Todas las caras del veganismo

Esta entrada será absurda, impopular y difícil de entender. Por todo eso, en mi mente, se plantea como un texto profundamente coherente, pero también una (posible) fábrica de palos. La razón fundamental de la misma es que, estos últimos meses, mucha gente me ha escrito para hablarme de cómo el libro o algunas entradas del blog le han hecho replantearse sus modos de vida e incluso sus más profundos valores morales, y también me han dicho: «¡Ya soy vegetariano como tú!», o «¡Me he vuelto vegana!», o «¡Apoyo al máximo el consumo de carne ecológica!» y cien respuestas distintas más.

De algún modo, me enorgullece ver que lo que empezó hace algo más de dos años con entradas sobre animalismo ha conseguido alcanzar tantas conciencias y de un modo tan distinto: desde el maltrato de animales domésticos hasta cambios en la alimentación de muchos de los lectores y lectoras del blog. Pero hay un malentendido que no me gustaría que se perpetuase, y es que yo no soy vegano (si me tengo que definir, supongo que soy vegetariano casi estricto); y no soy vegano por tres razones fundamentales: la primera, porque tengo perros y gatos en casa; la segunda, porque he trabajado y colaboro con asociaciones de perros de terapia; la última, y para mí la menos importante de todas ellas, porque, en algún momento, como huevos de gallinas de alimentación ecológica.

Joaquín Secall (plaza Matadero; santuarios)

Ser vegano y sus matices

Asumimos de manera automática, sin pensarlo, sin cuestionarlo, que hay un criterio moral para el Homo sapiens y otro diferente para el resto de animales. Eso es el especismo.

Richard Dawkins (etólogo, zoólogo y biólogo evolutivo)

A menudo, algunas personas que adoptan una alimentación vegana consideran que el veganismo es una opción alimentaria libre de todo tipo de sufrimiento animal. Sin embargo, olvidan parte de la filosofía que existe tras la misma, en especial, respetar la vida y la individualidad de todo ser sintiente, rechazar toda forma de especismo y de uso (no solo abuso) de animales —no del conejo que no quiere participar en experimentación animal, sino también del caballo que no quiere ser montado, o el perro de terapia que no quiere trabajar, por ejemplo; también del mosquito que molesta por la habitación, la ciudadana de Sri Lanka que no quiere ser explotada en una fábrica textil o la contaminación de un arrecife de coral.

Yo no puedo ser vegano porque, hoy, y ahora, difiero en algunos de estos puntos básicos. El primero de todos ellos, es el especismo: desde mi óptica, todos somos especistas, y debemos luchar con uñas y dientes por no serlo, pero como bien explico en De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), nuestra empatía depende de la cercanía con el animal —aquí hay un poso biológico, y también una gran carga cultural— y nuestras acciones están sujetas, en cierto nivel, a la estructura mercantil del mundo en el que vivimos: todos necesitamos un teléfono móvil, y vestirnos, y viajar.

Antropocentrismo vs. realidad

Así, abrazar el veganismo no puede ser complementario a convivir con mascotas carnívoras, como el perro o el gato, y ni tan siquiera a tener mascotas en un entorno delimitado, sea urbano, periurbano o rural, puesto que se mantendría un implícito, por el cual tenemos un animal por el valor que aporta a nuestras vidas, obviando su individualidad y su propia autonomía(1).

Esta es una de las razones por las que no soy (filósoficamente) vegano , y es que me chirría esta definición. Porque, ¿podemos ser veganos? Me explico. Durante casi 30.000 años, los perros nos han acompañado en nuestra vida diaria, y durante unos cuantos miles menos, también los gatos; durante más de 10.000 años hemos domesticado especies y seleccionado rasgos para nuestro bienestar. Las gallinas que ponen un huevo diario (y no una veintena al año), las vacas que, preñadas, ofrecían más leche, los cerdos o los toros a los que se les ha robado su fiereza; todos ellos necesitan de nosotros. Por desconocimiento e interés, hemos creado un mundo de matices horribles, y la ganadería intensiva solo es un capítulo más de esta historia. Pero todo ello no cambiará de la noche a la mañana, ni se borrará en el momento en el que cerremos los ojos.

La extinción del modelo

Los bienestaristas afirman que los animales no tienen, en sí mismo, un interés en no ser esclavos; ellos solo tienen interés en ser esclavos «felices». Esa es la posición promovida por Peter Singer, cuya visión neo-bienestarista se deriva directamente de Bentham. Por lo tanto, no importa moralmente que nosotros utilicemos animales, sino únicamente cómo los utilizamos. El tema moral no es el uso, sino el tratamiento.

Gary Francione (profesor universitario y escritor)

Las alternativas del no-consumo son el mejor camino que cualquier persona concienciada puede escoger hoy, pero eso no cambiará el hecho de que haya una industria de consumo colosal que engaña, oculta y es apoyada aún por un alto porcentaje de la población. Tampoco que esos animales domésticos requieren leyes para su pervivencia fuera de esta maquinaría de muerte, pero no pueden vivir todos en santuarios. ¿Y qué hacemos además? ¿Dejamos vivir a los animales de granja y condenamos a las mascotas? ¿Pueden los animales domésticos volver a un estado salvaje? Evidentemente, no. ¿Y qué hacemos con todas esas especies de las que somos responsables de haber domesticado? Quizá este es el punto más peliagudo de todos, y, por supuesto, hay cientos de opciones (mejores que la actual) que podríamos llevar a cabo para minimizar o llevar a cero todo el sufrimiento derivado, pero la extinción completa del modelo, todavía no es una de ellas.

