Carta para Casandra

grullas-de-origami

«Memento mori, si vis vitam para mortem.»
(Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte.)

Hola,

Me dejó, y a ti esto te va a importar muy poco. Y no, lista, no lo ha hecho por otro, aunque hay un hijoputa implicado (por eso te escribo a ti: porque yo fui tu hijoputa). Supongo que estarás encerrada y quejándote por el coronavirus, como todo dios. Oí que te casaste. Una vez, cotilleé tu Facebook y vi que ya no te tiñes el pelo. Te imagino feliz (pelirroja), e incluso con algún crío en casa tocándote los ovarios entre tanto confinamiento, pero tendrás tus días, como yo, como ella. Quizá no hay niños en casa, y te pasas el día follando con tu maromo, o vuelves a estar soltera y en casa de tus padres. Yo qué sé.

Te voy a confesar varias cosas, Cas (y te voy a llamar Cas, porque te llamaba Cas y se me haría raro llamarte Casandra: aunque en el título quedaba bien, la verdad), empezaré por una parida y acabaré con algo más serio, ¿vale? Y tú, si quieres, me mandas a tomar por culo virtualmente, cierras la pestaña del navegador y te vas a beber una copa de vino, que digo yo que beberás vino, porque ya no tenemos edad para el Licor 43 y esas mierdas.

Confieso primero algo idiota, como te decía. Antes de 2019, escribía mucho más —también por aquí, en el blog, que ya está moribundo diría— y empezaba muchos textos así: «El otro día un amigo/a…» para introducir el tema. A veces, era verdad (que me lo había dicho un amigo, digo), y otras mentira (una licencia), pero me servía para encarar aquello que quería tratar. Por ejemplo, hoy podría decirte: «El otro día una amiga…» y ya te estaría mintiendo, porque si follas con alguien, no solo será una amiga: al menos, será una follamiga: que vaya palabra. Bueno, el otro día esta amiga me recomendó una película que no era la leche, por lo que no me sabe mal destriparte el final: verás, el protagonista está en un banco del parque después de que su madre, una judía ortodoxa, le haya chutado de casa por largarse a Tel Aviv a chuscar y (en esencia) por presentarle a una shiksa (una chica que no es judía). De repente, suena el teléfono y es la chavala que le mola, la shiksa, quedarán sesenta segundos de película, y el prota mira hacia donde está el espectador, se pasa por el forro de las pelotas la cuarta pared y dice: «Quieres saber cómo acaba la cosa, ¿eh? Pues te vas a quedar con las ganas.»

Hostia puta.

Eso es lo mejor de la película.

El resto, bueno… No ha sido una completa pérdida de tiempo, pero tampoco es 8 ½ de Felini.

Eso último, sin embargo, es real. Eso es nuestra propia existencia: hoy es el primer día del resto de tu vida y esas chorradas. Y un día lo será. Mientras tanto, cada día tu vida puede dar un giro de ciento ochenta grados, así que dicen que no vale la pena preocuparse por todo.

(¿Cuál será el secreto para conseguirlo?)

Vuelvo, que ya desvarío. Hace casi un año, ella me dijo que se iba de casa por un tiempo porque no se atrevió a decirme muchas cosas (quizá no las sabía: qué sé yo). Sé que contigo pasó algo similar, pero haber intentado hablar con ella: a mí no me vengas con rollos a estas alturas (podría aplicarme el cuento, ¿eh?).

Tranquila, porque esto no va de mi ex, que también es tu ex, pero espera, ya llego.

Algunas de las cosas que sentía, ella las sabía, yo las sabía, y muchas otras no, porque ambos somos carne de terapeuta. Recuerdo, sobre todo, esa sensación de bloqueo, de distancia, de vernos, pero no saber comunicarnos, de entender que amarse con locura no es suficiente  y, a veces, no es ni bueno.

Al principio, cuando me habló de espacio y tiempo yo la creí, pero luego ya no, ¿sabes? Luego, no supe qué pensar. Primero, me convencí de que podía arreglarlo, de que era yo, que era algo que estaba en mis manos: porque yo soy un tío romántico de cojones (no sé si me conociste tanto, pero creo que hasta ese punto sí) y siempre he pensado que, al final de la historia, el chico recupera a la chica. Después, vi que la chica no sabía qué cojones quería, que me acercaba una mano cuando yo me alejaba y me apartaba con la otra cuando me acercaba, que mis esfuerzos se veían como ataques, que la ausencia de una explicación era toda la respuesta que alguna vez recibiría.

