Pasó todo un año pendiente de la máquina

Pasó todo un año pendiente de la máquina es el décimo sexto relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Pasó todo un año pendiente de la máquina. La máquina, cuya naturaleza desconocía, no fue nunca más que una cuenta atrás. Cifras que descendían a través de interminables segundos en una pantalla vidriada del tamaño de un folio. Un paquete sin remite que el servicio postal dejó en el hogar de los Hume con una nota. Una nota que solo vestía un apunte: «Este es el Reloj del Fin del Mundo. Si la cuenta llega a cero, el mundo desaparecerá.»

Al principio, Jack pensó que no era más que una broma de mal gusto. Se sentó en su sillón, carraspeó, adornó su boca con una mueca de disgusto y se sumergió en la lectura de la prensa antes de salir a trabajar. Los segundos empezaron a descender en la máquina, y Claire miró a su marido con incomprensión, escrutando su figura en busca de los verdaderos sentimientos que sabía que habían empezado a aflorar en su cerebro.

—Es una broma de los chicos —advirtió Jack a su esposa; su voz transmitía seguridad.

—¿Estás seguro? Es una broma de muy mal gusto —contestó Claire.

Jack plegó el diario y lo dejó dormir en la mesa de centro, frente al sillón.

—Deja el chisme ahí. Cuando vuelva del trabajo, te confirmaré que Elliot y el resto son tan idiotas como creíamos; luego, nos desharemos del cachivache.

El halcón maltés (John Huston, 1941)
Fotograma de la película El halcón maltés (John Huston, 1941), con Humphrey Bogart.

El señor Hume besó a su esposa con ternura y cogió el maletín. Tras de sí, dejó un sillón de cuero humedecido por el sudor y su ejemplar del New York Post.

La señora Hume musitó una pregunta que nadie pudo oír: «¿y por qué no ahora?»

Cuando Jack terminó su jornada laboral, volvió a casa de inmediato. Ese jueves no hubo copa con los compinches de siempre. Solo un disimulo grosero sobre la máquina por parte de sus compañeros; cuando Jack no pudo más, y creyendo que el resto de su equipo estaba excediéndose, les preguntó si, esta vez, no creían haber llevado las cosas demasiado lejos, pero como respuesta solo encontró caras de incomprensión.

Al llegar a casa, malhumorado, había pensado en una decena de culpables capaces de llevar a cabo una bufonada así: tan macabra como estúpida, tan infantil como idiota. Entre los sospechosos habituales estaban Julius, el hermano de Claire, y Kevin, uno de los antiguos pretendientes de su mujer, que no había encajado bien su enlace. Envuelto en esta idea, aparcó el coche a un par de manzanas de su edificio y se apresuró a llegar al piso, en East 7th Street, con las llaves en la mano.

Desde el ascensor podía escucharse un llanto ahogado. En la tristeza, Jack reconoció a Claire y se apresuró a abrir la puerta del domicilio. La encontró arrodillada, frente a la mesa de centro, con esa extraña máquina pitando, más y más fuerte cada vez, y su mujer pulsando una vez, y otra vez, la pantalla con el objetivo de conseguir detener esa cuenta atrás.

—¡Ha empezado a pitar, y a pitar, cada vez más alto, Jack! —bramó Claire.

—Tranquila, cariño: déjame ver —contestó su marido, moviéndose entre la incertidumbre y el enfado.

La pantalla marcaba 15; 14, 13, 12…

Claire empezó a sollozar de nuevo, más y más fuerte.

Jack golpeó con el dedo la pantalla, una vez, y otra, y otra más.

—¡No funciona! ¡Sigue bajando, y bajando! —gritó Claire.

Entonces, Jack agarró la máquina y analizó rápidamente el chisme mientras los pitidos se oían más y más altos: era metálica, una única pieza, sin botones; nada. Por delante, cristal; los laterales y la cubierta trasera de metal.

Le atizó un dedo encima una vez más; después, la sacudió.

La cuenta atrás se detuvo un instante, y aparecieron cuatro cifras: 6. 4. 8. 0.

La cuenta atrás volvió a iniciarse. 6479, 6478, 6477…

—Este no es el número que mostraba esta mañana —murmuró Jack para sí.

—¿Qué? —preguntó su mujer, que no le había entendido, mientras se enjugaba las lágrimas con la manga de su vestido rosa de franela.

—Nada, cariño. Es una broma estúpida: no tienes que preocuparte. ¿Quieres que haga yo la cena mientras te duchas? —preguntó Jack.

Su esposa asintió, nerviosa, y Jack dejó la máquina encima de la mesa de centro y la acompañó hasta el baño con la intención de que se tranquilizase.

Mientras cenaban, la máquina emitió un pitido. A continuación, el sonido de alarma que ya habían escuchado alrededor de las seis de la tarde, volvió a iniciarse; más y más fuerte cada vez, con mayor intensidad, disminuyendo los silencios, imponiendo un silbido único que amenazaba con conquistar el salón si se atrevían a obviarlo por un segundo más. Jack corrió hasta la mesa y sacudió la máquina; esta se reinició. Por un instante, marcó el 25.920, y la cuenta atrás volvió a iniciarse: 25.919, 25.918, 25.917…

La pareja comió en silencio durante un buen rato. Los Hume se conocían bien, y sabían cuando uno u otro necesitaba libertad para dejar volar sus pensamientos; si estos se arremolinaban en tormenta, ambos habían aprendido a lanzarse a socorrer a su cónyuge; sin embargo, siempre fueron conscientes de la aptitud sanadora que a menudo tiene el mutismo.

Jack sacó la calculadora de su teléfono móvil. Consultó a qué intervalo atendían 25.920 segundos y, por un instante, se sintió agotado. ¿Tan finito es el tiempo acaso?, se preguntó.

—Hasta que sepamos más sobre este cachivache: evitaré que el sonido te moleste, cariño. Me levantaré en cuatro horas y volveré a darle cuerda, ¿ok? Después, retomaré la cama y descansaremos hasta el amanecer. Mañana sabremos algo más.

