Industria cárnica, alternativas vegetales y carne cultivada

Los avances tecnológicos no pueden suceder sin científicos o ingenieros. El desafío de la sociedad es equiparar a las suficientes personas, con las habilidades correctas y formas de pensar, que lleguen a trabajar en los problemas más importantes.

Eric Schmidt, presidente de Alphabet Inc.

Eric Schmidt, presidente ejecutivo de Google, ya lo tenía claro hace unos meses, y todo indica que las predicciones que hizo en la costa de California se están cumpliendo una a una.

En los próximos años, el desarrollo de alternativas vegetales será una de esas nuevas tecnologías que cambiarán el mundo. Para ello, la carne proveniente de animales se reemplazará por alternativas vegetales, y, en consecuencia, supondrá un cambio en el modelo alimentario actual para Occidente, y para el mundo entero.

Hay tres grandes contras que se han convertido en una losa para la industria cárnica: los hemos visto en Cowspiracy (K. Andersen, 2014), Food Inc. (R. Kenner, 2009), Meat the Truth (K. Soeters y G. Zwanikken, 2007) e incluso Earthlings (S. Monson, 2007).

El primero es aquel que nos ha hecho buscar otras formas de consumo a una mayoría creciente que adopta una dieta flexitariana, vegetariana o vegana: el maltrato animal sistematizado de la industria. Hoy, ni tan siquiera términos como «carne ecológica» o piscifactoría consiguen que nos traguemos esa falsa necesidad por más tiempo. Hay alternativas vegetales y, en nuestro día a día, consideramos que, optar por ellas, es mucho más coherente que apoyar a un modelo basado en el «usar y tirar» a otras especies animales y en el consumo como nunca lo habíamos visto ni practicado hasta las últimas décadas del siglo XX.

consumo-agua-carne

En paralelo, hay dos argumentos más que podrían recogerse en un solo punto: derroche de recursos; en especial, el que hace referencia al consumo de agua potable y al calentamiento global a causa del metano de la ganadería industrial orientada al consumo (o, sin ser tan finos, de los pedos de las vacas y tantos otros animales criados en masa para consumo).

En Silicon Valley lo han soltado sin tapujos: el modelo ha caducado; simplemente, se está alargando por motivos económicos (algo que muchos piensan que también se está haciendo con el petróleo, por cierto), no de ética ni de sostenibilidad. Hacia el siguiente estadio, se abren dos caminos: las alternativas vegetales y la biotecnología enfocada hacia el cultivo de carne in vitro.

En lo que se refiere a la primera, nos encontramos superando todavía un estadio primario, donde empezamos a cocinar soja, seitán o tofu, a consumir más verdura de hoja verde, etc., con el fin de sustituir proteínas de origen animal por proteínas de origen vegetal. Se ha demostrado, además, que no hay ningún problema en hacer esto en cualquier momento de nuestras vidas (puedes leer más sobre ello en este texto de la Unión Vegetariana Española), sino que, simplemente, deberemos optar por un mayor control de la dieta si queremos evitar un déficit de cualquier tipo (una carencia de hierro, o de vitamina B12, etcétera).

Esa es la fase 1. En lo que a alternativas vegetales se refiere, la fase siguiente se centra en ofrecer un producto idéntico a ese consumidor-tipo que, o bien no desea ver más allá (mataderos, industrialización del modelo, mal uso de los recursos naturales, caducidad del modelo…) o cuya ética le permite seguir consumiendo animales que mueren porque prefiere anteponer conceptos como tradición, conveniencia, hábito o sabor.

Sí. Ya lo sé. El mundo no puede ofrecerte hamburguesas a todas horas y, a continuación, cerrar el grifo; si hay demanda, tiene que haber oferta. El capitalismo funciona así, y todos nosotros, a veces por obligación, somos profundamente capitalistas. Entonces, la respuesta es un producto que no difiere de un filete, una hamburguesa o unas costillas de cerdo para romper todos los esquemas de ese consumidor. Es hacia donde se dirigen Impossible Foods (con su The Impossible Burger, por ahora) o Beyond Meat.

Cerdo (vivo)
Un cerdo de los que me gustan: ¡vivo y feliz! 😉

Pero antes de continuar, hay otra alternativa. Una vía que empieza con la clonación como modelo para superar los problemas de demanda en países como China. Esta idea, que pese a haber conseguido adeptos en el mercado, caerá rápidamente en desuso, empieza con un objetivo claro: crear más y más ganado para el consumo; en un primer estadio, en junio se hablaba de 100.000 embriones y, en el segundo, de 1.000.000 de cabezas de ganado.

Sería fácil desmontar el sistema entre críticas de empobrecimiento genético a medio y largo plazo; e incluso plantearse qué soluciona el ganado clonado frente al inseminado (aunque esto tiene una respuesta: la velocidad, el mayor control en los tiempos), porque a los animales les gusta follar también, casi tanto como a nosotros, y, además, se les puede incentivar de muchas formas. Sin embargo, quizá la respuesta más contundente sea: ¿y los chinos verdaderamente se creen que eso se hace por necesidad y no para incentivar un cambio en los modelos de consumo asimilados a una mejor calidad de vida occidental? Algo que también ocurre en la India, por supuesto.

The Beyond Burger anuncio
Banner publicitario de The Beyond Burger de la empresa Beyond Meat, una de las alternativas vegetales que más adeptos ha conseguido en EEUU.

Pero China y la India no pueden vivir consumiendo carne como Occidente: el planeta no lo soporta. Ese es uno de los secretos: la gente aquí come animales a diario porque una gran parte del planeta no lo hace nunca. ¿No lo sabías? Por eso, y porque si se ponen a hacerlo, la Tierra no aguanta. Así, con esa noticia de la clonación, también tenemos otra que nos avisa de una caída en el consumo de más del 50 % para prevenir gases de efecto invernadero. Curioso, ¿verdad?

La (segunda) alternativa, pues, no es la clonación. Cada vez hay más personas concienciadas y el crecimiento de aquellas que adoptan una dieta vegetariana sigue aumentando, así como quienes se lo plantean para luchar por causas que les resultan importantes en este siglo: maltrato animal, recursos naturales, respeto, naturaleza, empatía…

Pero solo hace falta cambiar el término clonar por cultivar. Sí. Carne cultivada. ¿Por qué no crear un filete en lugar de una vaca que tenemos que alimentar, matar, despiezar, y un largo etcétera? Es una forma estupenda, además, de resolver los problemas entre carnistas y veganos, ¿o no? Un filete no siente, no tiene sistema nervioso central, y, en la práctica, una vaca, un filete o nosotros, solo somos compuestos químicos unidos entre sí: muchos o pocos; y hoy, como sociedad, podemos empezar a saltarnos unos cuantos pasos que suponen despilfarro y una conciencia más sucia de lo necesario.

Proceso de producción de carne in vitro
Proceso de producción de carne in vitro. Puedes leer más sobre este tema en el siguiente enlace, que trata la polémica sobre la ética o falta de ética asociada a este tipo de carne.

Estas nuevas tecnologías, a priori, parecen convivir bien, y seguir una filosofía muy similar, además. Desde mi punto de vista, y el de muchos otros, quizá no sea ético tener que experimentar con animales para dejar de matar animales, pero, si salimos de casa y nos paseamos entre mercados, restaurantes y supermercados, tenemos casi la obligación de minimizar estos daños colaterales (si los hubiera) frente a los posibles resultados. Como se puede leer en Carne cultivada: de criar animales a crear carne en un laboratorio y en La «carne de laboratorio» está cada vez más cerca de la mesa; la producción «in vitro» se encuentra en una fase muy avanzada.

