Por mucha imaginación que uno crea tener, hay historias que no podemos alcanzar a concebir. En los últimos meses, y pese a todo el horror que intento encarar, asumir y proyectar en este blog, pocos sucesos me habían paralizado con esa mezcla de impotencia y rabia que sube del estómago y amenaza con enquistarse en la garganta.
Sin embargo, de esto, nadie habla en la prensa escrita.Público comparte una nota de Europa Press junto a una fotografía adjunta del cadáver de un perro con hematomas por todo el cuerpo. El Mundo le dedica unas líneas en su versión digital, pero dudo horrores que alcance el quiosco. Solo Schnauzi, el portal dedicado a la realidad del mundo animal, hace un seguimiento del caso.Allí podemos informarnos de que la perra que fue machacada a golpes por un tal Francisco F.R., se llamaba Tuba, y solo pesaba cuatro kilos.
Tras el juicio, su compañero, aquel abuelo que salió a pasear por Cuevas del Almanzora, un pueblo de la provincia de Almería, arrastra, desde entonces, una condena mayor. Una condena que solo han agravado los costes judiciales, que al final recaen en el culpable, y una indemnización de 100 € como propietario de la perra. ¿Su injusto castigo? El dolor y la impotencia que recordará los años que le quedan de vida.
Detalle del cadáver de la perra Tuba.
Esta sentencia arrastra un dolor inimaginable dentro y fuera del Juzgado número 2 de lo Penal. Primero, para un anciano de ochenta y cuatro años de edad, que debió asistir impasible a la tortura y muerte de un animal al que se vio incapaz de socorrer; también de todos los que intentamos luchar por un modelo justo de bienestar animal, y no podemos más que observar cómo han cosificado, una vez más, a Tuba, una perra que valía dieciséis mil pelas: ni siquiera el coste íntegro de su cremación. Pero, sobre todo, para una sociedad enferma que está empecinada en seguir ocultando las mismas heridas que la desangran.
Quién sabe si Francisco entrará en prisión. La sentencia se conoció pocos días antes de Navidad, y de lo que casi estoy seguro es de que habrá pasado las fiestas entre silencios incómodos y juicios sordos por parte de amigos y familiares. Si me preguntan, mucha más suerte de la que merece; una oportunidad, que seguro desaprovechará, pero que debería emplear en no olvidar cuántos sentimos el más absoluto desprecio hacia su acto atroz, que no fue el de matar a un perro, sino el de atreverse a intentar azuzar a un animal, un noble pastor alemán, contra un cachorro indefenso, para después golpearlo, patearlo y pisarlo con todas sus fuerzas.
Ojalá el almeriense hubiese caído en manos de un juez responsable, de un Castro, o de un Calatayud, que no tienen número como para marcar la diferencia. Entonces, el juicio se hubiese encaminado por otros derroteros: se hubiese mencionado el respeto a la vida, pero también el derecho a la propiedad privada, en especial, si Tuba no era más que una cosa; habrían pesado conceptos como ejemplarizante, martirio y opinión pública, y se habría lanzado una mirada en rededor: hacia los animales que comparten la vida con ese asesino de perros —sean estos de dos o de cuatro patas— y cómo influyen, acontecen, y calan estos hechos en todos nosotros. Pero, por encima de todo, no se habría ridiculizado a un anciano octogenario, a una perra atormentada y a una sociedad entera con una pena de cien putos euros.
Una vez muerta, Tuba tenía un gran hematoma en forma de lágrima bajo su ojo izquierdo. Esa debería ser la condena de Francisco F. R. Viajar con esa instantánea dentro de sí hasta revertir por cien el mal que causó, y para nunca olvidar su egoísmo, su falta de empatía y su estupidez contra un ser indefenso, que sentía, y que hasta eso le negó, primero él, y después un juzgado que, cada día, representa junto a muchos otros, la moral de todo un país.
Me dan bastante asco los juicios en blanco y negro. Un juez, per se, debería alejarse de los mismos, y aplicar al dedillo esa parte de la ley que le ofrecen los atenuantes y los agravantes, donde encaja la subjetividad que todos cargamos, pero, en este caso, en pos de esa inalcanzable objetividad de su difícil trabajo.
Así pues, recelé del vídeo de turno, y, cuando lo había visto, seguí recelando largo rato, pese a que, a grandes rasgos, a aquel hombre de mediana edad, estudios superiores y extenso currículo no le faltaba razón. Mi recelo surgía del sentimiento del mismo discurso, de esa idea tan propia de la deformación profesional que brota de ciertas actividades y que, en este caso, parece impulsar a nuestro interlocutor a sentar cátedra, a hacernos tragar su verdad, su discurso, pero siempre íntegro, y a pelo.
El juez Emilio Calatayud inundado de papelajos.
Y esto es todo lo malo que puede decirse de una plática fragmentada de diez minutos que el juez granadino Emilio Calatayud ofrecía en el marco de un pacto por el menor y que Europa Press, con muy buen ojo, se encargó de compartir y publicitar: que era moralizante, porque la gente de a pie quiere productos íntegros que recoger e incorporar a su propia estructura de pensamiento, y no una ética voluble, y ampliable, y en constante formación, ¡que eso da mucha pereza!, y a ver si vamos a tener que pensar más de la cuenta, por lo que, incluso en el error, yo le atribuyo bondad.