—¿Y tengo que quedarme encerrada en casa esperando a que vuelvas del trabajo? ¡Hoy no he podido ni ir a comprar! —espetó Claire, mostrando a su marido las tristes judías con patatas hervidas que estaban cenando.

Cuenta atrás - El cisne (Perdidos)
Fotograma de la serie Perdidos (Lost, de J. J. Abrams, 2004-2010) con el panel que mostraba la cuenta atrás en la estación El Cisne.

—La cena está perfecta, amor mío —contestó Jack. —Pero no será necesario: para tu tranquilidad, me llevaré la máquina a la oficina. Solo es cuestión de guardarla en el maletín y estar atentos a los pitidos cada pocas horas…

A continuación, Jack se levantó y cogió el aparato de la mesa. Esta vez, la máquina hizo un sonido completamente distinto, como el tapón de una botella al ser descorchado; las cifras empezaron a caer; primero, cayó el 2, y desapareció por la esquina inferior de la pantalla; después el 5. El pitido se incrementó a medida que el señor Hume hacía el amago de acercarse más y más a la puerta de su apartamento; entonces murió el 9, que ya era un 3, y solo quedaron el 1 y el 0. Esta vez, el volumen de aquel pitido fue aterrador; el término ensordecedor quedó corto para describir un sonido que dominó el apartamento de los Hume, y, más tarde, todo el edificio. Jack corrió hacia la mesa, sacudió una decena de veces el dispositivo y lo volvió a dejar encima del mueble. La máquina mostró solo cuatro cifras esta vez: 1.620: 27 minutos.

Ni el señor ni la señora Hume durmieron esa noche, aterrados ante el sonido ensordecedor de aquel cachivache que había aparecido en su hogar y cuyas acciones amenazaban con poner fin a la pacífica convivencia que el matrimonio mantenía en la ciudad de Nueva York.

Los días siguientes fueron una vorágine del sobrevenir, del acontecer, de una crónica siempre voluble, pero también anunciada. Un sacrificio ininterrumpido que se perdía en el más absoluto y trágico vacío. Un asesinato del presente a manos de un futuro que siempre fue próximo y, quizá, solo quizá, sangriento.

Mientras Jack Hume trataba de descubrir qué mano había decidido agitar la paz de su hogar, su esposa Claire se encargó de mantenerla. Ninguno de los dos era capaz de creer a pies juntillas en el funesto devenir que anunciaba aquel histriónico pitido, pero, ¿cómo ignorarlo? Resultaba imposible a un nivel físico, ¿y cómo engañarse?, a medida que agitaban la máquina una y otra vez en busca de un nuevo reinicio, también en el metafísico.

Cuantos más reinicios, más poder le conferían. Tras perder la cuenta, Jack y Claire llegaron a creer que la naturaleza de la máquina era caprichosa, y, por lo tanto, existía: admitían que a la máquina no le gustaba abandonar el salón, que de algún modo ya era suyo, y tampoco esperar demasiado por atención, que castigaba con tiempos cada vez menores a su juicio. Si los Hume dudaban de la ontología de la máquina, la máquina dudaba del fervor de la pareja, obligándoles entre cifras a una devoción cada vez mayor, y mayor, hasta la fe.

Un día cualquiera, ya encamados, la máquina reclamó su tributo una vez más.

Esto son nuestras vidas —dijo Claire,

—¿Cómo? —contestó su marido, circunspecto.

—Puedes intentar dar cuerda, una vez, y otra vez, y otra vez… Pero un día, cualquier día, no habrá fuerzas para volver a dar cuerda, pulsar el botón o levantarse del catre, ¿no crees?

Y Jack, en la distancia, ya frente a la máquina, no supo qué contestar. Solo sintió una infinita vergüenza.

Los días siguientes, la pareja acordó turnarse para continuar cuidando de la máquina. Sin embargo, cuando uno de ellos desaparecía de la habitación, los tiempos y los antojos de aquel chisme se volvían caprichosos; haciendo que fuera imposible el descanso, la vida, e incluso el reconocer el día y la noche.

Cuando por falta de sueño, Claire empezó a creer que un tal señor Steward había empezado a acosarla telefónicamente, Jack pidió una excedencia. Así, pasó todo un año pendiente de la máquina. En ese tiempo, el señor Hume abandonó su trabajo de oficina como director adjunto de Sears. Despreció a sus compañeros y amigos. Olvidó el mundo para salvar el mundo. ¿Pero qué sabía el mundo?

Entonces, antes o después, Jack Hume pensó que, un mundo que esclavizaba a los hombres, no merecía ser mundo, y así se lo hizo saber a su esposa. Durante largos días y largas noches que se interrumpían constantemente por la amenaza de los pitidos, Jack debatió con Claire sobre la necesidad de dejar que aquella temida cuenta atrás llegase a su destino; de alcanzar el objetivo final de la misma y plantar cara, de una vez por todas, a la máquina que había usurpado sus vidas.

De este modo, cuando el señor Hume se interpuso entre ella y la máquina, Claire deseó con todas sus fuerzas que su esposo nunca jamás hubiese leído aquel relato de Richard Matheson, pues era tal la fisicidad concedida a aquel demonio, que su esposa no pudo evitar pensar en correr hasta la cocina a por un cuchillo con el que defenderse. ¡Pero qué listo fue siempre Jack! Impidió la acción solo unos segundos antes del fatal desenlace; no había tiempo ya. ¿Pero cuándo lo hubo desde que la máquina impuso su existencia?

La señora Hume miró con ternura a su marido; a continuación, suspiró, y después, no ocurrió nada más. Tras los horribles pitidos, Jack lloró por largo tiempo el cadáver de su mujer.

Su vida.

Su mundo.

Su fin.


Este relato está inspirado en Botón, botón de Richard Matheson (1926-2013).

Morir es morir; pero vivir… ¡vivir es singularidad!

