La niña surgió entre las calles del casco viejo como una exhalación. Alrededor, una decena de hombres vieron cómo permitía que un par de lágrimas la venciesen antes de desaparecer en dirección al mercado central. Tras ella, alguien disfrazado de payaso blandía un hacha y acariciaba suavemente la cuchilla. Ante la mirada estupefacta de los viandantes, soltó una débil carcajada y se perdió en el oscuro laberinto de calles que había expulsado a la pequeña.
Días después, la prensa internacional se inundó —en papel, y también en digital— de este tipo de sucesos. Payasos maléficos siembran el caos en una decena de ciudades francesas, podía leerse. Los payasos siniestros se inspiran en los vídeos de DM Pranks. Psicosis con los payasos en Estados Unidos: el escritor Stephen King ha dicho que… La moda de los payasos llega a España con el próximo Gijón Clown.
—Los embajadores de la alegría, la COAI, Clowns of America International, dicen que la culpa de todo esto es de una serie de terror que está de moda —explica un hombre de pelo cano vestido de militar. Su mujer asiente, acariciando suavemente el pelo a la niña de las dos lágrimas.
A continuación, un hombre se acerca a la mesa. Pregunta si la pequeña quiere una figura hecha con globos. La niña pone los ojos como platos, salta de la silla y echa a correr lejos de la escena. Su padre se lleva instintivamente la mano hacia el muslo y grita palabras que mueren contra el laberinto de calles que les rodea.
Una niña de nueve años. Una niña de nueve años sola al atardecer, y problemas. Esta vez, aparecen con el fulgor rojizo del REC de una cámara semiprofesional y muy pocos escrúpulos. En escena, el payaso carga el hacha entre sus manos y camina tras ella; ella emite un grito ahogado y corre. Corre muy rápido, y cuanto más rápido corre la joven, más rápido se mueve el payaso. Cuantos más nervios impregnan las pequeñas calles vacías del centro histórico, más gritos, y más carcajadas, y quejidos, suben por las paredes.
Al pasar de los minutos, la niña encuentra abierta la puerta de un edificio, y se lanza contra el interior. La niña no tiene tiempo de despistar a su perseguidor. La niña ve una máscara que se presenta entre las grietas de la entrada. La niña empuja la puerta resquebrajada con todas sus fuerzas.
Al otro lado, los rizos pelirrojos del payaso golpean la madera creando una armonía rítmica. Encerrada en el portal, busca posibles salidas: el edificio, a medio derruir; el edificio, sin electricidad, ni ascensor; solo un hueco oscuro y un entramado de cables amenazantes; las escaleras apenas son un recuerdo, cuyo único superviviente es un incierto camino hacia el sótano.
Entonces, echa a correr hacia la oscuridad. Mientras, el payaso abre la puerta sumergido en la misma melodía de golpes cadenciosos. Ella mira hacia la puerta: él ya no corre, solo arrastra los pies; los pasos se extienden por el suelo y una espiración entrecortada repta bajo la máscara. Se detiene. Golpea el hacha contra el suelo. No parece muy pesada, ni sólida, pero la joven jamás percibe eso.
Otra figura brota de la oscuridad del sótano un segundo antes de que la niña se lance a la carrera. Otro ser siniestro disfrazado de payaso. Su máscara es todavía más terrorífica: enseña los dientes, y unos grandes colmillos, y, por un instante más, se halla repleta de alguna sustancia que imitaba la sangre y acompañaba la caracterización que completa una motosierra Husqvarna de gasolina.
Aparece también el hombre de la cámara, otro Vértov prostituido al servicio de YouTube. Esta vez, la niña no llora. Solo coge una pequeña Walter PPK 380 del bolsillo de su chaqueta blanca y destroza la cara del payaso del sótano. Tiembla. El primer payaso se detiene, en seco. La imagen se congela, dentro y fuera de la cámara; la niña mira, inexpresiva, y el payaso deja caer el hacha; suena como el plástico, y, a continuación, como el plomo deformándose contra la carne.
El payaso cae al suelo, con una herida en el estómago; la niña corre hacia el exterior, y mira incrédula a ese devoto de un deformado cinéma vérité. La trama avanza, de improviso, con dos golpes más del percutor contra el fulminante. El primero, destroza la mano del Vértov; el segundo, atraviesa limpiamente el esternón.
Una voz dice:
—¿Por qué estos chicos tan dulces tienen que pintarse las sonrisas?
Apareció frente a la ventana del despacho. Fuera. Donde el encalado de la pared se asemeja a la silueta de un hombre con barba y, una vez nos dimos cuenta, ya nunca pudimos dejar de verla. Era un Bulbasaur, mitad animal, mitad planta. Sonreía, como todos los Pokémon; así que le lancé una pokeball y lo atrapé antes de que se escapase por las montañas que rodean mi nueva casa.