Pero no nos vayamos tan lejos, porque incluso con nuestros principales animales de compañía hay un grave problema. Todos esos pastores alemanes, border collie o labradores que tienen que recurrir a trabajo diario de obediencia (o agility, o mantrailling, o discdog…) por parte de dueños responsables, a largas caminatas y a un modelo de vida que consiga, de algún modo, paliar las actividades principales que llevan dentro de sí: pastoreo, vigilancia, cobroPodemos cambiar el mundo, pero no el genoma de nuestros perros. Y preguntarse por qué deberíamos hacerlo o no hacerlo, no tiene sentido, porque no es algo que se pueda modificar en veinte años, sino que se requerirían otros miles.

Javier y Argos
Argos y yo en un curso de obediencia avanzada en 2015.

En esta misma línea, el trabajo de animales de asistencia o de terapia tiene para mí otras complicaciones éticas —la peor de todas, aquella que pone en peligro la vida del animal en misiones de los cuerpos de seguridad—, pero, excepto en algunas de estas misiones, en mi experiencia, ninguno me ha resultado dañino para este, y sí enriquecedor a muchos niveles (el perro «trabaja» y se divierte, aprende, consigue mejorar sus recursos cognitivos, ayudar a terceros…), si bien la filosofía vegana creo que nos diría que ese «uso» del animal constituye un «abuso» por nuestra parte. Yo no puedo estar de acuerdo. Desde la misma domesticación de los cánidos, el perro —y el gato— se acerca al ser humano en la misma medida en que el ser humano le necesita, y viceversa.

Junto a todo lo anterior, hay una serie de supuestos o etiquetas que también suelen ir unidas, y que, a menudo, me parece coherente que así sea. Por ejemplo, salud y una buena alimentación (y, hoy, se puede conseguir esa buena alimentación sin consumo de animales, pero no olvidemos que hace treinta o cuarenta años, probablemente no); también productos km. 0, ecología, consumo sostenible… Son todo tipo de causas que, normalmente, se relacionan con formas de vida veganas o vegetarianas, y todos aquellos que tratamos de mejorar el mundo, de un modo u otro, tenemos que revisar, constantemente, todas estas facetas que afectan a nuestras vidas, sin olvidar que, ni mi vida, ni tu vida, son una simple etiqueta.

Arrecife de coral
Fotografía de un arrecife de coral.

Por eso, mi primer libro animalista está escrito como está escrito, y creo que esa es la bondad del mismo: que solo muestra, y nunca impone; porque no existe una verdad, sino cientos de miles (2), así como caminos para cambiar el terrible escenario en el que hemos convertido nuestro mundo. Quizá hay personas optimistas, que creen que el camino pasa por la inmediata liberación animal y otros que creemos ver que la historia, incluso hoy, niega la posibilidad de acoger un camino que no pase por una primera fase de bienestar.

Tenemos que ser lo suficiente maduros para querer cambiar el mundo y, a la vez, entender que nuestras acciones individuales suman muy poco en el conjunto: y este debe ser un contratiempo que lejos de restarnos fuerza, debería impulsarnos a buscar apoyos a nuestro alrededor. A encontrar la forma de ser parte de la solución, y no del problema; y de comprender que hay cuestiones intrínsecas en la estructura del mismo a desentrañar, y que tenemos la obligación de hallar la forma de lidiar con todo el horror que se genera a nuestro alrededor, de conseguir un cambio responsable, y de, un día cada vez más próximo, alcanzar la mayoría, puesto que en minoría no hay legitimación (social) posible.


(1) Otra cuestión importante es cuánta autonomía tiene ese animal una vez ha sido domesticado por el ser humano, puesto que los rasgos de muchas de estas especies han sido seleccionados para conseguir individuos menos agresivos, confiados y útiles en nuestras sociedades (sea, en su momento, para desplazarse, para alimentarse o como guardián), pero también restándoles independencia.

(2) Si bien, la mayoría empieza por minimizar o extinguir el sufrimiento animal, donde recordemos que el malestar humano está implícito, en especial, el de aquellas poblaciones desfavorecidas de las que nunca hablamos.

Nota: también creo firmemente en el problema que supone la industria alimentaria, la cosificación, producto del especismo, y el neoliberalismo económico: sobre todo en lo que se refiere a la aplicación, y las trabas, de una Ley de Protección Animal. Por el contrario, no considero que el consumo bajo o moderado de huevos sea aquí el principal problema —los lácteos son otro cantar, y, aun así, creo que sería necesario matizar la importancia que tiene el modelo industrial, que, en la mayoría de los casos no es más que un conglomerado que acoge la producción de carne, cuero y lácteos—, ya que es un derivado directo de la industria; sin embargo, para que esta afirmación no induzca a error, permitidme desarrollarlo durante el mes de febrero en un artículo complementario, puesto que no se trata de una visión simplista del tipo «comer esto está bien, porque el animal no muere» y, además, resulta una gran fuente para abrir debate y generar opiniones.


De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Este es un texto original creado para Doblando tentáculos. Si te ha parecido interesante, quizá quieras adquirir en papel o en eBook De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), mi primer libro de temática animalista que trata estos y otros muchos temas similares. ¡También está disponible en Amazon!