Empezaron a pasar los meses. Lentos de cojones. Me deprimí. Mucho. A lo Robin Williams, estilo payaso triste, como decía Gandolfini en la piel de Tony Soprano: sonrisas rotas por dentro. Cuando estás bien jodido, y encima te obligas a poner buena cara, todavía te queda darte la gran hostia. Los minutos se vuelven horas. No duermes. No comes. Bebes (mucho), pero agua no, porque el agua es vida y la vida te sabe a poco. Yo, además, me peleo con las paredes para no reventar a hijoputas (pero hay que ser coherente y aceptar que, cada hijoputa, tiene su versión de la historia, ya lo hemos hablado arriba), pago facturas, empiezo a ir a terapia; me lleno el día de cosas y luego me lo vacío, porque no puedo con tanta mierda. Tengo todo tipo de oportunidades laborales, pero no consigo mantener nada y llegan los tropezones y los fracasos.

A grandes rasgos, eso es buena parte de mi 2019: poner buena cara, aguantarme las resacas y curarme unos nudillos cada vez más agrietados. Por eso, el coronavirus me come los huevos (no es eso tampoco, ya me entiendes: es una forma de hablar). Llega un día en el que solo veo obligaciones, Cas: cuidar de los chuchos, cuidar de los gatos (hasta una cerda vietnamita tenía en el jardín: no, no es broma; se llama Peggy Sue y está en un santuario de animales), trabajar, impuestos, incluso ir a entrenar al gimnasio. Exigencia pura y dura. Las cosas buenas de la vida —las que quedaban, porque muchas llevaban años siendo una mierda, solo que, en esta puta vorágine, necesitas parar y hacerte consciente— hace mucho que se fueron: una cena de verano en la terraza, conocer gente nueva, flirtear, hacer un estúpido curso de papiroflexia, un fin de semana viajando en el coche hacia ningún lugar, dormir abrazados y milimetrar todos y cada uno de los lunares de su espalda, follar, y sudar juntos, y hacer el amor, y sentirse vulnerables, y estar en casa.

Y el resto sigue igual, el mundo gira, tu exmujer folla con otros (o follará; o peor: hará el amor) y tú no tienes ganas de follarte a nadie (ni de ser follado, ni deseado, ni escuchado, ni entendido). Por las noches, cuando no duermes, la depresión se acuesta en su lado de la cama y te susurra toda clase de locuras, y tú unos días te levantas y te largas a caminar de madrugada por las calles vacías de la urbanización, otros coges una botella de JB de la cocina y te obligas a caer inconsciente. Llegará el día en que pidas ayuda, en que llores, en que te abraces a los demás y empieces a hacer cosas constructivas por ti mismo, pero todavía no.

La primera vez aflora sutil, casi etéreo: un comentario que ni tú sabes muy bien qué significa, una fantasía un tanto deprimente, una pequeña mota negra en tu día gris, muy gris. Es raro que alguien le dé demasiada importancia. Bueno, estás depre, tu vida ha cambiado, hay que construir una nueva rutina y bla, bla, bla. Después, mucha gente hace más y más comentarios, incluso pide ayuda, busca apoyo para salir de una situación insoportable a la que no sabe cómo ha llegado… y, lo más triste, es que muchas veces esa ayuda no llega. Pero yo voy a ser sincero contigo, como intento ser siempre: yo no hice nada de eso, en realidad. Recuerdo algún comentario, ya te digo, pero ya está: eso fue todo. Nadie debió darle mucha importancia y pasó inadvertido. La vida seguía, imagino: dos meses antes, monté una empresa; un mes antes, me examiné y aprobé mi segundo Dan de kendo (sí, también hago kendo, como ella, aunque no por ella). Y, entre octubre y noviembre, empecé a ir a terapia.

En noviembre, y te vas a reír (supongo que no), no recuerdo la fecha exacta (así eran mis días), pero sé que fue entre semana y para finales de mes, subí al coche e intenté suicidarme. No, no voy a entrar en detalles, por lo del efecto Werther, ya sabes.

No me maté de milagro.

Fue cosa de un segundo de diferencia, creo. Como mucho.

Me eché a llorar.

Recuerdo que no podía parar de llorar.

Mi cara, mi ropa, la tapicería del Ford, todo quedó empapado de lágrimas y sudor.

Esa mañana había tocado fondo.

Me había intentado quitar la vida.

Me salvó el puto instinto de supervivencia en una situación límite.

Me salvé yo, supongo.

No quería morir, pero, por primera vez en mucho tiempo, entendí que no sabía vivir.

