Terminé el borrador

Novela-primer-borradorHan pasado ocho o nueve meses desde que me propuse replantear la historia de Caos en una novela. Una historia que también es la mía, y la de mi pareja, y la de aquellos animales que convivieron con él antes de despedirnos en un hospital veterinario la madrugada de un cinco de enero. Para novelar ese fragmento de vida que fue una segunda oportunidad para un perro de los cientos de miles que se maltratan y abandonan en España, he tenido que viajar entre géneros y elegir la autoficción, estudiar a los protagonistas y coprotagonistas, los puntos de vista narrativos (que serán cuatro), el tipo de narrador, y cientos y cientos de pequeñas y grandes decisiones que se han materializado en este primer manuscrito. Ahora me voy a coger tres o cuatro días, y después vuelvo para contaros unas cuantas cosas más; la he leído ya tres veces, y sí, esta sí es la historia de Caos, y, sí, ha encajado en una novela, y, ¡joder!, está mal que yo lo diga, ¡pero qué historia!


NdA: Por cierto, si no sabes de qué coño estoy hablando:

Historia de dos rechazos

Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero nada teníamos; íbamos directamente al cielo y nos extraviábamos en el camino opuesto.

Historia de dos ciudades (Charles Dickens , 1859)

La gran editorial ha rechazado el manuscrito de Caos. En el correo, de escasos tres párrafos, aclaran que no se trata de una falta de calidad, sino del excesivo número de títulos contratados. Algo habitual; quizá una mentira, pero una mentira recubierta de hábito.

Confieso que lo he encajado bien: solo estamos empezando, calentando motores, pisando de nuevo el acelerador. Pero el rechazo me sorprende. Hace un mes estaba convencido de que Cuatro años de Caos iba a publicarse como una flecha, que todas las editoriales del país se pelearían por presentar toda la historia, no aquella imagen envuelta en una carta, sino toda la imagen, todas las cartas, todo lo que él hizo, y todo lo que nosotros hicimos, y quedó grabado.

Caos (portada; libro)
Una de las fotografías que conservo para editar y proponer como portada a la editorial.

Cuando dejé caer tres capítulos en un sobre, me sentí como un temprano vencedor de la lotería; de una mejor, no de una que premiaba con ingentes cantidades de dinero —que, al final, siempre encuentras a alguien que te lo da por ponerle una copa, cargar con unas cajas o escribirle algo original—, sino con historia; pequeña o grande, eso ya lo veríamos, pero historia; historia de la literatura.

Hoy, busco otra editorial, una más perfecta, una que sepa encontrar lo que necesita en la primera línea, el primer párrafo; o página, capítulo o idea. Trabajo en otras cosas, en otros proyectos, pero Caos sigue en mi mesa, siempre está en mi mesa, esperando volar un poco más, y más alto, porque hay orgullo en la humildad, en lo bueno: en él. Hay todo tipo de ambivalencias en nuestra propia existencia, y de ellas, a menudo, surgen las dudas más profundas que podemos imaginar; ¿pero cómo dudar de un perro sobre el que el mundo sigue pensando y escribiendo?, ¿no será ese perro, todos los perros?, y, si es así, ¿quién no va a querer leer una historia sobre todos los perros que conocimos?

Quizá era esto lo que tenía que haberle dicho a la editorial; no obstante, siento que el editor que coja mi mano en este otro proyecto debería entenderlo con la primera línea, el primer párrafo; o página, capítulo o idea.

Cuatro años de caos

Ayer, dejé la impresora echando humo. Primero, imprimí tres capítulos y una sinopsis para adjuntar a una propuesta editorial; después, saqué dos copias íntegras del borrador para registrarlo y evitar los típicos líos de esos que siempre crees que no te pasarán a ti, hasta que te pasa; por último, terminé de fundir el cartucho de tinta con tres o cuatro artículos —el mejor de ellos, hasta la fecha, ¿Cómo puede ser un mundo vacío mejor que un mundo habitado? de Simon Knutsson— que hace días que quiero leer; tengo esa manía: si puedo evitarlas, me gusta rehuir las pantallas.

Mañana tengo otra presentación del libro de ensayos en Badalona, media garganta obturada, y un ataque de patógenos muy considerable, cortesía de mi mujer. Pero esta semana vuelvo a estar emocionadísimo: tanto o más que hace unos meses; el último año ha sido tiempo para maquetar, promocionar, dar a conocer, hablar… Sobre todo, hablar; hablar sobre una infinidad de temas con todo tipo de gente: animalismo, industria, economía, maltrato, sostenibilidad, naturaleza, ética; pero sin olvidar, ni por un instante, que ese cambio lo supuso un perro, un perro abandonado, enfermo, viejo, sobre el que, tras su muerte, conseguí compartir su historia con miles y miles de personas.

