Las moscas que son tus muertos

Cuando era niño, creía en dos verdades absolutas y mágicas: que las moscas eran las cámaras de videovigilancia de Dios y también nuestros muertos. Muchos de nosotros, como seres imperfectos, creemos que son sucias, y pesadas, y absurdas; estúpidos bichos que revolotean constantemente entre nuestros brazos, frotándose las patitas negras y mirándonos, con insectívora ternura, desde lo alto de la pantalla de nuestro ordenador, desde el mueble del comedor o la encimera de la cocina.

Esta era una de esas teorías que nadie entendía pese a su infinita lucidez. Destruían los cadáveres de todos nosotros y se convertían en una parte de lo que fuimos. Estaba seguro: las moscas eran nuestros muertos, que volvían a la vida para observar cómo aprovechamos todo lo que nos enseñaron, para juzgarnos por habernos masturbado más de una vez al día, o para ver cuán felices somos con aquella chica que tu abuela no conoció, o a quien tu padre le preguntaba qué había visto en un tarambana irreflexivo como tú. «Tarambana», que era una palabra que usaba tu padre, y que quizá la mosca conserve en su pequeño cerebro de mosca que tú aún desconoces que contiene un fragmento de la esencia de tu padre.

Escena del décimo capítulo de la tercera temporada de Breaking Bad (mosca)

En mi cabeza, no existió nunca espacio para valorar un posible error: las moscas eran las cámaras de videovigilancia de Dios y, cuando desaparecían, volvían al Cielo y le zumbaban una defensa vehemente como no te puedes llegar a imaginar. Así te querían tus abuelos, o tu padre, y así lo hará tu madre, o tú mismo, por tus familiares y amigos. Se dejaban las patas, las seis, en farfullar y farfullar sobre todas tus bondades, esas que nunca te dijeron en vida ni aquellos más benévolos; esas que hacen que nos avergoncemos y que ocultemos cuánto admiramos el amor que un tercero puede tener por los animales, o la bravura que, bien llevada, termina bebiendo de valentía y convicción.

Un día, no recuerdo cuál, dejé de creer en las moscas. Dejé de ensimismarme al contemplarlas, dejé de curiosear mientras se movían entre saltitos medio ortopédicos por la mesa, la tele, la silla. Dejé de pensar en estupideces y de decirle a los míos que no matasen más moscas, que eran sus muertos que venían a ver cómo lo estábamos pasando, y a disfrutar, en la medida en que uno puede disfrutar cuando es degradado de humano a insecto post mortem. Mi padre, que era un experto cazador de insectos, siguió matando sucesivas reencarnaciones de sus respectivos padres, y tíos, y amigos, que venían a ver cómo nos iban las cosas.

Yo crecí, y olvidé a los muertos, que son las moscas. Olvidé incluso prestar atención al zumbido y a la forma en la que limpian compulsivamente sus grandes ojos para seguir presenciando en fragmentos de unos pocos días la vida de todos nosotros. Olvidé que los muertos eran las moscas, y también las cámaras de Dios. Un día, otro, mi padre también se convirtió en mosca. Pero a fuerza de golpes yo había olvidado esa verdad irresoluble, así que transmuté en aquello contra lo que había luchado a capa y espada toda mi infancia. Cuando veía un insecto, acababa con él. Esa era mi legado, una de las misiones que habían traspasado hasta mí; y las moscas empezaron a acumularse en mi piso.

Vestido con el gen del cazador que vivía en mi interior, y que antes lo hizo en el de mi padre, empecé a destruir y destruir insectos; cuando los cadáveres se acumulaban en mi hogar, yo me deshacía de ellos, y como Sísifo en el Inframundo, embestía contra mi propia carga. Lo hice por largo tiempo, hasta que recordé que no había obligación alguna de hacerlo, que no había montaña que recorrer empujando una roca que volvería a caer ladera abajo, que las moscas que se acumulaban en el suelo no traerían de vuelta a mi padre y que, quizá, como aprendí de pequeño, las moscas podían habérselo llevado, pero no podían devolvérnoslo.

Entonces, dejé de matar moscas y empecé a recibir sus visitas con desdén; después, con indiferencia, apatía, afecto y pasión. Recordé que las moscas son los muertos y que, en cada una, vive un alma, que no es alma, pero algo es. Pensé en los grandes ojos que tienen muchos insectos que vuelan junto a nosotros y volví a creer en todo el sentido que eso tiene para aquellos que saben mirar alrededor.

Una explicación para Sofía

Una explicación para Sofía es el cuadragésimo segundo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Nada despertó sus sospechas. Tras su última reconciliación, que seguía a una larga pelea, repleta de gritos, reproches, promesas y besos, todo fue bien. Muy bien. Los tres o cuatro días de viaje que Sofía había decidido no posponer, habían ofrecido un interesante giro a una pareja que se necesitaba casi tanto como se amaba. Tras casi una década de relación, Juan percibía a menudo sus actos, y también los de su compañera, como abruptos, irracionales y egoístas. En soledad, sabía que se querían, y, sin embargo, nunca consiguió dominar su pronto, su impulso, su capacidad de dañar aquello que más deseaba proteger.

Pero sobrevivían una jornada más, creyendo salir fortalecidos de las quejas, las malas caras, las soluciones que apenas son parches, y quién sabe cuánto más peso que repartían en sus dos bolsas de vida. Detrás, no había desconfianza —nunca la hubo—, ni celos, ni malestar en la superficie. Se trataba de algo más abisal, más profundo, más insondable, como para que ellos pudiesen encontrar el modo. Terapias de pareja, psicología, psiquiatría, sesiones donde aprender a amarse de otro modo… ¿Era eso posible?

Cuando Sofía arrancó el coche, molesta, y se perdió en la noche, Juan prendió un cigarrillo en la terraza. El termómetro externo marcaba tres grados, pero él siguió ahí; él siguió ahí, esperando, hasta que la fría noche dio paso al día en que moría abril. Aquel día, el sueño amenazó en reiteradas ocasiones con apoderarse del empresario, quien cargaba con unas grandes ojeras que se obligó a pasear por el despacho.

Serge Gainsbourg y Jane Birkin (fotografía)
El polifacético Serge Gainsbourg (1928-1991) junto a la actriz y cantante británica Jane Birkin (1946).

A media tarde, cuando corroboró que no podía teclear un minuto más frente a la pantalla de su ordenador, se incorporó, estirándose sin remilgos, y escapó a la pequeña terraza que las leyes antitabaco habían convertido en un gulag para adictos a la nicotina. Allí encontró confinada a Laura, una de las analistas sénior de la empresa, quien le ofreció un cigarro y una sonrisa cómplice.

—No todo es malo —comentó la chica a modo de saludo—, así fumamos un buen puñado menos de cajetillas al mes.

—Pero con más ansia, si cabe —señaló Juan.

—De cualquier modo, esto —dijo ella, mostrando el cigarrillo— es lo que te pone un poco más nervioso. Aunque lo que no nos deja dormir suelen ser otras cosas…

Él suspiró, encogiéndose de hombros, y ambos quedaron en silencio, contaminando sus alvéolos un poco más. Cuando apagaron el segundo pitillo, Juan le había confesado a su interlocutora algunos de sus miedos más profundos, que siempre encontraban un Sofía como conclusión; la analista se mostró sorprendentemente empática, y Juan recordaría por largo tiempo que, entonces, se le ocurrió invitarla a un par de copas después del trabajo.

No obstante, no fue necesario. Juan volvió a su oficina, decidido a dar carpetazo a los proyectos que se habían acumulado encima de la mesa y a escapar hasta casa, donde comprobar si, esta vez, ella había vuelto o todo el lugar seguía desangrándose por la ausencia. Pero el pavor que le producía aquella incerteza, no le permitió abandonar esas paredes, así que el trabajo sirvió a su propósito, y lo mantuvo allí, concentrado, abstraído del exterior: absorto.

Beso icónico de Elvis Presley en 1956.
Elvis Presley (1935-1977) besando a una rubia anónima en Virgina, 1956.

Sonreía para sí cuando Laura abrió la puerta y asomó uno de sus brazos; en la mano, mostraba una cajetilla de tabaco, pero a Juan le pareció una oferta difícil de ignorar. Volvieron a la terraza, ya vestida por un manto de noche, y hablaron algo más, entre susurros, movidos por una creciente excitación que se perdía entre las curvas de la analista; ella jugó sus cartas entre pausas, consciente de que una seducción lenta era el mejor modo de extender un instante de pasión o convertirlo en pura magia. Primero, lo atrajo con palabras, y susurros, y silencios; después, con miradas y caricias. Por último, y aunque no existía necesidad, Laura se quitó la americana del traje chaqueta, y atrapó la mirada caoba de su acompañante en su silueta, con esa beldad que desprende la belleza consciente.

Juan enmudeció. Perdiéndose entre los carnosos labios de la chica, explorando con atención cada trazo, respetando las sombras primero, y conquistándolas después, poco a poco. Ella abrió camino y guió a su amante, que la desvestía con palabras y actos, hasta un despacho cercano. Allí, todo el pudor se desvaneció; y desnudos gritaron acometiéndose sin tregua durante mucho tiempo. Viajando entre la rápida pasión de una explosión cercana y el balanceo que ambos exigían en ritmo y cadencia.

Last Kiss (fotografía)
Last Kiss (2012) del fotógrafo estadounidense Mo Gelber.