Después, me aburrí. Sin saberlo, ese Pokémon nunca evolucionaría ni conocería mundo junto a mí. No podía competir con mis perros, que me tiran babas, saben ser mucho más pesados que una notificación en el teléfono y ya me obligan a caminar bastante. Allí quedó el Bulbasaur, en algún rincón de la memoria SSD; oculto del mundo, prisionero de mi propio egoísmo, solo.
Mientras el resto se volvían locos jugando a Pokémon Go mucho más tiempo del que dedicaban a Facebook, Twitter o Snapchat, yo dejé a ese Bulbasaur que paseaba por mi jardín encerrado en mi dispositivo, y me fui a seguir viviendo al margen de esa acción. Ese era el único Pokémon que registró mi Pokédex en el smartphone; ni un Rattata, ni un Pidgeot… Ni uno más.
Abrí la aplicación, capturé a ese bicho, y me aburrí. Después, sin relación aparente, los árboles de alrededor de mi casa empezaron a secarse; al principio pensé que se trataba de algo que ya estaba ocurriendo y no había reparado en ello; pero, de nuevo, el móvil tenía una respuesta mejor: fotografías de los exteriores antes de la mudanza. En estas, los árboles estaban llenos de verde, el tronco resplandecía, y casi podías imaginar cómo la savia circulaba por los vasos conductores en su interior. Ahora, los árboles y las plantas parecían enfermar y secarse uno tras otro, pudriéndose, resquebrajándose desde la raíz…
También tenía trece notificaciones en Pokémon Go. Todas decían Vuelve. Todas decían ¿Te has olvidado de mí?Todas decían ¿Dónde te has ido? Estoy solo aquí. Y abrí la aplicación.
En la pantalla podía verse al mismo Bulbasaur que atrapé. Miraba hacia delante, cabizbajo, moviendo dos largas cepas verdes que salían de su espalda para combatir el aburrimiento; parecía débil, hasta que percibió que se había cargado la aplicación; entonces, su cara brilló por un instante, hasta que volvió a ser consciente, una vez más, de mi abandono.
Fijé mi vista en la pantalla, que detectaba los alrededores y mostraba un mapa con localizador GPS; marcaba lugares de interés y similares, creo, pero yo no podía apartar la imagen de ese Bulbasaur herido de mis ojos. Así que empecé a caminar; al abrir la verja exterior de la casa, los perros me ladraron: les hice un ademán para que me acompañasen; paseamos los cinco —los perros, el Bulbasaur y yo— y, a medida que lo hacía, parecía recuperarse: no eran heridas infringidas en combate, pues no me gustaba eso de hacer combatir a los Pokémon, y tampoco había tenido tiempo, sino más bien de tristeza, de haber sido olvidado en un rincón demasiado rápido, solo por ser virtual, apilable, lo que sea.
A la vuelta, los árboles se habían recuperado. El verde volvía a ocupar todo el follaje, y advertí que el Pokémon parecía feliz de haber paseado con nosotros. Ahora conocía la verdad: eran unos yonquis del fitness, de la compañía, de la batería de mi smartphone, que podía empezar a acostumbrarse a estar bajo mínimos.
Seguí haciendo lo mismo durante varios días. Los perros se alegraban de ver el móvil en mis manos, o quizá a ese Bulbasaur que vivía entre el mundo virtual y el real; yo seguía caminando y caminando, angustiado por la conexión entre el Pokémon y mi jardín; sabiendo que tendría que cuidarle mientras quisiera que nadie más conociese mi horrible secreto: había encarcelado a un Bulbasaur y lo había abandonado a su suerte; ahora, estaba pagando por mis pecados, y aún sería peor si alguien más se enteraba. La vergüenza sería completa: tanto para aquellos que solo verían a un freak que caminaba para tener feliz a su Tamagochi evolucionado como para los verdaderos fans de la saga, que podrían acusarme de maltrato, de abandono o, peor aún, de ser un nefasto entrenador Pokémon.
Por las noches, cuando mi mujer se dormía, le explicaba al Bulbasaur que no podía jugar con él, que ya tenía perros y gatos, y que debía trabajar, y escribir, e intentar hacer algo con mi vida. Él solo me miraba, sin comprender, a sabiendas de que, ahora que Pokémon Go formaba parte de nuestras vidas, ¿quién iba a querer seguir viviendo en el mundo real?
Noche tras noche, bajo la atenta mirada de los perros —que todo lo perdonan, incluso la desatención activa o la necesidad de compartir su tiempo con un Bulbasaur—, conseguí hacerle entender que debía buscar a otra persona, y yo le ayudaría a ello. Lo enviaría con uno de mis amigos que jugaban a Pokémon Go. Le daría una vida mejor junto a otra persona. Y, entonces, justo en ese momento, antes de subir al coche y conducir hacia Barcelona para dar en adopción a mi Bulbasaur, ocurrió lo peor que podía suceder: frente a mí, apareció un Pikachu.