¿Veremos a vegetarianos y veganos volviendo a comer carne por esta razón? Apuesto a que sí. Pero no todos. Pues muchos de ellos basan su decisión en razones éticas, y, otros tantos, le añaden al vegetarianismo esa consideración de modelo más saludable (aquellos que lo hacemos por razones éticas, quizá no le damos  tanto peso a este último punto).

Así, Impossible Foods o Beyond Meat son una alternativa «verde» muy sostenible que parece llevar detrás una gran inversión previa y un mayor tiempo de investigación, que se ha ido popularizando también a este lado del charco con equipos como el de La Carnicería Vegetariana, y que, a priori, parece que contará con un precio más competitivo durante los próximos años. Mientras que, la carne cultivada, puede ser otra opción perfectamente válida a medio plazo para veganos o vegetarianos que quieren volver a consumir carne, pero, eso sí, sin maltrato animal, reduciendo las emisiones de gases contaminantes, buscando un futuro mejor para todos, y, en especial, para todos esos animales que vieron cómo el modelo de los campos de exterminio nazi se popularizaba en la industria cárnica y les recluía en su propio Auschtwiz.


De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)

Este es un texto original creado para Doblando tentáculos. Si te ha parecido interesante, quizá quieras adquirir en papel o en eBook De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), mi primer libro de temática animalista que trata estos y otros muchos temas similares. ¡También está disponible en Amazon!

 

Perder la cabeza

La noticia no sorprende. Después de varios días de ensañamiento, tres sujetos han conseguido derribar la estatua franquista que se plantó frente al centro cultural del Borne. Hubo aplausos, y también algunas críticas exacerbadas, pero lo más raro que sucedió fue el hecho de que los basureros tuvieron que tirar de camión de residuos para sacar del medio la estatua, lo que debió llevar a un mayor pitorreo, si cabe.

Tengo sentimientos enfrentados al respecto, ¡qué os voy a contar! Para que os hagáis una idea, os contaré que mi bisabuelo se escondió durante casi dos años en una buhardilla de uno cincuenta por uno cincuenta donde nunca pudo llegar a tumbarse (con estar a las órdenes de Franco en África, tuvo suficiente el hombre); mi abuela y la tía de mi madre se cansaron de ver cómo reventaban a gente por el barrio chino mientras iban y venían de los refugios antiaéreos; mi abuelo, directamente, no hablaba de ello, y al resto no le fue mejor.

Estatua de Franco sin cabeza (en el Born)

La estatua ha recibido tomatazos, huevos, pintadas e incluso una inesperada amazona de plástico. La muñeca la colocó ahí Toni Molins, un pintor catalán que no dudaba en afirmar que era «gratuito y pornográfico» que se permitiese exhibir estatuas y otros elementos franquistas en plena calle.

Quizá estoy de acuerdo con esto último, pero es con lo único que estoy de acuerdo…

Una lección democrática vestida de estatua

En 1977, en España se promulgó una Ley de Amnistía con el fin de consolidar la transición democrática. Entre 1977 e inicios de los ochenta, el país entero empezó a aprender lo que significaba libertad de expresión —que no debería confundirse nunca con la apología del odio—, en las calles se empezó a escuchar hablar en catalán, y en vasco, gallego, mallorquín, valenciano; la gente empezó a obviar esos silencios incómodos, y los cuñadismos de bar comenzaron su época dorada.

A partir de aquí, se consideró que todo se había solucionado, que una ley de memoria histórica no tenía sentido, que solo serviría para remover la mierda; que la educación necesitaba una reforma paulatina, y no una regeneración total al salir de la dictadura; que podíamos seguir funcionando como un estado centrista, y que una reforma de las autonomías sería suficiente para solventar un problema que llevaba siglos arrastrándose, y tantas otras cosas.

El caso de la estatua tan solo es un ejemplo más de este desconocimiento. ¿Podía esta considerarse apología del odio? Para la alcaldesa de Barcelona, está claro que no, y para un servidor, probablemente tampoco. El Franco descabezado se encontraba cabalgando dentro del marco de la exposición Franco, Victoria, República. Impunidad y espacio urbano, pero, quizá, este último concepto, podía haber quedado en el tintero. Quizá no era necesario sacar al caudillo de paseo, y muy probablemente tampoco herir sensibilidades de esas dos Españas que siguen por la retaguardia de la actualidad.

Para terminar, un consejo para los tres vándalos libertadores de ayer: leed a Ian Gibson. El irlandés os explicará qué lo que sucedió en las Matanzas de Badajoz, no fue muy distinto a Paracuellos del Jarama o al Campo de la Bota; que la concepción democrática del surgimiento de la Segunda República, por flexibles que podamos ser y por ganas de contextualizar el inicio de un proceso que tengamos, es más espontánea en tres grandes focos de población que legal, y muchas más cosas que nos ayudarían a separarnos de ese anómalo romanticismo al que, muy a menudo, nos lleva la ignorancia.

Una ignorancia contra la que acciones similares a esta exposición podrían luchar, pero escogiendo el modelo correcto, no plantándonos una estatua de un fascista cabrón que gobernó España durante más de treinta y cinco años en los morros, y llevándose las manos a la cabeza porque hay gente que se deja llevar y le suelta un par de huevazos… ¡Para la mayoría, eso es lo mínimo que se merece!


Enlaces relacionados:

La importancia de hacerse cargo

Medio en broma, medio en serio, mi padre siempre tuvo miedo de que yo fuera gay. No sé si fue por el colegio de curas, una infancia extraña o las cábalas que se hacía sentado en el gres del comedor de madrugada, pero nunca entendí tanta preocupación. Durante más de veinte años, tampoco pisamos demasiado la cocina, ni él, ni yo, ni mis hermanos, ni se nos exigió ir a la compra, o limpiar lo que ensuciábamos, o… qué sé yo, hacer una sopa.

Como siempre, aquí también hay una historia detrás. En lo que respecta a mi viejo, estuvieron los orfanatos y el romperse las pelotas para llevar dinero a su madre y a sus dos hermanas desde su adolescencia en el Turó de la Peira. ¿Y de dónde surgía esa complicidad materna? Qué sé yo (de nuevo); de la propaganda franquista, de los abuelos, de la aldea en Orense, de lo que suponían que tenía que ser.

Machismo (viñeta)

Ayer, me reencontré con Hernán Casciari a través del ordenador. Reconozco en mí un gran fan de sus cuentitos y de sus historias, y me avergüenza no haber comprado nunca ni uno de sus libros. Una de las razones puede ser que me imagino sus textos repletos de anécdotas futbolísticas (¿qué les pasa a todos los argentinos con el fútbol y con Messi?) y, de vez en cuando, temo, o temía, toparme con un bombazo machista que me agriase el resto de la lectura. Hoy, quizá los compre: tras poco más de veinte líneas que actualizó en el Facebook, me sentí aliviado. Por título, Me hago cargo, sin redundar; sin sentimentalismos; sin darle vueltas al mismo tema, ni buscar un modo más bello de soltarlo.

También debatí sin argumento en sobremesas acaloradas y salieron de mi boca dos frases infames: «No todos los varones somos así» y «Estoy en contra de todo tipo de violencia».

