Todo lo demás

¿Crees que la física cuántica es la respuesta? Porque…no sé, en el fondo, ¿de qué me sirve a mí que el tiempo y el espacio sean exactamente lo mismo? En fin, si le pregunto a un tío qué hora es y me dice seis kilómetros, ¿qué coño es eso?

Todo lo demás (Woody Allen, 2003)

Una de mis pasiones siempre ha sido Woody Allen. Lo descubrí en la figura binómica de actor-director en Annie Hall, Hannah y sus hermanas o algún film similar de entre los setenta y los ochenta.

Woody Allen (F. Mauro)
Woody Allen, de Federico Mauro, diseñador minimalista italiano.

Hay tres Allen, el que fue, el que era y el que es; el que fue era aquel cómico de películas que se ocultaba entre gags de humor y tramas de época: Bananas, El dormilónToma el dinero y corre o la inigualable versión rusa del director: Boris Grushenko; después está el que era, el que fue en Manhattan, o cuando robó a Diane Keaton de las manos del mismísimo Corleone. Siempre ha habido un poco del que era después; incluso cuando sus musas eran cada vez más jóvenes y él cada vez más viejo. Y está el que es, por supuesto, con cine de primer nivel que rehuye los Oscar y los grandes estrenos, que sigue creando por necesidad y, a menudo, no da tiempo a guardar ese texto en un cajón (¿él no lo necesitará?). De aquí han salido maravillas cómicas y dramáticas, como Melinda & Melinda, Match PointMidnight in Paris

Escena de La última noche de Boris Grushenko (Woody Allen,1975 )

Pero esto último es una crítica muy poco seria a Allen, quien siempre —con escasas transgresiones de esta norma— ha estrenado una obra por año desde 1971. Quizá, simplemente, después de Annie Hall, de Delitos y faltas, de Deconstructing HarryAnything Else, una de mis películas preferidas, es difícil alcanzar ese core, ese arkhé cinematográfico de nuevo.

Anything Else (Todo lo demás) es una película extraña, donde uno de los dos protagonistas es un guionista judío malhumorado y temeroso de lo que el fascismo ha hecho con el mundo; un ser que repta por Nueva York junto a su curioso discípulo. Son Jerry Falk y David Dobel. Una pareja que ejemplifica el ideal de maestro y pupilo griego en el Central Park del siglo XXI. En realidad, se trata de una comedia romántica, pero como las entiende Allen: repletas de neurosis, de personajes con personalidad límite, y de una historia de amor que construye y destruye la cinta maravillosamente bien.

Por eso me encanta esa película; porque Christina Ricci, y su madre, y el resto de personajes y escenarios (excepto el parque y los locales de jazz neoyorquinos, probablemente) son solo un ornamento. Un decorado que sirve para que Jason Biggs converse con Allen de la vida, de la muerte, del nihilismo, y del sexo o el trabajo como únicas balsas salvavidas en ese mundo; ¿pero quién habla sino Allen con su yo joven? Un Allen que deja que sus slapticks o payasadas se deslicen lejos del que fue junto a la sombra de Bogart en el setenta y dos, o el que buscaba a la madre de su hijo adoptivo y se topaba con una puta; e incluso de los últimos coletazos de aquel bufón atemporal que atracaba un banco por segunda vez a través de la gran pantalla.

Tiene gracia. Una vez iba en un taxi —esto fue hace años—, y yo le abría mi corazón al taxista sobre todo lo que estabas largando hace un momento: vida, muerte, el universo vacío, el significado de la existencia, el sufrimiento humano… Y el taxista me dijo: «Bueno, es como todo lo demás.»

Todo lo demás (Woody Allen, 2003)

Pero no os quedéis con lo que os digo aquí si no habéis visto al neoyorquino en acción; vedlo todo. Ved al Allen simplón y tartamudo que muchos detestan; y al tartamudo existencialista también; al dramático, al cómico, al que supuraba humor negro y al valiente que nunca se dejó doblegar por Hollywood.

Escena inicial de Annie Hall (Woody Allen, 1977)

En su momento, para mí, las películas de Woody Allen fueron la Biblia, el Corán y la Torá; un producto al que acercarme en busca de respuestas a los problemas de la existencia, a nuestros grandes miedos y a los sueños que acunamos cada noche desde que tenemos uso de razón; por eso, no hay película de Allen como Anything Else, donde te das cuenta de que, a menudo, todo lo que necesitas para vivir es la condescendencia de un extraño y sentir cómo tus problemas se relativizan al fundirse el negro.

Un carril bici, supermanzanas y otra cagada de la Administración

Decía Antonio Gala: «Lo malo no es que los sevillanos piensen que tienen la ciudad más bonita del mundo… Lo peor es que puede que tengan hasta razón». Y no le faltaban argumentos al escritor manchego. Si los de fuera se asombran de lo que hay por allá, ¿cómo extrañarnos de ese orgullo por lo local?, por lo propio.

Algo similar ocurre con Barcelona; incluso a aquellos que hemos escapado a las afueras, y solo la visitamos furtivamente, como a una amante que, cada vez que os encontráis, espera más y más de ti; y no es que no ofrezca…, ¡pero es que ha empezado a pedir demasiado!

En lo personal, a menudo, esas visitas se adscriben a la necesidad; necesidad que impone algún tipo de rutina: familia, amigos, deporte… y, por estas fechas, también tiendas en rebajas, o mercadillos navideños, sobre los que un servidor no puede escribir sin percibir un intenso escalofrío por la columna.

Hospital de San Pau (Barcelona)

Hoy, por norma, esas visitas, donde el coche es un triste obligado, se limitan a última hora de la tarde, cuando bajamos tres o cuatro días por semana a entrenar y soltamos al ayuntamiento un par de monedas para aparcar en alguna de las plazas libres de zona verde o azul. Hasta hace un par de semanas.

Hace unos catorce días, aproximadamente, desaparecieron todas las plazas del lado izquierdo de las cuatro manzanas de Travessera de Gràcia entre la calle Lepanto y la calle Cartagena. Al otro lado, se estrecharon los carriles, y tuvieron que modificar el trazado también: del doble de aparcamientos en batería, quedamos con la mitad.

