Gretasthunberg del mundo, ¡uníos!

El periodista Lluis Amiguet se compró un híbrido; yo me compré el diario. Él confesaba, medio-en-coña/medio-en-serio, que su hija (otra pequeña gretathunsberg) había empezado con aquello de que nada de envolverle el bocata con papel de plata… y la cosa había derivado a 10.000 euros menos en el banco. Esto no me sorprendió: hace tiempo que me informé del coste extra por intentar contaminar menos; es más, cuando me cambié el coche hace un año y pico, me di cuenta que mi maldición es ir de Ford en Ford —Walt Kowalski estaría orgulloso de mí— y tiro hasta que me toque… la lotería. Con las cifras delante de la jeta, me olvidé de Honda CR-V y Toyota Prius, y Ford Focus que te crió.

El problema, decía Amiguet, y con razón, es que, por cada vehículo híbrido o eléctrico, hay un porrón de todoterrenos circulando por las calles. Todo indica, además, que no hay motivos más allá de medirse las pollas sacar pecho y exhibirse a ritmo de rugidos de motor. Eso de pensar si nos estamos cargando el planeta, ya si tal. Aun así, como buen tocapelotas, empezaré por sacar punta a lo que decía este pobre hombre a quien sus hijas le obligan a envolverle el bocata con las portadas y las contras que tantos sudores le provocan en redacción. Porque ocurre que, si nos preocupamos por el qué dirán y por qué hace y no hace el vecino, nuestro ejemplo vale poco. Llegados a este punto, no habría activistas antitaurinos, porque se siguen matando toros en media España, no habría gente vegetariana, porque una buena parte del mundo sigue comiéndose a otros bichos, ni habría nadie que se saliera del statu quo, porque ¿para qué? Como digo, lo hago para tocar un poco las bolas: soy muy consciente de que una columna o una tribuna, es una columna o una tribuna (mira, ¡qué dixit rajoyesco!, ¡el segundo ya!): vamos, que el espacio es el que es y las ideas que pueden plantearse, pues también son las que son.

Greta Thunsberg. ©Reuters

Por otro lado, la realidad del mercado denota claramente cómo están las cosas. Si sale al mismo precio un Audi A3 o un Jeep Renegade que un híbrido o un eléctrico (espera, que me da la risa) es que no nos estamos tomando las cosas en serio. Saltará uno: ¡es que la tecnología! ¡Es que la infraestructura…! ¡TU PADRE! (esto es más rubianesco, pero sin tacos, ¿verdad?) Pobre hombre, qué culpa tendrá el padre del que saltaba hace un par de líneas… Si es una cuestión de costes, se subvenciona por interés nacional, como a los políticos, la banca y lo que les sale de los huevos a los de siempre. Si no es una cuestión de costes, todavía es peor: nos quieren vender lo barato, caro, y lo caro, barato; lo que se carga (más) el planeta antes que aquello que puede frenar el irnos todos al carajo.

Por eso, el columnista de La Vanguardia acababa pidiendo a los señores de arriba (los que nos mean y dicen que llueve, digo) que Greta no le saliese más cara, pero es que, ahí, es donde más en desacuerdo está un servidor, porque no es cuestión de pedirle a estos mangurrianes que nos protejan de aquella (de la Greta), es ver si, de una vez por todas, las grethathunsberg y los grethathunsberg del mundo nos pueden ayudar a librarnos de estos tipejos que favorecen sus bolsillos, los cuatro por cuatro y que todo siga como el culo, aquí y fuera: en esto no tenemos la exclusiva. Y termino diciendo: ¿y lo bonito que es un vehículo todoterreno haciendo cosas de todoterreno? ¡Pues la de gente que lo compra para irse a cargar al supermercado y pasearse por Las Ramblas y Sarrià-Sant Gervasi!

En fin, gretasthunberg del mundo: ¡uníos!

El porqué del eje narrativo

Cuando empecé a darle caña a textos más largos habían dos cosas que me llevaban por el camino de la amargura: escribir por intuición y hacerlo con una estructura demasiado rígida. Vamos, que me costó encontrar el «punto medio» que andaba buscando.

Sin embargo, aunque sabía que tenía que organizar un poco aquello que quería narrar (soy un p*** caos), no tenía ni puñetera idea de cómo incorporar un eje narrativo al proceso, recurrir al mismo y sacarle partido. En parte, porque no sabía cómo se construía, de verdad, un eje narrativo, pero especialmente porque quería convencerme (vete tú a saber por qué) de que, cuando escribía, era más intuitivo que racional.

¿Qué es el eje narrativo?

Sobre este tema (el escritor intuitivo y racional) hay bibliografía a porrillo, como de todo ya, pero pasa de puntillas si lo comparamos con los tiempos narrativos, los puntos de vista, los tipos de narrador o los más variopintos recursos literarios. Y es curioso, porque entender que incluso aquellos que escriben por intuición necesitan unas líneas generales, le da la vuelta a muchos conceptos que suelen rondar por las cabezas. De algún modo, estoy convencido de que la falta de información (fidedigna) sobre el eje narrativo —más allá de algunos buenos manuales de escritura— está relacionado con lo anterior: si quieres informarte sobre esto, dos piedras, y el ahí tienes el lío padre. En fin, que voy a intentarlo yo:

El eje narrativo es el hilo conductor de la historia, el cual recoge los sucesos que les ocurren a los protagonistas y a otros personajes secundarios relacionados con la trama y, a su vez, se subdivide en núcleos narrativos que componen los grandes eventos de la narración.
Dicho de otro modo, se trata de una ampliación del típico esquema de introducción o planteamiento de la historia (que da comienzo con un detonante), un nudo (aparece un objetivo poderoso que el protagonista deberá resolver), un clímax (donde sucede el choque definitivo de las fuerzas dramáticas) y un desenlace (el conflicto y los subconflictos se resuelven y se cierra la historia).

Eje narrativo de Caperucita Roja

Para entender el eje narrativo y que a nadie más le ocurra lo que a mí, me he currado una explicación de los principales núcleos narrativos de un cuento clásico (versión de los hermanos Grimm, que no es tan chunga como la de Charles Perrault), donde podemos releer el cuento de Caperucita Roja y visualizar cuáles son sus núcleos narrativos. Por descontado, dependerá de la versión, pero los núcleos narrativos de Caperucita podrían ser:
  • Núcleo 1: La abuela de Caperucita está enferma y solo la niña puede ir a llevarle su medicina de vieja chocha (detonante) y un pastelito para que le pegue un shock glucémico.
  • Núcleo 2: Caperucita debe salir de casa y meterse en el bosque, que es muy chungo como todos los bosques antes de los runners y los senderistas. La madre le hace una advertencia o cuela por ahí un informante o algún indicio (luego vemos qué es esto).
  • Núcleo 3: Caperucita Roja, que no tiene muchas luces, se encuentra con el Lobo feroz (o sea, el antagonista de la historia), que le da a la niña mil vueltas corriendo, mordiendo y rugiendo, pero prefiere engañarla para llegar antes a casa de la abuela de Caperucita.
  • Núcleo 4: El lobo urde su malvado plan: engaña a Caperucita con el objetivo de llegar antes a casa de la abuela, que vive en medio del bosque, pese a que la vieja ya está medio impedida y con la casa sin adaptar para su edad (sin agarraderas en la ducha: imagínate).
  • Núcleo 5: Llega Caperucita Roja a casa de su abuela, pero como seguimos el punto de vista de Caperucita (si no, vaya gracia), no tenemos ni «repajolera» idea de que el Lobo feroz se ha zampado a la abuela (so ¡gerontófilo!) y se ha travestido para engañar a la niña (¿?). Nunca entendí esto: filias, supongo.
A partir de aquí, o viene un cazador (si eres de familia con licencia de armas) o viene un leñador (que casi es más bestia la cosa).
  • Núcleo 6: El Lobo intenta engañar a Caperucita para comérsela. Te preguntas por qué no se la comió en el bosque, ¿eh? Los psicópatas son raros… mira los tipejos que salen en Mindhunter, por ejemplo. En fin, sigo: Caperucita consigue zafarse de las dentelladas y escapa (clímax). Un tipo, digamos cazador nivel 7/leñador nivel 3 a lo Dragones y mazmorras, para que sea inclusivo y todo dios esté contento, salva a Caperucita y revienta al Lobo a tiros/hachazos.
  • Núcleo 7: El Lobo feroz agoniza, suelta una lagrimita y dice que el mundo lo ha hecho así. Caperucita Roja sonríe feliz y, en algunas versiones, el cazador/leñador rescata a la vieja de la panza del bicho, condenando a la pobre mujer a una jubilación de mierda, sin seguridad social ni grado alguno de discapacidad (desenlace).