El vídeo, que ofrecía el segmento de una conferencia en el hotel Guadacorte, presentaba al juez Calatayud, conocido por sus sentencias ejemplarizantes, hablando de ese decálogo para formar a un pequeño delincuente que tantas veces se le ha atribuido. También la falta de filtros, de espiritualidad —palabra que nos rechina, pero que no cuesta tanto darle la vuelta y llamarla educación ciudadana tampoco—, de responsabilidad, de complejo de culpa, de sacrificios… y los problemas que todo esto supone a familias de clase media y media alta en casos de futuros maltratos de hijos a padres.
Hubo espacio para la crítica constructiva, por supuesto, que se evidencia, hoy, en una disminución de la delincuencia juvenil por tres grandes razones, según el juez: porque los jóvenes han vuelto a la escuela tras el ladrillazo (una anómala bondad que nos lega la crisis), porque las familias están aprendiendo a decir que «no a todo» y porque los políticos ya nos lo han robado todo.
Sin embargo, no faltaron las tres palmadas en la mesa que necesitaba el auditorio. La primera, la más espectacular de todas ellas, es la asunción (de una puñetera vez) de que tenemos complejos de joven democracia, y que allí donde más visible se muestra no es en la cómica, que no graciosa, imposibilidad de un pacto educativo entre los grandes partidos, sino en la aceptación por parte de todos de unos derechos y unos deberes del menor, primero, por parte de las familias, y, seguidamente, de las escuelas, que no les permita hacer abuso de sus derechos y dejadez de sus deberes. De hacer un pequeño esfuerzo por olvidar lo mal que lo pasó una generación entera y que es la culpable última de esperpentos como los padres colega, las madres helicóptero y la renuncia total al principio de autoridad en este país.
La defensa de un pacto que nos deja tres dictados por los que luchar: la felicidad actual y futura de los que nos vienen detrás, la asunción de una serie de deberes desde la infancia y la posibilidad de volver a hondear la bandera de la autoridad, que detrás no debería cargar más que con la obediencia, el respeto y el levantamiento de las cargas familiares según corresponda a cada uno de sus miembros, sin caer en el autoritarismo, que tanto nos asusta, pero que suele virar siempre en dirección contraria. Por lo menos, en una amplia mayoría de los casos.
Como si de un capítulo de Bojack Horsemanse tratara, el otro día alguien cambió las oes del cartel de Hollywood y plantó dos ees para celebrar la legalización de la marihuana (weed) en el estado de California.
En este caso, la policía está buscando al sospechoso fumeta que se lió la manta a la cabeza, se subió por la colina donde se encuentra el letrero —lo que ya os adelanto que no debe ser fácil, porque, si mal no recuerdo, no hay accesos por carretera— y colgó dos lonas con las que cambiar una vocal por otra. Después, Twitter le reía la gracia, y hasta el rapero Snoop Dog, que, todo indica, que algún canuto se ha metido entre pecho y espalda.
California, junto a Nevada, se unen al Distrito de Columbia, Washington, Oregón, Colorado y Alaska, donde el consumo recreativo de marihuana ya se había legalizado anteriormente; una lista, no tan pequeña, que engrosarán en breve Maine y Massachusetts, cuyas leyes, aprobadas tras la elección de Trump como presidente de la nación —cabe dilucidar si estos dos acontecimientos tienen alguna relación entre sí—, debían entrar en vigor el día 1 de enero.
La tontería de turno, que ni siquiera es original, sino un remake que data del setenta y seis, me hizo pensar, de nuevo, en el dinero que mueven las drogas y en el por qué de su ilegalidad. Un tema que, en la práctica, nunca me ha traído de cabeza, pues quien quiere fumar, esnifar o pincharse, sabe donde acudir, y quien no lo hace, no se preocupa por el hecho de que esos platos no estén en el menú.
Sin embargo, es curioso que siga existiendo cierta autarquía y cierto paternalismo de estado en el tema, por lo menos, en el caso español, que no es el único, pero sí uno de los más curiosos. De este modo, se cree el Leviatán que puede contabilizar en el PIB las drogas, la prostitución y el juego ilegal, pese a no contar más que con estimaciones de esta economía encubierta; ¿y el debate? Eso es para democracias menores que no saben lo que quiere el ciudadano.
Sí, lo sé. Parece de puta coña. Los yanquis, a los que, a menudo, erróneamente tildamos de cortitos por no saber dónde está Burgos sin preocuparnos nosotros demasiado por dónde caen Wisconsin o Zaozhuang, ya hace un tiempo que se percataron de que para que algunos mexicanos exporten el cannabis hacia el norte con creatividad, mejor controlar en casa la producción; de paso, no les pareció mal leer las caras de descontento de los votantes, y abrir un debate sobre la legalidad de la misma para su uso recreativo.
Entonces, cabe preguntarse realmente si a los que quieren seguir controlando el cauce de un río que lleva décadas desbordándose en otro dirección no les faltará visión suficiente para comprender las ventajas que la ilegalidad, la alegalidad y la falta de información suponen para el narcotráfico, el consumo desinformado y las arcas del estado.
El alcalde Quimby (¡vote por Quimby!) nos ejemplifica la relación entre los poderes fácticos y las drogas.
Jaggu Jaggu corre descalzo por Karachi, la ciudad más poblada de Pakistán. Galopa por las calles a toda velocidad con una camiseta de manga larga o un jersey mal anudado a pocos kilómetros del mar Arábigo. Karachi, la vigesimosegunda ciudad más poblada del mundo; centro económico, portuario y comercial del país; hogar de extremos, de segregación tribal a las afueras, y de guetos, y de fundamentalismos y prohibiciones, pero también de occidentalización, de frontera social y de privilegios inimaginables para una minoría lejos de la escena, en los barrios residenciales de Defence y Clifton, donde se concentran las rentas altas.