Hace unas semanas, leía un texto titulado Muerte entre las flores de la doctoranda Catia Faria (adscrita al Centro de estudios UPF de ética animal). Desde lejos, había alcanzado algún otro artículo sobre su trabajo, y no me costó imaginar una hipotética situación en la cual confesase que le gusta el trabajo de los hermanos Coen.

Después, esa muerte me llevó a La cuestión animal(ista) que compiló el colombiano Iván Darío Ávila, centrado en la filosofía moral, la ética para con los animales, el derecho, y el concepto de especismo, entre otras muchas cuestiones. Devoré el libro a mordiscos; luego me senté a pensar en una silla, y caí presa de unos relatos de Jack London sobre boxeo: ¡es de locos intentar cambiar el mundo a todas horas! Muchos eran textos cautivadores, pensaba mientras leía sobre el patético intento de Tom King por vencer a la Juventud —una lección que, entre las cuerdas, se traga con lágrimas en los ojos—; un esfuerzo incólume, titánico, académico en el mejor sentido de la palabra; ¿pero funcionarían? ¿O quedarían en un cajón metafórico hasta que algún Eisenhower, o Churchill, o Hitler, los rescatasen para sus propios fines?

Captura de palomas (BCN)
Captura de palomas para su posterior sacrificio en Barcelona.

Quizá el mundo debería ser de los filósofos, de los pensadores, pero el mundo es el mundo, y quizá los filósofos, los pensadores, los académicos, están (¿estamos?, no me atrevería…) donde deben; lejos de una noocracia de la que ya nos previnieron Los Simpson. Aun así, cuando me cansé de leer al sol y escapé a caminar a la montaña con los perros seguí pensando en todo esto; en especial, en los dos temas más polémicos de los que había leído aquel día: el ecologismo frente al antiespecismo, con un peso enorme en los actuales proyectos de actuación territorial y ambiental, y la preocupación e intervención ética para paliar el sufrimiento inherente en la naturaleza: es decir, no solo la caza, que supone un maltrato activo por nuestra parte, sino todo el mal que podamos prevenir a esos individuos sin modificar el propio estado natural.

De este modo, el academicismo (antiespecista) lucha por preservar los intereses de los individuos frente a la propia naturaleza, mientras que el ecologismo práctico en nuestros bosques, montañas y mares sigue aquel dogma rancio del «todo vale» por un bien mayor; sin importar cuántos individuos de especies exóticas, o híbridos, deben ser sacrificados o cuánto aumentan los presupuestos en batidas de «caza de control», trampas para aves o pienso mezclado con nicarbazina.

El principal problema, sin embargo, es que todas esas sillas —las que, de un modo u otro, se encuentran en la garganta de la Administración, y aquellas que se niegan a abandonar el cosmos universitario— no se deciden a escoger un bello espacio neutral en el que plantarse y debatir sobre los necesarios cambios que la ciencia y nuestra nueva conciencia ética exige para el futuro. Puede, no obstante, que esa conciencia ética señale el camino, pero falle al acercarse hacia canales más divulgativos, sea por desconocimiento de la naturaleza de los mismos, sea por miedo al rechazo.

Sí es cierto que ya nadie puede dudar sobre el hecho de que el resto de especies sufren, y merecen respeto, y que, en modo alguno, están ahí para que nosotros, Homo antropocéntricus, encontremos una utilidad en ellos, ¿pero acaso nadie duda? ¿O una inmensa mayoría continua ciega ante el problema? ¿Y hasta qué punto no deja de ser culpa nuestra en la medida en que no se lanzan campañas de sensibilización y educación ambiental? O mejor todavía, en la medida en la que no se potencia el saber, el espíritu crítico, el empirismo… Porque el movimiento por los derechos de los animales no es uno, sino cientos, lo que, por suerte, dificulta, y mucho, las posibilidades de cribar perfiles, públicos y filosofías, pero también exige estudio, debate y acuerdo, lo que, por mucho que se diga, el movimiento de liberación animal lleva tan mal como las administraciones, y viceversa.


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De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Este es un texto original creado para Doblando tentáculos. Si te ha parecido interesante, quizá quieras adquirir en papel o en eBook De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), mi primer libro de temática animalista que trata estos y otros muchos temas similares. ¡También está disponible en Amazon!

…y Teo volvió a casa

Desde el jueves, hemos rastreado a pie decenas y decenas de kilómetros. Creíamos, fervientemente, que alguien se lo había llevado, que algo horrible había ocurrido, que se había evaporado del planeta Tierra… Pero supongo que nunca sabremos cómo terminó nuestro gato encerrado a un par de casas de la nuestra, a unos trescientos o cuatrocientos metros, y no le oímos ni le encontramos hasta que hicimos una decena de batidas por la zona.

Teo y yo 19-03-17
Teo, posando gatunamente, y un servidor, casi tan agotado como él.

Hoy, pasó de todo; hoy, pensamos en todo. Pero, sobre todo, hoy miré qué hacía la gata, y en qué dirección miraba y miraba, y seguí ese camino. Seguro que fue casualidad, igual que la aparición de otro gato, de un gato gris que nunca habíamos visto por aquí, y que casi nos llevó hasta la puerta de una casa; una puerta que Teo arañaba y cuyo maullido reconocimos de cerca.

Quizá cayó por el tragaluz, o alguien vino a esa casa y Teo, sociable y también cotilla por naturaleza, quedó encerrado entre cuatro paredes desde el jueves. Abrí la puerta a patadas, y ahora le tengo que pagar una puerta a su propietario; y luego he sonreído, y he llorado, y he tardado varios minutos en ganarme la confianza de un gato desesperado y famélico.

Hoy, como cada noche, dormiremos todos juntos, e intentaré empezar a borrar las ojeras de mi cara. Supongo que eso es todo. Otro día lo haré bonito, y os hablaré del gato gris, y de las grandes personas que conozco y que están dispuestas a todo, incluso a mover cielo y tierra conmigo. También os hablaré de otras cosas; pero otro día. No había sido el mejor mes, y no ha sido la mejor semana, así que la siguiente… Bueno, digamos que, para la siguiente, el blog queda huérfano; nosotros nos vamos a tumbar al sol un par de días; eso sí: todos.