Si unimos todos los núcleos obtenemos el eje narrativo. Los núcleos narrativos (sucesos principales) componen la novela, si bien alrededor puede haber todo tipo de sucesos secundarios (Caperucita espera ocho años y le regala su virginidad al cazador/leñador; añadimos un soliloquio de la madre de Caperucita, que es pastelera y viuda, el Leñador tiene problemas de incontinencia urinaria…) que no afectan al esquema principal de la historia.

¿Cómo sabemos, entonces, qué es un núcleo narrativo? Fácil: si cambias un núcleo narrativo, cambia la historia. En cambio, si modificamos algún elemento de conexión, el esqueleto no se ve afectado. Cuando me lo explicaron a mí, me dijeron lo siguiente: el eje narrativo es una cadena, los núcleos son los eslabones y yo agrego: el resto de elementos secundarios son las muescas, colores o formas de cada eslabón de la cadena.

Caperucita roja (DLH; 2)
—¿Y esos dientes que me enseñas…?
—¡Para comerte… mejor!
—Quiero ir al baño.
—¿¡Cómo!?

Catálisis, informantes e indicios

Por esta razón, la mayoría de las historias no son buenas o malas debido a sus núcleos narrativos (aunque estos son imprescindibles para la estructura), sino por elementos de conexión secundarios, como las catálisis, los informantes o los indicios. A través de estos últimos es como damos corporeidad a una narración y hacemos que avance, se detenga, vuelva hacia atrás, amplíe información, complete un vacío… Lo que hace guay la historia de la Caperucita es el ¡qué ojos más grandes tienes! y ¡qué boca llena de dientes, colega! y no tanto que una niña se vaya al bosque a ver a su abuela y se tope con un lobo chalado.

Los tres elementos secundarios de conexión narrativa más habituales son:

  • Catálisis, que son acciones secundarias cuya función es rellenar o retrasar las acciones principales. Las catálisis complementan, distraen, amplían, detienen el ritmo narrativo y, por encima de todo, describen. (Tras llegar a casa de la abuela, Caperucita Roja escucha ruidos en el interior, pasos acelerados, y descubre que la puerta está entreabierta… después, observa un pequeño reguero de sangre en el recibidor y… una voz ronca la llama desde una de las habitaciones.)
  • Informantes: datos que nos sitúan en un espacio y un tiempo determinado, aportan información concreta de los personajes. (Podría tratarse de una descripción de la vida tradicional en el pueblo de Caperucita, el baile regional de la zona u otros elementos que aporten contexto al lector.)
  • En cambio, los indicios son los más majos porque requieren de un trabajo de interpretación por parte del lector y remiten a un estado emocional o a un sentimiento. En la novela realista o naturalista esto era bastante raro, pero, hoy día, la literatura está llena de indicios en los textos. (Cuando Caperucita se encuentra con el Lobo feroz en el bosque, este le indica que coja uno de los caminos, pero hay algo en sus ojos que a la niña le da mala espina… En este caso, la niña es cortica y le sorprende cómo la mira un lobo parlante, pero ya me entiendes).

A grandes rasgos, eso viene siendo todo lo que se me ocurre qué puede ser interesante saber sobre el eje narrativo.

Para construir un eje hay que devanarse los sesos y estructurar cada uno de los núcleos. Una vez tengamos esto, deberíamos plantearnos escribir una sinopsis argumental y, cuando tengamos la sinopsis, valorar si nos vale la pena plantear una escaleta por capítulos antes de la escritura del borrador o manuscrito (de lo que sea que estemos escribiendo: relato, guion, novela, novelón). Esto dependerá de mil factores: a mí, por ejemplo, me ayuda preparar el eje y la sinopsis argumental, pero me agobia estructurar las cosas mucho más allá, así que no me obsesiono.

Quizá en una historia de ciencia ficción, una novela negra o un cuento a lo Sherlock Holmes (cuándo aparecen los indicios, qué se deduce, qué pistas son falsas, etcétera) puede ser bastante más necesario que en una historia de autoficción o en una novela de enamoramientos, pero, al final, todo depende de tu forma de escribir y con qué te sientes más cómodo o cómoda escribiendo.


NdA: Tanto hablar de Caperucita… relacioné conceptos y me acordé de Javier Gurruchaga y la Orquesta Mondragón.

¡Solo queríamos votar!

Había un grafiti entre los escombros que gritaba en mayúsculas: ¡SOLO QUERÍAMOS VOTAR! Lo que no he visto en ninguna otra pared de Barcelona es una respuesta de los «partidarios de la unidad de España», como han rebautizado TVE y Mediaset a neonazis y fachas de la bandera del aguilucho. Tampoco el estado ha dado respuesta, más allá de las aburridas comparecencias de Grande-Marlaska en las que no dice nada (pero bueno, en la misma línea en la que a Torra también le suda la polla todo: diciéndole a la peña, el lunes pasado, que «revolució» y, «a luego» te saco los Mossos d’Esquadra para que te «atonyinin una miqueta»). Una buena respuesta desde la clase política española podría ser: «Nosotros teníamos mejores cartas», ¿no? Entre otras (cartas), parece ser que cuentan con el monopolio de la violencia (institucionalizada, eso sí) y la posibilidad de dictar sentencia sobre qué es y qué no es democracia, pasándose por la piedra el concepto en sí (que es lo más interesante de todo) mediante un tribunal de justicia superior o el mismísimo Tribunal Supremo: en fin, este cuento ya nos lo sabemos.

Lo de siempre: la violencia nunca está justificada, pero en estas hospedas ocurre hasta en las mejores familias: en pequeños grupos de radicales, en la policía, policía y policía y, sí, también en todos esos que oyen tangana y vienen corriendo de dentro y de fuera: ahí están los seis meses de reivindicaciones de los chalecos amarillos en Francia, como ejemplo, del que podríamos aprender mucho de gestión de una crisis, por cierto. No obstante, creer que el estallido de ira acumulada tras la sentencia a los líderes del «procés» (de 9 a 13 años, recuerdo) no iba a generar tensión social es ser muy crédulo o querer creerte tus propias tonterías. Si la excusa de «es que son momentos de tensión» vale para la policía (que son gente entrenada y profesional), también tendríamos que aceptar barco para los manifestantes con los ánimos encendidos, ¿o no? Espera, ¿será que interesa dejar el foco aquí? ¿Quién se acuerda ahora de cómo empezó esto? ¡Si casi es historia ya! Mientras se incendia Barcelona y se plantean semanas enteras de continuas movilizaciones, ¿quién habla de por qué ningún político se ha sentado a hablar (más lentamente o menos lentamente, ojo) sobre si una autonomía puede o no independizarse, sobre el derecho a la autodeterminación de los pueblos, sobre lo que es justo o democrático, sobre posibles soluciones a todo esto? A lo mejor deberíamos recelar de aquel que no quiere hablar nunca de lo que pueden hacer catalanes y españoles para convivir en armonía, ¿no? En este caso y, hasta donde yo sé, los noes siempre llegan del mismo sitio… y son rotundos.

No creo que, ahora mismo, importe mucho si la oligarquía catalana ha hecho negoci o no ha hecho negoci con el sentimiento de nación que tiene mucha gente en las cabezas: ese es el quid de la cuestión, ¿verdad? Lo que tiene mucha gente en las cabezas. Porque la búsqueda de la autodeterminación no se la han inyectado a jeringazos los Jordis, el Puigdemont, la Forcadell o el Junqueras a la peña, sino que cada uno la traía de su casa. Y esos millones de personas van a seguir luchando por lo que consideran justo (es lógico, ¿no te parece?) y, a partir de aquí, pues está genial que el estado español busque todo tipo de argumentos donde legitimarse: es que querían replantear un estatuto de autonomía similar al de otras comunidades (como Andalucía o Valencia, y se dijo que tararí), es que querían un referéndum con garantías (y no se permitió de ningún modo), es que me sacaron unas urnas a la calle (y se criminalizó la acción) y, así, hasta la DUI y más allá, que luego no era DUI, porque cuando llegan los juicios por lo penal, nos cagamos un poquito.