Este fin de semana ha sido un caos absoluto. Ocurre en todas las mudanzas, en todas mis mudanzas. Pasas días empaquetando, gastando rollos y rollos de cinta de embalar, apilando objetos, recogiendo recuerdos dicotómicos —o se hace imposible separarte de ellos: el libro que te regaló aquella chica que fue especial, una pluma estilográfica de tu abuelo que nunca aprendiste a usar; o no les ves utilidad alguna: antes o después, esos son mayoría—, y vuelves a empezar.
Te acompañan muebles que han envejecido contigo, útiles que harán algo más confortable ese cambio que te recuerda quién eres, y una extraña sensación que siempre viaja entre la expectación y el miedo al cambio.
Conseguimos hacer la mudanza pese a la resistencia pasiva de nuestros gatos.
Por mi parte, todo salió mal, pero ya estamos acostumbrados: no se perdieron las llaves de la furgoneta que alquilamos para la mudanza, sino también las de mi coche (¡dos por uno!); no hubo forma de mover todos los muebles, ni de desempaquetar, y reorganizar aquello que nos habíamos propuesto: el tiempo se nos vino encima; nada salió como estaba previsto, porque eso ocurre muy pocas veces en la vida. Quizá nos cabreamos menos, o nos relajamos más, si bien un cambio de casa no difiere mucho de una visita al dentista: jode, pero, cada vez que vuelves, eres más estoico, y tiras para adelante con mayor soltura.
Había seis cosas por las que preocuparse por encima del resto: los perros, los gatos, el pájaro; una vez todos estaban aquí y los típicos nervios propios del desconcierto se habían diluido, solo quedaba empezar a acostumbrarnos a la nueva casa: campo y ciudad, el Ensanche y el Baix Llobregat, playa y montaña, silencio frente a zumbido constante, y muchas otras cosas, inadvertidas en un primer momento: aire, pájaros, tierra, verde, pero verde de verdad, recogimiento…
No es cuestión de mejor o peor —esos términos no sirven—, si bien a medida que las horas pasaban, y las personas que nos habían ayudado a mover media vida de arriba para abajo se despedían, tuve la certeza de que podía acostumbrarme a esto, de nuevo, más rápido de lo esperado. Porque no hay mejor o peor fuera de uno mismo.
Sin embargo, hay algo que todos compartimos, y es la ilusión por las pequeñas cosas. En mi caso, cuando pude librarme del yugo (férreo) de la jefa de empaquetado y desempaquetado, corrí hacia el terreno anexo a la vivienda y empecé a recoger ramas, y ramas, y troncos, y cortezas, e hice un fuego.
Los engañé a todos; les hice creer que iba a tostar pan, y verduras, y, bueno, lo hice; pero sobre todo me quedé allí plantado, junto a los perros, tirando madera cada vez más grande a las llamas y haciendo brasas y más brasas, mientras las observaba, quieto, buscando esa memoria histórica de la que hablaba Hegel, y que todos llevamos dentro.
Abandonar Chicago hacia ningún lugar debía ser una de las experiencias más místicas de nuestro viaje. La casilla de salida de un tablero demasiado grande para observarlo en su conjunto; de eso se trababa, eso era ir hacia el Oeste, el Oeste en mayúsculas: un trayecto inmisericorde, panorámico, infinito, donde la vista debía escapar en todas direcciones y la zona de confort, la vida tal y como la conocemos, terminaría mutilada, ejecutada y enterrada en cualquier desierto del sur de Arizona antes de alcanzar el Pacífico.
La 66 iba a ser un viaje de no retorno, así que saqué la tarjeta de crédito, descubrí que un coche automático es poco más que un kart y maldije por no haber comprado una Toyota Hilux en las últimas o un Ford Bronco que solo fuese hollín vomitado, perpetuamente, tras pasar por el carburador. Pero eso era literatura, y la literatura no nos llevaría a cinco mil kilómetros de distancia, así que debíamos tocar con los pies en el suelo, por un instante, unas horas, y despegar.
Skyline de Chicago desde Lincoln Park Zoo. (Clic en la imagen para ampliar en otra ventana.)
Un mundo de distancia
Como todos los grandes viajeros, he visto más de lo que puedo recordar, y recuerdo más de lo que he visto.
Benjamin Disraeli (1804-1881)
Habíamos viajado miles de kilómetros por aire (aterrizamos en Moscú de madrugada para coger un Airbus hasta Nueva York y, de allí, a Chicago) pero, de algún modo, despegamos a mucha más altura al llegar a Joliet (Illinois), un pequeño pueblo residencial a unos sesenta kilómetros de la ciudad del Viento donde los Blues Brothers bailaban en el tejado de un dinner, las primeras señales se asomaban, tímidamente, por el recorrido y nosotros aprendimos a toda velocidad qué significa el tradicional “[get your] kicks on 66!”
