De coleta morada a coleta cansada

Ayer, leía una noticia en La Vanguardia que retrataba a un Pablo Iglesias muy distinto al que hemos conocido estos últimos años: pesimista, desganado, acusando el cansancio electoral que se ha extendido más de ocho meses entre elecciones, reuniones en busca de una (dudosa) investidura y otros tantos en campaña en campaña.

El redactor buscaba el contraste entre este y otros miembros de la coalición (Unidos Podemos), que no solo rehuyeron en un primer momento ese idealismo propio del socialista, sino que, además, mostraban mejor cara al mal tiempo.

Yo voté por primera vez a Unidos Podemos en junio, y antes, en diciembre, a Podemos en solitario: sin coalición ninguna, a pelo, como se presentaron. Anteriormente, no encontré alternativa mejor, y tanto para el Congreso como para el Senado, me decidí siempre por PACMA. Lo digo por si eres uno de esos lectores o lectoras que necesita saberlo, que debe leer un párrafo que se adecue con su ideología; esto no solo va para el resto, también para otros simpatizantes y votantes como yo; porque Iglesias ha pecado de un exceso de liderazgo, de cierta egolatría y, si bien tenía presente la importancia de los medios (llevar el diálogo hasta la televisión desde mucho antes que el resto quisiera debates allí fue un enorme acierto), erró al olvidar lo esencial que es caer en gracia, de ofrecer una imagen afable: como el tonto bonachón en la presidencia y los dos adversarios arquetípicos de Mattel; en definitiva, que hubiera sido interesante hacer antes los deberes.

Separarse de ellos comprendiendo  como el tonto bonachón en la presidencia y los dos adversarios arquetípicos de Mattel; en definitiva, que hubiera sido interesante hacer antes los deberes.

Separarse de ellos comprendiendo el contexto que se le presentaba, recordando los movimientos tradicionales de la izquierda y la derecha en el país, y si bien yo no hablaré de ocho millones de subnormales, sí sería bueno tener presente que España no solo son las grandes ciudades, también los pueblos; y los nichos de población de baja calificación, escasos estudios y ruralismo ideológico.

Pablo Iglesias haciendo el indio ;-)

Ahora toca apostar por las nuevas reglas. Para seguir viviendo en España, y a la vista de los resultados, toca apostar por las nuevas reglas, porque perdimos; por segunda vez. O largarse, pero si seguimos aquí, es que nos hemos resistido suficiente, así que algo nos atará a estas fronteras seguro.

Toca apostar por las que imponen los grandes partidos, aquellas del pez grande que se come al chico; donde uno está arriba y diez, once, doce, quince… abajo, pisoteados, y a medida que hablamos, aún aumenta esta segunda cifra. Pero si tanta gente sigue aclamando a Amancio Ortega, tendremos que deducir que, o bien hay mucho idiota, o parte de verdad en lo que se dice.

Quizá el cambio no estaba en Podemos, ni en Izquierda Unida, ni en las izquierdas siquiera, pero la votación unánime al Partido Popular demuestra que todo está bien en la derecha, y con la derecha. Está bien crear empleo eventual con condiciones de mierda, es real aquello de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, y que no ocurre nada porque no se haya montado un gobierno desde diciembre de 2015, porque España, por sí misma, ya es un desgobierno de tomo y lomo.

Presidencia y ya tal
La segunda ya tal.

Acostumbrémonos a las universidades públicas con precios de élite, a los trabajos en formato de prácticas low-cost, a vivir bajo el umbral de la pobreza, a tragar, a no poder luchar por nuestro futuro y, sobre todo, a seguir hipotecando nuestro presente.

Existían en este país todos los ingredientes para convertir una revolución del pensamiento en una revolución de las urnas; pero quedamos cortos. Todavía gana el miedo, el qué pasará y el temor a que, con cualquier otro, estemos peor. Es tan grande el sentimiento que ni tan siquiera conseguimos darle el tradicional pucherazo entre la izquierda de mentira y el centro-derecha de mentira.

Pedro Sánchez (Ken+Barbie)
Barbie, a la derecha, con Ken, a la… Oh, wait.

Mientras tanto, nos obcecamos en el «caso Echenique» y no en los miles de ejemplos de corruptelas normalizadas por el Partido Popular y el PSOE. ¿Que está mal? Por supuesto, y no seré yo quien lo defienda, pero sería conveniente tratar de ver que solo es un reflejo fiel de este país, donde, en la práctica, para presidir una gran empresa con miles de empleados puedes pagar la misma cuota de autónomos que aquel que trabaja a media jornada limpiando la mierda del resto, o imparte cuatro clases de inglés, o se rompe los cuernos en algún micronegocio donde solo encuentra trabas y trabas.

Parece ser que se nos mide a todos por el mismo rasero, hasta que interesa; cuando no lo hacen, el circo mediático se pone en marcha, no vaya a ser que alguien sume dos más dos y vea un pelín rocambolesco que se compare a una persona con una minusvalía grave que no avisó a la Agencia Tributaria de que su asistente no pagaba la cuota de autónomos con grandes capitales que defraudan a diario miles de millones.

Y eso es todo. Ahora desfalcad a pequeña y gran escala, preparaos para que los nacionalismos crezcan también al oeste del Ebro, y quizá más cerca aún de los Pirineos, y quién sabe. Empecemos por contratar con cláusulas abusivas para poder amasar una fortuna antes de que la clase media termine por desaparecer y, por encima de todo, posicionémonos en el lado vencedor, que es aquel al que han dado alas.

A España le falta un hervor o dos, en todos lo sentidos, y quizá nosotros no lo vemos, así que  lo mejor será intentar asegurarnos una jubilación digna, pero de la única forma que sabemos aquí: tragando, y poniendo la mano, o directamente robando.

No os cebéis con las putas, sino con sus hijos

Musulmanes irrumpen en una piscina nudista al grito de Alá es grande, llamando putas a todas las mujeres allí reunidas.

El sacerdote Jacques Hamel muere degollado por dos atacantes del Estado Islámico en una parroquia de Normandía.

La Wafa Media Foundation anima a la matanza de españoles en respuesta a la batalla de las Navas de Tolosa.

Este último parece de coña, pero también es real.

En serio.

El mundo está como una puta cabra.

Bueno, el mundo… La gente. Alguna gente. Alguna gente está jodidamente loca.