«Sin saberlo, yo era un machista más, era parte del problema, y voy a cambiar.» No se me ocurre nada más bonito que ver cómo las cosas empiezan a mejorar. Sobre todo esta semana. Sobre todo por Lucía Pérez, esa niña de dieciséis años que fue violada, y empalada, y asesinada en Mar de Plata. Sobre todo hoy, cuando Lucía solo es un número más, otra mujer que exige justicia tardía, un recordatorio de que vamos tarde, de que no podemos permitirnos no ser feministas, no luchar por una igualdad real, porque cualquiera pueda vivir y moverse sin miedo a ser incomodada, violada, maltratada o asesinada.

Casciari hablaba sobre el movimiento Vivas Nos Queremos, cuyo principal eslogan es #NiUnaMenos. Al final del mismo, el subconsciente le traicionaba una vez más, y les decía a todas esas minas, como diría él y cualquier otro argentino de a pie, que nuestros nietos estarán muy orgullosos de ellas.

Hank Scorpio - Los Simpson

Y es que el futuro es de todos. La lucha contra el machismo y la violencia de género debe ser de todos, y, sobre todo, debe ser inclusiva, tanto en lo que se refiere a sus protagonistas, como a las pequeñas cosas que amenazan con mantener un sistema desigual y los horrores que en él se siguen gestando. Porque son estas pequeñas cosas las que terminan por joderlo todo.

Ya lo decía aquel villano que parodiaba a Richard Branson y contrató a Homer Simpson para ofrecerle una vida idílica junto a su familia en Cypress Creek: «No hay nada que hacer. Las pequeñas cosas son las que hacen la vida.»

Pero al contrario. Hay mucho que hacer todavía.

La metafísica de las salchichas

La animación no es un género, es un medio.

Juan Luis Caviaro, editor y coordinador de Blog de cine

…no era un título tan comercial. Pero la historia parecía lo suficiente atrayente como para pasarse por el cine. Había leído buenas críticas, y no tardé en descubrir que, uno, la gente no se informa de las películas a las que lleva a los niños y, dos, tiene ese tipo de humor gamberro y rompedor que no gusta a todo el mundo.

Dicho esto, a mí, los chistes no siempre me hicieron gracia y la trama me pareció que empezaba a flojear tras los primeros veinte minutos. Por supuesto, La fiesta de las salchichas tiene momentos divertidos —en especial, dentro del supermercado, y en las dos escenas más repetidas del tráiler: la del derrumbe de alimentos desde el carrito del supermercado y aquella que, por lo menos, todos hemos visto una vez en la cocina de una compradora—.

La fiesta de las salchichas (Frank y Brenda)

Tampoco hay que verla dispuestos a una crítica feroz, porque no es la película del año, ni cuenta con una trama trabajada al milímetro; más bien se trata de una sucesión de escenas políticamente incorrectas con dos puntos de referencia: lo importante que es para Frank, y para todos los hombres  todas las salchichas meterse dentro de un pan de perrito, y viceversa; y lo que nos preocupa como sociedad que Dios no exista unido junto con lo que nos cuesta disfrutar del día a día.

Hay quien ha rastreado también a Orwell en el supermercado, y quien ha visto una gran sátira sobre la religión: los alimentos confían en los dioses (para ellos, los seres humanos) y cantan una oración matutina que sigue las reglas del juego; se apegan a un modelo ético y moral y confían en ir al Paraíso antes de su fecha de caducidad.

La fiesta de las salchichas (galleta Oreo)

Sin embargo, si te decides por anclarte en ver cómo avanzan estos dos grandes pilares de La fiesta de las salchichas terminas por desesperarte al ver que no lo hacen por igual, y, además, que tienen un peso muy desigual en el desenlace.

Por supuesto, los primeros veinte, treinta, cuarenta minutos, los chistes sobre cómo la fe divide, enfrenta e incluso nos reprime en nuestra vida diaria se cuentan por decenas. Pueden hacerte gracia, o no, pero esto queda en el campo más personal, al igual que las numerosas referencias pop: el músico Meat Loaf, el astrofísico Stephen Hawking, la figura de los nativos que han sido desplazados de sus estantes ancestrales, un bote de salsa alemana con bigote que quiere llevar a los zumos a «campos de concentrado» o un lavash y un bagel que no se dan cuenta que tienen muchas más cosas en común de las que creen.

Firewater o Aguardiente es uno de los alimentos nativos del supermercado.

También hay homenajes a cientos de films de Disney-Píxar, y a clásicos intemporales, como Terminator 2, pero hay algo que sobra e incomoda a muchos desde el principio, y no son las escenas de supuesto mal gusto (hay por ahí un final apoteósico y sexualmente perverso que me encantó, pero me gustaría no hacer demasiados spoilers aquí) ni el sexy-culo de Brenda, el pan de perrito, y sus deseos lésbicos reprimidos que le despierta una Salma Hayek convertida en taco, sino el resto de los tacos: las palabrotas.

Esta es una de las cosas que no me gustaron nada, porque no es necesario. ¿O quizá sí? Seth Rogen y Evan Goldberg han conseguido un taquillazo con La fiesta de las salchichas porque han llegado a todo el mundo: a los devotos del caca, culo, pedo, pis, a los que disfrutamos viendo cómo se montan un trío en el supermercado o se dan por culo un par de devotos religiosos reconvertidos; y también a los que, además de una trama de perritos calientes que buscan meterla, son fieles defensores del Carpe Diem tras la muerte de dios.

La fiesta de las salchichas (Frank y Barry)

En definitiva, ya que esto es de todo menos un análisis serio (para eso, pásate por Filmaffinity, o por alguno de los enlaces que hay en este mismo artículo mejor), ¿vale la pena pasarse por el cine? Pues sí, y mejor todavía si tienes presente lo que vas a ver, y, sobre todo, que los dos colegas de la infancia que han sacado esta animación no han buscado la antítesis de las películas Disney: ellos mismos han afirmado que crecieron con Mickey Mouse y compañía, y no tienen ningún deseo de verlo sodomizado en un supermercado, sino de crear un camino propio donde expresar todo lo que sienten. ¿Y qué sienten? Pues esa es una buena pregunta para terminar; en el film hay un poco de todo: de amor libre, de disfrutar el momento, de disfrutar de las drogas, y de legalizar la mayoría, de no preocuparse tanto por lo que vendrá mañana y, sobre todo, de no olvidar que solo son dibujos animados, que estamos ahí para pasar un buen rato, y que si nos olvidamos de ello, también se han encargado de que recibamos un toque de atención antes o después.

Y creo que no me entiendes, pero ya me entenderás…

Pintarse las sonrisas

La niña surgió entre las calles del casco viejo como una exhalación. Alrededor, una decena de hombres vieron cómo permitía que un par de lágrimas la venciesen antes de desaparecer en dirección al mercado central. Tras ella, alguien disfrazado de payaso blandía un hacha y acariciaba suavemente la cuchilla. Ante la mirada estupefacta de los viandantes, soltó una débil carcajada y se perdió en el oscuro laberinto de calles que había expulsado a la pequeña.

Días después, la prensa internacional se inundó —en papel, y también en digital— de este tipo de sucesos. Payasos maléficos siembran el caos en una decena de ciudades francesas, podía leerse. Los payasos siniestros se inspiran en los vídeos de DM Pranks. Psicosis con los payasos en Estados Unidos: el escritor Stephen King ha dicho que… La moda de los payasos llega a España con el próximo Gijón Clown.

Payasos (vídeos DM Pranks)

—Los embajadores de la alegría, la COAI, Clowns of America International, dicen que la culpa de todo esto es de una serie de terror que está de moda —explica un hombre de pelo cano vestido de militar. Su mujer asiente, acariciando suavemente el pelo a la niña de las dos lágrimas.