Para Jaggu Jaggu, el océano Índico se abre a lo lejos, entre edificios viejos, y, entonces, junto a ese perro callejero que no sabe hasta dónde ha viajado su fotografía, aparece un crío de amplia sonrisa, también descalzo, y desgarbado, con unos globos de colores en la mano, como una vendedora de cerillas que abandona el cuento y aterriza en una de las muchas zonas no privilegiadas que nos lega el siglo veintiuno.
Estamos en Bahadurabaad, uno de los vecindarios de clase media que, poco a poco, han envejecido sin pena ni gloria. No muy lejos del centro financiero de la ciudad, todo el atractivo con el que el barrio cuenta es una réplica del Charminar, monumento y mezquita que, originalmente, se puede encontrar en la ciudad de Hyderabad, en la India.
El niño sonríe, posando junto al perro; ya es de noche. Alrededor, nadie se ha molestado en aparcar bien los vehículos que capta la máquina del fotógrafo, ni en limpiar el asfalto que el improvisado modelo pisa sin zapatos. Para su estatura actual, su ropa es holgada, y está sucia, e incompleta, y, aun así, pese a toda la negrura que arremete contra ellos, el niño sonríe, y acaricia a Jaggu, que ya se ha aburrido de estar quieto frente al hombre de la cámara.
Antes de todo esto, Belaal Imraan, quien se ha topado con esta improvisada escena de amistad en Karachi, ha asistido al reencuentro diario entre el vendedor de globos para niños afortunados y Jaggu Jaggu. Un reencuentro lleno de fidelidad pese a la adversidad, de juego pese al cansancio y, sobre todo de bondad y de humanidad.
Por si la sonrisa no fuera suficiente, Belaal le pregunta al niño por qué le ha puesto su ropa al perro. Imagino que este le mira extrañado por un instante, como si la respuesta fuese demasiado obvia, y contesta: «Hoy hacía frío».
El primer artículo fue de mera presentación: no quiere decir esto que fuese lineal ni generalista, sino que tampoco parecía cargar con el propósito de innovar más de la cuenta: datos sobre la industria cárnica, una presentación de toda esa publicidad panfletaria al servicio de los poderosos, cifras espeluznantes de muertos que nos rodean, y conceptos, como especismo, víctima o veganismo, y el esqueleto de su cruento programa.
Spot publicitario de la marca Burger King.
Después del primero, llegó el segundo; justo antes de Navidad. Aterrizó junto al relato de una de sus mejores-peores experiencias como activista en defensa de los animales: Clara, la vaca que era su luz y era su sombra, que era superviviente de la Navidad de 2013, y recuerdo de todas aquellas que siguieron siendo cosas, y, después, no fueron más.
Así que decidí seguir haciendo lo que estaba en mi mano: querer mucho a mi abuelo y defender a los animales todo lo posible.
De todo ello, también he hablado mucho aquí, pero no fue lo que más me sorprendió. Entre las líneas que reconstruían la experiencia de Clara, Amanda nos regalaba una de esas dualidades que construyen el mundo: ella, activista vegana; su abuelo, ganadero olvisino. ¿Y cómo no quererse?
De inmediato, mientras leía su segundo artículo, me retrotraje a una de las múltiples conversaciones de este 2016. Me encontré diciéndole a alguien una de esas verdades en las que hoy más creo: «Importa saber. Luego, cada uno tendrá la potestad de creer que su ética es válida, y la tuya es una mierda.» Pero me guardé algo, porque, entre desconocidos, eso nunca es tan difícil como con la gente a la que queremos. Toda esa gente que busca nexos de unión que se han roto en la mesa, o que hemos roto, y que siente la necesidad de decir lo que les entristecen ahora todos esos animales que son torturados y muertos a cada minuto.
Amanda Romero lo expresó con claridad: «Amar a personas cuyas decisiones atentan contra nuestros más profundos valores es complejo, amar a las mismas personas contra las que luchamos es confuso.»Pero amar, a nuestros seres queridos, es la misma argamasa que construye las relaciones interpersonales; y es imposible no hacerlo. No podemos no querer a nuestros padres, abuelos, o parejas, por cazar animales, por beber leche o por comerse un bistec de ternera. Podemos hablar con todos ellos, e intentar que nuestra verdad sea un día también su verdad.
Hace unos días, uno de los responsables de Aula Animal me decía en un correo que sentía cierta ambivalencia por la figura de Gary Yourofsky, pues sus resultados eran increíbles —decenas de miles de personas se habían convertido al veganismo por causa directa de sus conferencias— y, por otro lado, era demasiado crítico con algo que todos hemos normalizado durante demasiado tiempo y justo ahora despertamos. El arquetipo del activista frustrado, con una mochila llena de buenas intenciones, pero tan cansado de sus derrotas, que puede terminar por lanzarte el equipaje.
Gary Yourosfky durante una conferencia.
De este año que justo termina, me llevo muchas lecciones de vida, pero una de las más importantes es que de nada sirve gritar y maldecir al verdugo que hay frente a ti, sino que todo empieza por comprender que el problema es el sistema, y la gente que todavía no ve hasta dónde alcanza y esclaviza el mismo; mientras tanto, siguen cercenando cabezas a nuestro alrededor, pero por duro que esto sea, debemos diferenciar entre la tristeza de un error que nace a cada segundo de la incomprensión y el odio que no nos deja seguir hacia delante.
