El animal que hablaba más de la cuenta

El chimpancé se sentó frente a nosotros y se quedó mirándonos, muy quieto. Miquel me explicó que nos saludaba; me sorprendió y, a la vez, no lo hizo: si un perro o un cerdo tienen una asombrosa memoria procedimental, ¿qué no podrá hacer una especie que comparte con nosotros entre el 96 y el 99 % de su genoma?

Eso no fue lo único que me explicó aquel día. También hablamos de toda la gente que contactaba con la fundación para intentar vivir un día entre primates (¿sabrán ellos que lo hacen constantemente?), sin comprender que un centro de recuperación es un espacio que busca devolver a un animal a su entorno; y si esto no puede ser, ofrecerle una alternativa lo más cercana posible. Sin saber que un chimpancé puede arrancar el brazo de un ser humano de cuajo, y, sobre todo, demostrando que esa forma de pensar que pervive es la misma que los llevó allí y que les ha negado un futuro en su verdadero hábitat.

Chimpances

Allí, donde acabó el chimpancé que fumaba en Crónicas Marcianas, y también el que le regalaron como mascota a la primogénita de una familia riquísima de Dubái; muchos otros que salieron de circos, y de colecciones privadas. Tras el tendido eléctrico, está aquel que abrazaba a los visitantes para fotografiarse cien veces por hora, y quien fue obligada a vivir encerrada en una jaula durante interminables horas cuando dejó de ser un bebé.

Pero esto no es nuevo. Se trata de desconocimiento e intereses privados. Es lo mismo que hacen millones de marcas con el aceite de palma, cuyo etiquetado en muchos países ni tan siquiera es obligatorio, o puede esconderse tras conceptos como grasas vegetales, que poco o nada dicen, y que la mayoría de nosotros ni consultamos antes de comprar Tulipán, Panrico, Nocilla o Yatekomo (¿lo sabrá Dani Rovira, cuya labor animalista ha aparecido tantas veces por televisión?).

Mientras pensaba en todo esto, me acordé de Dumba, una elefanta adulta que apareció por las redes sociales; se denunciaba públicamente a sus dueños, dedicados al mundo del circo (quien me haya leído un poco, ya conocerá mi opinión, imagino), por mantenerla en un jardín de 100 m2 en Caldes de Montbui (Barcelona). Un animal con múltiples estereotipias, como informa FAADA, y un declive paulatino desde hace cinco o seis años; obligada a realizar conductas no naturales y, directamente, prohibidas en Cataluña, y frente a la cual se congregan grupos de colegiales en excursiones (supuestamente) formativas, que no cuentan con ninguna medida de seguridad más allá del amaestramiento de su —en este caso, sí me parece pertinente usar esta palabra— dueña.

Dumba (2016) FAADA
Fotografía de la elefanta Dumba en 2016. Para más información sobre el caso, podéis leer el enlace a FAADA.

Otro Arturo, que nos toca más de cerca, y para el que no se plantea medida alguna por parte de la Administración. Con Dumba, la culpa también se reparte, por falta de conocimiento, y por inacción de todos; porque ella no vive bien, y parte del problema es que no sabemos cómo viven todos estos animales. Parte del problema es que creemos que un zoológico es educativo, e incluso aquellos contrarios a un circo, a un zoo o a una empresa que anuncia cursos de adiestramiento multiespecie y que perpetúa un modelo ya de por sí erróneo (y muy lucrativo, no lo olvidemos) que pasó del rescate a la cría y la selección, no entienden qué significa un centro de rescate y recuperación; no entienden que no podemos cambiar los modelos de un día para el otro, pero, sobre todo, que hay dos grandes barreras: una la tenemos muy cerca, y es el apoyo activo, con carros de caballos, y zoológicos, y espectáculos de todo tipo, y explotación industrial; la otra quizá es más velada: conocimiento, información, interés; cerrar la boca —sí, lo contrario al deporte nacional de este, y de muchos otros países— hasta tener algo coherente que decir, algo con fundamento, y evitar que tengamos que oír que la solución es llevar a Dumba mañana a una sabana africana, o cerrar todos los circos y los zoos de un día para el siguiente; topándonos con el sacrificio sistemático de una mayoría y con el fracaso de todos.

Reserva natural en China

Poco antes de morir, Umberto Eco lo clavó: «El drama de Internet es que ha promovido al tonto del pueblo como portador de la verdad.» Eso sí, no confundamos la necesidad de un medio plazo con otra excusa para perpetuar un modelo que ya debería haber desaparecido en todo Occidente, y empezar a erradicarse en otros puntos del planeta; y es que ya lo decía un acertado titular de La Vanguardia hace más de un año: el zoo del futuro no quiere rejas.


Enlaces relacionados:

Mi suegro y el trabajo

Para mí, se acabaron las vacaciones. Entre el mes de marzo por tierras americanas y las dos semanas, que se han convertido en tres, de este agosto, junto a aquella de rigor que espera en Navidad, tengo suerte de no cobrarme los días de asueto a mí mismo.

La semana pasada deambulé por Mallorca, de playa en playa, recuperando el contacto con antiguos amigos y conocidos, nadando para lo que queda de año y poniéndome al día con unas cuantas lecturas. Pero, a grandes rasgos, visitando a la familia de mi novia mujer, tirado en el sofá con los perros de los suegros y reencontrándome con situaciones, carreteras e imágenes ya conocidas. Algunas acercaron el pasado, y, por descontado, cierta nostalgia que, para el que os cuenta esto, siempre flota, invisible, a los pies de la Sierra de Tramontana. Visité Caimari, mi antiguo hogar, y, de rebote, Valldemossa —esta vez me salté la cartuja, que la tengo aburrida, y a Chopin, y a George Sand—, y aunque no sin cierta tristeza asociada, agradecí poder volver allí.

Soy fan de la gorra de los New York Yankees

Uno de esos días, no me obligues a recordar cuál, caí en la cuenta de que jamás he escrito ni un par de líneas sobre mi suegro. No es fácil hablar de aquellos que pululan alrededor, supongo.