Entre tanto, la islamofobia crece. En Occidente —y en todas partes, en realidad— nos cuesta poco generalizar con lo que no conocemos, ni tenemos interés en conocer, y separar a todos los niveles el radicalismo que sentimos más propio: el atentado de Omagh del IRA, el de Hipercor, de ETA, en Barcelona, los dos atentados simultáneos de Noruega de 2011

No voy a ser políticamente correcto. El terrorismo duele venga de donde venga, pero, en los últimos años, el yihadismo ha puesto el punto de mira en Europa. Los cuatro trenes de Atocha, los atentados de Al Qaeda en Londres (2005), los asesinatos en el Museo Judío de Bruselas (2014), o los recientes ataques en suelo francés: el perpetrado contra la revista Charlie Hebdo, el Atentado de Niza en julio de este mismo año…

Estado Islámico (extensión)
Extensión máxima ocupada del Estado Islámico en Oriente Medio.

Da miedo. Pavor. Es la lucha contra aquellos que usan el terror como arma; algo que Occidente ya no entiende ni ejerce desde hace más de un siglo, por lo menos. Es una batalla contra palabras armadas de las que habla Phillipe-Josheo Salazar en su último libro (Palabras armadas: comprender y combatir la propaganda terrorista). Es el retorno del idealismo frente al materialismo: la cultura occidental es, esencialmente, materialista, decía el autor a El Mundo, hace solo unos días, y es que, aparte de la adquisición de bienes, ¿qué más ofrece?

Su propaganda se centra en la exaltación del individuo, ellos venden una camaradería extraordinaria entre sus soldados, por ejemplo, como vemos en los vídeos. Tenemos problemas para comprender eso en los países occidentales así que lo que hacemos es reírnos, decir que están locos, enfermos. Ni están locos ni son imbéciles.

Mientras, el mundo se ha globalizado y la integración de otras culturas en nuestra sociedad se ha producido de formas muy distintas en todas las grandes ciudades europeas. Hace unos días, Saddiq Khan, el primer alcalde musulmán de Londres, afirmaba: “Si se está dispuesto a la integración, sin dejar sus creencias religiosas, se puede llegar muy lejos.”  

Ruta del camión (Atentado de Niza 2016)
La ruta que siguió el terrorista yihadista en el paseo marítimo de Niza.

No nos cuesta demasiado integrar Saddiq Khan, y mucho menos a Zidane, Ronaldinho, o a cualquier otro futbolista de fabela con éxito; ni tan siquiera a los miembros de la Casa de Al Saud, que comen en nuestra mesa (metafórica), pese a estar marcados por un fuerte wahabismo e intolerancia que se ha relacionado, en múltiples ocasiones, como fuente directa del terrorismo global de los últimos cincuenta años. A ellos nadie se atreverá a tildarlos como a moros ni terroristas, porque tienen petróleo, y relaciones públicas y privadas con monarquías, repúblicas y altos cargos del mundo entero.

Por el contrario, la gente de a pie, será fácilmente vinculable con estos estereotipos negativos solo por profesar una fe común —una religión de paz que el radicalismo ni sigue ni respeta en realidad — y que, a gran parte del mundo le debería avergonzar confundir y generalizar, puesto que es bien sabido que, al menos en España, las putas no suelen tener la culpa de parir a los hijos de puta. Quien piense así, razona al mismo nivel que Donald J. Trump, y siento el insulto, pero ni es posible frenar la inmigración en un mundo globalizado, ni es lógico hacerlo: es tan simple como razonar que, si desinfectamos nuestra casa de cucarachas con una bola de demolición, ni quedarán cucarachas, ni quedará casa.

Adoctrinamiento niños por parte del Estado Islámico
La manipulación y el adoctrinamiento de menores por un ideal como leitmotiv es una de las tácticas del Estado Islámico.

Así que, de toda esta mezcolanza de conceptos, rescatemos dos: el Estado Islámico es más que un grupo de fanáticos locos: son fanáticos que quieren construir un mundo que Europa ya no entiende, y ese es el camino a través del que los gobernantes occidentales deberían buscar una solución: el problema es que, hoy, caminan a ciegas por este sendero; a su vez, siempre habrá maldad, y personas que deseen destruir lo que otros construyen, así que quizá llegue el día en el que tengamos que establecer una serie de conceptos por los que luchar; pero no nos convirtamos en los monstruos que nos atacan, no usemos la islamofobia para combatir el terrorismo yihadista, porque, entonces, ya habremos perdido.

Puede que, antes o después, la mano abierta deba convertirse en un puño contra aquellos que no desean más que enfrentarnos y convertirnos en sus enemigos, pero es nuestra obligación saber quién y por qué debe ser blanco de nuestra ira como sociedad.

Miembros del Estado Islámico
En junio de 2016, el califato del Estado Islámico cumplió dos años de guerra permanente por unas fronteras que se extienden entre Alepo (Siria) y Diyala (Irak).

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Los peligros de una autoedición reptiliana

Mientras se maqueta el primer texto que voy a publicar en papel (¡qué larga se está haciendo la espera!, pero ya os contaré más en septiembre), he seguido escribiendo; en el blog, ya veis por dónde van los tiros: España está hecha un asco y da para un buen rato, y queda espacio para animalismo, series de TV y alguna cosilla más; fuera, he querido disponer de un espacio, pequeño, donde recopilar textos en formato web (¡toma publicidad encubierta!) y, por último, más allá del proyecto de libro, he empezado dos relatos más: uno sobre Caos —del cual me gustaría compartir aquí las primeras páginas, como mínimo, pero mi ordenador de sobremesa se ha suicidado con la mudanza— y otro sobre la Ruta 66.

De vez en cuando, visto que las cosas empiezan a marchar, evito algo tan típico como agobiarme o intentar correr más de la cuenta; sigo desempaquetando cajas —me mudé fuera de Barcelona esta semana—, entrenando, pese al calor (y la frustración que solo quienes practican artes marciales pueden entender), y bebiendo demasiada alguna cerveza de vez en cuando.

Por regla general, la tomo a mediodía, antes de comer, pero no hace mucho, unos amigos que están viajando por toda Sudamérica aterrizaron aquí de improviso, y, sin saberlo, me despejé la tarde para reunirme con ellos; era un martes, y aunque ya no tenemos el estómago entrenado, las mujeres nos dieron permiso para una de esas borracheras que recuerdas con cariño: las que surgen en un momento especial y crecen poco a poco.