¿Dónde fue a dormir mi estrella?

Lo encontramos. Gracias a todos/as.

Cuando escribí la carta de Caos para el único dueño que tuvo ese perro, juré que no lo haría más, que no habrían más cartas, ni textos, ni crearía nada que volase con la fuerza de las lágrimas de una historia compartida.

Qué razón tenía aquel falso mensaje atribuido a un jefe Seattle que decía: «¡Qué horrible es la vida sin animales!» Y qué necesarios son. Entre todos mis animales, a quien más unido creía estar era a mi perra Dana. De algún modo, Dana ha sido como una de esas hijas asombrosas que te enseña que tú puedes con todo; porque Dana es la que llegó cuando se fue mi padre, así que fue tanto alivio como responsabilidad, tanto compañera como cómplice. Me equivocaba; porque, en realidad, no hay favoritos en este tipo de tratos, y lo recordé el jueves, cuando me rompieron el corazón.
Teo en Cervelló 1

Pero los gatos… los gatos son distintos. Un gato te elige, no te necesita. Y eso hicieron tres hermanos, que luego bautizamos con nombres que ni tan siquiera precisan ellos. No los encerramos: nunca. ¿Cómo podíamos? ¿Cómo invitar a un animal a caminar junto a ti y después encadenarlo?

Si no hay carta, quizá os preguntaréis qué viene a continuación. ¿Faltar a aquello que perjuré en silencio y escribir otras líneas con las que despedirme de un animal? ¿Contaros su historia para que él viva en la literatura y no solo en mis sueños? ¿O quizá enviar una súplica a aquella persona que se encariñó de mi gato? Rogarle que me haga llegar esa respuesta que necesitamos, que me diga qué pasó, que se arrepienta y que lo traiga de vuelta, proclamando que lo ha encontrado lejos de casa, y yo me fuerce a creerle o creerla; que me salve de esta vorágine de apatía, egoísmo y desconfianza hacia el mundo. Sabiendo que la muerte siempre es la cara más negra, más siniestra, más trágica, pero saberlo… Saberlo sería poder volver a intentarlo; a confiar, a ser yo…

Teo 4

A fuerza de escuchar, ya solo oigo maullidos en la noche; y veo tus ojos verdes a cada vuelta, en cada recodo; a cada paso. No me entenderán, mi gato negro, pero yo me ahogo en la bilis que me produce el error de haberos ofrecido toda la libertad que os merecíais, de no haberos hecho entrar en casa, a salvo de los castigos y los deseos de este imperfecto planeta.

Adiós, mi gato negro. Quiero pensar, creer, que un día aparecerás de nuevo, ronroneando en nuestra puerta, volviendo al hogar, a tu familia, a tu mundo; al mundo del que tú eras una parte imprescindible, y del que ahora siempre serás eterno.

Hasta siempre, mi gato negro, que desapareciste de la forma más dolorosa que se me ocurre; sin poder despedirte ni llorarte de cerca.

¿Dónde fue a dormir mi estrella? ¿Al verde?, ¿al negro?, ¿al gris? Mi gato negro, soñaré contigo hasta que vuelva a verte, o hasta que ya no sueñe más.

Comer piedras y otros absurdos sobre sintiencia animal

Stefano Mancuso es profesor asociado de la Universidad de Florencia, pero no es lingüista. Quizá por ello tuvo tan pocos reparos en crear un laboratorio de «neurobiología vegetal». En el microcosmos académico, el término puede tener sentido, ya que hace referencias a las técnicas aplicadas para el estudio de las plantas, cuyos procesos de análisis son muy similares si atendemos al modo en el que viajan las señales eléctricas de estos organismos.

Sin embargo, «neurobiología» también descontextualiza, porque no hay nervios, ni neuronas, ni sistema nervioso central a través del cual sufrir y vivir experiencias placenteras y dolorosas. No hay nada de eso, pero Mancuso, como Jack Schultz, se desmarcan a través de una corriente francamente provocativa dentro de la biología.

Shiba Inu contento
Un ejemplar de Shiba Inu que parece (muy) alegre.

En su interior, hay un concepto clave que sigue dormido. «¡Imagínate que las plantas sienten! ¡A ver qué come un vegano!», y risas. Pero no es complicado darle la vuelta a la tortilla —o a la omelette con harina de garbanzos—  e imaginar qué papel tiene la sintiencia (sentience, en inglés) en todo esto.

-Me ha llamado la atención el término “neurobiología” vegetal. ¿Significa esto que las plantas tienen un sistema nervioso?

-No. Ese término nació para indicar que en el ámbito vegetal se pueden aplicar las mismas técnicas que en las neurociencias. Las plantas no tienes neuronas, ni nervios, pero si consideramos que las neuronas del cerebro de los animales son células que producen y transportan señales eléctricas, en las plantas la mayoría de las células ejercen este tipo de función. Y si nos fijamos en la raíz, vemos que hay una producción mayor que en el resto de la planta de células que transmiten señales eléctricas, por lo que sí que hay similitudes entre los dos reinos.

Fragmento de la entrevista a Stefano Mancuso en ABC 20/03/2015

La ciencia ha demostrado que para sentir debes ser consciente de lo que ocurre a tu alrededor (Ética Animal, 2012); entonces, puedes experimentar qué te sucede en un contexto determinado y, por ende, eres capaz de tener experiencias positivas y negativas. Bajo esta definición, se enmarca uno de los principales estandartes que restringe el especismo al reino animal y obvia, con razón, al vegetal.

En este caso, no sabemos si las plantas sufren, pero todo lo que sabemos de las plantas, nos hace imposible probar empíricamente ningún tipo de sufrimiento, y todo lo que sabemos de los animales, nos demuestra que un ser sintiente solo podrá ser aquel individuo con sistema nervioso central, constituido por el encéfalo y la médula espinal.

