra forma de comunicarnos es similar a la inteligencia que se empezó a descubrir en las plantas poco antes del fin. De un modo u otro, estamos conectados; podemos sentir el miedo, la angustia, la verdad en la mente de cada uno de nuestros congéneres. Somos uno en la multitud. Por eso descubrimos el cómo y el cuándo; incluso el por qué. Y ahora podemos cambiarlo.

Lo sé. Si algún día explicamos esta historia con nuestras propias palabras, deberemos hacer algo más que justificar cómo matábamos y moríamos. Estamos en guerra con los vivos: si llegamos al Centro de Control de Enfermedades habremos vencido. Hasta Georgia, morirán hombres, mujeres y niños… esa es parte de nuestra condena: no podemos explicar nuestras razones, no podemos hablar; sentimos el tormento de cada renacido que cae, que es mutilado, golpeado, disparado y asesinado; vivimos de dolor, y ese dolor nos hace seguir adelante, nos recuerda que seguimos vivos, que hay esperanza.

Los líderes dirigen a la horda desde el corazón. Imparables. Nuestra guerra contra el antiguo mundo no ha hecho más que empezar; los afectados han decidido esconderse detrás de altos muros o unirse a nosotros; también han desaparecido. Esta tribu de cadáveres es el último vestigio de una promesa al mundo entero, a cada uno de nosotros, al futuro, pero también hay mucho odio en su interior; padres que perdieron a sus hijos, hijos que mataron a sus padres, familias rotas por la incomprensión y la angustia…

Muchos caerán todavía, pero solo es cuestión de tiempo. Porque ellos son el enemigo que huye; nosotros, un imperio.

El rey de la Nación Zulú

El rey de la Nación Zulú es el vigésimo octavo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

  1. El nombre del viento (Patrick Rothfuss, 2007)
  2. La isla del tesoro (Robert Louis Stevenson, 1883)
  3. El club de la lucha (Chuck Palahniuk, 1996)

El club no tenía nombre. Nadie se molestó nunca en pensar en algo así. A todas luces, resultaba irrelevante para el desarrollo de cualquiera de las actividades que allí se sucedían día y noche, y, por lo tanto, todo aquel que alguna vez tuvo voz y voto para enviar a un invitado hasta la Esfera Celeste dejó esa parte de la historia incompleta.

Los barcos llegaban a puerto, amarraban en el único embarcadero que la isla poseía en su cara oeste y, tripulación tras tripulación, se adentraban en la taberna. Todos los pasajeros eran altos ejecutivos, políticos, agentes de bolsa, abogados de firmas que los simples mortales jamás se molestarían en conocer (¿para qué?); a su llegada, desembarcaban siempre con la misma mirada: altiva, provocadora, ingrata. Unas horas después, o a la mañana siguiente, cuando volvían a subir a bordo del catamarán para regresar al continente, ninguno mantenía el mismo semblante: unos pocos se habían encontrado a sí mismos; pero la mayoría parecía haber descubierto la verdad que, capa tras capa, se había ocultado una y otra vez: quién era.

Lynnie Zulu
Obra de la artista británica Lynnie Zulu.

Entonces, un nuevo grupo llegó a la isla desde el Cabo de Nueva Esperanza. ¿Cuántas millas habían recorrido? ¿En qué dirección? ¿Qué había allí? ¿Habían seguido la costa de la bahía o se habían adentrado en alta mar? ¿Era siquiera un islote aquel trozo de tierra rodeado de arrecifes? Sarabi Ajanlekoko se hizo decenas de preguntas desde su litera. Unas horas antes, visitaba junto a su mujer la Colección Sekoto del Museo de Arte Wits, algo que ahora solo parecía un espejismo. Fue una llamada de su superior en Capitec, coloso de la industria bancaria en el país; solo una llamada, y todo se aceleró hasta volar a Ciudad del Cabo con South African en clase ejecutiva. Apenas había tenido tiempo de explicar el porqué a su mujer, Adisa, y era una suerte, porque cuando su esposa había arrugado la frente y fijado sus ojos caoba en él… Sarabi no había sabido qué más decir.