Entrevista en Luces en la oscuridad

Ayer, estuve hablando sobre De cómo los animales viven y mueren con el periodista Pedro Riba y su equipo de Barcelona en el programa Luces en la oscuridad. Aquí tenéis un enlace al podcast por si queréis escucharla: charlamos, principalmente, de nuestra relación con el resto de animales y las consecuencias que esto tiene para el planeta y para nosotros mismos. ¡Espero vuestras opiniones tras mi primera experiencia radiofónica!

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Una muerte mecanografiada

‘Una muerte mecanografiada’ es el vigésimo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Lo habían hecho. Sin ninguna de aquellas entrometidas enredando, con sus insulsos «clic, clac, cluc» de serie. El encargo se encomendó solo a tres de los sujetos que traqueteaban a las afueras del vecindario: no era un barrio muy extenso, y allí, de un modo u otro, todos se conocían, así que lo mejor era intentar llevar el asunto con el máximo celo.

Fue un viernes noche, cuando el interventor de las grandes manos dormía, o había salido a tomar una cerveza entre amigos. Lo habían estudiado al detalle con anterioridad, diseñado con ternura incluso, con mimo, sin dejar nada al azar. Sería corto, breve, fulminante; un entrar y salir donde la conmoción y el asombro de la víctima jugarían un lugar fundamental en la misión.

Relato noir, como un crimen mal mecanografiado

Se encargó la tarea a tres individuos de dudosa fama: O., L., y el más esquivo de todos ellos, el señor Ñ. El montante se dividiría en dos: T., el mayor beneficiado del cambio de roles frente a la damnificada, había accedido a ofrecer unas merecidas vacaciones a los tres esbirros y, además, el mismo crimen les legaba a todos ellos un indiscutible desahogo. Entonces, ¿cómo imaginar lo que iba a suceder a continuación?

Mas la faena salió bien. Ella agonizó en el suelo, defenestrada a varios metros del escritorio, ofreciendo al mundo un último gemido, resquebrajada y moribunda; rota. Sin saber ni haber conseguido leer en el rostro de sus verdugos cómo alguien se había decidido a destruir todo lo que ellos eran juntos; el crimen quedaba en la familia, y ese era un infausto consuelo.

Tras el fratricidio, los ánimos se fueron calmando camino hasta Barra horizontal, entre la Quinta y la Sexta. Al llegar al vecindario, T. se negó a formalizar una justa retribución; confiado, no tardó en intentar cambiar los términos del acuerdo, algo que cabreó sobremanera a O., quién lo arrolló súbitamente, incrustándolo contra un vecino cercano que estaba allí detenido desde el inicio de la charla. Tres contra uno, y se unió al funesto destino de la anterior víctima en menos de lo que costaría escribir esta línea.

Cuando surgió la figura del celador de las grandes manos, ya había dos cadáveres. Él, sin concebir qué demonios había ocurrido allí, solo lanzó una demanda al aire:

—Y, ahora, ¿cómo cojones sigo escribiendo?

¡Dejad el mundo a vuestros hijos!

El inicio de la era Trump. El Brexit. La probable disolución del ideal comunitario en Europa. El intento de someter la globalización. El miedo a la globalización. La ignorancia frente a la globalización, y frente a los cambios del paradigma tecnológico, y del sistema de valores, y de trabajo, y… El mundo es de nuestros padres, y nosotros seguimos esperando un relevo generacional que ha terminado por anquilosarse.

Hoy, tras ver a Donald Trump intentando construir muros desde un despacho oval customizado en dorado, me pregunto si el problema real no son esas décadas de más, ese tiempo extra de vida, de trabajo, de atesorar, y, luego, ser un poco más irresponsables y egoístas de lo que muchos podían ser antes de la caída del muro de Berlín. Ronald Reagan murió en 2004; Margaret Thatcher, en 2013; pero el mundo todavía es de los Reagan y las Thatcher, que se encuentran entre los Trump, las Le Pen, los Rajoy o los Mattarella. Por eso, no gobiernan los Iglesias, y ni tan siquiera los Rivera; por eso los Renzi se estampan contra una vieja pared de hormigón, y los Obama dejan un regusto dulce, pero de alas cortadas.

Margaret Thatcher y Ronald Reagan

Quizá el error no sea la política, ni el sector financiero. Quizá, en el siglo veintiuno, como en el veinte, no sepamos muy bien cómo vivir; quizá cometamos los mismos errores por no mirar atrás, o perpetremos masacres de índole similar que nuestros padres y abuelos, pero quizá también tengamos las manos atadas, y sobre todo lejos, lejos de la acción, del cambio, del control, de ese traspaso de poderes que nunca llega. Puede que el problema no sea tanto el qué, sino quién se hace la pregunta y qué puede hacer con esta.

Obama y Trump
Donald Trump y Barack Obama en el Despacho Oval pocas semanas antes del traspaso de poderes.

¿Alguien más ve la ambivalencia de limitar la entrada de nuevos actores en la vida pública?, ¿de cortar de raíz la movilidad social de sus protagonistas más jóvenes, y, a la par, de criticar esa carencia de verticalidad? ¿Hasta cuándo pueden seguir sucediéndose los cambios en el sector científico, humano o tecnológico bajo los pies de estos colosos arcaicos que atesoran el poder político y económico? ¿Pueden guiarnos los líderes de ayer hacia el futuro? ¿O hemos tocado techo en este 2016?


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Maestros del yoísmo

Hay grandes literatos y columnistas que, en la última década, se han transformado en verdaderos arquetipos rancios de aquello de lo que, un día cada vez más lejano, intentaron diferenciarse. Uno de ellos es el excelentísimo académico, y muy hijo de su padre, Javier Marías, quien, a tenor de sus últimas columnas, tales como Perrolatría o Ese idiota de Shakespeare, se ha convertido en un maestro del yoísmo —y algunos lectores dirían incluso que del cuñadismo.