Probaré.

Mi suegro es un tío enorme, y también es alto de cojones. A diferencia del resto de mallorquines, pocas veces me ha soltado aquello de què és d’enfora això! que te repiten hasta la náusea los palmesanos (probablemente en castellano), y la gente de pueblo (que es el resto de la isla) si te atreves a moverte más allá de un radio de quince o treinta kilómetros. Será por las pintas de guiri, que completa con su gorra de los New York Yankees y su hábito de mezclar el mallorquín y el español con el inglés, el alemán, el ruso, el italiano, y lo que haga falta; o por llevar conduciendo por allí toda la vida, por trabajo y también en los días libres —que nunca son libres, porque es cuando se las arregla para no estar quieto en las veinticuatro horas de las que dispone, en temporada alta, para sus cosas—.

Bueno, no tengo ni idea por qué será, en realidad; al final, resultará que los tópicos no aciertan con todo el mundo.

De cualquier modo, me gusta acercarme allí en verano, pero le vemos poco. Mi suegro es uno de esos raros especímenes que imbuyen un aura de solemnidad a todo lo que tocan, y por eso trabaja diez, doce y dieciséis horas si hace falta; después, se pega una siesta, y encadena una jornada nocturna con la jubilación tan cerca de los morros. Y lo hace bien. Otra razón por la que apenas pasa por casa más que para dormir, pues.

Trabajar como ya nadie lo hace quizá fue lo que permitió dirigir tu vida hacia allí donde querías, y encontrar lo que buscabas; después llegaron las multinacionales, las hipotecas puente, los CEO, y la madre que los parió a todos, y ya nadie pudo seguir soñando.

Nadie le paga por preocuparse de una furgoneta que hace un ruido raro y llevarla al taller en su tiempo libre; ni de preparar aceitunas para un equipo compuesto por decenas de personas. Tampoco por ceder, y fastidiarse una Nochebuena, un día de fiesta o un plan que choca de frente contra un servicio imprevisto. Es alguien con quien siempre puedes contar, por lo que, a lo largo de los últimos treinta o cuarenta años, se habrán aprovechado de él más veces de las que cualquiera puede recordar.

Pedro Palau (mi suegro)

No parece importarle; ni tan siquiera hoy. Mi suegro ejemplifica esa solemnidad que tenían las profesiones de toda una vida; los trabajos hechos como ya nadie los hace; el reconocimiento en tu fuero interno, la certeza de trabajar, en última estancia, para uno mismo. En esto, me recuerda a mi padre, y en cierto modo, me gusta pensar que así es. Yo, consciente de lo que todo ello significa, lo agradezco; y también atisbo a comprender que, si hubiese existido la posibilidad, quizá mi relación con esta otra figura que ya no existe hubiese terminado por enderezarse.

Si lo explicas, la mayoría pensará que es una gilipollez; que no se puede vivir para trabajar, demasiado confusos sobre cómo alguien puede disfrutar de una forma tan natural del trabajo de su vida; yo no sé qué pensar. Trabajar como ya nadie lo hace quizá fue lo que permitió dirigir tu vida hacia allí donde querías, y encontrar lo que buscabas; después llegaron las multinacionales, las hipotecas puente, los CEO, y la madre que los parió a todos, y ya nadie pudo seguir soñando.

Cuando aterricé en Barcelona, un sonriente auxiliar de vuelo de Ryanair al que tres pasajeros francamente maleducados le habían gritado varias veces en menos de veinte minutos me recordó algo que me repitieron demasiado en la adolescencia: «Tienes que intentar ser el mejor, y disfrutar siempre de lo que haces, incluso aunque te toque recoger la mierda de los demás.»

No sé si podría ser el mejor, ni disfrutar de ese trabajo, pero empiezo a entender por dónde iban los tiros.

Será la edad.

Un pezón de cerdo

Disonancia cognitiva:

Tensión o desarmonía interna del sistema de ideas, creencias y emociones (cogniciones) que percibe una persona al mantener al mismo tiempo dos pensamientos que están en conflicto, o por un comportamiento que entra en conflicto con sus creencias. Es decir, el término se refiere a la percepción de incompatibilidad de dos cogniciones simultáneas, todo lo cual puede impactar sobre sus actitudes.

Un pezón. Un pezón de cerdo en tu beicon. Algo tan nimio, tan estúpido, ha despertado todas las alarmas y un sinfín de opiniones.

No se puede criticar a alguien que te mira a los ojos después de matar a un animal y te dice: «Yo elijo mi alimentación.» Alguien que visita un matadero con su familia y decide seguir consumiendo productos animales construidos (o destruidos) en cadena.

Beicón (pezón)Puede no ser natural; incluso se ha demostrado que otros animales pueden sentir ese dolor, esa inquietud, que emana de aquellos encerrados en un matadero y destinados al consumo; como un perro que nunca ha pisado una perrera y, rápidamente, se contagia de la intranquilidad y el nerviosismo que impera siempre en ellas. Pero multiplicado. Por cien. Por mil. Quién sabe.

No lo comparto. No comparto la caza, ni la pesca, ni la cría industrial, ni una alimentación basada en la carne y el pescado. No lo hago. Pero respeto a todo aquel que sabe lo que consume, que no le importa, que piensa diferente. Respeto el pensamiento tradicional, pero no la invisibilización del proceso.

Ese pezón es solo una bofetada a todo aquello que se esconde detrás de grandes paredes de hormigón.

No es beicon, ni filete, ni criadillas. Son trozos de un cerdo, de una vaca, de cualquier animal, mamífero o no; y cuando se convierten en beicon, en filetes, en criadillas, estamos un paso más cerca de no saber lo que consumimos, y de seguir insensibles al drama que representa criar y matar miles de millones de animales cada año.

Ese pezón es solo una bofetada a todo aquello que se esconde detrás de grandes paredes de hormigón que no consiguen silenciar los gritos. De los matarifes que terminan su jornada alcoholizados, o drogados, o insensibilizados a cualquier tipo de dolor; no todos, claro que no, pero nadie puede matar a decenas de seres diariamente y seguir igual.