Los Simpson - Lo llamamos: "El síndrome de los tres chiflados..."
«Aquí tenemos la puerta a su cuerpo, ¿eh? Y estos son descomunales microorganismos de fantasía…»

Durante los últimos meses, mucha gente me ha empezado a escribir correos electrónicosademás; preguntándome acerca de un libro sobre la historia de Caos que todavía no existía. Hoy, tengo el borrador de una novela, y un cajón lleno de fotos nuestras; también la certeza de que este proyecto, volará; la certeza de que conseguiré hacer llegar hasta todos vosotros mi primera novela, la que de verdad importa, la única por la que debo luchar con uñas y dientes por publicar, y la que sé que, por su propia naturaleza, se abrirá paso hacia el público, lenta, pero tenaz.

Quizá me equivoque. Si no es así, tengo un título provisional que proponer a la editorial, un título que me encanta, que lo resume todo, y que figuraba en el encabezado de la historia que entregué: Cuatro años de caos. Aunque no sé qué hacer con esa última ce minúscula… ¿Qué opináis?Asimismo, llegan buenas noticias sobre la difusión del libro de ensayos por todas partes, lo que, en cosa de unos días, me ha hecho lanzarme de cabeza hacia un par de reuniones con los amigos de animal latitude y a participar como alumno en el primer posgrado en Conocimiento del Mundo Animal que se imparte en Barcelona. Así, ya tengo tres objetivos claros para este 2017: publicar mi primera novela, cursar el posgrado y seguir adelante con mis proyectos de ética animal; bueno, en realidad, hay otros dos por ahí, pero de uno no me permiten hablar y, del otro, prefiero no hacerlo todavía.

perros-jugando-al-poker
Eh… Sí. Esto… ¡Son perros! ¡PERROS! ¡Perros jugando a póquer!

¡Que conste que os mantendré informados! Os explicaré cómo se suceden las cosas a partir de aquí; en especial, sobre todo lo que sucede en el mercado editorial… Por mi experiencia, si ocurre, empezará a acelerarse todo de nuevo, pero, esta vez, intentaré mantenerme a los mandos y seguir relatando, a mi ritmo… ¿Lo conseguiré?


Viajar al interior

A veces, leo un blog de viajes. Lo leo desde hace seis o siete años, pero solo a veces. No envidio exactamente lo que hacen sus protagonistas; porque viajar por todo el mundo no es uno de mis anhelos, porque hace mucho que sé que no tengo tiempo para conocer a todo aquel que cruza sus pasos conmigo, ni todos esos lugares casi mágicos que emanan un aura de paz, de humanidad, de sobriedad o de divinidad.

Mi mujer siempre me dice: «No me arrastres a más ciudades: las ciudades son todas iguales.» Y cuando viajas a París, a Londres, a Roma, a Nueva York, a Chicago, a Frankfurt, a Berlín, a Los Ángeles, a Tokyo, entiendes qué quiere decir. Entiendes por qué terminas siempre en la carretera buscando un nuevo destino, por qué campo a ciudad, por qué desvelar pequeños secretos en vez de fotografiar panorámicas y por qué un viaje, siempre es un viaje al interior.

Castres - Francia (rio Agout)
Rio Agout a su paso por Castres. Invierno de 2015.

Así titularon el libro que Laura compró a esta pareja para que yo lo leyese, para que me convenciese de conocer el sudeste asiático haciendo autoestop, o de comprar una camioneta donde viajar con los perros; para vivir, ¿y quién sabe? Quizá vuelva a él después de este año de cambios. Por ahora, ya sabéis que he terminado con mi antiguo trabajo, o casi, he recorrido decenas de miles de kilómetros, he publicado un libro y he vuelto al verde, aunque las noches no sean tan estrelladas ni oscuras como soñaba tumbado junto a Caos en la terraza del Ensanche.

Pero quizá lo más importante de todo es que a diferencia de lo que decían esa pareja de argentinos que siguen ayudando a miles de personas a iniciar su propio viaje, yo no creo que un viaje siempre empiece en el interior, sino que, además, termina guiándonos hacia ese objetivo por el que conectamos palabras, pasos y países, y que nunca tuvo mayor recorrido que aquel que hicimos dentro de nosotros mismos.

Caos (carboncillo; acuarela)
Un regalo (en carboncillo y acuarela) que da la bienvenida en nuestro hogar. El texto de la acuarela dice: Caos, corazón de familia, amor incondicional.

Gracias por leerme. Por estar aquí. Por ser parte de esto. Delante, ya puedo ver muchos más caminos que esperan, pero, hoy, cierro uno, junto a vosotros, agradecido por haberme ayudado a convertir este pequeño espacio de opinión en un refugio al que llamar hogar.

