Firewatch: 79 días en Wyoming

Pocas son las historias de otros que me empujan a escribir. Estoy convencido de que asistimos a un momento donde el cine está siendo fustigado por la tecnología, por las historias que pueden narrarse en televisión y por los límites de un modelo audiovisual que, poco a poco, ha ido perdiendo fuelle y resistiendo entre títulos reconocibles: Blade Runner 2049, Trainspotting 2, Kong, Alien, It, Saw, y Star Wars, Star Wars y Star Wars. De vez en cuando, siguen apareciendo verdaderas maravillas en la gran pantalla, claro que sí, pero la oferta audiovisual se ha ampliado lo suficiente para que muchas de esas grandes historias se hallen hoy, en Netflix o en HBO, y, más allá todavía, en nuestros ordenadores; de un modo que no imaginábamos los que tuvimos una Nintendo con el Duck Hunt —pobres patos; y qué perro tan cabrón— y que ahora babeamos con propuestas tan complejas como Firewatchsobre el que me he decidido a escribir un año más tarde del debut de Campo Santo. Y eso debería ser suficiente para ver que las cosas han cambiado, porque lo que nos movía hace unos años, no tiene nada que ver con lo que nos mueve ahora, o, por lo menos, no en la misma medida: por eso no vengo a hablar sobre la mirada que Villaneuve —que no Ridley Scott, que también está muy ocupado exprimiendo la saga Alien— hace de los replicantes (y que ni de puta coña merece la nota que tiene en IMDB, Rotten Tomatoes o similares), sino de una historia que te invita a perderte en un parque natural en Wyoming (EEUU), y donde todo se complica, más y más.

Firewatch (mapa; brújula)

Cuando la narración cobra vida propia

Imagínate que algo te ocurre. Algo muy grave que pone tu vida patas arriba. Algo que te hace ver que no puedes seguir así. Sabes que solo quieres escapar, coger aire, distancia; recordar cómo era todo antes. Y, entonces, en el periódico, aparece un anuncio: es una oferta para trabajar como vigilante de incendios forestales en el Parque Nacional de Shoshone, en Wyoming; estamos en 1989, y Yellowstone lo ha cambiado todo. Tu vida también cambia por completo. Tu esposa, enferma de gravedad, vive ahora en Australia: te sientes muy culpable; no puedes más. Subes las escaleras a la torre de vigilancia que será tu hogar durante todo el verano, suena el walkie-talkie. Es Delilah: tu jefa. Día 1.

Así empieza una historia de ocho horas de duración en la que la naturaleza compone el escenario idílico de un relato en el que te ves obligado a zambullirte sin provocaciones; él es Henry, tú eres Henry, hasta lo más profundo. Le conoces perfectamente; te conoces perfectamente, y, ahora sí, con toda una historia detrás, puedes iniciar un viaje cuya principal virtud es la búsqueda de la propia identidad en el otro, que también eres tú. A partir de aquí, cualquier pequeño detalle (o spoiler) podría romper parte del encanto de este relato que se puede devorar en poco más de cuatro horas, calculo, pero que es necesario extender a lo largo de uno o dos días de travesía: descubriendo los juegos de luces, el sonido de la fauna autóctona, recogiendo las latas de cerveza de los senderistas más guarros sin un motivo real, o sumergiéndote en las conversaciones por radio con tu supervisora. Eso son los tres grandes «qués» que convirtieron a un título indie como Firewatch en uno de los juegos del año pasado: naturaleza, introspección de los personajes y, sobre todo, narrativa, porque no es un shooter en primera persona, ni un survival; no es nada de eso, es un libro de esos de «elige tu propia aventura» con más espacio alrededor; y le han puesto mil nombres (walking simulator, aventura interactiva…), mas queda entre medias de todos ellos. Es genial.

#1. El mundo desde una atalaya

Henry: What’s a lichen?

Delilah: Well wouldn’t you lichen to know.

Henry: Oh my god, GOODBYE.

Firewatch (Camposanto, 2016)

Naturaleza y jugabilidad en un tándem imposible. En una atalaya, con tu supervisora llamando tu atención a lo lejos, un espacio que se prevé limitado al jugador y cientos de objetos que nada tienen que ver con tus tareas: latas vacías de cerveza, libros, el cuerno de un venado, chocolatinas que olvidaron otros guardas… ¡Y quieres verlo todo! ¡Empaparte! Rastrear cada pequeño secreto, cada nota, edificio o palmo del río. Firewatch te sorprende a cada paso, porque, en un escenario de unas pocas hectáreas ficticias, inicias un viaje que te habla de la propia identidad: de quién somos, de qué huimos, de la paternidad, del amor, del olvido, de las relaciones humanas; y también nos enfrenta a todo aquello que normalmente tendemos a obviar: la naturaleza, las pequeñas cosas, los instantes en los que el iris devora el ojo para beber un ocaso de arenisca roja, o en el frío que viaja entre las yemas de tus dedos al palpar esa botella de tequila que ha dormido un día entero bajo el curso de un río; la artificialidad de nuestras vidas. ¿Quería Henry la vida que tenía?; ¿realmente quiere vivir con Delilah algunas de las experiencias que comparten a lo lejos?, ¿está proyectando otra vida en otra mujer?