A altas horas, cuando se sintieron agotados, y consumidos, y exhaustos, a todos los niveles, todavía quedaron desnudos y abrazados por un tiempo. Después, ella hizo una pregunta que esa noche no podía hallar respuesta, y se marchó, dejando ver la blanca y sensual silueta que había dejado que él conquistase hasta yacer exánime. Juan se vistió sin prisa y esperó; tras confirmar que estaba solo, recogió algunos útiles que habían quedado diseminados por el despacho y marchó, inseguro por todo lo que había sucedido, inconsciente de lo que podía suceder.

Al volver a su hogar, encontró a Sofía dormida en la cama de matrimonio. Había cancelado su viaje. Había vuelto a casa. Aquella noche, ella despertó al ver luz en el salón y sonrió a su pareja desde la cama. Juan le devolvió el gesto, quebrado, y se instaló en el salón, a salvo de una retahíla de preguntas que no estaba preparado para responder.

Sofía esperó una explicación que nunca llegó, y, poco a poco, desparecieron las quejas, las malas caras y las soluciones que apenas eran parches; apareció el silencio, la indiferencia, el desinterés. Su relación no murió entre gritos de odio, sino que se desangró en silencio; en un silencio perenne que se calcificó hasta el fin. Fue largo tiempo después cuando Juan entendió que hay distintos tipos de amor, y que el suyo era auténtico, aunque no siempre perfecto.

Dobles parejas

Sol olvidado

Él no sabía lo que quería. Nunca. Quizá por eso se le daba tan mal escribir sobre los pocos amores que tuvo. Cada vez que lo intentaba, que intentaba ocultar lo que sentía bajo alguna historia inventada, fracasaba estrepitosamente y, de igual modo, ocurría en sus relaciones, que eran largas por miedo, convulsas por naturaleza y amargas por decisión propia.

Durante semanas, sino meses, garabateó ideas en una libreta, y las hizo crecer desde ese primer germen del concepto desnudo. Juró para sí que escribiría siete capítulos, y que al menos uno tendría que pulirse y rehacerse en incontables ocasiones. Lo imaginó como un lunes cualquiera; un lunes aburrido, rutinario, incluso un lunes de resaca dependiendo de cómo se hubiese portado el fin de semana; un lunes cuyas asperezas debería lijar, donde habría palabras que seguro sobraban, ideas inconexas que se habían ahogado entre el huir de su musa y la llegada de la mediocridad, y quién sabe qué más.

Dio título a los siete capítulos como hacen los malos escritores; como esperan los malos lectores que se fían de la primera impresión, de las apariencias, de una cabecera extravagante que se cuela en su psique; como todos esos seres que arrugan el morro tras la primera hoja, y olvidan aquella emoción que sintieron una vez y que están obligados a buscar página tras página hasta chocar con la contraportada.

De cualquier modo, sería necesario seguir remarcando lo anómalo que le resultaba este contexto: lo malo que era; pues era tan malo, tan malo, tan malo en esas cosas del amor, que años más tarde oiría llorar a su mujer y confundiría ese sonido con el arrullar de las palomas que anidaban en la fachada de la casa.

En este contexto, tituló el segundo capítulo como Dobles parejas dispuesto a hablar de cuánto nos engañamos a nosotros mismos, de cómo nadie debería juzgar un libro por su portada y de qué poco debería importar que dos, tres o cuatro personas siguiesen aquel Macguffin romántico de los dictados del corazón.

El Pla de Montbau
Fuente urbana ubicada en el Pla de Montbau, construido en los años cincuenta siguiendo los preceptos de la arquitectura racionalista. El conjunto escultórico es obra de Marcel Martí (1925-2010) y se titula Ritme i projecció (1961).

Al pasar de las semanas, terminó por garabatear mierda con grandes letras rojas en todas y cada una de las páginas del borrador y destrozó, sereno, cada una de las hojas que componían esa primera versión del texto: así supo que no solo no era bueno, sino que era terrible, y actuó conforme a su potestad de creador omnisciente que siempre prefiere afrontar el peso del fracaso al de la vergüenza futura.

Sin embargo, víctima de lo que pudo ser y no fue, el escritor comentó a un compañero algunas de las ideas de todas y cada una de esas historias; vacilando entre si esa inquietud que, de algún modo, no había podido quitarse de la cabeza, atendía al fracaso de una parte de su proyecto o a la incapacidad de encontrar palabras con las que vencer su peculiar bloqueo.

Por descontado, él sabía que había millones de personas que no sabían amar, personas que, quizá, olvidaron cómo o nunca tuvieron oportunidad, eso no importaba; quizá amar no era tan sencillo como lo pintaban las películas de Hollywood, donde al volver a encenderse las luces, nadie veía si Humphrey Bogart terminaría por cagarla o no.

—Explícame el argumento —dijo su acompañante.

El escritor se negó, hasta tres veces, pero fruto de un deseo siempre oculto de que la historia viese la luz, terminó por acceder. Como testigo mudo de la misma, diré que no era gran cosa. Se movía entre temas complejos, como el deseo, las apariencias y el amor, sin comprender, ni por equivocación, la individualidad de cada una de ellas. No empezaba mal; presentaba a dos parejas que se habían separado para pasar el día junto a unos amigos: ellas con ellas, y ellos con ellos, sin saber que, a espaldas del resto y con la sombra del matrimonio bien próxima, también mantenían sendas relaciones como amantes.

No estaba planteada en clave de humor, y es probable que ahí radicase parte del problema: en especial, cuando la historia se cerraba sobre sí misma volviendo a cambiar de parejas por tercera vez. Tampoco tenía nada de sensual, porque la prosa era excesivamente racional como para funcionar a otros niveles y el deseo era demasiado ficticio para imaginarlo realidad. Parecía otra cosa; algo así como el intento desesperado de explicar una historia dentro de otra historia. Aquello que cualquier texto busca y donde aquí únicamente difería la capacidad de saber cómo engañarse a uno mismo frente a la intención sincera de engañar a todos los demás.

Cuando terminé de beber, perdí el rastro del punto en el que se quebró aquella vieja historia que, palabra a palabra, desaparecía en mi presencia; y seguí bebiendo para empezar algo completamente distinto. Aquello que debían ser esas dobles parejas, esa jugada que puede darte una victoria tanto como obligarte a ir de farol durante toda una mano… Y es que quizá tenía que haber empezado por ahí, porque ¿de quién era la mano?

***

Sol recordado

Para entender la historia, la historia que debía haber sido aquí narrada desde el principio, hay que recordar que, por mucho que se empeñen Falcones, Marsé o Zafón, Barcelona es mucho más que La Ribera, el Carmelo o el Arc del Teatre.

Lo que define a Barcelona son sus gentes y sus barrios, y no existe un contexto mejor para esta historia que la periferia bajo la Sierra de Collserola, donde durante aquella primavera se escuchaban sirenas perennes, se rastreaban las huellas de los jabalís durante la madrugada y ese cosmos verde que casi parecía fantasía nos permitía escapar del carácter abruptamente cosmopolita del que la ciudad había decidido beber como de las aguas del Leteo.

Pero para entender verdaderamente la historia hay que recordar que el agua y, concretamente, una fuente son una parte fundamental de todo lo que quiero explicar. Es el punto de inicio, porque está justo en el centro de la historia que aquí empieza, y también es donde concluye, donde se cierra.

No te preocupes, ya lo verás; ahora he cogido el ritmo adecuado, y no voy a detenerme…

El Born
Fotografía de El Born de ©David Rodríguez en Flickr. Puedes visitar el original aquí.

Prosigo.

Al barrio se mudó un chico una vez pudo independizarse. Lo hizo a un pequeño piso bajo la montaña, un segundo que lindaba con el extremo más bonito de Barcelona. Nunca tuvo la necesidad de compartir ese espacio y, por suerte, y algún deshonroso traspiés entre medias, terminó por encontrar la justa medida entre libertad y responsabilidad.

Durante la mudanza, una compañera de la universidad y su novia le ayudaron a mover los trastos. Una de ellas se llamaba Enara, que en vasco significa golondrina, y su chica era Sofía, una catalana que, a causa de su encontrada sexualidad, había perdido la relación con sus padres.

Tras los primeros días de independencia, decidió escribir esta historia, si bien no conocería el final de la misma hasta mucho tiempo después, alimentando desde el inicio dos nombres falsos como parte indisoluble de la misma, recordando que nadie tiene una verdad absoluta, pero que todos somos cobardes alguna vez.

Todo esto ocurrió a mediados del tercer año de la licenciatura, cuando Enara volvió a la facultad y él pudo verla día tras día. Como hábito, rápidamente adquirió el guardarle un sitio a su lado, y, a causa de esto, a menudo peleaba con los compañeros y compañeras menos afines sin tener muy en cuenta sus opiniones; con los cercanos, en cambio, solo tensaba hasta que las sospechas pudiesen convertirse en certeza, y allí cedía como si no le preocupase no poder estar cerca de ella todo el tiempo posible.

Enara no tenía el atractivo estándar de otras mujeres; era alta y esbelta, y también muy femenina, sus pechos eran grandes y su cabello, de un pajizo claro, se enredaba entre bucles rebeldes que alguna vez alisaba sin paciencia. Pero Enara no era porcelana, sino jade; no era kinsutgi de oro y cerámica, sino de plata o de resina; ella era mucho más especial porque el mundo estaba ciego.

En estos casos, la literatura acoge una vía y el mundo real se desvía por otra muy distinta, pero a veces no hay nada más necesario que una fantasía vivida de principio a fin. Así que, aunque parezca contrario a estas mismas letras, en el transcurso de esta historia todo ocurre de un modo mucho más natural de lo que nadie imaginaría.

Todo siguió igual.