Verdaderas celebridades de las letras capaces de darle la vuelta a aquella falacia sofista del argumento ad hominen y tirárselas en toda la jeta al lector. «Yo soy yo y mis circunstancias», le espetan, y usted, que tiene un trasfondo similar al mío, estará de acuerdo sí o sí. «Y si usted no está de acuerdo, no solo es un imbécil ignorante, sino que debería instruirse si, algún día, quiere alcanzar mi estatus y comprender la argumentación que aquí le detallo».

Pegatina - Yo pagué con mi vida (nuggets)
Un ejemplo de ilustración/pegatina de la que Joaquín Luna hablaba en su columna. Probablemente, él había visto, por su barrio, alguna imagen más explícita: como esta.

Aquello que, quizá, no han valorado de un modo justo es su falta de argumentos, su discurso vacío, su intento de rellenar de valor una cuestión nada más que con una posición ganada —y de la que nadie debería discutir los méritos— y unida a grandes dosis de yoísmo.

Así, de vez en cuando, es humano sacar los pies del tiesto, pero también reconocer el error y soportar la oleada de mierda que le viene a uno encima. Hoy, esto le ha ocurrido a Joaquín Luna en una columna titulada Yo pagué con mi vida, que el diario La Vanguardia ha decidido publicar en un error similar al que cometió El Correo Gallego con Manuel Molares do Val.

En la misma, y como hilo conductor del texto, podemos leer aserciones que son una denigración constante a vegetarianos y veganos, que hablan del razonable precio de la carne, a juicio del que la suscribe, y no se cortan en tildar a todo un colectivo de fascista y enfermo; por si esto no fuera suficiente como para encender la mala leche de un gran número de lectores, Luna decide consentir y defender el maltrato animal que, en las últimas horas, hemos podido tan solo vislumbrar en la película A dog’s purpose y que termina por aderezar con la imposibilidad de reflexionar sobre sus acciones, amparado en la ceguera del «esto siempre fue así».

La columna, que casi exige un verdadero boicot al medio que la ampara, se defenderá con el argumento de una opinión distinta, sin entender cómo ataca, atribuye e insulta a un colectivo cada vez más numeroso, cuyo único crimen, casi siempre, es intentar hacer pensar a su prójimo.

El texto de Joaquín Luna es un ataque frontal contra todo el trabajo de millones de personas que buscan un mundo más justo, que comprenden que los modelos de consumo actuales no son éticos, y tampoco sostenibles, y que luchan contra el maltrato animal en todas sus vertientes. Joaquín Luna es el matador de toros que se atreve a escupirnos a los animalistas, gritándonos que él, y solo él, es el verdadero amante de los animales. Otro maestro del yoísmo.


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Llevarse un libro a la tumba

Llevarse un libro a la tumba es el sexto relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Entró, y se hizo el silencio. La sala enmudeció; el porcelánico del suelo brilló con dureza, y los hombres acercaron el cadáver hacia una ceremonia civil que el muerto jamás habría aceptado. El féretro descansaba en alto, apoyado en una estructura metálica a la que solo se le veían las patas. La bandera de la nación dormía sobre el ataúd por petición expresa de la familia, y ocultaba todo lo demás: huérfano de niño, atleta de juventud, militar de profesión. Pero la muerte no le llegó en el campo de batalla, sino a través de un cenicero, que recogía colillas, y más colillas, de tabaco rubio, que ennegrecieron durante cuatro décadas filtrándose en los bronquios.

El beso de la muerte (Cementerio del Pueblo Nuevo)

En la cafetería del tanatorio, José miró el café con leche de avena que le habían servido. La espuma giraba en el centro del líquido y adoptaba formas extrañas: un pez, una ballena, un rostro alargado, dos pulmones, un cerebro… Un viejo proverbio armenio dice: «Toma esta taza y que Dios la haga hablar». ¿Sería verdad?

Después, no ocurrió nada. La mayoría de los asistentes se excusaron, y los más allegados se dirigieron hacia el cementerio del Pueblo Nuevo en varios coches. Una vez allí, observaron sin demasiados prolegómenos cómo abrían un nicho, subían la caja y tapiaban el hueco con cemento, ayudándose de paleta y llana. A continuación, los dos operarios dieron el pésame a la familia y desaparecieron de la escena.

José se quedó allí, junto a sus hermanos, y su madre, y un pequeño séquito de familiares y amigos, que, en su mayoría, miraban incómodos una pared con decenas de cadáveres embutidos, y, ahora, uno más. Cada cual pasó su propio duelo, y se enfrentó a sus demonios con alcohol, lágrimas o ensoñaciones en tinta negra. Hubo quien se recluyó un poco más en sí mismo, y quien buscó consuelo en otras almas, en nuevos trabajos o en los viajes que aquel militar con cáncer nunca realizó.

A uno de los hijos, al que este breve relato presentaba en la cafetería, y, después, de pie, frente a la tumba de su padre, se le enquistó como un tumor la risa de su propio progenitor frente a sus anhelos, su búsqueda de pan entre las letras, su necesidad de escribir, de ser en otros, de sentir; textualmente.