Ahora solo existía una larga fila frente a la taberna, como si de una sala de fiestas se tratase. Una voz hablaba desde el interior: entraba uno; después salía. A veces, el visitante tardaba unos pocos minutos; otras, segundos; pero podían haber sido horas también: cada candidato era un mundo en sí mismo (¿pero candidato a qué?). Nadie estaba obligado a esperar: si abandonaba la fila, su empresa sería notificada e inmediatamente perdería su empleo. Eso aterró a Sarabi, y también a Sekuku, un joven abogado que había viajado desde Windhoek, en el país vecino, y no podía permitirse un error más en Ellis & Partners Legal Practitioners. Por ello, los quince o veinte segundos que Sarabi estuvo sosteniendo su teléfono móvil entre los que Sekuku entró por la puerta de la taberna y abandonó el embarcadero le parecieron un castigo injusto y cruel.

A continuación, fue él quien se adentró.

En el interior, la decoración era escasa. Había armamento tradicional y máscaras africanas que, por su gran interés en el arte antiguo, Sarabi reconoció como baoulé.

—La taberna es un espacio de creación —dijo un anciano. Era bóer, cuyo acento delataba una larga historia en Ciudad del Cabo. Era bóer, y habría visto el auge del Partido Nacional y su derrota tras el fin de la segregación racial.

Sarabi no dijo nada.

El bóer no dijo nada.

Esperaron en silencio.

—¿Cómo es posible que el hombre que entró antes permaneciese solo unos pocos segundos y nosotros llevemos cinco o seis minutos en silencio? —preguntó, al fin.

El bóer miró a Sarabi, inexpresivo.

—Le dije que se marchase —contestó.

Sarabi Ajanlekoko estuvo tentado a preguntar el porqué, pero sabía que la verdadera pregunta era otra.

—Exacto —dijo el bóer, como si hubiese leído la mente a su invitado. —La pregunta no es por qué se lo dije, sino por qué obedeció. Un hombre que obedece sin rechistar, apenas es un hombre. Un tigre no tiene por qué proclamar su fiereza, pero puede olvidarla.

El bóer se incorporó de su silla. Era un hombre alto y pelirrojo, de ojos grises, entrecano, con harapos de lo que, una vez, fue un kaftan y que, ahora, apenas cubría su torso y sus piernas, que parecían quebrarse tras cada paso mientras se acercaba hacia el fuego. Lanzó unas cuantas maderas y la llama restalló; Sarabi pensó que no había reparado en el fuego, pero tampoco en las dos jarras que dormían en la mesa, ni en la máscara que las acompañaba, ni en los tótems que se encontraban diseminados por toda la estancia…

—¿Sabes por qué estás aquí? —preguntó el anciano bóer.

En realidad, Sarabi no lo sabía.

—Estoy aquí porque mi trabajo es importante para mí —respondió.

—¿Por qué? —cuestionó el tabernero.

—Me permite cuidar de mi esposa y fantasear con una familia en el futuro; visitar museos y disfrutar de mi tiempo libre; a veces, incluso estudiar otras cosas por las que siempre he sentido interés.

El bóer dio un largo trago a su bebida; a continuación, hizo un ademán amistoso a su acompañante, ofreciéndole una excusa, y un instante.

—Quizá lo importante son otras cosas; y su trabajo solo es el vehículo que lo permite. Como el barco que les ha traído hasta aquí: un barco no es agua, ni una ballena, pero podríamos confundirlo si no observamos con atención.

—¿Qué importa? —preguntó Sarabi al anciano.

—Nada, supongo —respondió este. —Por lo menos, mientras su empleo le permita mantener aquellas cosas importantes en su vida.

lynnie-zulu-2
Obra de la artista británica Lynnie Zulu.

Sarabi sorbió la jarra. El líquido era amargo y espumoso; sabía a raíces y a almendras. También a cítrico, pero no a limón: quizá a lima. Después, se mareó un poco, si bien estaba convencido de que no se trataba de una bebida alcohólica.

—¿No es la función de cualquier trabajo? —cuestionó el joven Sarabi Ajanlekoko.

El bóer cogió dos tallas de madera de una pequeña bolsa anudada a su cintura; las colocó en el centro de la mesa, cara a cara. Una de ellas representaba a un gigantesco guerrero, de casi siete centímetros de altura; vestía ropa tradicional xhosa, su torso estaba desnudo, y blandía un knobkierrie en su mano derecha y un hacha en la izquierda. Su mirada de odio grabada en la madera se fijaba, ahora, en un campesino que trabajaba un campo inexistente bajo sus pies; la talla solo alcanzaba un par de centímetros y los ojos tristes del joven se perdían en la mesa.