Firewatch (torre de vigilancia)

#2. Conócete a ti mismo

Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar.

Henry David Thoreau (1817-1862)

Los desarrolladores de Firewatch aprovechan un entorno perfecto para hacer evolucionar la psicología del personaje. Henry está a varias millas de distancia de cualquier compañero y, a lo largo de toda esta aventura, la interacción física con otros personajes será mínima. Es más, la aparición de otras figuras, de forma tangible como intangible —en la pantalla, me refiero—,  resultará insignificante. Es esta soledad la que nos permite conocer rápidamente al protagonista en los 79 días que enmarcan la historia. Ese minimalismo de los personajes permite abstraernos hacia la emocionalidad, donde la imperfección de Henry y Delilah, sus propias taras personales y su psicología se dibuja y desdibuja a través de los extraños hechos que se suceden en el parque. Esta conexión solo es posible gracias al escenario, a la invisibilidad de los personajes (tanto a través de la complicidad visual que permite la primera persona como por la falta de elementos comunicativos, que se limitan a un walkie-talkie y aquello que encontramos en varias hectáreas a la redonda) y a la dimensión que confiere un contexto desconocido —para el jugador y para el personaje— en el que estamos obligados a movernos, y, quizá, sobrevivir. Es esta abstracción la que convierte un buen juego en toda una experiencia, la que nos permite viajar por la psicología de los personajes sin verlos siquiera, y, poco a poco, movernos a través de sus emociones más íntimas.

Firewatch (ocaso)

#3. Sobreviviendo a las Rocosas

De pronto, recordé lo que dijo Carlomagno. «¡Que mis ejércitos sean las rocas, los árboles y los pájaros del cielo!»

Indiana Jones y la última cruzada (Steven Spielberg, 1989)

Y no es ninguna tontería eso de sobrevivir en el Parque Nacional de Shoshone. No solo porque los osos pardos se acerquen a limarse las uñas contra árboles de cincuenta pies de altura que usan como mondadientes, sino porque el argumento ofrece más pronto que tarde un hombre del saco que se suma a la naturaleza, lo desconocido y el mismo protagonista, quien antes o después, advertimos que no deja de ser su peor enemigo. Frente a esa gran carga que arrastra Henry (¿encontrará la forma de encauzar su vida de nuevo?) se suma otra pregunta: ¿qué ocurre en Shoshone?; ¿están en peligro?; ¿lo descubrirán siquiera? Aquí, Firewatch juega muy bien con las expectativas del jugador, e incluso con las normas internas del propio género (destrozándolas), donde cada pequeño detalle suele conducir a otra cosa, y esta, a otra… pero no aquí . Quizá una tienda de campaña hecha jirones puede significar o no significar; o una llamada misteriosa de tu jefa, quien ha olvidado colgar el teléfono… Es realismo puro y duro: en el peor sentido de las palabras.

Firewatch (bosque de álamos)

Es esta trama articulada en pequeñas decisiones que te acercan a Wyoming sin prisa la verdadera maravilla tras Firewatch. Su secreto. Son los pequeños detalles: los textos, el pastor alemán o el beagle, esa primera frase, los hijos ahora, o nunca, la música que perfila la escena, y, poco a poco, las montañas, y el verde, y esa luz anaranjada, de amarillos y rojos cuando el sol agoniza. Un planteamiento novedoso que crea expectación y nos introduce en una historia con los elementos justos al principio (texto, un garaje, una senda, el bosque) y explota en una panorámica de postal. Tu trabajo. Tu nuevo hogar. Tu vida.


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¿Por qué Okja no es un cerdo?

A mitad del artículo hay spoilers de la película (con un aviso).

Okja no es un cerdo. Es un supercerdo. Pero Okja no parece un cerdo: no es rosa, sino gris —aunque los cerdos no siempre tengan la piel rosa, excepto en el imaginario popular— y no tiene orejas de cerdo, ni boca de cerdo, ni cola de cerdo; y, sobre todo, no tiene nariz de cerdo.

¿Qué hay más representativo que el morro de un cerdo en un cerdo? Nada. Un cerdo es su morro de cerdo, y, por ello, Okja no es cerdo. Pero quizá la pregunta no sea si Okja es un cerdo o no es un cerdo, sino si Okja necesita ser un cerdo para conseguir empatizar con nosotros, o si, por el contrario, el director coreano Bong Joon-ho cree que se trata de todo lo contrario, de que Okja no puede ser un cerdo para empatizar con nosotros, y ahí, justo ahí, es donde no queda más remedio que crear un supercerdo que, de cerdo, solo tiene parte de su nombre.