Felices fiestas.

Nos vemos en unos días.

Una mano a la virulé

Mañana tengo hora con el médico. Hace un par de días, fui al centro de asistencia primaria y me dijeron que yo no existía, así que tuvieron que abrirme un expediente y darme hora para este jueves.

Tengo un dedo y una articulación fastidiados desde mediados de noviembre, cuando vino un sensei japonés a visitarnos al dojo; por regla general, esas visitas funcionan así: viene un señor que lleva toda la vida haciendo artes marciales y nos dice cuán mal lo hacemos y qué deshonra suponemos el noventa por ciento de nosotros para la disciplina que él ama; el traductor suaviza el golpe, y el invitado coge fuerzas para volver a dejarse engañar al año siguiente.

Kendo: revisión médica

Dicho esto, cabe aclarar que los nipones son máquinas de matar desde los tres años, y nosotros solemos llegar a estas curiosas aficiones (por lo menos, para nuestras madres) con una o dos décadas de retraso. ¿Pero por qué os cuento esto hoy? Porque ese día alguien me dio un mal golpe, o yo retorcí algo, o crují un no sé qué o fracturé un qué se yo, y, desde entonces, aquí estoy, escribiendo a lo taquígrafa de principios de siglo, quejándome mucho, empastillándome de vez en cuando y descansando la mano cuando no hay más remedio.

Evidentemente, esto no me evitó seguir entrenando como pude, ni viajar a París y pagar casi seis euros por un café (oh, mon dieu!), y tampoco terminar de corregir el primer borrador de la novela, y empezar a moverlo un poco con el fin de recopilar alguna que otra opinión. Una novela que me he planteado como el final de una etapa y el principio de otra; como un camino que quiero abrir, y que quizá, sin darme cuenta del todo, ya esté abierto, y una despedida acorde a cuatro años de caos, pero de muchas alegrías.

Caos en terraza (junio, 2012)
Caos descansando en una terraza (junio de 2012).

Y a medida que planteo y consolido proyectos, siento la necesidad de cerrar otros; por eso, antes de que termine este 2016, no quiero daros mucho más la lata con De cómo los animales viven y mueren en el blogsino regalaros dos o tres cosas como agradecimiento por vuestra fidelidad como lectores y lectoras, y dar un par de sorpresas finales con las que encaminarnos al qué vendrá.

Sí, sé que no he desvelado mucho por ahora; pero es que, si lo hago, os fastidio uno de los dos próximos artículos por completo, y, además, por si no os habíais dado cuenta esto es, fundamentalmente, una entrada de blog donde vengo a llorar porque me duele la mano y mi mujer está hasta el… moño de oír cómo me quejo.

Tu vida es un Caos

La semana pasada, creí haber perdido todos los textos que tenía en el disco duro. Por alguna razón, no consideré oportuno hacer una copia de seguridad de los mismos, aunque sí de miles de documentos de empresa que no me importaban ni una centésima parte.

¿Qué puedo decir para sentirme menos imbécil? No creí que me fuese a pasar. Un disco duro reventado es como un accidente de coche: le ocurre a los demás, nunca a uno mismo; hasta que ocurre. Cuando ocurre, te cagas en todos tus muertos y en lo idiota que puedes llegar a ser, y buscas una solución tardía. Tienes Google Drive, y Dropbox, y pendrives, y discos duros externos, pero, por alguna razón, eso de las copias de seguridad no va contigo. Eres un rebelde 2.0.

Hasta que ocurre. Entonces, si tienes unas cuantas neuronas buenas, aprendes la lección, y guardas las cosas importantes en ese cajón, físico o virtual, que quieres que siga ahí si se incendia tu casa, si un rayo revienta tu ordenador o, simplemente, si tu placa base dice que hasta ahí hemos llegado, que fue bonito mientras duró, y que te la casques con dos piedras, que su tiempo se ha acabado.

Tú lloriqueas. O le haces un funeral vikingo. O lo conviertes en una pajarera. Da lo mismo. Lo importante es que aprendas, y, en este caso, yo voy a hacer caso del aviso, porque al final no fue el disco duro, sino la placa, y así lo prefiero. Y la gente que no entiende dirá que soy estúpido, porque una placa es sinónimo de PC nuevo, pero las cosas pueden sustituirse, en cambio, lo que fue…, lo que fue es imposible hacer que vuelva: esa es la magia de la escritura.

Todo este rollo es para deciros que, entre las cosas que creí perder, estaban los primeros capítulos de un libro que quise dedicar a aquel perro del que ya os hablé una vez: a mi perro, y me gustaría compartirlo con vosotros; a ver si ahora cojo, tiro una botella de whisky encima del portátil, y se pierde de verdad para siempre.