Arte en mosaico
Mosaico artístico con los colores más representativos de la sabana africana.

—¿Quién vencería si estas dos tallas se enfrentasen? —preguntó el bóer.

—El guerrero xhosa, sin duda —respondió Sarabi.

—¿Por qué? —volvió a preguntar el anciano.

—Es mucho más grande, va mejor armado y parece un guerrero experimentado.

—¿Con respecto a quién? —interrogó el bóer, y partió, sin dificultad, la talla del guerrero xhosa por la mitad.

Sarabi esperó una explicación, pero, antes de que esta llegara, comprendió que su vista se había fijado en las tallas y había obviado el resto de la escena. La existencia de las tallas no eludía la suya propia. Quizá lo hacía para las tallas, pero no para aquellos que podían observarlas por encima. Y sorbió la jarra de nuevo; el líquido seguía siendo amargo.

—El rey de la Nación Zulú y su Modjadji jamás deberían pedir a un hombre que abandone su vida para su propio beneficio; por poderoso que sea un rey, o una reina, por mucho que controle las nubes y la lluvia, la vida de un hombre es sagrada; y la muerte de un hombre siempre deberá beneficiar a la tribu, lo sepa él o no.

Sarabi bebió una tercera vez de la jarra. Después, se tomó un instante para sí.

—Si anteponemos el grupo al individuo, ¿cómo puede funcionar el mundo? ¿Por qué moverme por un tercero antes que por mi familia? —preguntó al aire Sarabi.

—Eso preguntó Sekuku al entrar —contestó el bóer.

—Y no obtuvo respuesta —agregó Sarabi, equivocado.

—Por supuesto que sí. Esta surgió del único lugar del que la verdad aflora.

—Uno mismo —respondió Sarabi. —Pero, ¿cómo hacerlo?

—Lo sepan o no, todos los que entran en esta taberna ya han iniciado el camino. Para algunos, la tribu no es más que un viejo espejismo; otros abandonan la isla con un nuevo rostro; o empiezan un camino distinto por el que deben convertirse en algo distinto.

El anciano bóer quedó en silencio, y Sarabi no encontró más preguntas. Antes de incorporarse, dio un último trago a su jarra y terminó con el líquido amargo que contenía; reparó en la mesa; al primer vistazo, parecía repleta de rayajos; después, Sarabi Ajenlekoko observó que la madera escondía cientos de frases, y solo tuvo tiempo de leer una mientras se despedía con un asentimiento casi imperceptible. Era un dicho yoruba que decía: «La riqueza tiene una chaqueta de muchos colores.»

La voz del Neandertal

La voz del Neandertal es el cuadragésimo sexto relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

El paleontólogo Thomas Cook, miembro emérito del Museo de Historia Natural de Nueva York, dedicó su vida entera al estudio de los neandertales. Su visión viajó desde los tiempos en los que la humanidad veía una única línea evolutiva hasta la actualidad, donde se empezaba a comprender esa relación compleja entre los Homo erectus, los neandertales y los sapiens.

Esos días pasaron. Y Thomas se jubiló, dejando libre un puesto como profesor en la Universidad de Columbia, otro de investigador adscrito al mismo centro y un trabajo fijo como miembro del equipo de uno de los museos más visitados del mundo entero. Este último fue el trabajo que le permitió casarse con Rose, y comprar un piso en el Upper East Side, un velero con el que soñó durante su juventud y un pequeño refugio en Los Hamptons. Su retiro fue bien acogido por parte de la junta, quienes sabían que podían razonar con el doctor Cook, y al que dejaron un nexo de unión que se volvió realidad mediante un chaleco y una placa identificativa; en el primero podía leerse: «Dr. Thomas Cook – Experto en neandertales» junto a una simpática caricatura de Thomas y un hombre de Neandertal dándose la mano; la segunda solo era una mera formalidad que le distinguía, y que el profesor llevaba con gran orgullo al traspasar las puertas de acceso.