De eso va esta carta, Cas. Quería decirte que me intenté suicidar en noviembre y, no sé por qué, pero antes de que lo sepa mucha gente (algunas personas lo saben: ella lo sabe), quiero que tú también lo sepas, porque sigo acordándome de ti, porque me hubiera gustado hablar contigo a lo largo de estos diez años, porque, aunque estuviera enamorado de tu novia (y ella de mí), me encantaba pasar por el piso a verte a media tarde, charlar contigo: nuestra relación.

Ahora, solo voy a terapia una vez por semana y, pronto, cada dos. He descubierto muchas cosas: que sufrí un shock emocional, que ella y yo generamos una relación de codependencia insana, que amarse no basta, que quizá todos tenemos dentro mucho de tragedia y mucho de comedia y, sobre todo, ¿por qué cojones nos pasamos la vida negando eso, tía?

Y no sé por qué escribo esto. No es por ti, ni por mí ya. Si fuera por ti, te buscaría y te llevaría un par de hojas impresas; si fuese por mí, lo escribiría y lo borraría. Creo que es porque mucha gente leerá esto y seguirá pensando que hay algo mal en mí y en todas las personas que sufren depresión. Así de simple. Esa gente se tragará su propio discurso, no se preguntará nunca nada y, si no le toca de cerca, seguirá mirando hacia otro lado el resto de sus vidas.

Y te confieso que fantaseo, y pienso que, a lo mejor, igual que se me murió el perro y todo dios conoció su historia por unos meses, a lo mejor ahora alguien se lee este texto, se mira mi currículo y me da trabajo. Y los compañeros y las compañeras de la oficina me señalarán por detrás cuando vaya a mear al baño (o yo diré que voy a mear, porque la gente no decimos en público que vamos a cagar, aunque vayamos a cagar) y se dirán entre ellos que sí, que ese soy yo, el que encontró el modo de lucrarse tras un intento de suicidio; y otras veces pienso que, en este país, hay que ser muy valiente para contratar a alguien tan tarado como para ponerse a proclamar que se hundió en una depresión y se intentó quitar la vida y que, quizá, no trabajo por cuenta ajena en mi puta vida otra vez; pero, sobre todo, pienso: ¡qué coño!, esto es España, y se suicidan CUATRO MIL PERSONAS con nombres y apellidos cada puto año y llevamos medio siglo, por lo menos, sin hacer suficiente, así que ¿por qué unas pocas líneas van a marcar alguna diferencia?

Quién sabe, Casandra. (Ahora te llamo Casandra, porque me he puesto serio.) Yo lo único que sé es que no soy ningún cobarde, que te vas hundiendo, y pruebas cosas, y esas cosas te alivian un poco al principio y, luego, lo complican todo más todavía y, esto es lo que la gente no entiende en su mayoría, que llega el día que lo que es un final, lo ves como la única opción para dejar de sufrir.

No, Cas. Yo no soy un cobarde. Soy un puto superviviente. Superviviente de una depresión y de un intento de suicidio. Y no me avergüenzo, ¿sabes? Y habrá imbéciles que dirán que no es cosa de proclamarlo a los cuatro vientos, otros sentirán pena por mí, pero están equivocados y equivocadas, porque ese es el problema real: el tabú, el esconder las cosas bajo la alfombra, el creernos invencibles y el no atrevernos, jamás, a desnudar nuestra alma frente a los demás. A no poder o no saber contestar, con sinceridad, a un ¿estás bien? A sentir miedo de expresar tus emociones, de echarte a llorar cuando necesitas llorar o de tener que mantener esa estúpida pose a lo Clint Eastwood apolillao. A no saber cómo pedir a un amigo o decirle a un familiar que se quede contigo, que te dé un abrazo, que te repita que las cosas irán a mejor hasta que te canses de oírlo.

En fin, Cas. Siento haberte usado de licencia poética. Aunque creo en todo lo que te he dicho. Si me ves, no me conoces: tengo más canas que pelos negros ya, voy bastante tatuado (aunque no tanto como me gustaría y, sí, tranquila, yo también llevo alguno por ella: si no te lo has borrado, no estás sola en eso). A grandes rasgos, sigo siendo un idiota, pero algo más sabio. ¡Ah! Y, a veces, ahora me pongo hasta camisa. Pero si me ves un día, o crees verme, o nos volvemos a cruzar, yo te voy a sonreír, ¿vale? Aunque tú sigas pensando que yo soy un hijoputa, que lo entiendo: no sabes cómo te entiendo…


Si has pensado en suicidarte:

Intenta hablar con familiares y amigos, por favor.

Busca ayuda especializada.

Llama al 717 00 37 17 (Teléfono de la Esperanza).