Okja y Mija (Okja, 2017)
Okja y Mija en Nueva York.

Todo el mundo debería ver Okja (Bong Joon-ho, 2017). No porque sea un gran film, aunque lo es; no porque sea una crítica sin precedentes al capitalismo, al especismo y, sobre todo, al modelo de consumo actual, aunque lo es; sino porque es el mejor argumento contra el utilitarismo, contra esa premisa tan manida del mueren con un fin… y os explico el por qué.

Okja como un nuevo inicio

Un granjero criará al cerdo más grande, bonito y especial. ¡El supercerdo total! Pero ¿quién será?

El argumento de Okja es simple: el capitalismo llega a los rincones más recónditos del planeta, y también a Gyeonggi, una de las nueve provincias de Corea del Sur, donde no muy lejos de Seúl, Mija y su abuelo crían y cuidan a la supercerda Okja durante más de una década.

Pero 10.000 años de agricultura no siempre permiten echar la vista atrás. ¡Y qué diez mil años! Unas pocas décadas, una vida, la tradición de unos pocos hombres y mujeres es suficiente para no poder concebir algo distinto. Por eso, Bong Joon-ho necesita presentar lo de siempre, pero convertido en algo distinto. Vuelve al inicio; o mejor dicho: crea un nuevo inicio. Uno de ficción, claro, con cerdos mucho más eficientes, una nueva raza, más útil, más grande, menos contaminante, más sabrosa, como si todo ello pudiese hacer olvidar el sufrimiento, y el maltrato, y lo que seguimos escondiendo tras las paredes de un matadero.

Okja y Mija en las montañas.
Okja y Mija en las montañas.

Fundamentalmente, ese es el gran punto de partida del film; un nuevo inicio visual para explicar una historia sobre la que nuestros oídos se han desensibilizado paulatinamente —puesto que pocos se arriesgan a comprobar con sus ojos si todo eso que dicen que se oculta tras el sabor de un trozo de carne es cierto.

Okja es un supercerdo, pero no importa demasiado para la trama, en realidad; una historia que se mueve entre una niña y su mascota, y cómo esta visión utilitarista se convertirá, poco a poco, y a través del vínculo que compartimos humanos y animales, en una narración fantástica sobre los lazos que nos unen como familia. Okja es el perro que nos aterra pensar que un igual pueda ver como alimento, y, sin embargo, como espectadores, nos adentramos en la normalización y la cosificación de un ser independiente que se dirige a nuestro plato. No es una historia de una niña coreana que abandona el Seúl de provincias para chocar con el capitalismo y el utilitarismo; ni tan siquiera es una historia que nos explica la insostenibilidad de un modelo industrial frente a la naturaleza; puede haber rasgos de todo ello, puede haberse vendido a los productores de Netflix así, pero Okja es la lucha de millones de activistas contra el especismo y por un mundo que se niega a maltratar y a matar cuando puede elegir no hacerlo. Por todo ello, despierta los mismos elogios que críticas.

Contiene spoilers de la película.

El fin (siempre) justifica los medios

Que Okja vuelva a las montañas.

No hay atisbo de duda: la Corporación Mirando cree a pies juntillas que el fin justifica los medios, y lo hace de un modo muy similar a la industria que tanto critica el activismo actual: grandes acciones de marketing para hacer creer que sus productos son naturales, libres de químicos y, sobre todo, con un impacto residual en el medio ambiente. Por interés propio, siempre se omite el alcance en terceros (sean animales humanos o no humanos), la compasión por el otro —camine a dos piernas o a cuatro patas— y la responsabilidad individual del consumidor.

Una parte del Frente de Liberación Animal (FLA; ALF, en el original) también cree en esto; por lo menos, al principio, cuando considera que la voluntad individual de Mija no es suficiente, que ayudar a muchos justifica el sacrificio de uno —cuando no tiene por qué ser así— y donde puede verse con claridad que, para unos, el sistema solo muestra castigo (ya lo decía Will Potter, ¿o no?) mientras libera de toda culpa a otros, a los que la economía ha terminado por glorificar.

Okja en la montaña (2)
Okja descansando en la montaña junto a Mija, quien le ofrece una fruta.

Sin embargo, Okja no termina con un nudo en el estómago —aunque quizá un poco sí—, sino con uno de esos cambios pequeños que suman y que acaban por engrandecer cualquier forma de activismo, sea en una remota aldea de Corea, sea en un autobús que viaja a través de los créditos finales de la película entre las reivindicaciones de aquellos activistas que consiguieron silenciar una y otra vez, pero no vencer, ni cambiar, ni hacer que abandonasen la lucha más importante de nuestro siglo.

La importancia de la impotencia

Del cerdo todo es comestible. Todo, menos los chillidos.