Joliet (Illinois).
También nos hicimos una de esas promesas estúpidas que completan cualquier viaje: cada vez que viésemos una señal histórica de la Ruta, debíamos gritar y entrechocar las manos: en algunos estados, las palmas se nos pondrían rojas de repetir y repetir; en otros, perdimos el hábito a la fuerza: cada estado es un mundo, y todo el que viaje por Estados Unidos entenderá esto antes o después.
Quedaron atrás las trescientas millas de Illinois. Ese primer día teníamos ganas de coche, de conducir, de acelerar, de avanzar kilómetros y kilómetros, de detenernos en un café de carretera y bebernos una taza de asqueroso líquido aguado acompañado por unos aros de cebolla o un batido que nos serviría una camarera vestida de rosa, con delantal, cancán y sombrero a juego; de movernos, de correr hasta un abismo, hasta el fin del mundo si llegásemos a contemplarlo; sentíamos la necesidad vital de descubrir todo lo que se ocultaba más allá del horizonte que siempre alcanza la vista.
Nuestros primeros pasos nos susurraban la verdadera naturaleza de la ruta: un recorrido que se oxidaba al sol junto a las promesas sinceras que miles de americanos lanzaban a sus viejos coches; coches que nadie restauraría jamás, y negocios que habían muerto esperando más viajeros, más turismo, más pasado: más. Junto al Gemini Giant del antiguo Launching Pad (Wilmington, IL), sentí algo así. Fue la primera de muchas. La guía de viajes lo anunciaba en voz baja: supimos que el negocio se había asfixiado, poco a poco, hasta su muerte en 2012, pero la comunidad no se rendía con ese pequeño tesoro cercano para el que buscaban un nuevo inversor.
Fan de la Ruta 66 con varios tattoos en la espalda; entre ellos, el famoso eslogan: get your kicks on Route 66!
Delante, cinco mil kilómetros de carretera, de psychobilly en estado puro, de música que no se contentaba con recordar el pasado, sino que amenazaba con resucitar a los muertos si nos atrevíamos a echar la vista atrás.
Pero antes. Un ÚLTIMO aviso.
La rutina de viajar
Siempre se impone viajar como justo lo contrario a la rutina de vivir. Sin embargo, cuando haces del viaje tu vida —aunque solo sea durante algo más de un mes—, viajar y vivir de este modo se vuelven deliciosamente rutinarios.
Es algo que termina por sacar lo mejor de ti mismo: te vuelve más flexible, más abierto; te obliga a estar más relajado o a abandonar el viaje. Antes o después, hasta el mayor aventurero debe detenerse y respirar por un tiempo; cerrar el círculo, volver a casa —incluso cuando el hogar se ha convertido en personas, y no en objetos—, detenerse.
Así que esta pésima introducción solo pretende servir para hacer entender algo a quien esté leyendo: los recuerdos empezaron a resquebrajarse con el paso de los días, y ahora solo quedan imágenes de un atardecer en el casco viejo de Santa Fe, un desayuno junto a los cuervos en Flagstaff, una mujer de Oklahoma en el parking del Totem Pole Park o un pueblo de gente encantadora en Galena (Kansas); también un cartel perenne en el coche donde habíamos escrito: Hooneymoon on the road! From Spain, to Chicago, to Los Ángeles!
Noroeste del desierto del Mojave, cerca de Oatman.
Pese a las reservas de hoteles en línea, las fotografías y los textos garabateados en algunas decenas de hojas de papel, todo aquello pasó y por mucho que pensemos que alguna vez fue real, solo nos queda una guía de viaje destripada, unas cuantas hojas de papel y cientos de folletos de información turística. Pero no importa; lo maravilloso del viaje, de la ruta en sí misma, es cómo consigue entrar con sutileza en tu interior desde el norte del país hasta las playas del Pacífico.
Lo maravilloso del viaje es poder aprender que, hoy, la ruta es un cadáver que se resiste a morir, un símbolo de libertad que solo Hollywood retiene, lo peor de los EEUU reconvertido en una aventura épica; una canción de Chuck Berry, de Randy Newman, de los Rolling o de Springsteen, entre moteles que pasan a un ritmo endemoniado y amenazan por convertir la carretera en tu hogar.
Réplica de una gasolinera Sinclair que reconstruyó Gary Turner donde estaba ubicada la estación de Gay Parita (Ash Groove, Misuri). El propietario, Gary Turner, murió en 2012.
¿Pero qué es la 66 en realidad? Antes de empezar, puedo darte mi respuesta si quieres, pero mi respuesta jamás será la tuya. La ruta para mí es un viaje de no retorno en el que descubrí cómo viajar: con el sol siempre de frente, sobre una carretera contra la que bailan las ruedas a nuestro paso y un destino caprichoso por el que no puedes más que dejarte sorprender.