Ese pezón está llamando imbécil a varias generaciones que se han creído que nuestro modo de vida es normal y natural; que lo sano y lo sensato es comer carne, y pescado, y productos de origen animal cada día, en cada comida, a todas horas, cuando nunca antes se hizo.

Un pezón que también nos demuestra lo flojos que somos. El miedo que nos da ser consecuentes con nuestras propias ideas y con nuestro modo de vida. El pavor que nos supone coger un cuchillo y cortar el cuello a un pollo o abrir en canal a un cerdo, una vaca o un ternero. ¿O quizá es que no son nuestras ideas? Quizá son ideas impuestas, pero cómodas. Una forma sencilla de no preguntarse por cómo funcionan las cosas, sino de dejarse llevar.

Pero ese pezón no es un trozo de beicon. Es el cuerpo de un animal; un animal que vivió, como tú, o yo, o tu perro, o tu gato; y lo que todavía es peor; ese pezón te está diciendo que eres un hipócrita, que no quieres ver lo que hay detrás de los kilos y kilos de productos cárnicos que colapsan todos los supermercados, todas las ciudades y la mayoría de los países; el pezón de un animal al que alguien mató, y un error que no volverá a cometerse en un buen tiempo, porque todavía no somos suficientes los que queremos que pienses en todo esto; porque la mayoría se contentará con tener tiras de panceta libres de pezones.

Las historias de (rol de) Ab3

Verano de 2016. Tras revisitar La guía del autoestopista galáctico (con una toalla cerca en todo momento), devorar las películas clásicas de los Monty Python, y también de Terry Gilliam, y releer algunos capítulos de El señor de los anillos —aunque siempre preferí El Hobbit—, caen, de una de las cajas de mi última mudanza, unos viejos manuales de Dragones y Mazmorras; ese mismo día, empiezo a devorar una serie de estreno con aires ochenteros: Stranger Things, donde los cuatro niños protagonistas, los tres que conocerán a Eleven y aquel al que tratarán de rescatar, juegan a D&D y se enfrentan al Demogorgon, un príncipe demoníaco que ya aparecía en la primera edición del juego.

Stranger Things (cartel promocional)
Cartel promocional de la serie Stranger Things en Netflix. Serie 100 % recomendable.

Lo relacioné de inmediato con las historias de Ab3 (en inglés), que un tal Reverendo tradujo con mucha gracia hace más de una década (para hacernos una idea, el hilo revivido por un usuario de Meristation data de 2004-2005, y la web debió aparecer poco más allá de principios de siglo). Tras todo lo anterior, tuve cierto impulso de ponerme en la piel de esos niños tan freaks que salvaban el mundo frente a un tablero, unas cuantas notas en papel y un buen puñado de dados.

Por desgracia, no hay tiempo para todo, por lo que mientras nos toca la lotería o una gran multinacional compra por cientos de millones una de mis revolucionarias ideas de negocio (¡ja!), me conformo con recuperar en un formato adecuado todas aquellas historias de rol con las que uno no podía parar de reír.

Las tradujo este señor, cuya página web se perdía con el paso de los años en otro plano de existencia, o quedaba recluido en las Dimensiones Mazmorra, en R’lyeh o a través de todo el Multiverso… Quién sabe. De cualquier modo, y al margen de la legalidad de coger estos textos y darles un formato adecuado (he conseguido hablar con el autor original, y cortar el árbol más alto del bosque con… ¡un arenque!, para obtener su permiso; pero no he encontrado al traductor, que emigró a tierra de Canguros, según se cuenta).

Paul Kidby - Rincewind (en las Dimensiones Mazmorra)
Y aquí tenemos a un asustado Rincewind en las Dimensiones Mazmorra…

Entonces, se me ocurrieron tres ideas relacionadas entre sí: a) hay fragmentos mal organizados por multitud de foros de habla hispana y por todo Internet, así que mejor organizarlos y referenciarlos en algún sitio (¿por qué no aquí?); b) por lo majo que parecía el tal Reverendo (Jorge Prieto), seguro que también me daría permiso para transcribir y corregir los textos originales en español; y c) porque si alguna de las afirmaciones anteriores no es correcta, lo más probable es que exista un universo alternativo en el que, o él está de acuerdo, o yo jamás me decido a hacer algo así, y me marche a comprar un falafel (o nos esclavicen seres insectoides provenientes de Gor).

Si ni tan siquiera la gastronomía turca y libanesa puede zanjar este tema, un e-mail será suficiente para retirar esta versión renacida de sus cenizas gracias a una pluma de fénix, un simple hechizo de resurrección o un tipo avispado que, rápidamente, se percató de que todas estas historias solo habían fingido su propia muerte.

Pégale un clic a este otro enlace para leer (o releer) las historias de rol de Ab3 en español.

Cthulhu (H.P. Lovecraft)
Cthulhu asomando el morro… o lo que sea.

Quedaron nueve en la recámara que (que yo sepa) nadie se atrevió a traducir, pero como (creo que) tengo los medios —aunque sea de un modo… indirecto— quizá también aparecen por aquí…

Además, que esto se llama Doblando tentáculos; antes o después tenía que asomar el morro Cthulhu, o lo que sea eso que le cuelga de la cara…

Las 16 historias de Ab3 traducidas al español:

  1. El equipo que no sabía disparar a derechas (21 de marzo de 2002)
  2. El día en que maté a todo el grupo antes del primer combate (9 de agosto de 2002)
  3. Una noche en la posada, un día con los racistas (22 de agosto de 2002)
  4. El viaje divino (30 de agosto de 2002)
  5. Mitos rotos y doloridos (7 de septiembre de 2002)
  6. Las aventuras de los Monty Python en el abismo más profundo del infierno casero (18 de septiembre de 2002)
  7. Kobayashi Maru con violencia indiscriminada y supermodelos (26 de septiembre de 2002)
  8. ¿Cómo que han perdido el riñón de mi mujer? (4 de octubre de 2002)
  9. Nunca dejes atrás tus pelotas (12 de octubre de 2002)
  10. Muerte por pulgares (19 de octubre de 2002)
  11. La noche de los supercadáveres (26 de octubre de 2002)
  12. Caníbales, paletos y astronautas transexuales (30 de noviembre de 2002)
  13. Atrapado en la academia Jedi (24 de diciembre de 2002)
  14. Reservoir Torgs (28 de diciembre de 2002)
  15. La habitación equivocada de R’yleh (13 de septiembre de 2003)
  16. El gran desfile de la muerte de Gamma World (9 de marzo de 2004)

Quedaste en el pasado

Como algunos malos vicios y ciertas actitudes que no llevaban a nada, hay muchas personas que quedaron en mi pasado. Hoy, desayunando en la terraza, empieza a chispear; ¡justo el día en el que me decido a zamparme cuatro galletas y un café fuera!, y de eso va esta historia: de cómo extiendo la sombrilla, me vuelvo a sentar en una silla y sigo tecleando, hacia delante, sin dejar que el mundo me toque los cojones más de la cuenta.

Bueno, no bien bien. En realidad, la mejor definición que se me ocurre es no dejar que aquello que murió en el pasado, vuelva a tu presente sin una buena razón, que esas personas que decidieron, motu proprio, desaparecer de tu vida —a veces, y sin necesidad de entrecruzar palabras, de mutuo acuerdo— no aparezcan diez o quince años más tarde; no decidan que su sitio no solo es Facebook, que a algunos ya nos parece demasiado y, de vez en cuando, no nos tiembla la mano al empezar a eliminar contactos antiguos, sino también la vida real, tu día a día, en pos de una cruzada por recuperar un contacto que a saber cuándo perdisteis y que el tiempo siempre idealiza más de lo necesario.

Javier Ruiz (joven) con Laura

A menudo, ni tan siquiera es cosa de ellos o de ellas, sino de amigos o antiguos compañeros y compañeras que no tienen nada mejor que hacer que preparar un reencuentro de esos que no tarda en convertirse en poco más que una competición de egos; tampoco tus amigos (o amigas) te hacen ningún favor, redescubriéndote una ex novia o un amigo que ya no reconocerás en la persona que tienes delante; incluso puede darse el caso de que sea ese mismo ser quien decida tratar de redescubrir aquello que fuisteis y quiere recuperarlo por unos instantes. A menudo, por no decir muy pocas vecesni tan siquiera tendrá que ver contigo, sino con un instante concreto de su propia vida: los últimos años en el instituto, esa primera época de locura universitaria, o cuando su mayor preocupación era en qué bar caer el fin de semana.

A todos nos cuesta demasiado dejar pasar las cosas que ya no forman parte de nuestra vida, como si no pudiésemos soportar no conocer todos los detalles de aquellos que se cruzaron en nuestro camino; nos cuesta mucho vivir el presente, concentrarnos en lo bueno que tenemos ahora, en no aspirar siempre a todo, en dejar el pasado en el pasado. Pues ahí va mi propio dogma: que aquellos que se convirtieron en verdaderos desconocidos tengan un hijo, no es tan importante; que terminaseis la carrera hace diez años y os reunáis no es tan importante, que no te sigas viendo con tus amigos del colegio (en todo esto, me considero una persona realmente afortunada y tengo que decíroslo) no es tan importante; así que hazlo. Si te invitan y te apetece, hazlo, ese es mi consejo; pero deja el pasado en el pasado, que por algo siempre ha estado allí.

De coleta morada a coleta cansada

Ayer, leía una noticia en La Vanguardia que retrataba a un Pablo Iglesias muy distinto al que hemos conocido estos últimos años: pesimista, desganado, acusando el cansancio electoral que se ha extendido más de ocho meses entre elecciones, reuniones en busca de una (dudosa) investidura y otros tantos en campaña en campaña.

El redactor buscaba el contraste entre este y otros miembros de la coalición (Unidos Podemos), que no solo rehuyeron en un primer momento ese idealismo propio del socialista, sino que, además, mostraban mejor cara al mal tiempo.

Yo voté por primera vez a Unidos Podemos en junio, y antes, en diciembre, a Podemos en solitario: sin coalición ninguna, a pelo, como se presentaron. Anteriormente, no encontré alternativa mejor, y tanto para el Congreso como para el Senado, me decidí siempre por PACMA. Lo digo por si eres uno de esos lectores o lectoras que necesita saberlo, que debe leer un párrafo que se adecue con su ideología; esto no solo va para el resto, también para otros simpatizantes y votantes como yo; porque Iglesias ha pecado de un exceso de liderazgo, de cierta egolatría y, si bien tenía presente la importancia de los medios (llevar el diálogo hasta la televisión desde mucho antes que el resto quisiera debates allí fue un enorme acierto), erró al olvidar lo esencial que es caer en gracia, de ofrecer una imagen afable: como el tonto bonachón en la presidencia y los dos adversarios arquetípicos de Mattel; en definitiva, que hubiera sido interesante hacer antes los deberes.

Separarse de ellos comprendiendo  como el tonto bonachón en la presidencia y los dos adversarios arquetípicos de Mattel; en definitiva, que hubiera sido interesante hacer antes los deberes.

Separarse de ellos comprendiendo el contexto que se le presentaba, recordando los movimientos tradicionales de la izquierda y la derecha en el país, y si bien yo no hablaré de ocho millones de subnormales, sí sería bueno tener presente que España no solo son las grandes ciudades, también los pueblos; y los nichos de población de baja calificación, escasos estudios y ruralismo ideológico.

Pablo Iglesias haciendo el indio ;-)

Ahora toca apostar por las nuevas reglas. Para seguir viviendo en España, y a la vista de los resultados, toca apostar por las nuevas reglas, porque perdimos; por segunda vez. O largarse, pero si seguimos aquí, es que nos hemos resistido suficiente, así que algo nos atará a estas fronteras seguro.

