Se fue el caloret

Rita Barbera… ha muerto. Lo ha hecho hace escasas horas; cuarenta y un años y tres días después de que anunciaran la muerte de Franco en aquel famoso teletipo, que tantos y tantos siguen rememorando aún.

La senadora y exalcaldesa de Valencia declaró el lunes por primera vez frente al Tribunal Supremo en relación a la Operación Taula —aquella que la obligó a salir por la puerta de atrás del PP, y a integrarse en el Grupo Mixto—. No era la primera vez. Estuvo por ahí rondando en el Nóos, por obligación, y le salió caro el apoyo a Francisco Camps, principal imputado en el caso de los trajes.

Rita Barberá durante la mascletà

¿Financiación ilegal en el PP valenciano? ¿Una caja b? Se trataba de cuestiones donde la presunción de inocencia ya tiene poco sentido en un país cansado de desfalcos y desmanes por parte de la clase política. Para los medios y los ciudadanos, Rita Barberá era culpable, y es muy probable que lo fuera; para la justicia, sin embargo, las cosas se mantuvieron hasta el final (hasta su final, por lo menos) un paso detrás del otro; como tiene que ser.

Los documentos y testimonios recabados desde el inicio de la llamada Operación Taula, en enero pasado, señalaban a la exregidora, pero su blindaje como aforada, dado su actual cargo de senadora, le permitió posponer varios meses la imputación.

No obstante, parece ser que la noticia no es el punto y final a sus veranos de caloret, sino un pretexto más para enfrentar y crear polémica en el Congreso. La inesperada muerte de Rita, a quien ya varias fuentes afirmaban que el estrés le había pasado factura, ha sido razón suficiente para que la presidenta de la cámara, Ana Pastor, decidiese dedicar un minuto de silencio en su memoria.

Minutos antes, los diputados de Unidos Podemos han abandonado la sala, afirmando (a posteriori) que sentían la pérdida en lo personal, pero que no podían ofrecer un gesto oficial de respeto a quien, según ellos, no ha sido más que una política corrupta: «Un homenaje oficial es sinónimo de honra por su trayectoria», decía Garzón. Otros no estaban de acuerdo.

Rita Barberá (Musa del humor)
En 1973, Rita Barberá fue elegida Musa del Humor de Valencia. En serio.

La polémica ya estaba servida en la prensa y las redes. De la muerte de una persona al circo de lo mediático, de lo políticamente correcto… Pero para sorpresa de muchos, lo políticamente correcto solo ha resultado ser una minoría de ciudadanos que se sienten disgustados con la actuación de Iglesias, Errejón y compañía, y una aprobación generalizada frente al statu quo, a esa ilusión de normalidad que nos quieren vender, y que la mayoría de nosotros directamente empezamos a repudiar.

«Homenajes para la anciana de Reus que murió por tener que alumbrarse con velas», decían muchos; «¿nadie se acuerda de cuando la respetable se burló de los homenajes a las víctimas del metro de Valencia?», preguntaban otros; comentarios en solidaridad a los millones de personas expulsadas de su hogar por los bancos que siguen cargando con el peso de una hipoteca; por los miles y miles de jóvenes desplazados que escapan de los porcentajes de paro juvenil…

En cambio, para muchos, la trayectoria de la que fue primera dama valenciana durante veinticuatro años y cofundadora de Alianza Popular, y de lo que vendría después, no merece honores, al menos, oficiales; de los otros, nadie con dos dedos de frente se los negará.

El respeto por la muerte de una persona es algo que todo el mundo merece, pero la admiración, la gratitud, las despedidas sentidas, hay que ganárselas. Que se planteen pues todos aquellos y aquellas que se han mantenido en silencio en el hemiciclo qué era Barbera para ellos, qué había hecho Rita por ellos y por su país, y cuánta hipocresía falta por erradicar todavía en la vida pública y política de España.

Mariano Rajoy declaraba hace unos minutos: «Rita ha dado la vida por el PP», mientras muchos se preguntaban para sí: ¿pero no la habían repudiado y expulsado del partido? Tampoco falta quien, en esas palabras, ve conspiraciones que, por supuesto, resultan imposibles en un estado democrático de derecho como es España, y que no son más que coincidencias, como ya ocurrió en la trama Gurtel

Pero parafraseando las palabras de alguna que otra mente despierta: mucho debate, mucha crítica, pero pocos «descanse en paz». Pues, que así sea, que Rita descanse en paz, y que el resto de implicados lloren lágrimas de cocodrilo, suspiren aliviados en sus casas y dejen de apretar el ojete.