Ayer, al recoger a los perros, pasamos por esa misma calle. Allí mismo había brotado un carril bici, para ambas direcciones; milagrosamente, topamos con una plaza libre. Yo, como minoría, supe desde el primer momento que no podía decir nada, que mis problemas eran míos y del porcentaje (no tan) escaso que entra y sale de Barcelona en coche.

¿Pero quién decide estas cosas? ¿Los residentes? Está claro que no; yo viví allí desde diciembre de 2013 a julio de 2016, y nadie me preguntó. A posteriori, los antiguos vecinos me paran y me informan de estos grandes cambios a ojos de cualquier jubilado, y también unos amigos, que viven en la casa que vaciamos antes de volver al verde.

Lo mismo ocurre con el modelo de las supermanzanas, donde la Administración y la Agencia de Ecología Urbana llevan varios años exprimiéndose los sesos para solucionar los problemas derivados del llamado Modelo Barcelona (polución, ruido, falta de espacios verdes…), que es víctima de su propio éxito.

¿Pero quién ha preguntado a los vecinos? Titulares como «Barcelona reajustará la supermanzana del Poblenou ante las quejas de vecinos y comerciantes» demuestran que nadie, o no lo suficiente; detrás de esas ideas de la ciudad como espacio público de sus ciudadanos, se abre una incoherencia que se extiende hasta la última puta plaza de parking.

Explicación visual de las supermanzanas

En Barcelona, a escala local, ocurre lo mismo. ¿Quién quería a las supermanzanas?, ¿y cómo lo sabemos? Y mucho antes, quién quería este modelo turístico, o europeizar una ciudad que era única, que era de barrios, y que, quizá, muchos deseábamos mantener conforme a su propia historia e idiosincracia en Horta, en Sants, o en Gracia, y tantos otros lugares.

En las últimas horas, Matteo Renzi ha sentido la verdadera bofetada de lo que significa el pueblo como organismo vivo, y el por qué se silencia esa pluralidad a la que jamás podremos contentar del todo; y se silencia a pequeña escala en la apuesta por un consumo más verde de la ciudad sin infraestructuras que lo respalden (quien viva en Barcelona, sabrá el poco sentido que tiene seguir ignorando la necesidad de una red más extensa para el transporte público de cercanías, por ejemplo), y no a la inversa, y a gran escala, cuando se generaliza esa actitud paternalista por parte de las instituciones, que no dejan al ciudadano decidir por su propia ciudad, su propio país ni su propio futuro.

Matteo Renzi dimite tras su derrota en el referéndum para la reforma constitucional

Como consuelo, mientras el ideal económico europeo —el único que se sacralizó— se resquebraja un poco más en Roma, nos toca preguntarnos —que no nos quiten esto también— dónde tenemos voz y voto, si en las grandes cuestiones a nivel nacional o europeo solo molestamos, y en aquellos debates locales se nos expone lo imposible que sería buscar el consenso de los ciudadanos.

A Renzi le ha ocurrido lo mismo que a Varoufakis, pero al revés. Ha buscado salvar los intereses de aquellos que, para la inmensa mayoría, son seres etéreos de las altas esferas, y ha tenido que dimitir. A Ada Colau, en cambio, se le adivinaban rastros de ese 15-M que se institucionalizó, pero no deja de ser hija del sistema, y eso, antes o después, no se puede combinar con referendos y democracia.

Mercury - Concierto Wembley Stadium

En París, leí un titular sobre las elecciones estadounidenses que decía: «¡La estupidez ganó a la inteligencia!» Es muy probable. ¡Pero que nos dejen ser estúpidos! Quizá, así, si se extingue la llama de la democracia con un aplauso generalizado, como decía la princesa Amidala en La guerra de las galaxias,  al fin podamos compartir la culpa.

Nos queda un último consuelo en el vigésimo quinto aniversario de la muerte de Mercury, que eterniza la belleza de mi ciudad en forma de dueto y sigue sobrevolando nuestras cabezas; dice así: «Barcelona, ¡qué bello horizonte!, como una joya en el sol. Por ti seré gaviota de tu bella mar.» Pero claro, él salió volando antes de las Olimpiadas, y nunca le costó aparcar en esta ciudad.


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Quitar el pie del acelerador

Para un auténtico escritor, cada libro debería ser un nuevo comienzo en el que él intenta algo que está más allá de su alcance.

Ernest Hemingway (1899-1961)

Por ahora, he acabado. Mañana viajo a París, y quién recuerda cuántos días desaparezco. Yo no. Para esta semana, solo restaba un artículo, una última bala en la recámara, con aromas a literatura, y, por ende, no me preocupa, porque se mantendrá vigente a mi vuelta.

suerte
Fotograma de un episodio de la webserie Malviviendo.

Por ahora, terminé con las presentaciones del libro: una en Casa del Libro de Paseo de Gracia; otra en la feria de EcoReus (Tarragona). En la primera, no funcionó el sonido; en la segunda, tampoco la imagen. Ley de Murphy, supongo; algo tenía que pasar, y a mí me pasó casi todo. También estuve a punto de comerme a una decena de coches que habían perdido el control en la autopista por el granizo. Al final, el vehículo respondió, más o menos, y pude clavar el freno de mano antes de volver al taller por tercera vez este año: ¡mi suerte sigue intacta!

Ya en escena, me supo fatal por La Caja de Pandora (esta no; esta tampoco; sino esta), que no solo tuvo que lidiar con mi inexperiencia, sino con un discurso fragmentado por falta de medios del que, en esta segunda presentación, me recompuse como pude. Allí encontré un público entregado e informado, que tenía ganas de contrastar opiniones, de ofrecer su punto de vista y de generar un debate sano, y fueron ellos quienes, esta vez, me salvaron.

Ahora, queda descansar unos días; terminar de devorar el magnífico Homo Deus de Yuval Noah Harari, que, desde aquí os recomiendo, y también su primer libro, Sapiens, y un par de novelas que tengo pendientes —entre ellas, una de las últimas tramas del Wilt de Tom Sharpe—, decidir hacia dónde prosigo y cómo lo hago; recordarme, de nuevo, que es básico, que es necesario, pero que no quiero ser un capullo egocéntrico que no sabe hablar más que de su propio trabajo, y seguir contrastando esos argumentos que me han traído hasta aquí.