Al fin y al cabo, todos nosotros nos equivocamos todos los días; a veces, de un modo que casi resulta impensable, y, antes o después, debes dar cierta prevalencia a la opinión de ese marino retirado de Carolina del Este del que el activista estadounidense ha hablado un par de veces en sus ponencias: «Gary, creo en todo lo que dijiste. No tengo ningún argumento en contra… Pero somos un grupo de monos violentos, ¿qué te hace pensar que nos importa?»
El activismo por los animales tiene otra espina que tragar, otro demonio al que hacer frente: entender que la generación que cambió el mundo a mejor no fue la de nuestros padres, ni será la nuestra, pero que todavía podemos seguir soñando con un cambio real en nuestros hijos. Solo hace falta creer y luchar por ello y, robando letras a los grupos de Acción Poética Ciudadana, guardarse muy dentro de uno mismo esa frase que decía: lo imposible solo tarda un poco más.
Santiago Segura se despedía de la princesa Leia con una fotografía de su bikini dorado. Sobre ella, había un texto escueto como corresponde a todo buen tuit: «No, por favor, Carrie no…»
Saltaron todas las alarmas. Una sirena sonó en el centro de operaciones de Locas del coño y otros cientos de blogs y asociaciones feministas, y algunos de sus miembros se lanzaron por una barra de bomberos dejando atrás gritos de indignación. Se dirigían a Twitter, y a otras redes sociales, a quejarse de la despedida de Santiago: machista, cosificadora, irresponsable; para muchos, incluso de mal gusto.
Una prenda metálica sobre la que Carrie Fisher tuvo durante tres décadas sentimientos encontrados. Una fotografía hipersexualizada que se encuadra en una época y que, hoy, no tendría sentido aceptar; pero también una parte de la historia de todos, y sobre todo de Fisher, que sería muy imprudente cubrir.
Disney entendió que la Leia esclava del bikini dorado no tenía sentido en el siglo veintiuno —aunque no retiró la figura de acción hasta este año pasado—, y, del mismo modo, se lo hizo saber Carrie a Daisy Ridley, nueva heroína de la saga, a quien le advirtió que pelease con uñas y dientes por su vestuario.
Sin embargo, para algunos de nosotros, Santiago Segura erró por duplicado al hacer desaparecer la fotografía del bikini dorado. Para no enfrentar la ira de un feminismo mal entendido, quien le acusaba de compartir una imagen sexualizante, sexista y denigrante: afirmaciones con las que la propia princesa estaba en desacuerdo.
Lo que no entienden parte de opiniones contrarias a Segura, ni el mismo Santiago por lo que parece, es que la Leia del bikini dorado está en nuestra memoria, en Internet, y, por supuesto, también en El retorno del Jedi de 1983, y que, para bien o para mal, es una Leia más: junto a la Leia-princesa, la Leia-primera heroína del cine de acción y la mujer brillante dentro y fuera de la pantalla. Por ello, no tiene ningún sentido imponer opiniones y dictar juicios y sentencias sobre los sentimientos que enfrentó el director madrileño tras la muerte de la actriz, ni sobre lo que recordaba el niño de Carabanchel que soñaba con ewoks, X-Wings y estrellas de la muerte.
Si exigimos respeto, libertad de opinión y autonomía para la mujer, también debemos predicar con el ejemplo, y permitir que el prójimo la cague, rectifique, y, sobre todo, ofrezca su propio punto de vista, sea políticamente correcto o no; mientras tanto, podremos seguir tratando de segmentar aquello que creemos que está bien y que está mal de nuestra historia temprana y de nuestra actualidad. Y, no obstante, comprendo que estas imágenes por sí solas hacen bien poco para ayudar a prevenir casos de cosificación y de machismo, y ahí es donde debe entrar el discurso, la crítica, el diálogo razonado, el equilibrio de la Fuerza, que aquí nos llega que ni pintado.
Para mí, la Leia del bikini dorado podía ser una Leia sometida por Jabba el Hutt, esclavizada, sexualizada, reducida, pero también una Leia que nunca se quebró, que aguardó su momento y se cobró su venganza; una Leia que supo reírse de sí misma en Rolling Stones y una Leia más a recordar: porque en España somos mucho de guardar bajo la alfombra, ¡y qué coño!, ahí no cabe todo.
Cada cual debería homenajear, y enfrentar la vida y la muerte como mejor sepa, y no siempre se antoja fácil cuando una verdadera defensora de la galaxia escapa hacia las estrellas…
A veces, leo un blog de viajes. Lo leo desde hace seis o siete años, pero solo a veces. No envidio exactamente lo que hacen sus protagonistas; porque viajar por todo el mundo no es uno de mis anhelos, porque hace mucho que sé que no tengo tiempo para conocer a todo aquel que cruza sus pasos conmigo, ni todos esos lugares casi mágicos que emanan un aura de paz, de humanidad, de sobriedad o de divinidad.
Mi mujer siempre me dice: «No me arrastres a más ciudades: las ciudades son todas iguales.» Y cuando viajas a París, a Londres, a Roma, a Nueva York, a Chicago, a Frankfurt, a Berlín, a Los Ángeles, a Tokyo, entiendes qué quiere decir. Entiendes por qué terminas siempre en la carretera buscando un nuevo destino, por qué campo a ciudad, por qué desvelar pequeños secretos en vez de fotografiar panorámicas y por qué un viaje, siempre es un viaje al interior.
Rio Agout a su paso por Castres. Invierno de 2015.