Quien de verdad la apreciaba, estará ocupado lejos de los focos y las cámaras, viviendo la cara más dura de la alta política, esa que se tiene que pasar a solas, sin apoyos ni coaliciones. Como le ocurrió a Barbera al final de su vida.


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Un robot con renta básica

Al principio de su campaña, Podemos defendió la renta básica universal. Pero la formación morada no tardó en dejar esta idea en standby y centrarse en otras promesas electorales. Ocurrió en la misma medida que el rechazo a la tauromaquia, que se tradujo en la ofrenda de un tijeretazo a sus subvenciones: algo que PACMA consideró insuficiente para ofrecerles su apoyo.

En España, un país que tiene un sueldo mínimo de 655 € al mes y un paro juvenil superior al 46 %, defender la renta básica universal es una quimera. Para nuestra tranquilidad, por ahora, lo es también en Europa —en esto, sí somos europeos—, si bien probablemente sería una buena forma de establecer políticas novedosas con las que nadie se atreve, ¿no? Al fin y al cabo, si podemos ser el conejillo de indias del Bundesbank para ver cuánta mierda puede tragar el ciudadano medio, también podrían tirarnos un hueso de vez en cuando.

Unidos Podemos (Garzón, Colau, Oltra, etc.)
Cartel promocional de Unidos Podemos para las Elecciones Generales de junio de 2016.

La argumentación de Iglesias, por aquel entonces, era dramáticamente lúcida: si los jóvenes tienen que trabajar por cuatro duros, por consiguiente, no podemos generar empleo de calidad; «si no tienen que coger el primer trabajo que les salga, la competitividad de las empresas, aumentará». Por descontado, también resultaba terriblemente obtusa: ¿si no lo habían visto los alemanes en la zona industrial del Rin?, ¿si la gran Europa no veía que había zonas enteras que no resultaban competitivas en un país y tenían que depender de terceras, cómo iba a percibirlo la pequeña España desde su burbuja? ¿O si se veía? Quizá detrás del discurso del «vivir del cuento», «de no mantener a los vagos» y de «dónde saldrá el dinero para ese sueldo Nescafé», existe un problema gravísimo de desempleo regional que se materializa en las Canarias, en Ceuta, Extremadura o Castilla-La Mancha, y también en Grecia, en Portugal, en Francia, y en toda Europa.

[…] ¿si la gran Europa no veía que había zonas enteras que no resultaban competitivas en un país y tenían que depender de terceras, cómo iba a percibirlo la pequeña España desde su burbuja?

The New Yorker (portada, 2011)Por supuesto, los detractores de la renta básica universal (RBU) han buscado argumentos con los que convencer al electorado: está la premisa de la gran putada que eso supone para una debilitada clase media europea (¿qué clase media?); tampoco se olvidan de que la heterogeneidad es un hándicap notable, y ponen de ejemplo a los EE UU, donde los blancos protestantes no ven bien eso de las ayudas a las «minorías» de clase baja; y, por supuesto, crea vagos. No te lo dicen así, pero esta no es una política que siga el modelo de competitividad capitalista, así que… ¿si te dan algo gratis, por qué vas a trabajar?

Evidentemente, si lo analizamos punto por punto, esto es un despropósito. Primero, porque no hay razones de peso para cargar ese gasto a la clase media: si el capitalismo nos lleva a incrementar las diferencias entre clases altas y bajas, que sean las primeras quienes se ocupen del mayor agravio comparativo, y no una clase media que se está extinguiendo debido a esas mismas políticas económicas. Segundo, porque comparar EE UU y Europa no siempre es pulpo como animal de compañía, porque hay una cosa que se llama neoliberalismo y estado del bienestar, y otra cosa que se llama liberalismo y no intervencionismo. Y, tercero y último, porque por mucho que te digan que con una renta básica uno va a ser feliz: la mayoría de los seres humanos no aspiramos a comer todos los días macarrones y nada más que macarrones, y ni estudiar, ni comprarnos la PlayStation, ni salir por ahí de viaje, o de fiesta, o con la parienta.