Wilt no se aclara (Sharpe)No puedo quitarme de la cabeza la sensación de que todo se ha acelerado, y eso que hace un buen rato que no tengo el pie en el pedal. Quizá, por eso, ahora sí que desaparezco unos días; para disfrutar realmente del viaje, y no, no hablo del viaje a Francia con el que comenzaba esta entrada tan breve como anómala.

Quiero tener el borrador de la novela terminado a final de año: solo me queda un mes. Vinculada a esta, os haré lo que yo considero un regalo, y, para mí, también una liberación; vosotros ya diréis sí es un detalle o una putada. De lo único que estoy seguro —eso que tengo verdaderamente claro— es que no quiero centrarme más de la cuenta en promociones, presentaciones ni todos estos rollos (que os agradezco hasta el infinito, y más allá): quiero seguir haciendo las cosas como me han funcionado, y escribir; seguir escribiendo; trabajando; creando mundos; jamás caer en el tópico de ese tipo que junta letras una vez y, tarde o temprano, se olvida de cómo lo hizo.


De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Para los lectores de De cómo los animales viven y mueren:

Ante todo, gracias. ¡Estos meses están siendo de locura, pero también de muchas alegrías por todo el apoyo!

En segundo lugar, siento ser un capullo egocéntrico, pero sería genial que pudieseis enviar una valoración o escribir una reseña en alguno de los principales portales de compra donde se puede conseguir el libro. Por orden de relevancia (que me saco yo de la patilla), serían:

Se fue el caloret

Rita Barbera… ha muerto. Lo ha hecho hace escasas horas; cuarenta y un años y tres días después de que anunciaran la muerte de Franco en aquel famoso teletipo, que tantos y tantos siguen rememorando aún.

La senadora y exalcaldesa de Valencia declaró el lunes por primera vez frente al Tribunal Supremo en relación a la Operación Taula —aquella que la obligó a salir por la puerta de atrás del PP, y a integrarse en el Grupo Mixto—. No era la primera vez. Estuvo por ahí rondando en el Nóos, por obligación, y le salió caro el apoyo a Francisco Camps, principal imputado en el caso de los trajes.

Rita Barberá durante la mascletà

¿Financiación ilegal en el PP valenciano? ¿Una caja b? Se trataba de cuestiones donde la presunción de inocencia ya tiene poco sentido en un país cansado de desfalcos y desmanes por parte de la clase política. Para los medios y los ciudadanos, Rita Barberá era culpable, y es muy probable que lo fuera; para la justicia, sin embargo, las cosas se mantuvieron hasta el final (hasta su final, por lo menos) un paso detrás del otro; como tiene que ser.

Los documentos y testimonios recabados desde el inicio de la llamada Operación Taula, en enero pasado, señalaban a la exregidora, pero su blindaje como aforada, dado su actual cargo de senadora, le permitió posponer varios meses la imputación.

No obstante, parece ser que la noticia no es el punto y final a sus veranos de caloret, sino un pretexto más para enfrentar y crear polémica en el Congreso. La inesperada muerte de Rita, a quien ya varias fuentes afirmaban que el estrés le había pasado factura, ha sido razón suficiente para que la presidenta de la cámara, Ana Pastor, decidiese dedicar un minuto de silencio en su memoria.

Minutos antes, los diputados de Unidos Podemos han abandonado la sala, afirmando (a posteriori) que sentían la pérdida en lo personal, pero que no podían ofrecer un gesto oficial de respeto a quien, según ellos, no ha sido más que una política corrupta: «Un homenaje oficial es sinónimo de honra por su trayectoria», decía Garzón. Otros no estaban de acuerdo.

Rita Barberá (Musa del humor)
En 1973, Rita Barberá fue elegida Musa del Humor de Valencia. En serio.

La polémica ya estaba servida en la prensa y las redes. De la muerte de una persona al circo de lo mediático, de lo políticamente correcto… Pero para sorpresa de muchos, lo políticamente correcto solo ha resultado ser una minoría de ciudadanos que se sienten disgustados con la actuación de Iglesias, Errejón y compañía, y una aprobación generalizada frente al statu quo, a esa ilusión de normalidad que nos quieren vender, y que la mayoría de nosotros directamente empezamos a repudiar.

«Homenajes para la anciana de Reus que murió por tener que alumbrarse con velas», decían muchos; «¿nadie se acuerda de cuando la respetable se burló de los homenajes a las víctimas del metro de Valencia?», preguntaban otros; comentarios en solidaridad a los millones de personas expulsadas de su hogar por los bancos que siguen cargando con el peso de una hipoteca; por los miles y miles de jóvenes desplazados que escapan de los porcentajes de paro juvenil…

En cambio, para muchos, la trayectoria de la que fue primera dama valenciana durante veinticuatro años y cofundadora de Alianza Popular, y de lo que vendría después, no merece honores, al menos, oficiales; de los otros, nadie con dos dedos de frente se los negará.

El respeto por la muerte de una persona es algo que todo el mundo merece, pero la admiración, la gratitud, las despedidas sentidas, hay que ganárselas. Que se planteen pues todos aquellos y aquellas que se han mantenido en silencio en el hemiciclo qué era Barbera para ellos, qué había hecho Rita por ellos y por su país, y cuánta hipocresía falta por erradicar todavía en la vida pública y política de España.

Mariano Rajoy declaraba hace unos minutos: «Rita ha dado la vida por el PP», mientras muchos se preguntaban para sí: ¿pero no la habían repudiado y expulsado del partido? Tampoco falta quien, en esas palabras, ve conspiraciones que, por supuesto, resultan imposibles en un estado democrático de derecho como es España, y que no son más que coincidencias, como ya ocurrió en la trama Gurtel

Pero parafraseando las palabras de alguna que otra mente despierta: mucho debate, mucha crítica, pero pocos «descanse en paz». Pues, que así sea, que Rita descanse en paz, y que el resto de implicados lloren lágrimas de cocodrilo, suspiren aliviados en sus casas y dejen de apretar el ojete.