Toca apostar por las que imponen los grandes partidos, aquellas del pez grande que se come al chico; donde uno está arriba y diez, once, doce, quince… abajo, pisoteados, y a medida que hablamos, aún aumenta esta segunda cifra. Pero si tanta gente sigue aclamando a Amancio Ortega, tendremos que deducir que, o bien hay mucho idiota, o parte de verdad en lo que se dice.

Quizá el cambio no estaba en Podemos, ni en Izquierda Unida, ni en las izquierdas siquiera, pero la votación unánime al Partido Popular demuestra que todo está bien en la derecha, y con la derecha. Está bien crear empleo eventual con condiciones de mierda, es real aquello de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, y que no ocurre nada porque no se haya montado un gobierno desde diciembre de 2015, porque España, por sí misma, ya es un desgobierno de tomo y lomo.

Presidencia y ya tal
La segunda ya tal.

Acostumbrémonos a las universidades públicas con precios de élite, a los trabajos en formato de prácticas low-cost, a vivir bajo el umbral de la pobreza, a tragar, a no poder luchar por nuestro futuro y, sobre todo, a seguir hipotecando nuestro presente.

Existían en este país todos los ingredientes para convertir una revolución del pensamiento en una revolución de las urnas; pero quedamos cortos. Todavía gana el miedo, el qué pasará y el temor a que, con cualquier otro, estemos peor. Es tan grande el sentimiento que ni tan siquiera conseguimos darle el tradicional pucherazo entre la izquierda de mentira y el centro-derecha de mentira.

Pedro Sánchez (Ken+Barbie)
Barbie, a la derecha, con Ken, a la… Oh, wait.

Mientras tanto, nos obcecamos en el «caso Echenique» y no en los miles de ejemplos de corruptelas normalizadas por el Partido Popular y el PSOE. ¿Que está mal? Por supuesto, y no seré yo quien lo defienda, pero sería conveniente tratar de ver que solo es un reflejo fiel de este país, donde, en la práctica, para presidir una gran empresa con miles de empleados puedes pagar la misma cuota de autónomos que aquel que trabaja a media jornada limpiando la mierda del resto, o imparte cuatro clases de inglés, o se rompe los cuernos en algún micronegocio donde solo encuentra trabas y trabas.

Parece ser que se nos mide a todos por el mismo rasero, hasta que interesa; cuando no lo hacen, el circo mediático se pone en marcha, no vaya a ser que alguien sume dos más dos y vea un pelín rocambolesco que se compare a una persona con una minusvalía grave que no avisó a la Agencia Tributaria de que su asistente no pagaba la cuota de autónomos con grandes capitales que defraudan a diario miles de millones.

Y eso es todo. Ahora desfalcad a pequeña y gran escala, preparaos para que los nacionalismos crezcan también al oeste del Ebro, y quizá más cerca aún de los Pirineos, y quién sabe. Empecemos por contratar con cláusulas abusivas para poder amasar una fortuna antes de que la clase media termine por desaparecer y, por encima de todo, posicionémonos en el lado vencedor, que es aquel al que han dado alas.

A España le falta un hervor o dos, en todos lo sentidos, y quizá nosotros no lo vemos, así que  lo mejor será intentar asegurarnos una jubilación digna, pero de la única forma que sabemos aquí: tragando, y poniendo la mano, o directamente robando.

No os cebéis con las putas, sino con sus hijos

Musulmanes irrumpen en una piscina nudista al grito de Alá es grande, llamando putas a todas las mujeres allí reunidas.

El sacerdote Jacques Hamel muere degollado por dos atacantes del Estado Islámico en una parroquia de Normandía.

La Wafa Media Foundation anima a la matanza de españoles en respuesta a la batalla de las Navas de Tolosa.

Este último parece de coña, pero también es real.

En serio.

El mundo está como una puta cabra.

Bueno, el mundo… La gente. Alguna gente. Alguna gente está jodidamente loca.

Entre tanto, la islamofobia crece. En Occidente —y en todas partes, en realidad— nos cuesta poco generalizar con lo que no conocemos, ni tenemos interés en conocer, y separar a todos los niveles el radicalismo que sentimos más propio: el atentado de Omagh del IRA, el de Hipercor, de ETA, en Barcelona, los dos atentados simultáneos de Noruega de 2011

No voy a ser políticamente correcto. El terrorismo duele venga de donde venga, pero, en los últimos años, el yihadismo ha puesto el punto de mira en Europa. Los cuatro trenes de Atocha, los atentados de Al Qaeda en Londres (2005), los asesinatos en el Museo Judío de Bruselas (2014), o los recientes ataques en suelo francés: el perpetrado contra la revista Charlie Hebdo, el Atentado de Niza en julio de este mismo año…

Estado Islámico (extensión)
Extensión máxima ocupada del Estado Islámico en Oriente Medio.

Da miedo. Pavor. Es la lucha contra aquellos que usan el terror como arma; algo que Occidente ya no entiende ni ejerce desde hace más de un siglo, por lo menos. Es una batalla contra palabras armadas de las que habla Phillipe-Josheo Salazar en su último libro (Palabras armadas: comprender y combatir la propaganda terrorista). Es el retorno del idealismo frente al materialismo: la cultura occidental es, esencialmente, materialista, decía el autor a El Mundo, hace solo unos días, y es que, aparte de la adquisición de bienes, ¿qué más ofrece?

Su propaganda se centra en la exaltación del individuo, ellos venden una camaradería extraordinaria entre sus soldados, por ejemplo, como vemos en los vídeos. Tenemos problemas para comprender eso en los países occidentales así que lo que hacemos es reírnos, decir que están locos, enfermos. Ni están locos ni son imbéciles.

Mientras, el mundo se ha globalizado y la integración de otras culturas en nuestra sociedad se ha producido de formas muy distintas en todas las grandes ciudades europeas. Hace unos días, Saddiq Khan, el primer alcalde musulmán de Londres, afirmaba: “Si se está dispuesto a la integración, sin dejar sus creencias religiosas, se puede llegar muy lejos.”  