Así titularon el libro que Laura compró a esta pareja para que yo lo leyese, para que me convenciese de conocer el sudeste asiático haciendo autoestop, o de comprar una camioneta donde viajar con los perros; para vivir, ¿y quién sabe? Quizá vuelva a él después de este año de cambios. Por ahora, ya sabéis que he terminado con mi antiguo trabajo, o casi, he recorrido decenas de miles de kilómetros, he publicado un libro y he vuelto al verde, aunque las noches no sean tan estrelladas ni oscuras como soñaba tumbado junto a Caos en la terraza del Ensanche.
Pero quizá lo más importante de todo es que a diferencia de lo que decían esa pareja de argentinos que siguen ayudando a miles de personas a iniciar su propio viaje, yo no creo que un viaje siempre empiece en el interior, sino que, además, termina guiándonos hacia ese objetivo por el que conectamos palabras, pasos y países, y que nunca tuvo mayor recorrido que aquel que hicimos dentro de nosotros mismos.
Un regalo (en carboncillo y acuarela) que da la bienvenida en nuestro hogar. El texto de la acuarela dice: Caos, corazón de familia, amor incondicional.
Gracias por leerme. Por estar aquí. Por ser parte de esto. Delante, ya puedo ver muchos más caminos que esperan, pero, hoy, cierro uno, junto a vosotros, agradecido por haberme ayudado a convertir este pequeño espacio de opinión en un refugio al que llamar hogar.
Si hace unas semanas dedicaba un par de cientos de palabras a los primeros capítulos de la tercera temporada de Black Mirror, hoy prosigo con los dos grandes episodios que destacan tras el salto a Netflix. Nosedive fue un puente perfecto entre lo que se forjó en el Reino Unido y el salto a la televisión norteamericana, pero Cállate y baila (Shut Up and Dance) es el retorno a las tramas más tecnológicas, a esos blancos y negros, y hacia un futuro distópico que, en realidad, lo sepamos o no, ya es presente.
Cállate y baila (3×03)
Kenny es un chaval como cualquier otro. Suponemos que va al instituto, trabaja a tiempo parcial, discute con su hermana y todas esas cosas típicas de adolescente. Un día cualquiera, unos hackers lo cogen con las manos en la masa encerrado en su habitación (bueno, con las manos en otro sitio) y comienzan a amenazarle para que cumpla sus órdenes o publicarán un vídeo comprometedor en Internet.
Así empieza Cállate y baila, y así continúa, a través de una trama que basa su desarrollo en el juego de Simón dice, y de situaciones cada vez más anómalas y dantescas; purgando sus pecados Kenny conocerá a Hector, a quien también parecen estar castigando por los delitos que ha cometido. ¿Pero qué ocurre en realidad? ¿Por qué Kenny se preocupa tanto por un vídeo privado donde se masturba? ¿Por qué no busca ayuda? ¿Por qué no llama a la policía?
¿Machacándotela viendo porno? Eso lo hacen todos, probablemente hasta el puto papa.
Hector (3×03 – Shut Up and Dance)
Nos faltan datos, en realidad. Como espectadores, asistimos al desarrollo de una historia sesgada. A oscuras. Decía Javier Meléndez en Yorokobu: «Hitchcock advirtió del peligro de no satisfacer esta pregunta tan básica. Para el maestro del suspense sólo había tres opciones: a) la policía está en el tema; b) el personaje es el criminal y c) el personaje es un falso culpable. Brooker no lo aclara hasta el final y con esto realiza una jugada arriesgada: el público IMAGINA qué información falta y podría llegar a advertir por las escenas de presentación de Kenny que este guarda un secreto terrible.»
Y lo guarda. Kenny es un joven pedófilo, y lo que estaba haciendo es bastante más grave y chocante de lo que imaginamos en un primer momento. Sin embargo, ¿nuestro protagonista es un criminal o un enfermo? Probablemente, cada sociedad tendrá una respuesta distinta para esta pregunta, y quizá, por ello, nuestra lectura no sea exactamente la anglosajona.
De cualquier modo, tras el episodio, deberíamos ser capaces de formular varias preguntas: de todas ellas, la principal relativizaría la culpa, y es aquella que nos permite empatizar, no sin ciertos reparos, con el chico al final del capítulo. ¿Merece Kenny ese castigo? ¿Por qué el castigo de Hector es menor? La mayoría de lecturas ven en la infidelidad de este un error menor que merece un castigo menor; otras, consideran que todos los casos están conectados, y que incluso Hector podría estar buscando una prostituta menor de edad, pero la mayoría obvia el punto más básico: el castigo es subjetivo, no es justo y es impartido por personas que no solo ejercen una total autocracia, sino que lo hacen sin temor alguno a represalias.
¿Entonces? Kenny, Hector y el resto de imputados por la ética hacker pasan su propio purgatorio entre atracos a bancos, carreras contrarreloj e incluso duelos a muerte; ¿pero por qué? En el núcleo del episodio, Cállate y baila nos habla de cómo nuestra ética no solo se ve puesta en entredicho tras un error, sino a través de los ojos del prójimo, de la libertad individual, y a cada momento.
Bronn… Hector (Jerome Flynn) y Kenny (Alex Lawther) en un coche.
Cualquiera de ellos, y en todo momento, podría detener el acoso de los hackers, enfrentarse a sus demonios, a su Infierno personal —siempre peor que el purgatorio por el que esos desconocidos les hacen pasar—; es el ejemplo más vivaz de que la moral propia es algo vivo, y algo que se debe probar a cada instante como también veremos durante los minutos finales del quinto episodio de esta temporada.