Desde fuera, la vida transcurría del mismo modo en que lo había hecho miles de días atrás. Las horas pasaban y el cambio no era más que un lento vaivén que nadie podría haber advertido. Un día, sin que nadie tuviese constancia, el círculo se amplió y empezó a girar alrededor de una persona más; quizá fue la insistencia o el deseo por que algo ocurriese que, en tal caso, superó al miedo. Pero llegó natural, como una larga caminata que amenaza con terminar de un modo literal y figurado.

Fruto de estos cambios, él empezó a observar. Imposible saber qué había visto Sofía en Enara. Desde el principio, quiso creer que no era distinto a los sentimientos que empezaban a despertar en él tras más de tres años adormecidos por obligación; pero no podían ser los mismos. Sofía cortaba sus alas, se arremolinaba inquieta entre la obligación y el deseo, entre la amenaza y los celos continuos. Enara debía vivir por y para ella, y al cabo de un tiempo, todos entendimos que el deseo no es suficiente para mantener a dos personas unidas.

Esto hizo que Sofía se recluyera en una torre de vidrio junto a su amada. Lejos del mundo que creía que las amenazaba. Curiosamente, él nunca se sintió juzgado de ese modo, si bien, en retrospectiva, terminó por convertirse en un blanco fundamental de su ira.

Javier y Laura (1)

Durante la primavera, todo siguió igual para ellas dos, pero de algún modo, él, como actor invitado al que no se le negó el paso por aquellas puertas, llegó a creer un par de veces que se encontraba en el centro de la escena, sin saber muy bien si su intuición era acertada o no.

Ahora, quizá empiezas a imaginar hacia dónde va el siguiente párrafo. Quizá mucha gente —muchos hombres también— piensen que ese chico buscaba algo con lo que sueña una gran mayoría, pero ese hubiese sido un triste consuelo. Estaba allí, y no era extraño que sus pasos por el barrio se encaminasen hacia el edificio de donde ellas salían para trabajar, pero, mientras pudo contener el deseo, siempre intentó mantener una distancia prudente.

Cuando fue consciente de sus sentimientos, no se apartó. ¿Cómo podía? Lo que hizo fue intentar llamar la atención de otras chicas desprovistas del espíritu que ya le había enamorado; buscaba el modo de ser mejor persona, de ser más listo, más gracioso, mejor; como si aquello cambiase por influjo divino la sexualidad de una persona. ¿Intentaba acaso darle celos con su comportamiento o más bien comprobar que debía dirigir sus pasos en otra dirección?

De cualquier modo, no pasó nada de lo que narran las películas y los libros. Claro que no. Siguió saliendo con ellas, moviéndose por el barrio, proponiendo planes y acogiendo otros con ilusión; siguió viviendo en paralelo. Sintiendo que había una vida por vivir y otra que soñar, como un horrible film de Woody Allen con una Annie Hall lésbica que se le escapaba por todo el sur de la isla de Manhattan.

Una noche, Sofía fue al baño, y él y Enara se besaron. Él no la besó. Ella tampoco. Simplemente sucedió. Algo explotó. Sentados en el sofá supieron que no podían detenerse, pero lo hicieron tan rápido como todo aquello había empezado. Quizá ese beso duró un minuto entero, o solo unos pocos segundos, pero después de aquello, se marchó.

Los días siguientes —las noches, en realidad— las pasó tumbado en una esquina de la fuente que contextualizaba esta historia. A veces, bajaban jabalís de las montañas cercanas y él se preguntaba si esos animales comprendían qué hacía allí mirando una fuente de periferia pasada la medianoche. Días después, se descubrió llorando y mezclando la sangre que brotaba de sus nudillos contra los límites del estanque; quedó plantado, mirando el cielo y se encontró con un sueño inesperado en plena calle y un despertar fulgurante con el sol del alba. Tiritando de frío volvió hacia su piso, a sabiendas de que ningún río puede cambiar el curso de sus aguas.

En las historias, un gesto lleva a otro gesto, pero en la vida real, no siempre es así. A los tres días, tuvo la certeza de que un beso puede ser solo un beso; no obstante, un beso también puede cambiar la dirección de nuestro mundo. Lejos de romanticismos, un beso puede llevarnos hacia un futuro distinto, y también al mayor de los fracasos; un error que estaremos condenados a recordar por siempre, un gesto que pudo cambiarlo todo, una vida entera de anhelo. Con estas ideas en mente, volvió a ver a Enara. Fue un viernes en su casa, y también estaba Sofía.

Nada había cambiado. Todo había cambiado. Para él, aquella noche se movía entre demasiadas hipótesis y conjeturas, y la propuesta de un paseo al que Sofía se negó a unirse, le dio fuerzas para hacer la mayor estupidez de su vida. Sentados en la fuente, no pudo evitar querer besarla. Y quizá lo hizo. Quizá ocurrió exactamente lo mismo que aquella primera vez, o quizá toda la culpa recaía ahora en él. No le importaba.

Le dijo que no quería perderla como amiga.

Le dijo que la quería.

Le dijo que no podía hacer nada para evitarlo.

Le dijo muchas más cosas.

Ella escuchó.

También quiso proteger. Reparar. Buscar una salida honrosa para todas las partes. Pero lo cierto es que aquella fuente ya había ofrecido toda la suerte de la que alguna vez fue capaz, y no atendió a más súplicas. Por eso terminó por secarse. Por eso los peces murieron y los jabalíes volvieron a la montaña, o fueron tiroteados bajo la insensible mirada de un cazador. Todo exige un sacrificio, y en los meses siguientes fueron muchos los que se sucedieron.

Laura y Javier (2)

Después de escuchar, Enara habló. Habló mucho. También con Sofía, quien no quiso escuchar. Pero sobre todo habló con el protagonista de esta historia. De todo lo que hablaron, sin embargo, solo hay dos cosas importantes a recordar: la primera fue una de esas promesas tan pretenciosas de que, pasara lo que pasara, seguirían siendo amigos; la segunda no se pronunció con palabras.

Al final, olvidaron la fuente. El barrio se convirtió en un lugar en el que rememorar aquellos días de incertidumbre por ambas partes; cuando se mudaron, se casaron y fueron tan felices como supieron, los peces, el agua, los juncos, fueron un recuerdo más que mantener recogido en sus corazones. Allí, el agua de la fuente todavía se oía caer con fuerza, mientras el valor de una simple metáfora se avergonzaba profundamente de que dos simples mortales le hubieran hecho creer, aun por un instante, en la existencia del destino.

Todo eso ocurrió en la periferia de Barcelona y, sabiéndolo, ¿quién no elegiría el verde sobre el gris?


portada-insolacion-1Este texto forma parte de Insolación (Javier Ruiz, 2016), mi segundo libro de relatos. Si te ha gustado, puedes descargarlo gratis aquí (PDF) o adquirirlo a través de Amazon por 2,99 € para ayudarme a seguir escribiendo.

Cáscaras vacías

Cáscaras vacías es el décimo séptimo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

No veo bien. Ya no. Un afectado me perforó un ojo con su cuchillo del ejército. Sentí un dolor punzante y frío; un dolor que pensé que me acompañaría hasta la muerte, pero no. Desapareció. Desapareció por el camino; por el camino que ya todos nosotros estamos condenados a seguir. De algún modo, seguí caminando hacia Atlanta, donde empezó todo, y sané tras cada paso.

La horda lleva meses y meses moviéndose. Yo solo unas pocas semanas; he oído que los veteranos llaman a los fundadores el «Concilio Interior». No he preguntado por qué. Todo apunta a que se trata de su situación en el grupo, justo en el centro: el último vestigio de esperanza en esta colmena.

Horda zombi

No hablamos. Aunque pudiese explicarlo, no sabría bien cómo hacerlo. Se trata de algo distinto, quizá nuestra forma de comunicarnos es similar a la inteligencia que se empezó a descubrir en las plantas poco antes del fin. De un modo u otro, estamos conectados; podemos sentir el miedo, la angustia, la verdad en la mente de cada uno de nuestros congéneres. Somos uno en la multitud. Por eso descubrimos el cómo y el cuándo; incluso el por qué. Y ahora podemos cambiarlo.

Lo sé. Si algún día explicamos esta historia con nuestras propias palabras, deberemos hacer algo más que justificar cómo matábamos y moríamos. Estamos en guerra con los vivos: si llegamos al Centro de Control de Enfermedades habremos vencido. Hasta Georgia, morirán hombres, mujeres y niños… esa es parte de nuestra condena: no podemos explicar nuestras razones, no podemos hablar; sentimos el tormento de cada renacido que cae, que es mutilado, golpeado, disparado y asesinado; vivimos de dolor, y ese dolor nos hace seguir adelante, nos recuerda que seguimos vivos, que hay esperanza.

Los líderes dirigen a la horda desde el corazón. Imparables. Nuestra guerra contra el antiguo mundo no ha hecho más que empezar; los afectados han decidido esconderse detrás de altos muros o unirse a nosotros; también han desaparecido. Esta tribu de cadáveres es el último vestigio de una promesa al mundo entero, a cada uno de nosotros, al futuro, pero también hay mucho odio en su interior; padres que perdieron a sus hijos, hijos que mataron a sus padres, familias rotas por la incomprensión y la angustia…

Muchos caerán todavía, pero solo es cuestión de tiempo. Porque ellos son el enemigo que huye; nosotros, un imperio.

El rey de la Nación Zulú

El rey de la Nación Zulú es el vigésimo octavo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

  1. El nombre del viento (Patrick Rothfuss, 2007)
  2. La isla del tesoro (Robert Louis Stevenson, 1883)
  3. El club de la lucha (Chuck Palahniuk, 1996)

El club no tenía nombre. Nadie se molestó nunca en pensar en algo así. A todas luces, resultaba irrelevante para el desarrollo de cualquiera de las actividades que allí se sucedían día y noche, y, por lo tanto, todo aquel que alguna vez tuvo voz y voto para enviar a un invitado hasta la Esfera Celeste dejó esa parte de la historia incompleta.

