Empezaba informando al lector sobre la existencia de una experiencia positiva. Si eso es lo que quieres, le decía, no sigas leyendo y lárgate.
Aquel era un texto sedante, algo que escribía con un dolor punzante y que, más que aliviar, seguía echando sal en la herida. Quizá por ello relacioné el encabezado de esa Breve historia del pene con Chuck Palahniuk y con la mayoría de sus personajes, sean aquellos secundarios que se meten cacahuetes por el culo o, simplemente, cualquiera de los que tienen de todo menos estima por su integridad física.
Si creéis que el karmano existe (llámalo karma, llámalo diosa Némesis), os equivocáis. Y es que la primavera del 2009 es testigo de mis carcajadas al borde del infarto frente a aquel artículo del, por entonces, GonzoTBA (hoy, Javier Malonda), un año después, me rompí el pene.Sigue leyendo «Homo homini lupus»→
Hace unos días un porrón de días leí un artículo de un informático que se había cansado de cobrar por horas. Según él, cuanto mejor trabajaba (más rápido, con mayor calidad, etcétera), menos cobraba. Cansado de ello, decidió hacer una criba entre sus clientes y empezar a cobrar por proyecto.
¿En qué se basaba Arturo, el susodicho informático, para poner precio a su trabajo? Rápidamente entendí que había modificado el planteamiento clásico del freelance: pasó de cobrar las horas que trabajaba a que le pagasen los dolores de cabeza que su experiencia le ahorraba a sus clientes. Dicho de otro modo, estipulaba un precio por proyecto, y si el cliente estaba de acuerdo, perfecto; y si no, sigue habiendo por ahí muchos otros informáticos dispuestos a trabajar por cuatro duros.
Lo anterior yo también lo he vivido; y después de los dos, tres, cinco primeros años en los que te encomiendas a Dios, Ganesha o Buda para llegar a fin de mes, es quizá un salto terriblemente complicado de dar: subir tu tarifa por hora, presupuestar por proyecto, cobrar diez a un cliente y cuarenta a otro, o tantas otras cosas.
A medida que leía, me vino a la cabeza el quid de la cuestión: diez, quince o cien era el valor del tiempo para los demás; yo simplemente lo había aceptado (o me lo había tenido que tragar). Todo lo que este informático decía se podía resumir en: uno, los otros no valoran el trabajo que realizo y, dos, la gente no quiere pagarme las horas que realmente necesito. Y quizá, la más importante: la tres, la gente no entiende que la dedicación de un proyecto empieza cuando descuelgo el teléfono, contesto su e-mail o me reúno con ellos.
Con esa idea en mente, o retumbando aún por ahí, sonó el teléfono:
—Necesitamos una presentación corporativa —dijo, en resumidas cuentas.
—De acuerdo. Mira, nosotros recopilamos toda la información de la que disponéis, analizamos vuestra competencia, planteamos unas primeras pruebas, nos destrozáis un poco las ideas iniciales, reorientamos… —le expliqué—.
—Tenemos que reunirnos mañana —replicó.
Entonces, le planteé el problema de movilizar a un equipo o, en este caso, a un redactor y reunirnos en menos de veinticuatro horas para plantear un proyecto de esos que salen dos o tres al mes, que no tienen complicación alguna, y que vale la pena comercializar más baratos, siempre que no te coman la cabeza. Coser y cantar, vamos.
Además, es importante señalar que, en un equipo de veinte o cuarenta personas, sería factible dedicar el tiempo de una persona a ello (aunque poco rentable), en empresas más pequeñas, la cosa cambia. Accedí a vernos unos días más tarde, no obstante, y le planteé un encarecimiento de un par o tres horas de trabajo al proyecto. Sigue leyendo «¡Tú no eres mi cliente!»→
Cuando tu padre se muere, te das cuenta de que era idiota, como tú. Que cometió errores, igual que tú estás cometiéndolos, y que Roland Barthes (entre otros) se equivocó.
Adviertes que lapetite mort no surge tras un buen polvete, sino cuando descubres que tú eres como él: mortal, incompleto, inseguro e imbécil. Y, en retrospectiva, recuerdas esa caída de la imagen de dios, que jamás podrás perdonar.
No porque no lo entiendas —lo haces—, ni porque no sepas, con toda seguridad, que no podía haber hecho o dicho otra cosa —lo sabes—, sino porque, aun así, sigue siendo superior a uno mismo.