¿Es un cuento moral? Bueno, no todos lo vemos así. También es una crítica hacia quien imparte justicia. Una crítica al secretismo, a la invisibilidad de la red, y a la subjetividad del mismo concepto. ¿Ha cometido un crimen Kenny o son los actos que, de algún modo, decide hacer bajo coacción aquellos que lo condenan? Para mí, la pedofilia es una enfermedad, y el episodio no da señales de que hubiese un crimen detrás: eran fotos, o vídeos, de crímenes; era el apoyo a un criminal incluso, pero no un crimen propio. Hasta que para proteger su moral, la ética que ha llevado a Kenny hasta ese callejón —una ética en construcción, a oscuras, de un chaval que no puede terminar de entender las repercusiones de ninguna de sus acciones—, se le pone en jaque una vez más. Condenarse, es él quien se condena, por supuesto.
¿Pero tras descorrer la cortina se intercambian las máscaras de héroes y villanos? Parece que Brooker, y estoy bastante de acuerdo, nos quiere explicar que no hay héroes ni villanos… y, como ya se ha visto con anterioridad en Oso blanco, la ley del Talión no suele ser solución…
Pero San Junipero no puede desarrollarse en el universo Black Mirror sin The National Anthem, o The Entire History of You, o Nosedive. En contexto, el cuarto capítulo es una maravilla a todos los niveles, y empieza en un bar con música disco de los ochenta…
El juego tiene diferentes finales: depende de si estás jugando en modo de uno o dos jugadores.
Empieza un sábado por la noche en la costa de California; San Junípero es un destino turístico (¿o deberíamos decir paradisíaco?) de sol, playa, discotecas y sexo en 1987, donde las recreativas y llenarse la chaqueta con tachuelas siguen de moda. Un sábado donde Yorkie y Kelly se conocen en un bar cualquiera, y ahí empieza una historia de amor que corre de semana en semana.
Yorkie (Mackenzie Davis) y Kelly (Gugu Mbatha-Raw) en San Junipero.
Entre medias, un fondo en negro, y un salto hacia delante. Pero eso no es lo único que mosquea al espectador. El contexto es la imagen más pop que podríamos haber imaginado alguna vez: The Lost Boys, de Joel Schumacher, en cartelera, Max Headroom en TV o Heaven Is A Place on Earth de Belinda Carlisle en las pistas de baile. Todo ello agitado, bien removido e impregnado por todas partes con una nostalgia que los primeros minutos del capítulo no nos permiten comprender.
Cuando Yorkie empieza a saltar entre épocas nos chocamos con Funkytown y un Chrysler Cordoba en 1980, el estreno de El caso Bourneen 2002…y muchos otros detalles que se han recogido en otros artículos durante estos meses (por ejemplo, en este artículo de Hipertextual). Entonces, caemos en la cuenta, o deberíamos empezar a atar cabos: no se trata de un mundo real, sino de realidad virtual; pero San Junípero cuenta con sus peculiaridades, porque allí puedes ir a hacer turismo, como Kelly, pero también mudarte, que es lo que Yorkie pretende. San Junípero pueden ser unas vacaciones, pero también la vida eterna.
La historia de amor y lesbianismo de este capítulo es fresca, novedosa y carente de clichés (eso se agradece), pero, sobre todo, alcanza un nivel ético que bebe de los mismos planteamientos que nos lanzaban The Entire History of You o Be Right Back: ¿la tecnología ha llegado para ayudarnos?, ¿seguro?, ¿o nos está jodiendo la vida? La respuesta en San Junípero es dicotómicamente inversa a estos otros dos episodios, si bien mantiene ese germen tan propio de la serie que no olvida que el responsable último siempre somos nosotros.
Cuando se funde el negro por tercera o cuarta vez, el mundo real aparece ante nosotros. Kelly es una anciana que vive en una residencia geriátrica, mientras que Yorkie es una enferma terminal en coma inducido. Yorkie apenas ha podido vivir en el mundo real; Kelly, en cambio, ha tenido una vida plena: perdió a su marido, con quien compartió cuarenta y nueve años; él rechazó esa vida eterna y ella se observa frente a un abismo: seguirle hacia la nada más probable o pasar la eternidad en San Junípero.
Yorkie y Kelly en el mundo real su realidad no virtual.
La grandeza de un capítulo como San Junipero se empieza a articular a partir de estos últimos minutos: Kelly y Yorkie están enamoradas, y tienen la oportunidad de vivir felices en un mundo sin vejez, sin obstáculos, sin necesidades reales. El final feliz choca con el desarrollo del resto de tramas que hemos visto en los otros doce episodios de Black Mirror. Pero no importa. Hay un poso agridulce detrás, en forma de preguntas a través de las que, como espectadores, nos interrogamos: ¿es real una vida virtual para aquel que la vive?; ¿hasta dónde dependemos de un lugar para ser felices?; ¿se ha convertido (o lo hará) el hombre en un dios a través de la tecnología?, ¿es ético vivir para siempre?; sin temores, sin pérdida, sin futuro. Y, sobre todo, llegado el momento, ¿sabremos o podremos disfrutar de una vida eterna?
Desde luego, para Charlie Brooker hay una cosa que sí está clara, y es que los humanos, a diferencia de las máquinas que despiden el capítulo con el siguiente backup programado de San Junípero, volvemos a lo conocido: por eso, muchos han visto un Infierno en el Quagmire, un Purgatorio en el Tucker’s y un Cielo en la casa de la playa. Yo, por la parte que me toca, veo una historia anómala con final feliz, y muchas preguntas que deberíamos empezar a hacernos como especie.