La 66 es la vida, es todo los viajes de carretera que jamás imaginaste, y está repleta de aventuras, amistad, amor y sacrificios. ¿Pero de qué otro modo podría ser?
Ahora, acelera. Vamos a ver qué aparece delante de nosotros…
Nueva York es una ciudad fría. Un lugar de corazones templados y asépticos al sur de Manhattan y demasiados rostros como para creer en una definición coherente para la masa. Sin embargo, al aterrizar en Queens recordaba la descripción vibrante que semanas atrás alguien hizo de ella: una piedra de energía que reverberaba bajo nuestros pies y nos hacía creer que, en ese instante, estábamos en el centro del universo, había dicho; y una mierda. Yo me disponía a crear mi propia imagen de ella.
Días más tarde, cuando quise darme cuenta, despegábamos hacia Chicago y, por unos instantes, recuperé la misma sensación agridulce que me había acompañado entre las muchas caras de la Ciudad Imperial: la Estatua de la Libertad, los restos de Little Italy devorados por las caóticas calles de Chinatown, el Village mirando al Hudson, el Museo Metropolitano, las zonas de moda que poco nos ofrecían, como el SoHo o TriBeCa, y también las de guerra cuyas ascuas se han terminado por diluir: South Bronx, Bed-Stuy Queensbridge… Allí, donde las deportivas fueron una tumba en lo alto de un cable eléctrico y hoy poco hay más que el hombre del saco con el que cada uno viaja.
Dicho esto, por esta vez intentaré empezar por el principio. Así que, antes de continuar, queda por anunciar que el viaje a la Gran Manzana nos llevó siete días. Aterrizamos en el JFK un miércoles a mediodía, enlatados en un Boeing 747 de Aeroflot y escapamos un jueves, a primera hora; primero, por tierra, desde Harlem; más tarde, por aire, dejando LaGuardia, Queens y Nueva York muy, muy atrás.
Para ahorrar en los billetes, meses antes habíamos decidido hacer escala en Moscú, lo que veinte horas después de abandonar suelo español me parecía de todo menos una buena idea. Ya en tierra, el ascenso hacia el norte de Harlem fue caótico, aunque no excesivamente complicado; sumergidos en una maraña de calles, líneas de tren y carreteras a través de las que se movían veintidós millones de personas.
Vista de Central Park en un día de nieve
Demasiadas para recorrerlas a pie. Demasiadas para verlas en una vida. Repletas de microhistorias que componen, una junto a la otra, el verdadero significado detrás de todo tipo de significantes; la sorpresa de reencontrar un inesperado relato repleto de inmigrantes rusos en Coney Island —la cual solo recordaba por aquel balazo cinematográfico al asociado de la familia Tattaglia y por su parque de atracciones—, de miles de judíos ortodoxos al norte de Brooklyn, de un jazz primigenio que no conseguí escuchar en Queens y de un zoo en el Bronx que me negué a visitar.
Conjunto escultórico que homenajea el trabajo de Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas. Eh… Esto… ¡Que les corten la cabeza!
Contrastes que hoy ya se escapan por la distancia y el tiempo, pero que me dejaron intuir que debajo de los rascacielos y las promesas que el toro de Wall Street lanzaba al aire, hay tanto individualismo y mediocridad en la Gran Manzana como belleza y funcionalidad. Quizá por ello me costó tanto escribir siquiera unas breves notas durante los primeros días; todo era nuevo y diferente a cualquier ciudad europea, y se mantenía de algún modo oculto esperándonos para levantar el velo de las zonas más asombrosas de Central Park, Greenwich Village o el Financial District, y las más vulgares del Lower East Side —en especial, el paseo marítimo bajo el tren con todo tipo de cargueros bailando a lo largo del río de nombre mediocre—, pero también extremadamente práctico, como hormigas que no sabrían decir si construyen un skyline para acercarse a Dios o una cárcel para volverse presos de sus propias ideas.
9/11 Memorial en el Financial District de Nueva York para homanejear a las víctimas de los ataques del 11 de septiembre.
Por eso escogimos la W 135th de Harlem[1]; por eso y porque no teníamos mucho dinero, claro; por eso y porque los hoteles son asombrosamente caros en toda Nueva York, aunque no tanto como en San Francisco, como descubriríamos semanas más tarde; por eso y porque, como su propio nombre indica, es un barrio de contrastes donde tras cada esquina no sabes si encontrarás un directo de Aretha Franklin en el Apollo Theater o un bulevar repleto de casas de verano holandesas de 200 años de antigüedad.
Museo de Historia Natural de Nueva York en la 79th St.