PD: Ahora sí he hecho copia de seguridad.

PD2: He cerrado WordPress sin querer y me ha dado un amago de infarto, porque casi pierdo también este texto que precede al texto.


Este es un fragmento del primer borrador de la novela y puede sufrir (mejor dicho, ha sufrido) un gran número de cambios.

Prólogo

El primer recuerdo que tengo de Caos es lo mucho que pesaba pese a estar en los huesos. Tengo la certeza de que en su cuerpo se mezclaban kilos y abandono, y tardé mucho tiempo en demostrarle que había algo por lo que seguir moviendo su espalda herida.

Quizá era esto lo que tenía que haber escrito aprovechando la difusión de aquella carta que se compartió cientos de miles de veces y por la que todavía hoy muchas personas contactan con nosotros para saber más de aquel perro mestizo que encontramos a poco más de veinte kilómetros del centro de Barcelona.

No pude. En todo este tiempo hubo muchos otros cambios en mi vida: me casé, me hice vegetariano (o casi), decidí que quería intentar ganarme la vida escribiendo, acepté un voluntariado en una asociación animalista… pero no pude escribir más sobre Caos. Lo cierto es que pensé en crear algo similar a lo que estás a punto de leer, pero cada comentario en aquella entrada de blog sobre Caos era, de algún modo, tanto una sonrisa como una lágrima.

Lo cierto es que escribí que había empezado a redactar aquellas líneas dirigidas a un desconocido (o desconocida) cuando, por fin, me había recuperado, pero no lo hice. A mi alrededor, Caos nos marcó a todos de un modo que ningún otro perro podría (ni debería) hacer, y un año dos años después esto no ha cambiado.

Caos y Laura (retrato)
Dos regalazos que nos hizo una lectora y amiga de Valencia.

Pero hay una cosa que sí ha cambiado, y es el recuerdo. Hace unos días, encontré a Laura llorando en la cama. Sus lágrimas no eran exactamente por Caos, sino más bien por todas aquellas cosas que durante los tres últimos años había vivido y recordaba sin dificultad y ahora empezaba a confundir: los recuerdos se arremolinan y la imaginación empezaba a mezclarse con estos.

Por todo ello, estas historias y estas fotografías van por ella y para ella, aunque os invito a descubrir un pedacito de nuestra vida.

Sea como sea, gracias por acompañarnos.


La primera aventura

Esa noche actué como un robot. Los dos lo hicimos. Traje todo lo que había aprendido sobre perros a mi mente (terreno neutral, vigilar cualquier problema con la protección de recursos, positivo para ambas partes, actitud relajada) y lo apliqué al dedillo.

Cuando terminé, eran casi las dos de la madrugada, y el horizonte vestía el naranja. Esto ocurre a causa de la menor dispersión de los tonos naranjas; los tonos azules se dispersan mucho más rápido, mientras que el naranja permanece; si hay niebla, esas partículas, que no son más que aerosoles en suspensión, quedan muy cerca de la superficie, provocando este curioso fenómeno atmosférico.

Leí sobre ello de madrugada. En el jardín, mientras todos nos relajábamos y el cansancio, y el estrés, empezaban a apoderarse de todos nosotros; le dejamos dormir fuera, porque no quiso entrar a la casa, y nadie insistió. Allí quedó durante las tres o cuatro horas que nos quedaban de sueño, con un bol de agua fresca y una manta con la que sortear la humedad.

***

Unas horas después, Laura se fue a trabajar y yo aterricé en Barcelona, a unos 25 km de donde vivíamos en 2012, junto a un perro sin nombre que merecía algo mejor. Era jueves.

Caos en Corbera de Llobregat
En la casa de Corbera de Llobregat, unas dos semanas después de encontrarlo en la carretera.

De día, su aspecto era espantoso. Estaba desnutrido, y con las patas rasgadas y heridas por todas partes; se adivinan colores de pastor alemán, pero la suciedad y la tierra habían convertido su pelaje en una maraña de tonalidades grises y negras. No recuerdo si llevaba collar: juraría que no: de su cuello colgaba una cadena metálica y un mosquetón oxidado adherido a ella. Lo peor era el estado de sus patas, y lo que se intuía al verle caminar: no eran sus extremidades, sino un pronóstico cien veces peor.

Decidí caminar con él un rato por la ciudad. Nos dirigimos a un veterinario, pero todavía era pronto; debíamos esperar a las diez, y el estoicismo del animal me demostró que había aguardado más de una década, por lo que una hora no era problema.