Borrachera épica
Más o menos…

Ahora podría hablaros sobre teorías alienígenas, sobre los distintos perfiles de persona que existen, entre los que destacan felinos y reptilianos (que deben ser malvados, porque, entre ellos, estaban Wert y Fernández Díaz, pero no me preguntéis más, porque no sabría qué contestar) y temas de episodio especial de Iker Jiménez para los que se debe estar de un humor concreto, o tener mucho alcohol en sangre.

Sin embargo, no voy a torturaros con alucinaciones etílicas, sino con algo que ocurrió antes.

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El tercero en discordia

Yo no sabía que aterrizaban en Barcelona a media tarde, así que, pese a que me pareció raro ir a tomar algo a esas horas con el tercero en discordia, accedí. Él había terminado de escribir su primera novela hacía unas semanas y, con La caza del carnero salvaje de Murakami entre las zarpas, me dijo: «Lo mío es una mierda.» Le tranquilicé, diciéndole que frente a Borges, Murakami o Hemingway (o Gabriel García Márquez, o Joyce, o Camus, o Kerouac, o Bukowski…), todo era mierda.

Para la siguiente pregunta, no tenía respuesta.

¿Si uno mismo autoedita… cómo sabe qué es bueno y qué no?

Podría haberle dicho: porque vende libros, como si de un producto de primera necesidad se tratase (aunque, para muchos de nosotros, lo es); por la respuesta del público (que, desde que existe Internet, no es exactamente lo mismo); y si lo hubiera pensado a fondo, se me hubiese ocurrido alguna que otra respuesta, pero no.

Hoy, esta pregunta no tiene una única respuesta, y toca rendirse a la evidencia. ¿Eres bueno porque te lee mucha gente o necesitas el beneplácito de un lector formado para entrar dentro de la definición?

Puedes ser un autor viral, o no ser (¡hola, Hamlet!). Escribir, como oficio o anhelo, significa tener un lector detrás que dé sentido a tu obra, y las editoriales son las primeras que se dejarán llevar por este modelo para no invertir a ciegas, sino con todas las garantías de las que pueden proveerse.

Se acabó lo de buscar buenos escritores entre manuscritos que llegan en papel y ya no se lee ni dios. Ríete tú de aquello de seducir a un mecenas. Ahora, tienes que enamorar al mundo entero; o a una parte tan grande como sentido quieras en tu escritura. ¿Pero es el otro quien marca hasta ese punto tu forma de disfrutar de las letras? Los más ciegos dirán que sí; el resto intentará no convertir su pasión en otro fenómeno de masas que terminar odiando.

Si algunos de los grandes escritores de los que hablamos esa tarde hubiesen nacido ahora, tendrían dos opciones: controlar los canales o no existir para el mundo. Quizá entre ellos podría quedar algún J.D. Salinger para quien la fama, el dinero y la escritura no fuesen un trinomio necesario; pero la mayoría, en cambio, seguiría en busca de ese término medio, de esa visualidad, de la posibilidad de poder seguir juntando letras y soñando con vivir de lo que a uno mismo le gusta, y si hay algo que ha conseguido este siglo es democratizar esta oportunidad.

V (Invasión Extraterrestre)
Los ’80 nos afectaron profundamente…

¿El resultado?, eso no tenía nada que ver. Así que nos olvidamos del tema y compramos otro pack de cervezas, obligando a la discusión a desviarse, de nuevo, hacia felinos y reptilianos, que, en ese momento, era más fácil de comprender.


Ya me puse pesado con esto en…

Víctor Barrio: libertad de expresión e idiotez endémica

Ayer leía: «Los taurinos se querellarán con los tuiteros que se burlan de la muerte de Víctor Barrio.» Simplemente, aluciné. Después, me reí un par de minutos, porque España sigue sorprendiéndome, aunque desearía que no fuese con este tipo de cosas.

Hoy, El Juli, quien imagino que es otro matador de toros, explotabao así lo describía el titular— a raíz de los comentarios de un tal Vicent Belenguer, un maestro valenciano que soltó unas cuantas barbaridades por Facebook. En paralelo, Change ha reunido las firmas de 150.000 personas para inhabilitarle de su profesión parece ser, pero no contentos con esto, se exige a las autoridades que se procese a este señor y a otros tantos por burlas.

Víctor Barrio tras una corrida de toros
Víctor Barrio muestra al público de la plaza la oreja cercenada de un toro.

¿Estamos de broma o qué pasa?

Os explico mi punto de vista, que seguro que, además, compartís: se está confundiendo libertad de expresión con maldad, y con ser un maleducado, un cabrón y un malnacido, es cierto, porque creer que se puede decir cualquier cosa no es excusa para faltar, ni para alegrarse de la muerte de una persona que, eso sí, vivía de proferir sufrimiento y de matar animales: el estigma social lo buscó él solo, eso sí, igual que el tal Juli, y todos estos canallas que se atreven a llamar profesión a la tortura.

Víctor Barrio - Muerte
La cornada que causó la muerte del torero Víctor Barrio.

Pero tampoco nos confundamos, ¡ojo! Las amenazas directas son un delito; ser una basura de ser humano, no. Es comprensible el sentimiento de congoja de alguien que ha perdido a un familiar, a un amigo o a un compañero, igual que muchos nos entristecemos por cada toro que asesinan por razones absurdas, por cada negocio que se hace con su sangre, por cada final en la arena; sin embargo, eso no da derecho, ni causa, a nadie para presentar una denuncia por una opinión. El resto, es sentimentalismo barato y un uso fraudulento de la infraestructura judicial, pese a antecedentes como el del edil Guillermo Zapata y su humor negro, que mal acostumbró a unos cuantos.

Mensaje Vicent Belenguer sobre Víctor Barrio
Mensaje del tal Vicent Belenguer, quien, como profesor, demuestra muy poca empatía y humanidad, por lo que me parece perfecto que se le cese de su cargo.

Tampoco es comparable con situaciones que rompen la regla: apología del terrorismo, del maltrato, de la asociabilidad, o la insociabilidad incluso. Pero que quede algo claro: si nos atrevemos a denunciar a una persona por su pensamiento, ¿por qué no hacer lo mismo con todos esos toreros que, para una inmensa mayoría, están haciendo elogio a la muerte y la violencia gratuita?

Y lo que todavía es más importante, ¿qué país es este donde se permite a niñas de treinta kilos y un problema gravísimo de anorexia hacer verdadera alabanza de su enfermedad por Internet pero se intenta encarcelar a cuatro imbéciles que se creen que es divertido reírse de la muerte del prójimo?

Pensadlo, a ver si encontráis respuesta, que yo sigo buscándola.