¡Ah! Y, al final, será verdad. Parece que el Cielo es un lugar en la tierra…
En resumidas cuentas, este es un artículo (entre largo y largo de cojones) en el que os explico por qué quiero distribuir gratis dos recopilaciones de relatos que he preferido que no pasen por editorial alguna. Si quieres descargar los libros directamente, puedes hacer clic aquí; si quieres saber qué otros rollos cuento, sigue leyendo.
Hace unos días unas semanas, me di de baja como trabajador autónomo. Llevaba seis años. Quizá sea uno de los saltos al vacío más grandes que he pegado nunca, y eso que, este año, nos tiramos por un barranco de cincuenta metros con el coche: imagínate.
¿Por qué? Buena pregunta. Supongo que tiene mucho que ver con que este blog cada vez tenga más lectores, y yo oportunidades dentro y fuera del mismo; también me ha crecido un poco el ego en los dos últimos años (no mucho), lo que siempre ayuda a hacer gilipolleces, y tengo por ahí a varias decenas de personas que me hablan de mis columnas de opinión, mis artículos sobre animalismo o alguno de mis relatos; lo que sea.
Todavía me queda para llegar hasta ahí.
En definitiva, que el otro día le regalé el 50 % de la empresa a mi socia, y seguí escribiendo. Claro que esto tiene truco, porque también es mi mujer, y, por ahora, le toca mantenerme o darme alguna migaja.
En confianza, se trata de aquello que llevaba años queriendo hacer, pero que uno no sabe por dónde tirar; ni cómo. De esas soluciones que no son soluciones en realidad, y de esos anhelos que todo dios te dice que están muy bien, que son muy nobles, pero que comas mierda para ingresar la nómina a final de mes.
Así que, una vez he conseguido publicar mi primer libro, y escribir el borrador de una novela corta que (creo que) a muchos de los lectores del blog os encantará, a tomar por saco la seguridad. Y no solo eso. Como ya estaba entrado en materia, también he decidido replantearme un par de cosas. La más importante tiene una relación directa con la escritura: con mi escritura, y se resume en que estoy aquí, y hago lo que hago, por los lectores y lectoras que me han acompañado en los últimos años. Y voy a seguir contando con vosotros (y vosotras; en realidad, las chicas sois mayoría, así que voy a empezar a cambiar ese plural genérico masculino…) para tirar adelante muchos de los proyectos a los que quiero dedicar los próximos meses; por ahora, os voy a regalar algunos de los que me ayudaron a llegar hasta aquí. Os los voy a regalar porque creo que es la única forma de que hoy la escritura, cualquier escritura, llegue a las personas.
No con eBooks, ni con obras a precio reducido, ni con artículos virales o publicidad en redes sociales; he aprendido que todo eso son medios cojonudos, pero solo son eso: medios; algunos medios. Le voy a dar la vuelta. Llámalo como quieras: estupidez, locura, desconocimiento, lo que quieras; voy a empezar por dar una parte de mi trabajo diario de los últimos años y poner la mano después. Si es posible, no solo un capítulo para que te hagas una idea sobre de qué iba esto, sino todo un libro, o más, o todo lo que pueda: quien quiera ayudarme a seguir adelante, que me compre un par de cervezas si se cruza conmigo, o apoye mi próximo proyecto comprando el libro en alguna librería, o en Amazon, o llevando un ejemplar a la biblioteca de su barrio.
Porque yo quiero ser escritor, siempre he querido; tú sé lo que quieras: lector, cómplice, crítico o mecenas.
He recibido muestras de interés editorial por Insolación, por lo que, por el momento, quedarán disponibles los dos primeros capítulos con la esperanza de una posible edición futura.
Insolación recoge hechos irreales, testimonios dantescos e historias esperpénticas. Como denominador común, la locura, los estados alterados, los delirios y el calor de un astro siempre presente que atrae aquello más trágico de la condición humana.
#1. Cosa Nostra
Dos mafiosos discuten sobre su modo de vida en un atasco; en el maletero, viaja un cadáver del que pretenden deshacerse a las afueras.
#2. Dobles parejas
Para entender la historia, la historia que debía haber sido aquí narrada desde el principio, hay que recordar que, por mucho que se empeñen Falcones, Marsé o Zafón, Barcelona es mucho más que La Ribera, el Carmelo o el Arc del Teatre.
#3. Eje 16
¿Qué hay detrás de este mundo de gris? Probablemente nada, ¿verdad?
#4. Full de Reyes
Los Merlo son una familia castrense venida a menos, que malvive en Villanueva del Rey, un municipio próximo a Écija; hoy, les visita un amigo del abuelo: un miembro de la guardia mora de Franco.
#5. Divina Comedia
La familia Merlo marcha de excursión desoyendo a las mujeres; el abuelo y su compañero de armas cargan dos escopetas al hombro y se disponen a viajar a Madrid, a reclamar una pensión digna para Abu Zakaria.
#6. Cotidianidad
En un bar del centro un loco se emborracha en su tragedia. A su lado, una niña, que no es suya, y un perro, al que rescató de las manos de un maltratador.
#7. Caminante, son tus huellas
Martín, un joven de trece años, tiene una curiosa forma de pasar el tiempo: espía a Áureo por el barrio, un jubilado gallego que gasta sus días entre el bar y el paseo marítimo de la ciudad.
NOTA INFORMATIVA:Oldies: Mucho por vivir es un eBook (libro en formato digital) donde la calidad fotográfica es parte fundamental del contenido; por temas de promoción, también lo encontraréis en formato Amazon Kindle, pero la versión de alta calidad a color que os adjunto es infinitamente mejor (¡y a color!). ¡Para cualquier duda, podéis contactar conmigo por e-mail o en los comentarios!