No sería hasta muchos años más tarde, cuando alguien se apareció frente al nicho. El visitante, a quien las canas habían conquistado la tez, se acercó a la puerta de la sepultura e hizo aparecer una llave con la que abrir el acristalado. De allí, apartó unas flores muertas y, sin prisa, las lanzó contra una papelera cercana; del bolsillo de la gabardina extrajo un libro con su nombre, y también un bolígrafo, y no pudo evitar escribir una dedicatoria en el mismo. Esta solo decía: «Lo hice», pero, cuando lo dejó allí, tumbó el libro con la portada hacia abajo, para que nadie la leyese, ya que, quien debía hacerlo, no estaba, y quien no, no podría entender todo lo que dos palabras significaban. Se le ocurrió pensar en décadas de complicidad, de amistad, de enemistad, de gritos, de amor, de buenas relaciones, de malas relaciones, de dudas, y también de perdón; y luego, nunca más pensó tanto en ello, como una historia incompleta a la cual se ofreció el mejor final posible, y nada más.

El sindicato del taxi y la Operación Caracol

Ayer, 16 de enero, bajé a Barcelona, pero lo hice varias horas después de las movilizaciones de taxistas convocadas. La Operación Caracol, iniciada a las 11:00 del blue monday —ahora todos los días son black, blue, o yellow, como el submarino de los Beattles—, amenazaba con colapsar las rondas, y así lo hizo, dejándonos con imágenes de retenciones de hasta diecisiete kilómetros y una mujer, «pelín» histérica, a la que se ha criticado mucho sin saber si es tan propensa, como parece, a los ataques de pánico.

Las huelgas y las manifestaciones son un incordio muy útil de la que una gran parte de la ciudadanía se ha olvidado: son las que ayudaron a reducir jornadas laborales, y a conseguir sueldos dignos, a presionar gobiernos contra medidas impopulares, y a construir el mundo actual. Y, sin embargo, me da en las napias que el sector del taxi se equivoca de mig a mig como solemos decir los catalanes.

Operación Caracol - Marcha lenta de taxis por las rondas de Barcelona
Marcha lenta por un tramo de la Ronda de Dalt de Barcelona.

En primer lugar, porque se pone en contra a quien más a favor debería tener: el resto de ciudadanos; del mismo modo que lo hicieron los empleados de TMB (Transports Metropolitans de Barcelona), quienes, directamente, debieron abrir las entradas y salidas del metro y no haber cobrado un euro a quien cogiese el autobús durante uno, dos, tres o siete días: en otras palabras, ir a hacer daño a la patronal, y no perjudicar a quien, con su sueldo, apoya las nóminas que cobran a final de mes.

El sindicato del taxi se equivoca de un modo similar, porque no arremete contra el culpable último: el ayuntamiento, la Generalitat, la política, sino contra los miles y miles de mataos que se mueven en coche, casi siempre por necesidad, o estupidez, nunca por comodidad, os lo aseguro, por las rondas hípercolapsadas (y obsoletas) de la ciudad condal.

Asimismo, pone a Uber, y a empresas similares que nos caen mejor, en bandeja de plata la posibilidad de aplicar una política de buenismo: con viajes gratis y todo tipo de facilidades para sus clientes; mostrando la cara más amable de la multinacional, que aporta soluciones, tarifas competitivas y comodidad al usuario, mientras cientos de taxistas acometen con «marchas lentas» contra su público objetivo.

Marcha lenta de taxis en Barcelona

Del comunicado emitido el 31 de diciembre, los puntos 1, 4, 5 y 6 se vinculan, de un modo u otro, al intrusismo profesional, contra el que el sector público ya parece empeñado en luchar, aunque, quizá, no cuenta con armas suficientes. Aquí se abre la curiosa disyuntiva entre la empresa-estado y los órganos tradicionales de los que puede echar mano el gobierno catalán.

Para el sindicato del taxi, la guerra abierta que se ha enquistado en las calles de todo el mundo desde la aparición de Uber y similares, parece decantarse a favor de la victoria de la, aquí, mal llamada economía colaborativa con un cambio de cara que ha vencido a la percepción popular, cada vez más lejana, de aquella economía sumergida de la que se hablaba en el Parlament de Catalunya en 2014.

Y yo me pregunto: ¿habrá tenido el sindicato en cuenta una reducción del precio de las licencias, culpable último de la enorme facturación que necesita cualquier taxista, para luchar contra este intrusismo que ya es, hoy, una realidad? ¿O se seguirá buscando una regulación excesiva de un sector que debe actualizarse por obligación con la aparición de las nuevas tecnologías, donde al GPS y el navegador, se suman las apps móviles y un nuevo concepto de economía? Porque quizá muchos estamos de acuerdo en no dejar que Uber aproveche vacíos legales para enriquecerse, ¿pero cómo pretenden los taxistas combatir a Blablacar, Shareling o Amovens? Quizá el sindicato del taxi deba actualizarse, porque puede luchar contra el intrusismo, pero no contra el verdadero modelo de economía colaborativa que, tras más de un listo y un patinazo, se está terminando de imponer.


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¿Aceptamos «jabalí» como animal de compañía?

No sabía cómo presentar este artículo, menos aún qué título darle. ¿Santuario Gaia y el jabalí doméstico? ¿Los peligros más allá de la caza? Ni idea. Así que no seáis muy duros conmigo: ha salido lo que ha salido.

De los santuarios, lo que más me ha llamado siempre la atención es el interminable trabajo en pos de un bien común y el optimismo para afrontar una de las caras más negras del mundo; también dos de las burbujas en las que viven muchos de sus miembros y voluntarios: en especial, la moral y la emocional.