A continuación, un hombre se acerca a la mesa. Pregunta si la pequeña quiere una figura hecha con globos. La niña pone los ojos como platos, salta de la silla y echa a correr lejos de la escena. Su padre se lleva instintivamente la mano hacia el muslo y grita palabras que mueren contra el laberinto de calles que les rodea.

Una niña de nueve años. Una niña de nueve años sola al atardecer, y problemas. Esta vez, aparecen con el fulgor rojizo del REC de una cámara semiprofesional y muy pocos escrúpulos. En escena, el payaso carga el hacha entre sus manos y camina tras ella; ella emite un grito ahogado y corre. Corre muy rápido, y cuanto más rápido corre la joven, más rápido se mueve el payaso. Cuantos más nervios impregnan las pequeñas calles vacías del centro histórico, más gritos, y más carcajadas, y quejidos, suben por las paredes.

Al pasar de los minutos, la niña encuentra  abierta la puerta de un edificio, y se lanza contra el interior. La niña no tiene tiempo de despistar a su perseguidor. La niña ve una máscara que se presenta entre las grietas de la entrada. La niña empuja la puerta resquebrajada con todas sus fuerzas.

Payaso Wasco (California)

Al otro lado, los rizos pelirrojos del payaso golpean la madera creando una armonía rítmica. Encerrada en el portal, busca posibles salidas: el edificio, a medio derruir; el edificio, sin electricidad, ni ascensor; solo un hueco oscuro y un entramado de cables amenazantes; las escaleras apenas son un recuerdo, cuyo único superviviente es un incierto camino hacia el sótano.

Entonces, echa a correr hacia la oscuridad. Mientras, el payaso abre la puerta sumergido en la misma melodía de golpes cadenciosos. Ella mira hacia la puerta: él ya no corre, solo arrastra los pies; los pasos se extienden por el suelo y una espiración entrecortada repta bajo la máscara. Se detiene. Golpea el hacha contra el suelo. No parece muy pesada, ni sólida, pero la joven jamás percibe eso.

Otra figura brota de la oscuridad del sótano un segundo antes de que la niña se lance a la carrera. Otro ser siniestro disfrazado de payaso. Su máscara es todavía más terrorífica: enseña los dientes, y unos grandes colmillos, y, por un instante más, se halla repleta de alguna sustancia que imitaba la sangre y acompañaba la caracterización que completa una motosierra Husqvarna de gasolina.

Aparece también el hombre de la cámara, otro Vértov prostituido al servicio de YouTube. Esta vez, la niña no llora. Solo coge una pequeña Walter PPK 380 del bolsillo de su chaqueta blanca y destroza la cara del payaso del sótano. Tiembla. El primer payaso se detiene, en seco. La imagen se congela, dentro y fuera de la cámara; la niña mira, inexpresiva, y el payaso deja caer el hacha; suena como el plástico, y, a continuación, como el plomo deformándose contra la carne.

El payaso cae al suelo, con una herida en el estómago; la niña corre hacia el exterior, y mira incrédula a ese devoto de un deformado cinéma vérité. La trama avanza, de improviso, con dos golpes más del percutor contra el fulminante. El primero, destroza la mano del Vértov; el segundo, atraviesa limpiamente el esternón.

Una voz dice:

—¿Por qué estos chicos tan dulces tienen que pintarse las sonrisas?

It (Stephen King)

Jueves de aquaplaning

aquaplaning
nombre masculino
ESP
Deslizamiento incontrolado de un automóvil que se produce cuando los neumáticos no se adhieren al asfalto a causa de la película de agua que cubre el suelo.

Ayer, casi nos matamos. Al coger la última curva hacia la casa donde vivimos actualmente, el coche hizo aquaplaning, o no funcionaron los frenos, o quizá Laura se equivocó de pedal, y bajamos con el Ford unos cuarenta o cuarenta y cinco metros de desnivel entre árboles, arbustos y zarzas. Fueron estas últimas las que evitaron un impacto, ya que nos envolvieron y consiguieron que el coche se detuviese.

Es el segundo accidente de coche que he sufrido en cinco años, y en ambos conducía ella; así que no sé si tenemos mala suerte o hay por ahí rondando un seguro de vida del que yo no sé nada, pero basta de emociones extremas por unos días. La policía local, a la que avisamos nada más bajar del vehículo, no daba crédito: eran muchos metros, casi en caída libre, y no teníamos ni un rasguño.

Mi coche, aparcado en el bosque
Por ahí anda el coche… ¡P’habernos matao!

De inmediato, examiné el camino por el que debíamos trepar, después el coche, y concluí que eso no lo sacaba de ahí ni el gruista más pintado. El resto, evidentemente, no es como en las películas: vino la policía local, nos dejó unos guantes, subimos hasta la carretera, y llamamos a la asistencia. Después, los agentes se fueron, apareció una primera grúa, nos dijo que ni de coña podía sacar el coche y que pasaba nota, y nosotros practicamos barranquismo un par de veces para vaciar el maletero, asegurarnos de que los cristales del coche estaban subidos —llovía, mucho— y recoger todo lo que habíamos dejado atrás.

Hoy, mientras escribo estas líneas, ahí sigue el coche; auguro que el servicio no entrará en la póliza como asistencia en carretera y habrá que pagar un plus para que otra grúa más grande nos rescate el vehículo; después, ya veremos qué pasa. Quizá le toque acogerse a una jubilación anticipada; quizá tenga cuatro rasguños, pero no soy optimista al respecto.

Supongo que podríamos enfadarnos, con… algo. Pero no tiene sentido enfadarse con la vida. Puedes enfadarte contigo mismo, o con tu pareja, porque esta mañana al levantarte no quedaba café en el pote. Eso sí lo puedes controlar, y es una cagada de alguien, ¿pero que un coche patine? ¿hacer aquaplaning y caer por un barranco? Eso son cosas que no puedes controlar.

Minutos antes de que la pareja de policías que enviaron desde el pueblo se marchasen, me acerqué a casa con uno de los dos: estaba cambiando el seguro del coche y había olvidado la documentación en el escritorio; en otras circunstancias, eso es multa, pero imagino que se ha de ser muy cabrón para sancionar a alguien que acaba de volar por un barranco con el coche.

Laura practicando barranquismo
Laura practicando descenso de barrancos un jueves cualquiera…

No se creían que estábamos enteros, que no nos había pasado nada, que no estábamos gritando, ni hechos un manojo de nervios… Supongo que cada cual reacciona de un modo, y yo, solo puedo hablar por mí, pero cuando vi todo lo que podía haber atravesado el cristal de la luna o con lo que podíamos haber chocado… simplemente agradecí la suerte, y tiré montaña arriba.

Abrí las puertas de la casa, y los perros salieron escopeteados al jardín; busqué los papeles del coche, y me sonreí por tener un segundo vehículo para poder movernos durante los próximos días. Además, sobre este otro coche, un jeep Grand Cherokee del año 2003, me enteré por terceros de una historia que, justo ayer, no podía quitarme de la cabeza. Después de comprarlo, el gestor le dijo a uno de mis hermanos: «¿Sabes? Tu hermano y su pareja son gente feliz: no es que se conformen con poco, es que no necesitan mucho para vivir.«

Supongo que eso me vale. Me gusta. Si algo tiene que pasar, pasará, pero que nos coja haciendo aquello que queremos hacer, viviendo como queríamos vivir, y ocupados siempre en lo que nos interesa a nosotros, y no trabajando para los sueños de un tercero.