BoJack Horseman y sus lecciones sobre cómo contar una historia

Estos días me he vuelto a ver la quinta temporada de BoJack Horseman (Netflix, 2014), una sitcom de animación —a partir de aquí, todo es posible— sobre un actor de televisión que vive en Hollywoo(d). Él es un caballo; su mánager, una gata persa de color rosa; su álter-ego, un perro labrador, que también es actor. Por ahí está Todd, que es humano, pero el menos normal de todos ellos, y Diane, que es una escritora-redactora creativa de ascendencia vietnamita. ¿Y cómo es esto posible? En este mundo, conviven personas y animales antropomorfos, pero eso es lo más sencillo que su creador, Raphael Bob-Waksberg, nos tira a la cara para que digiramos o nos atragantemos: a menudo, parece que se la suda (y hace bien).

En BoJack Horseman los personajes evolucionan a través de la trama: algo a lo que no estamos acostumbrados en las series de animación. Tampoco es habitual que este tipo de series oscilen entre el drama y la comedia (o la tragicomedia), ni se atrevan a tratar temas tan profundos como el éxito y el fracaso, la necesidad de ser amado, las carencias afectivas de las personas, la búsqueda de atención constante. Todas estas cuestiones dan una profundidad a la serie que hace que valga la pena verla, pero, en realidad, yo he descubierto algo mucho más importante para aquellas personas que queremos aprender a contar una historia: ahí metidos hay verdaderos maestros de la narración, y voy a hablaros de algunos capítulos que lo demuestran, ¿vale? Por supuesto, hay mucho escrito sobre la serie, pero si queréis un texto que os convenza de que tenéis que ver este pelotazo de Netflix, leed este artículo de Ana Pacheco: Regodearse en la miseria, como BoJack Horseman. Por mi parte, yo os voy a hablar un rato sobre literatura…

BoJack… ¿qué?

Las dos primeras temporadas de Bojack son una especie de Charlie Harper viviendo la vida de Charlie Sheen (Dos hombres y medio, Chuck Lorre, Lee Aronsohn, 2003-2015). Bojack es una ex estrella de televisión; alcohólico, drogadicto, disfuncional. Gracias al éxito de su antigua serie, Horsin’ Around, Bojack puede mantener un buen nivel de vida mientras sigue sin reconocer sus problemas, su frustración, resentimiento y odio por sí mismo. Hasta aquí, todo es bastante más negro de lo que uno imaginaría para una serie de animación, ¿verdad? Bueno, esa parece ser la clave de su éxito. En cualquier caso, sobre las virtudes de la serie que te hable otro (u otra), para mí ya estás tardando en tragártela a palo seco, y con ansia, y ahora voy a hablar de los capítulos que me han dado una buena hostia en la cara (con [algunos] spoilers [pequeñitos], luego no llores: aunque intentaré no destripar más que lo estrictamente necesario) y me han enseñado cuatro cosas más sobre cómo contar una historia. ¿Te apuntas?

BoJack Horseman es una de las primeras series de animación en Estados Unidos con un hilo narrativo serializado, donde los sentimientos de los protagonistas evolucionan conforme avanza la trama. Will Arnett, actor de voz de BoJack, la ha definido de la siguiente forma: «La paradoja es que los animales protagonizan una comedia cruda sobre la condición humana y sobre una persona que no sabe avanzar (…) Parodiamos lo absurdo de este mundo interesado en las bajezas de los famosos. Es lo más dramático que he hecho. Raphael Bob-Waksberg y yo salimos de la grabación hechos polvo».​

He recopilado diez capítulos que narran una historia (o parte de esta) de formas muy distintas entre sí. ¿Por qué diez episodios? Por nada en especial, porque son diez los episodios que más me han llamado la atención y más difíciles me parecen de construir y mover conforme a sus respectivas tramas. ¿Son mis capítulos favoritos? Algunos sí y otros no. Como pez fuera del agua, por ejemplo, ni tan siquiera me gustó demasiado, pero el final te da un buen meneo a la cabeza y, de paso, explica todo lo que ha ocurrido durante, y hay que reconocerlo: eso no es fácil de hacer.

Final infeliz (Bojack Horseman, 1×11)

Sinopsis del capítulo: BoJack, aún molesto por el libro que escribió Diane, le pide al señor Pinky Pingüino que le dé una semana para escribir una versión mejor. Al no poderse concentrar para escribir, pide ayuda al doctor Hu, quien le ofrece drogas para dejar fluir su creatividad. Sara Lynn y Todd deciden ayudar a BoJack, pero este termina en un «viaje» alucinógeno. 