©Lluís Gené/AFP)

Por descontado, hay cosas mal hechas por todas partes: lo peor que veo, desde Cataluña, es cómo muchos líderes catalanes han jugado con el sentimiento de la gente (a mí esto me cuesta entenderlo, porque no tengo gen patriótico, ya me sabe mal) y de ahí los abucheos a Rufián, el desprestigio de JuntsxCAT (en gran parte, por culpa de Torra) y la rabia y la frustración de la gente que ve que aquí, igual que en España, esa gente que tiene que representarlos no está a la altura. En esta misma línea, me preocupan las reacciones llenas de bilis de todos contra todos (masivas contra los catalanes independentistas, todo sea dicho) en prensa y redes sociales, que ya sufrió en su día el pueblo vasco, el aumento de la violencia en la calle y, por encima de todo, el silencio desde el Gobierno de España, que sigue demostrando que su hoja de ruta nunca pasará por sentarse, hablar y negociar (en relación con esto, me ha gustado el hashtag de Twitter #SpainSitAndTalk), sino por castigar, ignorar y reírse de las reivindicaciones de millones de sus ciudadanos. Triste, ¿eh?

Tras el 1-O (de 2017), el analista, columnista y escritor británico Owen Jones planteaba una analogía para definir la situación actual entre Cataluña y España que, a mí, me ha parecido siempre muy acertada. Para ello, utilizaba el ejemplo de una pareja en la que una de las partes quiere divorciarse: si no dejas que la otra parte se separe, pero tampoco quieres sentarte a hablar, a solucionar vuestros problemas, a trabajar juntos… luego, llega la violencia, la opresión, el control absoluto y pasamos de un matrimonio feliz a una relación de abuso y violencia. ¿No es aquí hacia donde vamos? O quizá ya estamos más que repanchingados por esos lares, qué coño.

Instantánea del lunes, 14 de octubre, con las primeras protestas en el aeropuerto de Barcelona. Fuente: RTVE.

Yo no quiero que mi comunidad autónoma se independice del estado, otros tantos millones de personas que pueden votar en Cataluña tampoco quieren independizarse (muchas otras sí, ya lo hemos visto), pero negarnos el derecho a decidir es propio de un estado fascista y opresor. Esto es lo que más me avergüenza de todo el embrollo. ¿Tan difícil resulta entenderlo? Si los políticos hubieran hecho su trabajo (hablar, llegar a acuerdos), nada de esto habría sucedido; si no hacen su trabajo, los problemas que salen de la calle vuelven a la calle, y explotan. Y el problema de base es el mismo de siempre: todo quisqui está intentando sacar réditos políticos y con unas nuevas generales a la vuelta de la esquina, nos vale igual ETA, que Cataluña que Venezuela.

Dónde escribir un libro (o lo que sea que estés escribiendo)

Esta entrada es un poco idiota (por eso la escribo yo, mira tú), pero, tras darle cuatro vueltas, me sigue pareciendo necesaria: hay un porrón de textos (y vídeos, y podcasts) en Internet sobre «cómo» escribir un libro (una novela, lo que sea), pero no ocurre lo mismo con «dónde» escribirlo, que no deja de ser algo mucho más importante de lo que, a priori, pensamos.

Escritores «cliché» de best-seller americano

Será que tenemos muy metido en la cabeza el típico cliché del escritor que se va a la cafetería  y repite «soy escritor, ¿lo sabías?» y apunta cosas en una libreta, y hace rayajos, o piensa mucho, y graba ideas en su smartphone a lo tipo pedante de peli ochentera o noventera de Woody Allen (apostaría que el tipejo del que hablo salía en Hannah y sus hermanas, pero quizá era en Maridos y mujeres, o en Manhattan). Incluso hay aplicaciones móviles que emulan ruidos y entornos, como un bar, una cafetería o el club de campo para inspirarte… mejor. A mi modo de ver, payasadas, pero habrá a quien le sirvan. Lo que sí está claro es que escribir una historia, una novela, un libro, un guion, es mucho más que sentarse y empezar a teclear (aunque, en esencia, es hacer eso mucho rato).

El cineasta Woody Allen en un capítulo de Los Simpson.

La dimensión desconocida

Cuando te lanzas de cabeza en un nuevo proyecto, escribir es un proceso creativo 24/7/365 y suele requerir de cierto «impasse» o tiempo muerto entre una historia y la siguiente. Pero el desarrollo en sí mismo se concentra siempre en un sitio: una habitación, un lugar, por lo que dónde escribir se convierte también en cómo escribir y, por esto, es tan absurdo que el dónde se pierda dentro del cómo con tanta facilidad. Menudo lío, ¿eh? En definitiva, vamos a ver cómo creo yo que se debería acoger la escritura y, luego, tú me dices que «nanai» y que tú escribes con los críos revoloteando a tu alrededor en el comedor de tu casa o con heavy metal a todo trapo a lo Stephen King, ¿vale?

Ante todo, necesitas un espacio propio, en el que estar relajado, a gusto, inspirado. Yo tengo dos, porque soy más chulo que un ocho: un trocito del comedor —tanto yo como mi pareja trabajamos en casa en una habitación-despacho y, allí, no siempre puedo quedarme a solas—, así como un tercio del comedor (escritorio, cajonera, ya sabes). En general, cualquier lugar que sea adecuado para estudiar, debería ser funcional a la hora de escribir: silencio, pocas distracciones, espacio para organizarte y mover todo el material (libros, apuntes, libretas, ordenador, bolígrafos, pizarra, etc.).

Contar con una zona que solo utilizas para eso, si es posible, es la leche, porque te permite abstraerte y evitar cualquier tipo de distracción: en mi caso, intento tener Internet a mano para posibles consultas y reservar entre una y dos de tiempo diario a la lectura y la escritura.

Hablando de malos sitios donde ponerse a escribir… Brian Griffin no ha tenido una gran idea.

Escribir cuando no estás escribiendo

Dicho esto, para mí, la escritura no empieza ni termina en esa sala (o salas). ¿Cuántas buenas ideas aparecen paseando, duchándose, comiendo o cag… o leyendo el periódico? Muchas, en realidad. Los seres humanos piensan con los pies, y muchos escritores también.

Mis tres grandes trucos son:

  • Lápiz y papel (una libreta) a mano siempre que sea posible
  • Móvil y notas de voz (sí, también hago esa pedantería de grabar audios: ¡es útil, joder!). En mi caso, me creé un grupo de WhatsApp para mí (bueno, invité a no sé quién y le eché del grupo) y allí apunto ideas estúpidas y otras no tan estúpidas
  • Reservar un tiempo semanal para aburrirme: hacer cosas, en casa y fuera, que nos aburran también es algo imprescindible para el pensamiento (desde niños), para organizar ideas, para sentarse a escribir con la cabeza mejor amueblada que el día anterior

Cuando el dónde se convierte en cuándo

Dónde escribir no solo acoge un espacio, además, sino también un tiempo. Habrá mucha gente a la que le encantaría escribir de 7:00 a 9:00 pero tiene que desayunar, llevar a los niños al colegio y largarse a trabajar. A mí, por ejemplo, de 8:00 a 10:00 son las horas que mejor me han ido siempre (y ahora mismo no estoy escribiendo en esos horarios por temas laborales), pero también hay aquí dos puntos que considero imprescindibles:

  1. Tratar de escribir todos los días es la forma de crear una buena rutina (no siempre hay que tratar de escribir best-sellers: artículos, entradas de blog, ensayo, cuentos cortos, microrrelatos… ¡no habrá cosas!). Dedicar un rato al día supone afrontar que hay días en los que no sale nada y otros asombrosamente productivos: también aquí hay todo tipo de opiniones, hay quien para de escribir cuando está «on-fire» y a mí, en cambio, cortar esa inercia narrativa me parece una locura, incluso para ir a mear. Quizá hay gente que prefiere escribir tres días por semana, o cuatro, o dos, allá cada cual.
  2. Mantener, siempre que sea posible, horarios similares también genera previsibilidad y nos ayuda a prepararnos para la escritura. Si yo tengo que sentarme a las cinco de la tarde o no escribir, prefiero escribir de cinco a seis que no hacerlo, pero si puedo hacerlo en un horario más funcional, mejor que mejor. Sin embargo, en cualquiera de las dos situaciones anteriores, saber que voy a tener un rato para escribir, me ayuda a darle vueltas y a prepararme para ello.