Tampoco caminar lo fue. Lo hacía lento, seguro de sí mismo, con una energía que solo conocen aquellos que han estado a punto de caer demasiadas veces y siguen avanzando.

Nunca hubo tantas miradas prejuzgando a alguien en ese barrio. En esos barrios. Alrededor de una decena de veces no quedó ahí: no faltó quien insultó, ni quien soltó la típica frase que contiene una inyección perenne; a quien quiso escuchar, se lo expliqué. Sin embargo, no tardé en comprobar que una noche de descanso no era tiempo suficiente para tantos años de maltrato: cerca del veterinario, empezó a tumbarse cada vez que alguien nos paraba un minuto; no volví a detenerme: cuando me asaltaban, les decía que íbamos camino a un veterinario, que lo habíamos encontrado abandonado y que el perro no debía pararse, sino ser atendido de urgencia.

Si esta historia ha caído en tus manos, quizá (en estas primeras líneas) te estés preguntando varias cosas. Voy a intentar responderte algunas de ellas antes de proseguir hasta el veterinario. Ante todo, quiero decirte que, por aquellas fechas, yo no tenía carnet de conducir ni posibilidad alguna de hacer entender a nadie que un perro medio muerto, lleno de heridas, garrapatas y, probablemente, con leishmaniosis avanzada debía ser visitado de urgencia; o quizá sí, lo cierto es que, seis años después, todo lo que recuerdo me indica que no era así, pero, ¿quién sabe? ¿A quién llamas, entonces? Coges la mano, y juegas las cartas que te han tocado. ¿Qué vas a hacer sino?

Por estas latitudes, no obstante, la historia no tiene un gran interés; fue tal que así: mi chica aparcó el coche tan cerca de allí como pudo y se marchó hacia el trabajo; mientras, yo estuve hablando con mi familia durante unos minutos por teléfono y me dispuse a llevar el perro a una clínica veterinaria cercana.

Volvamos, pues.

Foto de Caos (primer plano)

En la puerta de la clínica, suspiré un minuto. Algunas viejas cuchicheaban detrás de mí; una tontería que, en ese momento, me hizo sentir lo suficiente incómodo para dar cuatro zancadas hacia delante, decidido a explicar todo lo que sabía de ese animal, a intentar que alguien buscase información en un chip que difícilmente existiría. Esa era mi primera opción, aunque no quería devolver al perro a alguien capaz de convertir a un animal tan noble en un cadáver viviente; la segunda opción, solo había cruzado mi mente con fugacidad. Me concentré en lo único que me tranquilizaba: seguir adelante, un paso detrás de otro.

En ese instante, el perro trastabilló y cayó en la puerta, agotado, y los murmullos se convirtieron en acusaciones que ya no recuerdo hoy. Me concentré en dejar que descansara un momento y en tranquilizarle, acariciándole el lomo sin prisa; el animal se enderezó, pero esta vez no quise arriesgarme, así que lo subí en brazos hasta la puerta y empujé con un pie cuando sonó el zumbido eléctrico de desbloqueo.

Dentro no fue mejor que fuera. La única cliente que había a primera hora de la mañana formuló la misma pregunta que ya habían hecho decenas de personas: “¿Qué le ha pasado?”

—No lo sé —dije, más centrado en la veterinaria tras el mostrador que en aquella mujer de la que me he olvidado casi por completo. —Lo encontramos ayer noche en una carretera, ¿podéis leer el chip, si es que tiene, y hacerle una revisión?

Al principio, aquella mujer con bata blanca no dijo lo que pensaba. Tardó un par de minutos en encontrar las palabras. Evaluó su estado de un modo mucho más general de lo que me hubiese gustado y contestó:

—Llévalo a la protectora.

Me negué.

—Ese animal debe ser sacrificado. Evita que siga sufriendo.

Caos junto a Trotski, en La Garrotxa
Caos en La Garrotxa. Junto a él, Trotski, un mastín de los Pirineos que vivía allí con su hermana Ninoshka y familia.

Le pedí de malas formas que leyese el maldito chip que sabía que no tenía, que ya esperaba que no tuviese, y me largué. Allí no quisieron tratarle. Solo me dijeron lo que ya sabía: no tiene dueño, y así era mejor. Nada más.

Al salir por la puerta, sentí un calor terrible, el cabreo y la indignación se mezclaban con picos terribles de humedad y un sol intenso que amenazaba desde el este. Pensé un minuto en mis opciones: podía probar a llevar al animal a otro veterinario, habría que caminar un par de kilómetros como mucho, pero tras veinte o treinta minutos de paseo, él no podía más.