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George Steiner, la filosofía y el error como motor de cambio

Lo que voy a decir es muy fuerte. Te aviso desde el principio. Así que, si eres de esas personas que leen los artículos en diagonal ¡fuera de mi blog!, mejor escoge otra entrada. Esta requiere que leas con atención, y sobre todo que pienses en ello un rato antes de abrir la boca o mover las manos sobre el teclado.

Dicho esto, vamos allá.

El arte, la literatura, la historia o la filosofía […] son […] las vías sobre las que se conforma cualquier sociedad moderna.

La democracia mal entendida se cargó la universidad. Hoy, estudiar en una facultad no es sinónimo ni de superioridad intelectual, ni de mejores resultados en el pasado, en el presente, ni en un futuro a medio y largo plazo (trabajo, formación,  oportunidades, etcétera).

Esta es una afirmación terriblemente aplicable a las humanidades, pero no menos a ciertas ingenierías y otras carreras técnicas: la igualdad de oportunidades se confundió con una igualdad de resultados, y así todo dios puede ir a la facultad y, aunque tarde, salir con un título bajo el brazo. En suma, además, no existe el término medio aquí: todo debe ir orientado a un resultado mercantil: estocada que, como es esperable, sesga de un único tajo muchas de las carreras tradicionales y reorienta muchas otras hasta su misma extinción.

El Roto - Universidades (El País)

Por el contrario, no existe una diferencia real más allá de la nota de corte. A menudo, incluso esta es la menor de las preocupaciones si no aspiramos a carreras con una gran carga de responsabilidad, como Medicina, o excesivamente solicitadas por parte de los futuros estudiantes. Pero yo no tengo ni idea de carreras técnicas, así que me centraré, desde el principio, en las ciencias humanísticas.

Lo que sé de las Ciencias Humanas es que no importa un nueve o un cinco, aprobar a la primera o a la quinta, y que gran parte de lo que cualquier estudiante medio aprenderá en sus años universitarios no será aplicable en su futuro.

Y todo ello es  fenomenal para muchos alumnos, en esencia para aquellos mediocres que alargan su adolescencia entre cuatro y ocho años más, y también para los padres sin estudios superiores, que reviven sus sueños de juventud a través de su propia descendencia. Para las universidades tampoco está nada mal, rentabilizando carreras a precio de oro, con profesores que ofrecen contenidos lineales para todos los públicos, suficientemente superficiales para no crear conflictos y no exigir demasiado y repletas de exposiciones gracias a Bolonia, con gente que no tiene nada que decir todavía disertando frente a terceros que están obligados a escuchar a todos y cada uno de sus compañeros. Súmale a ello las becas, donde solo un pequeño porcentaje van dirigidas a estudiantes con buenas calificaciones, mientras que una gran mayoría funcionan por renta, desplazamiento o material.

Menudo panorama, ¿verdad?

Quizá es cierto que las humanidades no están en su mejor momento. ¿Pero por qué? El columnista colombiano Gabriel Silva, hablando sobre el escaso valor de la filosofía en su país, decía: «Se han quedado tan cortos los paradigmas, los valores, los conceptos, las ideologías, las interpretaciones, las lecturas y las formas de ver el mundo, frente a lo que es la realidad, que la única forma de describirlo es que somos víctimas de un desconcierto colectivo y global.» 

¿Qué pensará de España, dónde filosofía como materia ya no es que desaparezca del Bachillerato, sino que tampoco funcionó nunca sin un verdadero maestro que no se limitase a presentar a sus alumnos una Historia de la Filosofía mal encubierta?

Pero en este caso, Silva no centraba su opinión a través de esa vía: las FARC, el ISIS o la reaparición de totalitarismos son el resultado de una lectura errónea del mundo que nos rodea, y todavía peor, de la falta de conocimiento y de formación que nos permiten generar nuevas corrientes de pensamiento. El arte, la literatura, la historia o la filosofía no son meras herramientas a través de las que echar un rato de postureo en la cafetería hipster de la esquina, sino las vías sobre las que se conforma cualquier sociedad moderna.

Así, pensar es, a todos los efectos, el primer gran problema con el que nos hemos encontrado todos desde pequeños, pero no el único, y quizá tampoco el más grave, puesto que, quien más, quien menos, ve en pensar algo natural, hasta que se desnaturaliza: mejor estudiar aquello que se nos dice que debemos estudiar, trabajar de aquello que la sociedad más demanda y pensar solo en la justa medida en la que le interesa al sistema.

Olvidamos por el camino que, todo lo que sucede hoy, no es más que un cúmulo de errores heredados del pasado; citando a George Steiner en la entrevista de Borja Hermoso en El País: «Cuando uno ve que alguien como Donald Trump es tomado en serio por la democracia más compleja del mundo, todo es posible.»

George Steiner
Foto de archivo de George Steiner. Os recomiendo la lectura del texto No hay lengua pequeña de la 21ª Edición de los Premios Príncipe de Asturias .

Trump no usa un discurso nuevo, solo populista; el mismo discurso que ayudó a los fascismos a conseguir el poder hace un siglo, y que ningún país del mundo occidental se ha esforzado lo suficiente en desmontar.

Nos acercamos a la segunda base ahora: el error. Todos nos equivocamos, todos fallamos constantemente; todos creemos que el Che Guevara era un tipo cojonudo, y que Lenin planeaba algo interesante en la Unión Soviética y Stalin era un cabronazo, y que Nietzsche molaba un huevo, pero era un coñazo tener que estudiar a Kant con dieciséis años; o quizá tú tienes otras figuras más allá de la política, la música o la filosofía con la que yo subí.

No importa. Lo imprescindible es tener figuras, creer en utopías, razonar, equivocarnos, corregir nuestros esquemas mentales día tras día.

Ninguno de nosotros acertamos a la primera, y tampoco los grandes pensadores, filósofos, gobernantes o filántropos que han existido, pero llegaron a un punto concreto a través de la prueba y el error.

Hoy, nos educan y nos previenen contra la atiquifobia, el miedo al error, pero no nos dejan pasar ni una. No existen las segundas oportunidades; tenemos que ser los mejores; debemos estar constantemente informados, generar opiniones, ampliar nuestras competencias, correr constantemente hacia delante, ser más rápidos, más competitivos, mejores.

Fragmento de la entrevista a George Steiner en El País:

P. El ruido y la prisa… ¿No cree que vivimos demasiado deprisa? Como si la vida fuera una carrera de velocidad y no una prueba de fondo… ¿No estamos educando a nuestros hijos demasiado deprisa?

R. Déjeme ensanchar esta cuestión y decirle algo: estamos matando los sueños de nuestros niños. Cuando yo era niño existía la posibilidad de cometer grandes errores. El ser humano los cometió: fascismo, nazismo, comunismo… pero si uno no puede cometer errores cuando es joven, nunca llegará a ser un ser humano completo y puro. Los errores y las esperanzas rotas nos ayudan a completar el estado adulto. Nos hemos equivocado en todo, en el fascismo y en el comunismo y, a mi juicio, también en el sionismo. Pero es mucho más importante cometer errores que intentar comprenderlo todo desde el principio y de una vez. Es dramático tener claro a los 18 años lo que has de hacer y lo que no.

Para solventar todo esto, lo más sencillo es adaptarnos a las normas sociales; no salirnos; no desviarnos; todos debemos aspirar a trabajar en una startup y hacer un posgrado en nuevas tecnologías; mañana, quizá debamos replantear nuestra carrera profesional, movernos hacia otro sector, aprender de finanzas, de comercio electrónico o de ética laboral; sin ver que no se pueden crear mentes adaptativas a través de la restricción y la obligación de adhesión a contextos impuestos, concretos y limitados.

Miedo al fracaso (viñeta)

¿Pero qué ocurre, entonces, con las ciencias humanas? ¿Cuándo se inició el acoso y derribo a las mismas?, ¿desde qué vías y a través de qué sectores? Lo más plausible es que, antes de creer que la Filosofía murió a manos de la Física, deberíamos preguntarnos, si acaso, qué nos enseña esta: a relativizar lo que vemos y oímos, a generar opiniones propias, y a cometer errores, y a crecer.

Quizá a través de la Filosofía algunos se volvieron estoicos, o eremitas, ¿pero quién puede culparlos en este mundo que hemos terminado por vaciar de ideas y condenado a repetir los errores del pasado?

Hoy, es lunes

Hoy, no puedo escribir.

Estoy bloqueado, igual que me ocurre tras discutir con mi pareja o con un amigo de los de siempre, pero, esta vez, no es nada de eso. Esta mañana, los perros me observan sin comprender; me acercan el hocico de vez en cuando en busca de una mirada cómplice y resoplan como solo ellos saben; con un suspiro de esos que conquista toda la casa.

Hoy, España es un poco menos mía aún. Soy un poco más apátrida, un poco menos crédulo y soñador; porque empiezo a perder la esperanza en que este país pueda cambiar, en que los corruptos y los poderosos dejen de hacer su voluntad a través del dinero negro, de los sobornos, del miedo.

Soy un poco más apátrida, un poco menos crédulo y soñador; porque empiezo a perder la esperanza en que este país pueda cambiar […].

Pero que no nos engañen, porque nadie puede negar lo que fue, y sigue siendo; somos millones aquellos que no queremos renunciar a nuestros sueños, a un futuro digno, a seguir ilusionándonos con controlar, siquiera un poco, todo aquello a lo que aspiramos dentro de nuestras fronteras —un sueldo, una casa, un trabajo, un futuro—. Sin tener que huir, sin echar a andar de improviso, sin mirar hacia atrás; con esa brizna de esperanza que se seca entre los manos.

Mariano Rajoy
Mariano Rajoy, presidente en funciones del Gobierno de España

Hoy, Europa es todavía menos nuestra. Nunca los mercados financieros demostraron tanta supremacía como esta semana anterior con el Brexit; ese espacio donde Inglaterra rompe una relación que nunca fue un gran amor, y donde la unión solo es un mal sinónimo de mercancías libres de aranceles e impuestos; donde el dinero se mueve siempre más ligero entre grandes cuentas corrientes y donde nos asustan con la necesidad de no transgredir, de mantenernos unidos, pero siempre a la baja, siempre con la cabeza gacha, y con una moneda con la que gobernarnos de norte a sur.

[…] sería bueno que recordásemos que nada es imposible. Si acaso, soñar será a partir de hoy un poco más duro en España.

Hoy, termina esta segunda ronda, o quizá empieza. Y las caras de decepción de los partidos que no han podido concluir esa batalla entre caciques no son el verdadero protagonista, sino las risas y las sonrisas mediocres del resto, de políticos y simpatizantes,  que demuestran que no pudimos con la corrupción, con los decretos-ley, con las mentiras, y el miedo, pero seguiremos luchando.

Hoy, España sigue acusando mucho la falta de una conciencia democrática; un paso más cerca de desmembrarse sin poder hacer nada; de seguir remando en direcciones opuestas, de recordarnos que aquello que pudimos sentir cuando casi tocábamos Europa no era más que un espejismo que nunca fue.

¿Resistiremos? Por supuesto que resistiremos. Lo haremos; como siempre lo hemos hecho, porque si hubo un pueblo acostumbrado a ser jodido ese es el nuestro; falta por ver si seguiremos creyendo que no somos un país de naciones, o explotará desde el Mediterráneo.

Hoy, es lunes, y eso lo hace todo un poco más difícil. Pero hoy es hoy, por lo que sería bueno que recordásemos que nada es imposible. Si acaso, soñar será a partir de hoy un poco más duro en España.

Castigar y perdonar

A través del voluntariado, entré en Quatre Camins y Brians 2. No importan los módulos; podrían ser de grado 2 o de grado 3; de drogodependencia, de delitos sexuales, de respeto… No importa, en serio. Si quieres ser voluntario/a, y te importa eso, hazte un favor y no te acerques por allí jamás.

El primer día mezclaba demasiada curiosidad y tensión por cómo sería aquello, por qué pasaría; todo ello se movía también entre briznas de inquietud difíciles de controlar la primera vez que pasas los controles; los siguientes, no.

Cuando me relajé un poco ante la situación, no tardé en advertir dos puntos que me perseguirían hasta el final de los programas: uno, cualquiera puede acabar en prisión; dos, el sistema no funciona (bien), y es de este segunda cuestión de la que quería hablar hoy.

Mi experiencia en prisión

Aunque no siempre lo tengamos en cuenta, la cárcel está repleta de perfiles que no tienen nada que ver entre sí: habrá una minoría de psicopatías mal redirigidas; también personas que han cometido delitos menores y continúan entrando y saliendo; acosadores, violadores, desfalcadores, drogadictos, gente que ha sufrido durante toda su vida exclusión social, enfermos mentales, y más. A menudo, estos perfiles se solapan, porque como ocurre en la vida real, nuestro carácter no se adapta a la hoja de un informe médico o judicial.