Gallus Gallus - Sintiencia animal
Viñeta sobre la sintiencia animal de Gallus Gallus.

Dicho esto, ¡qué liberador sería para algunos pensar que aquellos que no querían hacer sufrir a otros seres —y que, socialmente, a menudo nos muestran como individuos radicales que se creen mejores que el resto—, son tan cómplices del perjuicio a terceros como cualquiera! Pero aquí, la ciencia no parece alcanzar para justificar este perverso argumento.

Así, siguiendo la misma línea en la que trabajo actualmente, no vamos a juzgar a nadie: hay (muchas) personas que piensan que el sufrimiento de un animal está justificado para su propia supervivencia, alimentación o comodidad, y otras (muchas) que no lo ven así; de cualquier modo, la sintiencia supone sufrimiento, e ignorarla, a su vez, especismo; algo que no podemos relacionar directamente con el uso de plantas.

¿Sienten dolor?

-Las plantas están diseñadas para ser comidas y el dolor es un mecanismo de defensa de los animales para huir del peligro. Las plantas no pueden moverse. No creo que sientan dolor, pero no hay evidencias en un sentido u otro.

Fragmento de la entrevista a Stefano Mancuso en ABC 20/03/2015

Aquí, pues, entra en juego otro concepto clave: la inteligencia. Podríamos afirmar, sin temor a equivocarnos, que cualquier ser «sintiente» cuenta con inteligencia, si bien queda para el debate saber cuántos tipos de inteligencia existen[1] y cuánto pesa nuestra subjetiva definición de inteligencia humana. Por supuesto, este es un campo nuevo en el que no hace mucho que hemos empezado a ahondar, pero que nos demuestra cuán conectados están tres conceptos que hemos empezado a no restringir únicamente a nuestra especie, como individualidad, inteligencia y sintiencia, y que han hecho que muchas personas nos replanteemos nuestra relación con otros seres vivos y con el entorno.


[1] No podemos obviar que, hasta hace pocas décadas, no se habían aceptado los múltiples tipos de inteligencia de los que hablaban Raymond CatellCharles Spearman o Howard Gardner, y mucho menos se han adaptado estas a nuestras sociedades modernas.

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Hacia los treinta y… más

Ya os lo dije. 31. Esa edad donde mucha gente continúa diciéndote que ahora llega lo bueno (seguro que sí) y otros tantos te miran pensando en que cada vez te vas más lejos: ¡vosotros también envejecéis, desgraciados!

De cualquier modo, confieso que no es un tema que me preocupe. Mi madre dice que espere otros treinta años, que cuando la alcance, quizá cambio de opinión, pero también me ha enseñado lo importante que es vivir el presente. Así que siempre me ha parecido un poco estúpido preocuparse por el mañana. Llegue cuando llegue, si es que alguna vez lo hace en realidad.

Javier + Harley + Laura
Laura y yo con Harley en Erick, Oklahoma.

Antes de ayer, Laura vio en Facebook una foto con Harley, el rey de los rednecks, y me taladró la cabeza durante medio día sobre vender lo que hay de valor por aquí (poco) y volver a recorrer la 66, pero bien, con un coche de esos que cuestan cuatro duros y parece que vayan a explotar en cualquier momento, o a dos ruedas. Pero Laura también quiere viajar a Japón, y visitar media Asia, y volver a Londres, y a Frankfurt, y vete tú a saber dónde. Le enseñé unas notas viejas con historias que inventé en nuestro viaje por Norteamérica, prometí, y conseguí cambiar de tema. Lo que le ocurre a Laura con los viajes, yo lo vivo entre las letras, y esa es mi mejor defensa.

Después, seguí el consejo que me había dado mi madre ese mismo día por teléfono, y trabajé poco; trabajé solo en lo que quise trabajar —en un artículo para este blog y un par de proyectos de los que aún no puedo hablar demasiado—. Hoy por hoy, estoy escribiendo dos libros muy distintos entre sí: una guía que también es novela, y un larguísimo ensayo que aspira a ser algo más.

Durante buena parte del día, jugueteé con esa ácida ambivalencia: los treinta los hice entre Harlem y el Bronx, en los escenarios domesticados de aquellas películas míticas de Paul Newman o Robert de Niro, como Fort Apache: The Bronx o A Bronx Tale. Días después me movería hacia Chicago, y de ahí, a decenas y decenas de pueblos, y unas pocas grandes ciudades dentro y fuera del camino. Durante un mes, fuimos nómadas.

Trescientos sesenta y cinco días más tarde, al despertar, lo hice en un bosque. Un bosque cualquiera donde alguien plantó una casa donde ahora vivimos, entre perros, y gatos, y pájaros, y plantas, y bichos…  Pensando en ello, leí un rato al sol, y me largué a entrenar a Barcelona. Esa tarde nos reunimos ciento y la madre en el dojo, y me dieron una de esas sorpresas —que ya es más tradición que sorpresa— de las que amenazan con acabar contigo.

Terminé visitando a la familia y revisando juntos algunas fotos de nuestro primer gran viaje, saboreando la idea de poder volver a salir disparados hacia algún otro lugar. Y recibí un regaló muy especial, que formará parte de la mitad de mi nuevo proyecto de vida: Conectadogs, algo difícil de explicar, que complementará los días de escritura que, hasta el Nobel, todavía no llegan para pagar por sí solos el alquiler. Pero sobre estas cosas hay mucho que hablar, por lo que mejor la próxima semana, cuando despegue.

Volví a casa. Al bosque. ¿Cómo ibas a comparar? ¿Barcelona? ¿Nueva York? ¡Sinatra no tenía ni puta idea de cómo vivir! Así que, una vez resuelto el dilema, me fui a dormir agotado.