En lo que se refiere a la moral, la burbuja explotó, de nuevo, cuando el Movimiento Antitaurino de Lucha a favor de (algunos) animales quiso hacer una donación, a la que numerosos santuarios se negaron por varias razones (apoyo a la mal llamada «carne ecológica», por ejemplo, pero también homofobia y racismo por parte del colectivo), sin terminar de ver el doble rasero de aceptar apoyos económicos, anónimos y privados, e incluso no económicos, de personas que trabajan en Burger King, apoyan distintos grados de especismo (en realidad, todos lo hacemos) y, sobre todo, comen animales. Pero, al fin y al cabo, esta burbuja solo nos muestra las múltiples capas de nuestro mundo, e incluso la fragilidad de traicionar nuestras creencias sin darnos cuenta.

En ‘Vivir en la utopía’ explico mi punto de vista sobre por qué son necesarios los santuarios de animales y qué error de concepto veo en algunos de ellos. Sin desmerecer (creo), en ningún momento, su asombrosa labor y todo el bien que aportan.

Fuera de esta burbuja, también existe naturaleza: donde se enmarca el tema principal del que hoy quiero hablar. Porque lejos de la interacción humana, de la buena y de la mala, la naturaleza también es. La naturaleza es cuando una manada de lobos atrapa a un jabalí, y cuando la madre de ese jabalí protege ferozmente a sus jabatos. También cuando un puma se come a un mono, y protege a la cría del mismo y, ¿por qué no?, es el interés mutuo que saben forjar animales domésticos —domesticados—, como el perro, el caballo, el gato o el conejo. Pero en la burbuja, el pensamiento, a veces, olvida esta naturaleza, y la naturaleza imbuida de un sentimiento romántico, a falta de una palabra mejor, que nos presenta animales que tienen que ser cuidados durante veinticuatro horas al día, vacas totalmente dependientes de su cuidador, patos que no podrán volar; y también cerdos, y vacas, y pollos que tienen demasiadas ganas de vivir.

Sus scrofa - Jabalí
En la península ibérica se encuentran dos subespecies de Sus scrofa salvaje: el Sus scrofa castilianus, en el norte, y el Sus scrofa baeticus, en el sur.

Yo apoyo la mayoría de estos casos. Como animalista, lo entiendo y lo respeto. Incluso aquellos que cuentan con una verdad demasiado romántica para mí: animales con patologías crónicas, en concreto. Cada vaca, cada gallina, pollo, cerdo, oveja, son un recordatorio de que los animales no están a nuestro servicio, de que tenemos que seguir preguntándonos por todo lo que se hace mal, y cambiar el modelo, y, en mi fuero interno, ayudar a que otros vean que no hay necesidad de comer animales ni de esclavizarlos.

Sin embargo, el romanticismo no puede opacarlo todo. Así como no puedes llamarte «animalista» y seguir creando cursos que desvirtúan el trabajo de los centros de recuperación mientras ofreces formación en adiestramiento de especies salvajes: una cuestión que traté hace meses en relación a la escuela Bocalán, y cuyos responsables se amparan en que esos circos, esos espectáculos y esos zoológicos no van a desaparecer, para seguir haciendo dinero y perpetuando el modelo; tampoco podemos dirigirnos hacia el extremo contrario.

El caso contrario es Sonia: un bebé jabalí: una jabata. Una cría que fue atropellada escapando de unos cazadores que habían matado a su madre y que ahora está en el Santuario Gaia. Sonia tiene miedo, y no confía en las personas; en palabras de los responsables: «Quizás ella nunca vuelva a confiar en los humanos, y no podamos disfrutar al acariciarla, pero aquí no estamos para eso, sino para darles una vida digna.»

Sonia (jabata, Santuario Gaia)
Sonia, la jabata de Santuario Gaia.

Este es el límite. Mi límite. Aquí, paso palabra. Si alguien se ofende, lo siento mucho. Sonia es un jabalí, no un animal doméstico: Sonia no es un cerdo, es un jabalí; un animal silvestre, que no tiene que confiar en los humanos, que no tiene que ser acariciada por los humanos, y que no necesita del contacto con humanos para tener una vida digna (o feliz). Sonia es un animal que no debería estar en un santuario, sino en un centro de recuperación de vida salvaje, que debería ser reintroducida en su hábitat a la máxima brevedad, y sí, también quedar expuesta a la mano de un sanguinario cazador: «profesión» que desprecio, aunque no tanto como la del matarife.

Hay que cambiar miles de cosas a nuestro alrededor: ser más sostenibles, menos sanguinarios, menos crueles con la vida animal, pero no deberíamos intentar cambiar la naturaleza. Quizá llegue el día en el que tengamos que preocuparnos sobre cómo cambiar gran parte de la actividad del sector primario, y nuestra vida en común con especies caninas y felinas, y la moda, el ocio, la mal llamada cultura que tortura y asesina… y tantas otras cosas. Pero los jabalís seguirán siendo jabalís, y los lobos, lobos; y un animal silvestre, por mucho que podamos sociabilizarlo, seguirá contando con instintos salvajes durante miles de años (¿por qué querríamos domesticar a un jabalí? ya se hizo, y solo ha traído sufrimiento a los cerdos).