En relatos o proyectos de largo recorrido…

Como hábito adquirido, cuando escribo un relato largo o una novela, por ejemplo, suelo empezar releyendo todo lo que hice el día anterior, corrigiéndolo, reescribiendo ligeramente y, esta acción, de algún modo, favorece la inercia narrativa entre un día y el siguiente. Otras personas prefieren leer, pero dejar las correcciones o los cambios para más adelante: desde mi punto de vista, cada texto se reescribe cien mil veces, así que una más o una menos… Por descontado, aquello que no hago es centrarme a corregir ese texto durante más de 10 o 15 minutos, pues la idea es favorecer la continuidad y seguir donde lo habíamos dejado (ya habrá tiempo para reescribir, como digo).

De cualquier modo, los manuales de escritura están repletos de estos pequeños «trucos», así que puede ser buena idea echarle una ojeada a un par con el objetivo de quedarte con algunas buenas prácticas: uno (re)típico, ya que he mencionado antes a su autor, es Mientras escribo, de Stephen King, por ejemplo.

Bloqueos de escritor cuando tienes tu propio espacio

Por último, la hoja en blanco (sobre los bloqueos de escritor ya hablé en el blog) suele ser más fácil de vencer cuando separamos la figura del creador de la del crítico que todos llevamos dentro. Cuando escribes, escribe; cuando corriges, corrige. Los dos papeles son necesarios, pero escribe por placer y, luego, ya habrá tiempo para despedazar una y mil veces el texto.

De algún modo, también parece más fácil concentrarse cuando tienes un espacio propio donde escribir y organizar todo tu material. Pero no te engañes: habrá días en los que no salga nada, a veces, incluso semanas o meses. Yo me obligo a escribir de lo que me apetece: eso de escribir sobre temas que no me gustan o interesan lo dejo para otros; en mi caso, si me aburro o me deja de interesar: cojo el papel, hago una bola, la tiro y a otra cosa (o borro el documento de texto). Con un libro, hago exactamente lo mismo: lo cierro y empiezo otro que aún me puede apasionar.

Razonar: luego, compartir

Te voy a contar un secreto: todo el mundo comparte cosas que no ha leído ni leerá. Todo dios. Sí, puedes respirar aliviado (o aliviada), porque nadie se libra. Bueno, habrá algún Fulano o alguna Mengana que se lee hasta las condiciones de uso de Instagram, pero la mayoría no. Es algo muy humano: firmamos un «papelajo» que apenas nos miramos cuando nos van a quitar una muela, aceptamos vete-tú-a-saber-qué al instalar el Windows 10, retuiteamos y compartimos publicaciones con enlaces que nunca visitaremos. Supongo que es muy humano —no me preguntes por qué, no soy psicólogo—, normal no sé si es, pero humano sí, porque es algo que hace todo quisqui.

Si tuviera que probar suerte acerca del porqué, apostaría por la ley del mínimo esfuerzo: nos gusta conseguir cosas, pero cuando menos esfuerzo supongan, mejor. No quiero decir que esforzarse y recibir su recompensa no nos parezca guay —eso también es muy humano—, pero si puedes comprar el pan a trescientos metros, no te vas a un kilómetro sin una buena razón, ¿verdad? Queremos hacer una cuenta de correo, no leer sobre todos los datos que Google se va a guardar bajo la manga; lo mismo con la app rusa de verse viejuno. Todo bien, si quieres dar tus datos o hacer un pacto con una multinacional, no hay problema, al fin y al cabo, hay leyes que te protegen para las cosas importantes: como mucho, te encontrarás con tu careto en un anuncio del metro de Moscú de aquí a 20 años o utilizarán tus preferencias de compra para hacer más eficiente una campaña de marketing. Hasta ahí, si tú lo ves bien, todo está bien. Lo que no me gusta nada —y es algo personal, como este blog: tú puedes verlo de otro modo— es esa gente que comparte cosas por norma y no sabe ni qué leches está compartiendo: ¡los chinos se comen a los perretes!*, ¡que Paco Catalán ha publicado otra viñeta sobre maltrato animal!, ¡el vídeo del di Caprio en la ONU sobre cambio climático!

Dudo (horrores) que alguien que haya dedicado tiempo a luchar por algo y se ha dado un par de vueltecitas por la brecha (hablo de santuarios de animales, de protectoras de perros y gatos, de lucha social y/o sindical, en fin, de trabajo de campo, claro, y, ¿por qué no? también teórico) esté de acuerdo con esa práctica que se ha extendido en redes de compartir y seguir manteniendo las mismas actitudes. Gente que comparte deseando que actúe un tercero, o piense, o haga algo, pero él o ella nunca lo hará. Usuarios que comparten ese meme sobre Israel, Palestina, la política española, Venezuela, ETA, salvar perritos, cambio climático, y eso es todo: ahí queda la cosa. En estos momentos, la difusión de contenidos supera con creces las ganas de arremangarse y de ofrecer su ayuda en lo que buenamente uno pueda. Ha ocurrido siempre, dirás, el viejo «mucho hablar y poco hacer», pero el que hablaba y no hacía quedaba retratado, mientras que el que dice y no hace, hoy, a menudo, tiene más difusión que aquel que hace, pero no dice. Rebuscadillo, ¿eh?

Todos escandalizados, pero a la hora de la verdad…

A veces, no obstante, no es posible embarrarse un poco: por mil razones. Está la familia, los niños, el trabajo, la falta de tiempo, de recursos, mil razones, ya digo. Por esto, resulta mucho más útil (y sincero) parar quieto un momento, leer con calma, razonar con más calma aún y, entonces, coger aire y ver si, de un modo u otro, puedes ser agente activo de un cambio, por pequeño que sea. Puede que todo lo que puedas hacer sea reciclar mejor, puede que puedas ir a una manifestación por el cambio climático al año, puede que puedas hacer mucho más. Yo qué sé. En cualquier caso, es posible que, de todas las cosas, solo puedas difundir: está genial difundir, pero difunde aquello en lo que crees. Porque no consiste en compartir: consiste en razonar y, luego, compartir. Compartir una publicación no marca la diferencia, ni cambia a nadie si no cambias tú primero. ¿Tiene sentido? Para mí, tiene sentido.


* Aclaro que estoy totalmente en contra del Festival de Yulin. Puedes leer más en este viejo artículo de 2015 que enlazo aquí.

Hacerse un Sánchez

Los titulares de la prensa de ayer venían a decir: «Ni el rey lo arregla, oiga», que es algo muy de este país. Confiar en que una monarquía que lleva expoliando a sus ciudadanos desde 1700 nos va a sacar del embrollo. Por lo demás, Albert Rivera ha meado fuera de tiesto (pero por sacársela tarde, dicen), Pablo Iglesias se ha ido al chalecito de Galapagar con el sambenito del líder en la cumbre al que los suyos ya no tragan (y lo malo de esto no es que lo digan los del Okdiario y calaña similar, sino que lo ratifiquen algunos de los suyos) y ¿el resto? El resto poco o nada, que los otros dos ya sabían que, para ellos, mejor coger el abriguito de cara a noviembre y estar preparados para revolcarse por el fango. Ganó la izquierda —no importa si por miedo a las tres derechas, por programa o por ambas dos—, pero no ha sabido pactar.

Iñaki Gabilondo, como un Eastwood vasco-castellano con los machos ennegrecidos de tanto periodismo político, era el miércoles tan certero como suele ser: irresponsables e incapaces [de pactar], titulaba el artículo al que también pone voz, y decía: «Han defraudado las esperanzas del 28 de abril y han evidenciado una impericia profesional absoluta, agravada por una soberbia que, francamente, no sé en qué méritos se apoya.» La «frasecica» vale para todos, la verdad, pero, para Pedro Sánchez, que ha pasado de supuesto regeneracionista de partido a confirmar que solo es otro títere de los barones y del Ibex 35 (¡oh!, ¡sorpresa!), vale más que para ningún otro. Será por eso que, desde Podemos, están intentando recuperar esa olvidada expresión que algunos diarios ya utilizaron el año pasado: hacerse un Sánchez (venirse arriba y pensar que tú te sobras y te bastas para gobernar), mientras Pedro Sánchez, que ni duerme tranquilo ni tiene muy claro que lo del bipartidismo sanseacabó, sigue culpando a terceros para exculparse, sin comprender o querer admitir que responsable último de formar gobierno solo había un señor, y era él mismo.