Estamos entre la espada y la pared, entre la dictadura del proletariado de Marx y los temores más oscuros de desempleo que enarbolaban los luditas.

Más que vagos, lo que parece crear esta RBU es un arma contra las humillaciones, contra los sueldos que nunca abandonan las tres cifras, y contra las grandes empresas y los poderes fácticos. Pero no funcionó. Iglesias y los suyos dejaron esta idea atrás más pronto que tarde, y centraron su campaña en temas sociales y de mejora económica que no se desviaban tanto de los caudales tradicionales.

¿Pero por qué es una quimera? ¿A qué viene esa marcha atrás en plena campaña? A nada más y nada menos que a las actuales economías low-cost, donde todo tiene que ser cada vez más barato, donde no se prioriza la inversión en Investigación y Desarrollo y te miran raro cuando mencionas el coste agregado de la digitalización.

Robots industriales (fábrica de coches)
Robots industriales en una fábrica de automóviles.

Estamos entre la espada y la pared, entre la dictadura del proletariado de Marx y los temores más oscuros de desempleo que enarbolaban los luditas; lo que está claro es que la cúpula de Podemos debió mirar un poco más a fondo en los presupuestos generales, y darse cuenta de que España es un país mucho más atrasado de lo que ellos mismos esperaban, que está terminando de desangrar a ese pollo sin cabeza llamado estado del bienestar, pero que no tiene recursos para alcanzar la renta básica, ¿y como colofón? Bueno, falta por explicar a los ciudadanos que no van a ser los vagos quienes se carguen la economía de la nación, sino los robots; pero, como bien decía Daniel Raventós en una entrevista de Federico Florio para La Vanguardia: «falta voluntad política, pero sobre todo, que los políticos se enteren a tiempo de las cosas», y tengan el interés de informarse, podríamos agregar.


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De coleta morada a coleta cansada

Ayer, leía una noticia en La Vanguardia que retrataba a un Pablo Iglesias muy distinto al que hemos conocido estos últimos años: pesimista, desganado, acusando el cansancio electoral que se ha extendido más de ocho meses entre elecciones, reuniones en busca de una (dudosa) investidura y otros tantos en campaña en campaña.

El redactor buscaba el contraste entre este y otros miembros de la coalición (Unidos Podemos), que no solo rehuyeron en un primer momento ese idealismo propio del socialista, sino que, además, mostraban mejor cara al mal tiempo.

Yo voté por primera vez a Unidos Podemos en junio, y antes, en diciembre, a Podemos en solitario: sin coalición ninguna, a pelo, como se presentaron. Anteriormente, no encontré alternativa mejor, y tanto para el Congreso como para el Senado, me decidí siempre por PACMA. Lo digo por si eres uno de esos lectores o lectoras que necesita saberlo, que debe leer un párrafo que se adecue con su ideología; esto no solo va para el resto, también para otros simpatizantes y votantes como yo; porque Iglesias ha pecado de un exceso de liderazgo, de cierta egolatría y, si bien tenía presente la importancia de los medios (llevar el diálogo hasta la televisión desde mucho antes que el resto quisiera debates allí fue un enorme acierto), erró al olvidar lo esencial que es caer en gracia, de ofrecer una imagen afable: como el tonto bonachón en la presidencia y los dos adversarios arquetípicos de Mattel; en definitiva, que hubiera sido interesante hacer antes los deberes.

Separarse de ellos comprendiendo  como el tonto bonachón en la presidencia y los dos adversarios arquetípicos de Mattel; en definitiva, que hubiera sido interesante hacer antes los deberes.

Separarse de ellos comprendiendo el contexto que se le presentaba, recordando los movimientos tradicionales de la izquierda y la derecha en el país, y si bien yo no hablaré de ocho millones de subnormales, sí sería bueno tener presente que España no solo son las grandes ciudades, también los pueblos; y los nichos de población de baja calificación, escasos estudios y ruralismo ideológico.

Pablo Iglesias haciendo el indio ;-)

Ahora toca apostar por las nuevas reglas. Para seguir viviendo en España, y a la vista de los resultados, toca apostar por las nuevas reglas, porque perdimos; por segunda vez. O largarse, pero si seguimos aquí, es que nos hemos resistido suficiente, así que algo nos atará a estas fronteras seguro.