Ah, por cierto, también vino el cristalero: sin avisar; le vi a lo lejos, atizando al claxon frente a la casa, mientras esperaba recoger una muestra de un vidrio que se agrietó hace un par de semanas.

Me dijo que tenían prisa.

Le dije que acababa de tirarme por un acantilado.

No supo qué decir.

Papa, quiero ser torero

Va morir a la infermeria
de la plaça a mitja tarda,
i el seu fill moria torero
ple de gloria i ple de fama,
ple de clavells a la tomba,
banderilles i estampetes,
i als balcons geranis negres…
Ai papa, el teu fill ha mort torero.

Papa, jo vull ser torero (Ho sento molt, Albert Pla, 1989)

Adrián, el niño que padece sarcoma de Ewing —una enfermedad rara que hace que las células neoplásicas se ubiquen en el hueso o en tejidos blandos— quiere ser torero. Su lucha contra el cáncer ha pasado, tristemente, a segundo plano; por delante, los taurinos han empezado a usarlo como munición y escudo con el que arremeter contra todos los antitaurinos y meterlos en el mismo saco (algo habitual).

Entre ayer y hoy, se leía: el tuit de Íker Jiménez, de Carlos Herrera, de la Policía Nacional, de Fulano de tal, en apoyo al niño al que los antitaurinos dijeron que se iba a morir por ser mala persona. 

Leí el titular, una y otra vez. No es comparable a lo que le han soltado al pobre chaval, pienso, ¿pero desinformar no es un delito también? Oye, con dos cojones. Han generalizado y han metido a todos los que de verdad amamos a los animales en el mismo saco. Parece ser que no ha sido la tal Aizpea Etxezarraga, sino que alguno más ha opinado sobre la afición del niño, y de ahí, a todo un colectivo que representa una mayoría en este país frente a la minoría que dice amar a los toros y los descuartiza después.

Esto es calcado a lo de Víctor Barrio, pensará más de uno. Con la diferencia de que aquel torero había tomado, personalmente, la decisión de torturar y asesinar animales, y este niño solo repite lo que ve. ¿Tiene Adrián la culpa de que sus padres sean taurinos? No, claro que no.

Adrián en el Festival

Sin embargo, hay dos cuestiones que me obligan a sonreír con sarcasmo. La primera, es que todo surge de una corrida de toros benéfica de la Fundación de Oncohematología Infantil: ¿a esta gente no le da vergüenza sacrificar vidas inocentes para salvar vidas inocentes? ¿No hay otras formas de conseguir sus objetivos a corto y medio plazo más allá de perpetuar una actividad minoritaria que una mayoría de españoles repudiamos? La segunda es más fuerte. Se trata de Adrián, y de desear la muerte de un niño, y del Defensor del Menor. Quizá esta figura, que ha permitido que niños de tan corta edad vean cómo se ensarta, humilla, tortura y sacrifica a animales inocentes, pueda meterse la lengua en el culo. Por lo menos, que lo intente.

¿Dónde están los medios, la Administración o el Defensor del Menor cuando se lleva a niños impresionables a celebraciones que convierten en su estandarte la falta de empatía, el maltrato animal y el dinero que solo brota de la sangre inocente? Con todos mis respetos, no tienen ni puta idea de sus propias competencias, y tampoco de lo que significan palabras como democracia o libertad de expresión, por mucho que nos joda a veces. Claro que nos fastidia que cuatro descerebrados confundan las motivaciones y los objetivos de la lucha animalista, pero más molesta el populismo y la generalización perpetua.

Yo espero que Adrián se cure. Me sumo al hashtag que proclama por todo Twitter: #AdrianTeVasACurar, y lo deseo de corazón. Y, asimismo, aspiro a que este país deje de permitir que niños de tan corta edad tengan que presenciar tortura y muerte solo por caer en una familia que no entiende que no solo importa la vida del pequeño Adrián, sino todas las vidas, y que ninguna de estas debería embrutecer la inocencia que solo los niños tienen, y que, tarde o temprano, todos nosotros les arrebatamos.


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El cielo está gris

A veces miro mis manos y me doy cuenta de que podría haber sido un gran pianista o algo así. Pero, ¿qué han hecho mis manos? Rascarme las pelotas, firmar cheques, atar zapatos, tirar de la cadena de los inodoros, etcétera. He desaprovechado mis manos. Y mi mente.

Pulpde Charles Bukowski

No sé por qué me levanto.

El cielo está gris.

Los perros no tienen ganas de moverse de la habitación.

Los clientes no me pagan. O me pagan, tarde, y de malas maneras. Como haciéndome un favor, tras gastar el poco dinero que entra en casa en burofaxes, y en correos electrónicos, y en tiempo. Lo último pica más que lo primero.

Tampoco me apasiona mi trabajo como antes. ¿Lo hizo alguna vez? Ya hace un par de años de todo aquello; de que percibiese un cambio, y enmudeciese. Hoy, las cosas van bien, pero la chispa que hubo, terminó por desaparecer.

Sí, ya sé que he dicho que los clientes no pagan, pero exagero; siempre exagero. Claro que pagan, los clientes siempre pagan: por eso son clientes; pagan tarde, y mal, y se necesita más que eso para mover el culo a una mesa de oficina durante treinta y cinco años más.

bukowski

No importa. Yo quería escribir libros, no artículos sobre belleza, negocios o comida enlatada. Solo era el homólogo a trabajar como mozo de almacén sin romperme demasiado las pelotas, de reconducir una carrera hacia lo más cerca del statu quo como fuera posible en este país de autónomos cobardes, inseguros, imbéciles y explotados, como yo. Y, poco a poco, renuncié; renuncié a ese pago por viajar al espacio exterior, [por] hacer experimentos con químicos y fórmulas, [por] curar animales o personas, [o] escribir historias que anhelamos que sean verídicas, pintar, dibujar. Por crecer; cuando crecer significa olvidarte de lo que soñabas.

Y un día también recordé todo esto: a todos nos lleva un tiempo. Antes de escribir esas líneas, Bukowski estuvo quince años repartiendo cartas; Palahniuk limpiaba los restos de comida que le daba la gente con suficiente dinero para comprar su tiempo en un restaurante; ¿y Kurt Vonnegut? Kurt Vonnegut vendía coches Saab. Ni Mercedes, ni Opel, ni Ford siquiera: Saab. Hechos con las sobras de aviones suecos.

Después, todo es más sencillo.

Bukowski (portada italiana, compagno di sbronze, de Emiliano Ponzi)

El cielo está gris. Pero qué coño: el cielo siempre está gris en un momento u otro. Hasta que se largan las nubes, hasta que clarea, o sale un sol de mil demonios, y puedes salir a trabajar con las manos, a pasear a los perros, o a mirar a las chicas jóvenes y contagiarte, por un instante, de cierta inocencia que nunca dura.

Y detrás quedan las frases motivacionales para los lunes, y la seguridad económica, y lo que se tiene que hacer; yo prefiero llenar mi espíritu, y ser optimista mientras quede algo de dinero en el banco. Al fin y al cabo, ya está ahí: de un modo u otro, ya te lo han robado para traficar con armas, subir el precio del barril de petróleo o joder un poco más el mundo, y esa certeza siempre tranquiliza.

¿El siguiente paso? Eso es lo difícil: saltar de la palabra a la acción. Pero, por otra parte, solo se trata de poner un pie delante del otro. Cuando te quieres dar cuenta, ya has empezado a andar de nuevo, ¿y para qué mirar atrás? Los almacenes, el servicio postal y los platos sucios van a seguir ahí si nos jode la literatura.