En cualquier caso, los números hablan por sí mismos y la autocrítica ahí está, brillando por su ausencia. Lo resumía Manel Fontdevila muy bien en una tira cómica para Eldiario.es sobre cómo pactan las izquierdas y las derechas españolas. Que si escuchar a las bases, que si con Rivera no, que si igualdad, justicia social y transparencia, pero ¡ojo! que a nadie se le ocurra asustar a los mercados, y tampoco vamos a sentarnos a negociar con tiempo y con propuestas realistas bajo el brazo, que está muy demodé; el otro: que si todavía escuchar más a las bases, que si democracia participativa, pero el liderazgo es indiscutible, y, si no gusta, ¡puerta! En fin, que Sánchez se ha hecho un Sánchez (otro más) y Pablo Iglesias y su equipo no han visto cómo pactar: aunque no son pocos los que han percibido falta de ganas, incluso entre aquellos que sabíamos que el PSOE lleva mucho tratando de forzar la situación y seguir cagándose en el multipartidismo con el anhelo de sumarle por ahí una erre al gerundio.

Esta parece ser la clave: el multipartidismo. Multipartidismo es la palabra del día, de la semana y, quizá, de los próximos años, con cinco fuerzas políticas condenadas a entenderse: al menos, algunas con otras, aunque no todas con todas, pero ni así. Pedro Sánchez aún considera que puede salir fortalecido de cara a noviembre, y debe ser el único que se lo cree, porque han creado un contexto en el que los argumentos ya no sirven, por manidos, donde el clima interior y exterior está a la temperatura perfecta para seguir tirándose mierda (que no falta: el juicio a los líderes del procés, el paro, la gentrificación, el fin de un modelo de consumo, las nubes negras ante una nueva crisis financiera, el cambio climático, el precio del barril de petróleo, el auge de la xenofobia en Europa) y donde hasta Risto Mejide funda su propio partido político: el PNLH, Peor no lo haremos. 

No es casual que 100.000 personas se hayan dado de baja de la propaganda electoral esta semana y los servidores del INE echen humo. Tras cuatro elecciones en cuatro años, a uno le asaltan las preguntas: ¿quién quiere ir a votar en noviembre?, ¿a quién votar?, ¿será tarde ya para mandar a tomar por saco este país y emigrar lo más lejos posible? El abogado y comunicador Euprepio Padula, lo definía de la siguiente forma en Expansión: [es] el fracaso del antiliderazgo político. La credibilidad de todos está en entredicho y los líderes políticos han buscado la suya tratando de quedar por encima del resto, y no pactando, que es lo que las urnas exigían; mientras tanto, los activistas se desilusionan, los desilusionados confirman su decepción política y España demuestra demuestra que no está lista para dejar atrás el modelo político del «y tú más».

Yo venía hoy conduciendo por la autopista cuando he visto un gato atropellado y, luego, a los pocos metros, un segundo gato muerto. Siempre se me hace un nudo en el estómago ante esas escenas (igual me ocurre con los camiones de ganado camino al matadero, la verdad). Sin embargo, se me ha ocurrido una analogía bastante certera que no me gusta, porque me importan más los animales que todos estos gilipollas, pero que, de todos modos, contaré, porque tampoco es tan buena y va a juego con nuestros políticos: me he imaginado que, primero, atropellarían a un gato, es lógico, y, luego, atropellarían al otro. A posteriori, resulta imposible saber si los atropellaron con un segundo de diferencia o a uno un martes y al otro un sábado. Ahora que los dos están muertos, parece una tontería, ¿verdad? Pues es lo que le está pasando al PSOE. Zancadilla tras zancadilla, puede que en Ferraz consigan que atropellen a los podemitas estos que antes (casi) fueron amigos, pero la pregunta real es: ¿puede Pedrito, el de los Sáncheces, salir de esa autopista con tanto conductor kamikaze intentando joderle? Quizá no era una cuestión de ser amigos, ni de irse a hoteles, sino de construir un pacto útil para reconstruir un país.

Will Smith y la felicidad en un vídeo grabado en vertical

Me han dicho un centenar de veces que no se hacen vídeos en vertical, así que, cuando cojo el móvil para grabar algo, trato de acordarme de esto. La mitad de las veces se me olvida. No es que no preste interés o me parezca absurdo grabar en horizontal (no es así: entiendo porqué una imagen panorámica es mejor y sé que no solo es cosa de youtubers con miedo a perder parte de la resolución de pantalla). Pero, siendo sinceros, tampoco me quita el sueño hacerlos en vertical. No es que me la pele, pero casi y me pareció gracioso descubrir que a un tipo como Will Smith también. O eso parece en un clip que grabó para las redes sociales hablando de la felicidad y que ha terminado por hacerse viral.

Sin comerlo ni beberlo llegué a ser… ¡el chuleta de un barrio llamado Bel-Air!

El vídeo me gustó, la verdad. No pensé que Will Smith supiese tanto del amor. Pero ¿qué sabemos de toda esa gente que sale en el cine fingiendo que el mundo se ha ido a la mierda, que los aliens viven entre nosotros o que mola mucho ser poli en Los Ángeles con Martin Lawrence de compañero de placa? Poco, o nada. De su vida, poco o nada. En el vídeo de Facebook, Will Smith explica que llegó un día en el que se dio cuenta de que no podía hacer feliz a su mujer, porque nadie puede hacer eso con/por otra persona (puedes hacer reír, hacer sentir bien, […] pero no puedes responsabilizarte de su felicidad). Él lo vincula a un falso concepto de romanticismo que nos han metido por el gaznate durante más de un siglo y que nos hace creer que, al vivir en pareja, dos personas se convierten en una y deben tratar de hacerse felices. No deja de ser algo bastante profundo, ¿no?

En realidad, Will Smith no dice ninguna gilipollez y, si uno se toma el tiempo de aburrirse entre tanta app para móviles, drogas de diseño y series de televisión, puede comprobar que la mayoría de los filósofos de la historia ponían el foco de la felicidad en uno mismo y no en terceras personas, de Nietzsche a Aristóteles, de Bertrand Russell a Ortega y Gasset. Llámalo voluntad de poder o autorrealización, romper el ego o perseguir tus intereses.

Supongo que el príncipe de Bel-Air tiene tiempo —quieras que no, ya debía tener un millón o dos en el banco antes de poder empinar el codo legalmente en un bar de Filadelfia— y se echa al jardín a pensar en cómo dos personas con vidas individuales que eligen estar juntos mola más que esas parejas que no han sabido llenar sus propios vasos y se pasan el día culpando al otro de la sed que tienen y exigiendo que le sirvan.

El amor de otra persona nos hace sentir bien, incluso a ratos puede hacernos felices, pero más allá del nivel fisiológico, la vida no es una estúpida pirámide de Maslow con valores estándar: la seguridad, la afiliación, el reconocimiento o la autorrealización dependen de cada persona. Si para Epicuro la felicidad era agujero que veo, agujero que tapo, pues muy bien, para otros es una decisión personal y, en Oriente, hay gente que la entiende como una armonía interna. En cualquier caso, el vídeo en vertical de Will Smith marcaba el inicio y el final de un camino que depende de uno mismo (como, curiosamente, mostraba aquella película en la que empezó a colar a su hijo en Hollywood), pero su búsqueda sigue en las manos de cada cual. Lo que está claro es que no esperes que otro te haga feliz, busca cómo ser feliz y no tengas miedo a compartir esa felicidad. Eso es todo para lo que dan hoy mis pajas mentales.

Cómo empezar una novela: trucos, ejemplos y ¿cebos?