Toca apostar por las que imponen los grandes partidos, aquellas del pez grande que se come al chico; donde uno está arriba y diez, once, doce, quince… abajo, pisoteados, y a medida que hablamos, aún aumenta esta segunda cifra. Pero si tanta gente sigue aclamando a Amancio Ortega, tendremos que deducir que, o bien hay mucho idiota, o parte de verdad en lo que se dice.

Quizá el cambio no estaba en Podemos, ni en Izquierda Unida, ni en las izquierdas siquiera, pero la votación unánime al Partido Popular demuestra que todo está bien en la derecha, y con la derecha. Está bien crear empleo eventual con condiciones de mierda, es real aquello de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, y que no ocurre nada porque no se haya montado un gobierno desde diciembre de 2015, porque España, por sí misma, ya es un desgobierno de tomo y lomo.

Presidencia y ya tal
La segunda ya tal.

Acostumbrémonos a las universidades públicas con precios de élite, a los trabajos en formato de prácticas low-cost, a vivir bajo el umbral de la pobreza, a tragar, a no poder luchar por nuestro futuro y, sobre todo, a seguir hipotecando nuestro presente.

Existían en este país todos los ingredientes para convertir una revolución del pensamiento en una revolución de las urnas; pero quedamos cortos. Todavía gana el miedo, el qué pasará y el temor a que, con cualquier otro, estemos peor. Es tan grande el sentimiento que ni tan siquiera conseguimos darle el tradicional pucherazo entre la izquierda de mentira y el centro-derecha de mentira.

Pedro Sánchez (Ken+Barbie)
Barbie, a la derecha, con Ken, a la… Oh, wait.

Mientras tanto, nos obcecamos en el «caso Echenique» y no en los miles de ejemplos de corruptelas normalizadas por el Partido Popular y el PSOE. ¿Que está mal? Por supuesto, y no seré yo quien lo defienda, pero sería conveniente tratar de ver que solo es un reflejo fiel de este país, donde, en la práctica, para presidir una gran empresa con miles de empleados puedes pagar la misma cuota de autónomos que aquel que trabaja a media jornada limpiando la mierda del resto, o imparte cuatro clases de inglés, o se rompe los cuernos en algún micronegocio donde solo encuentra trabas y trabas.

Parece ser que se nos mide a todos por el mismo rasero, hasta que interesa; cuando no lo hacen, el circo mediático se pone en marcha, no vaya a ser que alguien sume dos más dos y vea un pelín rocambolesco que se compare a una persona con una minusvalía grave que no avisó a la Agencia Tributaria de que su asistente no pagaba la cuota de autónomos con grandes capitales que defraudan a diario miles de millones.

Y eso es todo. Ahora desfalcad a pequeña y gran escala, preparaos para que los nacionalismos crezcan también al oeste del Ebro, y quizá más cerca aún de los Pirineos, y quién sabe. Empecemos por contratar con cláusulas abusivas para poder amasar una fortuna antes de que la clase media termine por desaparecer y, por encima de todo, posicionémonos en el lado vencedor, que es aquel al que han dado alas.

A España le falta un hervor o dos, en todos lo sentidos, y quizá nosotros no lo vemos, así que  lo mejor será intentar asegurarnos una jubilación digna, pero de la única forma que sabemos aquí: tragando, y poniendo la mano, o directamente robando.

¡Que viva el vino!

El 26-J nos dice que una amplia mayoría quiere que España siga igual, y hay que aceptarlo.

El vino es algo indisoluble en el Partido Popular. Forma parte de todos los actos de campaña. No falta nunca, parece ser. Así, no es extraño que, como acto promocional, la jeta de sus candidatos quede impresa en las botellas de alcohol que se reparten por las principales carpas.

Esto viene de lejos. Mucho antes de que Soraya fuese DJ invitada, las fiestas del PP ya eran memorables entre el tintorro y las chucherías para los críos, y a nadie le importaba demasiado si se pagaban en A o en B mientras quedasen uvas fermentadas en la sala…

Ya lo ves, no llevo bien la derrota, es cierto, y creo que España tampoco. He leído durante varios días noticias en la prensa española y catalana, comentarios por Twitter, Facebook, y más: se ha hablado de pucherazo, de ceguera colectiva, de un Mariano Rajoy reafirmado; no se ha hablado más de Venezuela ni de inexperiencia política de los nuevos partidos, ni de ilusión.