Dana, Argos y Foc (lowpoly)
Retratos de Dana, Argos y Foc en estilo poligonal o low poly

Un largo camino por delante

Un largo camino por delante es el cuadragésimo octavo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

El ascenso por aquella montaña no parecía tener fin. Kevin miró hacia atrás y observó un pronunciado descenso tras de sí; por suerte, este solo era un camino de ida: no había por qué sufrir más de la cuenta. Calculó medio día de travesía hasta el estanque, que ya advertía a lo lejos, y poco más hasta la pagoda de Thien Mu. En 1994, año en el que visitó la ciudad de Huế, en Vietnam, la montaña más cercana estaba en el Parque Nacional Bach Ma, pero ¿a quién le importaba ya?

Cuatro grandes columnas que encerraban las escaleras del edificio le dieron la bienvenida al atardecer. Kevin vestía harapos, y se sostenía con un cayado que no podía recordar en qué recodo del camino había convertido en una extremidad más. Siempre quiso ver de nuevo Vietnam, por lo que, frente a la Dama Celestial, lloró como un niño, y tardó largo tiempo en atreverse a cruzar las puertas que lo separaban de su destino.

Kevin Finnerty (Los Soprano, 6x03, Mayhem)

Un novicio advirtió la llegada de Kevin desde lo alto de las escaleras, pero esperó, pacientemente, a que el turista dejase allí, en el exterior, toda la rabia que había conducido hasta la antigua ciudad imperial. Más tarde, tras un largo atardecer, el monje le miró con ojos inexpresivos, cogió un cuenco que dormía junto a una de las fuentes del patio y le ofreció agua fresca, pero él no supo qué hacer con ella, y la rechazó con una inmensa gratitud que le embargaba.

Mientras ascendía hacia las puertas de la pagoda, varios monjes budistas del monasterio cercano le salieron al paso; la mayoría le estrechó la mano, excepto Tathagata, quien conoce las cosas como han sido, y se fundió en un largo abrazo con el visitante, que este sintió cálido, y repleto de energía. Un abrazo que le transportó, por un instante, al pasado, y trajo a su memoria cómo había faltado a sus votos, y a él mismo. Recordó aquella enseñanza que nunca había podido olvidar ya, y que decía: alguien que no está en guerra, no tiene por qué estar en paz; la paz es un estado alcanzado y sostenido deliberadamente.

A continuación, se adentró en el edificio, perdiéndose por largas horas en una cálida despedida al paso de la noche. Antes de tomar tal decisión, dejó que sus pensamientos vagasen por los jardines cuya hierba tantas veces había aplastado descalzo, caminó por los empedrados que envolvían la colina y soñó despierto, una vez más, despidiéndose de los monjes, de la hierba, del río y de los barcos dragón.

En el interior del octógono, ascendió sin prisas entre los guardianes budistas y el mismo Buda, sonriente, a quien devolvió el gesto. Entre las inscripciones decorativas y la gran campana de bronce, Kevin tomó las fuerzas con las que terminar su largo viaje; no se despidió del Austin de color azul, que nunca le había despertado simpatía, si bien jamás cuestionó las acciones de Thich Quang Duc ni del resto de monjes reaccionarios enfrentados al régimen de Ngô Đình Diệm. Podía haber sido un monje, pero tiempo atrás aceptó que nunca podría ser uno de ellos. Uno más. Un igual.

Esperó pacientemente el amanecer desde la séptima planta de la pagoda, y cuando los primeros rayos de sol curioseaban por la ventana, se dejó ir sin prisa. Vaciándose por completo de toda la ira y la furia que habían conquistado sus días tras volver a su ciudad natal, tras volver con la mujer que creía amar y abandonar lo que siempre deseó por el qué dirán, tras el accidente que le había postrado en una cama de hospital, en coma, y el tiempo muerto que se había diluido durante días, semanas y meses. Kevin contempló el sol por una de las ventanas de la pagoda, y después saltó, mientras el mundo se apagaba solo un poco más, y él deseaba volver, y volver, y volver, hasta su último renacimiento.

El cumpleaños de un feminista

Sería bueno mirarse el ombligo y reconocer ese pequeño lazo ya invisible que nos une a unos y a otros; recordar que todos debemos la vida a una mujer. Recordarlo; respetar lo que somos —lo que fuimos—, y matarlas, pero a besos, y comprenderlas, solo entre caricias, y sorprenderlas, esforzándonos por ser mejores personas.

Es el Día de la Mujer Mundial – Javier Ruiz (2015)

Hoy, Twitter resplandece bajo hashtags como #NosotrasParamos o #DiaInternacionalDeLaMujer. También la prensa y la blogosfera; ¡el WhatsApp incluso! Las mujeres toman literal y metafóricamente las calles, para evitar que sigan arrebatándoles más vidas, más derechos, más libertades; y los hombres de verdad, ahí deberían estar: junto a ellas, apoyándolas; respaldando cada una de sus reivindicaciones. No por necesidad, sino por justicia. Gritando con todas ellas por un cambio real; un cambio que cada vez está más cerca y que, henchido de las desgracias que nos legó el 2016, ha levantado el vuelo para alcanzar el lugar que le corresponde a la mujer en nuestra sociedad.

Graffiti de Laila Ayawi: WOW Unchained
Graffiti de Laila Ayawi en el encuentro de 2015 en El Cairo, bautizado como WOW Unchained.

Hay quien sigue pensando que la brecha salarial es un cuento; que el «iba provocando» es un atenuante, y que el feminismo que exige su papel en sociedad nos remite al hembrismo, y no a una justicia e igualdad real que, poco a poco, conseguiremos alcanzar entre todos. Hay hombres y mujeres que piensan así; que piensan que solo hay un tipo de feminismo, y que no se puede ser feminista vistiendo un hiyab o enseñando los pechos; personas que creen que pueden domesticar el feminismo, adaptarlo a sus cánones: simplificarlo.

A mí el feminismo me ha enseñado que somos libres. Libres para acertar y para equivocarnos, para cambiar el mundo o para invertir todas nuestras energías en aquellas batallas que decidimos librar; me ha enseñado que las diferencias son escasas o enormes dependiendo de cada hombre y de cada mujer, y casi siempre maravillosas; y que aquello que nos define e, indefectiblemente, nos une a todos es inmensamente más importante que lo que nos diferencia.