Quien de verdad la apreciaba, estará ocupado lejos de los focos y las cámaras, viviendo la cara más dura de la alta política, esa que se tiene que pasar a solas, sin apoyos ni coaliciones. Como le ocurrió a Barbera al final de su vida.


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Presentación: De cómo los animales viven y mueren

Ayer, día 22 de noviembre, se mezclaron cientos de sentimientos y emociones: alegría, inquietud, espontaneidad, gratitud, familiaridad, deseo de cambio,… ¡quién sabe qué más!

Fue la primera de muchas, espero, y un punto de partida; uno más. Con muchos nervios al principio, y un alivio aderezado entre tacos a medida que los minutos pasaban (¡no os puedo engañar, soy muy mal hablado!).

Una hora en la que me había propuesto mostrar los problemas de sostenibilidad que nos afectan a todos, y cómo la ética de cada uno se compone de lo que sabemos; de la importancia de saber, y de seguir aprendiendo, y, sobre todo, de la firme creencia de que la imposición nunca será el mejor camino para llegar a quienes no piensan como tú.

Una presentación que, creo, que conseguí que se asemejara al libro: lleno de relatos que se resisten a salir a la luz, de historias tras los muros, del desconocimiento y del peligro que este supone en todo lo que vivimos; en todo lo que comemos, vestimos y en la forma en la que nos divertimos.

De cómo los animales viven y mueren ha sido desde el principio un alegato de cientos de preguntas que necesitan una respuesta, y de, por lo menos, una verdad: que los animales viven y los animales mueren, y que la mayoría de nosotros no sabemos cómo hacen ni una cosa ni la otra, y que para muchos esto no es ético, pero, sobre todo, que tiene una fecha de caducidad muy, muy breve.

Hoy, no tengo más palabras. Pero mañana seguro que volverán.

Gracias.

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De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Las fotografías corresponden a la presentación en Casa del Libro de De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), mi primer libro sobre ética y protección animal, consumo sostenible, y mucho más. ¡También está disponible en Amazon!

Diez canciones

Nunca hablo de música, y no sé por qué. Me di cuenta el otro día cuando mi editor me enseñó que tiene un santuario a King Diamond debajo de su propia casa.

Por mi parte, el mayor tributo al heavy metal que tengo yo es una entrada firmada por Alexi Laiho y el resto de Children of a Bodom. Ese es mi mayor tesoro tras decenas de conciertos que se fueron domesticando a lo largo de los años por decisión propia.

La música fue algo imprescindible en mi adolescencia, donde apenas salí de la pentatónica y los típicos quince o veinte acordes que aprendí con los colegas; los punteados, las quintas y el ritmo fueron la forma que encontré para empezar a expresarme.

Pero antes que después, descubrí que no era la mía; que tenía que renunciar a lo de estrella del rock y a los excesos en un backstage y ponerme a escribir.

Aun así, siempre he agradecido en silencio esa guía que llegó de la mano de tantos géneros; sobre todo del rock, y que me permitió descubrir el heavy metal, pero también el blues, y el jazz, y el… Bueno, ¿quién necesita más?

Ahí van diez joyas, y un rey. 

1. In a sentimental mood

Duke Ellington (1935)

2. Lucille

B.B. King – Lucille (1968)

https://www.youtube.com/watch?v=-Y8QxOjuYHg

3. I Want To Break Free

Queen – The Works (1984)

4. Segundo movimiento: Lo de fuera

Extremoduro  – Dulce introducción al caos (2008)

 5. Beware The Heavens

Sinergy – Beware The Heavens (1999)

6. Timber (Pitbull & Ke$ha cover)

Postmodern Jukebox – YouTube (2014)

7. Childen of Decadence

Children of a Bodom – Follow the Reaper (2000)

8. Hallowed Be Thy Name

Iron Maiden – The Number of the Beast (1982)

9. November Rain

Guns’n’Roses – Use Your Illusion I (1991)

(Con esta me casé, por cierto.)

10. Rock You Like a Hurricane

Scorpions – Love at First Sting (1984)

Y el rey del que os hablaba.

Elvis Presley – Jailhouse Rock (1957)

Claro que hay muchas más…

Quizá le coja el gusto a esto.

Un robot con renta básica

Al principio de su campaña, Podemos defendió la renta básica universal. Pero la formación morada no tardó en dejar esta idea en standby y centrarse en otras promesas electorales. Ocurrió en la misma medida que el rechazo a la tauromaquia, que se tradujo en la ofrenda de un tijeretazo a sus subvenciones: algo que PACMA consideró insuficiente para ofrecerles su apoyo.

En España, un país que tiene un sueldo mínimo de 655 € al mes y un paro juvenil superior al 46 %, defender la renta básica universal es una quimera. Para nuestra tranquilidad, por ahora, lo es también en Europa —en esto, sí somos europeos—, si bien probablemente sería una buena forma de establecer políticas novedosas con las que nadie se atreve, ¿no? Al fin y al cabo, si podemos ser el conejillo de indias del Bundesbank para ver cuánta mierda puede tragar el ciudadano medio, también podrían tirarnos un hueso de vez en cuando.

Unidos Podemos (Garzón, Colau, Oltra, etc.)
Cartel promocional de Unidos Podemos para las Elecciones Generales de junio de 2016.

La argumentación de Iglesias, por aquel entonces, era dramáticamente lúcida: si los jóvenes tienen que trabajar por cuatro duros, por consiguiente, no podemos generar empleo de calidad; «si no tienen que coger el primer trabajo que les salga, la competitividad de las empresas, aumentará». Por descontado, también resultaba terriblemente obtusa: ¿si no lo habían visto los alemanes en la zona industrial del Rin?, ¿si la gran Europa no veía que había zonas enteras que no resultaban competitivas en un país y tenían que depender de terceras, cómo iba a percibirlo la pequeña España desde su burbuja? ¿O si se veía? Quizá detrás del discurso del «vivir del cuento», «de no mantener a los vagos» y de «dónde saldrá el dinero para ese sueldo Nescafé», existe un problema gravísimo de desempleo regional que se materializa en las Canarias, en Ceuta, Extremadura o Castilla-La Mancha, y también en Grecia, en Portugal, en Francia, y en toda Europa.