El cambio de narrativa en ese capítulo es uno de los primeros ejemplos para acercarnos a un Bojack sin filtros. Algo que apenas conseguimos como espectadores en la primera temporada debido al carácter del personaje (en BoJack odia a los soldados, BoJack Horseman, 1×02, somos testigos de la mala relación con su padre en un flashback), pero no es hasta esta experiencia a lo gonzo cuando podemos observar muchos de sus traumas: infancia, amigos dejados a un lado, sentimientos contradictorios hacia el señor Peanutbutter, el cacao mental entre lo que se ve de cualquier famoso y lo que queda detrás y, por descontado, guiños a un montón de cosas, desde los Peanuts hasta Dr. Who que nos recuerdan todo el tiempo que Bojack sigue siendo un dibujo animado: le quitan la línea de contorno, lo borran… En las pesadillas psicotrópicas, parece que todo vale, incluso jugar con la cuarta pared. Sobre el uso de la animación a favor de la narrativa, en Hablemos de BoJack Horseman: La autodestrucción y el miedo a la infelicidad (de la cuenta de YouTube Un Mapache A Prueba de Todo) se listan varios ejemplos de los que hablo.

Diane y el señor Peanutbutter caracterizados como dos personajes de Peanuts en el viaje alucinógeno de BoJack…

Tras la fiesta (Bojack Horseman, 2×04)

Sinopsis del capítulo: La historia se divide en tres partes que se enfocan en distintas visiones sobre la fiesta sorpresa de cumpleaños de Diane. Al largarse de la fiesta, Princess Carolyn intenta descubrir qué oculta su nuevo novio, Vincent; mientras tanto, el sistema operativo de teléfono de Todd se enamora del sistema operativo del teléfono de Princess Carolyn por un fallo en el software. BoJack y Wanda golpean a un venado mientras Wanda se dirige al bosque para ver si está bien y Diane y el Señor Peanutbutter discuten sobre si Tony Curtis está muerto o no y por qué demonios eso importa.

Este episodio se divide en tres historias distintas que nacen de un punto de partida que comparten todos los personajes, algo que no es una gran novedad (por ejemplo, Trilogía del error en Los Simpson, 12×18), pero que no deja de ser bastante difícil de articular y que quede como dios manda en la narración. Aun así, de las tres historias, lo más interesante es el uso de un recurso bastante complejo en forma de chiste que le cuenta Wanda a Bojack. El chiste en sí parece no tener sentido hasta que lo conecta con la segunda parte de otra historia que, a su vez, no parecía tener ninguna relación con la primera historia que le ha explicado un buen rato antes. Además, resulta un guiño hacia el espectador y hacia el personaje de BoJack (a veces las cosas buenas necesitan de tiempo, le dice).

El «chiste» de Wanda y el jardinero que siempre acertaba con la cantidad de abono.

Mi hogar es el mar (Bojack Horseman, 2×12)

Sinopsis del capítulo: Al volver a Hollywoo, BoJack se entera por parte de Princess Carolyn que la filmación de Secretariat terminó sin él cuando Lenny Turtletaub reemplaza al verdadero Bojack con una versión CGI. El caballo consigue dinero para el establecimiento del «Orfanato BoJack Horseman» como parte de una promesa que hizo en el funeral de Herb Kazzaz. Princess Carolyn y Rutabaga Rabbitowitz están cerca de abrir su propia agencia. Todd abandona la casa de BoJack para trabajar en el crucero propiedad del grupo de comedia de improvisación, donde al final termina descubriendo que se trata de una secta y es rescatado por su mejor amigo.

El equipo creativo sigue probando cosas nuevas en Mi hogar es el mar con un capítulo que empieza mostrando, en paralelo (pantalla partida en el episodio), el día a día de Diane y el señor Peanutbutter que están afrontando una crisis de pareja: Peanutbutter cree que su mujer está fuera del país y Diane se niega a admitir que ha fracasado otra vez. La construcción de esta escena inicial nos permite asistir a una narración no lineal mientras seguimos, a la par, las acciones de estos dos personajes. Sin embargo, la parte más divertida del episodio es aquella en la que Todd se une a un grupo de improvisación y, para escapar del crucero, debe vencer a sus antiguos amigos mediante la improvisación, una narrativa en la que BoJack participa a regañadientes para poder recuperar a su amigo. A ver si me explico, en este caso, BoJack no cree que lo que las acciones de Todd y los marineros improvisadores tengan sentido ni relevancia, pero les sigue el rollo aceptando ese «nivel ontológico de realidad» para poder largarse del barco con su colega y, a la vez, todo lo anterior se hace necesario para nosotros como espectadores para que avance la trama. Rebuscadillo, ¿eh?

