Balandro de diez cañones

Balandro de diez cañones es el cuarto relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Se imaginó acariciando la arena de las playas de Port Royal. Allí donde las palmeras sujetaban, días atrás, el trinquete, el mayor, el mesana y el bauprés para facilitar el carenado de su embarcación. Tras el terremoto y el incendio de 1704, el gobernador se había largado a la ciudad de Spanish Town, y el comercio se trasladó a Kingston, pero él seguía siendo leal al primer puerto que conoció en el Nuevo Mundo. Mientras la Corona británica estuvo de su lado todo fue bien, pero la Compañía de las Indias, e incluso el rey, resultaban figuras difíciles de respetar desde el Caribe y, antes o después, Londres debía advertirlo.

Bajo el mando de Charles Vane, Jack Jones había prosperado, fornicado con todas las putas de Bahamas a Tortuga, y guardado lo suficiente como para adquirir un balandro de diez cañones, muy similar al comandado por Barbanegra hasta su captura y fin. Había hecho enemigos, ¿y quién no? El capitán del Bloody Boon pensaba en todo ello mientras sorbía una jarra de grog en el Sangre y Salitre, la taberna más antigua de Nassau. Aquella era la noche del fin del mundo en la Sodoma del mil setecientos, la noche del hostis humani generis; la noche en la que las noticias llegaron a la isla de Nueva Providencia, y, de allí, hasta la pequeña ciudad pirata que componía su centro neurálgico.

Alguien tomó asiento frente a él. Era una mujer, pero no cualquier mujer. Anne Bonny arrojó su sombrero de fieltro contra la mesa y dejó un papel apergaminado frente a él: una letra de cambio.

Anne Bonny (Black Sails)

—Ha llegado la hora —dijo entre dientes. —Pero tendrán que ser quinientas de a ocho.

Jack negó con la cabeza, y dio un trago a su copa. Bonny, quien no era precisamente conocida por su falta de temperamento, palmeó la mesa con ambas manos y se incorporó, maldiciendo entre dientes. La oferta era buena, pero Jack sabía hasta dónde podían tensar la cuerda con Calicó y Anne.

—Setecientas cincuenta piezas. Cien por adelantado —dijo.

Anne siseó algo ininteligible, y asintió. La taberna había quedado en silencio a su entrada, y Goodman, uno de los oficiales del Ranger, parecía visiblemente molesto tras el acuerdo; era mucho menos de lo que ella y Calicó estaban dispuestos a ofrecer al capitán Jones, pero ¿quién sabía eso excepto ellos? Tampoco se trataba exactamente del pago por el arrendamiento del balandro de Jones y su tripulación, compuesta por treinta y seis hombres, sino por la posibilidad de llegar a repartir a partes iguales el tesoro de Nuestra Señora de Atocha.

El mero pensamiento hizo que las cosas se tensasen, inmediatamente después de que la pirata desapareciese por las puertas de la bodega. Dos hombres de la antigua tripulación de Vane adelantaron sus pasos desde una de las esquinas hasta Goodman, chismorrearon unos minutos y cargaron contra la mesa de Jack.

—¿Qué tienes tú de valor si te colgamos de un mástil para que coman las gaviotas y nos quedamos con tu barco? —interrogó uno de los compañeros de Goodman, un tipo bajito y flaco con una gran cicatriz donde un día estuvo su ojo derecho.

—Sigue hablando así, y lo descubrirás cuando te arranque el ojo que te queda y me lo coma, sabandija —escupió Jones. —¡FUERA de mi vista, perros de mar!

Alrededor, los parroquianos se hicieron a un lado, comprendiendo, de inmediato, que esa no era su lucha. Goodman desenvainó un sable, pero el cuchillo corto del capitán llegó primero y consiguió clavar la mano de su agresor en la mesa de madera que había frente a ellos. Un alarido de dolor acompañó al golpe de jarra que asestó, de improviso, a uno de sus compañeros; este cayó al suelo con una ceja abierta de par en par. El tercero abrió fuego con su pistola, y alcanzó en un hombro a Jack, quien contuvo un chillido sordo y desenvainó su alfanje español para acometer un tajo certero en el cuello del tirador: cayó herido de muerte en el acto. En ese instante, se incorporó del suelo el primer atacante, y recibió un balazo de Bonny por la espalda, que había dado media vuelta al percibir el alboroto.

—¡Zorra engreída! —clamó Goodman, alcanzando un puñal que había en su pechera y embistiendo contra la irlandesa.

La pirata pateó un taburete que alcanzó la entrepierna del agresor, pero no consiguió detener su acometida; seguidamente, esquivó un par de estocadas, si bien no pudo evitar un profundo tajo en el cuello. Cuando Goodman volvió a abalanzarse contra Bonny, esta esquivó la estocada al estómago, y pateó con fuerza la entrepierna del pirata. A toda velocidad, se escabulló hacia uno de los lados, y atizó un golpe seco con la suela de la bota contra la rodilla de su asaltante, quien se derrumbó contra el suelo gritando de dolor. Una docena de cuchilladas en el pecho terminaron con su sufrimiento, pero la sangrienta Boon, siguió, y siguió…

***

Cayó el telón de la noche, y se abrió de nuevo, en rojo ardiente, para dar la bienvenida al día. Todos los asistentes pudieron ver los sonidos del mar, mientras el Bloody Boon y el Ranger, ya comandado por Jack Rackham, terminaban de cargar provisiones. El chirriar de las cuerdas de cáñamo y las cajas que se perdían al cruzar la silueta del navío, precedían la partida.

El capitán Jones miró hacia Calicó, que daba órdenes al contramaestre; al percibirlo, Anne le saludó a lo lejos, y Jack le devolvió una extraña mueca, producto del nerviosismo que esa mujer le producía. ¿Cómo explicar aquella atracción que había sentido siempre por ella? Y Calicó Jack lo sabía: su homónimo era un cabrón retorcido; por eso había por eso había mandado a Anne a entrevistarse con él… Hundido en el interior de ese ensimismamiento, Jones no advirtió cómo el cocinero chocaba contra él, derramando uno de los barriles de agua que cargaba con el Flaco Smith.

—¡Mis disculpas, capitán! —exclamó con toda la sinceridad de la que fue capaz de proveerse el cocinero. Jones gruñó, maldijo, y lo dejó pasar.

Black Sails (playa)

Finalmente, el Bloody Boon y el Ranger estaban listos para zarpar. Por alguna razón, Jack Jones echó una mano al bolsillo donde había guardado hasta entonces la letra de cambio y recordó unas palabras que había oído en Nassau durante su primera estancia: «Es curioso. Aquellos que más han hecho por provocar un motín, son siempre los más sorprendidos cuando este estalla». Empezaron a desanudar los cabos, y, en un instante, cayeron en la costa junto a sus hombres de confianza: William Abbot, John Abrahamson y Kipp “Bones” Cooper.