Por todo esto, es irresponsable contar con una cría de jabalí en un santuario de animales: para los habitantes, y, sobre todo, para el jabato, y un ejemplo más de que la historia de Christian, el León, se sigue repitiendo en el siglo XXI por culpa de un error similar: amar demasiado a los animales, y, a veces, amarlos como no deberíamos. Amarlos hasta el punto de traicionar, sin darnos cuenta, nuestra propia filosofía, que, en este caso, dice: «ofrecemos una segunda oportunidad a los animales considerados de granja que rescatamos de la explotación, abandono o maltrato.»

Actualización #1: 

Informándome sobre este caso concreto, he podido leer en esta noticia del santuario que el brazo de Sonia quedó inutilizado, lo que, con toda seguridad, provocaba su difícil reintroducción en la vida silvestre. Sin embargo, no cambia la mayoría del resto de temas que toca el artículo, si bien considero que es un dato suficientemente ilustrativo para agregarlo a la entrada.


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Vida nueva

‘Vida nueva’ es el primer relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Sobre El Oso y el Madroño, a escasos metros de la intersección entre las calles del Sol y de Alcalá, la silueta de un ser, que son dos, se presenta a la noche. Se sostiene, casi sin fuerzas, asiendo con rabia uno de los balaustres para no caer contra el suelo, o peor. Escucha los cuartos, las campanadas, las felicitaciones de Año Nuevo, y, antes de volver al sombrío interior de la vivienda, sonríe al cielo nocturno de Madrid.

Hay un sofá de rayas blancas y beige contra el que se lanza de espaldas. Frente al mismo, la retransmisión televisiva se entremezcla con el bullicio y la fiesta que se escucha en la calle. Gritos de alegría para dar la bienvenida a un año más, y, entonces, solo entonces, cuando nuestra protagonista puede ser tenue partícipe de la felicidad que se respira, se echa a llorar desconsoladamente durante minutos que parecen arrastrar el recuerdo de los meses y los años.

Relato #1 - Puerta del Sol (Nochevieja; Año Nuevo)

Cuando no quedan lágrimas que derramar en el lino del mueble, se incorpora con dificultad y observa por un instante la mesa de comedor. Está vestida con un mantel navideño, y servilletas a juego, las copas para el agua, el vino y el champán resplandecen, y las veinticuatro uvas, ya preparadas, sin piel ni pepitas, coronan el centro de un reguero de platos: cabrito rebozado, jamón de jabugo, tortilla de patatas, timbal de marisco… A un lado, los platos sucios sin recoger de todo un banquete contrastan con el otro, donde ese pastel de mar no se ha movido un ápice del plato, y tampoco las chuletas rebozadas, ni la tortilla, ni el jamón.

El primer detalle que, más tarde, conmueve al detective encargado de la fase de planteamiento y ejecutiva son las copas de espumoso: una a medio vaciar, la otra todavía impoluta. Para rastrear el origen, volvemos a la habitación al paso de la medianoche; entonces, el champán sigue en el suelo, derramándose en la alfombra persa que se encuadra bajo la mesa de comedor. No muy lejos, el olor a fosgeno y ácido clorhídrico del cloroformo casero explica otro fragmento de esta historia que termina en Nochevieja, junto a la cuerda de nylon de la silla, y el paquete de bridas negras y la mordaza roja en la frontera del salón con la habitación de matrimonio.

En el suelo, boca arriba, el cuerpo inerte de un hombre corpulento de mediana edad duerme por siempre jamás. En su abdomen, se alojan tantas puñaladas como gritos y felicitaciones se han podido oír en la Puerta del Sol, y quizá más. Para ella, la indefensión y la fragilidad tampoco han supuesto un escollo. Esta vez, no.

Observa una última vez la escena, y se sirve una copa de champán, ya caliente, que sabe amarga, y también a victoria. En seguida se pierde en la habitación de matrimonio con cientos de fotos del hombre que ha yacido allí, y ahora yace donde realmente merece, y se exige no reparar por más tiempo en ese cuarto repleto de lágrimas, de gritos, de lubricantes, y dildos, y de una cámara profesional para encuadrar cualquier escena a imaginar. Solo abre el armario y se desnuda frente a un espejo de pie, examinándose todas y cada una de sus heridas: muchas no pueden verse, pero siguen ahí, y seguirán; coge uno de los deseos hechos tela que allí se ocultan, el de Lolita, y se cubre con dolorosos recuerdos una vez más.

Por último, acuna su abultado vientre con repulsión y clemencia por un hijo del odio y del martirio al que, se sepa o no, siempre mirará a los ojos con lacerante ambivalencia. Cierra la puerta tras de sí. Una tras otra. No sabe hacia dónde dirigirse, pero sigue caminando, más y más lejos de aquel piso, de los gritos, de la fiesta, de Madrid. En dirección a un año nuevo. A una vida nueva.

52 retos de escritura para 2017

Llevo un tiempo de mayor dedicación al ensayo que a la narrativa: ya lo sabéis; tengo un borrador de novela que os he mencionado (aquí), y que quiero empezar a mover cuando esté realmente completo —¡solo unos días más!—, estoy apuntado a varios cursos para renovarme por dentro y estoy entrenando muy duro para aprender a cortar cabezas con la katana cuando, al fin, llegue el holocausto zombi: por ahora, ya ha subido al poder Donald Trump.

En resumidas cuentas, que este va a ser un año de cambios (probablemente, en unas semanas me lanzo con un posgrado muy animal, y, además, sigo más empeñado que nunca en vivir de las letras), y, ¡qué demonios!, ¿por qué no intentar sacarme de la cabeza unas cuantas historias más aprovechando uno de esos típicos retos de escritura? Así, que esa es otra de mis propuestas de Año Nuevo.