La primera página de una novela es un cebo que el lector debe morder. Es una de esas cosas de las que no te puedes olvidar y, si crees que puede ocurrir, tatúatela en la jeta. A nivel editorial, ese trocito del papel es fundamental: si no engancha, todo lo demás cae por su propio peso. El cine y la televisión hacen lo mismo con los inicios, pero nadie tiene tan poco tiempo para escoger un título como el lector de novelas en una librería: portada, contraportada, ojea algunas páginas por encima (como mucho, lee los primeros párrafos) y toma una decisión. Se trata de un pacto no escrito con el autor, como dice Jaume Cabré, pero no es más que parte del propio pacto que corresponde a cualquier ficción. Vamos, que tú te pateas la Casa del Libro buscando en qué gastarte quince o veinte pavos y, por lógica, vas a pillarte algo que empiece como Pulp Fiction de Tarantino y no como Roma de Alfonso Cuarón, y este ejemplo viene que ni al pelo, ya que las reglas están para romperse, pero lo que funciona, funciona.

«No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados. Cuando se oyó la detonación, unos cinco minutos después de que la niña hubiera abandonado la mesa, el padre no se levantó en seguida, sino que se quedó durante algunos segundos paralizado con la boca llena, sin atreverse a masticar ni a tragar ni menos aún a devolver el bocado al plato; y cuando por fin se alzó y corrió hacia el cuarto de baño, los que lo siguieron vieron cómo mientras descubría el cuerpo ensangrentado de su hija y se echaba las manos a la cabeza iba pasando el bocado de carne de un lado a otro de la boca, sin saber todavía qué hacer con él».

Corazón tan blanco (Javier Marías, 1992)

Alguien me dijo que Juan Marsé solía comentar que las primeras páginas de una novela debían atrapar al lector (agarrarlo bien y no soltarlo ya), pero, sobre todo, debían ser o pretender ser una síntesis del tema central del texto. No he encontrado esa afirmación de Marsé en ningún sitio, pero me la creo: esto ocurre en Rabos de lagartija o en Últimas tardes con Teresa, ¿no? En fin, que tan importante es que un inicio impacte como que plantee lo que desea cumplir. De ahí que se reescriban una vez, y otra, y otra vez…

Hora crepuscular. Un guardillón con ventano angosto, lleno de sol. Retratos, grabados, autógrafos repartidos por las paredes, sujetos con chinches de dibujante. Conversación lánguida de un hombre ciego y una mujer pelirrubia, triste y fatigada. El hombre ciego es un hiperbólico andaluz, poeta de odas y madrigales, Máximo Estrella. A la pelirrubia, por ser francesa, le dicen en la vecindad Madama Collet.

Max: Vuelve a leerme la carta del Buey Apis.

Madama Collet: Ten paciencia, Max.

Max: Pudo esperar a que me enterrasen.

Madama Collet: Le toca ir delante.

Max: ¡Collet, mal vamos a vernos sin esas cuatro crónicas! ¿Dónde gano yo veinte duros, Collet?

Madama Collet: Otra puerta se abrirá.

Max: La de la muerte. Podemos suicidarnos colectivamente.

Madama Collet: A mí la muerte no me asusta. ¡Pero tenemos una hija, Max!

Max: ¿Y si Claudinita estuviese conforme con mi proyecto de suicidio colectivo?

Madama Collet: ¡Es muy joven!

Max: También se matan los jóvenes, Collet.

Luces de bohemia (Ramón del Valle-Inclán, 1924)

El primer párrafo de una novela (bueno, Luces de bohemia no es bien, bien una novela, ya lo sé, pero con esas acotaciones imposibles tampoco es la típica obra de teatro, ¿no te parece?) debe empezar con algo que llame la atención al lector. Hay que intrigar, sorprender, cabrear. No importa que planteemos un hecho transcendental o, simplemente enigmático, chocante o atractivo, pero sí que debería poner en marcha el mecanismo de la narración. Una buena opción puede ser coger un momento de mucha tensión del eje narrativo, por ejemplo, y plantear un inicio in medias res, puesto que generarás preguntas en el lector que, más tarde, la propia historia se encargará de responder. Pero también una situación menor o que desafíe lo políticamente correcto puede valer: Chuck Palahniuk es un crack en esto, aunque las cosas últimamente no le van demasiado bien.

Pintura de autor(a) desconocido(a) que retrata a Nick Belane y a la Señora Muerte, quien fuma de espaldas al espectador.

Otro ejemplo, de lo último de Bukowski:

Yo estaba sentado en mi oficina, mi contrato de alquiler había vencido y McKelvey estaba iniciando los trámites para deshauciarme. Aquel día hacía un calor del demonio y el aire acondicionado se había roto. Una mosca se paseaba lentamente por encima de mi escritorio. Extendí el brazo con la palma de la mano abierta y la puse fuera de juego. Me estaba frotando la mano con la pernera derecha del pantalón cuando sonó el teléfono. Lo cogí.

-¿Sí? -dije.

-¿Ha leído usted a Céline? -preguntó una voz femenina. La voz era bastante sexy y yo llevaba mucho tiempo solo. Décadas.

-¿Céline? -dije-. Ummm…

-Quiero a Céline -dijo ella-. Tengo que conseguirlo.

Aquella voz tan sexy me estaba poniendo realmente cachondo.

-¿Céline? -dije-. Deme alguna información. Hábleme, señora, siga hablando…

-Súbase la cremallera -me contestó.

Miré hacia abajo.

-¿Cómo lo sabe? -le pregunté.

-Da igual. Lo que quiero es a Céline.

-Céline está muerto.

-No lo está. Quiero que le encuentren. Quiero tenerlo.

-Puedo encontrar sus huesos.

-No, estúpido, ¡está vivo!

Charles Bukowski, Pulp (1994)

A grandes rasgos, lo que he aprendido es que te aprendas las normas para romper las normas, porque las normas aburren. Pero:

  • Las primeras páginas de una historia tienen que poner algo en movimiento: la novela se está cobrando todo lo que el cine le ha robado, ¿sabes?
  • Al inicio, estás fijando las reglas del mundo que vas a narrar: no es buena idea empezar con alguien soñando o una introspección y tampoco con elementos que no vayan a aparecer en la historia solo por sorprender, porque estás mintiendo, y jodiendo el pacto ficcional, y la confianza que el lector ha puesto en ti
  • Tampoco es lugar en el que vomitar un montón de información o describir las baldosas del jardín de la abuela del protagonista: buscamos un momento que introduzca la historia y si puede recoger la esencia de lo que vamos a narrar ya será la hostia
El club de la lucha es la novela más conocida de Chuck Palahniuk. En 1999, David Fincher la adaptó al cine. Escribí sobre en qué cree Tyler Durden (y II),

De las notas de mis clases de novela, he extraído doce puntos por si le sirven a alguien más. Transcribo, tal cual:

  1. Debes llamar la atención: olvídate de las premisas de la novela realista
  2. Solo importa asistir a un hecho trascendental
  3. Los primeros párrafos deben poner algo en movimiento
  4. Aquí no es cuestión de irse por las ramas: frases cortas; ve al grano
  5. Podemos dar una pista para ubicar al lector en un momento espacio-tiempo
  6. Fijamos las reglas desde el inicio: si hay magia, hay magia; si el mundo se ha ido a la mierda, se ha ido a la mierda
  7. Ahora mismo, al lector se la sopla la historia de fondo (backstory)
  8. Empieza con una pregunta retórica: puede ser literal, o no serlo
  9. Provoca (o genera empatía), para que el lector se quede contigo el tiempo suficiente
  10. Comienza con algo gracioso (pero asegúrate de que lo es, porque ser gracioso es jodido de cojones)
  11. Promete un conflicto: ¿vencerá Rocky a Apollo Creed?, ¿escalarán el Everest?, ¿podrá Homer cruzar la Garganta de Springfield con un monopatín?
  12. Ofrece una experiencia puramente emocional

No tienes ni puta idea de cómo hacer todo eso. Bienvenido/a al club. Supongo que esa es parte de la gracia: descubrir cómo puedes ofrecer algo nuevo o que diga algo muy viejo de otra forma. En mi caso, por ejemplo, me ha costado mucho empezar a encontrar el punto entre la falta de descripciones y el hiperdetallismo. Hoy, el realismo o el naturalismo nos quedan muy lejos y no tiene ningún sentido caer en descripciones kilométricas (sí, hay gente que lo hace y le queda de puta madre), porque ya leemos el todo dentro del detalle. ¿Qué vas a hacer? ¿Empezar una historia como lo hacía Jack London?* En teoría, ya no podemos hacer eso.