Su jubilación fue, pues, un trámite, que le recompensó con más tiempo para disfrutar de la institución que había sido su vida y terminar las investigaciones que el ámbito académico y el peso de los años le habían hurtado. Pero un día su vida sufrió un cambio abrupto y tan inesperado como suele estos suelen ser. Al volver del Museo de Historia Natural, su mujer, Rose, antigua profesora del Instituto de Fotografía de Nueva York, había escapado; la muerte, inmisericorde, terminó con ella antes de la hora del té y los bagels, que habían sobrado de su desayuno en la Pequeña Italiana y que ella guardó, celosamente, para compartir con su esposo.

Tiranosaurio (Museo de Historia Natural de Nueva York)
Esqueleto de un tiranosaurio en el Museo de Historia Natural de Nueva York, donde en mi visita encontré a un anciano experto en dinosaurios que inspiró esta historia.

Thomas marcó el número de emergencias y se abrazó al cadáver de su mujer. Los servicios médicos dictaminaron muerte natural y explicaron al doctor Cook, conmocionado, que las maniobras de RCP que tantas veces había visto en televisión no tenían sentido horas después del fallecimiento.

El anciano pidió a uno de los paramédicos que contactase con la funeraria por él; después, exhausto, se sentó en el sofá del salón por un buen rato. En silencio, su mente relacionó conceptos que una vez compartió con su pareja: anhelos que ya nunca se cumplirían, deseos, confesiones que una vez se hicieron y que ahora desaparecerían en el olvido… Tesoros inmateriales que el tiempo siempre termina por reclamar; dejándote solo con objetos y certezas que, poco a poco, también se vuelven fantasías de una sola mente.

Los meses siguientes, Thomas Cook se volcó por completo en sus funciones como personal de apoyo del museo. Sin Rose, no soportaba la idea de encerrarse en un despacho a seguir analizando la historia; esta había enseñado por fin sus garras, y le había demostrado con toda crudeza la brutalidad intrínseca al tiempo que vivimos. Había estudiado toda la vida al hombre de Neandertal, pensaba, y no podía evitar creer que, quizá, alguien estudiaría a su mujer, o a él mismo, cuando el presente se convirtiese en historia. En un retazo más de la pequeña historia que compone el día a día para diluirse al pasar de los años. ¿Qué importaba?

Así, hablaba con los visitantes, respondía preguntas y, jornada tras jornada, disfrutaba del placebo que trae consigo el aferrarse a lo que siempre ha sido: el trabajo de toda una vida, aquello que uno más conoce, a lo que mayor esfuerzo ha dedicado. De este modo, el Dr. Cook no volvió a pisar el despacho que, en su día, le había asignado la Administración; vendió el barco y la casa frente a la bahía de Nueva York y se recluyó en el pasado. Se permitió incluso una excentricidad diaria, que siempre era la misma: esperar a que todos los visitantes abandonasen el Museo de Historia Natural, despedir a los empleados, uno a uno, y dedicar unos minutos a los restos del neandertal que dormían por siempre jamás en aquella gran sala dedicada a los orígenes de la humanidad.

—Buenas noches, amigo —dijo Thomas, como un lamento. El anciano viró sobre sí mismo y se dirigió a la salida, sin prisa por encontrar un taxi en los extremos de Central Park y volver al que un día fue su hogar.

—¿Nos conocemos? —preguntó una voz. Su tono era extrañamente familiar, si bien el doctor se sobresaltó lo suficiente para no pensar en ello.

Miró alrededor. Nada. El Dr. Cook observó los bustos reconstruidos junto a los cráneos de varios individuos y reparó en algunas figuras de una exposición itinerante que habían llegado del Museo del Neandertal, ubicado a pocos kilómetros de la ciudad alemana de Düsseldorf.

—¿Dónde estás?

—No tengo una buena percepción del espacio: discúlpame.

—¿Por qué puedes hablar? —preguntó. —¿Eres algún tipo de grabación…?

—La ciencia que lo permite sigue siendo un misterio para mí —contestó la mujer de Neandertal.

Miró las distintas figuras. No eran más que una reconstrucción realista de algunos individuos de Homo neanderthalensis en un escenario que simulaba el interior de una cueva.

—Vaya —exclamó Thomas.

—Pareces sorprendido —contestó la voz.

El anciano, visiblemente enfadado, se marchó sin mediar palabra. Aquello debía ser algún tipo de broma estúpida, y a él no iban a hacerle partícipe de la pantomima de turno.