Todd Chávez: «Tú no lo entiendes, si mueres en teatro improvisado, ¡MUERES en la vida real!»
BoJack: «Este barco está lleno de imbéciles.»

Por descontado, pueden haber muchas otras muestras en las dos primeras temporadas que me he saltado o he obviado, pero se trata siempre de pinceladas o de pequeños ejemplos: del narrador protagonista al monólogo interior, de recursos como la elipsis, la paraelipsis, la anticipación, el suspense, el macguffin… Sin embargo, a partir de la tercera temporada, BoJack Horseman empieza a tener capítulos que consiguen cosas que series de televisión con muchísima más trascendencia (y no estoy hablando solo de series de animación) ni se han atrevido a soñar. Estoy hablando de episodios como Como pez fuera del agua, Estúpido desgraciado, La flecha del tiempo o Las novias del señor Peanutbutter. Junto a los tres anteriores, he escogido otros siete episodios que cree que enseñan más que cientos de horas de lectura y cine.

En fin, sigo.

Como pez fuera del agua (Bojack Horseman, 3×04)

Sinopsis del capítulo: BoJack llega al Festival de Cine del Océano Pacífico, en donde se está presentando «Secretariat». En el lugar trata de encontrarse con Kelsey para disculparse por haber provocado su despido. Al mismo tiempo, BoJack trata de devolver a un caballito de mar bebé a su familia.

¿Qué ocurre si a una serie cuya principal fortaleza son los diálogos se los arrancamos de cuajo y sin previo aviso? Este parece el planteamiento que se hicieron para este episodio. Como pez fuera del agua tiene como característica principal la ausencia total de diálogos tras la introducción del episodio, donde BoJack y Ana Spanakopita hablan sobre por qué el actor tiene que asistir a la presentación de su nueva película en el Festival de Cine del Oceáno Pacífico (FCOP). A partir de aquí, la mímica y la gestualidad de los personajes, la belleza de las animaciones y la música acogen una importancia enorme como recursos que nos ayudan a sumergirnos en la trama. Confieso que no es de mis episodios favoritos, ni mucho menos, pero igual que a muchos escritores no les encantan las larguísimas descripciones estilo Tolkien, entienden su por qué dentro de la narración, ¿verdad? Aquí, igual.

(Imagina el sonido de cientos de sardinas en el autobús…)

Estúpido desgraciado (Bojack Horseman, 4×06)

Sinopsis del capítulo: En su monólogo interno, BoJack se come el coco después de que su madre y su enfermera se mudan con él. Para salvar la película fallida, Princess Carolyn decide avanzar la falsa relación de Courtney y Todd con un matrimonio simulado con la ayuda de Rutabaga. Todd está en conflicto sobre esto, sobre todo porque se está sintiendo más cómodo identificándose como asexual.

Aunque se ha visto anteriormente, este capítulo explota los sentimientos y pensamientos de BoJack a través de una narrativa interna a la que el espectador puede asistir en paralelo al desarrollo de las distintas escenas que se suceden. La composición del monólogo interior del protagonista es muy distinto al estilo general de la serie para ayudarnos a diferenciar rápido lo que BoJack dice de lo que BoJack piensa: dibujo, sonido y animaciones que nada tienen que ver con el estilo habitual en el que se presenta la serie son recursos que completan todo esto.

La flecha del tiempo (Bojack Horseman, 4×11)

Sinopsis del capítulo: A través de los borrosos recuerdos de Beatrice, se revela cómo en 1963 su padre la empujó hacia un matrimonio concertado. Ella rechazó a su pretendiente y se enamoró de un apuesto aspirante a escritor, Butterscotch Horseman. Más tarde, viviendo en pareja en San Francisco, su matrimonio vacila; no son felices, no han alcanzado nada de lo que se proponían de jóvenes: ambos beben mucho y pagan sus frustraciones con su hijo, BoJack. Años después, cuando BoJack ya es un adulto, Butterscotch tiene una aventura con una doncella llamada Henrietta, una aspirante a enfermera. Beatrice convence a Henrietta para que entregue al bebé en adopción para que pueda continuar en la escuela de enfermería.

El viaje en coche a una residencia donde BoJack planea ingresar a su madre se difumina entre los recuerdos de Beatrice, quien ya no distingue la realidad. Esto nos permite asistir a un capítulo en el que la información se nos ofrece de forma parcial debido al alzheimer o la demencia senil. Para ejemplificar esto, los rostros de muchos de los personajes que Beatrice no recuerda aparecen tachados o difuminados (a menudo, solo son siluetas) y lo mismo ocurre con los escenarios, vacíos de objetos y detalles.