[…] ¿si la gran Europa no veía que había zonas enteras que no resultaban competitivas en un país y tenían que depender de terceras, cómo iba a percibirlo la pequeña España desde su burbuja?

The New Yorker (portada, 2011)Por supuesto, los detractores de la renta básica universal (RBU) han buscado argumentos con los que convencer al electorado: está la premisa de la gran putada que eso supone para una debilitada clase media europea (¿qué clase media?); tampoco se olvidan de que la heterogeneidad es un hándicap notable, y ponen de ejemplo a los EE UU, donde los blancos protestantes no ven bien eso de las ayudas a las «minorías» de clase baja; y, por supuesto, crea vagos. No te lo dicen así, pero esta no es una política que siga el modelo de competitividad capitalista, así que… ¿si te dan algo gratis, por qué vas a trabajar?

Evidentemente, si lo analizamos punto por punto, esto es un despropósito. Primero, porque no hay razones de peso para cargar ese gasto a la clase media: si el capitalismo nos lleva a incrementar las diferencias entre clases altas y bajas, que sean las primeras quienes se ocupen del mayor agravio comparativo, y no una clase media que se está extinguiendo debido a esas mismas políticas económicas. Segundo, porque comparar EE UU y Europa no siempre es pulpo como animal de compañía, porque hay una cosa que se llama neoliberalismo y estado del bienestar, y otra cosa que se llama liberalismo y no intervencionismo. Y, tercero y último, porque por mucho que te digan que con una renta básica uno va a ser feliz: la mayoría de los seres humanos no aspiramos a comer todos los días macarrones y nada más que macarrones, y ni estudiar, ni comprarnos la PlayStation, ni salir por ahí de viaje, o de fiesta, o con la parienta.

Estamos entre la espada y la pared, entre la dictadura del proletariado de Marx y los temores más oscuros de desempleo que enarbolaban los luditas.

Más que vagos, lo que parece crear esta RBU es un arma contra las humillaciones, contra los sueldos que nunca abandonan las tres cifras, y contra las grandes empresas y los poderes fácticos. Pero no funcionó. Iglesias y los suyos dejaron esta idea atrás más pronto que tarde, y centraron su campaña en temas sociales y de mejora económica que no se desviaban tanto de los caudales tradicionales.

¿Pero por qué es una quimera? ¿A qué viene esa marcha atrás en plena campaña? A nada más y nada menos que a las actuales economías low-cost, donde todo tiene que ser cada vez más barato, donde no se prioriza la inversión en Investigación y Desarrollo y te miran raro cuando mencionas el coste agregado de la digitalización.

Robots industriales (fábrica de coches)
Robots industriales en una fábrica de automóviles.

Estamos entre la espada y la pared, entre la dictadura del proletariado de Marx y los temores más oscuros de desempleo que enarbolaban los luditas; lo que está claro es que la cúpula de Podemos debió mirar un poco más a fondo en los presupuestos generales, y darse cuenta de que España es un país mucho más atrasado de lo que ellos mismos esperaban, que está terminando de desangrar a ese pollo sin cabeza llamado estado del bienestar, pero que no tiene recursos para alcanzar la renta básica, ¿y como colofón? Bueno, falta por explicar a los ciudadanos que no van a ser los vagos quienes se carguen la economía de la nación, sino los robots; pero, como bien decía Daniel Raventós en una entrevista de Federico Florio para La Vanguardia: «falta voluntad política, pero sobre todo, que los políticos se enteren a tiempo de las cosas», y tengan el interés de informarse, podríamos agregar.


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La filosofía detrás de Black Mirror (I)

Contiene spoilers de los capítulos.

Black Mirror es, probablemente, el mejor producto televisivo de los últimos años. Por eso, se la ha agenciado Netflix, y lo ha hecho con mucha mano, cuidando los detalles, dando un salto entre algodones para su traslado de la televisión inglesa hacia la americana.

La serie de la cadena británica Channel 4 muestra seis escenarios distintos (dos temporadas de tres episodios cada una) donde lo único que une a los personajes es el uso (y abuso) de las nuevas tecnologías: ordenadores, tablets, redes sociales, smartphones… son la clave. Los personajes no son los culpables de todo aquello que se genera alrededor, pero siempre se convierten en cómplices; a veces, por acción, otras por omisión.

Sobre ella hablé un poco —muy poco— hace más de dos años, cuando ya era uno de esos seguidores con demasiado hype en el cuerpo que lloriquean por más capítulos, por temporadas más largas, para que empezase de una maldita vez la siguiente; cuando nadie conocía Black Mirror, y yo la recomendaba entre conocidos que me ignoraban, porque no era mainstream; como ocurre con lo que se aleja de Juego de Tronos, Breaking Bad o American Horror Story.

Así que, cuando hace un par de semanas aterrizaron ni más ni menos que seis episodios, me faltó tiempo para sentarme frente al portátil y devorar uno tras otro las más de siete horas de pura heroína en vena. ¿Por qué tanta prisa? Supongo que porque Black Mirror es más filosofía que entretenimiento, más crítica social que ciencia ficción, y está más cerca de lo que ninguno nos imaginamos. En cierto modo, le ocurre lo mismo que a Westworld de HBO; pero lo que ya percibimos claramente con la tecnología, todavía no vemos tan claro en sus próximos resultados…

En definitiva, que me he dicho: ¿por qué no empezar por recopilar en unas cuantas entradas los seis primeros episodios de esta tercera temporada y analizar sus pormenores? Como siempre, y al igual que otras entradas que he publicado aquí (Vivir sin Tony SopranoCinco claves que explican el éxito de ‘The Walking Dead’¿En qué cree Tyler Durden? (I) La filosofía de la imagen) se centrará en buscar paralelismos con otros medios, en retrotraernos hacia referencias literarias y audiovisuales, y en crear algo medianamente digno de leer y sobre lo que discutir.

Si lo consigo o no, ya no es cosa mía, que conste.