Rocky (John G. Avildsen, 1976) cuenta una historia que ya se había explicado miles y miles de veces en la literatura, e incluso en el cine, pero lo hace de un modo distinto.

En las primeras páginas, esos detalles que terminan de completar la escena son todavía más importantes, puesto que apenas hay espacio. Por descontado, serán importantes en todo el texto, pero al inicio es mucho más importante saber observar la propia escena que estás creando y transmitir una impresión verosímil en el lector. Los buenos detalles son los que crean impresiones imperecederas, como el sombrero fedora y el látigo de Indiana Jones o la forma en la que un condenado a muerte sortea un charco para no ensuciarse las botas camina a la horca.

En fin, que hay buenas novelas con malos comienzos, pero no hay malos comienzos en buenas novelas.** Al final, algo significará, digo yo.

Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero. Relájate. Recógete. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida. Dilo en seguida, a los demás: «¡No, no quiero ver la televisión!» Alza la voz, si no te oyen: «¡Estoy leyendo! ¡No quiero que me molesten!» Quizá no te han oído, con todo ese estruendo; dilo más fuerte, grita: «¡Estoy empezando a leer la nueva novela de Italo Calvino!» O no lo digas si no quieres; esperemos que te dejen en paz.

Si una noche de invierno un viajero (Italo Calvino, 1979)


* Me compré hace poco la edición ilustrada de La llamada de lo salvaje (Jack London, 1903) de Nórdica Libros y me ha encantado, por cierto.

** Dejo aquí 10 inicios de buenas novelas por si le inspiran a alguien

¿Quieres escribir un blog personal?

Llevo ocho años publicando entradas en este blog. Un blog que no sé muy bien cómo empezó más allá del «típico sitio donde escribir bobadas», pero con el que diría que he conseguido dos cosas que busco en casi todo lo que hago: ser mejor en esto y ser mejor persona. No, pasta no he sacado (bueno, directamente no), aunque yo no soy mucho de intentar sacar pasta de cualquier cosa que hago: ese gen se lo quedó otro. Además, cada vez es más difícil conseguir ingresos por escribir un blog. Tras las vacas gordas —allá por el dos mil y poco—, generar contenido de éxito te abre más puertas que duros te entran en la cuenta corriente: vamos, que no deja de ser un mero escaparate.

Lisa de cosplay de Alicia en el país de las maravillas. Se lo ha tomado en serio.

Claro que sale gente que se lanza a escribir en WordPress, y le dan premios, y se convierte en un/una influencer de esos, y se pega la gran vida. Bueno, supongo que los habrá, o los había, porque ahora todo eso ha saltado a YouTube y a Instagram, ¿no te parece? Hoy, te lees un artículo sobre blogueros famosos como el de Ciudadano 2.0 y te da un poco la risa (y eso que tampoco es tan, tan viejo; el artículo, digo). Es normal: los canales cambian. El blog queda para vender la marca personal, para aprovechar los últimos coletazos de meter anuncios y coger cuatro duros por publicidad o para fusionarse con otras plataformas. Aquellos blogs con cuentitos, como el de Hernán Casciari, o con experiencias rocambolescas como el de El sentido de la vida quedaron atrás. Quedan blogs, muchos blogs, pero cada día son más lo que los diarios en papel a Internet. No van a desaparecer ni mucho menos, pero «the most», lo innovador, está pululando por otros lares.

Un blog personal es lo que es (aunque parezca tonto decirlo)

Hoy, quizá (no lo creo) hay más direcciones web que nunca en la blogosfera, pero parte de su relevancia se ha perdido (por algo a partir de este año cobran 6 € por inscribirte en los Premios 20Blogs del 20 Minutos, y su gran qué no es pasta ni premios, sino un espacio en los blogs destacados del diario web).

Si no eres George R. R. Martin, J.K. Rowling o James Patterson, a los «juntaletras» no nos ofrecen demasiado y, ya ves, pongo ejemplos de gente que escribe libros, no blogs (bueno, excepto George, que yo sepa, y quién sabe qué fue primero, si el huevo o la gallina). Lo más que vas a sacar con un blog personal son oportunidades en otros medios y date con un canto en los dientes. Ahora bien, si quieres tener un espacio propio en el que seguir escribiendo con ganas (y puede que suene la flauta, ¿o no?), ahí sí puedo ayudarte un poco y, es más, esa es la primera condición, porque si no es divertido, no vale la pena.

¿Siguen los blogs siendo un canal estupendísimo para formarse e informarse? Claro, y para debatir, compartir opiniones y descubrir nuevas voces. En el otro lado está el pero: y el pero es que hay mejores espacios para transmitir contenidos de una forma rápida y directa para su consumo. Se suma el hecho de que un blog personal siempre tendrá más complicado generar visitas, porque mientras que uno profesional suele tratar temas que, potencialmente, muevan a miles y miles de personas, un blog personal, por regla general, está centrado en el punto de vista del autor con relación a.. bueno, a todo tipo de cosas, ¿no? El error, sin embargo, es intentar hacer lo mismo en YouTube que en WordPress, o en un blog personal de lo que harías en otro profesional, pero si lo que quieres es escribir un blog y pasártelo genial, quizá estos consejos funcionen.

A ti te hacen homenajes como a George, ¿eh? Pues eso, a seguir escribiendo tu blog.

Uno. Todo requiere rutina, pero si no es divertido, no vale la pena

A ver si te sirve mi experiencia: después de publicar De cómo los animales viven y mueren, empecé a dedicar muchísimo tiempo a escribir entradas sobre animalismo y ética animal (tanto en este blog como en páginas y medios de terceros), a preparar presentaciones, a realizar charlas, a devanarme los sesos. En mi cabeza tenía todo el sentido del mundo: la editorial estaba haciendo equis promoción, consiguiendo oportunidades para difundir mi trabajo (en la radio, en la prensa, en espacios relacionados) y yo también podía (¿debía?) abrirme paso para conseguir más y más relevancia para el texto y el equipo que había detrás. Al final, el blog se convirtió, allá por 2017, en una herramienta de promoción en la que muchas de las cosas que me gustaban (narrativa, medios audiovisuales, columnas de opinión, etc.) ya no parecían tener cabida. Entonces, comencé a escribir menos (aquí) y a dedicar tiempo a otras cosas: a un posgrado, a replantear un libro, a seminarios de fin de semana, a una escuela de escritura…

En su momento, lo achaqué a la falta de tiempo (entre responsabilidades y el día a día: que también, supongo). No obstante, un año y medio después, nada ha cambiado en lo que a disponibilidad se refiere, y vuelvo a tener muchas más ganas de dedicar un buen rato aquí cada semana. Por descontado, durante estos dos o tres años, también he estado escribiendo una novela, lo que lleva sus cientos y cientos de horas, pero, en otro momento, eso no hubiera sido más que un «daño colateral» o un picor en la nuca que me avisaba de que me organizase un poco mejor o no me exigiese tanto, tanto. Escribir un blog es una rutina, y cuanto más lo hagas, mejor te lo vas a pasar, pero a excepción del trabajo para vivir, la mayoría de cosas que no son divertidas, no valen la pena. Y, ¡ojo!, siempre hay formas de hacerlas divertidas: estemos hablando de hacer ejercicio, de escribir o de la vida en general.

Dos. Haz cosas y, luego, escribe

Yo qué sé. Vete de museos, hombre.

Hay un montón de escritores que pensaban con los pies; otros preferían el escritorio de su despacho. Escribas un blog o Cien años de soledad —no sé, aquí me pega esa novela— siempre vas a necesitar sentar el culo en una silla y ponerte a teclear, pero el proceso no tiene nada que ver. Puedes escribir de lo que vives o puedes escribir sin necesidad de vivir, pero ninguna de las dos es contraria a vivir de lo que escribes o vivir lo que escribes. En mi caso, cuanto menos hago, menos ideas tengo: centrar todo el proceso en la escritura y limitar cualquier otra experiencia es la mejor forma que yo tengo para quedarme sin temas. Los tiempos de mayor actividad nunca me han saturado, sino que me han inspirado, pero, claro, esto es un truco que funciona conmigo: ¿me bloqueo? leo, salgo de fiesta con los amigos, hago un viaje, me voy a descubrir un rincón de la ciudad, vivo una aventurilla en compañía canina (como diría mi perro, si pudiese: casi todo está por oler). Haz algo, lo que sea, pero haz cosas y, luego, escribe.