Ruta del camión (Atentado de Niza 2016)
La ruta que siguió el terrorista yihadista en el paseo marítimo de Niza.

No nos cuesta demasiado integrar Saddiq Khan, y mucho menos a Zidane, Ronaldinho, o a cualquier otro futbolista de fabela con éxito; ni tan siquiera a los miembros de la Casa de Al Saud, que comen en nuestra mesa (metafórica), pese a estar marcados por un fuerte wahabismo e intolerancia que se ha relacionado, en múltiples ocasiones, como fuente directa del terrorismo global de los últimos cincuenta años. A ellos nadie se atreverá a tildarlos como a moros ni terroristas, porque tienen petróleo, y relaciones públicas y privadas con monarquías, repúblicas y altos cargos del mundo entero.

Por el contrario, la gente de a pie, será fácilmente vinculable con estos estereotipos negativos solo por profesar una fe común —una religión de paz que el radicalismo ni sigue ni respeta en realidad — y que, a gran parte del mundo le debería avergonzar confundir y generalizar, puesto que es bien sabido que, al menos en España, las putas no suelen tener la culpa de parir a los hijos de puta. Quien piense así, razona al mismo nivel que Donald J. Trump, y siento el insulto, pero ni es posible frenar la inmigración en un mundo globalizado, ni es lógico hacerlo: es tan simple como razonar que, si desinfectamos nuestra casa de cucarachas con una bola de demolición, ni quedarán cucarachas, ni quedará casa.

Adoctrinamiento niños por parte del Estado Islámico
La manipulación y el adoctrinamiento de menores por un ideal como leitmotiv es una de las tácticas del Estado Islámico.

Así que, de toda esta mezcolanza de conceptos, rescatemos dos: el Estado Islámico es más que un grupo de fanáticos locos: son fanáticos que quieren construir un mundo que Europa ya no entiende, y ese es el camino a través del que los gobernantes occidentales deberían buscar una solución: el problema es que, hoy, caminan a ciegas por este sendero; a su vez, siempre habrá maldad, y personas que deseen destruir lo que otros construyen, así que quizá llegue el día en el que tengamos que establecer una serie de conceptos por los que luchar; pero no nos convirtamos en los monstruos que nos atacan, no usemos la islamofobia para combatir el terrorismo yihadista, porque, entonces, ya habremos perdido.

Puede que, antes o después, la mano abierta deba convertirse en un puño contra aquellos que no desean más que enfrentarnos y convertirnos en sus enemigos, pero es nuestra obligación saber quién y por qué debe ser blanco de nuestra ira como sociedad.

Miembros del Estado Islámico
En junio de 2016, el califato del Estado Islámico cumplió dos años de guerra permanente por unas fronteras que se extienden entre Alepo (Siria) y Diyala (Irak).

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La vida de un Pokémon

Apareció frente a la ventana del despacho. Fuera. Donde el encalado de la pared se asemeja a la silueta de un hombre con barba y, una vez nos dimos cuenta, ya nunca pudimos dejar de verla. Era un Bulbasaur, mitad animal, mitad planta. Sonreía, como todos los Pokémon; así que le lancé una pokeball y lo atrapé antes de que se escapase por las montañas que rodean mi nueva casa.

Después, me aburrí. Sin saberlo, ese Pokémon nunca evolucionaría ni conocería mundo junto a mí. No podía competir con mis perros, que me tiran babas, saben ser mucho más pesados que una notificación en el teléfono y ya me obligan a caminar bastante. Allí quedó el Bulbasaur, en algún rincón de la memoria SSD; oculto del mundo, prisionero de mi propio egoísmo, solo.

Bulbasaur (pokémon)

Mientras el resto se volvían locos jugando a Pokémon Go mucho más tiempo del que dedicaban a Facebook, Twitter o Snapchat, yo dejé a ese Bulbasaur que paseaba por mi jardín encerrado en mi dispositivo, y me fui a seguir viviendo al margen de esa acción. Ese era el único Pokémon que registró mi Pokédex en el smartphone; ni un Rattata, ni un Pidgeot… Ni uno más.

Abrí la aplicación, capturé a ese bicho, y me aburrí. Después, sin relación aparente, los árboles de alrededor de mi casa empezaron a secarse; al principio pensé que se trataba de algo que ya estaba ocurriendo y no había reparado en ello; pero, de nuevo, el móvil tenía una respuesta mejor: fotografías de los exteriores antes de la mudanza. En estas, los árboles estaban llenos de verde, el tronco resplandecía, y casi podías imaginar cómo la savia circulaba por los vasos conductores en su interior. Ahora, los árboles y las plantas parecían enfermar y secarse uno tras otro, pudriéndose, resquebrajándose desde la raíz…

También tenía trece notificaciones en Pokémon Go. Todas decían Vuelve. Todas decían ¿Te has olvidado de mí? Todas decían ¿Dónde te has ido? Estoy solo aquí. Y abrí la aplicación.

Bulbasaur llorando

En la pantalla podía verse al mismo Bulbasaur que atrapé. Miraba hacia delante, cabizbajo, moviendo dos largas cepas verdes que salían de su espalda para combatir el aburrimiento; parecía débil, hasta que percibió que se había cargado la aplicación; entonces, su cara brilló por un instante, hasta que volvió a ser consciente, una vez más, de mi abandono.

Fijé mi vista en la pantalla, que detectaba los alrededores y mostraba un mapa con localizador GPS; marcaba lugares de interés y similares, creo, pero yo no podía apartar la imagen de ese Bulbasaur herido de mis ojos. Así que empecé a caminar; al abrir la verja exterior de la casa, los perros me ladraron: les hice un ademán para que me acompañasen; paseamos los cinco —los perros, el Bulbasaur y yo— y, a medida que lo hacía, parecía recuperarse: no eran heridas infringidas en combate, pues no me gustaba eso de hacer combatir a los Pokémon, y tampoco había tenido tiempo, sino más bien de tristeza, de haber sido olvidado en un rincón demasiado rápido, solo por ser virtual, apilable, lo que sea.