La gente ha empezado a dormirse; el globo se desinfla por momentos: hoy, no hay razones para creer en el cambio. Eso me produce una tristeza difícil de trasladar a este texto. Fuera de Cataluña y el País Vasco los mapas se colorean en azul, con algunas pinceladas de rojo, pero esta vez no hay Ley d’Hondt ni desconocimiento que valga.

Estimación 26-J por provincias
Estimación de voto por provincias previa al 26-J.

El domingo pasado, una amplia mayoría decidió no votar y otra, mucho mayor, decidió apoyar al Partido Popular. Mi voto fue a Unidos Podemos, con el corazón dividido por segunda vez desde que cumplí los 18, y no voté a Partido PACMA para el Congreso de los Diputados. No pensé demasiado en ello después; sabía que el PP ganaría, creí que el electorado del PSOE se dirigiría hacia los violetas e imaginé que Ciudadanos perdería ese sprint que había ganado contentando, por unos instantes, a muchos, pero sin rumbo fijo en su programa.

Hoy, no hay razones para creer en el cambio.

Millones de personas votaron al Partido Popular. Millones. Tras la Ley Mordaza, la reforma laboral, la LOMCE, las leyes que nos aseguran una estupenda pobreza energética para el futuro, la corrupción, la privatización de la sanidad, el artículo 135 en formato exprés…  Algunos eran viejos asustados por unas pensiones que, en unos años, desaparecerán; otros, empresarios de pymes que realmente creen que vivirán mejor cuanto más difícil y más precario sea el acceso al mundo laboral; también obreros, y clase baja, no lo olvides.

Estoy triste porque yo (ya) no soy mileurista; porque puedo (empezar a) aprovecharme del sistema en mi posición, de becarios a los que esclavizar, de proveedores a los que dejar a deber facturas por tiempo indefinido, de adaptarme a ese mundo de corbata y chaqueta, de iPad Pro y smartphone de última generación, de PS4 y Xbox One sin tener que quedarse con una de las dos, o de GoPro para grabar tus vacaciones a ojo de pez. A lo mejor alguien cree que le estoy intentando dar envidia, y no es así.

Mapa de colores - Resultados Elecciones Generales 2016
Mapa de colores con los resultados electorales tras el 26-J por provincia (partidos más votados por circunscripción).

Lo cierto es que yo he podido crecer profesionalmente porque empecé unas casillas por delante de muchos otros —no muchas, debo añadir; el resto siempre es una suma de esfuerzos—. Esa es la base sobre la que se sustenta el Partido Popular: dar por culo a los que menos tienen, aprovecharse de aquellas personas con menos recursos, mantener uno de los suyos por encima a costa de cien de los nuestros.

Pero no hay nuestros. El 26-J ha demostrado que no los hay.

No hay nuestros. No hay nuestros porque da demasiado miedo dar un poco a los que menos tienen (renta universal, impuestos escalonados, seguridad social…). Da demasiado miedo cambiar; creer en algo distinto, buscar otras alternativas, que no tienen por qué ser el por qué ser el partido de Pablo Iglesias; no hacer lo de siempre. Ni tan siquiera votar a la supuesta (y única) opción que siempre ha estado ahí desde el inicio de la democracia: el PSOE.

Da demasiado miedo cambiar; creer en algo distinto, buscar otras alternativas, […] no hacer lo de siempre.

España ha votado, mayoritariamente, al PP, aceptando las normas que el equipo de Mariano Rajoy ha presentado y, a veces, impuesto incluso; yo volvería a votar a Podemos en una tercera ronda, creo en su programa, y entiendo que una opción política no convence a todo el mundo, pero, para todos los que no votaron algo diferente (y diferente no significa votar a mi partido, no lo olvides), se acabaron las quejas por la crisis, por el coste mensual del trabajador autónomo, por los lobbies, por el precio de la educación pública, por los recortes constantes que nos impone Europa y que nosotros aceptamos y deberemos seguir aceptando.

El domingo, España pudo cambiar, y decidió no hacerlo. Quizá es culpa de todos; de todos aquellos que no nos esforzamos suficiente debatiendo a pie de calle, de los viejos que solo temen, de los que no fueron siquiera a votar, y de ellos, también de ellos, que han utilizado a la prensa, a la televisión y estos seis meses para boicotear el cambio.