Pese a encontrarse herido y desnutrido, era un perro grande; casi un peso muerto, así que me senté en una plaza junto a él, y descansamos. Su cara no parecía alegre; tampoco triste. Miraba extrañado, como si no comprendiese dónde íbamos o qué estábamos haciendo; parecía asumir que eso era mejor que lo que hubo antes, y aunque algo receloso, empezaba a tolerar mi compañía sin la intención de escapar de improviso. Eso también ayudó.

Alrededor, los rostros se relajaron, sentí cómo el porcentaje de gente que se cagaba en todos mis muertos a mi paso por El Carmelo se reducía; la tercera persona que se sentó a mi lado dispuesta a escuchar qué había pasado me sirvió de excusa. Le resumí lo sucedido, agarré al perro, lo subí a mis hombros y me encaminé hacia otra clínica rezando a un dios en el que no creo para que no se le soltase el esfínter.

***

Tardé unos treinta minutos en recorrer poco más de un kilómetro y medio. Siempre he caminado rápido y desde que tuve problemas de espalda me acostumbré a no estar quieto mucho tiempo de pie. Pero el perro se revolvía nervioso de vez en cuando, y teníamos que parar, bajarlo y dejar que se moviese con libertad unos segundos; después, de nuevo a la carga.

Caos (hidroterapia)
En una sesión de hidroterapia junto a mí, en 2014.

Ahorraré tinta aquí: ocurrió lo mismo. No exactamente, claro que no. No fueron más simpáticos; todo lo contrario. El consejo fue el mismo: sacrificio. Esta vez les mandé a la mierda y me largué con el perro hasta la casa de mi familia cercana.

Lo que más me cabreaba de vuelta no era haber perdido el tiempo. Ni tan siquiera haber perjudicado al perro: tras una vida así, ¿qué importan tres horas? Se trataba de algo mucho más simple: la falta de interés, de recursos, de humanidad. De apostar por una jeringa de cien euros como solución a un problema del que nadie quiso preocuparse nunca.

Mi madre trabajaba, pero conseguí meterlo en su casa. Hasta las siete de la tarde, descansó. Aproveché para quitarle treinta y cuatro garrapatas, cada una más grande que la anterior, y le di un baño; después, vacié un bote de espray antiparasitario y limpié con lejía y otros productos desinfectantes la ducha.

Durante más de veinte minutos el agua siguió saliendo negra… hasta que desistí. Le sequé con la toalla más vieja que encontré y luego la tiré a la basura; hora y media más tarde, me cansé de quitarle pelo muerto, aunque comprobé que el perro no tenía el pelaje totalmente gris, sino que mantenía unos colores muy similares a los de un pastor alemán.

Decidimos contactar con conocidos, buscar a alguien que pudiese hacer una valoración general del estado del perro y, en definitiva, conocer nuestras opciones. A las seis de la tarde, teníamos hora para una consulta el día siguiente, por lo que Laura, el perro y yo salimos de Barcelona en un gran atasco que se había originado en la Ronda de Dalt por culpa de un accidente cuádruple.

De vuelta, ya le habíamos bautizado: Caos. El nombre nunca me gustó. A ella creo que sí. De cualquier modo, estaba bastante claro que le pegaba. Todo había salido mal, y los días siguientes no prometían cambiar el curso de la historia.

Sé que entonces no le di mucha importancia al nombre, porque no creí que viviera demasiado.

Me equivoqué.

Se van

Echo de menos a Caos. Siempre echo de menos a Caos. Cada día. Todos los días. No sirve de nada, pero tenía que empezar diciéndolo. Siempre hay algo que termina por recordármelo en un momento u otro. Hoy, leo cáncer de hígado en Internet, y le echo de menos. Aunque él no se fue así; a él le dio un vuelco el corazón, y después a nosotros.

Echo de menos a Caos. Le añoro. No sé si lo añoro más que a mi padre, que sí se lo llevó el cáncer; no sé si lo añoro más que a los abuelos que conocí; no lo añoro más que a los amigos que marcharon temprano. Sé que fue familia, y sigue siéndolo.

Caos en La Garrotxa (Gerona)

Leo cáncer de hígado en un blog, y recuerdo que se irán. Se irán con casi todo lo que nos dieron a cada instante de sus breves e intensas vidas. Se irán. Casi siempre se irán antes, porque brillaron el doble, sino más. Ellos lo prefieren así; si se lo permites, te lo habrán enseñado bien a lo largo de los años.

Te habrán enseñado a dormir al sol tumbado junto a ellos; a reír por cualquier cosa que te apetezca; a besar cuando sientes que es la persona adecuada; a compartir las pequeñas cosas, y a ser un poco egoísta cuando se trata de tu juguete favorito, por supuesto; te habrán enseñado que el amor debe ser incondicional, que la vida es cosa de un minuto y que no hay nada que un perro no pueda perdonar, porque son mejores que tú y que yo.