Caída en picado (3×01 Nosedive)

El episodio más digerible con diferencia. Un aperitivo para despertar la curiosidad de ese target mucho más amplio que se sienta frente a Netflix para descubrir una serie que ya era una pasada antes del 21 de octubre de 2016.

Nosedive no es más que Facebook o Instagram elevado al cubo; un futuro distópico en el que todo lo que los demás piensen de ti, de tu vida social, de la gente por la que te rodeas, de tu familia, de tu existencia entera, está puntuado.

Black Mirror (3x01 Nosedive)

Tu vida tiene nota, y para el mundo vales lo que ese número muestra. Eres importante en la medida en la que el resto de mortales te puntúan. Según tu media, vale la pena invitarte a un evento, puedes trabajar en cierta empresa, puedes permitirte un determinado alquiler o un tratamiento médico.

Si el cartesianismo dudaba de todo más allá del  propio yo, Paul Ricoeur (1923-2005) —y Habermas, y Luhmann— había superado este estadio para afirmar que uno no podía desconocer las instituciones, los derechos ni los principios de la modernidad; la propia conciencia del yo estaba obligada a pensar en ellos para decidir y actuar; es decir, para vivir.

¡Imagina, pues, lo que significa un mundo donde las redes sociales han convertido la evidencia de tu propia existencia en lo que el resto piensa de ti! Y tampoco está tan lejos de nuestro día a día; ¿no te lo crees? ¡échale un ojo a Peeple!, como recomiendan en Verne (Sonríe, te están puntuando: lo último de ‘Black Mirror’ ya está ocurriendo).

Nosedive ya está sucediendo: apps para ligar que nos permiten puntuar públicamente a nuestras citas, y que, probablemente, son el primer paso de mucho más. No es distinto al «sígueme y te sigo» o a los ratings internos de los que hablan en el artículo de El País y que muchos plataformas ya tienen: Tinder, OK Cupid, y otras tantas que utilizan esa puntuación para facilitar o poner barreras a la entrada de usuarios o clientes, como Uber, MyTaxi o BlablaCar.

¿Acaso esto es malo? Bueno, como ocurre en todos y cada uno de los capítulos de Black Mirror, lo es a partir del momento en el que la tecnología afecta e incluso cambia el mundo que nos rodea. Cuando se convierte en el rasero por el que dividir, en la normativa, escrita o no, en la única opción.

[SPOILERS] Lacie (Bryce Dallas Howard) no ha hecho nada malo. Ha seguido las reglas del juego; se ha adaptado en todo momento. Ha buscado, desesperadamente, la forma de crecer en su vida personal, olvidando que aquí, en este mundo, las acciones individuales no tienen demasiado peso frente a las colectivas.Puntuaciones (Nosedive 3x01)

Se porta maravillosamente bien en su trabajo, hace fotos con filtros y comparte al señor Trapito para ser todavía más vomitivamente mona; se prepara un discurso estupendo para la boda de aquella amiga que la vejaba continuamente en la escuela y pretende rescatarla por puro interés… ¡Incluso se avergüenza y oculta a su hermano: un 3,8 (o algo así)!

Siempre ha habido esclavos de las apariencias: en las zonas altas de las ciudades, con sus locales chic, sus fronteras físicas trazadas entre dos calles del imaginario colectivo, y un largo etcétera; ahora, en Nosedive, está élite social se mueve en el sector de la tecnología: veinticuatro horas al día, trescientos sesenta y cinco días al año. ¿Y quién no lo hace? Bueno, Rashida Jones no lo hace; pero Jones no existe en ese mundo; ya sea como una camionera con una puntuación de mierda, o una lesbiana que avergonzaba a las figuras canónicas de Hollywood, su figura se ignora de forma sistemática.

¿Hasta dónde se puede leer? Bueno, algunos críticos han visto en esa caída en picado nuestra obsesión por las apariencias, nuestra dependencia por la valoración externa o el principio de estabilidad hedónica (o adaptación hedónica, donde nunca estamos contentos con lo que tenemos, porque cuando conseguimos algo, aspiramos a otra cosa, o a mayor cantidad de la misma).

Lacie, al final del episodio (Nosedive)

A lo largo del capítulo, esa caída demuestra las fallas de buscar la felicidad fuera de uno mismo; de anteponer las necesidades del otro a las propias, pero por encima de todos estos puntos, quizá el más interesante es el modo en el que nos limitamos como seres, nos reducimos, para mostrar una imagen más afable,  más dócil, más adaptable al propio contexto social.

Para Lacie, parece no terminar bien. Pero… ¿cómo es posible que uno pueda sentirse más libre en una cárcel que fuera de ella?

(¡Ah, por cierto! Hipertextual pone a disposición los tonos que se escuchan con el puntuaje por estrellas. Seguro que han cosechado unos cuantos me gusta en Facebook con esta iniciativa. Ilusos…)

Playtest (3×02)

Playtest es bueno. Verdaderamente bueno. Con Playtest no tienes que seguir dudando, Black Mirror sigue siendo Black Mirror, también en Netflix, y respiras aliviado mientras te sumerges en un episodio muy distinto a lo que habíamos visto hasta la fecha en Channel 4.

Nosedive (3×01) funciona muy bien como nexo de unión: una buena historia a la que, probablemente, le sobran cinco o diez minutos de capítulo y que nos habla de los peligros de la tecnología; donde podríamos estar si nos descuidamos, como decía Charlie Brooker en los inicios; pega bien con 15 millones de méritoscon Tu historia completa o con Vuelvo enseguida. Y, una vez enganchados, aceleramos.

Playtest (3×02) nos habla de los conceptos realidad virtual y realidad aumentada aplicada a los videojuegos: ¿quién no se siente tentado por eso? Entre las Google Glass, las Oculus Rift y las múltiples VR o lentillas de nueva generación que anuncian todo tipo de nuevas experiencias (y, ¿por qué no?, nuevas formas de vida). Si nadie se sorprende ya de que el videojuego Deus Ex trabaje junto a empresas como Open Bionics para la creación de prótesis de última generación, tampoco nos resultará extraño jugar en narrativas donde nosotros seamos realmente los protagonistas.