Tres. Escribe de lo que te gusta

Por deficiente o incompleto que sea cualquier proyecto en un inicio, si te apasiona, encuentras el camino. Aunque seamos más hippies que los amigos de la madre de Homer Simpson, nos va a tocar hacer un montón de cosas que no nos apetecen demasiado. Por lo menos, escribe de lo que te gusta. Siempre va a haber gente a quien le apetezca leer sobre perros braquicéfalos, pintores impresionistas franceses o teoría económica neoliberal. Vamos, lo que dicen las abuelas, que siempre hay un roto pa’un descosido, así que aprovéchalo. La otra opción es ponerte a escribir cosas que crees que le van a gustar a los demás (para eso, intenta escribir algo por lo que te paguen directamente, hombre) y tanto traicionarte a ti mismo/a como mandar la autenticidad a tomar por culo, porque pocas cosas hay peores que fingir lo que no eres.

Cuatro. La actualidad inspira o desespera, pero da temas de los que escribir

En la mayoría de los blogs (excepto si escribes sobre cruzados españoles en Tierra Santa, o cosas así) vas a tocar temas de actualidad. Puede que la actualidad se traduzca en analizar Los Caín de Enrique Llamas, Ordesa de Manuel Vilas y Problemas de identidad de Carlos Zanón para tu blog literario, aprender sobre el infierno de las rehalas y la montería que sufren los perros de caza en España o en escuchar el podcast con lo último del Captcha de Xataka para enterarte de qué avances se están produciendo en IA, bioética y posthumanismo. Yo qué sé: puede que escribas sobre influencers y leas el Quore para hacer una antología del culo de la Kardashian (spoiler: ya lo hizo alguien). Lo que sea. En cualquier caso, una buena lista de feeds y muchas ganas de seguir descubriendo cosas nuevas te ayudarán a generarte una opinión y unas cuantas ideas que trasladar al blog. Quizá este punto parece un poco estúpido y, sin embargo, ¿cuánta gente se ha sentado a escribir y no sabía de qué? Una búsqueda activa siempre inspira y, si te paseas por las noticias de política y sociedad, quizá también desespera.

Hablar de actualidad será suficiente: no hace falta adivinar el futuro como hacen Los Simpson.

Quinto. Un blog solo es un blog.

Si no confundes desvalorizar con relativizar, relativizar siempre va bien. Un blog solo son entradas sobre un tema (o muchos) que se interrelacionan (o no) y que, a ti, te sirven para escribir acerca de lo que te apasiona, inspira o seduce. Cuando empiezas a darle demasiada importancia a lo que debes frente a lo que querías, conviertes un pasatiempo en trabajo y eso no era lo que buscábamos aquí, ¿no? Aun así, cuando uno escribe como trabajo (como estos chicos tan majos del blog 40defiebre, o un servidor) descubre que el éxito siempre es relativo frente a la constancia y que, si no te lo pasas bien, te va a salir un mojón, porque siempre hay gente a quien le apasionan las anémonas, el Bronx de los setenta o el barranquismo y el psicobloc.

¿Qué le decimos al dios de la muerte?

Sólo después de que el último árbol sea cortado, sólo después de que el último río sea envenenado, sólo después de que el último pez sea apresado, sólo entonces, sabrás que el dinero no se puede comer.

Carta del Gran Jefe de los Indios Cree al Presidente de los EEUU (1855)

De la primera a la última temporada de Juego de Tronos (sí, esa tan criticada) tienen secuencias espectaculares. Una de mis favoritas ocurre en el día en que Arya Stark debe escapar de Desembarco del Rey y el bravo Syrio Forel se enfrenta con una espada de madera a cinco guardias Lannister y a Ser Meryn Trant. Ese día, Syrio muere con toda probabilidad («La primera espada de Braavos no corre»), pero deja en el aire una frase alucinante: «¿Qué le decimos al dios de la muerte? Hoy, no.»

Syrio Forel y Arya Stark entrenando en Desembarco del Rey (Juego de Tronos: HBO).

Sería fantástico que estos días aplicásemos un poco de toda esa épica a nuestro mundo. Aquí, en la Tierra, Bolsonaro ha despedido al director del instituto de investigación que denunció 72.000 incendios en el país en lo que va de año (sí, la cifra parece ser que es correcta) y ha culpado a las ONG. Las fotos satelitales son casi tan espeluznantes como el mensaje que el presidente brasileño está enviando a todo el mundo y que se resume del modo siguiente: abrir toda la Amazonia a la explotación minera, forestal y ga­nadera.

Bolsonaro, igual que Trump, solo son el reflejo de nuestra sociedad. Hoy, nos dirigimos hacia un punto de no-retorno (o ya hemos embarrancado contra él), pero la mayoría sigue con el pie en el acelerador. Cada año, nos llega antes la noticia de que hemos agotado todos los recursos que puede generar el planeta en un año. Nos limpiamos el culo con la noticia. Cada año, es más evidente que, quieras seguir una dieta omnívora u otra basada en vegetales (o entre medias), no se puede mantenerse el consumo actual de recursos naturales. Pero no nos gusta cómo suena eso, así que lo obviamos y miramos hacia otro lado.

quema-amazonas-mx-21
500.000 hectáreas quemadas en el Amazonas en 16 días de incendio.

Donald Trump intentando comprar Groenlandia (he encontrado un artículo muy interesante sobre este tema, por cierto), Jair Bolsonaro permitiendo que se destruya el pulmón del mundo, Noruega retirando una subvención. A grandes rasgos, podríamos resumir la situación de estas dos últimas semanas en este par de líneas. Un poco triste, ¿no? ¿Tanto Internet, tanta universidad, tanto siglo veintiuno para reducirlo todo a dinero?

La lucha animalista y el colectivo LGTBI+ suelen hacer mención a aquella frase célebre de la segunda ola feminista que dice «lo personal es político». Quizá es hora de que nos metamos esa idea en la cabeza en lo que se refiere al cambio climático: luchar por el planeta es hacerlo por uno mismo. La ciencia lleva décadas diciéndonos que el mundo no puede aguantar y nosotros saltando y saltando encima de un globo que sigue desinflándose de puto milagro, pero ¿cuántos se van a sorprender el día que explote el globito? No tiene sentido. No podemos quejarnos de los Trump y los Bolsonaro (y los Rivera, los Abascal, los Casado…)  y apoyarles, y votarles, y repetir sus gilipolleces como loros. No podemos seguir consumiendo baja el lema de para lo que me queda en el convento, me cago dentro, ni creer que compartiendo memes y difundiendo noticias en el Facebook o en el Instagram es suficiente. No es suficiente. La solidaridad no termina compartiendo una publicación sobre lo que están haciendo y lo que les están haciendo a la gente del Open Arms (y esto también), sino buscando vías para el ahorro energético, la conciencia medioambiental, la colaboración ciudadana, la fraternidad.

zona-desolada-amazonas
Zona desolada por los incendios provocados por madereros y granjeros en Iranduba, en el estado brasileño de Amazonas (20 de agosto de 2019) (Bruno Kelly / Reuters) vía La Vanguardia

A toda esta gente, se la detiene siendo más fuertes, asumiendo una parte de nuestra responsabilidad, no rezando por el Amazonas ni encomendándonos a los dioses, sino saliendo a la calle, planificando y asistiendo a manifestaciones y utilizando todas y cada una de las vías que tenemos disponibles para exigir cambios en las instituciones. En resumen, comprometiéndonos; encontrando un camino desde el que plantear un cambio y actuando en consecuencia. Hay muchas pequeñas acciones que pueden ayudar a frenar lo que está pasando: incluso ahora, cuando estamos abrumados por cómo nos superan los acontecimientos, sigue funcionando aquello del «piensa globalmente, actúa localmente».  ¿Cuál es el problema entonces? Que creemos que no podemos hacer nada, pero estos cabrones nos están demostrando que no hay nada más importante por hacer. Parafraseando al tal Syrio Forell, solo hay un dios de la muerte: el cambio climático, y ¿qué le decimos al dios de la muerte? Hoy, no. Pues venga, que se note.

Enlaces relacionados: