Abrir una caja que ya estaba abierta

En la casa de Zeus había dos jarras, una encerraba los bienes, la otra encerraba los males.

Ilíada, Homero

Hefesto forjó a Pandora por orden de Zeus. Pandora fue la primera mujer: la Eva ateniense, la madre, y la causa de todos los males del mundo, según la mitología clásica. Esto ocurrió después de que Prometeo traicionase a Dios por los hombres, tras el hurto del fuego, y de que Zeus encontrase el modo de vengarse del titán.

Lo hizo a través de Pandora, mujer de su hermano, quien recibió, como regalo de bodas, un arma de doble filo: una curiosidad divina y la vasija que portaba todo el mal del mundo. La historiografía convertiría al recipiente en una caja, pero en su interior, se mantuvo la condenación eterna y un poso de esperanza.

Pandora, de J. J. Lefebvre
Pandora, de Jules Joseph Lefebvre (1836-1911)

Sin embargo, aquello que no querían asumir los hombres de la Antigüedad es que el mal campaba a su alrededor por una única causa: la suya propia. Eran sus congéneres aquellos que se condenaban entre sí, que elegían el mal por encima del bien, y la espada a la pluma. Siempre fue más sencillo crear un Edén imaginario que destruir, y antes, a una mujer —siempre a una mujer— que trasladaba todo el destino de los hombres entre sus manos.

A menudo, mucha gente me cita la expresión «cajón de sastre» para referirse a este blog; argumentan que el título no termina de englobar todos los temas que trato —lo sé— y sus categorías son demasiado heterogéneas para enviar una idea unívoca, como muchos otros hacen. Yo prefiero ver este espacio como una caja de Pandora, donde se esconden miedos, errores, faltas e incluso golpes, pero que miles de años después, sabemos que nunca están en el recipiente, que nunca lo estuvieron, sino que pertenecen a nuestra realidad.

En las últimas semanas, llevo dándole vueltas a varios temas. Una de esas preguntas recurrentes era: ¿hacia dónde mira este blog, y hacia dónde debería hacerlo? Mi respuesta es que no hay blog, sino caja; un constructo teórico que no existe y, a la vez, mientras esta se encuentre cerrada, contiene todo un universo en su interior.

Pero debemos ser personas adultas, bebemos de miles de años de historia tras la caída de los imperios clásicos, y tenemos la obligación de impregnar a ese mismo relato de la madurez suficiente para entender que no hay dentro y hay fuera, sino males intrínsecos en nosotros mismos, en nuestros actos, en sociedad, y que ni dioses ni titanes tienen relación alguna. La caja puede ayudarnos a entender el mundo, pero, como mucho, solo contiene el mundo en la medida en que este la contiene a ella. Y, entonces, ¿a quién culpar?

Eva Prima Pandora, de Jean Cousin el Viejo
Eva Prima Pandora de Jean Cousin, el Viejo (1490-1560)

Hay una última idea que me gustaría tratar, y es que la caja es mía. Me ha costado mucho entenderlo, pero el minimalismo —o quizá individualismo— de un blog personal solo es comparable con un ápice de egoísmo necesario. Los males que hay en su interior, aquí, son míos, y también la esperanza, que duerme en el fondo, pero sois libres, y estáis invitados, a seguir compartiéndolos. ¿Qué quiero decir? No tengo del todo claro si lo sé. Sé que el blog cambiará en este 2017, porque debe hacerlo; planteo ese cambio como una ampliación, una redistribución, un nuevo capítulo… Mantendrá el corazón, pero crecerá, como ya lo hizo antes; como ya lo ha hecho. ¿Hacia dónde? Bueno, pronto lo veréis.


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El toro y la belleza

Como dice aquel humorista catalán: «A mí me gustan los toros: a quien no le gustan nada es al torero.» No le falta razón. Si para muchos, Bob Dylan no merecía el premio Nobel de Literatura 2016 —ahora que lo tiene hasta un músico antes que Murakami, mejor adopto una actitud ambivalente al respecto y mantengo mi opinión en la recámara—, para la mayoría del mundo El Juli, el matador de toros, no merece ningún honor.

El problema es que hay mucha gente que es idiota. Pero no idiota de bobo, de memo, de deficiente, que también los hay, sino de la segunda acepción: de indocto, de cateto, de ignorante. Eso se cura leyendo, y escuchando, y entendiendo que nosotros somos animales, y que los mamíferos somos más parecidos que diferentes, y que, si a ti te duele un cortecito «de mierda» en el pulgar, imagínate a un toro al que ensartan con una decena de útiles durante treinta minutos, o más.

El Juli (torero)

Ahora que eso de «matar animales» está en franca decadencia, parece ser que los taurinos están hasta en la sopa. Como el tal Fran Rivera, reconvertido en tertuliano de Espejo Público, siguiendo los pasos de Jesulín de Ubrique, que cuando se cansó de recoger las bragas de las viejas de pueblo, se lanzó a la gran pantalla, y también a la pequeña. Y Santiago Segura lo pintó de memo, pero con chanza, así que seguro que no salió ofendido el hombre.

Sin embargo, es una parte de nosotros aquella que ríe e incluso apoya las burlas de todos ellos: del tuerto que se dedica a dar manotazos a la policía sin que le pase nada por su condición, y de Francisco Rivera, que se atreve a calificar de «ataque» la retirada de subvenciones a la escuela taurina de Madrid mientras se le perdona pasearse con un capote y su hija frente a una vaquilla. ¿Pero qué le vas a hacer? Ellos no tienen la culpa tampoco: se han dedicado a clavar estoques, banderillas y puntillas a lomos de la tradición, y se les ha ensalzado durante décadas por ello.

¿Quién es el tonto aquí? Tras la concesión de otra Medalla de Oro en las Bellas Artes 2016 a un torero —a El Juli, en concreto— parece estar claro. En un país donde más del 58 % de la población directamente se opone (activamente) a la tauromaquia, donde la narrativa, la poesía, la música o los medios audiovisuales tienen que pelear con uñas y dientes por cada pequeña subvención; aquí, donde el debate se limita a mencionar cuántas ganaderías y cuántos puestos de trabajo dependen de asesinar animales en un ruedo: ahí queda todo; porque la muerte animal no es política, excepto para PACMA, y PACMA no es política, excepto para PACMA y algunas cientos de miles de buenas conciencias.

Juan José Padilla (torero)

Hablando de tontos y de memos, hoy termino con una anécdota. El otro día veía un vídeo de Frank de la Jungla (Wild Frank), que ya aclaro que no me parece ni tonto ni memo, ni inculto, y aunque lo pensase, con la diatriba de insultos y bilis que vomitó en los treinta y cinco minutos de YouTube, me lo iba a guardar: a ver si viene para España, coge un bicho de esos que no molestan a nadie para «toquetearlo» y termina tirándomelo a la cabeza.

Frank hablaba de veganismo, de animalismo y, sí, de toros; y aquí me sorprendió para mal. No porque crea que Frank, «el Salvaje» tenga mal fondo, sino porque pretendía que los antitaurinos ofreciesen soluciones a todo aquel detrás de la industria taurina: limpiadores, camilleros, doctores, ganaderos, transportistas, el tío que cuelga los carteles y su madre la de los bocadillos. Quizá es cierto que en Tailandia se viva como el culo: no lo sé, lo que sí sé es que, en ningún sitio, te viene el vecino a solucionarte la vida, y cuando no tienes trabajo, piensa por ti, lo organiza todo y te lo deja en la mesita de noche adornado con un beso paternal en la frente.

España avanza. Es indiscutible: España avanza porque el mundo avanza; igual que lo hizo Franco cuando ya no pudo esconder más dictadura y autarquía a Europa y a los yanquis, reuniendo tecnócratas primero, y haciendo crecer las ciudades bajo las espaldas de la inmigración interna. Pero sigue desangrándose por el camino, como siempre ha ocurrido; donde la sangre de un pueblo que aún se venda sus heridas, no deja ver la de animales nobles, que, en este caso, mueren en plazas y a cuyos maltratadores se les siguen otorgando medallas. A pesar de eso, España avanza. Pero lento. Demasiado. Eso sí, que nadie tenga los «santos cojones» de pedir que sigamos solucionándoles la vida, que el sueldo no da para más.

Una familia de bambú

Mucha gente me pregunta qué es el kendo. Cuando lo saben, me preguntan por qué practico kendo. Vienen a ver una clase y no entienden qué coño hacemos. Nos ven desenvainar un arma que no llevamos envainada en ningún sitio, nos escuchan contar en japonés, repetir miles de veces los mismos ejercicios; mencionar conceptos como kensen, seme, tame, isoku itto no maai, kamae, ki-ken-tai-ichi, tsuba-zeriai… y quién sabe qué más.

Nos oyen gritar onegaishimasu! sentados de rodillas sobre las plantas de nuestros pies, y hacer hasta tres reverencias: a los compañeros, al dojo, al sensei; saludamos hacia delante, y en la dirección en la que se supone que debería haber un altar también —pero ellos no lo saben—, y agradecer al resto de compañeros que han practicado con nosotros… Una gran mayoría ve ritualidad incluso, y no se equivoca; sin embargo, observa el rito con suspicacia, como si este escondiese algo, y no como un trazo repleto de trabajo y sinceridad.

Javier (pies; kendo) en seiza

Después, se marchan, y nunca vuelven. Como Almodóvar, que asomó la cabeza en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984)que ya es mucho, y cogió en un plano a Hiruma-sensei y a los veteranos de la época, que hoy, en su mayoría, ya no entrenan, practicando golpes básicos y kirikaeshi.

Lo que no todo el mundo alcanza a comprender es que, en el dojo, sus miembros, nosotros, nos convertimos en una familia: una familia de bambú; antes o después, el esfuerzo, la frustración, los errores, la práctica, y alguna lágrima incluso, nos ayudan a dirigirnos en la dirección correcta, aquella que anhelamos, el camino de vida que pretendemos… A vencer al miedo, la duda, la frustración, la falta de compromiso con uno mismo: en nuestro kendo, enfrentamos, por lo menos, cuatro enfermedades (kyo, ku, gi y waku), pero también en nuestras vidas. Sobreponerse dentro del dojo, sobreponerse a uno mismo, a tus carencias, va indefectiblemente ligado a hacerlo fuera.

kendo shinais (calentamiento)

La gente me pregunta por qué practico kendo: «Para ser mejor persona», contesto, y muchos ríen. Y nosotros nos despedimos, cerramos las puertas, y seguimos trabajando en ello, tantos días como es posible, tantas horas como podemos. Siempre.

El propósito de practicar Kendo es

moldear la mente y el cuerpo,

cultivar un espíritu vigoroso,

y, mediante la práctica correcta y rigurosa,

esforzarse para mejorar en el arte del Kendo.

Apreciar la cortesía humana y el honor,

relacionarse mutuamente con sinceridad,

y perseguir siempre el desarrollo de uno mismo.

Así, uno será capaz de

amar a su país y a la sociedad,

contribuir al desarrollo de la cultura

y promover la paz y la prosperidad entre todas las personas.

El día que encontré a Dios

El día que encontré a Dios es el vigésimo sexto relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

De joven, la idea de Dios me quitaba el sueño. ¿Dónde coño estaba Dios? ¿Y por qué había tanta gente a mi alrededor que escuchaba su voz, que conseguía dejarlo entrar en sus vidas, que le abría el corazón? ¿Cómo demonios alcanzaban esa gesta?

Para mí, Dios era un total desconocido, y el mejor voyeur de la historia. Había enviado a una paloma blanca a la Tierra, que también era él, con la que había preñado a una virgen; esa virgen había tenido un hijo, que también era él, y ese hijo, que era él, pero también humano, había muerto en la cruz, volviendo al Cielo, donde estaba Dios padre, que también era Dios hijo, y Dios espíritu santo, o paloma. Intenté señalar la decena de incongruencias que tenía esa historia, pero yo estudiaba en un colegio salesiano, así que solo conseguí que me castigasen demasiadas veces.

En mi infancia y adolescencia no descubrí a Dios, pero descubrí que la gente no quiere escuchar que sus creencias no tienen sentido. Por eso inventaron la fe, y ofrecieron una guarida a la metafísica más oscura que a todos nos aflige de un modo u otro. Yo quería creer en Orus y Anubis, o en Zeus y en Hera, en dioses olímpicos, o espíritus chamánicos: algo tremendamente guay para que las chavalas me viesen como a ese melenudo alternativo con barba precoz al que morrear.

Graffiti de Jesucristo

Durante años, intenté que la espiritualidad entrase en mi vida. El cristianismo era la religión perfecta tras el Concilio Vaticano II: Dios todo lo perdona, todo lo comprende, todo lo sana, y su iglesia ya no quemaba herejes, ni imponía creencias; todo lo contrario, con el aggiornamento, se había puesto al día. Y todo lo que la religión promovía era genial: del Dios colérico y vengativo, al Dios benevolente, y, ahora, al Jesucristo Colega. Ya nadie te estaba pidiendo que vivieses como el culo —salvo si eras gay, o querías abortar, o divorciarte, o follar con condón—, y tenías tu trascendencia asegurada en primera hacia los Cielos.

Pero no lo conseguí. Era demasiado absurdo para mí. Le gritaba para mis adentros: «¿¡Si me quitaste la posibilidad, por qué no el deseo!?», pero como era habitual, no respondía. Me quedaba horas y horas esperando una aparición divina, o, por lo menos, una aparición mariana —si él no podía bajar, que enviase a la Virgen—, pero nunca ocurrió. Siempre eran terceros los que habían encontrado a Dios, así que, como mucho, imaginé que sería como las brujas, que decía mi abuelo, y media Galicia: Eu non creo nas meigas, mais habelas, hainas.

«Pues será, iaio, será», le decía yo, y cambiábamos de tema, porque si hubo una persona en el mundo a quien yo no quise jamás despreciar ni molestar ese fue mi abuelo, al que conocí, que al otro lo aplastaron dos tranvías de esos que le gustaban tanto a Gaudí, y se fue con Dios.

En la adolescencia, abandoné toda esperanza, y cambié a Dios por el heavy metal. No fue el mejor trueque de la historia, lo admito: la salvación eterna a cambio de guitarras con distorsión, voces agudas y un potente bajo que acompañaba la percusión de la caja, los platos y los timbales. Todo lo que me caló fue el mensaje humanista de Jesús, y de don Bosco, que además era un saltimbanqui italiano de joven y hasta un santo en vida, o eso nos decían en la escuela. Pero no fue suficiente para retenerme: me pasé a Black Sabbath, y a Metallica, y a Iron Maiden, y, como con cualquier adicción, miré hacia cosas todavía más fuertes después.

Graffiti de Ganesha

¿Quién me iba a decir que, tras perder toda esperanza, encontraría a Dios? ¿Cómo imaginar que, como Dante y Virgilio, humanidad y razón, sería a través de una aparición mariana donde mi fe se fortalecería por un tiempo?

En resumidas cuentas, que me fumé un canuto.

A oscuras, de madrugada, en mi habitación de adolescente, entre nubes de verdegris, y con The Unforgiven de Metallica sonando en los altavoces, apareció ante mis ojos la prueba de la existencia de Dios, del Rey del Cosmos, del Creador. En mi mente brotó una idea prodigiosa, una idea que explicaba sin atisbo de duda por qué y debido a qué causa era necesaria la existencia divina para la creación. La conmoción se apoderó de mí, y tuve que verbalizar mis pensamientos:

—¿¡Tantos años buscándote y estabas aquí!? ¡Venga ya, no me jodas! —vociferé molesto.

Alguien abrió la puerta de la habitación. Asomó las napias y la cerró de nuevo. Al día siguiente, mis padres me dieron una charla sobre el consumo responsable. En aquel momento, anoté ese grial en una hoja de papel, y me quedé mirándolo durante un largo rato: asombrado, boquiabierto, feliz. Un par de discos más tarde, me tumbé en la cama y dormí hasta media mañana.

Al incorporarme no recordé nada de mi hallazgo nocturno, así que me levanté, fui al baño y me preparé un café con leche. Estaba devorando una magdalena cuando algo restalló en mi cabeza. Corrí a la habitación y busqué el papel con desesperación. Lo encontré debajo del cenicero y, por un instante, me sentí mal por aplastar a Dios entre colillas. Miré el grial en un recorte. Traté de leerlo. Probé a descifrarlo. Había olvidado la idea por completo.