Se van; también nosotros. Y duele tanto como debería, no más; y juras sentir cómo los recuerdos se desmigajan entre lágrimas amargas que pretenden atesorar una vida entera; juras que jamás volverás a pasar por algo así; juras que no es justo.

Escaparán mucho más lejos de lo que nunca corrieron; pagaremos ese peaje. Pero es un tributo tan escaso frente a una vida juntos que estaríamos locos si no volviésemos a caer en ese error mientras quede en nosotros un soplo de aire.

Vivir en Mallorca, mis dos años persiguiendo una epopeya rural

En poco más de un mes hará dos años que volví de Mallorca, donde estuve viviendo otros dos. La vida en la isla, como en cualquier otro lugar, fue una experiencia de blancos, negros y grises pero, sobre todo, se convirtió en una de las mayores oportunidades de experimentar lo que realmente significa dejarse llevar por un sentimiento.

Refugiado durante largos veranos con sus respectivos inviernos, descubrí el carácter mallorquín (el de ciudad y, en especial, el que se respira al salir de Palma en cualquier dirección) y me acostumbré a un ritmo de vida que nada tiene que ver con lo que conocía: donde los días se enlentecen, las comidas se disfrutan de otra forma y sa roqueta se convierte en un lugar donde sentirse privilegiado de vivir.

Mallorca - Dana y Javi de excursión.

También coexistí entre sentimientos encontrados a menudo (evidentemente), y tuve que aclimatarme a ellos: días en los que todo lo que uno podía sentir era claustrofobia, y otros donde no podías imaginarte otra latitud desde donde contemplar el cielo nocturno y percibir ese control casi mágico sobre el tiempo.

Por lo bueno y lo malo, escribí sobre Mallorca. Y antes que después me arrepentí de haberlo hecho tan poco. Escribí, no obstante, y lo hice en un lugar donde más allá de Sóller, Valldemossa o Pollença, todo era un soplo de aire fresco destinado a inspirar a quien se permitiese el gusto: desde las marjades a La Calobra, de las playas de piedra a las aguas turquesas de Es Trenc —que algunos se empeñan en prostituir para beneficio de nadie—; preguntándome, a menudo, cómo la isla ofrecía una conexión tan profunda con sus habitantes sin pedir nada a cambio.

Hoy, algo nostálgico, recupero algunos de aquellos textos que me ayudaron a entender Mallorca de formas muy distintas entre sí. A conectar con la gente y, aunque foraster, a sentirme parte de algo más grande con el paso de los días y los meses.

Primeras impresiones (I y II)

Así, algunas de las primeras entradas de este mismo blog las desgasté entre aquellos aspectos que más me habían sorprendido a nuestra llegada. Por un lado, la forma en la que transcurrían los días, fruto de un carácter distinto que lo impregna todo a su paso; por el otro, la vida de pueblo, más allá de Palma, la otra Mallorca que vale la pena descubrir.

En estos lugares, todo transcurre muy despacio y muy deprisa a la vez. El tiempo se vuelve algo relativo y te recuerda las interminables clases de matemáticas y los cortos períodos de descanso en el patio, tirando piedras a los amigos, levantando faldas a las niñas y devorando bocadillos de jamón, y también de Nocilla.

[…]

Aquí uno puede encontrar esa soledad buscada por el Sturm und Drang, esa soledad típica del enamorado, del joven Werther henchido de penas. Cuanta menos gente encuentras, más sencillo es recordar aquel aforismo de Schopenhauer que decía: Nadie puede salir de su individualidad.

[…]

¿Qué resulta entonces más real? ¿La soledad dentro de la masificación urbana o la imposibilidad de la misma allí donde todos llegan a conocerte? Al final, todo se resume en el qué dirán frente al acto de que nadie diga nada. Pese a sus modos, ambos hieren de forma agravante.

Salem

Salem se enamoró rápidamente de Dana, y dormía apretado contra el pecho de la pastor alemán. Dana no le daba bola. Porque Dana es una estrecha: ya saben cómo va eso de los amores imposibles.

Mientras nos asentábamos y vivíamos, Salem perdió su suerte. Y por mucho que nos empeñamos en aferrarnos a él, ese gato nos demostró lo relativo que es el tiempo cuando se vive bien.

Cuando ocurrió, también sentí que debía escribir algo sobre él. No tuvo el alcance que tuvo Caos (lo sé), pero a mí —el interlocutor último que debería buscar cualquiera a quien le apasione juntar letras en un papel— me sirvió para forzar la despedida.

Las últimas horas Salem las pasó en el gallinero. Allí donde algún otro granuja había hecho una escabechina. Hasta que lo encontré de nuevo. Me miró con ojos recelosos, supongo que se preguntaba qué hacía allí: él poca ayuda necesitaba entonces. Aun así, terco, como siempre, lo subí al coche con la ayuda de quien siempre tengo a mi lado, y nos encaminamos a su último paseo.

Muchas risas

En más de setecientos días también hubo espacio para muchas risas. E intenté sacarle punta un par de veces; en especial con una serie de consejos rápidos: así que ya sabes, si algún día te da por acercarte a la isla, el #2, el #13 y el #14 te serán de especial utilidad, palabra.

Foto de familia (agosto, 2012).
De izquierda a derecha, Caos, Dana (detrás), Teo, Argos, Salem y Nymeria. Sentado, un tío muy afortunado en una finca de Caimari en la que había mucho trabajo por hacer (¡y el que quedó!).

Y algún disgusto que subsané escribiendo

Como el día que enterramos a diez gallinas; un episodio que, por suerte, no se repitió; o el viaje de ida, en barco, con el coche, los bártulos y familia numerosa.

Entonces apareció un cadáver en el descampado cercano. Entre maullidos y ladridos no hubo forma de resolver aquel entuerto. Todo apuntaba a que el pollo, que ya había empezado a hacerse el gallito por el vecindario, había encontrado a alguien con quien esa clase de bravuconadas no funcionaron. Desfalleció sin posibilidad alguna de recuperación.

Hubo disputas vecinales, todo sea dicho

Como el grave conflicto con las bolsas de basura y las peleas puerta con puerta que me ayudaron a descubrir cómo funcionaba la ciudad y cómo lo hacía un pueblo; y sobre todo a valorarlo del modo en que realmente se merece.

Dana en el Port de Pollença

Y un principio, y un final

Y al final, la lección estaba ahí, esperándome: mientras me preocupaba por no haber escrito, reparé en que había estado viviendo. Como en casi todo, la dicotomía quedó allí; digamos que aprendí lo que tenía que aprender, y no le he dado más vueltas.

Como decía alguien a quien admiro y recuerdo siempre: Quizá no fueron las lecciones que otros hubiesen escogido estudiar, pero a mí me han servido. Así pues, de Mallorca me traje a la península mi escritura y una extraña filosofía de vida. La isla me demostró en reiteradas ocasiones que, ni tan siquiera allí, las cosas duran para siempre, y me negué a anotarlo en ningún sitio, porque lo integré en mi vida.

Resultó no ser Mallorca, ni Barcelona, sino yo. Y sabiendo eso, me despedí de ella. (O no.)

Miradas a carboncillo

Hace unos días, llamaron a la puerta. La perra no ladró al oír el timbre, porque habíamos estado entrenando durante varias sesiones para quitarle esa manía —tan lógica y natural en los perros por otro lado. Esperó sentada, y yo abrí la puerta con parsimonia: era el cartero. y traía un paquete verde y alargado de Correos.

Poco después, comprobé que se trataba de una ilustración a carboncillo de Laura y Caos; adjunta lucía también una acuarela y una carta. Estuvimos observándola por unos minutos, con detalle, casi analizándola; y después tanto Laura como la ilustración desaparecieron de la sala; dejándome en la habitación pensando en los ojos del perro del dibujo. Me había impactado esa mirada en negro que la artista había reflejado en su obra: ¡era él! Con ese matiz que no entendía el qué, y mucho menos el porqué de las cosas, pero que de algún modo casi exigía ser partícipe de ellas por todos aquellos años perdidos atrás.

Caos y Laura a carboncillo. La ilustración es un regalo de Lourdes Alarcón.

Aunque parezca mentira, al ver la ilustración ya no nos pusimos tan tristes como hace un par de meses; como tampoco lo hacemos al revisitar fotos, vídeos o, simplemente, al recordar cómo estaba el despacho acondicionado para que él pudiese estar junto a nosotros, dormitando o ansioso de salir a dar una vuelta a la manzana, y poco más. Antes o después, te empiezas a quedar con lo bueno, y desanudas las ataduras que aún te apretaban con el no es justo o el podías haber hecho más; no porque dejes de pensar así, sino porque lo hecho, hecho está.

Entonces ves que el día a día es lo único que tienes, y que son los dibujos que te sorprenden en el correo, los instantes junto a tus perros al sol (cuando deberías estar terminando un proyecto) o el minuto de respiro que te tomas para mirar a tu chica a los ojos aquello que realmente vale la pena. Las cápsulas de eternidad que en pocos sitios más puedes buscar. Allí está Caos ahora; y sigo emocionándome al pensar en que esa eternidad pasó de ser mía (nuestra) a ser de todos.

Gracias, Lourdes, por tu fantástica obra y por compartir nuestra idea de manada.

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