Existen distintos tipos de feminismo: asúmelo ;-)Hoy es mi cumpleaños. Cumplo 31. Nací en 1986, a las tres de la madrugada, por lo que mi madre siempre dice que ya llegué dispuesto a dar por saco a todo quisqui. Y, además, tengo fama de ser «criticón» y puntilloso, pero si hay algo que nunca me ha molestado es compartir mi día con una lucha que, a medida que todos crecíamos, se volvía más necesaria, más fuerte, y más imparable.

Supongo que hoy es mi día, pero me alegra sentir que también es el día de mi la mujer que decidió pasar sus días junto a mí, de mi madre, de mis amigas, y compañeras, y de todas aquellas que, lo sepan o no, ayudan a construir un mundo más justo para todos y todas.

La pesadilla de la irresponsabilidad

Ana del Barrio es periodista y madre; escribe en El Mundo y está especializada en temas sociales. Suani, una buena amiga mía, también es madre, y trabaja entre IPRIM, la Fundación Mona y la redacción de textos en formato analógico y digital. Ella es la que me envía un enlace a través de Facebook con el artículo en cuestión; después, lo comparte en las redes, y muchos de nuestros contactos alucinan por partida doble.

Sin embargo, Ana quizá sigue perdida; observa su timeline de Twitter y se escapa a por un café, sin atisbar, ni por asomo, el alcance de sus palabras. Ana reacciona con indiferencia primero; pero las críticas llegan a la redacción, y la incomprensión se apodera de su «juernes», donde puede llegar un poquito más tarde a casa, ya que los niños tienen extraescolares, y tomar una cerveza con los compañeros o con alguna amiga. Ayer, Ana no tomó nada, y se escapó a casa, envuelta en un mar de dudas.

Hoy, se levanta pronto y acerca a los niños al colegio en coche, confiando en que el temporal ha pasado, con esa ambivalencia que cualquiera que junta letras tiene ante el éxito inesperado de un viral y la posibilidad de que no lo sea, y así evitar el juicio de un mundo de caras anónimas. Sigue sin entender, le ha dado muchas, muchas vueltas, pero no alcanza a comprender qué ha ocurrido en ese texto que ha cambiado su semana, y quizá más.

Cerdos vietnamitas como mascota
Una pareja de cerdos vienamitas (probablemente, enanos) paseando con correa.

Por el poder que nos otorga la literatura, Ana se sienta en la terraza de una cafetería; yo también. Ella prende un cigarro, yo sorbo un café largo sin azúcar. Le digo: «Vengo a explicarte qué es lo que creo que ha sucedido». Ella suspira, sin entender, y va a por otro par de cafés.

Nos guste o no, todas las madres tenemos que convivir en determinados momentos con alguna mascota.

Señalo la primera frase. «Eso es mentira», afirmo. Y rápidamente conecto con las dos razones que me llevan hasta esa aserción temprana. 1) No puede haber obligación posible; todo lo contrario: en tu casa, mandas tú, o compartes el poder con tu pareja. 2) Detestar a los animales domésticos  y no adoptar ninguno te hace responsable; creer que otros animales silvestres pueden cubrir ese hueco o requerir menos atenciones, no.

Ella dice:

Durante años, he sufrido un asedio numantino por parte de mis dos hijos para que comprase un perro o un conejo y me he resistido como una leona, pero a cambio he tenido que hacer algunas concesiones en forma de tortugas galápagos. Las adquirí para un aniversario con la idea de que no iban a durar más de seis meses, pero pasaban los años y allí seguían con nosotros.

Pero eso no tiene sentido. ¿No será un fallo educativo en primer término? Un fallo que conjuga a padres (y madres) helicóptero de esos tan de moda y a niños dependientes que nunca se han visto frente a unos niveles lógicos de estrés. Claro que eso es muy políticamente incorrecto de decir: así que mejor continúa como vas; cógele la mochila al nene, aguántale el bocata mientras merienda, que no tiene manos; demuéstrale que tu tiempo no vale una mierda, y que tú estás ahí para demostrarle cuánto le debe el mundo a tu maravilloso hijo; ¿todos esos deberes te ha mandado el profe? ¡qué barbaridad!

Han Solo - Chewbacca (niño y perro)
«Han Solo» es otra foto que ilustra el artículo… Sigue leyendo. 😉

Yo no tengo hijos, pero sé dos cosas. Uno, cada caso es un mundo, así que nadie debería ser excesivamente duro aquí (¡cuando seas padre, comerás huevos!); y dos, no es cuestión de resistirse a nada, sino de marcar unas pautas. Ellos son niños; y en los niños está el pedir, pedir y pedir; en los padres, educar en responsabilidad, pero, para ello, también se tiene que ser responsable: buscar qué tamaño de acuarios necesitamos, cada cuánto hay que cambiar el agua, o por qué van a hacer caso a una tortuga si los nenes te están pidiendo un perro o un conejo. Esa última es buena.

Esa última es tan buena que tengo que preguntarlo una vez más. ¿Cuál es la absurda dialéctica que lleva a los padres a escuchar «perro» y pensar «tortuga»? ¿No sería más lógico creer que si «el nene» quiere hacer karate, no quiere hacer fútbol? Otra cosa es que tú no quieras que el nene tenga un perro, o haga karate, ¡pero no le encasquetes una tortuga y te quejes de que no le hacen caso!

Por la cara que pone, no sé si Ana lo entiende. Pone cara de ¿a ti quién te ha dado vela en este entierro?, pero seguimos desgajando su historia interpersonal. De improviso, la tortuga Manolita se convierte en una santa, porque la familia carga con dos pollos con la nostalgia como único reclamo de adopción.

Ella dice:

En nuestra época, todo el mundo atesoraba un pollito. Los vendían en cualquier tienda o en el Rastro y hasta los teñían de colores. Tuve varios pero nunca me duraron mucho. Enseguida desaparecían, se caían por el balcón o sufrían cualquier accidente doméstico (visto lo visto, empiezo a sospechar de mi madre).