Black Mirror (3x02 Playtest)

El episodio propone exactamente esto a través de una prueba piloto: ¿qué ocurriría si utilizamos la realidad aumentada para conseguir historias y escenarios cada vez más y más inmersivos? ¿Podemos poner un límite al realismo? ¿Y por qué deberíamos hacerlo?

Espero que mi madre no esté arriba convertida en un monstruo.

Cooper (Wyatt Russell)

En la revista Yorokobu, aparecía un artículo muy curioso que vinculaba PsicosisPlaytest, a Cooper con Norman Bates, y a su madre, con la señora Bates. ¿Se trata de un problema familiar sin resolver? ¿O solo es una historia de terror donde el escenario virtual pretende resolver los conflictos que arrastra su protagonista y que ni la vida real ni su viaje de crecimiento o autodescubrimiento han conseguido dejar atrás?

Hay en la madre de Cooper algo hitchcockiano: la madre opresora, la madre que frustra los intentos del hijo para volar solo. Es la madre de Extraños en un tren, Encadenados y Psicosis. Una madre que siempre está, aunque no esté.

Puede que Cooper no sea más que un niño con miedos atrapado en el cuerpo de un treintañero que no sabe cómo lidiar con la muerte de su padre, con la enfermedad y el olvido, y con lo que todo apunta que es una madre castradora; un monstruo incluso, si tenemos que fiarnos de lo que brota del subconsciente, pero Black Mirror no trata de eso.

[SPOILERS] Desde el inicio del viaje, Cooper está atrapado. Así nos lo demuestra con su actitud: agazapándose a primera hora hasta un coche sin despedirse, escapando de su madre en lo que a todas luces resulta un sinsentido; una madre que le llama, y le llama; le llama cuando conoce a Sonja en un bar; a la mañana, siguiente, y seguirá llamando y llamando hasta el final.

Black Mirror (Playtest 3x02) - Realidad aumentada (ejemplo)Black Mirror (Playtest 3x02)

Todo nos lleva hacia el papel de Cooper como betatester: hacia una engañosa presentación de realidad aumentada, y a una doble mentira que despista magistralmente al espectador: la primera, nada podrá hacerle daño; la segunda, estamos viendo un espacio real en el que se sobrepone otra realidad (realidad aumentada).

Desde aquí, la trama no se detiene hasta alcanzar esa mansión neogótica tan parecida a la de la serie Hammer House of Horror¡y es que el imaginario colectivo es duro de pelar: ¡nadie duda de eso!, pero no tardaremos en comprobar, tarde, que hay algo más ahí detrás: ¡esas son imágenes de los ochenta grabadas a fuego en la psique de Cooper!

A lo largo del episodio, se superponen las capas, y perdemos de vista cuándo termina una y comienza otra; no importa en realidad, porque aquí es donde hallamos esa crítica a la tecnología: ¿es necesario jugar con un realismo tal como la vida misma? Y quizá algo todavía más importante, y que también se trata en San Junipero (3×04) más adelante: ¿si no puedo distinguir realidad y ficción? ¿No es real? ¿O sí es real? ¿O depende de dónde esté yo situado?

Hay otros puntos a tener presentes en Playtest: los implantes, la metahumanidad, el uso de la biotecnología en el ocio y la aceptación de ese porcentaje de error que nos permite seguir avanzando. Pero ninguno es tan importante como el primero: ¿esos 0,04 segundos entre la madre que interrumpe por última vez a su hijo treintañero jugando a la consola y la muerte de Cooper son 0,04 segundos o son horas y horas de sufrimiento, de vida, y de tragedia personal?

Yo, apuesto por la segunda opción. Y eso convierte el episodio en un thriller de terror maravilloso.


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¿Por qué Trump?

Bueno, parece que ya está confirmado: Donald Trump será el 45º presidente de los EEUU. Dicho esto, el Ibex ha caído un 4 % —y a ver qué pasa con Wall Street dentro de unas horas—, la web de inmigración de Canadá se ha colapsado, y quién sabe qué nos deparará el mañana cuando llegue aquí la tarde y este hombre se ponga a trabajar en su nuevo despacho.

Mientras sorbía el café, aparecían en El Periódico un par de párrafos muy ilustrativos, pero era el primero aquel que, quizá sin pretenderlo, definía la escena al completo: La victoria de Donald Trump es un cúmulo de muchas derrotas. A continuación, mencionaba la derrota de Hillary Clinton, la de los republicanos, quienes han dado vida a un monstruo y se han echado a temblar demasiado tarde, y de los lobbies, resguardados en su propia burbuja y siempre  escasos de preocupación frente a las tragedias de la clase media y baja (esto nos suena, ¿eh?).

Esto no fue de cualquiera, incluso Clinton, antes que Trump, sino cualquiera, incluso Trump, antes que Clinton

Pero esta lectura es, como mínimo, incompleta, y es un grave error leer la derrota del partido demócrata en la incapacidad de Hillary Clinton de devolver las acometidas, sino en su elección. Contexto y Acción predecía en marzo: Si los demócratas no presentan a Sanders, Trump será presidente, ¡y qué razón tenía!

Trump (portada The New Yorker)

Bernard Sanders no fue elegido por sus escasos resultados dentro del partido; sí, tampoco había sufrido apenas desgaste  durante los primeros meses de la campaña, pero eso se debía, para una gran mayoría de demócratas, a que era poco más que un político cualquiera, y un don Nadie. Sin embargo, en este John Doe radicaba la clave del éxito del Partido demócrata: en un tipo judío, cortado por el mismo rasero que ofrece Brooklyn a cualquier Woody Allen de provincias —o de boroughs, en este caso— y que no daba ninguna ventaja táctica al candidato republicano: un paleto rico, pero un paleto al fin y al cabo.

El dominio político de Trump depende en gran medida de su método audaz e idiosincrático de hacer campaña. Funciona casi en exclusiva con golpes bajos y ataques personales que resultan tan indignantes como entretenidos, y es hábil a la hora de desviar los debates públicos de los problemas reales de la gente y centrarlos en la personalidad de los candidatos.

¿Una parte de la culpa radica en el periodismo sensacionalista? ¿En una campaña de seguimiento y difusión del republicano que no tenía techo por miles y miles de millones que se gastasen? ¿En el amor que la mayoría sienten por las promesas al aire, la nostalgia y el dólar? También sobrevolaban la inestabilidad de las clases medias, la irresponsabilidad del binomio que se empeñó en conformar Barack Obama con el Tea Party Movement, y la falta de un frente unido.

Resultados - Elecciones EEUU 2016

Pero bueno, basta de echarnos las manos a la cabeza. Nosotros, no tenemos derecho. Si nosotros no pudimos solventar entre tres alternativas (o dos, o quizá una, cuando se le cayeron las máscaras al resto), tampoco podemos hablar demasiado. Podemos sorprendernos, pero reírnos de los yanquis por votar al septuagenario del peluquín es harina de otro costal. Al fin y al cabo, basta con recuperar el mapa político de diciembre y, sobre todo, de junio de este mismo año y entender que, como país, deberíamos cerrar el pico; aunque tranquilos: de eso también se ha encargado el Partido Popular, y la Ley Mordaza.

Y eso es todo. Buenos días, o buenas noches por allá. Por decir algo.


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¿Qué hacemos con nuestros perros?

Hace medio año hablé sobre el veganismo aplicado a los perros. Lo hice en este mismo blog, en un artículo titulado El vegano desestructurado que no quería que su perro comiese chuletas, y lo hice a raíz de un fragmento de una de las múltiples conferencias de Gary Yourofsky sobre el tema.

Quizá Yourofsky es uno de los activistas veganos más importantes del mundo, y, en lo personal, considero que tiene razón en muchísimas de las premisas que presenta en sus vídeos, pero debería documentarse mejor sobre perros y gatos.

Gary Yourofsky en una de sus conferencias para dar a conocer el veganismo.
Una de sus frases más famosas es: «It is not your right – based on your traditions, your customs and your habits – to deny animals their freedom so you can harm them, enslave them and kill them. That’s not what rights are about. That’s injustice. There is no counter-argument to veganism. Accept it. Apologize for the way you’ve been living. Make amends and move forward.«

Un felino, cualquier felino, es carnívoro por definición, y un gato también. Un perro, cualquier perro, a su vez, es un bicho maravilloso, y ha desarrollado enzimas que le ayudan a digerir proteínas vegetales. Evidentemente, esto no los convierte en animales que pueden adaptarse a una dieta vegetariana, ni vegana; o por lo menos, no resulta beneficioso para ellos; hay otros que sí, como nosotros, pero no los perros ni los gatos.

Vamos, que esto empieza de la forma siguiente: el problema no es tener principios éticos, el problema es intentar imponerlos a la propia naturaleza. Desear que las cosas sean de un modo, y poner todo nuestro énfasis en creer y en luchar para que la hierba sea morada. Pero sin reparar en que, por mucha pintura que gastes, por mucho que colorees, los tallos seguirán saliendo verdes.

Deja que los animales sean animales

La primera opción es comprender que la mayoría de animales en el mundo no han sido domesticados, y no contribuir a ello. Es posible que la forma en la que una persona que se considera vegana más puede aportar a los animales, sea no teniendo mascotas.

Esto puede parecer ambivalente, o directamente extraño, pero Antoine de Saint-Exupéry, el autor de El principito (Saint-Exupéry, 1943), acertó plenamente cuando escribió:

Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro. —Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado.

La naturaleza es autónoma, y casi siempre es salvaje, o agreste, o lo que nosotros hemos definido como salvaje y agreste porque no la entendíamos, o no nos parecía bien, o no nos interesaba de ese modo.

Chiste (vegano)
Uno de las noticias más interesantes sobre este tema puede leerse en Can dogs and cats be vegetarians? de Pete Wedderburn, en The Telegraph.

En este caso, quizá sea tan simple como no tener por mascota a animales que necesitan la carne de otros animales para vivir; y que se han adaptado a nuestra dieta, de un modo u otro a través de los siglos, o han caminado a nuestro lado. Así, podemos escoger herbívoros como mascotas, que los hay, u omnívoros, como los cerdos o los cuervos, que, al igual que nosotros, pueden o no consumir proteína animal.

¿Limitaremos su libertad de acción? Sí, claro, porque es un omnívoro oportunista, que, a diferencia de nosotros, no se mueve a través de la ética o la razón; pero eso no es distinto a cómo nuestras decisiones afectan a cualquier mascota que comparte su vida junto a nosotros.

Saber y ser consecuentes

En diez años, quince años, treinta años, nuestras mascotas (carnívoras) comerán carne cultivada in vitro, y, muy probablemente, el resto del mundo (aquellos que coman carne y/o pescado) también lo hagan.

La tecnología y el desarrollo moral tomarán la delantera, y tendremos una respuesta a todos estos temas de los que, hoy, muchos nos preocupamos. Un vegano podrá tener de mascota a un perro sin dilemas morales; un vegano podrá comer carne de animales y ser consecuente con su forma de pensamiento; pero siempre (¡siempre!) habrá incongruencias entre nuestra filosofía de vida y nuestro mundo.

Desde el momento en el que tienes un móvil, o por acción u omisión dañas algo que intentabas proteger, compras café que ha sido recogido a través de prácticas neocoloniales o, simplemente, te comes un Kit Kat o un Yatekomo de esos sin saber que el aceite de palma destruye el hábitat del chimpancé en África, e incluso sabiéndolo, estás contribuyendo a la desigualdad.

Relájate. Todos lo hacemos o lo hemos hecho. La cuestión es: ¿quieres hacerlo? ¿o quieres hacer lo que esté en tu mano para mejorar todo lo que está a tu alrededor? Muchos no concibimos que una persona que se define como animalista, pueda ser especista, pero los hay; ahí entra en juego la libertad individual, el conocimiento, y el desconocimiento, y la ideología individual.

Al final, todo se resume en mirar más allá de uno mismo, y buscar el camino que nos permita vivir, y afectar positivamente a lo que nos rodea.


De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Este es un texto original creado para Doblando tentáculos. Si te ha parecido interesante, quizá quieras adquirir en papel o en eBook De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), mi primer libro de temática animalista que trata estos y otros muchos temas similares. ¡También está disponible en Amazon!