En cualquier caso, la escena final es la verdadera clave de la película. Los últimos minutos a través de los que el espectador presiente un final feliz, pero no lo encuentra. Tras los muros del matadero solo hay impotencia, y frente al matarife Mija entiende las claves del mundo que solo conocía en TV: para algunas personas, todo tiene un precio, y el cerdo de oro es suficiente para cubrir la vida de Okja, cuyo valor es incalculable para ambas. Un cerdo de oro por la vida de un animal que siente, piensa, percibe y padece como nosotros…

Antes, lo habremos visto durante la monta en la fábrica de la Corporación Mirando, y en la biopsia sin sentido de una Okja que no comprende qué sucede, y en el maltrato sistematizado, y en la cosificación, y más. Pero el corral de ganado y el matadero son ese «clic» que tanto nos cuesta hacer con vacas, y con pollos, y con cerdos, y con tantos otros animales, que nos demuestra que el dinero es todo lo que importa a algunas personas, pero que todos somos cómplices a través del egoísmo al que empujan el capitalismo, la industrialización o el consumo de animales hoy, cuando comer una vida ya no es un acto elitista, sino innecesario.

Okja (matadero)
La supercerda Okja en el matadero.

No obstante, esa impotencia es la que surge de la empatía, del mirar a los ojos a Okja, o a cualquier otro cerdo, o supercerdo, y de no hallar otra alternativa que la acción, que actuar y ser partícipe de lo que, para cada vez más de nosotros, es la visión de un mundo mejor y más justo; y de ello la última escena dice mucho con pocas palabras.

Algunos dirán que es una historia bonita, pero simple, y esas mismas personas son las que deberían valorar objetivamente qué sentimientos despierta Okja en ellos a lo largo de la película y preguntarse si realmente no lo hacen también todas las otras Okjas del cercado, y de todos los cercados. Algo dentro de uno se remueve gracias a la creación que Bong Joon-ho nos ha regalado este 2017, y parte de ser humano es no negar los sentimientos que afloran. Toca preguntarse por qué lo hacen en Okja.


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La narrativa de Black Sails

Contiene spoilers del último capítulo de la serie y referencias a capítulos anteriores.

El domingo pasado, 2 de abril, terminaba una de las series más cautivadoras de los últimos años: Black Sails. Un relato previo a la historia que, de niños, y no tan niños, pudimos leer en La isla del tesoro de R. L. Stevenson y que nos volvía a transportar a la libertad soñada de algunos hombres frente a los grandes imperios de ultramar.

¿Realista? Bueno, quién sabe. Hoy, la historia y la ficción se recrean más allá de los vencedores, de los que impusieron su verdad; por lo menos, en lo que respecta al pasado, tenemos esta certeza, y a lo largo de este artículo aprenderemos que la verdad tiene muy poco peso cuando se mide con la historia que los hombres quieren creer frente a una jarra de apestoso grog.

La narrativa de Long John Silver

Ahora, no tendría sentido reseguir la trama íntegra que nos trae hasta el final. Basta decir que existe una evolución repleta de referencias a la vida pirata: desde el destino del cocinero de a bordo cuando se unen los caminos por vez primera entre John Silver y el capitán Flint hasta esa Mary Read que escucha ensimismada el final de una época narrada por Jack Rackahm, el verdadero vencedor de nuestra historia.

Long John Silver es el Big Whoop, es quien concentra la épica de todo el relato, el héroe último que le da forma, y también el antihéroe; él es todas las caras de la piratería en un único personaje: el espadachín, el tullido, el hablador, el aventurero, el adalid de la causa y el perdedor.

Black Sails. Detalle del rostro de Luke Arnold que interpreta a John Silver.

Pero Black Sails es un producto audiovisual completo por otra razón. Lejos de la ficción presente en la trama, la serie muestra la piratería como una historia real, de vidas reales, de hombres embarcados en un mundo de grises; de un mundo, distinto, que huía del adoctrinamiento del Imperio británico, y de igual modo del español, y que atisbó a ver en las Antillas una vida que elegir y construir lejos del yugo del Leviatán de Hobbes y los despotismos ilustrados que mentirían arengando a sus ciudadanos, de corrido, con aquella socorrida frase del tout pour le peuple, rien par le peuple.

A partir de aquí, si abrimos nuestra mente a esta nueva historia, podemos entender la amistad imposible de John Silver y Flint; la relación que le convirtió en leyenda y le permitió sobrevivir a esa oscura maldición que sufría todo aquel que se volvía cercano al que fue capitán del Walrus y, después, del Spanish Man O’War.

Hay, sin embargo, dos grandes detalles a rescatar de este último capítulo: el primero, es la visión de las grietas de un hombre que parece haber antepuesto a su mujer por encima de todo —algo que el capitán Flint puede entender—, y que se descubre, no obstante, como el salvador de todos, deshilachando la narrativa de su viejo capitán y enviando fuera de los límites de la historia a sus hombres (¡hasta ahí llega el poder de Long John Silver!)  para conseguir lo imposible: matar y no matar a Flint; traicionando la confianza de Madi con la invasión española a las puertas de Nueva Providencia y creyendo en el fin de una guerra que solo empezaba en el Caribe.