Hay cosas peores en el mundo: existe el cáncer en las pelotas, por ejemplo, y las abejas zombis o el 2 Girls 1 Cup (no lo busques mejor, no), pero esto es bastante malo también. El 26-J nos dice que una amplia mayoría quiere que España siga igual, y hay que aceptarlo.

Es un país sin futuro, saqueado, depredado y no va a cambiar.

No es cosa de un día ni de dos, claro que no, pero el lunes que viene será un poco menos malo que este, y así hasta que la gente recupere la ilusión. Quizá es para llorar, para tirarse de los pelos, pero yo preferí ver una película del gran Federico Luppi; comía con un joven Juan Diego Botto en un elegante restaurant de Madrid, y le explicaba: “Si te lo tomás en serio, si pensás que puedes hacer algo para cambiarlo, te hacés mierda. Es un país sin futuro, saqueado, depredado y no va a cambiar. Los que se quedan con el botín no van a permitir que cambie.”

Hoy, es lunes

Hoy, no puedo escribir.

Estoy bloqueado, igual que me ocurre tras discutir con mi pareja o con un amigo de los de siempre, pero, esta vez, no es nada de eso. Esta mañana, los perros me observan sin comprender; me acercan el hocico de vez en cuando en busca de una mirada cómplice y resoplan como solo ellos saben; con un suspiro de esos que conquista toda la casa.

Hoy, España es un poco menos mía aún. Soy un poco más apátrida, un poco menos crédulo y soñador; porque empiezo a perder la esperanza en que este país pueda cambiar, en que los corruptos y los poderosos dejen de hacer su voluntad a través del dinero negro, de los sobornos, del miedo.

Soy un poco más apátrida, un poco menos crédulo y soñador; porque empiezo a perder la esperanza en que este país pueda cambiar […].

Pero que no nos engañen, porque nadie puede negar lo que fue, y sigue siendo; somos millones aquellos que no queremos renunciar a nuestros sueños, a un futuro digno, a seguir ilusionándonos con controlar, siquiera un poco, todo aquello a lo que aspiramos dentro de nuestras fronteras —un sueldo, una casa, un trabajo, un futuro—. Sin tener que huir, sin echar a andar de improviso, sin mirar hacia atrás; con esa brizna de esperanza que se seca entre los manos.

Mariano Rajoy
Mariano Rajoy, presidente en funciones del Gobierno de España

Hoy, Europa es todavía menos nuestra. Nunca los mercados financieros demostraron tanta supremacía como esta semana anterior con el Brexit; ese espacio donde Inglaterra rompe una relación que nunca fue un gran amor, y donde la unión solo es un mal sinónimo de mercancías libres de aranceles e impuestos; donde el dinero se mueve siempre más ligero entre grandes cuentas corrientes y donde nos asustan con la necesidad de no transgredir, de mantenernos unidos, pero siempre a la baja, siempre con la cabeza gacha, y con una moneda con la que gobernarnos de norte a sur.

[…] sería bueno que recordásemos que nada es imposible. Si acaso, soñar será a partir de hoy un poco más duro en España.

Hoy, termina esta segunda ronda, o quizá empieza. Y las caras de decepción de los partidos que no han podido concluir esa batalla entre caciques no son el verdadero protagonista, sino las risas y las sonrisas mediocres del resto, de políticos y simpatizantes,  que demuestran que no pudimos con la corrupción, con los decretos-ley, con las mentiras, y el miedo, pero seguiremos luchando.

Hoy, España sigue acusando mucho la falta de una conciencia democrática; un paso más cerca de desmembrarse sin poder hacer nada; de seguir remando en direcciones opuestas, de recordarnos que aquello que pudimos sentir cuando casi tocábamos Europa no era más que un espejismo que nunca fue.

¿Resistiremos? Por supuesto que resistiremos. Lo haremos; como siempre lo hemos hecho, porque si hubo un pueblo acostumbrado a ser jodido ese es el nuestro; falta por ver si seguiremos creyendo que no somos un país de naciones, o explotará desde el Mediterráneo.

Hoy, es lunes, y eso lo hace todo un poco más difícil. Pero hoy es hoy, por lo que sería bueno que recordásemos que nada es imposible. Si acaso, soñar será a partir de hoy un poco más duro en España.