Allí las avenidas cambian de nombre, rebautizadas para homenajear a verdaderos líderes de época, de Martin Luther King a Frederick Douglas; de Malcolm X a Adam Clayton Powell Jr. Y no hay que olvidar que ese es el verdadero poder de esa gente, y eso es algo digno de respeto. Algo de lo que cualquiera puede aprender unas cuantas cosas. Además, muchos mapas turísticos terminan en el Uptown, en la calle 110, lo que (para nosotros, al menos) supuso motivo suficiente para escalar hasta uno de los retazos de la verdadera ciudad.
5 de marzo de 2016
Para ordenar mis ideas y los trayectos de norte a sur de Manhattan, hemos recogido un mapa cualquiera y planeado el siguiente paso desde el primer minuto de este sábado. ¡Qué idea tan impensable una vez te adentras en el Midtown!
Hoy bajamos en SoHo, y de nuevo comprobé cómo Nueva York puede sorprenderte con lo mejor y lo peor a una manzana de distancia. El barrio todavía no había despertado, aunque los escaparates de algunas galerías de arte fueron suficiente para atraernos con propuestas agresivas, rompedoras y, probablemente, mucho menos reconocidas de lo que imaginamos (o no).
Deslizándonos, en seguida, hacia un expreso entre los colores italianos en fachadas y comercios, Little Italy se abrió a nuestro paso. Un ya eterno lo que fue que se recuerda entre acrónimos a su alrededor. Por el contrario, Chinatown se diluye entre bloques y avenidas a su paso, con un bullicio y cierta excentricidad que, sin tener la seguridad ni el modo de comprobarlo, estoy seguro que Woody Allen debió usar como escenario en algunas de sus películas.
También caminé entre Two Bridges por varias horas y hacia el norte, donde encontramos un barrio residencial ucraniano y perdimos la pista del museo local mientras Laura buscaba el Kat’z Deli de Cuando Harry encontró a Sally con mayor éxito. Persiguiendo su estela, terminé la mañana descendiendo hacia el extremo sureste de la isla y esquivando cagadas de gaviota a través de una vista nada bucólica bajo el tren y frente al East River.
A mediodía, para recuperar el ritmo, decidimos cruzar el río a pie a través del puente de Brooklyn, que nunca imaginé como un espacio tan inconmensurablemente turístico pero que, sobre todo, no creí que fuese a abrirme tanto los ojos. Al ver alejarse Manhattan tras de mí, he pensado: Nueva York esconde buena parte de su carácter entre colosos de acero. (Qué jodidamente pedante, lo sé.) A medio camino, nos hemos detenido encima del río para ver el Empire State Building y el corazón del distrito financiero; al otro lado, una imagen mucho más real, cercana y quizá importante de lo que verdaderamente es la ciudad. De su verdadera extensión y de su esencia, que se impregna en todas direcciones con edificios más humanos en Brooklyn, Queens o el Bronx.
Volviendo hacia Harlem, hemos cerrado dos cuentas pendientes: el Apollo, el de verdad, el de Jackson y Fitzgerald, el de Louis Armstrong, el de la era del swing, del jazz, del góspel, y el que Hendrix hizo arder. También las casas de Harlem, las residencias holandesas entre Adam Powell y Malcolm X, y mucho más arriba, hasta Fort Tryon Park; nos negábamos a ajustarnos a Times Square donde ya quedan fijos demasiados ojos: hoy lo queríamos todo.
Tras el primer día, que dedicamos a familiarizarnos con Harlem y a una mínima parte del Upper East Side, escribí algunas notas en la misma libreta que habíamos reservado para programar el viaje y apuntar cuestiones de interés, gastos y todo tipo de ideas que salían a nuestro paso. Me pareció más que suficiente y un recordatorio importante para nosotros mismos, pues me negaba a admitir que la funcionalidad fuese tan contraria a nuestro espíritu como me habían hecho creer las primeras horas que habíamos pasado con la gente de Nueva York. Después, no sé cuándo, descubrí que no eran más que los valores de la fórmula; una composición que, en todas partes, se permite variar los trazos que la componen.
The High Line, una antigua vía de tren reconvertida en paseo.
Según esas mismas líneas escritas con letra rápida y constantemente emborronadas, el día siguiente fuimos a Central Park. Nevó. Nevó desde primera hora de la mañana hasta la tarde, pero lo consideramos un verdadero regalo y no lo contrario, y ni el frío ni la nieve que cuajó por tres días nos impidió visitar de punta a punta el parque en casi total soledad.
El cinco de marzo vimos SoHo (South of Houston Street), Little Italy —tan pequeña hoy que solo pervive gracias a unos pocos comercios, algunas bocas de incendio y banderas tricolor y todo aquello que fue y que NoLita y Chinatownse encargan de recordar que ya no es. A mediodía, paseamos a través de un pequeño retazo de Brooklyn en Williamsburg, famoso por el gran número de judíos que profesan el jasidismo, una corriente ultraortodoxa de las pocas que todavía hablan yidis como lengua materna.