La flecha del tiempo es uno de esos capítulos que no solo son importantísimos para la serie (explican al espectador por qué Beatrice es como es, quién es, en realidad, Hollyhock, qué ocurrió en la infancia y juventud de BoJack, Butterscotch, Beatrice, etc.), sino porque presenta una narrativa segmentada e incompleta que el espectador puede entender mejor así, y con más profundidad, que si se le diese de golpe toda la información que nos faltaba al inicio. La forma en la que se reserva con cuentagotas la información que nos llega como espectadores (lo que los personajes dicen, lo que vemos y lo que no…) lo convierte en un capítulo asombroso y, sobre todo, muy humano: se hace difícil pensar en otros ejemplos que hablen de la vejez con la misma emotividad.

Free churro (Bojack Horseman, 5×06)

Sinopsis del capítulo: BoJack recita su elegía en el funeral de su madre delante de un público al que no vemos y al más puro estilo del comediante americano de clubs nocturnos.

Free Churro es una puñetera locura que empieza con un flashback muy agrio que recupera al padre de BoJack y la relación de desatención que mantuvo con su hijo durante toda su vida. En muchos sentidos es un episodio muy arriesgado que se apoya, a la fuerza, en un texto trabajadísimo para funcionar, ya que solo vamos a ver a BoJack y un ataúd cerrado a lo largo de 25 minutos en los que pretende hablar sobre su madre (aunque habla sobre muchas más cosas).

La elegía se convertirá casi desde el primer momento en un monólogo en el que se entremezcla comedia y tragedia: sin duda, pongo la mano en el fuego en que este es el capítulo más triste de toda la serie hasta la fecha. A nivel narrativo, los guionistas optaron por un modelo muy cercano a la stand-up comedy y un humor negrísimo que llega a picar, y juegan magistralmente con lo que se ve y lo que no se ve en pantalla (el tío del órgano, los recuerdos superpuestos como imágenes de la madre de BoJack bailando en las fiestas que hacía en casa, la sorpresa final…) para aliviar un poco la tensión y descargar la catarata de emociones que se nos viene encima.

Free Churro es como si Richard Pryor, Jerry Seinfeld o Woody Allen sacasen sus demonios en un show de comedia en vivo en un funeral. Algo que, de algún modo, emula una de las grandes revelaciones de 2018-2019 con El método Kominsky (Chuck Lorre, 2018). ¿Y sabes qué? El funeral que vamos a ver en la primera temporada con Michael Douglas y Alan Larkin no le llega ni a la suela de los zapatos a este episodio, que no solo lleva a BoJack a ver lo vacía que estuvo hasta el final la relación con su madre (I see you: ya lo pillaréis), sino que se atreve a demostrar cómo su padre solo quería lo que tiene su hijo (fama, atención, saber si aquel tarado de Montana había leído su novela…), pero su hijo no puede disfrutar de lo que, de un modo u otro, ha conseguido por culpa de lo que sus padres le hicieron vivir de niño.

Tras el flashback inicial, Free Churro se desarrolla durante la casi media hora de capítulo con BoJack hablando a una audiencia de la que no sabemos nada.

No estoy muy de acuerdo con el análisis del episodio Free Churro de Cinema Ivis, pero es interesante. ¡Echadle un ojo!

Interior Sub (Bojack Horseman, 5×07)

Sinopsis del capítulo: La narrativa se vuelve un poco loca cuando una psicóloga le cuenta a su esposa la historia de BoBo, la cebra angustiada; mientras tanto, la esposa de la psicóloga, que es mediadora profesional, le explica el último caso en el que ha tenido que mediar, la grave disputa entre el Rey Caramano y Bruma de cacao mental anhelante con forma de mujer por la desaparición de un trozo de queso.

Este es uno de los capítulos más cojonudos que existen de esta serie y de cualquier serie. Una pareja de mujeres afroamericanas de mediana edad quedan a comer en un restaurante italiano y la historia se divide en dos tramas y se plantea a través de dos narradores testigo: una de ellas es psicóloga y está tratando a una paciente (Dian… Diana, princesa de… ¡Gallos! [Diane, Princess of Whales]) debido a su insana relación con BoJa…  ¡BoBo, la cebra angustiada! que intenta superar la muerte de su madre; la otra es mediadora profesional y no sabe si podrá resolver, sin llegar al arbitraje, el caso del… Rey Caramano (Emperador Finger-Face) y Bruma de cacao mental anhelante con forma de mujer [Tangled Fog of Pulsating Yearning in the shape of a woman] que han discutido por quién se comió el último queso hilado (string cheese) del apartamento que comparten. El capítulo oculta a los personajes que conocemos: BoJack, Todd, Princess Carolyn, Diane… y los caracteriza (con el secreto profesional de esa pareja como excusa) en un juego con el espectador en el que, poco a poco, las dos narradores que creen contar dos historias diferentes se dan cuenta de que los protagonistas de ambas están conectados entre sí.