Silver apuntando al capitán Flint en La Isla del Esqueleto.

El segundo, de una vida y una muerte pese a la historia, que Jack Rackham resolverá de un modo completamente distinto, pero que muestra las dimensiones que alcanza la leyenda frente a los grandes hombres que solo sueñan con ella; ¿quién podría probar que Long John Silver no mató a su amigo? ¿Acaso lo hizo? ¿Encontró un modo para alcanzar una muerte alegórica o se convenció de ella y esperó el perdón durante días, semanas, meses y años? Hay detalles que parecen hacer malabares entre los niveles ontológicos de realidad, como si la historia dentro de la historia, nos amenazase en este mito de la piratería hasta el final, como un Hamlet tostado al sol de Tortuga y las Bahamas. ¿Pero quién se atrevería a no creer en un final feliz?

La narrativa que devoró al capitán Flint

¿Pero no fue acaso el viejo Flint nuestro protagonista durante todo el desarrollo de Black Sails? ¿Acaso Charles Vane, Eleanor Guthrie o Barbanegra fueron víctimas y verdugos de esta epopeya? Puede ser. Pero con el cierre de este último capítulo se nos permite una lectura más: ¿o no murieron acaso por el bien de una leyenda compartida entre dos hombres que no aceptaba un mártir más? John Silver y Flint mantienen tal fuerza que ni el triunvirato con Jack Rackham es posible durante mucho tiempo: como bien diría Israel Hands, esas son cosas que no funcionaron en la época de la Nassau de Barbanegra, y tampoco lo harían entonces; uno de los dos tenía que morir.

El capitán Flint poco antes de su muerte.

Para dar muerte al capitán Flint, Long John Silver no hace uso de la espada ni de la pistola, sino de la propia historia que lo creó, que le arrancó de la marina y cercenó su antigua vida. John Silver es aquel personaje que entiende cómo el capitán Flint, el arquetipo de villano cuya leyenda sobrevive en la Edad Dorada de la piratería, surgió de la nada, y no surgió de la nada, y, así, puede dar fin a la pesadilla.

James Flint se encuentra atrapado en su propia venganza, en su personaje, en la máscara que empezó a cubrir su rostro tras la muerte de Thomas Hamilton. Por ello, de un modo u otro, el capitán Flint debe morir para abrirse a ese mundo atemporal e ignoto que se adentra en el terreno donde nace el mito.

Jack Rackham y la construcción propia de un narrador

Sin embargo, me sinceraré con cualquiera que lea estas líneas: Jack Rackham es mi debilidad: el personaje más humano de todos cuantos aparecen en los treinta y ocho capítulos de la serie y el único cuyo objetivo inicial cumple. Porque existe una gran diferencia entre hacer la historia y crear la historia… pero con la ayuda de Max y la civilización que divisa en Boston, Jack termina por comprenderlo todo.

Black Sails. Jack Rackham hablando con Mark Read (Mary Read) en Nassau.

Jack Rackham consigue dar corporeidad al final de Woodes Roogers: una derrota que graba a fuego en la crónica de la historia como el castigo más cruel que puede imaginar. Esa es la venganza que el capitán del Colonial Dawn y el Lion se cobra por su antiguo líder, por Barbanegra, por todos los cadáveres de hombres libres que el Imperio ha devorado y, a la vez, entiende, por fin, que la civilización es demasiado poderosa para ser vencida, pero que está en su mano ayudar a construir la luz que proyecta la vieja Europa en las Antillas y vivir en la sombra de una Nassau que los comerciantes agradecían y cuyos piratas, corsarios y filibusteros tendrían que parlamentar en las cubiertas y, a partir de entonces, en algún que otro salón.

La taberna como espacio narrativo

Esta es esa otra magia que el capitán Jack Rackham consigue: en la luz, un mando tranquilo para Nueva Providencia de la mano del gobernador Featherstone, su antiguo contramaestre, e Idelle, y una aprendiz que tiempo atrás había superado a su maestra en la sombra. Lo hace a través de una escena que aúna el principio de esta gran historia que empieza en 1715 y termina con la muerte del capitán Flint y la desaparición de Long John Silver, que engrandece más aún su leyenda; una historia que se bebe de largos tragos y que representa a la perfección el linde entre la realidad y la fábula, entre lo que ocurrió y no ocurrió; y todavía más importante: lo absolutamente irrisorio de ello, pues como construcción cultural, un buen narrador sabe que las grandes historias siempre se suceden en el teatro de la propia mente.

Long John Silver y Madi frente al mar.