Quizá por eso empecé a escribir (y, mucho antes, a leer). Como un modo a través del que buscar otras formas de comunicación, una conexión distinta, pero funcional, una nueva vía ante un problema que se me antojaba imposible de superar.
Y eso tampoco resultó.
Al final, aprendí que no importa si el error proviene de uno, del otro, o alcanza a ambos; sigue ahí. Y lo que más me sorprendió —idiota de mí— es que se mantuvo enquistado tras el cemento y la losa. Con un eterno tarde para hacer las cosas que siempre le acompañaba, y sensaciones de ingenuidad sobre cómo algo podía cambiar, a través del recuerdo, de la letra o de la tecla que suspiraba agotada al alba.
Después, terminas por perdonarte. (No lo haces.) ¿Qué más da? Puedes intentar tragarte un «si hubiera más tiempo…», o un «si las cosas hubiesen sido distintas», e incluso aquel «si la situación fuese otra», pero las cosas son como son, y fueron de la única forma que podían haber sido. Ahí encuentras algo de paz, y dejas de flagelarte para hacer de la fusta otra parte de ti.
Cuando adoptas a un perro, no puedes hacerte una idea de lo complicado que puede ser llegar a convertirse en un buen compañero. Supongo que como la decisión es nuestra, no podemos evitar pensar que vamos a mantener el control de la situación a partir de ahí; pero ni de coña.
Cuando descubres que tu perro no deja de tirar de la correa, te destroza la casa cuando te escapas a por un café o no hay forma de que obedezca a un simple sienta, compruebas lo equivocado o equivocada que estabas.
Eso sí, por irónico que parezca, a mí me acercó hacia los perros aquello que aleja diariamente a perros de amos; y lo que es peor y más condenable, a amos de perros, en cualquier carretera poco transitada de nuestro país.
Mi primer perro no sabía subir ni bajar escaleras, siempre estaba histérica y corría ansiosa a todas horas dentro y fuera del piso; al poco tiempo, se descubrió que sufría ansiedad por separación y que se entendía mejor con personas que con otros perros a causa de un imprintingescaso o inexistente: lo que ha marcado a la perra para siempre pese a sociabilizarla con miles de perros, personas y otros bichos durante casi seis años de vida.
Dana durmiendo; días más tarde destrozó su colchón; y se comió mi sofá.
Pero hoy no quiero hablar sobre cómo nos cargamos la vida de millones de perros obviando sus necesidades más primarias (imprinting, sociabilización, etcétera), sino de cómo la gran mayoría de personas que comparten su vida con un perro no se nos preocupamos de su comportamiento hasta que afecta negativamente a nuestra rutina diaria. En otras palabras, ¿a cuántas personas conoces que estaban encantadas con su perro hasta que les rompió unas zapatillas de deporte o se volvió ansioso, miedoso o agresivo?
Y a partir de aquí hay dos extremos siempre: el primero, es consentir y afirmar que son cosas de perros (lo cual es «sencillo» con el pug o el terrier de turno, pero más complicado con un rottweiler o un pitbull), el segundo, es que ese perro no está educado o no sabe convivir con personas y que algo habrá que hacer (y más de uno se atreverá a cambiar ese con por un cómo).
Además, esto nunca ocurre tras compartir una preciosa excursión con toda la familia o disfrutar de una barbacoa todos juntos; como decía, esto sucede cuando el perro se nos ha meado en el parqué, se ha cargado una silla a mordiscos o ha hecho alguna otra trastada en la terraza; cuando realiza alguna conducta molesta que nos fastidia la rutina, ¿o no? Sigue leyendo «Tu perro y el puñetero síndrome de Walt Disney»→
El algoritmo de Google va cada día más fino. Si tecleas “elecciones generales 2015” te planta delante de los morros la fecha exacta ya; y esta misma mañana, he comprobado que queda muy poco.
Entre tanto, supongo que si Podemos se empieza a desinflar, Ciudadanos no es más que otro lobo vestido de cordero (oh, ¡qué sorpresa!), y los partidos tradicionales (por llamarlos de algún modo) ya están buscando cómo darle la vuelta al calcetín, todo seguirá igual. Lo que es triste, y amargo, y hace que te den ganas de arrancar la careta a más de uno.