A la vuelta, los árboles se habían recuperado. El verde volvía a ocupar todo el follaje, y advertí que el Pokémon parecía feliz de haber paseado con nosotros. Ahora conocía la verdad: eran unos yonquis del fitness, de la compañía, de la batería de mi smartphone, que podía empezar a acostumbrarse a estar bajo mínimos.

Seguí haciendo lo mismo durante varios días. Los perros se alegraban de ver el móvil en mis manos, o quizá a ese Bulbasaur que vivía entre el mundo virtual y el real; yo seguía caminando y caminando, angustiado por la conexión entre el Pokémon y mi jardín; sabiendo que tendría que cuidarle mientras quisiera que nadie más conociese mi horrible secreto: había encarcelado a un Bulbasaur y lo había abandonado a su suerte; ahora, estaba pagando por mis pecados, y aún sería peor si alguien más se enteraba. La vergüenza sería completa: tanto para aquellos que solo verían a un freak que caminaba para tener feliz a su Tamagochi evolucionado como para los verdaderos fans de la saga, que podrían acusarme de maltrato, de abandono o, peor aún, de ser un nefasto entrenador Pokémon.

Squirtle y Bulbasaur

Por las noches, cuando mi mujer se dormía, le explicaba al Bulbasaur que no podía jugar con él, que ya tenía perros y gatos, y que debía trabajar, y escribir, e intentar hacer algo con mi vida. Él solo me miraba, sin comprender, a sabiendas de que, ahora que Pokémon Go formaba parte de nuestras vidas, ¿quién iba a querer seguir viviendo en el mundo real?

Noche tras noche, bajo la atenta mirada de los perros —que todo lo perdonan, incluso la desatención activa o la necesidad de compartir su tiempo con un Bulbasaur—, conseguí hacerle entender que debía buscar a otra persona, y yo le ayudaría a ello. Lo enviaría con uno de mis amigos que jugaban a Pokémon Go. Le daría una vida mejor junto a otra persona. Y, entonces, justo en ese momento, antes de subir al coche y conducir hacia Barcelona para dar en adopción a mi Bulbasaur, ocurrió lo peor que podía suceder: frente a mí, apareció un Pikachu.

Pikachu (pokémon)

Salvarse a uno mismo

Populi barbari novarum terrarum cupiditate in Italiam descendebant.

(Los pueblos bárbaros, por deseo de nuevas tierras, cayeron en Italia.)

La imagen es desgarradora. Un animal, como tú y como yo, que se negaba a morir, lanceado, y atravesado con una espada en el lomo, saltó la barrera, muerto de miedo, hacia los tendidos. Nadie allí se volvió humano, ni por un instante, y siguieron hiriéndole y vejándole sin piedad hasta que no pudo sentir más nada.

Ocurrió una de las tardes de los sanfermines. En la plaza, no en las calles; donde el asedio termina junto con la vida de todos los morlacos que pisan Pamplona, en la arena de ese escenario sangriento, que, al final, es solo uno.

Toreo - Sanfermines (viñeta de Paco Catalán)
Viñeta de Paco Catalán.

Hoy, estoy cansado. Miro hacia fuera por la ventana del despacho, y no puedo resistir la tentación de sentarme al sol con el portátil; se acercan pájaros de rato en rato, y los gatos los persiguen sin maldad, los perros duermen al sol, sabiendo que todavía es pronto para ponerse a correr de arriba para abajo, y el rastro de los jabalíes, que nos visitaron ayer noche para roer las raíces de los pinos, sigue fresco junto a la puerta.

Me siento bien entre el verde, más humano, más vivo aún; no es que quiera imponer una imagen, ni venderos un sentimiento que, quizá, no sea universal, pero me enorgullezco de ser parte de algo sencillo, respetuoso, y bueno.

Por eso cierro el vídeo con un nudo en la garganta, y tengo que hacer algo con las manos: salir, correr, gritar, cavar un hoyo; algo. Porque no comprendo qué se mueve en las mentes de aquellos que solo tienen la palabra tradición en la boca, que crían en pos de la tortura y el asesinato, sin ningún fin (su muerte no vale ni tan siquiera como alimento), que beben el dolor de un animal manso que solo lucha por sobrevivir, por seguir respirando, mientras ensartan su lomo, y lo marean, y ciegan, y atacan, entre varios.

Toreo = maltrato animal

No existe necesidad, ni ilusión de necesidad siquiera; solo es poder, e imposición. Mato, porque puedo; torturo, porque la tradición me ampara; hiero, daño, desangro, ataco, porque he evolucionado lo suficiente para sobreponerme por encima del resto de vosotros.

Cuando de repente, vi al toro. Y en sus ojos, la inocencia que todos los animales tienen, y me rogó. Fue como un llanto de injusticia en mi corazón, es inexplicable: fue como un rezo al verdugo para que terminara con su ejecución. Me sentí como la peor mierda del mundo.

Antonio Gala, El País, 30 de julio de 1995

Un toro es todo los animales, y todos los animales son un toro. Si alguien viese el dolor en los ojos de un perro, de un gato, de un lobo, o un toro, comprendería que las diferencias que los embellecen resultan mínimas frente a todo lo que nos une.

Matador de toros haciendo un desplante
Esta foto no es lo que parece, pero ojalá lo fuera.

Si alguien acercase sus ojos y se preocupase por entender la naturaleza de cada ser, no tendría nada que temer, ni nada que dañar sin necesidad. ¿Pero quién lo hará o sabrá verlo mientras sigan bañándose en la sangre de sus iguales?

En España, solo es tradición y cultura para unos pocos; y entre ellos, no es difícil desentrañar tampoco para cuántos resulta un problema ético oculto entre montañas de simple dinero; dinero que ampara el sufrimiento, la muerte y el sinsentido, pero dinero al fin y al cabo.