Graffity de Bob Marley

Continué fumando canutos durante unos meses. Mis amigos nunca supieron con qué afán buscaba al Rey del Cosmos, ni el porqué. Yo quería salvar la religión católica, convertir a Jesucristo en un héroe de masas, regodearme en mi éxito, y luego ser absuelto por el Espíritu Santo, pero nunca ocurrió. Antes que después, abandoné toda esperanza y superé mi fase de adolescente porrero; terminé por olvidar a Dios, que escapó entre espesas nubes de humo.

Carta a mi hija Marta

Ayer, visitando a un amigo en el hospital, me pasó algo alucinante. Un hombre me explicó que se moría, que nadie de su familia lo sabía y que no podía hablar con Marta, su hija. Me preguntó que a qué me dedicaba, y le dije que estoy intentando vivir como escritor. Él me pidió que le escribiese una carta, pero allí no pude. Hoy, sí he podido.

Solo sé que se llamaba —putas casualidades— Javier, como yo, y que la quería para su hija, Marta. A partir de aquí, todo lo que vais a leer es invención propia (excepto que ese hombre tenía cáncer y que las principales ideas que articulan este texto me las explicó él), pero deseo que la imagen general llegue hasta Marta. El texto va para todo aquel y aquella que quiere vivir de verdad su vida, y aprender una lección que no siempre se aprende por las buenas. Pero, Carta para mi hija Marta va, sobre todo, para Marta.

Marta:

Escribo esta carta porque nunca he sido un hombre valiente. Por eso, hoy, 9 de febrero, he trazado unas ideas en un papel y se las he dado a un chico de unos treinta y tantos que venía a visitar a un conocido. Me ha prometido que llegará a vosotros, de un modo u otro, y no sé si será verdad, pero le he creído.

Me estoy muriendo. En triaje, lo sabía. En la sala de espera, lo sabía. Antes de la primera prueba, lo sabía. Mi cumpleaños es de aquí a tres semanas, y todos los médicos están convencidos de que no llegaré a celebrarlo.

Estoy solo. Muerto de miedo. Tu madre no sabe nada: sigue trabajando dieciocho horas al día por ese ascenso que nunca llega; tus hermanos no saben nada: son demasiado pequeños para darse cuenta de que estoy hecho una mierda. ¿Los yayos? ¿Mis padres? ¿Hermanos? Demasiado ocupados perdiendo su vida; exactamente igual que lo que estaba haciendo yo hasta que me ha tocado morirme, supongo.

Estoy cansado. «El cáncer ha crecido hacia los vasos sanguíneos o nervios cercanos. Se ha propagado hacia los ganglios linfáticos y a otros órganos»; te transcribo lo que pone en uno de los informes. ¿El oncólogo dijo G3? ¿Dijo carcinomas neuroendocrinos? Estoy hasta los huevos de consultar cómo me estoy muriendo por Internet, así que no lo haré mientras todavía pueda escribir. Sé que dijo que se propaga rápido, y que me chutará todo tipo de venenos para intentar retrasar el avance.

No es que no crea en la ciencia. En quien no creo es en ningún Dios todopoderoso. Pero ya es tarde: ¿qué sentido tiene vivir unas semanas más en una cama? ¿ahogándote entre vómitos? ¿despidiéndote como una carga para tu ocupada familia y como un esperpento para tus hijos?

Así que me he largado al bar del hospital. Ese que está frente a la entrada principal del Valle de Hebrón y he escrito estas líneas. En Jerusalén, el nombre alberga la tumba de los patriarcas —quizá recuerdas cuando te lo expliqué, y tú hiciste ver que te dormías de aburrimiento, hija—. ¿Aquí? El prematuro cadáver de otro fulano.

Todo me da vueltas. He conseguido sacar un par de folios y estoy garabateando sin pensar. Ya te lo había dicho, ¿verdad? A mi alrededor veo caras preocupadas que bajan a comer, y otras tantas de alivio. No sé cómo me veré yo; he ido al baño a mear y me he visto como siempre: con ojeras, con barba, y con demasiadas canas para los cuarenta y cinco… No me duele demasiado. La morfina ayuda. Hoy, ayuda.

Supongo que escribo esto porque quiero dejar algo de mí esencia aquí; algo que perdure unas horas, unos días, cuando yo me haya ido. El típico vídeo que le dejas a tus hijos para que vean al final de su adolescencia, para poder ayudarles a seguir adelante en este mundo de mierda; para mentirles, y decirles que todo estará bien, que podrán vivir felices, hacer lo que quieran. Pero ese vídeo no iba a llegar hasta ellos: por eso escribo, y le doy esta carta a un extraño. Mi mujer la tiraría a la basura antes de que me hayan metido en el nicho; o me encajarán en una tumba por absurdas creencias que jamás compartí, pese a mi deseo expreso de una rápida incineración. Da igual. Tampoco lo voy a ver.

Dicen que quien agoniza suele arrepentirse de cinco cosas cuando ya no hay vuelta atrás: de no vivir fiel a sí mismo, de trabajar demasiado, de perder el contacto con los amigos, de no expresar sus sentimientos y de no elegir felicidad. Algunos parecen estar indefectiblemente ligados a los otros, ¿no crees?