Pero no era eso lo que quería comentar, porque soy un firme defensor de que, en el fondo, la culpa última no es nunca del que pisa, sino del que se deja pisar; y eso no convierte al que pisa en un tío de puta madre, pero tampoco justifica la inacción del que es pisado. Y en política, en España, esto sigue pasando.
Así que, a vueltas de todo, llegan elecciones generales de nuevo, y por ello, se acompañan de las promesas electorales que ya traen cola. Como si se tratara de la última temporada de la serie de moda, con los avances en formato tráiler; sinopsis audiovisual que pone toda la carne en el asador y lanza una breve pieza más impactante que nunca.
Todo consiste en presentar la première más chocante, la propuesta que ciegue a sus adversarios, aquella que sirva de lanza, pero también de escudo; que muestre lo progresistas y lo modernos que somos, y da igual si se trata de porros, de putas o de autónomos. Esa triada sacra que, a priori, se me ocurre unir por lo mucho que les joden, y que estoy convencido de que tendrá que ser sustituida en pocos años, pero que, por ahora, (inexplicablemente) todavía funciona.
Primero están las putas, que evidentemente nadie quiere legalizar como actividad en el Congreso de los Diputados, porque estaríamos auspiciando a todas esas mafias que se aprovechan de la situación de desigualdad de la mujer; así, protegiendo su libertad de boquilla, quitamos la libertad de decidir libre y voluntariamente a un tío a una tía de ejercer lo que le salga del… Ya me entendéis. Qué jodido.
A su lado, está la droga. La droga, sí, que el único que se atrevió a decir con visionaria certeza que ni te pega, ni te muerde, ni te araña ni te agarra de los huevos fue aquel esperpéntico personaje de Santiago Segura; aquel policía gordo, alcohólico, drogota y corrupto afirmó, en exclusividad —y quizá de un modo demasiado empírico— que lo verdaderamente malo es la falta de información, el desconocimiento, el tráfico ilegal y tantas otras cosas que cuestan dinero, tiempo y vidas. ¿O acaso en este país no fuma porros y se mete rayas de cocaína todo aquel que quiere?
El antiguo programa dirigido por Risto Mejide —ahora bajo la mano de Pepa Bueno— une a través del montaje las aportaciones de Iglesias y Rivera en el próximo Viajando con Chester.
Por último quedan los autónomos, que casi están tan jodidos como las drogas y las prostitutas, y que además, con estas últimas, comparten el carácter freelance de su trabajo. Supuestos emprendedores que en los últimos años (o ejercicios fiscales, como nosotros vemos la vida) les habrá ido peor que mejor, que tienen cuotas diez, veinte o cien veces superiores al resto de Europa y que no tienen ninguna seguridad: ni económica, ni social ni personal.
Y aun así se lían la manta a la cabeza, y pagan una cuota mínima de casi 300 euros al mes, y un 21% de IVA, y se reducen un 19% de IRPF, y tienen que aguantar a un político tras otro que se le llena la boca de populismo y viene a decirles que les va a sacar un poco el palo del culo, pero solo un poco.
Señores, políticos; hágannos un favor, dejen a las putas, a los drogadictos/as y a los autónomos fuera de la ecuación para este 2015, que ya estamos muy jodidos de por sí para encima tener que aguantar promesas de igualdad, justicia y libertad.
Hace unos días, llamaron a la puerta. La perra no ladró al oír el timbre, porque habíamos estado entrenando durante varias sesiones para quitarle esa manía —tan lógica y natural en los perros por otro lado. Esperó sentada, y yo abrí la puerta con parsimonia: era el cartero. y traía un paquete verde y alargado de Correos.
Poco después, comprobé que se trataba de una ilustración a carboncillo de Laura y Caos; adjunta lucía también una acuarela y una carta. Estuvimos observándola por unos minutos, con detalle, casi analizándola; y después tanto Laura como la ilustración desaparecieron de la sala; dejándome en la habitación pensando en los ojos del perro del dibujo. Me había impactado esa mirada en negro que la artista había reflejado en su obra: ¡era él! Con ese matiz que no entendía el qué, y mucho menos el porqué de las cosas, pero que de algún modo casi exigía ser partícipe de ellas por todos aquellos años perdidos atrás.