Grupo de Homo neandertalhensis
Reconstrucción de una escena cotidiana con neandertales.

Pero al día siguiente, volvió. La rutina le llevó hasta la sala de los neandertales de nuevo, y la fuerza de la misma le obligó, de algún modo, a despedirse de los presentes una vez más.

—¡Vaya! —exclamó la voz— ¡Si es don No-tengo-tiempo-para-despedirme-de-ti!

La respuesta arrancó una sonrisa en el rostro del jubilado.

—¿Pareces tan… real? ¿Cuál es tu nombre?

—No vuelves con las mismas preguntas de siempre, John.

El anciano miró hacia la figura de la mujer con suspicacia.

—¿John? Mi nombre es Thomas. ¿Quién es John? —preguntó.

—Disculpa, Thomas —contestó la voz. —Debo haber mezclado dos ideas inconexas.

—Claro, es lo que tenéis los neandertales —dijo el doctor Cook, y se carcajeó de su ocurrencia.

—Eso no me lo habían llamado todavía. No obstante, por tu trabajo, deberías saber que los neandertales llevan extintos más de cuarenta mil años…

—Bueno, seas quien seas, me espera un paseo por Central Park. Me marcho ya.

—Buenas noches, Thomas.

—Buenas noches, tú.

Los días siguientes, los asistentes escuchaban la voz del doctor hasta tarde. El anciano, visiblemente revitalizado, se sentaba en el ala del museo dedicada a los orígenes de la humanidad y se le escuchaba reír por unos minutos, explicar lo que había hecho y lo que pensaba hacer, y marcharse un poco menos pesaroso.

Al tercer o cuarto día, Thomas buscó una respuesta por toda la sala. No encontró a la voz, y, antes o después, se negó a hacer equilibrismos de aquí para allá. Ella no entendía muchas de las cosas que el anciano intentaba transmitirle, pero resultaba un pequeño e inesperado consuelo; Thomas era científico: sabía que existía una explicación racional, sabía perfectamente que debía tratarse de otra persona, de un programa informático o de una inteligencia artificial… ¿qué importaba en realidad? La voz era un espejismo, pero un espejismo que se había convertido en un oasis repleto de alivio.

Hombre de Neandertal (rostro)
Detalle del rostro de un hombre de Neandertal (Museo del Neandertal, en Düsseldorf, Renania del Norte-Westfalia, Alemania).

—¿Qué sentido tiene todo esto? —preguntó Thomas, había acercado la silla de uno de los vigilantes y miraba a la neandertal que creía más cercana a la voz.

—No te entiendo, Thomas —respondió la voz.

—¿Cuál es el sentido de la vida ahora?

La voz no contestó inmediatamente. Pareció coger aire durante uno o dos segundos, y después dijo:

—Bueno… Intentar ser amable con la gente. Comer sano. Leer un buen libro alguna vez. Hacer un poco de ejercicio incluso. Pero sobre todo convivir en paz y harmonía con gente de cualquier raza y condición —concluyó.

El doctor Thomas Cook sonrió con fuerza por primera vez en semanas. Una respuesta tan simple y concisa, ¡y qué de ciencia había atrás!, una respuesta que le recordó a Rose, su mujer, y que, de un modo casi mágico, le retrotrajo a aquella conversación que, muchos años antes, habían tenido desnudos en su primer piso.

—No sé qué haría sin ti —dijo un joven Thomas, que acababa de entrar en el programa de doctorando de la Universidad de Columbia.

—Vivir —contestó Rose, riendo.

Mientras se dirigiría hacia la salida, el doctor Cook se despidió de una joven limpiadora y el portero de la institución. Sonrió, les deseo una buena noche y desapareció en dirección a la Avenida de Colón. Para sorpresa de su compañera, el conserje abrió la boca articulada de una de las figuras femeninas de neandertal y extrajo un smartphone.

—Buenas noches, Siri —dijo el bedel.

—Buenas noches, John —contestó el teléfono.

A continuación, y dirigiéndose a su compañera, John, el conserje, agregó:

—No te preocupes: el museo puede permitirse un aumento en la factura de la luz por este hombre —y mientras el teléfono se cargaba en un enchufe cercano, siguió barriendo la enorme sala de Orígenes de la Humanidad con una sonrisa algo quebrada en el rostro.