No es que me arrepienta de todo, pero se me ocurren demasiadas cosas. Me arrepiento de haber seguido con tu madre por vosotros, y haberos perjudicado con mi egoísmo y mi cobardía; de casarme, porque era lo que se tenía que hacer, y de contentarme con ese trabajo de mierda como profesor que nunca quise aceptar, creyéndome mejor que eso, y nunca jamás demostrándolo. También me arrepiento de que terceros monopolizaran mi vida, y de creer que esta sería larga y habría tiempo para todo. Recuerda siempre que vivir es una elección constante, y que nada es eterno más allá de los instantes perfectos que podemos conservar en la memoria.

Tampoco me gustaría que estas líneas sonaran en tu cabeza como consejos de un idealista que ya no tiene tiempo ni para soñar, ni para resignarse; sé muy bien que la vida es dura, que hay que hacer sacrificios, que no todos conseguimos nuestro trabajo soñado, ni a aquel chico o chica que es perfecto a cualquier distancia —ahora que me marcho, supongo que ya no tendré que preocuparme por los que te van detrás: ten cabeza para saber decir no también.

Hemos construido un mundo donde hay ricos y hay pobres, y ahí ya se percibe el primero de muchos problemas. Pero ni los malos humores, ni el sacrificio, ni las cosas que odiamos son tan malas si no nos traicionamos a nosotros mismos: si peleamos por lo que queremos, si vivimos como queremos, si somos consecuentes con nuestros anhelos y aspiraciones.

Por favor, no leas esta carta como el sueño de un moribundo. Léela como el deseo de un padre para que su hija —sus hijos, cuando tus hermanos tengan la edad suficiente— no cometa los mismos errores, para que aprenda a aprovechar su vida, sea corta como la de su padre o larguísima como seguro que será. Otros intentarán que te traiciones a ti misma, que te conformes, que no luches por todo aquello que deseas alcanzar, pero no lo hagas; recuerda que ese camino lleva a donde yo estoy ahora. Cada día es un regalo para perseguir tus sueños o para apartarte un poco más de ellos, así que elige bien, y no hagas demasiado caso a este mundo hipócrita que nos ha tocado vivir.

Vuelve a leer aquel libro de Kerouac que te regalé, y recuérdame en aquellas palabras que no definieron a tu padre, pero que ojalá lo hubieran hecho; aquellas que decían: «La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas.»

Te quiero, y espero tener el valor de decírtelo un centenar de veces cuando vuelva a casa. Al igual que tus hermanos, que no me entenderán, y a tu madre, quien no sé cuándo dejó de ser mi amiga, y la chica de la que me enamoré, y que siempre he esperado a que volviese, sin salir a buscarla. Si no es así, si no puedo hablar, perdóname esa última cobardía con esta carta.

Et tu quoque, Brute, fili mi!

Dickens nunca más volvió a caminar. De su historia podían haber hecho un triste relato brevísimo, como aquel For sale: baby shoes, never wornpero decidieron pelear con uñas y dientes por darle una segunda oportunidad.

El milagro fue cosa de Let’s Adopt. Expertos en reírse de lo imposible, en convertir una historia en leyenda; en salvar a quienes se han ahogado en la maldad de terceros… Dickens fue un milagro; otro más. Y los milagros necesitan de finales felices para sus propias historias.

Dickens tuvo su propio final feliz: nunca volvió a caminar con sus patas traseras, pero encontró una isla mágica, que un día también me acogió a mí, de momentos felices, de instantes de eternidad, cimentada en verde y limitada en azul, que le ofrecía atenciones, cariño, sonrisas y amistad. Así son las historias para estos perros, llenas de color y de vida; o así deberían ser por siempre, repletas de intentos con los que tratar de borrar una parte de todo el negro que vivieron antes.

Dickens (Let's Adopt Spain)

Cuando Julio César fue asesinado en el propio senado —lo que constituía un sacrilegio a ojos de los dioses y del derecho romano—, allí se habían citado algunos de sus hombres de confianza, como Bruto y Casio, y antiguos lugartenientes en el campo de batalla, como Trebonio y Décimo Bruto, que traicionaron la confianza de su líder. Pero quizá César, que había esquivado cientos de acometidas en el campo de batalla, había buscado con su autocracia alguno de esos puñales en Roma.

Dickens, por el contrario, solo es un perro; un perro con parálisis trasera, que ni forjó una leyenda en vida ni se convirtió en una, que tuvo su tiempo de tristeza, y se recuperó una segunda vez, y que solo quería lo que consiguió: una familia, una mano amiga que le ayudase a moverse con su silla, y un hogar de caricias generosas.

No sé si por un tiempo lo tuvo. Pero cuando la avalancha mediática pasó, cuando el trabajo y la rutina superaron a las ganas y al esfuerzo, cuando surgieron otras preocupaciones, el amor que Dickens podía darles —a ellos, a su familia, a su hija— no pudo competir; entonces, una excusa cualquiera valió: el tiempo, el dinero, los cuidados, un cáncer en la familia… Demostrando que, en este país, no puedes dar margaritas a los cerdos —pobres cerdos, y pobrísima comparación, disculpadme—, que falta sensibilidad, y comprensión, y no se entiende que un perro no es un objeto, que no es un juguete, que es parte de la familia, y que te necesita.

Antes o después, la historia de Dickens terminará bien. Encontrará un verdadero hogar, una mano amiga, un apoyo: una familia. Por quien siento verdadera tristeza no es por el perro, que ha demostrado su fortaleza una y mil veces, sino por quienes han renunciado a él, por esa pareja cobarde que no ha querido luchar, y que tendrá que aprender a vivir con ello, y por la niña, en quien han sembrado una horrible lección que, antes o después, germinará.