Portada de Oldies: Mucho por vivir
Entre septiembre y octubre de 2015, escribí las historias de nueve perros ancianos que habían revolucionado la vida de nueve familias catalanas en el marco del proyecto Conectadogs. Me obligo mi mujer. Lo hice en colaboración de Laura Palau, quien recogió toda la esencia de esos animales en un libro electrónico repleto de fotografías espectaculares.
Con el dinero que recaudamos, hicimos mensualmente una donación a diferentes protectoras: concretamente, a Héroes de 4 Patas, Abam i Apropa’t y Let’s Adopt España. Hoy, este libro tiene sentido por tres razones: para recordar aquellas historias que ya han concluido, para no olvidar todas las razones que nos impulsan a convivir con un perro anciano y para ayudarnos a estructurar un proyecto animalista y social que llevamos un año gestando entre animalistas, psicólogos, etólogos y adiestradores caninos: de esto, también os hablaré, antes o después, y os va a gustar.
¿Es posible deconstruir la vida de una persona como si de un discurso se tratase? ¿Puede la literatura domar el dolor de una pérdida? ¿Son los muertos más idiotas que los vivos? Siete historias de histeria son relatos de enfermedad, de odio y de incomprensión; una crónica de alguien con muy mala memoria que se interroga a sí mismo demasiado tarde.
Siete historias de histeria fueron los siete primeros relatos que escribí en una misma dirección. Se trata de textos repletos de ficción y autoficción sobre el cáncer terminal de mi padre, sobre la vida, y sobre la muerte; mi forma de despedirme, de echar cosas en cara, de agradecer, de confrontar, y, sobre todo, de seguir adelante.
#1. Boca-oreja
Un hombre entra en la consulta de un psiquiatra, y… Esto empieza como un chiste, y quizá lo sea, pero no por ello está ausente de bloqueos y traumas ocultos en la memoria.
#2. Tres prismas
¿Qué relación tiene un piloto de carreras, una actriz frustrada y una conversación de sofá? Bueno, acepto tu apuesta…
#3. Hipótesis
Una de las mayores pérdidas que ha sufrido el hombre ha sido su libertad para elegir dónde y cuándo morir.
#4. Antítesis
¿En serio crees que nos definimos por lo que somos o también por todo aquello que pudimos ser? La presencia solo es una milésima parte de toda tu ausencia.
#5. Air Force One
Enfrentarte a tus miedos es el único modo de seguir adelante. ¿La vida? La vida va de eso.
#6. Síntesis
Sobre la vida y la muerte. Pero sobre todo la muerte. Sobre el poder que tiene la muerte de cambiar las cosas por un único instante, y no más.
#7. Epílogo
No es más que una despedida. El problema es cuando se sobreponen: tu padre, la universidad, la primera juventud, y todo un mundo que cae para dar forma al siguiente.
Dicho esto, sigo adelante.
Con la novela empezaré a marearos a partir de enero…
Mañana tengo hora con el médico. Hace un par de días, fui al centro de asistencia primaria y me dijeron que yo no existía, así que tuvieron que abrirme un expediente y darme hora para este jueves.
Tengo un dedo y una articulación fastidiados desde mediados de noviembre, cuando vino un sensei japonés a visitarnos al dojo; por regla general, esas visitas funcionan así: viene un señor que lleva toda la vida haciendo artes marciales y nos dice cuán mal lo hacemos y qué deshonra suponemos el noventa por ciento de nosotros para la disciplina que él ama; el traductor suaviza el golpe, y el invitado coge fuerzas para volver a dejarse engañar al año siguiente.
Dicho esto, cabe aclarar que los nipones son máquinas de matar desde los tres años, y nosotros solemos llegar a estas curiosas aficiones (por lo menos, para nuestras madres) con una o dos décadas de retraso. ¿Pero por qué os cuento esto hoy? Porque ese día alguien me dio un mal golpe, o yo retorcí algo, o crují un no sé qué o fracturé un qué se yo, y, desde entonces, aquí estoy, escribiendo a lo taquígrafa de principios de siglo, quejándome mucho, empastillándome de vez en cuando y descansando la mano cuando no hay más remedio.
Evidentemente, esto no me evitó seguir entrenando como pude, ni viajar a París y pagar casi seis euros por un café (oh, mon dieu!), y tampoco terminar de corregir el primer borrador de la novela, y empezar a moverlo un poco con el fin de recopilar alguna que otra opinión. Una novela que me he planteado como el final de una etapa y el principio de otra; como un camino que quiero abrir, y que quizá, sin darme cuenta del todo, ya esté abierto, y una despedida acorde a cuatro años de caos, pero de muchas alegrías.
Caos descansando en una terraza (junio de 2012).
Y a medida que planteo y consolido proyectos, siento la necesidad de cerrar otros; por eso, antes de que termine este 2016, no quiero daros mucho más la lata con De cómo los animales viven y mueren en el blog, sino regalaros dos o tres cosas como agradecimiento por vuestra fidelidad como lectores y lectoras, y dar un par de sorpresas finales con las que encaminarnos al qué vendrá.
Sí, sé que no he desvelado mucho por ahora; pero es que, si lo hago, os fastidio uno de los dos próximos artículos por completo, y, además, por si no os habíais dado cuenta esto es, fundamentalmente, una entrada de blog donde vengo a llorar porque me duele la mano y mi mujer está hasta el… moño de oír cómo me quejo.