Times Square con menos gente de lo habitual. ¿Escalofriante, verdad?
Al Midtown Manhattan le reservamos todo un día, que empezó entre dos enormes catedrales que palidecían a causa de los edificios colindantes y terminó con un paseo por The High Line, una antigua línea de tren reconvertida en jardín flotante y mirador en el barrio de Chelsea.
6 de marzo de 2016
Hoy he visto una cara muy distinta de esta ciudad e, irónicamente, es la que suele ver todo aquel que viene: el Upper East Side, el Lower East Side, Columbus Cyrcle, Rockefeller Center, el Edificio Chrysler, el Empire State Building, y mucho más.
Colón también me ha hecho recordar con un café demasiado largo entre las manos que hay otro mundo que nos espera más allá del Atlántico. De algún modo, es curioso que, para todo aquello, tengamos que alcanzar el Pacífico, para lo que falta casi un mes y miles de kilómetros de distancia.
Al atardecer, entre Chelsea y el West Village me he sentido afortunado de poder contemplar la luz que se refleja en el Hudson con los ojos menos cansados que muchos otros que pisaban los raíles del antiguo High Line. También he notado cierta comodidad, más de la que esperaba, como si pudiese imaginar una vida (u otra) en este país; por un segundo, auguré que eso sería la mejor forma de aprender inglés, pero también de huir de todo aquello que no es perfecto o estamos cansados de oír cómo se nos promete en España. Quizá lo que los ciudadanos escuchan aquí también sean mentiras, pero al menos serían otras mentiras.
A medio camino entre llegar y dejar la ciudad de nueva York y ponernos en marcha hacia el inicio de la ruta, creo que acerté plenamente al visitar junto a Laura Harlem, Brooklyn o el South Bronx antes de acercarnos hasta ubicaciones más reconocidas. Mañana terminamos esta otra etapa del viaje, entre el distrito financiero y la Estatua de la Libertad, que prefiero ver a lo lejos, como solían hacer millones de emigrantes en busca de un futuro mejor, o por lo menos distinto.
Para pasado mañana reservo fuerzas, no quiero pensarlo; no quiero pensar más de la cuenta; no sé qué nos espera, y esa es una de las mejores sensaciones que puedo imaginar, porque hemos empezado a caminar al ritmo de esta ciudad, del país que define, y estoy seguro de que nadie podrá pararnos, no hasta alcanzar el oeste.
Veinticuatro horas más tarde, caminábamos a lo largo de Greenwich Village hacia TriBeCa —que viene de la contracción Triangle Below Canal Street que hace referencia a la forma triangular o trapezoidal del barrio en sí—; terminamos la ruta en el Distrito Financiero, entre las fuentes dedicadas a las víctimas de aquel 11 de septiembre que siempre me resultó tan irreal, tan difícil de creer, tan espeluznante, perdidos entre el famoso Charging Bull de bronce y el National Museum of the American Indian. Solo quedaba coger un ferry a la Estatua de la Libertad, pero no lo hicimos; lo intercambiamos por una vista más cercana a la de los inmigrantes de principios de siglo que se detenían en Ellis Island a través del trayecto de Manhattan a Staten Island.
La famosa estatua del hombre con el maletín (titulada Double Check, de Seward Johnson) y un servidor en Wall Street.
Ahorramos unos cuantos dólares (más de los que imaginé por el coste medio de asistir a esa escena dentro del imaginario colectivo de la Libertad iluminando al mundo), pero también dejé una espina clavada y una cosa más por hacer si vuelvo a pisar tierra estadounidense. A la vuelta, caminamos por Battery Park y cogimos el metro; los cinco días de caminatas constantes empezaban a pasarnos factura.
7 de marzo de 2016
Hoy tengo poco que añadir. La semana ya casi ha llegado a su fin —la semana en Nueva York—; nos queda el martes y el miércoles para terminar de disfrutar de lo poco que nos hemos dejado por ver de Manhattan. Esta mañana hemos recorrido TriBeCa desde más allá de Chelsea y, ya sumergidos en el Distrito Financiero, reservado un par de horas al memorial que recuerda los atentados del 11 de septiembre (9/11 Memorial).
Allí hay algo verdaderamente americano, algo que explica muy bien parte del carácter de esta gente: donde hubo dos rascacielos han levantado una decena en poco más de una década de perseverancia. Donde hubo miedo, hay tenacidad y firmeza; y en todo ello puede que a veces también surja cierta ceguera, pero no me lo pareció. Después nos hemos refugiado cerca de Battery Park, pero antes de conocer a la dama francesa que ilumina el mundo nos hemos dejado caer por el museo de las culturas americanas. Una mirada profunda al pasado de todo el continente que nos ha sorprendido muy gratamente.