Podéis seguir la historia de Dickens (y ayudarle) a través de este enlace al Facebook de Let’s Adopt España. Recordad que también tienen web.

El último whisky de Rita

Murió Rita Barberá, y el Partido Popular tardó escasos minutos en lanzar todo tipo de acusaciones contra la prensa española: que si había sido linchada por los medios, víctima de una caza de brujas, y quién sabe qué más. Aquellos que la patearon del partido, la empujaron al grupo mixto y le negaron hasta el saludo, también fueron los primeros en tildarla de «gran española», «gran política» y «gran persona».

El domingo algunos medios se hacían eco de la autopsia de Barberá, recogiendo la verdadera causa de su muerte (una cirrosis de caballo), y no un fallo cardíaco debido al estrés y a la presión mediática. Quién sabe si Rita estaba estresada (tendría sentido, desde luego), lo que es indudable es que lo aliviaba entre destilados.

En la distancia, puede decirse que la estrategia de la mártir funcionó. Para todos, menos para Rita. Pero a Rita poco le importaba ya el Partido Popular, España, o cualquier otra cosa, así que los populares, tan castizos como centristas, adoptaron aquel dicho popular tan célebre del muerto al hoyo.

Barberá y Rajoy (fallas)
Un ninot de Rita Barberá y Mariano Rajoy en Fallas.

«Morirte no te da la razón», decía, Ignacio Escolar, director de Eldiario.es, pero al PP le dio tiempo. Tiempo para beatificar a Rita, para atreverse a intentar cambiar la mentalidad de la opinión pública, que había osado acusarla, con pruebas, de prevaricación, de corrupción, de blanqueo de capitales. ¿Cómo es posible que Rita, a quien entre todos le rompimos el corazón, fuese una mala persona?

Desde su óptica, además, la óptica de grupo, de cohesión, de familia, Rita Barberá no era una mala persona. Si acaso, demasiado imprudente para seguir formando parte de esa gran familia española de centro-derecha tras los escándalos. La número tres del partido había visto demasiado en Génova como para comprender a qué venía tanto lío. ¡Con tantos casos de corrupción, y vienen a llamar a mi puerta!, pensaría.

Pero Rita Barberá, pese a su ceguera, nos dio una lección complementaria a la de Pacino (Si la historia nos ha enseñado algo es que se puede matar a cualquiera), y es que la muerte, esa gran desconocida de la que casi nunca hablamos, tiene un gran poder en nuestras vidas. ¿O acaso Rajoy, Villalobos o Catalá salieron ayer, lunes, a pedir perdón por sus acusaciones a los medios de comunicación? Claro que, si vivos, la regeneración democrática de un partido no pesaba lo suficiente, imagínate muertos.

Balandro de diez cañones

Balandro de diez cañones es el cuarto relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Se imaginó acariciando la arena de las playas de Port Royal. Allí donde las palmeras sujetaban, días atrás, el trinquete, el mayor, el mesana y el bauprés para facilitar el carenado de su embarcación. Tras el terremoto y el incendio de 1704, el gobernador se había largado a la ciudad de Spanish Town, y el comercio se trasladó a Kingston, pero él seguía siendo leal al primer puerto que conoció en el Nuevo Mundo. Mientras la Corona británica estuvo de su lado todo fue bien, pero la Compañía de las Indias, e incluso el rey, resultaban figuras difíciles de respetar desde el Caribe y, antes o después, Londres debía advertirlo.

Bajo el mando de Charles Vane, Jack Jones había prosperado, fornicado con todas las putas de Bahamas a Tortuga, y guardado lo suficiente como para adquirir un balandro de diez cañones, muy similar al comandado por Barbanegra hasta su captura y fin. Había hecho enemigos, ¿y quién no? El capitán del Bloody Boon pensaba en todo ello mientras sorbía una jarra de grog en el Sangre y Salitre, la taberna más antigua de Nassau. Aquella era la noche del fin del mundo en la Sodoma del mil setecientos, la noche del hostis humani generis; la noche en la que las noticias llegaron a la isla de Nueva Providencia, y, de allí, hasta la pequeña ciudad pirata que componía su centro neurálgico.

Alguien tomó asiento frente a él. Era una mujer, pero no cualquier mujer. Anne Bonny arrojó su sombrero de fieltro contra la mesa y dejó un papel apergaminado frente a él: una letra de cambio.

Anne Bonny (Black Sails)

—Ha llegado la hora —dijo entre dientes. —Pero tendrán que ser quinientas de a ocho.

Jack negó con la cabeza, y dio un trago a su copa. Bonny, quien no era precisamente conocida por su falta de temperamento, palmeó la mesa con ambas manos y se incorporó, maldiciendo entre dientes. La oferta era buena, pero Jack sabía hasta dónde podían tensar la cuerda con Calicó y Anne.

—Setecientas cincuenta piezas. Cien por adelantado —dijo.

Anne siseó algo ininteligible, y asintió. La taberna había quedado en silencio a su entrada, y Goodman, uno de los oficiales del Ranger, parecía visiblemente molesto tras el acuerdo; era mucho menos de lo que ella y Calicó estaban dispuestos a ofrecer al capitán Jones, pero ¿quién sabía eso excepto ellos? Tampoco se trataba exactamente del pago por el arrendamiento del balandro de Jones y su tripulación, compuesta por treinta y seis hombres, sino por la posibilidad de llegar a repartir a partes iguales el tesoro de Nuestra Señora de Atocha.