De ahí el final del viejo capitán Flint, que nunca es visto, sino narrado por su verdugo o su amigo; del mito que vivió y murió con John Silver, y que la trama corta sin saber jamás si Madi consiguió perdonar a su amado o vivió atormentada frente a la duda de quién era, en realidad, aquel hombre que lo arriesgó todo y después esperó, con paciencia, una vida entera por ella; y, sobre todo, del otro «Silver», aquel que naufragó por segunda vez, lejos de cualquier hombre, y cayó en las garras de la locura en La Isla del Esqueleto; uniendo esta historia con la literatura que nos mostró, de niños, máscaras, dudas y leyendas, pero nunca certezas. Porque ya sabes lo que suele decirse: las buenas historias no tienen fin.


P.S.: Aquí tenéis la traducción al español de La isla del tesoro (Robert Louis Stevenson, 1883) para aquellos (y aquellas) locos sanguinarios que osaron no leer el libro en su niñez. Arr!

La última escena de Billy Bones da para otro artículo sobre la serie y, si bien no he podido evitar citarlo, pido disculpas por volver un poco más caótico de la cuenta el último párrafo de esta entrada. ¡No he podido evitarlo! Es quizá el detalle más espectacular y metacinematográfico de Black Sails, ¿o no?

Otros artículos sobre narrativa son La narrativa en los videojuegos y La narrativa en Bojack Horseman.

La filosofía detrás de Black Mirror (II)

Contiene spoilers de los capítulos.

Si hace unas semanas dedicaba un par de cientos de palabras a los primeros capítulos de la tercera temporada de Black Mirrorhoy prosigo con los dos grandes episodios que destacan tras el salto a Netflix. Nosedive fue un puente perfecto entre lo que se forjó en el Reino Unido y el salto a la televisión norteamericana, pero Cállate y baila (Shut Up and Dance) es el retorno a las tramas más tecnológicas, a esos blancos y negros, y hacia un futuro distópico que, en realidad, lo sepamos o no, ya es presente.

Cállate y baila (3×03)

Kenny es un chaval como cualquier otro. Suponemos que va al instituto, trabaja a tiempo parcial, discute con su hermana y todas esas cosas típicas de adolescente. Un día cualquiera, unos hackers lo cogen con las manos en la masa encerrado en su habitación (bueno, con las manos en otro sitio) y comienzan a amenazarle para que cumpla sus órdenes o publicarán un vídeo comprometedor en Internet.

Shut Up and Dance, 3x03; Kenny en el trabajo

Así empieza Cállate y baila, y así continúa, a través de una trama que basa su desarrollo en el juego de Simón dice, y de situaciones cada vez más anómalas y dantescas; purgando sus pecados Kenny conocerá a Hector, a quien también parecen estar castigando por los delitos que ha cometido. ¿Pero qué ocurre en realidad? ¿Por qué Kenny se preocupa tanto por un vídeo privado donde se masturba? ¿Por qué no busca ayuda? ¿Por qué no llama a la policía?

¿Machacándotela viendo porno? Eso lo hacen todos, probablemente hasta el puto papa.

Hector (3×03 – Shut Up and Dance)

Nos faltan datos, en realidad. Como espectadores, asistimos al desarrollo de una historia sesgada. A oscuras. Decía Javier Meléndez en Yorokobu: «Hitchcock advirtió del peligro de no satisfacer esta pregunta tan básica. Para el maestro del suspense sólo había tres opciones: a) la policía está en el tema; b) el personaje es el criminal y c) el personaje es un falso culpable. Brooker no lo aclara hasta el final y con esto realiza una jugada arriesgada: el público IMAGINA qué información falta y podría llegar a advertir por las escenas de presentación de Kenny que este guarda un secreto terrible.»

Black Mirror (Kenny, protagonista de Shut Up and Dance)

Y lo guarda. Kenny es un joven pedófilo, y lo que estaba haciendo es bastante más grave y chocante de lo que imaginamos en un primer momento. Sin embargo, ¿nuestro protagonista es un criminal o un enfermo? Probablemente, cada sociedad tendrá una respuesta distinta para esta pregunta, y quizá, por ello, nuestra lectura no sea exactamente la anglosajona.

De cualquier modo, tras el episodio, deberíamos ser capaces de formular varias preguntas: de todas ellas, la principal relativizaría la culpa, y es aquella que nos permite empatizar, no sin ciertos reparos, con el chico al final del capítulo. ¿Merece Kenny ese castigo? ¿Por qué el castigo de Hector es menor? La mayoría de lecturas ven en la infidelidad de este un error menor que merece un castigo menor; otras, consideran que todos los casos están conectados, y que incluso Hector podría estar buscando una prostituta menor de edad, pero la mayoría obvia el punto más básico: el castigo es subjetivo, no es justo y es impartido por personas que no solo ejercen una total autocracia, sino que lo hacen sin temor alguno a represalias.