Jones suspiró, y encajó varios disparos de tres pistolas de chispa por la espalda. Calicó rio, y salió de escena, perdido en la sección del balandro que su antiguo capitán alcanzaba a ver desde el suelo. Anne se inclinó junto a él y le susurró algo al oído; después lo besó profundamente y lo miró con cierta tristeza en los ojos antes de dispararle un tiro en la sien. El capitán dejó caer la mano contra la tarima, y quedó inerte, mientras la sangrienta Bonny, Calicó Jack y el resto de la tripulación a la que habían convencido en el segundo acto partían hacia una nueva aventura.

Todavía se podían escuchar los sonidos del mar y una famosa canción dedicada al capitán Kidd cuando Jack Jones, Rackham y Bonny salieron junto al resto de los actores y figurantes a saludar al público del auditorio. El telón rojo subió y bajó varias veces, y los asistentes se deshicieron en aplausos en la vigésimo quinta representación de La muerte del capitán Jones.

Una muerte mecanografiada

‘Una muerte mecanografiada’ es el vigésimo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Lo habían hecho. Sin ninguna de aquellas entrometidas enredando, con sus insulsos «clic, clac, cluc» de serie. El encargo se encomendó solo a tres de los sujetos que traqueteaban a las afueras del vecindario: no era un barrio muy extenso, y allí, de un modo u otro, todos se conocían, así que lo mejor era intentar llevar el asunto con el máximo celo.

Fue un viernes noche, cuando el interventor de las grandes manos dormía, o había salido a tomar una cerveza entre amigos. Lo habían estudiado al detalle con anterioridad, diseñado con ternura incluso, con mimo, sin dejar nada al azar. Sería corto, breve, fulminante; un entrar y salir donde la conmoción y el asombro de la víctima jugarían un lugar fundamental en la misión.

Relato noir, como un crimen mal mecanografiado

Se encargó la tarea a tres individuos de dudosa fama: O., L., y el más esquivo de todos ellos, el señor Ñ. El montante se dividiría en dos: T., el mayor beneficiado del cambio de roles frente a la damnificada, había accedido a ofrecer unas merecidas vacaciones a los tres esbirros y, además, el mismo crimen les legaba a todos ellos un indiscutible desahogo. Entonces, ¿cómo imaginar lo que iba a suceder a continuación?

Mas la faena salió bien. Ella agonizó en el suelo, defenestrada a varios metros del escritorio, ofreciendo al mundo un último gemido, resquebrajada y moribunda; rota. Sin saber ni haber conseguido leer en el rostro de sus verdugos cómo alguien se había decidido a destruir todo lo que ellos eran juntos; el crimen quedaba en la familia, y ese era un infausto consuelo.

Tras el fratricidio, los ánimos se fueron calmando camino hasta Barra horizontal, entre la Quinta y la Sexta. Al llegar al vecindario, T. se negó a formalizar una justa retribución; confiado, no tardó en intentar cambiar los términos del acuerdo, algo que cabreó sobremanera a O., quién lo arrolló súbitamente, incrustándolo contra un vecino cercano que estaba allí detenido desde el inicio de la charla. Tres contra uno, y se unió al funesto destino de la anterior víctima en menos de lo que costaría escribir esta línea.

Cuando surgió la figura del celador de las grandes manos, ya había dos cadáveres. Él, sin concebir qué demonios había ocurrido allí, solo lanzó una demanda al aire:

—Y, ahora, ¿cómo cojones sigo escribiendo?

Llevarse un libro a la tumba

Llevarse un libro a la tumba es el sexto relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Entró, y se hizo el silencio. La sala enmudeció; el porcelánico del suelo brilló con dureza, y los hombres acercaron el cadáver hacia una ceremonia civil que el muerto jamás habría aceptado. El féretro descansaba en alto, apoyado en una estructura metálica a la que solo se le veían las patas. La bandera de la nación dormía sobre el ataúd por petición expresa de la familia, y ocultaba todo lo demás: huérfano de niño, atleta de juventud, militar de profesión. Pero la muerte no le llegó en el campo de batalla, sino a través de un cenicero, que recogía colillas, y más colillas, de tabaco rubio, que ennegrecieron durante cuatro décadas filtrándose en los bronquios.

El beso de la muerte (Cementerio del Pueblo Nuevo)

En la cafetería del tanatorio, José miró el café con leche de avena que le habían servido. La espuma giraba en el centro del líquido y adoptaba formas extrañas: un pez, una ballena, un rostro alargado, dos pulmones, un cerebro… Un viejo proverbio armenio dice: «Toma esta taza y que Dios la haga hablar». ¿Sería verdad?

Después, no ocurrió nada. La mayoría de los asistentes se excusaron, y los más allegados se dirigieron hacia el cementerio del Pueblo Nuevo en varios coches. Una vez allí, observaron sin demasiados prolegómenos cómo abrían un nicho, subían la caja y tapiaban el hueco con cemento, ayudándose de paleta y llana. A continuación, los dos operarios dieron el pésame a la familia y desaparecieron de la escena.

José se quedó allí, junto a sus hermanos, y su madre, y un pequeño séquito de familiares y amigos, que, en su mayoría, miraban incómodos una pared con decenas de cadáveres embutidos, y, ahora, uno más. Cada cual pasó su propio duelo, y se enfrentó a sus demonios con alcohol, lágrimas o ensoñaciones en tinta negra. Hubo quien se recluyó un poco más en sí mismo, y quien buscó consuelo en otras almas, en nuevos trabajos o en los viajes que aquel militar con cáncer nunca realizó.

A uno de los hijos, al que este breve relato presentaba en la cafetería, y, después, de pie, frente a la tumba de su padre, se le enquistó como un tumor la risa de su propio progenitor frente a sus anhelos, su búsqueda de pan entre las letras, su necesidad de escribir, de ser en otros, de sentir; textualmente.

No sería hasta muchos años más tarde, cuando alguien se apareció frente al nicho. El visitante, a quien las canas habían conquistado la tez, se acercó a la puerta de la sepultura e hizo aparecer una llave con la que abrir el acristalado. De allí, apartó unas flores muertas y, sin prisa, las lanzó contra una papelera cercana; del bolsillo de la gabardina extrajo un libro con su nombre, y también un bolígrafo, y no pudo evitar escribir una dedicatoria en el mismo. Esta solo decía: «Lo hice», pero, cuando lo dejó allí, tumbó el libro con la portada hacia abajo, para que nadie la leyese, ya que, quien debía hacerlo, no estaba, y quien no, no podría entender todo lo que dos palabras significaban. Se le ocurrió pensar en décadas de complicidad, de amistad, de enemistad, de gritos, de amor, de buenas relaciones, de malas relaciones, de dudas, y también de perdón; y luego, nunca más pensó tanto en ello, como una historia incompleta a la cual se ofreció el mejor final posible, y nada más.

Vida nueva

‘Vida nueva’ es el primer relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Sobre El Oso y el Madroño, a escasos metros de la intersección entre las calles del Sol y de Alcalá, la silueta de un ser, que son dos, se presenta a la noche. Se sostiene, casi sin fuerzas, asiendo con rabia uno de los balaustres para no caer contra el suelo, o peor. Escucha los cuartos, las campanadas, las felicitaciones de Año Nuevo, y, antes de volver al sombrío interior de la vivienda, sonríe al cielo nocturno de Madrid.