El mero pensamiento hizo que las cosas se tensasen, inmediatamente después de que la pirata desapareciese por las puertas de la bodega. Dos hombres de la antigua tripulación de Vane adelantaron sus pasos desde una de las esquinas hasta Goodman, chismorrearon unos minutos y cargaron contra la mesa de Jack.

—¿Qué tienes tú de valor si te colgamos de un mástil para que coman las gaviotas y nos quedamos con tu barco? —interrogó uno de los compañeros de Goodman, un tipo bajito y flaco con una gran cicatriz donde un día estuvo su ojo derecho.

—Sigue hablando así, y lo descubrirás cuando te arranque el ojo que te queda y me lo coma, sabandija —escupió Jones. —¡FUERA de mi vista, perros de mar!

Alrededor, los parroquianos se hicieron a un lado, comprendiendo, de inmediato, que esa no era su lucha. Goodman desenvainó un sable, pero el cuchillo corto del capitán llegó primero y consiguió clavar la mano de su agresor en la mesa de madera que había frente a ellos. Un alarido de dolor acompañó al golpe de jarra que asestó, de improviso, a uno de sus compañeros; este cayó al suelo con una ceja abierta de par en par. El tercero abrió fuego con su pistola, y alcanzó en un hombro a Jack, quien contuvo un chillido sordo y desenvainó su alfanje español para acometer un tajo certero en el cuello del tirador: cayó herido de muerte en el acto. En ese instante, se incorporó del suelo el primer atacante, y recibió un balazo de Bonny por la espalda, que había dado media vuelta al percibir el alboroto.

—¡Zorra engreída! —clamó Goodman, alcanzando un puñal que había en su pechera y embistiendo contra la irlandesa.

La pirata pateó un taburete que alcanzó la entrepierna del agresor, pero no consiguió detener su acometida; seguidamente, esquivó un par de estocadas, si bien no pudo evitar un profundo tajo en el cuello. Cuando Goodman volvió a abalanzarse contra Bonny, esta esquivó la estocada al estómago, y pateó con fuerza la entrepierna del pirata. A toda velocidad, se escabulló hacia uno de los lados, y atizó un golpe seco con la suela de la bota contra la rodilla de su asaltante, quien se derrumbó contra el suelo gritando de dolor. Una docena de cuchilladas en el pecho terminaron con su sufrimiento, pero la sangrienta Boon, siguió, y siguió…

***

Cayó el telón de la noche, y se abrió de nuevo, en rojo ardiente, para dar la bienvenida al día. Todos los asistentes pudieron ver los sonidos del mar, mientras el Bloody Boon y el Ranger, ya comandado por Jack Rackham, terminaban de cargar provisiones. El chirriar de las cuerdas de cáñamo y las cajas que se perdían al cruzar la silueta del navío, precedían la partida.

El capitán Jones miró hacia Calicó, que daba órdenes al contramaestre; al percibirlo, Anne le saludó a lo lejos, y Jack le devolvió una extraña mueca, producto del nerviosismo que esa mujer le producía. ¿Cómo explicar aquella atracción que había sentido siempre por ella? Y Calicó Jack lo sabía: su homónimo era un cabrón retorcido; por eso había por eso había mandado a Anne a entrevistarse con él… Hundido en el interior de ese ensimismamiento, Jones no advirtió cómo el cocinero chocaba contra él, derramando uno de los barriles de agua que cargaba con el Flaco Smith.

—¡Mis disculpas, capitán! —exclamó con toda la sinceridad de la que fue capaz de proveerse el cocinero. Jones gruñó, maldijo, y lo dejó pasar.

Black Sails (playa)

Finalmente, el Bloody Boon y el Ranger estaban listos para zarpar. Por alguna razón, Jack Jones echó una mano al bolsillo donde había guardado hasta entonces la letra de cambio y recordó unas palabras que había oído en Nassau durante su primera estancia: «Es curioso. Aquellos que más han hecho por provocar un motín, son siempre los más sorprendidos cuando este estalla». Empezaron a desanudar los cabos, y, en un instante, cayeron en la costa junto a sus hombres de confianza: William Abbot, John Abrahamson y Kipp “Bones” Cooper.

Jones suspiró, y encajó varios disparos de tres pistolas de chispa por la espalda. Calicó rio, y salió de escena, perdido en la sección del balandro que su antiguo capitán alcanzaba a ver desde el suelo. Anne se inclinó junto a él y le susurró algo al oído; después lo besó profundamente y lo miró con cierta tristeza en los ojos antes de dispararle un tiro en la sien. El capitán dejó caer la mano contra la tarima, y quedó inerte, mientras la sangrienta Bonny, Calicó Jack y el resto de la tripulación a la que habían convencido en el segundo acto partían hacia una nueva aventura.

Todavía se podían escuchar los sonidos del mar y una famosa canción dedicada al capitán Kidd cuando Jack Jones, Rackham y Bonny salieron junto al resto de los actores y figurantes a saludar al público del auditorio. El telón rojo subió y bajó varias veces, y los asistentes se deshicieron en aplausos en la vigésimo quinta representación de La muerte del capitán Jones.

¡Muera la inteligencia! ¡Que viva el azúcar!

Cuando Springfield es nombrado el pueblo con más gordos de todo el país, se inicia una cruzada anti-azúcar a la que solo conseguirán poner fin Homer y Bart con la inestimable ayuda del señor Burns, el conde Chócula y otros pocos valientes. El episodio contempla los dos extremos: la azucaritis del mundo, junto a los intereses económicos de las grandes azucareras, y la antiazucaritis de Marge, que se inicia al comprobar el consumo excesivo de toda la localidad. A grandes rasgos, eso es lo que nos ocurre a la mayoría: sabemos que no son sanos, que ni tan siquiera son lo que dicen ser, pero son tan rápidos de consumir, tan accesibles…

Conde Chócula y Homer (Los Simpson)
El conde Chócula, anhelante de azúcar, junto a Homer Simpson.