Narcos y el juicio de los ganadores

Hace unos días, apareció ante mí un tipo; de nombre Juan Sebastián y, de apellidos, Marroquin y Santos. Surgió una tarde cualquiera en mi jardín, allí donde las tablas de madera todavía esperan una segunda mano de barniz, y lo hizo gracias al poder que tiene Internet para conectar a personas con personas de un modo cada vez más natural.

Si me preguntan qué ocurrió, no habría respuesta. Lo hizo. Lo hizo gracias a Netflix, supongo. Gracias a esa empresa estadounidense que se ha lanzado a través de una espiral creativa de material audiovisual y nos ha ofrecido joyas como House of Cards, Stranger Things, Bojack Horseman, y sí, Narcos; bueno, por ahora, Pablo Escobar.

Le dije:

—Tú me suenas, Juan. ¿Eres argentino?

—No —contestó con un marcado acento que le delataba—, yo soy colombiano en el exilio, como lo fue mi padre, Pablo Emilio Escobar Gaviria, jefe del cartel de Medellín.

Arrugué una ceja. Pensé: ¿debe ser seguro decir algo así?

—No se preocupe —aclaró, conciliador—, hace años que decidimos abandonar el anonimato, con la presentación del documental Pecados de mi padre, ¿lo sabe usted?

—Supongo que había oído algo—respondí.

Le ofrecí una cerveza. Él aceptó. Entonces, comencé a explicarle que había leído aquel texto explicativo sobre las actividades y acciones de su padre, pero que tampoco entendía qué le molestaba de una ficción que omitía, intencionadamente, unas partes y ficcionalizaba otras.

—Con Pablo Escobar, nada es casual —respondió, repitiendo una y una las palabras que ya había escrito varias veces en redes. —La gente no siempre comprende que no se trata de lo que se dice y no se dice de Escobar, sino de lo que se esconde tras su figura, y los gringos saben mucho de eso.

Pablo Escobar y su hijo frente a la Casa Blanca
Pablo Escobar y Juan Pablo Escobar (hijo) delante de la Casa Blanca, en Washington D.C.

Se refería a cómo la ficción moldea el imaginario popular, a cómo la DEA nunca fue tan incorruptible, a cómo a menudo los grises ocupan la pantalla mientras se emite Homeland, o The Wire, Los Soprano, o Narcos. No importa que sea Virginia, o Baltimore, o Nueva Jersey, o Medellín. Su padre era un cabronazo. Pero también hubo yanquis y colombianos igual de cabronazos.

De acuerdo. Quizá no tanto: narcoterrorismo, Avianca, Centro 93… Podría decirse que la droga destruyó Colombia durante más de una década, no solo Escobar. Pero Escobar ayudó; mucho.

Marroquin interrumpió mis divagaciones:

—¿Dónde estamos? —preguntó.

—En mi casa. A pocos kilómetros de Barcelona.

Me miró, desconcertado.

—Usted ha visto Narcos. Si lo prefiere podemos estar en un parque cualquiera de Medellín, comiendo una fresita, como su padre y su tío Gustavo. Déjeme mirar Google Maps, eso sí, porque nunca fui a Colombia.

—No hay necesidad.

—Claro, eso tampoco ocurrió nunca.

Asintió, visiblemente molesto.

Imité el gesto, conciliador.

Nunca fui un gran fan del realismo mágico, ni de Gabriel García Márquez, pero tenían sus momentos. Así que seguimos en mi jardín, a miles y miles de kilómetros de Latinoamérica, sentados en un par de sillas de multinacional sueca. Después tendría que bajar madera antes de que la humedad empezase a calar; se lo comenté a Juan y recordamos juntos esa escena en la que Escobar quemaba fajos, y fajos, de billetes manchados de sangre. Más tarde quizá se arrepintiese, pero solo vivimos un presente.

Narcos (primera-temporada=
Escena de la primera temporada de Narcos con los actores Wagner Moura, Juan Pablo Raba y Luis Gnecco.

Sebastián Marroquin tenía una constitución similar a la de su padre; tenía un cierto sobrepeso incluso; pero observaba su alrededor con los ojos repletos de intensidad, con la seguridad que ofrece el haber visto lo mejor y lo peor de un país, y con paz; todo ello le confería un aura de fortaleza difícil de transmitir en palabras.

Di un sorbo a la cerveza.

—¿De verdad importa? Si se desea una lectura más concreta, ahí está el verdadero documental, el que se estrenó en 2009, o su libro, el cual en cierto modo se ha beneficiado mucho de la ficción, ¿no cree? Además, cuando su padre muere, o se suicida, usted tiene dieciséis años. ¿Tanto puedes recordar de todo aquello?

Pero dieciséis años son dieciséis años: Juan Pablo ya no era un niño; a esa edad, y mucho antes, cientos de jóvenes colombianos ya habían empuñado, encañonado y asesinado a paisas y no paisas por todo el país.

—Sí, no solo tenía edad de recordar, sino que tuvimos que enfrentarnos a todo tipo de situaciones muy duras. Eso no se olvida. No se puede. No son las balaceras: solo fuimos testigos de una, sino todo lo que se mueve a su alrededor.

La muerte de Pablo Escobar
La muerte de Pablo Escobar, de Fernando Botero (Medellín, 1932).

Me incorporé. Los perros también se desperezaron dispuestos a levantarse, y yo me estiré el pantalón tejano hacia arriba; quedé pensativo un instante. Quizá sí es cierto que somos mucho más influenciables de lo que creemos…

—De cualquier modo, toda la información que se aporte es útil. En esta época, tampoco se hacen lecturas simples sobre héroes y villanos; ya no existen; si ve series de televisión, sabrá que eso es gracias a un mafioso italiano y a un profesor que fabrica metamfetamina. Con el cartel de Medellín, Netflix lo volvió a hacer.

—Eso me pareció un acierto. La captura de pantalla de los buenos hablando sobre los malos y la idea que subyace de esa escena tiene mucha fuerza.

—Y no deja de ser una declaración de intenciones.

—Pero las intenciones deben tener un fin —contestó Juan—, no puedes quedarte con una sarta de mentiras que no deseaban mentir tanto. Al fin y al cabo, es justo lo que hicieron.

Frente a mi tenía a un hombre que amenazó a todo un país tras la muerte de su padre. Pero, inmediatamente, tomó el buen camino. Conoció lo mejor y lo peor de algunos de los peores criminales de Colombia y del mundo entero desde una posición de privilegio y de castigo. Se comprometió con una idea, y, hoy, sigue luchando por ella.

Nadie debería cargar con los pecados de un padre. Pero él lo hizo. Se convirtió en la imagen pública del Patrón cuando Colombia festejaba la muerte del narcoterrorista que anhelaba haber sido un verdadero hombre de estado.  Un Robin Hood que se había perdido entre demasiados rastros de sangre y de muerte. Un hombre, un hombre más, uno con tanto poder que pudo destruir una nación entera.

—Creo que le entiendo. Las veintiocho respuestas solo son una nota más en la historia, una invitación a mirar la otra cara que tiene cualquier moneda. También hay un libro y un documental, pero hay que asumir que, en comparación, estos recorrerán la historia de puntillas.

—Lo que yo quiero es la paz y la verdad. Narcos solo trae una que podemos dar cien por cien por cierta: ser narco trae la extradición, la cárcel o la muerte; todo lo demás, es una interpretación que se autoproclama como veraz, y no lo es.

—Entiendo que el aviso inicial no es suficiente para usted, pero lo es para la ley, y, al final, su padre perdió, y ya sabe qué dicen de los ganadores.