Hay un sofá de rayas blancas y beige contra el que se lanza de espaldas. Frente al mismo, la retransmisión televisiva se entremezcla con el bullicio y la fiesta que se escucha en la calle. Gritos de alegría para dar la bienvenida a un año más, y, entonces, solo entonces, cuando nuestra protagonista puede ser tenue partícipe de la felicidad que se respira, se echa a llorar desconsoladamente durante minutos que parecen arrastrar el recuerdo de los meses y los años.

Relato #1 - Puerta del Sol (Nochevieja; Año Nuevo)

Cuando no quedan lágrimas que derramar en el lino del mueble, se incorpora con dificultad y observa por un instante la mesa de comedor. Está vestida con un mantel navideño, y servilletas a juego, las copas para el agua, el vino y el champán resplandecen, y las veinticuatro uvas, ya preparadas, sin piel ni pepitas, coronan el centro de un reguero de platos: cabrito rebozado, jamón de jabugo, tortilla de patatas, timbal de marisco… A un lado, los platos sucios sin recoger de todo un banquete contrastan con el otro, donde ese pastel de mar no se ha movido un ápice del plato, y tampoco las chuletas rebozadas, ni la tortilla, ni el jamón.

El primer detalle que, más tarde, conmueve al detective encargado de la fase de planteamiento y ejecutiva son las copas de espumoso: una a medio vaciar, la otra todavía impoluta. Para rastrear el origen, volvemos a la habitación al paso de la medianoche; entonces, el champán sigue en el suelo, derramándose en la alfombra persa que se encuadra bajo la mesa de comedor. No muy lejos, el olor a fosgeno y ácido clorhídrico del cloroformo casero explica otro fragmento de esta historia que termina en Nochevieja, junto a la cuerda de nylon de la silla, y el paquete de bridas negras y la mordaza roja en la frontera del salón con la habitación de matrimonio.

En el suelo, boca arriba, el cuerpo inerte de un hombre corpulento de mediana edad duerme por siempre jamás. En su abdomen, se alojan tantas puñaladas como gritos y felicitaciones se han podido oír en la Puerta del Sol, y quizá más. Para ella, la indefensión y la fragilidad tampoco han supuesto un escollo. Esta vez, no.

Observa una última vez la escena, y se sirve una copa de champán, ya caliente, que sabe amarga, y también a victoria. En seguida se pierde en la habitación de matrimonio con cientos de fotos del hombre que ha yacido allí, y ahora yace donde realmente merece, y se exige no reparar por más tiempo en ese cuarto repleto de lágrimas, de gritos, de lubricantes, y dildos, y de una cámara profesional para encuadrar cualquier escena a imaginar. Solo abre el armario y se desnuda frente a un espejo de pie, examinándose todas y cada una de sus heridas: muchas no pueden verse, pero siguen ahí, y seguirán; coge uno de los deseos hechos tela que allí se ocultan, el de Lolita, y se cubre con dolorosos recuerdos una vez más.

Por último, acuna su abultado vientre con repulsión y clemencia por un hijo del odio y del martirio al que, se sepa o no, siempre mirará a los ojos con lacerante ambivalencia. Cierra la puerta tras de sí. Una tras otra. No sabe hacia dónde dirigirse, pero sigue caminando, más y más lejos de aquel piso, de los gritos, de la fiesta, de Madrid. En dirección a un año nuevo. A una vida nueva.

52 retos de escritura para 2017

Llevo un tiempo de mayor dedicación al ensayo que a la narrativa: ya lo sabéis; tengo un borrador de novela que os he mencionado (aquí), y que quiero empezar a mover cuando esté realmente completo —¡solo unos días más!—, estoy apuntado a varios cursos para renovarme por dentro y estoy entrenando muy duro para aprender a cortar cabezas con la katana cuando, al fin, llegue el holocausto zombi: por ahora, ya ha subido al poder Donald Trump.

En resumidas cuentas, que este va a ser un año de cambios (probablemente, en unas semanas me lanzo con un posgrado muy animal, y, además, sigo más empeñado que nunca en vivir de las letras), y, ¡qué demonios!, ¿por qué no intentar sacarme de la cabeza unas cuantas historias más aprovechando uno de esos típicos retos de escritura? Así, que esa es otra de mis propuestas de Año Nuevo.

Confieso que no sé si la idea surgió de mí, borracho, en fiestas, como propósito de Año Nuevo, o me aburrí de comer y beber, me senté en el ordenador, y me alcanzó el reto en cuestión. Sea como sea, capeando la resaca, continuó pareciéndome una buena idea, así que me agarré los machos, y seguí adelante con los 52 retos de escritura que proponía Rocío Molina.

Teo y Javier, leyendo


Son los siguientes:

  1. Escribe un relato que comience en un día de Año Nuevo.
  2. Describe una escena sensual con una pareja que termina desnuda en la barra de un bar.
  3. Imagina que eres un superhéroe con una gran fobia a la oscuridad, escribe un relato de superación.
  4. Escribe una historia en la que salves la situación con un mayúsculo deus ex machina.
  5. Usa la frase: “En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos” para hacer una composición creativa.
  6. Describe una escena de un relato pensando en una fecha significativa para ti y traslada esas emociones a tus personajes.
  7. Da voz a los recuerdos y ofrece una solución en forma de historia para un personaje que pierde la memoria cada día.
  8. Usa una escena romántica de una película que sea reconocida y dale un giro sorprendente para cambiar totalmente esa historia.
  9. Escribe un relato que integre las palabras ‘luz’ y ‘cuadro’ como elementos relevantes del argumento.
  10. Haz una historia con un protagonista que evoque tu niñez.
  11. Inventa un cuento con dos objetos a los que dotas de vida.
  12. Combina estos tres personajes a modo de secundarios: ‘el hombre de hojalata’, ‘un dragón enamorado’ y un ‘ogro’ para hacer con ellos una narración fantástica.
  13. Escribe un relato inspirado en una noticia que hayas leído esta semana.
  14. Describe una historia cuyo punto de partida comience con el final de toda la trama. La idea es que tomando el desenlace como inicio hagas un recordatorio de cómo se ha llegado a esa situación.
  15. ¡Cambia el devenir de los hechos! Elige un momento histórico clave y construye una realidad totalmente diferente, ¿qué hubiera sucedido si…? Practica sin miedo toda tu destreza con la descripción.
  16. Crea un relato que gire en torno a una cuenta atrás.
  17. Describe tu día a día como si fueras un zombi.
  18. Cambio de roles. Elige una novela e intercambia los papeles de los personajes principales con los secundarios para crear una nueva ficción.
  19. Escribe un relato cuyo personaje atormentado solo vea el suicidio como solución.
  20. Realiza un texto en el que no aparezca en ningún momento la letra ‘p’.
  21. Crea un relato cargado de sarcasmo para describir la escena de unos recién casados que organizan una cita con los amigos para ver en conjunto todo su reportaje de boda incluyendo también la luna de miel…
  22. Escribe una historia de terror cuyo contexto se enmarque en un manicomio.
  23. Comienza un relato con: “Nada, no le queda nada”.
  24. Con el último objeto que veas o utilices a lo largo del día, inventa una historia.
  25. Utiliza toda tu creatividad para describir de forma cómica un relato de una visita a la peluquería con final dramático.
  26. Escribe una historia en la que retrocedas al pasado y seas tú el protagonista.
  27. Inventa un relato con una mujer como heroína y su camino hasta llegar a serlo.
  28. Escoge tus tres libros favoritos y utiliza la primera palabra de cada título para hacer un relato en el que las integres.
  29. Escribe una historia de un personaje con miedo al amor.
  30. Describe en un relato con un personaje inventado una situación que te ponga de los nervios.
  31. Escribe una historia que incluya las palabras: “billete”, “magia” y “sordo”.
  32. Piensa en alguien a quien echas de menos y ya no está para recrear un relato cargado de emoción.
  33. Realiza una historia que tenga lugar en el fondo del mar.
  34. Escribe un relato de un animal como protagonista que actúa de narrador contando las costumbres raras que tienen los humanos.
  35. Utiliza tres clichés de la ficción para hacer un escrito con ellos.
  36. Haz una historia que tenga al final una frase moralizante a modo de fábula.
  37. Escribe un relato en el que los personajes se conozcan a través de las redes sociales y se desarrolle en este medio toda la trama.
  38. Documéntate si es preciso para hacer una descripción al detalle de un personaje que sufre una determinada adicción.
  39. Desarrolla un relato en forma de carta.
  40. Utiliza un refrán integrado en un texto creativo.
  41. Escribe una historia con lo que haría un personaje que sabe que le queda una semana de vida.
  42. Atrévete a ser infiel en un relato y describe al detalle las sensaciones de los personajes.
  43. Convierte a tu personaje en un asesino. Trabaja la coartada con esmero y cuida de no dejar pistas… Todo ello sobre el papel.
  44. Escribe con sinceridad retomando una historia que te podía haber pasado, pero en su lugar escogiste otro camino.
  45. Crea un relato que contenga una escena en la ducha.
  46. Utilicemos la fantasía e imaginación. Inventa una historia en la que se mezcle en algún momento un smartphone con un neandertal.
  47. Escribe un cuento de princesas, pero dale un vuelco radical a algunos de sus tópicos.
  48. Describe los pensamientos y sensaciones de un personaje que está en coma.
  49. Crea una ficción a partir de una fiesta o celebración propia de tu municipio/ciudad/país.
  50. Escribe un relato sobre la amistad entre un hombre y un animal.
  51. Escribe un relato en el que un personaje intenta comunicarse con un ser de otro planeta.
  52. Describe una situación cómica que transcurra en el último día del año.

Pintarse las sonrisas

La niña surgió entre las calles del casco viejo como una exhalación. Alrededor, una decena de hombres vieron cómo permitía que un par de lágrimas la venciesen antes de desaparecer en dirección al mercado central. Tras ella, alguien disfrazado de payaso blandía un hacha y acariciaba suavemente la cuchilla. Ante la mirada estupefacta de los viandantes, soltó una débil carcajada y se perdió en el oscuro laberinto de calles que había expulsado a la pequeña.

Días después, la prensa internacional se inundó —en papel, y también en digital— de este tipo de sucesos. Payasos maléficos siembran el caos en una decena de ciudades francesas, podía leerse. Los payasos siniestros se inspiran en los vídeos de DM Pranks. Psicosis con los payasos en Estados Unidos: el escritor Stephen King ha dicho que… La moda de los payasos llega a España con el próximo Gijón Clown.

Payasos (vídeos DM Pranks)

—Los embajadores de la alegría, la COAI, Clowns of America International, dicen que la culpa de todo esto es de una serie de terror que está de moda —explica un hombre de pelo cano vestido de militar. Su mujer asiente, acariciando suavemente el pelo a la niña de las dos lágrimas.

A continuación, un hombre se acerca a la mesa. Pregunta si la pequeña quiere una figura hecha con globos. La niña pone los ojos como platos, salta de la silla y echa a correr lejos de la escena. Su padre se lleva instintivamente la mano hacia el muslo y grita palabras que mueren contra el laberinto de calles que les rodea.

Una niña de nueve años. Una niña de nueve años sola al atardecer, y problemas. Esta vez, aparecen con el fulgor rojizo del REC de una cámara semiprofesional y muy pocos escrúpulos. En escena, el payaso carga el hacha entre sus manos y camina tras ella; ella emite un grito ahogado y corre. Corre muy rápido, y cuanto más rápido corre la joven, más rápido se mueve el payaso. Cuantos más nervios impregnan las pequeñas calles vacías del centro histórico, más gritos, y más carcajadas, y quejidos, suben por las paredes.

Al pasar de los minutos, la niña encuentra  abierta la puerta de un edificio, y se lanza contra el interior. La niña no tiene tiempo de despistar a su perseguidor. La niña ve una máscara que se presenta entre las grietas de la entrada. La niña empuja la puerta resquebrajada con todas sus fuerzas.

Payaso Wasco (California)

Al otro lado, los rizos pelirrojos del payaso golpean la madera creando una armonía rítmica. Encerrada en el portal, busca posibles salidas: el edificio, a medio derruir; el edificio, sin electricidad, ni ascensor; solo un hueco oscuro y un entramado de cables amenazantes; las escaleras apenas son un recuerdo, cuyo único superviviente es un incierto camino hacia el sótano.

Entonces, echa a correr hacia la oscuridad. Mientras, el payaso abre la puerta sumergido en la misma melodía de golpes cadenciosos. Ella mira hacia la puerta: él ya no corre, solo arrastra los pies; los pasos se extienden por el suelo y una espiración entrecortada repta bajo la máscara. Se detiene. Golpea el hacha contra el suelo. No parece muy pesada, ni sólida, pero la joven jamás percibe eso.

Otra figura brota de la oscuridad del sótano un segundo antes de que la niña se lance a la carrera. Otro ser siniestro disfrazado de payaso. Su máscara es todavía más terrorífica: enseña los dientes, y unos grandes colmillos, y, por un instante más, se halla repleta de alguna sustancia que imitaba la sangre y acompañaba la caracterización que completa una motosierra Husqvarna de gasolina.

Aparece también el hombre de la cámara, otro Vértov prostituido al servicio de YouTube. Esta vez, la niña no llora. Solo coge una pequeña Walter PPK 380 del bolsillo de su chaqueta blanca y destroza la cara del payaso del sótano. Tiembla. El primer payaso se detiene, en seco. La imagen se congela, dentro y fuera de la cámara; la niña mira, inexpresiva, y el payaso deja caer el hacha; suena como el plástico, y, a continuación, como el plomo deformándose contra la carne.

El payaso cae al suelo, con una herida en el estómago; la niña corre hacia el exterior, y mira incrédula a ese devoto de un deformado cinéma vérité. La trama avanza, de improviso, con dos golpes más del percutor contra el fulminante. El primero, destroza la mano del Vértov; el segundo, atraviesa limpiamente el esternón.

Una voz dice:

—¿Por qué estos chicos tan dulces tienen que pintarse las sonrisas?