Ana sospecha de su madre, pero todavía no entiende que los animales no son flores de un día. Quizá Ana debería leer a la periodista Martha Gutiérrez. Entonces, quizá entendería por qué la nostalgia no es un buen referente para adoptar dos pollos de mascotas, y por qué morían sus pollitos de colores.

Y ahora, Ana carga con todas sus fuerzas, pero aún sin comprender nada en absoluto, creyendo al mundo culpable de sus decisiones y, sobre todo, de la peligrosa falta de información de la que se acompaña una vez más. Los pollitos, enclaustrados en el balcón, son liberados por toda el piso, descubriendo que un piso del centro de Madrid no es lugar para ellos.

La casa empezaba a parecer una pocilga y tuve que tomar cartas en el asunto: los pollitos volverían a la terraza. Se acercaba el invierno (‘winter is coming’) y aquello se convertía en un problema. No sabíamos qué hacer con ellos. Llamé a varias asociaciones pero todas los rechazaron. Al final, localicé a un amigo de una vecina que tenía una granja y se los pudo llevar.

Manolita quizá tuvo más suerte, y acabó en Atocha, con cientos de sus hermanas de padres irresponsables que creían buscar una mascota para sus hijos, pero, en realidad, solo querían un poquito de paz, y no tenían la visión suficiente para ver que caminaban directos hacia una nueva guerra.

Pollos pintados de colores
Como es lógico pensar, existe una gran controversia sobre pintar pollos recién nacidos de colores. Aquí puedes leer una noticia de la MNN que habla sobre ello.

Ana no entiende que los animales no están ahí para nuestro propio beneficio. No están ahí para ser torturados, ni pintados de colorines, ni usados, ni cazados en un safari, pese a que mucha gente continúa haciéndolo. Ana no entiende que ha confesado, públicamente, varios delitos de maltrato y abandono animal, pero ese es el problema: Ana sigue sin entender.

Por eso, ella dice:

Y aprendí la lección: ¡a Dios pongo por testigo que ‘nunca mais’ volveré a hacerme cargo de una mascota!

Sin comprender que le puede caer una denuncia curiosa por parte de alguna asociación, que no creo que suceda cómo va este país (tranquila); sin comprender que no se puede ser ignorante en un tema y querer sentar cátedra. Sin comprender que un animal silvestre no es una mascota, y un animal doméstico, tampoco tiene por qué serlo.

Ana hace muy bien en afirmar que nunca más se hará cargo de una mascota, pero debería replantearse algunas de las lecciones de empatía, responsabilidad y naturaleza que le ha ofrecido a su familia, porque Ana no entiende, igual que su madre, pero quizá sus hijos tampoco lo entienden, y hacia el mundo al que nos dirigimos, sus hijos tienen la obligación de entender, aunque no siempre compartan.


De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Este es un texto original creado para Doblando tentáculos. Si te ha parecido interesante, quizá quieras adquirir en papel o en eBook De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), mi primer libro de temática animalista que trata estos y otros muchos temas similares. ¡También está disponible en Amazon!

¿Hazte oír o cállate la boca?

Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros.

Juan, 13:34

El grupo ultracatólico Hazte Oír ha lanzado una campaña que, sin lugar a dudas, ha cumplido su objetivo: llegar a millones de personas y decirles a los transgénero que no son normales. Ahí es nada, ¿eh?

A nivel de marketing y publicidad, la transfobia ha servido, de nuevo, para llenar páginas y páginas de periódicos: vamos, todo un éxito. A nivel humano, es otro tema. Otro fracaso a nivel administrativo, similar al que ocurrió en enero con el panfleto homófobo que el colectivo madrileño Acrópoli replicó punto por punto.

Hazte Oír, autobús
Autobús de Hazte Oír que circula por Madrid.

Hazte Oír se ha aprovechado de la controversia. Hoy, cada vez es más difícil cuestionar la opción sexual de una persona. La edad dorada de estos dinosaurios ya pasó, y una mayoría creciente —y más en España, que ha avanzado a pasos agigantados en las últimas décadas— acepta la homosexualidad, igual que la bisexualidad o la heterosexualidad. ¿Está todo arreglado? Ni mucho menos. Pero nos empiezan a sonar conceptos como asexual, transexual o transgénero, e incluso nos atrevemos a encajarlos bien junto a otros, como libertad, respeto y privacidad. Se han acabado los chistes de «mariquitas» en casa y en la calle, y miramos con pena e incredulidad a los Arévalos, que perdieron gran parte de su repertorio de humor, y todavía se atreven a rescatar algún chascarrillo rancio de vez en cuando.

Los ultracatólicos aprovechan que, a menudo, oímos campanas y no sabemos dónde. Por eso, hoy, las redes sociales están repletas de gente que cree que un biólogo puede solventar este (supuesto) equívoco, y no entienden aquel concepto, a veces leído desde la religiosidad, que dice: somos cuerpo, mente y espíritu. Si bien mucho más simple aún sería leer una enciclopedia —la Wikipedia misma nos sirve aquí— y entender las distintas acepciones del concepto, pero quizá eso todavía es pedir demasiado.

Graffiti LGBT (Dublín)

Pero no. Por aquí, aún queda recorrido. En España, somos más chulos que un ocho; por eso permitimos y encubrimos como libertad de expresión lo que no es más que una incitación al odio; al odio por parte de terceros que no quieren esforzarse en conocer a las personas con las que conviven, y al odio que puede surgir de la incomprensión por conocerse a uno mismo, y que, en sectores LGBT, vergonzosamente sigue suponiendo graves problemas de victimización y suicidio.

Mientras la administración despierta, yo tengo una solución; citarles algunos de los miles de versículos de su propia religión que prostituyen al servicio de propósitos más oscuros; y si eso no funciona, poner una voz grave, como la de John Locke en Perdidos y, parafraseándole, decirles: «No me diga lo que no puedo ser.»


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