Al volver hacia el norte de la isla, lo hemos hecho a través de la estación de Canal Street, donde me rendí a unos cuantos de esos estúp... estupendos selfies con los que Laura me tortura, mientras miraba hacia Nueva Jersey desde el embarcadero de Esplanadem.
Cansados de tantas subidas y bajadas a lo largo de Manhattan, hace varios días que acordamos terminar de dar buen uso a la tarjeta de metro semanal con viajes ilimitados. Ahora, de nuevo en Harlem, con el Toro de Wall Street, la Estatua de la Libertad o las típicas casas pareadas del West Side detrás, no puedo dejar de pensar que, cuando algo se vuelve material, pierde una parte de esa realidad de la que no querríamos desprendernos; quizá el peso que tienen nuestros sueños sea aquello que nos hace movernos. ¿Y después? Supongo que es momento de coleccionar nuevos sueños y seguir forjando recuerdos…
Los últimos dos días en la ciudad, martes y miércoles de la semana siguiente a nuestra llegada a EEUU, no recuerdo qué hicimos. Sé que intentamos no gastar tanto —excepto los caprichos y las concesiones necesarias cuando uno cumple treinta años en el extranjero, por supuesto—, caminamos algo menos y rellenamos huecos entre el sur del Bronx, el centro de Manhattan y Brooklyn. También visitamos Coney Island y paseamos por su playa repleta de gaviotas, acentos de la Europa del este y un último vistazo al Atlántico. Sé que, en Nueva York, pese a alguna que otra decepción de la que culpar al imaginario colectivo, todo fueron buenos momentos, y es mucho más de lo que se le puede pedir a un viaje tan ambicioso como este.
Decoración de una de las salas del ala asiática del MET o Museo Metropolitano de Nueva York.
Como ya dije, todo comenzó en Nueva York. Caminamos más de ocho horas durante siete días. No vimos nada. Sé que pensaba en eso cuando llegábamos a LaGuardia, en el extremo norte de Queens. Solo retazos de una historia que, de un modo u otro, escapa de nosotros en todas y cada una de las ciudades que visitamos; donde tu paso es tan breve, tan fugaz, que te hace dudar si alguna vez significó algo fuera de ti. Por último, me concentré en dormir; eran las ocho de la mañana y estábamos en un avión rumbo a Illinois; solo tenía tres días para ver la ciudad más importante del estado y coger fuerzas para empezar con el verdadero viaje de costa a costa.
[1] Si nunca has visitado Estados Unidos, deberías saber que muchas de sus ciudades se han diseñado en un mapa. Así, por regla general, se escoge una avenida que corta verticalmente la ciudad y se nombra a las calles perpendiculares a la misma con el apelativo W (West; oeste) o E (East; este) junto a un número dependiendo de a qué lado de la misma se encuentren.
Te has calmado. Bebes poco; trabajas, en algo; pero se te escapan las ideas. Mientras, llenas los días con cosas que no quieres hacer.
Tienes pareja; y ella y tú no sois el problema: os lleváis bien; todo es la leche, aunque aún era mejor cuando la gente no os decía todos los pasos que esperaban que siguierais.
Te levantas, trabajas, vas a comer, sacas al perro. Después intentas darle vueltas a qué hacer; o prescindes de ello, y miras hacia otro lado, hasta que cierras los ojos; y repites.
Al ver el grafiti, alguien preguntó: «Cuando se acaben los árboles, ¿cuál será su dieta?«
El perro ladra, y te preocupa que el perro ladre, porque estás haciendo cosas; estás haciendo cosas que antes no te preocupaban en absoluto. Entonces suspiras. Pero ni tú sabes por qué suspiras. Quizá porque el perro se aburre, y no podéis salir a pasear. O porque ya son las once de la noche, y sigues con ese proyecto en mente. Ese, sí, el de la gran empresa, el de la empresa que te asegura continuar alzando tu propia infraestructura. Sigue leyendo «Esa sensación en la nuca»→
Bob se desperezó en lo alto de la cama.Allí esperó un rato, pero Javier olvidó moverlo esa mañana —él no podía— y no tardó en escuchar la puerta varias veces. Primero, imaginó cómo salían a pasear a los perros, y el gato se acercó ronroneando con parsimonia para darle los buenos días; como contrapartida, él le obsequió con una gran sonrisa.
Después, le pareció que volvían a entrar, y seguidamente pudo oír cómo dejaban las correas en el recibidor y tomaban un café rápido entre prisas.
Luego, más tarde, quiso avisarles de que todavía seguía en la habitación, y no en el estudio, donde solía matar el tiempo de las mañanas; acogiendo, poco a poco, el hábito; sentado en una silla, en silencio, esperando a que apareciesen los primeros rayos del sol de invierno.
Anverso de dos cajas de cerillas checoslovacas con un mono, una cabra y un cerdo. (Fuente original.)