Confieso que no sé si la idea surgió de mí, borracho, en fiestas, como propósito de Año Nuevo, o me aburrí de comer y beber, me senté en el ordenador, y me alcanzó el reto en cuestión. Sea como sea, capeando la resaca, continuó pareciéndome una buena idea, así que me agarré los machos, y seguí adelante con los 52 retos de escritura que proponía Rocío Molina.

Teo y Javier, leyendo


Son los siguientes:

  1. Escribe un relato que comience en un día de Año Nuevo.
  2. Describe una escena sensual con una pareja que termina desnuda en la barra de un bar.
  3. Imagina que eres un superhéroe con una gran fobia a la oscuridad, escribe un relato de superación.
  4. Escribe una historia en la que salves la situación con un mayúsculo deus ex machina.
  5. Usa la frase: “En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos” para hacer una composición creativa.
  6. Describe una escena de un relato pensando en una fecha significativa para ti y traslada esas emociones a tus personajes.
  7. Da voz a los recuerdos y ofrece una solución en forma de historia para un personaje que pierde la memoria cada día.
  8. Usa una escena romántica de una película que sea reconocida y dale un giro sorprendente para cambiar totalmente esa historia.
  9. Escribe un relato que integre las palabras ‘luz’ y ‘cuadro’ como elementos relevantes del argumento.
  10. Haz una historia con un protagonista que evoque tu niñez.
  11. Inventa un cuento con dos objetos a los que dotas de vida.
  12. Combina estos tres personajes a modo de secundarios: ‘el hombre de hojalata’, ‘un dragón enamorado’ y un ‘ogro’ para hacer con ellos una narración fantástica.
  13. Escribe un relato inspirado en una noticia que hayas leído esta semana.
  14. Describe una historia cuyo punto de partida comience con el final de toda la trama. La idea es que tomando el desenlace como inicio hagas un recordatorio de cómo se ha llegado a esa situación.
  15. ¡Cambia el devenir de los hechos! Elige un momento histórico clave y construye una realidad totalmente diferente, ¿qué hubiera sucedido si…? Practica sin miedo toda tu destreza con la descripción.
  16. Crea un relato que gire en torno a una cuenta atrás.
  17. Describe tu día a día como si fueras un zombi.
  18. Cambio de roles. Elige una novela e intercambia los papeles de los personajes principales con los secundarios para crear una nueva ficción.
  19. Escribe un relato cuyo personaje atormentado solo vea el suicidio como solución.
  20. Realiza un texto en el que no aparezca en ningún momento la letra ‘p’.
  21. Crea un relato cargado de sarcasmo para describir la escena de unos recién casados que organizan una cita con los amigos para ver en conjunto todo su reportaje de boda incluyendo también la luna de miel…
  22. Escribe una historia de terror cuyo contexto se enmarque en un manicomio.
  23. Comienza un relato con: “Nada, no le queda nada”.
  24. Con el último objeto que veas o utilices a lo largo del día, inventa una historia.
  25. Utiliza toda tu creatividad para describir de forma cómica un relato de una visita a la peluquería con final dramático.
  26. Escribe una historia en la que retrocedas al pasado y seas tú el protagonista.
  27. Inventa un relato con una mujer como heroína y su camino hasta llegar a serlo.
  28. Escoge tus tres libros favoritos y utiliza la primera palabra de cada título para hacer un relato en el que las integres.
  29. Escribe una historia de un personaje con miedo al amor.
  30. Describe en un relato con un personaje inventado una situación que te ponga de los nervios.
  31. Escribe una historia que incluya las palabras: “billete”, “magia” y “sordo”.
  32. Piensa en alguien a quien echas de menos y ya no está para recrear un relato cargado de emoción.
  33. Realiza una historia que tenga lugar en el fondo del mar.
  34. Escribe un relato de un animal como protagonista que actúa de narrador contando las costumbres raras que tienen los humanos.
  35. Utiliza tres clichés de la ficción para hacer un escrito con ellos.
  36. Haz una historia que tenga al final una frase moralizante a modo de fábula.
  37. Escribe un relato en el que los personajes se conozcan a través de las redes sociales y se desarrolle en este medio toda la trama.
  38. Documéntate si es preciso para hacer una descripción al detalle de un personaje que sufre una determinada adicción.
  39. Desarrolla un relato en forma de carta.
  40. Utiliza un refrán integrado en un texto creativo.
  41. Escribe una historia con lo que haría un personaje que sabe que le queda una semana de vida.
  42. Atrévete a ser infiel en un relato y describe al detalle las sensaciones de los personajes.
  43. Convierte a tu personaje en un asesino. Trabaja la coartada con esmero y cuida de no dejar pistas… Todo ello sobre el papel.
  44. Escribe con sinceridad retomando una historia que te podía haber pasado, pero en su lugar escogiste otro camino.
  45. Crea un relato que contenga una escena en la ducha.
  46. Utilicemos la fantasía e imaginación. Inventa una historia en la que se mezcle en algún momento un smartphone con un neandertal.
  47. Escribe un cuento de princesas, pero dale un vuelco radical a algunos de sus tópicos.
  48. Describe los pensamientos y sensaciones de un personaje que está en coma.
  49. Crea una ficción a partir de una fiesta o celebración propia de tu municipio/ciudad/país.
  50. Escribe un relato sobre la amistad entre un hombre y un animal.
  51. Escribe un relato en el que un personaje intenta comunicarse con un ser de otro planeta.
  52. Describe una situación cómica que transcurra en el último día del año.