Ayer, la web Xataka se hacía eco de una iniciativa surgida en Latinoamérica (#etiquetareal) que lucha por un etiquetado más transparente frente al consumidor y que, esta última semana, se ha visto reforzada por un meme de Nutella. En esta imagen se podía ver cómo los ingredientes de la famosa crema de cacao, no alcanzan un 25 % del producto entre las nueces y las avellanas. El resto, leche desnatada en polvo, mucho azúcar y aceite de palma.

El equipo de Xataka ha recreado la misma acción de Geoff Teehan con otras composiciones de alimentos típicos de supermercado: como el paté, la crema de champiñones o la leche de avena. Su intención es mostrar que no comemos los alimentos que creemos comer, sino derivados; que la crema de bogavante de Knorr a casi tres euros, es puro almidón con un 0,5 % del producto que le da nombre; lo mismo que las leches vegetales, los snacks de media mañana o las bebidas detox.

Si mal pensáramos, quizá se nos ocurriría que eso no parece del todo legal. Algo así como vender un Ford Fiesta por un clásico Ferrari F40 tras haber conseguido encajar una de las llantas del deportivo con sangre, sudor y lágrimas. En este caso, nos sorprenderíamos y mandaríamos a tomar viento al vendedor, quien no probaría a encasquetar una chapuza similar a un tercero. No obstante, eso es exactamente lo que está haciendo la industria alimentaria, porque puede. Porque creíamos que esas empresas con nombres tan majos como Gallina Blanca, Maggi o Dr. Oetker querían facilitarnos la vida, pero se nos olvidó pensar que eso no es lo que hacen los lobbies. 

Etiquetado real de la crema de champiñones (Xataka)

Resulta tan sencillo como leer el dorso e indignarte, ¿pero quién lo hará? ¿Quién es el valiente que conseguirá pasar de la etiqueta y llevar las manos hacia el reverso? Y de aquel pequeño grupo que lo haga, ¿quién tiene tiempo para prepararse una crema de champiñones? Claro, esta no estará tan rica como la otra, pero es un minuto, en un paquete, ensucia poco, y eso de cocinar es tan siglo veinte…

Cuando Millan-Astray entró en el salón de actos de la Universidad de Salamanca, un Unamuno con los cojones cuadrados le espetó: «Venceréis, pero no convenceréis», y salvó un pequeño reducto de España; pero (todas) estas empresas, que no son tan buenas como creíamos, y no juegan según las mismas reglas que el resto, aprendieron la lección de aquellos fascistas del treinta y seis; por eso, primero te han convencido de que eso es un caballo y no un burro, y luego te lo han vendido.

Isabel de España

Era yo un crío, pero algo ya me chirriaba con aquella sesentona de los noventa que juntaba en el Telecupón a ovejitas, deje andaluz y su gracia para encantar a la pantalla y a millones de hogares cada noche. De «pivonazo» de época, de actriz, cantante y presentadora, a Carmen de España. En Hollywood, María del Carmen García llegó a ser, tras Rey de reyesCarmen Sevilla, aglutinando a una ciudad entera bajo su figura, y haciendo un gran bien a las viejas del visillo, y a los feos y las feas, que pudieron verse proyectados, y en la capital del mundo audiovisual, a través de la niña del Heliópolis.

Pero Carmen Sevilla era mucho más para España, y no todo bueno. Carmen Sevilla llegó a ser Carmen de España, y recogía lo virtuoso, pero también lo rancio; recogía la gracia, y también la ignorancia de un pueblo entero, aunque fuese desde el flanco de los ricos, a quienes les comercializaba colonias, y galas televisivas, y productos de grandes multinacionales, como Philips o Coca-Cola, que ella ha olvidado, y ellos seguro que le han devuelto el favor.

Pablo Motos e Isabel Pantoja

Ahora, lo más cercano que nos queda de aquella época, de aquella Carmen con la que soñaban en la cama nuestros abuelos, y de aquella faraona que quería que le pagásemos sus deudas con Hacienda, es la Pantoja, recién salida de la cárcel y on tour, tras unos meses de descanso, para explicarnos cuán feliz vuelve a ser, qué enamorada está de España entera y cómo se prepara un falso directo de esos que le gustan a todo el que se chupa El Hormiguero del Motos.

De la cárcel no hablaron, porque eso España se lo ha perdonado. No hablaron, porque otro, o un servidor, se pudriría durante décadas, pero no Isabel de España; ella es un ejemplo de madre, de persona y de artista (de esto último puedo estar de acuerdo, pese a no ser fan). Pablo Motos le dijo, textualmente, y para que aquello no empalagase más de la cuenta: «¿Sabes que hay mucha gente que no quiere que estés aquí?» Pero la Pantoja se reía, porque sabía que no era verdad, porque nunca hubo un  share igual en el programa, porque ella es Isabel de España, y España la tiene porque la merece, de principio a fin, en lo bueno, y, sobre todo, en lo malo, en todo lo que se le perdona, y se le exculpa, en todo lo que refleja la corrupción, el catetismo y el pan y el circo. Porque ayer se arregló un país; porque esto es lo que necesita España; porque España no va mal, solo que a la pobre de Carmen se nos la llevó el alzhéimer, y eso no hay youtubers, ni Internet, ni casi nadie que lo arregle.


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