¿Entonces? Kenny, Hector y el resto de imputados por la ética hacker pasan su propio purgatorio entre atracos a bancos, carreras contrarreloj e incluso duelos a muerte; ¿pero por qué? En el núcleo del episodio, Cállate y baila nos habla de cómo nuestra ética no solo se ve puesta en entredicho tras un error, sino a través de los ojos del prójimo, de la libertad individual, y a cada momento.

Kenny; Hector
Bronn… Hector (Jerome Flynn) y Kenny (Alex Lawther) en un coche.

Cualquiera de ellos, y en todo momento, podría detener el acoso de los hackers, enfrentarse a sus demonios, a su Infierno personal —siempre peor que el purgatorio por el que esos desconocidos les hacen pasar—; es el ejemplo más vivaz de que la moral propia es algo vivo, y algo que se debe probar a cada instante como también veremos durante los minutos finales del quinto episodio de esta temporada.

¿Es un cuento moral? Bueno, no todos lo vemos así. También es una crítica hacia quien imparte justicia. Una crítica al secretismo, a la invisibilidad de la red, y a la subjetividad del mismo concepto. ¿Ha cometido un crimen Kenny o son los actos que, de algún modo, decide hacer bajo coacción aquellos que lo condenan? Para mí, la pedofilia es una enfermedad, y el episodio no da señales de que hubiese un crimen detrás: eran fotos, o vídeos, de crímenes; era el apoyo a un criminal incluso, pero no un crimen propio. Hasta que para proteger su moral, la ética que ha llevado a Kenny hasta ese callejón —una ética en construcción, a oscuras, de un chaval que no puede terminar de entender las repercusiones de ninguna de sus acciones—, se le pone en jaque una vez más. Condenarse, es él quien se condena, por supuesto.

¿Pero tras descorrer la cortina se intercambian las máscaras de héroes y villanos? Parece que Brooker, y estoy bastante de acuerdo, nos quiere explicar que no hay héroes ni villanos… y, como ya se ha visto con anterioridad en Oso blanco, la ley del Talión no suele ser solución…

San Junipero (3×04)

Y allá vamos, hacia el mayor temor del salto a la televisión yanqui. Black Mirror se americaniza pero nos regala uno de sus mejores capítulos, decían. ¿Y es cierto? ¿Es San Junipero uno de los mejores capítulos de todo Black Mirror?  En mi opinión, sí.

Pero San Junipero no puede desarrollarse en el universo Black Mirror sin The National AnthemThe Entire History of You,Nosedive. En contexto, el cuarto capítulo es una maravilla a todos los niveles, y empieza en un bar con música disco de los ochenta…

El juego tiene diferentes finales: depende de si estás jugando en modo de uno o dos jugadores.

Empieza un sábado por la noche en la costa de California; San Junípero es un destino turístico (¿o deberíamos decir paradisíaco?) de sol, playa, discotecas y sexo en 1987, donde las recreativas y llenarse la chaqueta con tachuelas siguen de moda. Un sábado donde Yorkie y Kelly se conocen en un bar cualquiera, y ahí empieza una historia de amor que corre de semana en semana.

Black Mirror (Yorkie; Kelly; en San Junipero)
Yorkie (Mackenzie Davis) y Kelly (Gugu Mbatha-Raw) en San Junipero.

Entre medias, un fondo en negro, y un salto hacia delante. Pero eso no es lo único que mosquea al espectador. El contexto es la imagen más pop que podríamos haber imaginado alguna vez: The Lost Boys, de Joel Schumacher, en cartelera, Max Headroom en TV o Heaven Is A Place on Earth de Belinda Carlisle en las pistas de baile. Todo ello agitado, bien removido e impregnado por todas partes con una nostalgia que los primeros minutos del capítulo no nos permiten comprender.

Cuando Yorkie empieza a saltar entre épocas nos chocamos con Funkytown y un Chrysler Cordoba en 1980, el estreno de El caso Bourne en 2002…y muchos otros detalles que se han recogido en otros artículos durante estos meses (por ejemplo, en este artículo de Hipertextual). Entonces, caemos en la cuenta, o deberíamos empezar a atar cabos: no se trata de un mundo real, sino de realidad virtual; pero San Junípero cuenta con sus peculiaridades, porque allí puedes ir a hacer turismo, como Kelly, pero también mudarte, que es lo que Yorkie pretende. San Junípero pueden ser unas vacaciones, pero también la vida eterna.

La historia de amor y lesbianismo de este capítulo es fresca, novedosa y carente de clichés (eso se agradece), pero, sobre todo, alcanza un nivel ético que bebe de los mismos planteamientos que nos lanzaban The Entire History of You o Be Right Back: ¿la tecnología ha llegado para ayudarnos?, ¿seguro?, ¿o nos está jodiendo la vida? La respuesta en San Junípero es dicotómicamente inversa a estos otros dos episodios, si bien mantiene ese germen tan propio de la serie que no olvida que el responsable último siempre somos nosotros.