Los barcos llegaban a puerto, amarraban en el único embarcadero que la isla poseía en su cara oeste y, tripulación tras tripulación, se adentraban en la taberna. Todos los pasajeros eran altos ejecutivos, políticos, agentes de bolsa, abogados de firmas que los simples mortales jamás se molestarían en conocer (¿para qué?); a su llegada, desembarcaban siempre con la misma mirada: altiva, provocadora, ingrata. Unas horas después, o a la mañana siguiente, cuando volvían a subir a bordo del catamarán para regresar al continente, ninguno mantenía el mismo semblante: unos pocos se habían encontrado a sí mismos; pero la mayoría parecía haber descubierto la verdad que, capa tras capa, se había ocultado una y otra vez: quién era.

Lynnie Zulu
Obra de la artista británica Lynnie Zulu.

Entonces, un nuevo grupo llegó a la isla desde el Cabo de Nueva Esperanza. ¿Cuántas millas habían recorrido? ¿En qué dirección? ¿Qué había allí? ¿Habían seguido la costa de la bahía o se habían adentrado en alta mar? ¿Era siquiera un islote aquel trozo de tierra rodeado de arrecifes? Sarabi Ajanlekoko se hizo decenas de preguntas desde su litera. Unas horas antes, visitaba junto a su mujer la Colección Sekoto del Museo de Arte Wits, algo que ahora solo parecía un espejismo. Fue una llamada de su superior en Capitec, coloso de la industria bancaria en el país; solo una llamada, y todo se aceleró hasta volar a Ciudad del Cabo con South African en clase ejecutiva. Apenas había tenido tiempo de explicar el porqué a su mujer, Adisa, y era una suerte, porque cuando su esposa había arrugado la frente y fijado sus ojos caoba en él… Sarabi no había sabido qué más decir.

Ahora solo existía una larga fila frente a la taberna, como si de una sala de fiestas se tratase. Una voz hablaba desde el interior: entraba uno; después salía. A veces, el visitante tardaba unos pocos minutos; otras, segundos; pero podían haber sido horas también: cada candidato era un mundo en sí mismo (¿pero candidato a qué?). Nadie estaba obligado a esperar: si abandonaba la fila, su empresa sería notificada e inmediatamente perdería su empleo. Eso aterró a Sarabi, y también a Sekuku, un joven abogado que había viajado desde Windhoek, en el país vecino, y no podía permitirse un error más en Ellis & Partners Legal Practitioners. Por ello, los quince o veinte segundos que Sarabi estuvo sosteniendo su teléfono móvil entre los que Sekuku entró por la puerta de la taberna y abandonó el embarcadero le parecieron un castigo injusto y cruel.

A continuación, fue él quien se adentró.

En el interior, la decoración era escasa. Había armamento tradicional y máscaras africanas que, por su gran interés en el arte antiguo, Sarabi reconoció como baoulé.

—La taberna es un espacio de creación —dijo un anciano. Era bóer, cuyo acento delataba una larga historia en Ciudad del Cabo. Era bóer, y habría visto el auge del Partido Nacional y su derrota tras el fin de la segregación racial.

Sarabi no dijo nada.

El bóer no dijo nada.

Esperaron en silencio.

—¿Cómo es posible que el hombre que entró antes permaneciese solo unos pocos segundos y nosotros llevemos cinco o seis minutos en silencio? —preguntó, al fin.

El bóer miró a Sarabi, inexpresivo.

—Le dije que se marchase —contestó.

Sarabi Ajanlekoko estuvo tentado a preguntar el porqué, pero sabía que la verdadera pregunta era otra.

—Exacto —dijo el bóer, como si hubiese leído la mente a su invitado. —La pregunta no es por qué se lo dije, sino por qué obedeció. Un hombre que obedece sin rechistar, apenas es un hombre. Un tigre no tiene por qué proclamar su fiereza, pero puede olvidarla.

El bóer se incorporó de su silla. Era un hombre alto y pelirrojo, de ojos grises, entrecano, con harapos de lo que, una vez, fue un kaftan y que, ahora, apenas cubría su torso y sus piernas, que parecían quebrarse tras cada paso mientras se acercaba hacia el fuego. Lanzó unas cuantas maderas y la llama restalló; Sarabi pensó que no había reparado en el fuego, pero tampoco en las dos jarras que dormían en la mesa, ni en la máscara que las acompañaba, ni en los tótems que se encontraban diseminados por toda la estancia…

—¿Sabes por qué estás aquí? —preguntó el anciano bóer.

En realidad, Sarabi no lo sabía.

—Estoy aquí porque mi trabajo es importante para mí —respondió.

—¿Por qué? —cuestionó el tabernero.

—Me permite cuidar de mi esposa y fantasear con una familia en el futuro; visitar museos y disfrutar de mi tiempo libre; a veces, incluso estudiar otras cosas por las que siempre he sentido interés.

El bóer dio un largo trago a su bebida; a continuación, hizo un ademán amistoso a su acompañante, ofreciéndole una excusa, y un instante.

—Quizá lo importante son otras cosas; y su trabajo solo es el vehículo que lo permite. Como el barco que les ha traído hasta aquí: un barco no es agua, ni una ballena, pero podríamos confundirlo si no observamos con atención.

—¿Qué importa? —preguntó Sarabi al anciano.

—Nada, supongo —respondió este. —Por lo menos, mientras su empleo le permita mantener aquellas cosas importantes en su vida.

lynnie-zulu-2
Obra de la artista británica Lynnie Zulu.

Sarabi sorbió la jarra. El líquido era amargo y espumoso; sabía a raíces y a almendras. También a cítrico, pero no a limón: quizá a lima. Después, se mareó un poco, si bien estaba convencido de que no se trataba de una bebida alcohólica.

—¿No es la función de cualquier trabajo? —cuestionó el joven Sarabi Ajanlekoko.

El bóer cogió dos tallas de madera de una pequeña bolsa anudada a su cintura; las colocó en el centro de la mesa, cara a cara. Una de ellas representaba a un gigantesco guerrero, de casi siete centímetros de altura; vestía ropa tradicional xhosa, su torso estaba desnudo, y blandía un knobkierrie en su mano derecha y un hacha en la izquierda. Su mirada de odio grabada en la madera se fijaba, ahora, en un campesino que trabajaba un campo inexistente bajo sus pies; la talla solo alcanzaba un par de centímetros y los ojos tristes del joven se perdían en la mesa.

Arte en mosaico
Mosaico artístico con los colores más representativos de la sabana africana.

—¿Quién vencería si estas dos tallas se enfrentasen? —preguntó el bóer.

—El guerrero xhosa, sin duda —respondió Sarabi.

—¿Por qué? —volvió a preguntar el anciano.

—Es mucho más grande, va mejor armado y parece un guerrero experimentado.

—¿Con respecto a quién? —interrogó el bóer, y partió, sin dificultad, la talla del guerrero xhosa por la mitad.

Sarabi esperó una explicación, pero, antes de que esta llegara, comprendió que su vista se había fijado en las tallas y había obviado el resto de la escena. La existencia de las tallas no eludía la suya propia. Quizá lo hacía para las tallas, pero no para aquellos que podían observarlas por encima. Y sorbió la jarra de nuevo; el líquido seguía siendo amargo.

—El rey de la Nación Zulú y su Modjadji jamás deberían pedir a un hombre que abandone su vida para su propio beneficio; por poderoso que sea un rey, o una reina, por mucho que controle las nubes y la lluvia, la vida de un hombre es sagrada; y la muerte de un hombre siempre deberá beneficiar a la tribu, lo sepa él o no.

Sarabi bebió una tercera vez de la jarra. Después, se tomó un instante para sí.

—Si anteponemos el grupo al individuo, ¿cómo puede funcionar el mundo? ¿Por qué moverme por un tercero antes que por mi familia? —preguntó al aire Sarabi.

—Eso preguntó Sekuku al entrar —contestó el bóer.

—Y no obtuvo respuesta —agregó Sarabi, equivocado.

—Por supuesto que sí. Esta surgió del único lugar del que la verdad aflora.

—Uno mismo —respondió Sarabi. —Pero, ¿cómo hacerlo?

—Lo sepan o no, todos los que entran en esta taberna ya han iniciado el camino. Para algunos, la tribu no es más que un viejo espejismo; otros abandonan la isla con un nuevo rostro; o empiezan un camino distinto por el que deben convertirse en algo distinto.

El anciano bóer quedó en silencio, y Sarabi no encontró más preguntas. Antes de incorporarse, dio un último trago a su jarra y terminó con el líquido amargo que contenía; reparó en la mesa; al primer vistazo, parecía repleta de rayajos; después, Sarabi Ajenlekoko observó que la madera escondía cientos de frases, y solo tuvo tiempo de leer una mientras se despedía con un asentimiento casi imperceptible. Era un dicho yoruba que decía: «La riqueza tiene una chaqueta de muchos colores.»

La voz del Neandertal

La voz del Neandertal es el cuadragésimo sexto relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

El paleontólogo Thomas Cook, miembro emérito del Museo de Historia Natural de Nueva York, dedicó su vida entera al estudio de los neandertales. Su visión viajó desde los tiempos en los que la humanidad veía una única línea evolutiva hasta la actualidad, donde se empezaba a comprender esa relación compleja entre los Homo erectus, los neandertales y los sapiens.

Esos días pasaron. Y Thomas se jubiló, dejando libre un puesto como profesor en la Universidad de Columbia, otro de investigador adscrito al mismo centro y un trabajo fijo como miembro del equipo de uno de los museos más visitados del mundo entero. Este último fue el trabajo que le permitió casarse con Rose, y comprar un piso en el Upper East Side, un velero con el que soñó durante su juventud y un pequeño refugio en Los Hamptons. Su retiro fue bien acogido por parte de la junta, quienes sabían que podían razonar con el doctor Cook, y al que dejaron un nexo de unión que se volvió realidad mediante un chaleco y una placa identificativa; en el primero podía leerse: «Dr. Thomas Cook – Experto en neandertales» junto a una simpática caricatura de Thomas y un hombre de Neandertal dándose la mano; la segunda solo era una mera formalidad que le distinguía, y que el profesor llevaba con gran orgullo al traspasar las puertas de acceso.

Su jubilación fue, pues, un trámite, que le recompensó con más tiempo para disfrutar de la institución que había sido su vida y terminar las investigaciones que el ámbito académico y el peso de los años le habían hurtado. Pero un día su vida sufrió un cambio abrupto y tan inesperado como suele estos suelen ser. Al volver del Museo de Historia Natural, su mujer, Rose, antigua profesora del Instituto de Fotografía de Nueva York, había escapado; la muerte, inmisericorde, terminó con ella antes de la hora del té y los bagels, que habían sobrado de su desayuno en la Pequeña Italiana y que ella guardó, celosamente, para compartir con su esposo.

Tiranosaurio (Museo de Historia Natural de Nueva York)
Esqueleto de un tiranosaurio en el Museo de Historia Natural de Nueva York, donde en mi visita encontré a un anciano experto en dinosaurios que inspiró esta historia.

Thomas marcó el número de emergencias y se abrazó al cadáver de su mujer. Los servicios médicos dictaminaron muerte natural y explicaron al doctor Cook, conmocionado, que las maniobras de RCP que tantas veces había visto en televisión no tenían sentido horas después del fallecimiento.

El anciano pidió a uno de los paramédicos que contactase con la funeraria por él; después, exhausto, se sentó en el sofá del salón por un buen rato. En silencio, su mente relacionó conceptos que una vez compartió con su pareja: anhelos que ya nunca se cumplirían, deseos, confesiones que una vez se hicieron y que ahora desaparecerían en el olvido… Tesoros inmateriales que el tiempo siempre termina por reclamar; dejándote solo con objetos y certezas que, poco a poco, también se vuelven fantasías de una sola mente.

Los meses siguientes, Thomas Cook se volcó por completo en sus funciones como personal de apoyo del museo. Sin Rose, no soportaba la idea de encerrarse en un despacho a seguir analizando la historia; esta había enseñado por fin sus garras, y le había demostrado con toda crudeza la brutalidad intrínseca al tiempo que vivimos. Había estudiado toda la vida al hombre de Neandertal, pensaba, y no podía evitar creer que, quizá, alguien estudiaría a su mujer, o a él mismo, cuando el presente se convirtiese en historia. En un retazo más de la pequeña historia que compone el día a día para diluirse al pasar de los años. ¿Qué importaba?

Así, hablaba con los visitantes, respondía preguntas y, jornada tras jornada, disfrutaba del placebo que trae consigo el aferrarse a lo que siempre ha sido: el trabajo de toda una vida, aquello que uno más conoce, a lo que mayor esfuerzo ha dedicado. De este modo, el Dr. Cook no volvió a pisar el despacho que, en su día, le había asignado la Administración; vendió el barco y la casa frente a la bahía de Nueva York y se recluyó en el pasado. Se permitió incluso una excentricidad diaria, que siempre era la misma: esperar a que todos los visitantes abandonasen el Museo de Historia Natural, despedir a los empleados, uno a uno, y dedicar unos minutos a los restos del neandertal que dormían por siempre jamás en aquella gran sala dedicada a los orígenes de la humanidad.

—Buenas noches, amigo —dijo Thomas, como un lamento. El anciano viró sobre sí mismo y se dirigió a la salida, sin prisa por encontrar un taxi en los extremos de Central Park y volver al que un día fue su hogar.

—¿Nos conocemos? —preguntó una voz. Su tono era extrañamente familiar, si bien el doctor se sobresaltó lo suficiente para no pensar en ello.

Miró alrededor. Nada. El Dr. Cook observó los bustos reconstruidos junto a los cráneos de varios individuos y reparó en algunas figuras de una exposición itinerante que habían llegado del Museo del Neandertal, ubicado a pocos kilómetros de la ciudad alemana de Düsseldorf.

—¿Dónde estás?

—No tengo una buena percepción del espacio: discúlpame.

—¿Por qué puedes hablar? —preguntó. —¿Eres algún tipo de grabación…?

—La ciencia que lo permite sigue siendo un misterio para mí —contestó la mujer de Neandertal.

Miró las distintas figuras. No eran más que una reconstrucción realista de algunos individuos de Homo neanderthalensis en un escenario que simulaba el interior de una cueva.

—Vaya —exclamó Thomas.

—Pareces sorprendido —contestó la voz.

El anciano, visiblemente enfadado, se marchó sin mediar palabra. Aquello debía ser algún tipo de broma estúpida, y a él no iban a hacerle partícipe de la pantomima de turno.

Grupo de Homo neandertalhensis
Reconstrucción de una escena cotidiana con neandertales.

Pero al día siguiente, volvió. La rutina le llevó hasta la sala de los neandertales de nuevo, y la fuerza de la misma le obligó, de algún modo, a despedirse de los presentes una vez más.

—¡Vaya! —exclamó la voz— ¡Si es don No-tengo-tiempo-para-despedirme-de-ti!

La respuesta arrancó una sonrisa en el rostro del jubilado.

—¿Pareces tan… real? ¿Cuál es tu nombre?

—No vuelves con las mismas preguntas de siempre, John.

El anciano miró hacia la figura de la mujer con suspicacia.

—¿John? Mi nombre es Thomas. ¿Quién es John? —preguntó.

—Disculpa, Thomas —contestó la voz. —Debo haber mezclado dos ideas inconexas.

—Claro, es lo que tenéis los neandertales —dijo el doctor Cook, y se carcajeó de su ocurrencia.

—Eso no me lo habían llamado todavía. No obstante, por tu trabajo, deberías saber que los neandertales llevan extintos más de cuarenta mil años…

—Bueno, seas quien seas, me espera un paseo por Central Park. Me marcho ya.

—Buenas noches, Thomas.

—Buenas noches, tú.

Los días siguientes, los asistentes escuchaban la voz del doctor hasta tarde. El anciano, visiblemente revitalizado, se sentaba en el ala del museo dedicada a los orígenes de la humanidad y se le escuchaba reír por unos minutos, explicar lo que había hecho y lo que pensaba hacer, y marcharse un poco menos pesaroso.

Al tercer o cuarto día, Thomas buscó una respuesta por toda la sala. No encontró a la voz, y, antes o después, se negó a hacer equilibrismos de aquí para allá. Ella no entendía muchas de las cosas que el anciano intentaba transmitirle, pero resultaba un pequeño e inesperado consuelo; Thomas era científico: sabía que existía una explicación racional, sabía perfectamente que debía tratarse de otra persona, de un programa informático o de una inteligencia artificial… ¿qué importaba en realidad? La voz era un espejismo, pero un espejismo que se había convertido en un oasis repleto de alivio.

Hombre de Neandertal (rostro)
Detalle del rostro de un hombre de Neandertal (Museo del Neandertal, en Düsseldorf, Renania del Norte-Westfalia, Alemania).

—¿Qué sentido tiene todo esto? —preguntó Thomas, había acercado la silla de uno de los vigilantes y miraba a la neandertal que creía más cercana a la voz.

—No te entiendo, Thomas —respondió la voz.

—¿Cuál es el sentido de la vida ahora?

La voz no contestó inmediatamente. Pareció coger aire durante uno o dos segundos, y después dijo:

—Bueno… Intentar ser amable con la gente. Comer sano. Leer un buen libro alguna vez. Hacer un poco de ejercicio incluso. Pero sobre todo convivir en paz y harmonía con gente de cualquier raza y condición —concluyó.

El doctor Thomas Cook sonrió con fuerza por primera vez en semanas. Una respuesta tan simple y concisa, ¡y qué de ciencia había atrás!, una respuesta que le recordó a Rose, su mujer, y que, de un modo casi mágico, le retrotrajo a aquella conversación que, muchos años antes, habían tenido desnudos en su primer piso.

—No sé qué haría sin ti —dijo un joven Thomas, que acababa de entrar en el programa de doctorando de la Universidad de Columbia.

—Vivir —contestó Rose, riendo.

Mientras se dirigiría hacia la salida, el doctor Cook se despidió de una joven limpiadora y el portero de la institución. Sonrió, les deseo una buena noche y desapareció en dirección a la Avenida de Colón. Para sorpresa de su compañera, el conserje abrió la boca articulada de una de las figuras femeninas de neandertal y extrajo un smartphone.

—Buenas noches, Siri —dijo el bedel.

—Buenas noches, John —contestó el teléfono.

A continuación, y dirigiéndose a su compañera, John, el conserje, agregó:

—No te preocupes: el museo puede permitirse un aumento en la factura de la luz por este hombre —y mientras el teléfono se cargaba en un enchufe cercano, siguió barriendo la enorme sala de Orígenes de la Humanidad con una sonrisa algo quebrada en el rostro.

Pasó todo un año pendiente de la máquina

Pasó todo un año pendiente de la máquina es el décimo sexto relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Pasó todo un año pendiente de la máquina. La máquina, cuya naturaleza desconocía, no fue nunca más que una cuenta atrás. Cifras que descendían a través de interminables segundos en una pantalla vidriada del tamaño de un folio. Un paquete sin remite que el servicio postal dejó en el hogar de los Hume con una nota. Una nota que solo vestía un apunte: «Este es el Reloj del Fin del Mundo. Si la cuenta llega a cero, el mundo desaparecerá.»

Al principio, Jack pensó que no era más que una broma de mal gusto. Se sentó en su sillón, carraspeó, adornó su boca con una mueca de disgusto y se sumergió en la lectura de la prensa antes de salir a trabajar. Los segundos empezaron a descender en la máquina, y Claire miró a su marido con incomprensión, escrutando su figura en busca de los verdaderos sentimientos que sabía que habían empezado a aflorar en su cerebro.

—Es una broma de los chicos —advirtió Jack a su esposa; su voz transmitía seguridad.

—¿Estás seguro? Es una broma de muy mal gusto —contestó Claire.

Jack plegó el diario y lo dejó dormir en la mesa de centro, frente al sillón.

—Deja el chisme ahí. Cuando vuelva del trabajo, te confirmaré que Elliot y el resto son tan idiotas como creíamos; luego, nos desharemos del cachivache.

El halcón maltés (John Huston, 1941)
Fotograma de la película El halcón maltés (John Huston, 1941), con Humphrey Bogart.

El señor Hume besó a su esposa con ternura y cogió el maletín. Tras de sí, dejó un sillón de cuero humedecido por el sudor y su ejemplar del New York Post.

La señora Hume musitó una pregunta que nadie pudo oír: «¿y por qué no ahora?»

Cuando Jack terminó su jornada laboral, volvió a casa de inmediato. Ese jueves no hubo copa con los compinches de siempre. Solo un disimulo grosero sobre la máquina por parte de sus compañeros; cuando Jack no pudo más, y creyendo que el resto de su equipo estaba excediéndose, les preguntó si, esta vez, no creían haber llevado las cosas demasiado lejos, pero como respuesta solo encontró caras de incomprensión.

Al llegar a casa, malhumorado, había pensado en una decena de culpables capaces de llevar a cabo una bufonada así: tan macabra como estúpida, tan infantil como idiota. Entre los sospechosos habituales estaban Julius, el hermano de Claire, y Kevin, uno de los antiguos pretendientes de su mujer, que no había encajado bien su enlace. Envuelto en esta idea, aparcó el coche a un par de manzanas de su edificio y se apresuró a llegar al piso, en East 7th Street, con las llaves en la mano.

Desde el ascensor podía escucharse un llanto ahogado. En la tristeza, Jack reconoció a Claire y se apresuró a abrir la puerta del domicilio. La encontró arrodillada, frente a la mesa de centro, con esa extraña máquina pitando, más y más fuerte cada vez, y su mujer pulsando una vez, y otra vez, la pantalla con el objetivo de conseguir detener esa cuenta atrás.

—¡Ha empezado a pitar, y a pitar, cada vez más alto, Jack! —bramó Claire.

—Tranquila, cariño: déjame ver —contestó su marido, moviéndose entre la incertidumbre y el enfado.

La pantalla marcaba 15; 14, 13, 12…

Claire empezó a sollozar de nuevo, más y más fuerte.

Jack golpeó con el dedo la pantalla, una vez, y otra, y otra más.

—¡No funciona! ¡Sigue bajando, y bajando! —gritó Claire.

Entonces, Jack agarró la máquina y analizó rápidamente el chisme mientras los pitidos se oían más y más altos: era metálica, una única pieza, sin botones; nada. Por delante, cristal; los laterales y la cubierta trasera de metal.

Le atizó un dedo encima una vez más; después, la sacudió.

La cuenta atrás se detuvo un instante, y aparecieron cuatro cifras: 6. 4. 8. 0.

La cuenta atrás volvió a iniciarse. 6479, 6478, 6477…

—Este no es el número que mostraba esta mañana —murmuró Jack para sí.

—¿Qué? —preguntó su mujer, que no le había entendido, mientras se enjugaba las lágrimas con la manga de su vestido rosa de franela.

—Nada, cariño. Es una broma estúpida: no tienes que preocuparte. ¿Quieres que haga yo la cena mientras te duchas? —preguntó Jack.

Su esposa asintió, nerviosa, y Jack dejó la máquina encima de la mesa de centro y la acompañó hasta el baño con la intención de que se tranquilizase.

Mientras cenaban, la máquina emitió un pitido. A continuación, el sonido de alarma que ya habían escuchado alrededor de las seis de la tarde, volvió a iniciarse; más y más fuerte cada vez, con mayor intensidad, disminuyendo los silencios, imponiendo un silbido único que amenazaba con conquistar el salón si se atrevían a obviarlo por un segundo más. Jack corrió hasta la mesa y sacudió la máquina; esta se reinició. Por un instante, marcó el 25.920, y la cuenta atrás volvió a iniciarse: 25.919, 25.918, 25.917…

La pareja comió en silencio durante un buen rato. Los Hume se conocían bien, y sabían cuando uno u otro necesitaba libertad para dejar volar sus pensamientos; si estos se arremolinaban en tormenta, ambos habían aprendido a lanzarse a socorrer a su cónyuge; sin embargo, siempre fueron conscientes de la aptitud sanadora que a menudo tiene el mutismo.

Jack sacó la calculadora de su teléfono móvil. Consultó a qué intervalo atendían 25.920 segundos y, por un instante, se sintió agotado. ¿Tan finito es el tiempo acaso?, se preguntó.

—Hasta que sepamos más sobre este cachivache: evitaré que el sonido te moleste, cariño. Me levantaré en cuatro horas y volveré a darle cuerda, ¿ok? Después, retomaré la cama y descansaremos hasta el amanecer. Mañana sabremos algo más.

—¿Y tengo que quedarme encerrada en casa esperando a que vuelvas del trabajo? ¡Hoy no he podido ni ir a comprar! —espetó Claire, mostrando a su marido las tristes judías con patatas hervidas que estaban cenando.

Cuenta atrás - El cisne (Perdidos)
Fotograma de la serie Perdidos (Lost, de J. J. Abrams, 2004-2010) con el panel que mostraba la cuenta atrás en la estación El Cisne.

—La cena está perfecta, amor mío —contestó Jack. —Pero no será necesario: para tu tranquilidad, me llevaré la máquina a la oficina. Solo es cuestión de guardarla en el maletín y estar atentos a los pitidos cada pocas horas…

A continuación, Jack se levantó y cogió el aparato de la mesa. Esta vez, la máquina hizo un sonido completamente distinto, como el tapón de una botella al ser descorchado; las cifras empezaron a caer; primero, cayó el 2, y desapareció por la esquina inferior de la pantalla; después el 5. El pitido se incrementó a medida que el señor Hume hacía el amago de acercarse más y más a la puerta de su apartamento; entonces murió el 9, que ya era un 3, y solo quedaron el 1 y el 0. Esta vez, el volumen de aquel pitido fue aterrador; el término ensordecedor quedó corto para describir un sonido que dominó el apartamento de los Hume, y, más tarde, todo el edificio. Jack corrió hacia la mesa, sacudió una decena de veces el dispositivo y lo volvió a dejar encima del mueble. La máquina mostró solo cuatro cifras esta vez: 1.620: 27 minutos.

Ni el señor ni la señora Hume durmieron esa noche, aterrados ante el sonido ensordecedor de aquel cachivache que había aparecido en su hogar y cuyas acciones amenazaban con poner fin a la pacífica convivencia que el matrimonio mantenía en la ciudad de Nueva York.

Los días siguientes fueron una vorágine del sobrevenir, del acontecer, de una crónica siempre voluble, pero también anunciada. Un sacrificio ininterrumpido que se perdía en el más absoluto y trágico vacío. Un asesinato del presente a manos de un futuro que siempre fue próximo y, quizá, solo quizá, sangriento.

Mientras Jack Hume trataba de descubrir qué mano había decidido agitar la paz de su hogar, su esposa Claire se encargó de mantenerla. Ninguno de los dos era capaz de creer a pies juntillas en el funesto devenir que anunciaba aquel histriónico pitido, pero, ¿cómo ignorarlo? Resultaba imposible a un nivel físico, ¿y cómo engañarse?, a medida que agitaban la máquina una y otra vez en busca de un nuevo reinicio, también en el metafísico.

Cuantos más reinicios, más poder le conferían. Tras perder la cuenta, Jack y Claire llegaron a creer que la naturaleza de la máquina era caprichosa, y, por lo tanto, existía: admitían que a la máquina no le gustaba abandonar el salón, que de algún modo ya era suyo, y tampoco esperar demasiado por atención, que castigaba con tiempos cada vez menores a su juicio. Si los Hume dudaban de la ontología de la máquina, la máquina dudaba del fervor de la pareja, obligándoles entre cifras a una devoción cada vez mayor, y mayor, hasta la fe.

Un día cualquiera, ya encamados, la máquina reclamó su tributo una vez más.

—Esto son nuestras vidas —dijo Claire,

—¿Cómo? —contestó su marido, circunspecto.

—Puedes intentar dar cuerda, una vez, y otra vez, y otra vez… Pero un día, cualquier día, no habrá fuerzas para volver a dar cuerda, pulsar el botón o levantarse del catre, ¿no crees?

Y Jack, en la distancia, ya frente a la máquina, no supo qué contestar. Solo sintió una infinita vergüenza.

Los días siguientes, la pareja acordó turnarse para continuar cuidando de la máquina. Sin embargo, cuando uno de ellos desaparecía de la habitación, los tiempos y los antojos de aquel chisme se volvían caprichosos; haciendo que fuera imposible el descanso, la vida, e incluso el reconocer el día y la noche.

Cuando por falta de sueño, Claire empezó a creer que un tal señor Steward había empezado a acosarla telefónicamente, Jack pidió una excedencia. Así, pasó todo un año pendiente de la máquina. En ese tiempo, el señor Hume abandonó su trabajo de oficina como director adjunto de Sears. Despreció a sus compañeros y amigos. Olvidó el mundo para salvar el mundo. ¿Pero qué sabía el mundo?

Entonces, antes o después, Jack Hume pensó que, un mundo que esclavizaba a los hombres, no merecía ser mundo, y así se lo hizo saber a su esposa. Durante largos días y largas noches que se interrumpían constantemente por la amenaza de los pitidos, Jack debatió con Claire sobre la necesidad de dejar que aquella temida cuenta atrás llegase a su destino; de alcanzar el objetivo final de la misma y plantar cara, de una vez por todas, a la máquina que había usurpado sus vidas.

De este modo, cuando el señor Hume se interpuso entre ella y la máquina, Claire deseó con todas sus fuerzas que su esposo nunca jamás hubiese leído aquel relato de Richard Matheson, pues era tal la fisicidad concedida a aquel demonio, que su esposa no pudo evitar pensar en correr hasta la cocina a por un cuchillo con el que defenderse. ¡Pero qué listo fue siempre Jack! Impidió la acción solo unos segundos antes del fatal desenlace; no había tiempo ya. ¿Pero cuándo lo hubo desde que la máquina impuso su existencia?

La señora Hume miró con ternura a su marido; a continuación, suspiró, y después, no ocurrió nada más. Tras los horribles pitidos, Jack lloró por largo tiempo el cadáver de su mujer.

Su vida.

Su mundo.

Su fin.


Este relato está inspirado en Botón, botón de Richard Matheson (1926-2013).

Un largo camino por delante

Un largo camino por delante es el cuadragésimo octavo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

El ascenso por aquella montaña no parecía tener fin. Kevin miró hacia atrás y observó un pronunciado descenso tras de sí; por suerte, este solo era un camino de ida: no había por qué sufrir más de la cuenta. Calculó medio día de travesía hasta el estanque, que ya advertía a lo lejos, y poco más hasta la pagoda de Thien Mu. En 1994, año en el que visitó la ciudad de Huế, en Vietnam, la montaña más cercana estaba en el Parque Nacional Bach Ma, pero ¿a quién le importaba ya?

Cuatro grandes columnas que encerraban las escaleras del edificio le dieron la bienvenida al atardecer. Kevin vestía harapos, y se sostenía con un cayado que no podía recordar en qué recodo del camino había convertido en una extremidad más. Siempre quiso ver de nuevo Vietnam, por lo que, frente a la Dama Celestial, lloró como un niño, y tardó largo tiempo en atreverse a cruzar las puertas que lo separaban de su destino.

Kevin Finnerty (Los Soprano, 6x03, Mayhem)

Un novicio advirtió la llegada de Kevin desde lo alto de las escaleras, pero esperó, pacientemente, a que el turista dejase allí, en el exterior, toda la rabia que había conducido hasta la antigua ciudad imperial. Más tarde, tras un largo atardecer, el monje le miró con ojos inexpresivos, cogió un cuenco que dormía junto a una de las fuentes del patio y le ofreció agua fresca, pero él no supo qué hacer con ella, y la rechazó con una inmensa gratitud que le embargaba.

Mientras ascendía hacia las puertas de la pagoda, varios monjes budistas del monasterio cercano le salieron al paso; la mayoría le estrechó la mano, excepto Tathagata, quien conoce las cosas como han sido, y se fundió en un largo abrazo con el visitante, que este sintió cálido, y repleto de energía. Un abrazo que le transportó, por un instante, al pasado, y trajo a su memoria cómo había faltado a sus votos, y a él mismo. Recordó aquella enseñanza que nunca había podido olvidar ya, y que decía: alguien que no está en guerra, no tiene por qué estar en paz; la paz es un estado alcanzado y sostenido deliberadamente.

A continuación, se adentró en el edificio, perdiéndose por largas horas en una cálida despedida al paso de la noche. Antes de tomar tal decisión, dejó que sus pensamientos vagasen por los jardines cuya hierba tantas veces había aplastado descalzo, caminó por los empedrados que envolvían la colina y soñó despierto, una vez más, despidiéndose de los monjes, de la hierba, del río y de los barcos dragón.

En el interior del octógono, ascendió sin prisas entre los guardianes budistas y el mismo Buda, sonriente, a quien devolvió el gesto. Entre las inscripciones decorativas y la gran campana de bronce, Kevin tomó las fuerzas con las que terminar su largo viaje; no se despidió del Austin de color azul, que nunca le había despertado simpatía, si bien jamás cuestionó las acciones de Thich Quang Duc ni del resto de monjes reaccionarios enfrentados al régimen de Ngô Đình Diệm. Podía haber sido un monje, pero tiempo atrás aceptó que nunca podría ser uno de ellos. Uno más. Un igual.

Esperó pacientemente el amanecer desde la séptima planta de la pagoda, y cuando los primeros rayos de sol curioseaban por la ventana, se dejó ir sin prisa. Vaciándose por completo de toda la ira y la furia que habían conquistado sus días tras volver a su ciudad natal, tras volver con la mujer que creía amar y abandonar lo que siempre deseó por el qué dirán, tras el accidente que le había postrado en una cama de hospital, en coma, y el tiempo muerto que se había diluido durante días, semanas y meses. Kevin contempló el sol por una de las ventanas de la pagoda, y después saltó, mientras el mundo se apagaba solo un poco más, y él deseaba volver, y volver, y volver, hasta su último renacimiento.

El día que encontré a Dios

El día que encontré a Dios es el vigésimo sexto relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

De joven, la idea de Dios me quitaba el sueño. ¿Dónde coño estaba Dios? ¿Y por qué había tanta gente a mi alrededor que escuchaba su voz, que conseguía dejarlo entrar en sus vidas, que le abría el corazón? ¿Cómo demonios alcanzaban esa gesta?

Para mí, Dios era un total desconocido, y el mejor voyeur de la historia. Había enviado a una paloma blanca a la Tierra, que también era él, con la que había preñado a una virgen; esa virgen había tenido un hijo, que también era él, y ese hijo, que era él, pero también humano, había muerto en la cruz, volviendo al Cielo, donde estaba Dios padre, que también era Dios hijo, y Dios espíritu santo, o paloma. Intenté señalar la decena de incongruencias que tenía esa historia, pero yo estudiaba en un colegio salesiano, así que solo conseguí que me castigasen demasiadas veces.

En mi infancia y adolescencia no descubrí a Dios, pero descubrí que la gente no quiere escuchar que sus creencias no tienen sentido. Por eso inventaron la fe, y ofrecieron una guarida a la metafísica más oscura que a todos nos aflige de un modo u otro. Yo quería creer en Orus y Anubis, o en Zeus y en Hera, en dioses olímpicos, o espíritus chamánicos: algo tremendamente guay para que las chavalas me viesen como a ese melenudo alternativo con barba precoz al que morrear.

Graffiti de Jesucristo

Durante años, intenté que la espiritualidad entrase en mi vida. El cristianismo era la religión perfecta tras el Concilio Vaticano II: Dios todo lo perdona, todo lo comprende, todo lo sana, y su iglesia ya no quemaba herejes, ni imponía creencias; todo lo contrario, con el aggiornamento, se había puesto al día. Y todo lo que la religión promovía era genial: del Dios colérico y vengativo, al Dios benevolente, y, ahora, al Jesucristo Colega. Ya nadie te estaba pidiendo que vivieses como el culo —salvo si eras gay, o querías abortar, o divorciarte, o follar con condón—, y tenías tu trascendencia asegurada en primera hacia los Cielos.

Pero no lo conseguí. Era demasiado absurdo para mí. Le gritaba para mis adentros: «¿¡Si me quitaste la posibilidad, por qué no el deseo!?», pero como era habitual, no respondía. Me quedaba horas y horas esperando una aparición divina, o, por lo menos, una aparición mariana —si él no podía bajar, que enviase a la Virgen—, pero nunca ocurrió. Siempre eran terceros los que habían encontrado a Dios, así que, como mucho, imaginé que sería como las brujas, que decía mi abuelo, y media Galicia: Eu non creo nas meigas, mais habelas, hainas.

«Pues será, iaio, será», le decía yo, y cambiábamos de tema, porque si hubo una persona en el mundo a quien yo no quise jamás despreciar ni molestar ese fue mi abuelo, al que conocí, que al otro lo aplastaron dos tranvías de esos que le gustaban tanto a Gaudí, y se fue con Dios.

En la adolescencia, abandoné toda esperanza, y cambié a Dios por el heavy metal. No fue el mejor trueque de la historia, lo admito: la salvación eterna a cambio de guitarras con distorsión, voces agudas y un potente bajo que acompañaba la percusión de la caja, los platos y los timbales. Todo lo que me caló fue el mensaje humanista de Jesús, y de don Bosco, que además era un saltimbanqui italiano de joven y hasta un santo en vida, o eso nos decían en la escuela. Pero no fue suficiente para retenerme: me pasé a Black Sabbath, y a Metallica, y a Iron Maiden, y, como con cualquier adicción, miré hacia cosas todavía más fuertes después.

Graffiti de Ganesha

¿Quién me iba a decir que, tras perder toda esperanza, encontraría a Dios? ¿Cómo imaginar que, como Dante y Virgilio, humanidad y razón, sería a través de una aparición mariana donde mi fe se fortalecería por un tiempo?

En resumidas cuentas, que me fumé un canuto.

A oscuras, de madrugada, en mi habitación de adolescente, entre nubes de verdegris, y con The Unforgiven de Metallica sonando en los altavoces, apareció ante mis ojos la prueba de la existencia de Dios, del Rey del Cosmos, del Creador. En mi mente brotó una idea prodigiosa, una idea que explicaba sin atisbo de duda por qué y debido a qué causa era necesaria la existencia divina para la creación. La conmoción se apoderó de mí, y tuve que verbalizar mis pensamientos:

—¿¡Tantos años buscándote y estabas aquí!? ¡Venga ya, no me jodas! —vociferé molesto.

Alguien abrió la puerta de la habitación. Asomó las napias y la cerró de nuevo. Al día siguiente, mis padres me dieron una charla sobre el consumo responsable. En aquel momento, anoté ese grial en una hoja de papel, y me quedé mirándolo durante un largo rato: asombrado, boquiabierto, feliz. Un par de discos más tarde, me tumbé en la cama y dormí hasta media mañana.

Al incorporarme no recordé nada de mi hallazgo nocturno, así que me levanté, fui al baño y me preparé un café con leche. Estaba devorando una magdalena cuando algo restalló en mi cabeza. Corrí a la habitación y busqué el papel con desesperación. Lo encontré debajo del cenicero y, por un instante, me sentí mal por aplastar a Dios entre colillas. Miré el grial en un recorte. Traté de leerlo. Probé a descifrarlo. Había olvidado la idea por completo.

Graffity de Bob Marley

Continué fumando canutos durante unos meses. Mis amigos nunca supieron con qué afán buscaba al Rey del Cosmos, ni el porqué. Yo quería salvar la religión católica, convertir a Jesucristo en un héroe de masas, regodearme en mi éxito, y luego ser absuelto por el Espíritu Santo, pero nunca ocurrió. Antes que después, abandoné toda esperanza y superé mi fase de adolescente porrero; terminé por olvidar a Dios, que escapó entre espesas nubes de humo.

Carta a mi hija Marta

Ayer, visitando a un amigo en el hospital, me pasó algo alucinante. Un hombre me explicó que se moría, que nadie de su familia lo sabía y que no podía hablar con Marta, su hija. Me preguntó que a qué me dedicaba, y le dije que estoy intentando vivir como escritor. Él me pidió que le escribiese una carta, pero allí no pude. Hoy, sí he podido.

Solo sé que se llamaba —putas casualidades— Javier, como yo, y que la quería para su hija, Marta. A partir de aquí, todo lo que vais a leer es invención propia (excepto que ese hombre tenía cáncer y que las principales ideas que articulan este texto me las explicó él), pero deseo que la imagen general llegue hasta Marta. El texto va para todo aquel y aquella que quiere vivir de verdad su vida, y aprender una lección que no siempre se aprende por las buenas. Pero, Carta para mi hija Marta va, sobre todo, para Marta.

Marta:

Escribo esta carta porque nunca he sido un hombre valiente. Por eso, hoy, 9 de febrero, he trazado unas ideas en un papel y se las he dado a un chico de unos treinta y tantos que venía a visitar a un conocido. Me ha prometido que llegará a vosotros, de un modo u otro, y no sé si será verdad, pero le he creído.

Me estoy muriendo. En triaje, lo sabía. En la sala de espera, lo sabía. Antes de la primera prueba, lo sabía. Mi cumpleaños es de aquí a tres semanas, y todos los médicos están convencidos de que no llegaré a celebrarlo.

Estoy solo. Muerto de miedo. Tu madre no sabe nada: sigue trabajando dieciocho horas al día por ese ascenso que nunca llega; tus hermanos no saben nada: son demasiado pequeños para darse cuenta de que estoy hecho una mierda. ¿Los yayos? ¿Mis padres? ¿Hermanos? Demasiado ocupados perdiendo su vida; exactamente igual que lo que estaba haciendo yo hasta que me ha tocado morirme, supongo.

Estoy cansado. «El cáncer ha crecido hacia los vasos sanguíneos o nervios cercanos. Se ha propagado hacia los ganglios linfáticos y a otros órganos»; te transcribo lo que pone en uno de los informes. ¿El oncólogo dijo G3? ¿Dijo carcinomas neuroendocrinos? Estoy hasta los huevos de consultar cómo me estoy muriendo por Internet, así que no lo haré mientras todavía pueda escribir. Sé que dijo que se propaga rápido, y que me chutará todo tipo de venenos para intentar retrasar el avance.

No es que no crea en la ciencia. En quien no creo es en ningún Dios todopoderoso. Pero ya es tarde: ¿qué sentido tiene vivir unas semanas más en una cama? ¿ahogándote entre vómitos? ¿despidiéndote como una carga para tu ocupada familia y como un esperpento para tus hijos?

Así que me he largado al bar del hospital. Ese que está frente a la entrada principal del Valle de Hebrón y he escrito estas líneas. En Jerusalén, el nombre alberga la tumba de los patriarcas —quizá recuerdas cuando te lo expliqué, y tú hiciste ver que te dormías de aburrimiento, hija—. ¿Aquí? El prematuro cadáver de otro fulano.

Todo me da vueltas. He conseguido sacar un par de folios y estoy garabateando sin pensar. Ya te lo había dicho, ¿verdad? A mi alrededor veo caras preocupadas que bajan a comer, y otras tantas de alivio. No sé cómo me veré yo; he ido al baño a mear y me he visto como siempre: con ojeras, con barba, y con demasiadas canas para los cuarenta y cinco… No me duele demasiado. La morfina ayuda. Hoy, ayuda.

Supongo que escribo esto porque quiero dejar algo de mí esencia aquí; algo que perdure unas horas, unos días, cuando yo me haya ido. El típico vídeo que le dejas a tus hijos para que vean al final de su adolescencia, para poder ayudarles a seguir adelante en este mundo de mierda; para mentirles, y decirles que todo estará bien, que podrán vivir felices, hacer lo que quieran. Pero ese vídeo no iba a llegar hasta ellos: por eso escribo, y le doy esta carta a un extraño. Mi mujer la tiraría a la basura antes de que me hayan metido en el nicho; o me encajarán en una tumba por absurdas creencias que jamás compartí, pese a mi deseo expreso de una rápida incineración. Da igual. Tampoco lo voy a ver.

Dicen que quien agoniza suele arrepentirse de cinco cosas cuando ya no hay vuelta atrás: de no vivir fiel a sí mismo, de trabajar demasiado, de perder el contacto con los amigos, de no expresar sus sentimientos y de no elegir felicidad. Algunos parecen estar indefectiblemente ligados a los otros, ¿no crees?

No es que me arrepienta de todo, pero se me ocurren demasiadas cosas. Me arrepiento de haber seguido con tu madre por vosotros, y haberos perjudicado con mi egoísmo y mi cobardía; de casarme, porque era lo que se tenía que hacer, y de contentarme con ese trabajo de mierda como profesor que nunca quise aceptar, creyéndome mejor que eso, y nunca jamás demostrándolo. También me arrepiento de que terceros monopolizaran mi vida, y de creer que esta sería larga y habría tiempo para todo. Recuerda siempre que vivir es una elección constante, y que nada es eterno más allá de los instantes perfectos que podemos conservar en la memoria.

Tampoco me gustaría que estas líneas sonaran en tu cabeza como consejos de un idealista que ya no tiene tiempo ni para soñar, ni para resignarse; sé muy bien que la vida es dura, que hay que hacer sacrificios, que no todos conseguimos nuestro trabajo soñado, ni a aquel chico o chica que es perfecto a cualquier distancia —ahora que me marcho, supongo que ya no tendré que preocuparme por los que te van detrás: ten cabeza para saber decir no también.

Hemos construido un mundo donde hay ricos y hay pobres, y ahí ya se percibe el primero de muchos problemas. Pero ni los malos humores, ni el sacrificio, ni las cosas que odiamos son tan malas si no nos traicionamos a nosotros mismos: si peleamos por lo que queremos, si vivimos como queremos, si somos consecuentes con nuestros anhelos y aspiraciones.

Por favor, no leas esta carta como el sueño de un moribundo. Léela como el deseo de un padre para que su hija —sus hijos, cuando tus hermanos tengan la edad suficiente— no cometa los mismos errores, para que aprenda a aprovechar su vida, sea corta como la de su padre o larguísima como seguro que será. Otros intentarán que te traiciones a ti misma, que te conformes, que no luches por todo aquello que deseas alcanzar, pero no lo hagas; recuerda que ese camino lleva a donde yo estoy ahora. Cada día es un regalo para perseguir tus sueños o para apartarte un poco más de ellos, así que elige bien, y no hagas demasiado caso a este mundo hipócrita que nos ha tocado vivir.

Vuelve a leer aquel libro de Kerouac que te regalé, y recuérdame en aquellas palabras que no definieron a tu padre, pero que ojalá lo hubieran hecho; aquellas que decían: «La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas.»

Te quiero, y espero tener el valor de decírtelo un centenar de veces cuando vuelva a casa. Al igual que tus hermanos, que no me entenderán, y a tu madre, quien no sé cuándo dejó de ser mi amiga, y la chica de la que me enamoré, y que siempre he esperado a que volviese, sin salir a buscarla. Si no es así, si no puedo hablar, perdóname esa última cobardía con esta carta.