Aunque parezca mentira, al ver la ilustración ya no nos pusimos tan tristes como hace un par de meses; como tampoco lo hacemos al revisitar fotos, vídeos o, simplemente, al recordar cómo estaba el despacho acondicionado para que él pudiese estar junto a nosotros, dormitando o ansioso de salir a dar una vuelta a la manzana, y poco más. Antes o después, te empiezas a quedar con lo bueno, y desanudas las ataduras que aún te apretaban con el no es justo o el podías haber hecho más; no porque dejes de pensar así, sino porque lo hecho, hecho está.
Entonces ves que el día a día es lo único que tienes, y que son los dibujos que te sorprenden en el correo, los instantes junto a tus perros al sol (cuando deberías estar terminando un proyecto) o el minuto de respiro que te tomas para mirar a tu chica a los ojos aquello que realmente vale la pena. Las cápsulas de eternidad que en pocos sitios más puedes buscar. Allí está Caos ahora; y sigo emocionándome al pensar en que esa eternidad pasó de ser mía (nuestra) a ser de todos.
Gracias, Lourdes, por tu fantástica obra y por compartir nuestra idea de manada.
Artista, docente y remueveconciencias son algunos de los títulos que se me ocurren para Francisco Catalán Carrión, más conocido como Paco Catalán en las redes sociales. Un valenciano de sesenta y bastantes que, para quien todavía no le suene, ha dedicado su vida entera al arte.
Confieso, no obstante, que yo no soy mucho de artes plásticas: ese es territorio de otros; y las obras que he podido observar, principalmente, collage y dibujo entintado, poco me dicen. Trasciende al espectador el esfuerzo y el trabajo, y ha sido premiado en reiteradas ocasiones por ello, pero no alcanza conmigo el nivel de certeza y empatía que dispara su viñeta diaria.
Entrega, esfuerzo y actualidad entre la plumilla y la acuarela; tres cosas difícilmente superables, hoy día, en Internet. De ahí su éxito, imagino. De ahí nuestra admiración, supongo.
Quizá sea porque hace más de un año que visito sus viñetas, y sonrío (o suspiro) cómplice; porque no hay día que no acierte y siga siendo actual; o que falte a su cita, cansado y vencido por la realidad.
Quizá no sea el trazo clásico y exquisito de los dibujos, el color de la acuarela allí donde más falta hace, el mensaje solemne, pero sincero, de quien se acompaña de la verdad y de la injusticia de muchos otros. Quizá se trate, simplemente, de nuestra necesidad de despertar; de reaprender, y sus dibujos sean una vía más.
¿De qué trata la viñeta diaria?
A menudo, las viñetas de Paco Catalán son descritas como animalistas, pero la descripción se queda corta (por mucho). Aquí, la brevedad no es una aliada, puesto que estas tratan un gran espectro de temas de crítica social. Desde la corrupción hasta la crisis económica, de la pobreza a la falta de valores en España; y sí, sobre todo, la defensa por los valores animalistas y la denuncia constante, perenne e ininterrumpida contra el maltrato animal, clave del gran éxito del artista en los medios sociales.
Todos sus mensajes irradian verdad, y los desahucios o la falta de una vida digna de muchos españoles también dejan espacio a situaciones más cotidianas como el carácter de perros y de gatos, las fallas valencianas o la necesidad de atesorar dinero hasta que nos falte el tiempo.
Temas principales
Sin embargo, aquellos temas que destacan por encima del resto son los que se refieren a la actualidad de la vida animal en España. Desde la caza del lobo ibérico hasta las leyes menos restrictivas de la Junta de Castilla-La Mancha; del uso y el asesinato de miles de galgos cada febrero hasta la impunidad de la que la tauromaquia continúa gozando para disfrute escatológico de unos pocos.
En ellas, a menudo, son los niños aquellos quienes llevan la verdad en sus palabras; símbolos de pureza y naturaleza que también se otorga y vincula con los animales que los acompañan, se personifican o, simplemente, se dejan ver sin necesidad de letras que expliquen el cuadro. Por contra, si bien no siempre es así, la mayoría de los individuos adultos se muestran equivocados y como ejemplo del arquetipo social que se denuncia.