—Tengo mucho que decir sobre eso —replicó—, y también sobre ese fingido acento que no debe usted saber ni cómo suena, más allá del paisita, la fresita y el verraquito que ha escuchado por ahí.

En esto, tenía razón. Tengo amigos argentinos, venezolanos y mexicanos, pero no colombianos, que yo sepa.

Pablo Escobar (ficha policial)
Ficha policial de Pablo Escobar.

—Me imagino. Desafortunadamente, este es mi texto —le dije, y lo fundí en negro.

Quedé solo en casa. Los perros también habían marchado, ajenos a la escena cotidiana que había absorbido y expulsado a Juan Pablo Escobar. No lo imaginé tan elegante como la partida mágica de Gustavo Gaviria, pero tampoco le di importancia: solo era un subconsciente de charla consigo mismo.

En este escenario onírico de blancos y negros, preferí seguir surcando el gris hasta que el resto de colores se decidiesen a volver, recordando cuánto me había sorprendido que Juan no hubiese reparado en quién había escrito la historia, y qué nos decía eso.

Imaginé lo que decía ese niño interior que vivía en un colombiano de cuarentena años. Solo se le oía decir: solo quedaba el recuerdo, y hasta eso me arrebataron. Pese a todo lo ocurrido, respeté eso. Yo también echo de menos a mi papá.


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Vivir en la utopía

Este artículo puede contener opiniones que no compartes, pero está escrito desde el respeto y el deseo de empatía hacia todo el mundo: gente que come carne y pescado, gente que no lo hace, personas que trabajan en santuarios y refugios de animales, y otras que no se preocupan en absoluto por ellos. De igual modo, también se generaliza en algunos puntos, con el único fin de no alargar hasta el infinito los ejemplos, por lo que se requiere un poco de buena fe y retroalimentación en la lectura. Si no estás dispuesto(a) a hacer el esfuerzo, quizá no debas leerlo.

Por cierto, las imágenes no intentan restar seriedad al artículo, sino amenizar la lectura de este tocho de texto que trae a colación un gran número de temas de actualidad animalista.

La utopía es el principio de todo progreso y el diseño de un futuro mejor.

Anatole France, escritor francés (1844-1924)

La literatura tiene un gran peso en mi vida. Desde que puedo recordar, me gusta escribir e inventar historias. De pequeño, escribía en una gran libreta con la portada en rojo; enfrente, mis clicks de Playmobil como protagonistas y, en definitiva, todo el mundo veía que era el rarito de los hermanos.

No demasiado tampoco, lo suficiente para preferir una recreación cutre de La isla del tesoro a entrechocar a los Madelman que conocimos mi hermano mayor y yo, y a los actualizados Action Man del pequeño (que también lo haría, supongo). Había niños que tenían sus juguetes favoritos, a mí me gustaba inventar historias: qué sentían, qué querían, qué les ocurría mientras intentaban conseguir a esa chica, ganar ese partido de fútbol del mundial (bueno, Oliver y Benji estaba ahí, y también el dream team del Barça) o salvar el mundo entre cuatro tortugas ninja, pero, como todo buen escritor, sabía que su destino estaba en mis manos.

Tres libros hasta la utopía

Durante mi adolescencia, J.D. Salinger dio palabras a muchas de las cosas que yo sentía con aquella voz universal y estúpidamente inmadura de Holden Caufield a la que le tengo tanto cariño; hace unos días unas semanas, leía un artículo sobre por qué El guardián entre el centeno es el perfecto libro de juventud, y después deberías regalarlo. Quizá es tan imprudente como creer que siempre seremos como en este mismo instante; pero he oído consejos peores, desde luego.

J.D. Salinger en <i>Bojack Horseman</i>
J.D. Salinger en Bojack Horseman. Y recuerda: Hollywood Stars and Celebrities: What Do They Know? Do They Know Things? Let’s Find Out! ¡Otro éxito del señor Peanutbutter!

Años después, a mis veintipocos, el único libro de autoayuda que he leído en mi vida me ayudó a dejar de fumar. Era un manual adaptado de las charlas que Allen Carr había ofrecido durante décadas sobre su método Easyway. Lo más gracioso es que no fue un regalo para mí, sino que topé con él por casa de mis padres entre un cúmulo de buenos propósitos de alguien más: quizá mi madre, que aún es fumadora hoy, o alguno de mis hermanos. Mi padre, quien murió de cáncer de pulmón y metástasis cerebral en septiembre de 2010, nunca lo terminó de leer. Se decepcionó un poco al saber que, de todos modos, el escritor británico había muerto de cáncer (Benalmádena, 2006): sobre esto, no entendió que no era el qué, sino el cómo.

Y, por último, hace solo un par de años, encontré Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas en un escaparate de la calle Torrent de l’Olla; lo ojeé. Era un ensayo de los pocos sobre animalismo que se han traducido al español. Dio en el clavo. No me volví exactamente vegano; no me volví exactamente vegetariano (o quizá sí), pero supuso un cambio enorme en mi vida.

Perro en un matadero
Un perro destinado a consumo humano en un matadero chino. La foto pertenece a un artículo de Teresa Guerrero en El Mundo dedicado al libro de Melanie Joy.

Hoy, gracias a todos estos puntos de inflexión recogidos en tres o cuatro párrafos, también escribo a diario, publico, e incluso sueño con ganar cuatro duros y poder convertir una pasión en un modo de vida. Por ello, no me atrevería a poner límites a la utopía como motor de cambio: pensar que algo es posible, por muy imposible que nos parezca, es aquello que lo convierte en una verdadera opción.

Homer Simpson y la utopía

Y aquí viene el cuarto pero de este artículo (y el más importante); ese giro de los acontecimientos que todo buen episodio de Los Simpson tenía hacia el cuarto o quinto minuto de visionado y que convertía la demolición del casino Monty Burns en un buen argumento para que Homer usara su chimenea para freír pollo y terminase, junto a Ned Flanders, casándose con unas «pilinguis» en Las Vegas.

Homer y Flanders en Las Vegas
¡QUE SÍ, TÍO, QUE QUIERO CASARME! ¡CASAAAAARME!

La objeción entre utopía y modo de vida llegó a mí con varias actualizaciones de uno de los santuarios que más admiro, el Santuario Gaia, ubicado cerca de Camprodón; un refugio que no solo tiene una enorme presencia en la red, sino que realiza un trabajo de voluntariado y modo de vida admirable.

Entonces, ¿qué tripa se me ha roto? Para entenderme, quizá es bueno que sepas que muchos refugios y santuarios no aceptaron las donaciones del Movimiento Antitaurino de Lucha (M.A.L.) que se trataron de realizar tras el Toro de la Peña. El porqué era sencillo, pero sentó mal: se comprobó que un porcentaje de los integrantes del M.A.L. habían mostrado actitudes homófobas y fascistas, así como apoyo a la carne ecológica, y el colectivo no lo había perseguido ni condenado explícitamente.

En otras palabras, discutir no tiene nada de malo: está bien buscar tus límites, preservar tu punto de vista, ser consciente de que tú también te equivocas; solo es necesaria una buena dosis de empatía y de respeto, que fue lo que (parece ser que) le falló al M.A.L. al criticar no solo a la tauromaquia, sino también a los miles de gays que viven en este país y a los millones de personas que seguimos otra tendencia política en España.