Para la amplia mayoría, no es nada de lo anterior; solo un rescoldo que se niega a expirar en el pasado, y que se mantiene vivo, incluso fuera de las brasas que lo acompañan, por la inacción del resto de nosotros: la tauromaquia es un problema, y su propio nombre, imbuido de un respeto etimológico que no merece, lo indica; ¿y nuestro gran enemigo? Nosotros, de nuevo; nosotros, que no salimos de delante del ordenador, de la crítica apagada, de la falta de unión; unión que debe viajar a las plazas, a los pueblos, a las (supuestas) fiestas y a todos esos lugares donde solo unos pocos se mueven para concienciar, pero no para impedir.

Si un país entero está en contra, unos pocos no pueden marcar su ley; ni tan siquiera amparados en una tradición sangrienta o una cultura que se revuelve tras cada estocada, tras cada estoque, tras cada banderilla, y cada muerte; este país solo se salva si terminamos con la tauromaquia; este país solo se salva si nos salvamos a nosotros mismos.

Los peligros de una autoedición reptiliana

Mientras se maqueta el primer texto que voy a publicar en papel (¡qué larga se está haciendo la espera!, pero ya os contaré más en septiembre), he seguido escribiendo; en el blog, ya veis por dónde van los tiros: España está hecha un asco y da para un buen rato, y queda espacio para animalismo, series de TV y alguna cosilla más; fuera, he querido disponer de un espacio, pequeño, donde recopilar textos en formato web (¡toma publicidad encubierta!) y, por último, más allá del proyecto de libro, he empezado dos relatos más: uno sobre Caos —del cual me gustaría compartir aquí las primeras páginas, como mínimo, pero mi ordenador de sobremesa se ha suicidado con la mudanza— y otro sobre la Ruta 66.

De vez en cuando, visto que las cosas empiezan a marchar, evito algo tan típico como agobiarme o intentar correr más de la cuenta; sigo desempaquetando cajas —me mudé fuera de Barcelona esta semana—, entrenando, pese al calor (y la frustración que solo quienes practican artes marciales pueden entender), y bebiendo demasiada alguna cerveza de vez en cuando.

Por regla general, la tomo a mediodía, antes de comer, pero no hace mucho, unos amigos que están viajando por toda Sudamérica aterrizaron aquí de improviso, y, sin saberlo, me despejé la tarde para reunirme con ellos; era un martes, y aunque ya no tenemos el estómago entrenado, las mujeres nos dieron permiso para una de esas borracheras que recuerdas con cariño: las que surgen en un momento especial y crecen poco a poco.

Borrachera épica
Más o menos…

Ahora podría hablaros sobre teorías alienígenas, sobre los distintos perfiles de persona que existen, entre los que destacan felinos y reptilianos (que deben ser malvados, porque, entre ellos, estaban Wert y Fernández Díaz, pero no me preguntéis más, porque no sabría qué contestar) y temas de episodio especial de Iker Jiménez para los que se debe estar de un humor concreto, o tener mucho alcohol en sangre.

Sin embargo, no voy a torturaros con alucinaciones etílicas, sino con algo que ocurrió antes.

alien_mars_attack_gif

El tercero en discordia

Yo no sabía que aterrizaban en Barcelona a media tarde, así que, pese a que me pareció raro ir a tomar algo a esas horas con el tercero en discordia, accedí. Él había terminado de escribir su primera novela hacía unas semanas y, con La caza del carnero salvaje de Murakami entre las zarpas, me dijo: «Lo mío es una mierda.» Le tranquilicé, diciéndole que frente a Borges, Murakami o Hemingway (o Gabriel García Márquez, o Joyce, o Camus, o Kerouac, o Bukowski…), todo era mierda.

Para la siguiente pregunta, no tenía respuesta.

¿Si uno mismo autoedita… cómo sabe qué es bueno y qué no?

Podría haberle dicho: porque vende libros, como si de un producto de primera necesidad se tratase (aunque, para muchos de nosotros, lo es); por la respuesta del público (que, desde que existe Internet, no es exactamente lo mismo); y si lo hubiera pensado a fondo, se me hubiese ocurrido alguna que otra respuesta, pero no.

Hoy, esta pregunta no tiene una única respuesta, y toca rendirse a la evidencia. ¿Eres bueno porque te lee mucha gente o necesitas el beneplácito de un lector formado para entrar dentro de la definición?

Puedes ser un autor viral, o no ser (¡hola, Hamlet!). Escribir, como oficio o anhelo, significa tener un lector detrás que dé sentido a tu obra, y las editoriales son las primeras que se dejarán llevar por este modelo para no invertir a ciegas, sino con todas las garantías de las que pueden proveerse.

Se acabó lo de buscar buenos escritores entre manuscritos que llegan en papel y ya no se lee ni dios. Ríete tú de aquello de seducir a un mecenas. Ahora, tienes que enamorar al mundo entero; o a una parte tan grande como sentido quieras en tu escritura. ¿Pero es el otro quien marca hasta ese punto tu forma de disfrutar de las letras? Los más ciegos dirán que sí; el resto intentará no convertir su pasión en otro fenómeno de masas que terminar odiando.

Si algunos de los grandes escritores de los que hablamos esa tarde hubiesen nacido ahora, tendrían dos opciones: controlar los canales o no existir para el mundo. Quizá entre ellos podría quedar algún J.D. Salinger para quien la fama, el dinero y la escritura no fuesen un trinomio necesario; pero la mayoría, en cambio, seguiría en busca de ese término medio, de esa visualidad, de la posibilidad de poder seguir juntando letras y soñando con vivir de lo que a uno mismo le gusta, y si hay algo que ha conseguido este siglo es democratizar esta oportunidad.

V (Invasión Extraterrestre)
Los ’80 nos afectaron profundamente…

¿El resultado?, eso no tenía nada que ver. Así que nos olvidamos del tema y compramos otro pack de cervezas, obligando a la discusión a desviarse, de nuevo, hacia felinos y reptilianos, que, en ese momento, era más fácil de comprender.


Ya me puse pesado con esto en…