It (Stephen King)

El cielo está gris

A veces miro mis manos y me doy cuenta de que podría haber sido un gran pianista o algo así. Pero, ¿qué han hecho mis manos? Rascarme las pelotas, firmar cheques, atar zapatos, tirar de la cadena de los inodoros, etcétera. He desaprovechado mis manos. Y mi mente.

Pulp, de Charles Bukowski

No sé por qué me levanto.

El cielo está gris.

Los perros no tienen ganas de moverse de la habitación.

Los clientes no me pagan. O me pagan, tarde, y de malas maneras. Como haciéndome un favor, tras gastar el poco dinero que entra en casa en burofaxes, y en correos electrónicos, y en tiempo. Lo último pica más que lo primero.

Tampoco me apasiona mi trabajo como antes. ¿Lo hizo alguna vez? Ya hace un par de años de todo aquello; de que percibiese un cambio, y enmudeciese. Hoy, las cosas van bien, pero la chispa que hubo, terminó por desaparecer.

Sí, ya sé que he dicho que los clientes no pagan, pero exagero; siempre exagero. Claro que pagan, los clientes siempre pagan: por eso son clientes; pagan tarde, y mal, y se necesita más que eso para mover el culo a una mesa de oficina durante treinta y cinco años más.

bukowski

No importa. Yo quería escribir libros, no artículos sobre belleza, negocios o comida enlatada. Solo era el homólogo a trabajar como mozo de almacén sin romperme demasiado las pelotas, de reconducir una carrera hacia lo más cerca del statu quo como fuera posible en este país de autónomos cobardes, inseguros, imbéciles y explotados, como yo. Y, poco a poco, renuncié; renuncié a ese pago por viajar al espacio exterior, [por] hacer experimentos con químicos y fórmulas, [por] curar animales o personas, [o] escribir historias que anhelamos que sean verídicas, pintar, dibujar. Por crecer; cuando crecer significa olvidarte de lo que soñabas.

Y un día también recordé todo esto: a todos nos lleva un tiempo. Antes de escribir esas líneas, Bukowski estuvo quince años repartiendo cartas; Palahniuk limpiaba los restos de comida que le daba la gente con suficiente dinero para comprar su tiempo en un restaurante; ¿y Kurt Vonnegut? Kurt Vonnegut vendía coches Saab. Ni Mercedes, ni Opel, ni Ford siquiera: Saab. Hechos con las sobras de aviones suecos.

Después, todo es más sencillo.

Bukowski (portada italiana, compagno di sbronze, de Emiliano Ponzi)

El cielo está gris. Pero qué coño: el cielo siempre está gris en un momento u otro. Hasta que se largan las nubes, hasta que clarea, o sale un sol de mil demonios, y puedes salir a trabajar con las manos, a pasear a los perros, o a mirar a las chicas jóvenes y contagiarte, por un instante, de cierta inocencia que nunca dura.

Y detrás quedan las frases motivacionales para los lunes, y la seguridad económica, y lo que se tiene que hacer; yo prefiero llenar mi espíritu, y ser optimista mientras quede algo de dinero en el banco. Al fin y al cabo, ya está ahí: de un modo u otro, ya te lo han robado para traficar con armas, subir el precio del barril de petróleo o joder un poco más el mundo, y esa certeza siempre tranquiliza.

¿El siguiente paso? Eso es lo difícil: saltar de la palabra a la acción. Pero, por otra parte, solo se trata de poner un pie delante del otro. Cuando te quieres dar cuenta, ya has empezado a andar de nuevo, ¿y para qué mirar atrás? Los almacenes, el servicio postal y los platos sucios van a seguir ahí si nos jode la literatura.

Caminar dentro de un gallinero

La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas.

Jack Kerouac

Ojalá pudiésemos volver atrás y visitar, de nuevo, algunos instantes de nuestras vidas. Hacerlo de un modo real. Recordando exactamente cómo olía su pelo la primera vez que la besaste, o cómo te sentiste, por un segundo, aterrado, muerto de miedo, en la otra punta del mundo, rodeado de gallinas que picoteaban maíz y cortezas de sandía. Cuando, de niño, discutían tus padres, apasionadamente, y todo era un auténtico vórtice de desconcierto; o desaparecían los mayores y mirabas hacia arriba sin entender por qué el resto fijaba la vista bajo sus pies.

Una de las condenas más trágicas del ser humano es poder evocar habiendo olvidado tanto; y ni tan siquiera contar con la necesidad. Estar programados para rellenar esos huecos, para inventar, para hallar una solución cómoda y sencilla frente al olvido.

Gallinas en MallorcaSi la hipertimesia es un castigo inmerecido, la forma en la que se adormece nuestra psique minuto a minuto no es un camino de rosas. Alrededor, todo cambia; tú cambias. La crisis de los treinta, de los cuarenta, de los sesenta, es el olvido de tu yo, de quién eras, y de la culpa intrínseca que recae en cada uno de nosotros.

Al menos, de esto último, estoy convencido. Por eso camino, aunque a veces tenga que hacerlo solo. Quiero ser uno de esos escritores caminantes sobre los que leí: Breton, Thoreau, Sebald, Kerouac… Reencontrarme con las historias que me componen en soledad; criticar, plantear, razonar y discrepar a cada paso; voltear mis propios argumentos contra mí, e incluso olvidar todo por un instante.

Al visitar Mallorca, recordé todo esto frente a otro gallinero, no el americano que encabeza estas líneas, sino aquel que vi diariamente durante tres años, y que, a menudo, fue mi refugio al volver de caminar, o al buscar un momento de destierro dentro de mi propio retiro. Después, alguno de los perros se coló por debajo del enrejado y me mató a las gallinas, y fue un duro golpe.

Pensé, no obstante, en la fábula del escorpión y la rana, y percibí también hasta dónde alcanzaba mi error al haber leído mal la naturaleza de los perros, de los gatos, de las gallinas, e incluso de mí mismo. Entonces, recogí sus cuerpos, y los llevé hasta el contenedor que había en la entrada del pueblo, yo solo; me senté otra vez en el gallinero, vacío, y lloré por entender un poco mejor todo aquello que nos rodea.

La vida de un Pokémon

Apareció frente a la ventana del despacho. Fuera. Donde el encalado de la pared se asemeja a la silueta de un hombre con barba y, una vez nos dimos cuenta, ya nunca pudimos dejar de verla. Era un Bulbasaur, mitad animal, mitad planta. Sonreía, como todos los Pokémon; así que le lancé una pokeball y lo atrapé antes de que se escapase por las montañas que rodean mi nueva casa.

Después, me aburrí. Sin saberlo, ese Pokémon nunca evolucionaría ni conocería mundo junto a mí. No podía competir con mis perros, que me tiran babas, saben ser mucho más pesados que una notificación en el teléfono y ya me obligan a caminar bastante. Allí quedó el Bulbasaur, en algún rincón de la memoria SSD; oculto del mundo, prisionero de mi propio egoísmo, solo.

Bulbasaur (pokémon)

Mientras el resto se volvían locos jugando a Pokémon Go mucho más tiempo del que dedicaban a Facebook, Twitter o Snapchat, yo dejé a ese Bulbasaur que paseaba por mi jardín encerrado en mi dispositivo, y me fui a seguir viviendo al margen de esa acción. Ese era el único Pokémon que registró mi Pokédex en el smartphone; ni un Rattata, ni un Pidgeot… Ni uno más.

Abrí la aplicación, capturé a ese bicho, y me aburrí. Después, sin relación aparente, los árboles de alrededor de mi casa empezaron a secarse; al principio pensé que se trataba de algo que ya estaba ocurriendo y no había reparado en ello; pero, de nuevo, el móvil tenía una respuesta mejor: fotografías de los exteriores antes de la mudanza. En estas, los árboles estaban llenos de verde, el tronco resplandecía, y casi podías imaginar cómo la savia circulaba por los vasos conductores en su interior. Ahora, los árboles y las plantas parecían enfermar y secarse uno tras otro, pudriéndose, resquebrajándose desde la raíz…

También tenía trece notificaciones en Pokémon Go. Todas decían Vuelve. Todas decían ¿Te has olvidado de mí? Todas decían ¿Dónde te has ido? Estoy solo aquí. Y abrí la aplicación.

Bulbasaur llorando

En la pantalla podía verse al mismo Bulbasaur que atrapé. Miraba hacia delante, cabizbajo, moviendo dos largas cepas verdes que salían de su espalda para combatir el aburrimiento; parecía débil, hasta que percibió que se había cargado la aplicación; entonces, su cara brilló por un instante, hasta que volvió a ser consciente, una vez más, de mi abandono.

Fijé mi vista en la pantalla, que detectaba los alrededores y mostraba un mapa con localizador GPS; marcaba lugares de interés y similares, creo, pero yo no podía apartar la imagen de ese Bulbasaur herido de mis ojos. Así que empecé a caminar; al abrir la verja exterior de la casa, los perros me ladraron: les hice un ademán para que me acompañasen; paseamos los cinco —los perros, el Bulbasaur y yo— y, a medida que lo hacía, parecía recuperarse: no eran heridas infringidas en combate, pues no me gustaba eso de hacer combatir a los Pokémon, y tampoco había tenido tiempo, sino más bien de tristeza, de haber sido olvidado en un rincón demasiado rápido, solo por ser virtual, apilable, lo que sea.

A la vuelta, los árboles se habían recuperado. El verde volvía a ocupar todo el follaje, y advertí que el Pokémon parecía feliz de haber paseado con nosotros. Ahora conocía la verdad: eran unos yonquis del fitness, de la compañía, de la batería de mi smartphone, que podía empezar a acostumbrarse a estar bajo mínimos.

Seguí haciendo lo mismo durante varios días. Los perros se alegraban de ver el móvil en mis manos, o quizá a ese Bulbasaur que vivía entre el mundo virtual y el real; yo seguía caminando y caminando, angustiado por la conexión entre el Pokémon y mi jardín; sabiendo que tendría que cuidarle mientras quisiera que nadie más conociese mi horrible secreto: había encarcelado a un Bulbasaur y lo había abandonado a su suerte; ahora, estaba pagando por mis pecados, y aún sería peor si alguien más se enteraba. La vergüenza sería completa: tanto para aquellos que solo verían a un freak que caminaba para tener feliz a su Tamagochi evolucionado como para los verdaderos fans de la saga, que podrían acusarme de maltrato, de abandono o, peor aún, de ser un nefasto entrenador Pokémon.

Squirtle y Bulbasaur

Por las noches, cuando mi mujer se dormía, le explicaba al Bulbasaur que no podía jugar con él, que ya tenía perros y gatos, y que debía trabajar, y escribir, e intentar hacer algo con mi vida. Él solo me miraba, sin comprender, a sabiendas de que, ahora que Pokémon Go formaba parte de nuestras vidas, ¿quién iba a querer seguir viviendo en el mundo real?

Noche tras noche, bajo la atenta mirada de los perros —que todo lo perdonan, incluso la desatención activa o la necesidad de compartir su tiempo con un Bulbasaur—, conseguí hacerle entender que debía buscar a otra persona, y yo le ayudaría a ello. Lo enviaría con uno de mis amigos que jugaban a Pokémon Go. Le daría una vida mejor junto a otra persona. Y, entonces, justo en ese momento, antes de subir al coche y conducir hacia Barcelona para dar en adopción a mi Bulbasaur, ocurrió lo peor que podía suceder: frente a mí, apareció un Pikachu.

Pikachu (pokémon)

Todo comenzó en Nueva York

Todo comenzó en Nueva York.

Nueva York es una ciudad fría. Un lugar de corazones templados y asépticos al sur de Manhattan y demasiados rostros como para creer en una definición coherente para la masa. Sin embargo, al aterrizar en Queens recordaba la descripción vibrante que semanas atrás alguien hizo de ella: una piedra de energía que reverberaba bajo nuestros pies y nos hacía creer que, en ese instante, estábamos en el centro del universo, había dicho; y una mierda. Yo me disponía a crear mi propia imagen de ella.

Días más tarde, cuando quise darme cuenta, despegábamos hacia Chicago y, por unos instantes, recuperé la misma sensación agridulce que me había acompañado entre las muchas caras de la Ciudad Imperial: la Estatua de la Libertad, los restos de Little Italy devorados por las caóticas calles de Chinatown, el Village mirando al Hudson, el Museo Metropolitano, las zonas de moda que poco nos ofrecían, como el SoHo o TriBeCa, y también las de guerra cuyas ascuas se han terminado por diluir: South Bronx, Bed-Stuy Queensbridge… Allí, donde las deportivas fueron una tumba en lo alto de un cable eléctrico y hoy poco hay más que el hombre del saco con el que cada uno viaja.

Dicho esto, por esta vez intentaré empezar por el principio. Así que, antes de continuar, queda por anunciar que el viaje a la Gran Manzana nos llevó siete días. Aterrizamos en el JFK un miércoles a mediodía, enlatados en un Boeing 747 de Aeroflot y escapamos un jueves, a primera hora; primero, por tierra, desde Harlem; más tarde, por aire, dejando LaGuardia, Queens y Nueva York muy, muy atrás.

Para ahorrar en los billetes, meses antes habíamos decidido hacer escala en Moscú, lo que veinte horas después de abandonar suelo español me parecía de todo menos una buena idea. Ya en tierra, el ascenso hacia el norte de Harlem fue caótico, aunque no excesivamente complicado; sumergidos en una maraña de calles, líneas de tren y carreteras a través de las que se movían veintidós millones de personas.

Vista de Central Park en un día nevado
Vista de Central Park en un día de nieve

Demasiadas para recorrerlas a pie. Demasiadas para verlas en una vida. Repletas de microhistorias que componen, una junto a la otra, el verdadero significado detrás de todo tipo de significantes; la sorpresa de reencontrar un inesperado relato repleto de inmigrantes rusos en Coney Island —la cual solo recordaba por aquel balazo cinematográfico al asociado de la familia Tattaglia y por su parque de atracciones—, de miles de judíos ortodoxos al norte de Brooklyn, de un jazz primigenio que no conseguí escuchar en Queens y de un zoo en el Bronx que me negué a visitar.

Alice in Wonderland (Alicia en el país de las maravillas), en Central Park
Conjunto escultórico que homenajea el trabajo de Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas. Eh… Esto… ¡Que les corten la cabeza!

Contrastes que hoy ya se escapan por la distancia y el tiempo, pero que me dejaron intuir que debajo de los rascacielos y las promesas que el toro de Wall Street lanzaba al aire, hay tanto individualismo y mediocridad en la Gran Manzana como belleza y funcionalidad. Quizá por ello me costó tanto escribir siquiera unas breves notas durante los primeros días; todo era nuevo y diferente a cualquier ciudad europea, y se mantenía de algún modo oculto esperándonos para levantar el velo de las zonas más asombrosas de Central Park, Greenwich Village o el Financial District, y las más vulgares del Lower East Side —en especial, el paseo marítimo bajo el tren con todo tipo de cargueros bailando a lo largo del río de nombre mediocre—, pero también extremadamente práctico, como hormigas que no sabrían decir si construyen un skyline para acercarse a Dios o una cárcel para volverse presos de sus propias ideas.

9/11 Memorial (NYC)
9/11 Memorial en el Financial District de Nueva York para homanejear a las víctimas de los ataques del 11 de septiembre.

Por eso escogimos la W 135th de Harlem[1]; por eso y porque no teníamos mucho dinero, claro; por eso y porque los hoteles son asombrosamente caros en toda Nueva York, aunque no tanto como en San Francisco, como descubriríamos semanas más tarde; por eso y porque, como su propio nombre indica, es un barrio de contrastes donde tras cada esquina no sabes si encontrarás un directo de Aretha Franklin en el Apollo Theater o un bulevar repleto de casas de verano holandesas de 200 años de antigüedad.

Museo de Historia Natural de Nueva York
Museo de Historia Natural de Nueva York en la 79th St.

Allí las avenidas cambian de nombre, rebautizadas para homenajear a verdaderos líderes de época, de Martin Luther King a Frederick Douglas; de Malcolm X a Adam Clayton Powell Jr. Y no hay que olvidar que ese es el verdadero poder de esa gente, y eso es algo digno de respeto. Algo de lo que cualquiera puede aprender unas cuantas cosas. Además, muchos mapas turísticos terminan en el Uptown, en la calle 110, lo que (para nosotros, al menos) supuso motivo suficiente para escalar hasta uno de los retazos de la verdadera ciudad.

5 de marzo de 2016 

Para ordenar mis ideas y los trayectos de norte a sur de Manhattan, hemos recogido un mapa cualquiera y planeado el siguiente paso desde el primer minuto de este sábado. ¡Qué idea tan impensable una vez te adentras en el Midtown!

Hoy bajamos en SoHo, y de nuevo comprobé cómo Nueva York puede sorprenderte con lo mejor y lo peor a una manzana de distancia. El barrio todavía no había despertado, aunque los escaparates de algunas galerías de arte fueron suficiente para atraernos con propuestas agresivas, rompedoras y, probablemente, mucho menos reconocidas de lo que imaginamos (o no). 

Deslizándonos, en seguida, hacia un expreso entre los colores italianos en fachadas y comercios, Little Italy se abrió a nuestro paso. Un ya eterno lo que fue que se recuerda entre acrónimos a su alrededor. Por el contrario, Chinatown se diluye entre bloques y avenidas a su paso, con un bullicio y cierta excentricidad que, sin tener la seguridad ni el modo de comprobarlo, estoy seguro que Woody Allen debió usar como escenario en algunas de sus películas.

También caminé entre Two Bridges por varias horas y hacia el norte, donde encontramos un barrio residencial ucraniano y perdimos la pista del museo local mientras Laura buscaba el Kat’z Deli de Cuando Harry encontró a Sally con mayor éxito. Persiguiendo su estela, terminé la mañana descendiendo hacia el extremo sureste de la isla y esquivando cagadas de gaviota a través de una vista nada bucólica bajo el tren y frente al East River.

A mediodía, para recuperar el ritmo, decidimos cruzar el río a pie a través del puente de Brooklyn, que nunca imaginé como un espacio tan inconmensurablemente turístico pero que, sobre todo, no creí que fuese a abrirme tanto los ojos. Al ver alejarse Manhattan tras de mí, he pensado: Nueva York esconde buena parte de su carácter entre colosos de acero. (Qué jodidamente pedante, lo sé.) A medio camino, nos hemos detenido encima del río para ver el Empire State Building y el corazón del distrito financiero; al otro lado, una imagen mucho más real, cercana y quizá importante de lo que verdaderamente es la ciudad. De su verdadera extensión y de su esencia, que se impregna en todas direcciones con edificios más humanos en Brooklyn, Queens o el Bronx.

Volviendo hacia Harlem, hemos cerrado dos cuentas pendientes: el Apollo, el de verdad, el de Jackson y Fitzgerald, el de Louis Armstrong, el de la era del swing, del jazz, del góspel, y el que Hendrix hizo arder. También las casas de Harlem, las residencias holandesas entre Adam Powell y Malcolm X, y mucho más arriba, hasta Fort Tryon Park; nos negábamos a ajustarnos a Times Square donde ya quedan fijos demasiados ojos: hoy lo queríamos todo.

Tras el primer día, que dedicamos a familiarizarnos con Harlem y a una mínima parte del Upper East Side, escribí algunas notas en la misma libreta que habíamos reservado para programar el viaje y apuntar cuestiones de interés, gastos y todo tipo de ideas que salían a nuestro paso. Me pareció más que suficiente y un recordatorio importante para nosotros mismos, pues me negaba a admitir que la funcionalidad fuese tan contraria a nuestro espíritu como me habían hecho creer las primeras horas que habíamos pasado con la gente de Nueva York. Después, no sé cuándo, descubrí que no eran más que los valores de la fórmula; una composición que, en todas partes, se permite variar los trazos que la componen.

The High Line (NYC)
The High Line, una antigua vía de tren reconvertida en paseo.

Según esas mismas líneas escritas con letra rápida y constantemente emborronadas, el día siguiente fuimos a Central Park. Nevó. Nevó desde primera hora de la mañana hasta la tarde, pero lo consideramos un verdadero regalo y no lo contrario, y ni el frío ni la nieve que cuajó por tres días nos impidió visitar de punta a punta el parque en casi total soledad.

El cinco de marzo vimos SoHo (South of Houston Street), Little Italy —tan pequeña hoy que solo pervive gracias a unos pocos comercios, algunas bocas de incendio y banderas tricolor y todo aquello que fue y que NoLita y Chinatown se encargan de recordar que ya no es. A mediodía, paseamos a través de un pequeño retazo de Brooklyn en Williamsburg, famoso por el gran número de judíos que profesan el jasidismo, una corriente ultraortodoxa de las pocas que todavía hablan yidis como lengua materna.

Times Square (NYC)
Times Square con menos gente de lo habitual. ¿Escalofriante, verdad?

Al Midtown Manhattan le reservamos todo un día, que empezó entre dos enormes catedrales que palidecían a causa de los edificios colindantes y terminó con un paseo por The High Line, una antigua línea de tren reconvertida en jardín flotante y mirador en el barrio de Chelsea.

6 de marzo de 2016

Hoy he visto una cara muy distinta de esta ciudad e, irónicamente, es la que suele ver todo aquel que viene: el Upper East Side, el Lower East Side, Columbus Cyrcle, Rockefeller Center, el Edificio Chrysler, el Empire State Building, y mucho más.

Colón también me ha hecho recordar con un café demasiado largo entre las manos que hay otro mundo que nos espera más allá del Atlántico. De algún modo, es curioso que, para todo aquello, tengamos que alcanzar el Pacífico, para lo que falta casi un mes y miles de kilómetros de distancia.

Al atardecer, entre Chelsea y el West Village me he sentido afortunado de poder contemplar la luz que se refleja en el Hudson con los ojos menos cansados que muchos otros que pisaban los raíles del antiguo High Line. También he notado cierta comodidad, más de la que esperaba, como si pudiese imaginar una vida (u otra) en este país; por un segundo, auguré que eso sería la mejor forma de aprender inglés, pero también de huir de todo aquello que no es perfecto o estamos cansados de oír cómo se nos promete en España. Quizá lo que los ciudadanos escuchan aquí también sean mentiras, pero al menos serían otras mentiras.

A medio camino entre llegar y dejar la ciudad de nueva York y ponernos en marcha hacia el inicio de la ruta, creo que acerté plenamente al visitar junto a Laura Harlem, Brooklyn o el South Bronx antes de acercarnos hasta ubicaciones más reconocidas. Mañana terminamos esta otra etapa del viaje, entre el distrito financiero y la Estatua de la Libertad, que prefiero ver a lo lejos, como solían hacer millones de emigrantes en busca de un futuro mejor, o por lo menos distinto. 

Para pasado mañana reservo fuerzas, no quiero pensarlo; no quiero pensar más de la cuenta; no sé qué nos espera, y esa es una de las mejores sensaciones que puedo imaginar, porque hemos empezado a caminar al ritmo de esta ciudad, del país que define, y estoy seguro de que nadie podrá pararnos, no hasta alcanzar el oeste.

Veinticuatro horas más tarde, caminábamos a lo largo de Greenwich Village hacia TriBeCa —que viene de la contracción Triangle Below Canal Street que hace referencia a la forma triangular o trapezoidal del barrio en sí—; terminamos la ruta en el Distrito Financiero, entre las fuentes dedicadas a las víctimas de aquel 11 de septiembre que siempre me resultó tan irreal, tan difícil de creer, tan espeluznante, perdidos entre el famoso Charging Bull de bronce y el National Museum of the American Indian. Solo quedaba coger un ferry a la Estatua de la Libertad, pero no lo hicimos; lo intercambiamos por una vista más cercana a la de los inmigrantes de principios de siglo que se detenían en Ellis Island a través del trayecto de Manhattan a Staten Island.

Wall Street, Financial District (NYC)
La famosa estatua del hombre con el maletín (titulada Double Check, de Seward Johnson) y un servidor en Wall Street.

Ahorramos unos cuantos dólares (más de los que imaginé por el coste medio de asistir a esa escena dentro del imaginario colectivo de la Libertad iluminando al mundo), pero también dejé una espina clavada y una cosa más por hacer si vuelvo a pisar tierra estadounidense. A la vuelta, caminamos por Battery Park y cogimos el metro; los cinco días de caminatas constantes empezaban a pasarnos factura.

7 de marzo de 2016

Hoy tengo poco que añadir. La semana ya casi ha llegado a su fin —la semana en Nueva York—; nos queda el martes y el miércoles para terminar de disfrutar de lo poco que nos hemos dejado por ver de Manhattan. Esta mañana hemos recorrido TriBeCa desde más allá de Chelsea y, ya sumergidos en el Distrito Financiero, reservado un par de horas al memorial que recuerda los atentados del 11 de septiembre (9/11 Memorial).

Allí hay algo verdaderamente americano, algo que explica muy bien parte del carácter de esta gente: donde hubo dos rascacielos han levantado una decena en poco más de una década de perseverancia. Donde hubo miedo, hay tenacidad y firmeza; y en todo ello puede que a veces también surja cierta ceguera, pero no me lo pareció. Después nos hemos refugiado cerca de Battery Park, pero antes de conocer a la dama francesa que ilumina el mundo nos hemos dejado caer por el museo de las culturas americanas. Una mirada profunda al pasado de todo el continente que nos ha sorprendido muy gratamente.

Al volver hacia el norte de la isla, lo hemos hecho a través de la estación de Canal Street, donde me rendí a unos cuantos de esos estúp... estupendos selfies con los que Laura me tortura, mientras miraba hacia Nueva Jersey desde el embarcadero de Esplanadem.

Cansados de tantas subidas y bajadas a lo largo de Manhattan, hace varios días que acordamos terminar de dar buen uso a la tarjeta de metro semanal con viajes ilimitados. Ahora, de nuevo en Harlem, con el Toro de Wall Street, la Estatua de la Libertad o las típicas casas pareadas del West Side detrás, no puedo dejar de pensar que, cuando algo se vuelve material, pierde una parte de esa realidad de la que no querríamos desprendernos; quizá el peso que tienen nuestros sueños sea aquello que nos hace movernos. ¿Y después? Supongo que es momento de coleccionar nuevos sueños y seguir forjando recuerdos…

Los últimos dos días en la ciudad, martes y miércoles de la semana siguiente a nuestra llegada a EEUU, no recuerdo qué hicimos. Sé que intentamos no gastar tanto —excepto los caprichos y las concesiones necesarias cuando uno cumple treinta años en el extranjero, por supuesto—, caminamos algo menos y rellenamos huecos entre el sur del Bronx, el centro de Manhattan y Brooklyn. También visitamos Coney Island y paseamos por su playa repleta de gaviotas, acentos de la Europa del este y un último vistazo al Atlántico. Sé que, en Nueva York, pese a alguna que otra decepción de la que culpar al imaginario colectivo, todo fueron buenos momentos, y es mucho más de lo que se le puede pedir a un viaje tan ambicioso como este.

Museo Metropolitano - Metropolitan Museum of New York (MET)
Decoración de una de las salas del ala asiática del MET o Museo Metropolitano de Nueva York.

Como ya dije, todo comenzó en Nueva York. Caminamos más de ocho horas durante siete días. No vimos nada. Sé que pensaba en eso cuando llegábamos a LaGuardia, en el extremo norte de Queens. Solo retazos de una historia que, de un modo u otro, escapa de nosotros en todas y cada una de las ciudades que visitamos; donde tu paso es tan breve, tan fugaz, que te hace dudar si alguna vez significó algo fuera de ti. Por último, me concentré en dormir; eran las ocho de la mañana y estábamos en un avión rumbo a Illinois; solo tenía tres días para ver la ciudad más importante del estado y coger fuerzas para empezar con el verdadero viaje de costa a costa.


[1] Si nunca has visitado Estados Unidos, deberías saber que muchas de sus ciudades se han diseñado en un mapa. Así, por regla general, se escoge una avenida que corta verticalmente la ciudad y se nombra a las calles perpendiculares a la misma con el apelativo W (West; oeste) o E (East; este) junto a un número dependiendo de a qué lado de la misma se encuentren.