El Rey Caramano y Bruma de cacao
El Rey Caramano y Bruma de cacao anhelante con forma de mujer en una sesión de mediación.

Las novias del señor Peanutbutter (BoJack Horseman, 5×08)

Sinopsis del capítulo: Durante la fiesta número 25 de Halloween de BoJack nos adentramos en las relaciones de pareja del Sr. Peanutbutter a través de cuatro mujeres que han compartido parte de su vida con el labrador: su actual novia, Pickles the Pug, y sus tres ex mujeres: Katrina, Jessica Biel y Diane.

En 1993, el señor Peanutbutter inicia una extraña tradición, llevar sus fiestas de Halloween a casa de su amigo BoJack. Para ello, la narración nos presenta cuatro saltos temporales para situarnos en poco más de tres minutos y los interrelaciona entre ellos. El episodio está repleto de guiños y licencias narrativas que funcionan a las mil maravillas, por ejemplo: para que el espectador no se pierda, los personajes se toman la libertad de decir en qué año están, se hacen guiños constantes del pasado hacia el futuro (como el famoso, wait for it… de Cómo conocí a vuestra madre) o se conectan de forma directa situaciones que han ocurrido en esos veinticinco años (siendo esto posible porque nos han realizado una presentación de todas las reglas del juego que el capítulo utilizará desde el inicio: conexión entre personajes, saltos temporales, uso de elementos presentes en el pasado y viceversa, etc.). En cualquier caso, el capítulo utiliza los eventos anteriores para explicar el presente del señor Peanutbutter (y, en parte, también de otros personajes, como BoJack, Todd o Princess Carolyn), pero sobre todo nos ayuda a entender mejor por qué ese labrador bobalicón es como es y cómo los errores que ha cometido en el pasado le ayudarán a crecer como… ¿persona? Bueno, sí, persona… supongo.

La serie se va a la ruina (Bojack Horseman, 5×11)

Sinopsis del capítulo: Cuando la adicción a las drogas de BoJack llega tan lejos que no logra distinguir la realidad con su programa de televisión, su actual novia, Gina, lo enfrenta a su problema.

Quizá este es uno de los episodios más magistrales de la serie (y creo que mi favorito de las cinco temporadas: o este, o Interior Sub). No es casual que el opening con el que empieza el capítulo sea el de Philbert —la serie que está grabando Bojack con Gina como coprotagonista— y no el de Bojack Horseman; a partir de aquí, las escenas se confunden, la voz del narrador de Philbert, que es Bojack interpretando al detective Philbert, se diluye con el monólogo interior del propio Bojack; cuesta saber cuándo Bojack está grabando y cuándo está viviendo en su paranoia, hay guiños constantes entre los distintos niveles de realidad y el argumento está planteado para seguir llevando al protagonista a una situación límite hasta que, totalmente desubicados y dudando como espectadores de si tenemos delante a un narrador fiable (es evidente que no, al menos en este episodio) todo explota en el plató.

Como ves, en BoJack Horseman se han inventado un mundo de mierda para hablar sin tapujos de nuestro mundo de mierda. Con temas recurrentes como el éxito y el fracaso, el aborto, el feminismo, la cultura de la violación, la caricaturización de uno mismo, lo que exige la fama y el éxito, la necesidad de ser amado, las personas con enormes carencias siendo admiradas y replicadas como modelo… Y todo esto, además, evoluciona, así que a saber dónde nos llevarán las siguientes temporadas y, sobre todo, cómo lo harán, que es una de las grandes fortalezas de esta serie. Leí por ahí que, en otras series de animación, como Los Simpson, la realidad flexible llevada al límite hace que todo quepa ahí, pero, en en BoJack Horseman parece que el verdadero secreto es que sus creadores no tienen miedo a nada. En definitiva, habrá que seguir en la brecha. Si habéis visto la serie, ya sabes que la solución la tenemos desde la segunda temporada, cuando el papión le dice: ‘Se vuelve más fácil, cada día se hace un poco más fácil; la parte mala es que tienes que hacerlo cada día, pero se vuelve más fácil’.

Ahora veamos si BoJack lo consigue…


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