AlPerroVerde - Voluntariado Quatre Camins 2015-2016
Compañeros voluntarios y equipo perruno del programa de voluntariado 2015-2016 en la prisión de Quatre Camins (La Roca del Vallés, Barcelona).

Todos ellos conviven y trabajan juntos. Lo único que tienen en común es un espacio que les mantiene privados de libertad: un pequeño entorno, un microcosmos. En prisión, uno se organiza por celdas compartidas, aunque la ley española contempla que deberían ser individuales siempre que esto fuera posible; algo que la masificación impide y que solo se reserva para internos que han sido recluidos por delitos de terrorismo, seguimiento especial  y castigo (veintitrés horas en la celda; una en el patio).

En prisión, se puede estudiar y optar a trabajos de baja cualificación por un sueldo mínimo con el que ahorrar o gastar en el economato; también ser candidato para ciertas actividades extraordinarias que, en un mundo donde la rutina te amenaza con tanta garra como la falta de libertad, se convierten en un oasis en el desierto. Así, conocí yo una pequeña porción de la cárcel: su cara más bonita; y de bonita no tenía nada.

En España, la cárcel es, sobre el papel, una herramienta de reeducación y reinserción para personas en riesgo de exclusión social, a diferencia de países como EEUU, donde se contempla, en primer lugar, una pena punitiva.  De facto, sin embargo, estos programas son inviables por culpa de la falta de recursos que no permiten individualizar los tratamiento para cada interno.

Seguro que no te lo crees. Pero las tasas de reincidencia hablan por sí mismas: más de un 40 %. En serio. Y hay algo más que descubrí: los yanquis cuentan con un psicólogo por cada seis presos; los españoles con uno cada seiscientos (600).

Si bien el sistema estadounidense de prisiones no tiene nada de bueno, España tampoco es un camino de rosas. La cárcel ya es castigo suficiente. Por muchas piscinas que la gente crea que disfrutan, y muchos polideportivos donde levantar peso o pedalear en una elíptica; por mucho subsidio que cobren al salir (un máximo de 426 €, en 2016). La cárcel es rutina, es privación de libertad y, para muchos, es una soga al cuello o el menor de los males al volver a pisar la calle.

Semana a semana, aprendí que la solución no es seguir castigando a estas personas que ya está cumpliendo una pena impuesta por sus errores; tampoco lo es perdonar. La respuesta empieza por comprender sus miedos, sus frustraciones, sus carencias, y canalizarlas a través de ese periodo de tiempo en el que son obligados a salir de las calles; aprovechar esos días, esos meses, esos años, como una herramienta mediante la que reintegrar a esa gente en sociedad.

Descubrí algo más. Aquello que poca gente quiere comprender al acercarse a un preso es que sus errores, a menudo, también son los nuestros (como grupo). No podemos exculpar a ninguno de ellos/as, ni debemos hacerlo, ¿pero cómo podemos tener la poca vergüenza de decirles que no quieren un cambio en sus vidas si no les ofrecemos todas las herramientas para alcanzarlo?


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De una multa de tráfico al Leviatán de Hobbes

Este fin de semana iba a ser la leche. El viernes tenía que saltarme el entrenamiento para retroceder diez años atrás. La razón era un concierto de Los Madalenasel grupo de punk rock de mis colegas de adolescencia: Alfredo, Imagen, Vil… aunque al Vil le chutaron, o se fue; algo así. Da lo mismo.

El sábado tenía que conducir hasta el Pirineo para una fiesta de cumpleaños multitudinaria de otros tres amiguetes: ya había aparcado el coche por el barrio, había dejado a la jauría en buenas manos y todo estaba listo para salir a toda leche después de una comida frugal y llegar por allí a media tarde a devorar cruasanes para merendar.

Homer Simpson y su viaje con la marihuana
¡Que no, hombre! Que no era por eso que estás pensando. Sigue leyendo, anda.

Entonces, noté que se me había inflado un ojo. Que me pesaba. Y una mueca de disgusto se dibujó por debajo de la barba. A priori, puede no parecer tan malo, pero yo sabía lo que le sucedía: una lágrima, una lágrima y luego otra lágrima. Los ojos enrojecidos, mocos, mocos, más mocos, y un resfriado de proporciones épicas conquistando las vías altas, como te sueltan los médicos pedantes.

Para resumir, no hubo Frenadol que detuviese aquello, y me negué a conducir tres horas para no poder beberme ni un par de cervezas con los colegas. La noche anterior, cuando empezaba a preverlo, me recogí pronto e intenté contener el asalto… pero nanai. No hubo forma.

Libros "Elige tu propia aventura"
¡Hola, lector! Ahí va un enlace explicativo  por si no sabes de qué c*** te estoy hablando. 🙂

Lo mandé todo a tomar por saco. Me quedé sin concierto hasta altas horas de la noche y sin fin de semana en la montaña con los amigos. No había nada que hacer. Era una de esas situaciones de los libros de Elige tu propia aventura donde ya la habías cagado páginas antes: ahora, tomaras la dirección que tomaras, solo te disponías a joderlo un poco más.

Así que no tomé ninguna dirección. Me quedé en mi casa. Vi dos o tres películas. Intenté leer un rato. Saqué a los perros mientras ellos me miraban apenados y me dirigían hasta el sofá, de nuevo, entre gorjeo y gorjeo.

Al día siguiente, Laura se fue al Matsuri —el festival japonés que se organiza cada año en Barcelona— y yo… pretendía pasar todo el tiempo posible de domingo en mi casa. Sin embargo, el Ayuntamiento de Barcelona tenía otros planes para mí.

Esa misma mañana, el destino encaminó mis pasos hasta la calle donde había aparcado el coche, y comprobé que no había coche. Había cientos de niños tocando los cojones gritando, lanzando pelotas entre canastas de baloncesto y vallas divisorias; era la Fiesta del deporte, la Fiesta del baloncesto, o algo así, y entonces tragué saliva.

Los coches habían desaparecido. Por el contrario, habían aparecido decenas de carteles de señalización excepcional que no estuvieron allí ni el viernes, ni muy probablemente el sábado hasta última hora; una sombra de duda conquistó mi jeta enrojecida e irritada de tanto virus.

Un hombre obliga a cortar la Ronda de Dalt
A este paso, voy a terminar como este señor…

Los pasos que debía seguir eran evidentes. Llamar al depósito donde creía que estaría el coche y al otro, donde no quería que estuviese el coche. Hasta ahí, tuve suerte. Después, tocaba subir en autobús hasta allí, pagar 147 euros de la grúa, el tiempo de parking en el depósito y recoger una multa de 60 euros más.

En otras dos ocasiones, se nos ha llevado el coche la grúa. La primera vez, el antiguo Ford Fiesta de mi pareja; la segunda, nuestro coche actual, un Ford Mondeo que pertenecía a mi padre. En ambas ocasiones me cabreé un poco conmigo, o con Laura, o con la mala suerte; después pagué, saqué el coche y me olvidé del asunto.

Esta vez era distinto.

Lo noté rápido al llegar por allí. Ni tan siquiera los operarios de las grúas ni la gente del depósito sabía por qué coño se habían llevado todos los coches que habían decidido que estaban mal aparcados. No había señales; no se pusieron a tiempo. Pero algo había que hacer. Los críos tenían que jugar a baloncesto, y el ayuntamiento no pensaba admitir que la culpa era suya. La solución estaba clara.

Una vez fuera, me planteé seriamente cuándo debieron poner los carteles a lo largo de una de esas sesiones de autofustigamiento y cabreo tan reparadoras para tu propia psique. Sería el sábado a media tarde; pasado el mediodía muy probablemente: antes de comer, saqué a los perros y pasé por allí. También a cuánta gente le habían jodido la compra del mes con esa tontería. Pero lo que verdaderamente me chocó mientras subía a pagar esa multa hasta que me comí un bocata de queso en un bar fue algo que me ha costado digerir: ¿cuándo ha vuelto el Leviatán?

Nuestros padres y (algunos) abuelos nos enseñaron que, en los últimos cuarenta años, el estado era un espacio de bienestar donde vivir en sociedad; un modelo colectivo que exige y ofrece, y una vía donde implicarse en beneficio de todos, mientras que salir, no solo se vuelve complicado, sino absurdo en la mayoría de los casos. Una cosa es que te echen, que te excluyan; otra que no quieras formar parte del grupo.

Tattoo del Leviatán de Hobbes
Un tipo al que se le ocurrió que era buena idea tatuarse una ilustración del Leviatán de Hobbes en el brazo.

Pero cuando guardé el coche en el parking, no hubo atisbo de dudas; me prometí que ahí iba a quedarse excepto para lo indispensable y que, más tarde, me ayudaría a volver hacia algún pueblo cercano donde siempre tuve que seguir viviendo y acercándome hasta la gran ciudad para lo imprescindible. Lo dejé anotado en un papel encima de la guantera: que el estado ya no es mi amigo; que no existe modelo de bienestar, que  desapareció.

En fin, que le den por culo a Hobbes y al contrato social. Ahora ya sé cómo se las gastan: si no podemos contar con el Estado, será cada uno de nosotros quien deba procurarse esa parcela de libre albedrío y seguridad individual. ¿Será esto posible hoy día? Y lo que todavía es más importante: la que se ha liado por una puta multa y un resfriado, ¿o no?


Por cierto, he recurrido la multa a ver si recupero mi fe en el sistema o termino por volverme un inadaptado social.

 

Que se vayan a la mierda

Hoy, quedan veintisiete días para que se repitan elecciones generales. En estos seis meses, se ha cambiado Cataluña por Venezuela y se ha satanizado cualquier cosa que huela a la conversión política que sufrió el movimiento 15-M.

Sobre las Elecciones Generales del 26J

Mientras tanto, la cultura fiscal de este país sigue igual. Como presentaba el anuncio electoral de Ciudadanos, ser autónomo significa ser un gilipollas que se rompe los cuernos para ganar cuatro duros, que nunca se rinde por mucho que le roben y que, en pleno siglo XXI, debe aguantar las mismas tonterías sobre recesión económica, políticas supuestamente insostenibles en Madrid y Barcelona y absurdos paternalismos por parte de una panda de ladrones. Vamos, el típico consejos vendo, que para mí no tengo.

Alberto Garzón (IU) y Pablo Iglesias (Podemos) posando tras el acuerdo para que ambos partidos vayan al 26-J en coalición.
Alberto Garzón (IU) y Pablo Iglesias (Podemos) posando tras el acuerdo para que ambos partidos vayan al 26-J en coalición.

Este es un tema que me preocupa. Uno entre muchos. No solo el paro estructural, sino también la poca visión de nuestros gobernantes por creer, y por crear, una verdadera Unión Europea, un estado federal de naciones, un proyecto de ley que incentive la formación de calidad, que no nos marque un destino fuera de nuestras fronteras, que dignifique los contratos puente, que luche contra los trabajos basura.

Pero no es lo que más me preocupa. Esta mañana se viralizaba una opinión de Iñaki Gabilondo en la SER; un periodista fácil de admirar, incluso cuando lanza opiniones contrapuestas a las de uno mismo. En este caso, no es así; su análisis es, muy a nuestro pesar, lúcido, certero y, probablemente, inminente: el PP será el partido más votado, […] Ciudadanos, cuyo voto menguará, pactará con el Partido Popular; pasará que el PSOE no acordará un pacto de gobierno con Podemos ni con sorpasso ni sin sorpasso, pasará que con Sánchez o sin Sánchez permitirá que el Partido Socialista gobierne el PP. Terminaba con una idea bien macerada: «El PP […] seguirá siendo el mal médico que solo se ocupa de los síntomas y nunca cura una enfermedad.»

¿Y nosotros? ¿Qué hacemos? ¿A quién damos nuestro apoyo como votantes? Lo desconozco. O mejor dicho, me niego a sentar cátedra aquí.

Mariano Rajoy (PP)
Mariano Rajoy, presidente del gobierno en funciones, con simpatizantes de su partido y de su persona. Sí, en serio.

Leer las redes sociales o las opiniones públicas en la prensa es adentrarse en un mar escarpado donde Podemos se equipara a Venezuela y a un comunismo que hace décadas que desapareció; en este imaginario, Ciudadanos no es más que una calcomanía del original, el PP sigue siendo la fuerza más consolidada pese a la corrupción institucional que se remonta a la transformación de Alianza Popular —como demostró el caso Bárcenas— y el PSOE no son más que unas siglas vacías de cualquier significado.

Llegados a este punto, el miedo puede ser un enemigo terrible. ¿Qué ocurrirá si no hacemos lo de siempre? ¿Funcionará? ¿Podemos votar fuera del bipartidismo? Muchas personas incluso han encontrado fundamentos para la crítica en los dos núcleos que administran los ayuntamientos del cambio en el país: falta de experiencia, conflicto, decisiones erróneas, huelgas de transporte…

Sin embargo, antes de depositar mi voto el 26-J, yo ampliaré mi reflexión. Me preguntaré qué partido (si lo hubiere) considero que puede hacer que España funcione, y cómo.

Me preguntaré si quiero ser parte de un país de naciones que no asume que necesita una reforma de las autonomías; si la solución pasa por seguir recortando a los sectores más asfixiados de la población mientras se otorgan rescates bancarios a cualquier precio; si los gobernantes actuales se encuentran en disposición de juzgar intelectual y políticamente a las nuevas generaciones, las más formadas de toda la historia española; y, sobre todo, si un traje vale más que una sudadera del Carrefour, como la tuya y como la mía.

Me preguntaré quién tiene un plan de gobierno, transparente y accesible, y quien lanza promesas vacías, o busca pantallas de humo creando conflictos entre las comunidades autónomas que debería proteger y estructurar adecuadamente.

Me preguntaré si seguir haciendo las cosas del modo que nos ha llevado a esta absurda crisis, que no es más que otra forma de expolio con los mercados financieros como arma, es un modo de salir de la ratonera o si, por el contrario, necesitamos independencia política de los mercados y de Europa, y si alguien puede dárnosla.

Estimación de intención de voto 26-J
Intención de voto para el 26-J a finales de mayo de 2016. (Más información en la fuente.)

Quizá no encuentre respuesta a todas estas preguntas, pero eso no evitará que dé vueltas y más vueltas a todas ellas en mi cabeza.

Entonces, votaré en consecuencia.

Grecia nos demostró que hay cosas que Europa no va a tolerar; nos queda preguntarnos: ¿queremos formar parte de esa Europa o queremos cambiarla para que sea un reflejo de sus ciudadanos y un ejemplo de una verdadera comunidad de naciones?

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Estás que echas humo

Deberían dejar de fabricar tabaco y no hacer leyes absurdas, dice un calvo en la tele. Al estanquero de turno no le gusta nada tampoco; no entiende por qué los fabricantes no han hecho más para proteger su marca frente a la temida conquista del 66 %. Y también hay gente que está de acuerdo, que cree que esas fotos cada vez más grandes de pulmones hechos fosfatina ayudarán a decantar la balanza entre aquellos que quieren dejar de fumar.

Yo vengo de familia de fumadores, y ese primer comentario del artículo lo he escuchado miles de veces. Entre pitillo y pitillo, surge el tema de que nos están cosiendo a impuestos, de que están trincando una pasta, y de lo malo que debe ser para el sistema sanitario seguir manteniendo a la gente enganchada.

Tabaco y dinero (viñeta)

Pues no creo. Seguro que cuando estés muerto de asco en un hospital cualquiera enchufado a una máquina que te controla el oxígeno en sangre y con cortisona, chutes de quimio, y qué se yo, alguien se lucrará del leasing del gotero o de las palas que te enchufan en el pecho cuando terminas por petar por algún lado.

Hay otro argumento que me he cansado de oír también: de algo hay que morir; explotas, claro, harto de que te lo recuerden cada diez minutos, y mandas a más de uno, de dos y de tres a tomar por saco. Aun así, lo cierto es que a una extensa mayoría adulta eso no le preocupa demasiado: palmar, palmamos todos, antes o después. Por el contrario, la forma en la que lo hacemos es un tema más peliagudo. Rabiar de dolor cirrótico seguro que no es demasiado divertido, y ahogarse con una botella de oxígeno enchufada a todas horas, ya te digo yo que tampoco, que lo tengo visto.

¡Qué más te da lo que salga en la caja! Lo que te jode es que te recuerden lo que te estás haciendo. Lo idiota que eres por fumar; lo idiota que eres contentándote con el hecho de que otros idiotas se joden el hígado o las neuronas a golpe de ginebra, de ron, de cocaína o de anfetaminas. Porque como ex fumador sé que estás jodido cada mañana, tras cada sprint para coger el autobús y cada vez que desaparece la nicotina de tu cuerpo.

También está el perfil de fumador al que esto no le importa, que sabe que es malo, y que, o bien le gusta cómo sabe cada uno de los cigarrillos que fuma (no creo), o bien se autoconvence de que le gusta; contra ese no tengo nada que objetar mientras sea coherente hasta el final. Está jugando a la ruleta rusa, y cuando le explota el tiro en la sien, todavía tiene tiempo de ver lo que ha ocurrido: los daños pueden ser mayores, menores, e incluso puede quedar en un susto; pero si quiere conservar algo de orgullo entre tubos, debería seguir siendo coherente hasta el final.

Cuando diagnosticaron a mi padre un cáncer terminal, no tardó en decirle a mi madre: «Me lo he buscado.» ¿Y qué le vas a decir? Pues se lo niegas; le respondes que también da cáncer la comida, los coches, las centrales nucleares y el aire; él ya sabe que no han sido los sulfatos, ni la nuclear de Vandellós, ni el tráfico en hora punta en la Ronda del Litoral; él ya se siente idiota sin ayuda de nadie, y aún más cada vez que se escapa al baño a intentar echar otro cigarro con una metástasis que avanza imparable.

Cigarros asesinos (literalmente)Pero lo cierto es que tenía razón. Tú te encoges de hombros; y te tomas un par de whiskys, y sabes que quizá, en veinte años, te pase lo mismo y que no eres quien para juzgar a nadie.

Para mí, hay algo peor que palmar así, o igual de malo, y es saber que durante medio siglo te has privado de respirar, correr, saborear la comida y no dañar a los que te rodean por algo que se han cansado de repetirte que era malo, malísimo, algo que nadie necesita y que, efectivamente, ha terminado por matarte. Y no es que te lo repitan hasta la saciedad, es que tú mismo ves que es así, porque todo apunta hacia esa verdad que te fuerzas a negarte.

Vamos, que lo que dice esa cajetilla del 66 %, y subiendo, no es que vas a terminar muerto, sino cómo te estás obligando a ti mismo a vivir de una forma que, en realidad, no quieres y lo idiota que eres por hacerlo. Y no mola nada que te recuerden que eres imbécil; imagínate si tienen razón.

Pero bueno, tampoco te lo tomes tan en serio, porque hay una cosa que sí es cierta, y es que no hay cura para la vida.