Duras, muy duras: como esa realidad que telediarios y prensa pretenden esconder; viñetas donde son los mismos animales aquellos encargados de darnos esa lección moral de veinticuatro horas que deberíamos revisitar cada cierto tiempo. Allí, donde la caza, la industria cárnica, las pieles y la moda, el ecologismo, la pobreza y las desigualdades se forjan en pequeños espacios que sirven como armas de verdad.
Desde este modesto artículo, de un todavía más modesto blog, todo mi apoyo a este gran artista, que entre sus lectores y visitas más fieles me tiene a mí, y a los míos. Y a muchos otros, que espero le den fuerzas para seguir esbozando certezas en papel; auténticas verdades que, poco a poco, entre todos, terminaremos por trasladar al mundo.
¿Acaso hay una misión más noble?
Por título lleva Naturaleza, pues ese sí es un espectáculo digno de ver.
Otras de mis viñetas favoritas de Paco Catalán Carrión:
Muchas de aquellas sobre las grandes tragedias cotidianas: sobre todo, aquella sobre los mataderos del 8 de abril de 2015 o la que ejemplifica la triste vida de nacer cerdo, del 8 de enero de este mismo año.
Decía Ortega quela nación no remitía únicamente al pasado, sino a la voluntad de seguir conviviendo juntos en el futuro, y lo decía hace ya muchos años, por lo que si de verdad hubiéramos querido solucionar entre todos esta papeleta, quizá las ideas que legó serían de gran utilidad.
En resumidas cuentas, y con intención de no aburrir demasiado a los lectores de este blog, Ortega y Gasset afirmaba que la identidad nacional estaba garantizada cuando había un proyecto de vida en común. Así, la Nación no remite únicamente al pasado (ni tan siquiera al pasado común), sino que supone —parafraseando al filósofo español Antonio García Santesmases— un plebiscito cotidiano favorable a seguir viviendo juntos; es decir, a la voluntad de un proyecto de vida en común.
¿Existe en España un proyecto de vida en común? ¿En Cataluña? ¿En el País Vasco? ¿En Galicia o en Andalucía? Hoy, más que nunca, la legislación toma la escena, por encima del diálogo y de la razón (de estado). Un pasado en común, no legitima un futuro en común. Muchos otros pueblos se unieron baja una única bandera por razones menos sólidas que por las que amenazan separarse algunos territorios aquí; y seguro que otros también dividieron fronteras por razones más idiotas. Así que eso, por sí mismo, poca prueba es.
Ahora, nacer en cualquier país de la Unión Europea supone, por lo menos, una doble identidad: nacional y europea; y en algunos casos, incluso triple. También están los descreídos, como yo mismo, que más allá del sabor de lo local, consideramos que nacer aquí o en Checoslovaquia poco cambiaba las cosas. Allí, de común acuerdo (que no fácilmente), unos pasaron a ser checos y otros eslovacos; lo mismo que le pasó a Fritz Lang, que creció en el Imperio austrohúngaro, y moriría siendo austríaco, como podía haber sido francés, inglés o americano con deje.
Aquí, en España, los nacidos en Cataluña, por tratarse del ejemplo más candente, se enfrentan a esta triple cuestión que se subdivide hasta el mareo: ¿sentirse catalán?, ¿catalán y español?, ¿europeo y catalán, pero nunca español?, ¿catalán y español, pero no europeo? y así; ya nos hacemos una idea, ¿no? Hay quien se siente parte de todo, y hay quien no se siente parte de nada; o de la pandilla del barrio como mucho.
Opiniones sobre esto hay de todo tipo, claro está. Conozco al opositor a juez que dice que la ley no lo permite, obviando que esta no es una fin, sino un medio para una sociedad más justa; y aquel otro, mucho más charnego que yo, que ve en la presión fiscal el mejor aliciente para ello, obviando que entre Egipto y la Tierra Prometida puede haber todo un océano de problemas. Quizá mayores incluso.
Por último, están las opciones oficiales, que tienen en común mucho más de lo que puede parecer, pues les encanta no escuchar y, de algún modo, siempre consiguen encontrar a su necesario interlocutor un paso más allá de dónde sus respectivas doctrinas políticas podrían entablar una conversación.
Los pensadores Jaume Claret y Manuel Santirso decían en La construcción del catalanismo: historia de un afán político, que había dos líneas que explican el auge del independentismo catalán: primero, la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Autonomía de Cataluña de 2006, segundo, la crisis económica; ideas que a algunos y algunas les parecerán bien y a otros y otras les parecerán mal, pero que al fin y al cabo no tienen sentido en la Europa del siglo XXI. Hoy, lo que de verdad importa es buscar dentro de nosotros mismos, y ver si la mayoría de españoles quieren seguir trabajando junto a los catalanes, y si la mayoría de catalanes quieren seguir trabajando junto a los españoles.
Las peleas, las riñas y los chistes, siempre han estado ahí (y tienen su gracia, oye), pero lo que me parece imposible es que queramos un futuro compartido sin compartir un presente digno, y que queramos un presente digno, sin recordar un pasado compartido y, a veces, horrorosamente necesario de recordar.
Al final, si te has cargado el jarrón del recibidor, tendrás que pegar bien sus piezas, o llevárselo a alguien que sepa cómo arreglar el maldito trasto. La cinta adhesiva no te va a aguantar demasiado. Aquí lo mismo.
Ya no hay revolución. No hay gritos en la calle. No hay reuniones, ni diálogo real. Hay crítica, eso sí. La crítica no se ha desvanecido, solo ha mudado. Sigue existiendo, pero se pierde en un océano de palabras. Sigue existiendo, pero su estela es esquiva, o se capea. Sigue existiendo, pero es débil, lejana, tenue. Tan débil, tan lejana y tan tenue que ya nadie la cree una amenaza, y quizá no lo sea.
La conciencia tranquila
¿De dónde surge el orden social? ¿Del bienestar o del control de los estados? Tradicionalmente, la respuesta fue la segunda: jamás la primera. Hasta después de la guerra de nuestros abuelos —primero, la jodida para los de aquí; después, la jodida para los de fuera—, entonces nos hicieron creer que sí, que el orden, la paz y el bienestar era tarea estatal. Pero no duró mucho; y ahora, a fuerza de golpes, nadie lo cree, de nuevo.
¿Pero si nadie lo cree dónde están las quejas?, ¿dónde están los gritos? Los cambios, tensiones y muertes. No están aquí. No ocurren. Y las que ocurren, lo hacen en la oscuridad de un andén del cercanías o en la soledad de un piso tristemente libre y sin hipoteca.
¿Cómo lo hemos conseguido? ¿Cómo vivimos tranquilos con la soga al cuello? Si no fuese una idiotez, cabría preguntarse si es real ese cabo en la garganta. Sin embargo, sabemos que sí. Es real. Es real en todos los estadios de nuestro día: en lo que se refiere a la hipoteca no sostenible, a las pensiones, a la casta política, a la estructura social, a la protección de otras especies animales… Todo, absolutamente todo, ocurre.
Pero nuestra conciencia está tranquila. Se mantiene. Aguantamos. ¿Cómo es posible? ¿No es esta la España de la insurrección anarquista? ¿de los sucesos de Casas Viejas?, ¿del Durruti?, ¿La España de los maquis?, ¿del uníos, hermanos proletarios o de vivir en la brecha de la utopía? O acaso es la de la revolución del gris, la del engaño, siempre presente, que nos robó el futuro. Sigue leyendo «Facebook y el fin de la revolución»→
Estoy enferma, pero nadie sabe lo que tengo. O sea, todavía no le han puesto nombre, y eso siempre complica las cosas. Los médicos me han diagnosticado epilepsia y un retraso en el neurodesarrollo. Así que no hay tiempo que perder: tengo que buscarme la vida. Amparada en la ciencia, en los míos, en el arte… Ah, sí; verás que lo mío es puro arte.
Por mucho que te sorprenda, y por muy descontextualizada que la creas, te adelanto que mi historia se encuadra en un dorado claroscuro del primer barroco, como el de Johannes Vermeer y suDama de la perla.En cambio, mi necesidad se acerca a la de aquellos cuadros flamencos antiguos, pintados al óleo para la creciente burguesía que construía sus ciudades al amparo del Mar del Norte; quizá hijos de la técnica de van Eyck, de Weyden o de Campin.
¡Ay, disculpa! Esta es mi primera conversación —por llamarla de algún modo—, y debido a mi afección temporal he creído conveniente tratar de abrir un diálogo con cuánta gente pueda. Ante todo no quiero ser maleducada, así que dime, ¿qué tal estás?Sigue leyendo «Retrato de Lucía»→