En este caso, los santuarios adoptaron (acertadamente, para un servidor) filosofía similar a la del Bloque Aliado en los años cuarenta: Stalin es un loco de cojones, pero se está defendiendo y está abriendo una brecha (repleta de cadáveres, soviéticos y no soviéticos) por el este. No simpatizamos con él, pero no le diremos que está equivocado en equis cuestiones porque, en estas otras, para nosotros, justo ahora que ha acertado con algo. ¿Cómo te has quedado? ¡Menudas comparaciones de calité! ¿O no?

Santuarios de animales y veganismo

Los seres humanos serán más felices cuando encuentren caminos para vivir como las antiguas comunidades primitivas. Esa es mi utopía.

Kurt Vonnegut, escritor estadounidense (1922-2007)

Por lo que a mí respecta, solo hay un par de cosas que me preocupan al seguir algunas de las publicaciones del día a día de los santuarios (Gaia, Compasión Animal, el Hogar ProVegan, Wings of Heart…) y es la concepción de la naturaleza en su mismísima definición. Temo estar viendo cómo esa definición se humaniza en exceso, se impregna de buenas intenciones y se olvida del verdadero significado de animalismo, a sabiendas de que, por mucho que nos engañen, una palabra tiene siempre innumerables matices.

Contra el consumo de carne (Anima Naturalis)
Perfomance de Anima Naturalis contra el consumo de carne en el Día Mundial de los Animales de Granja. En la parte superior de la fotografía, puede leerse el eslogan: «¿Cuánta crueldad eres capaz de tragar?»

No me refiero al hecho de preocuparse por animales cojos, ni heridos, ni ciegos si cabe. Entiendo ese respeto que cualquier especie merece y que estos grupos comparten: una vida es una vida, y si es posible respetarla y salvarla, apoyo totalmente la filosofía vegana. No nos sacrifican cuando nos rompemos una pierna, o tenemos un grave accidente; el respeto por la vida humana es una de las premisas básicas de nuestra sociedad: a veces, hasta límites absurdos, como el caso de Ramón Sampedro. ¿Pero acaso es lícito destinar una vida al cuidado del resto? ¿Nos hemos planteado qué ocurriría si todos acogiésemos este modelo? ¿Seríamos más sostenibles o este sería inviable en todos los sentidos?

A veces, me gusta moverme entre lo políticamente correcto y lo incorrecto, pero esta no es una de esas veces. Esta vez, cuando leo sobre un gallo epiléptico que necesita 24 horas diarias de vigilancia, una oca que no puede caminar o una vaca que es totalmente dependiente, me pregunto cuándo ese amor por la naturaleza, ese animalismo férreo, se convirtió en sentimentalismo.

Somos uno de los países con más maltrato animal, y también con más santuarios de animales del mundo: por lo tanto, esto no solo es lícito, es lógico: necesario; los necesitamos, necesitamos cambiar como sociedad, pero también requerimos un modelo de cambio real, coherente, ampliable y replicable. Los santuarios no solo se enfrentan a una falta de conciencia colectiva por el sufrimiento animal y la industria alimentaria, sino también al grave hándicap de no solo tener que luchar por universalizar la adopción de un modo de vida totalmente legítimo que se basa en el respeto a cualquier ser que siente, sino también de plantar las bases de un mundo que no necesite de santuarios de animales, y pueda integrarlos dentro de un contexto global de nuestra sociedad.

M.A. Barracus - A-Team
M.A. Barracus navegando con su walkie-talkie a través de las radiofrecuencias más ochenteras. El joyero entero de Sissí Emperatriz que lleva al cuello mejora la cobertura en un 47 %.

Sin embargo, cuando contagiamos nuestra lucha de la atracción típica del lector de viajes, topamos con un escollo. El marketing —y hoy todo funciona, quieras o no, a través del marketing— nos dirá que nos detengamos ahí: cuanto mayor sea tu target, tu público objetivo, mayores serán los grupos que podrás segmentar adecuadamente, y también mayores los ingresos, los donativos y los interesados por tu proyecto; así funcionan muchos blogs de viajes: ofrecen una imagen idílica y una aventura hacia la que pocos se atreven a lanzarse, porque si todos escalásemos el Everest, viajásemos por Latinoamérica u organizásemos nuestro estilo de vida retransmitiendo por streaming aventuras y desventuras al estilo David Carradine en Kung Fu o el negro Barracus (M.A.) del Equipo A, no tendría nada de emocionante.

Aquí hay algo que chirría, pues. La creación de un santuario de animales no debe olvidar que no puede hacer de aquella frase tan famosa su motor (salvar a un animal no cambiará el mundo, pero cambiará su mundo), porque cambiar el mundo también requiere de colaboración, y de cambiar las cosas paso a paso: eso es algo que parece intrínseco en los santuarios, pero no siempre suficientemente visible.

Pero vamos un instante al caso anterior —el del Movimiento Antitaurino de Lucha queriendo repartir el botín de guerra entre sus aliados—; los santuarios no estuvieron de acuerdo, porque un gesto así —y aunque muchos no lo crean— perjudica más de lo que ayuda; ¿pero no ocurre lo mismo con los donativos de una persona que apoya a la industria cárnica?, ¿que consume productos de origen animal?

Grus y Llama (Hogar ProVegan)
Grus y Llama, dos habitantes de ElHogar ProVegan.

Esta es la primera parte: si la vida humana y animal es para un vegano igual de importante, y no aceptamos el dinero de una persona que no respeta la vida humana, ¿por qué si lo hacemos de alguien que no respeta la vida animal? ¿o del gobierno, quien ofrece donaciones a los santuarios e incentiva la creación de mataderos y otros centros industriales de procesado cárnico?

No obstante, aquí hablamos más de meritocracia de cara a la galería que de otra cosa. Al fin y al cabo, ningún santuario o refugio dirá que no a un donativo, a una ayuda privada; lo hará, y muy legítimamente, a sonreír, y a hacer el paripé en público por 500, 1.000 o 3.000 euros. Si se venden al capital, que sea a precio de oro. Pero lo lógico es no hacerlo, porque a un santuario de animales y a los integrantes que lo conforman les mueven otras cosas más allá de las oportunidades que se abren a su paso, y son la ética y la capacidad de ser consecuentes consigo mismos.

Woodstock Farm Santuary
Estas imágenes pertenecen al Woodstock Farm Santuary, y no, cuando hablo de animales que han perdido su «animalidad» no me refiero a aquellos que necesitan una prótesis para vivir, o fisioterapia, sino a casos mucho más graves.

A su vez, esta utopía tan necesaria que ha fluido a lo largo de todo este (extenso) artículo no debería hacernos olvidar dos cosas: la primera, que cambiar el mundo paso a paso debe permitirnos seguir avanzando; si se quiere una sociedad que respete a los animales, no podemos embarrancar en ese espacio donde seguimos salvando a unos pocos «afortunados» que han sufrido su propio infierno: hay que crear conciencia, luchar contra el especismo, exigir que todos, los que comen carne y pescado y los que no lo hacemos, piensen en ello, y en un modelo más humano; la segunda, y quizá todavía más importante, dejar que los animales sean animales: por mucho que nos duela, unas ocas que no pueden caminar, quizá hayan perdido buena parte de su animalidad, y de su esencia; podemos cuidarlas, igual que a cualquier otro ser vivo, pero, desde la distancia, parece que no deberíamos perder de vista esos casos que nos impiden ver todo el mar de problemas a combatir que se abre frente a nosotros.

Uno de los eslóganes más tenaces con los que me he encontrado estaba en la página web del Santuario Gaia; decía: Por un mundo vegano, pero el mundo es lo que es; veganos solo podemos ser nosotros. Y esa es una de las ideas más importantes a retener si queremos un cambio.


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