Cuando se funde el negro por tercera o cuarta vez, el mundo real aparece ante nosotros. Kelly es una anciana que vive en una residencia geriátrica, mientras que Yorkie es una enferma terminal en coma inducido. Yorkie apenas ha podido vivir en el mundo real; Kelly, en cambio, ha tenido una vida plena: perdió a su marido, con quien compartió cuarenta y nueve años; él rechazó esa vida eterna y ella se observa frente a un abismo: seguirle hacia la nada más probable o pasar la eternidad en San Junípero.

Filosofía Black Mirror (Yorkie y Kelly en el hospital)
Yorkie y Kelly en el mundo real su realidad no virtual.

La grandeza de un capítulo como San Junipero se empieza a articular a partir de estos últimos minutos: Kelly y Yorkie están enamoradas, y tienen la oportunidad de vivir felices en un mundo sin vejez, sin obstáculos, sin necesidades reales. El final feliz choca con el desarrollo del resto de tramas que hemos visto en los otros doce episodios de Black Mirror. Pero no importa. Hay un poso agridulce detrás, en forma de preguntas a través de las que, como espectadores, nos interrogamos: ¿es real una vida virtual para aquel que la vive?; ¿hasta dónde dependemos de un lugar para ser felices?; ¿se ha convertido (o lo hará) el hombre en un dios a través de la tecnología?, ¿es ético vivir para siempre?; sin temores, sin pérdida, sin futuro. Y, sobre todo, llegado el momento, ¿sabremos o podremos disfrutar de una vida eterna?

San Junipero (final)

Desde luego, para Charlie Brooker hay una cosa que sí está clara, y es que los humanos, a diferencia de las máquinas que despiden el capítulo con el siguiente backup programado de San Junípero, volvemos a lo conocido: por eso, muchos han visto un Infierno en el Quagmire, un Purgatorio en el Tucker’s y un Cielo en la casa de la playa. Yo, por la parte que me toca, veo una historia anómala con final feliz, y muchas preguntas que deberíamos empezar a hacernos como especie.

¡Ah! Y, al final, será verdad. Parece que el Cielo es un lugar en la tierra…

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Todo lo demás

¿Crees que la física cuántica es la respuesta? Porque…no sé, en el fondo, ¿de qué me sirve a mí que el tiempo y el espacio sean exactamente lo mismo? En fin, si le pregunto a un tío qué hora es y me dice seis kilómetros, ¿qué coño es eso?

Todo lo demás (Woody Allen, 2003)

Una de mis pasiones siempre ha sido Woody Allen. Lo descubrí en la figura binómica de actor-director en Annie Hall, Hannah y sus hermanas o algún film similar de entre los setenta y los ochenta.

Woody Allen (F. Mauro)
Woody Allen, de Federico Mauro, diseñador minimalista italiano.

Hay tres Allen, el que fue, el que era y el que es; el que fue era aquel cómico de películas que se ocultaba entre gags de humor y tramas de época: Bananas, El dormilónToma el dinero y corre o la inigualable versión rusa del director: Boris Grushenko; después está el que era, el que fue en Manhattan, o cuando robó a Diane Keaton de las manos del mismísimo Corleone. Siempre ha habido un poco del que era después; incluso cuando sus musas eran cada vez más jóvenes y él cada vez más viejo. Y está el que es, por supuesto, con cine de primer nivel que rehuye los Oscar y los grandes estrenos, que sigue creando por necesidad y, a menudo, no da tiempo a guardar ese texto en un cajón (¿él no lo necesitará?). De aquí han salido maravillas cómicas y dramáticas, como Melinda & Melinda, Match PointMidnight in Paris

Escena de La última noche de Boris Grushenko (Woody Allen,1975 )

Pero esto último es una crítica muy poco seria a Allen, quien siempre —con escasas transgresiones de esta norma— ha estrenado una obra por año desde 1971. Quizá, simplemente, después de Annie Hall, de Delitos y faltas, de Deconstructing HarryAnything Else, una de mis películas preferidas, es difícil alcanzar ese core, ese arkhé cinematográfico de nuevo.

Anything Else (Todo lo demás) es una película extraña, donde uno de los dos protagonistas es un guionista judío malhumorado y temeroso de lo que el fascismo ha hecho con el mundo; un ser que repta por Nueva York junto a su curioso discípulo. Son Jerry Falk y David Dobel. Una pareja que ejemplifica el ideal de maestro y pupilo griego en el Central Park del siglo XXI. En realidad, se trata de una comedia romántica, pero como las entiende Allen: repletas de neurosis, de personajes con personalidad límite, y de una historia de amor que construye y destruye la cinta maravillosamente bien.

Por eso me encanta esa película; porque Christina Ricci, y su madre, y el resto de personajes y escenarios (excepto el parque y los locales de jazz neoyorquinos, probablemente) son solo un ornamento. Un decorado que sirve para que Jason Biggs converse con Allen de la vida, de la muerte, del nihilismo, y del sexo o el trabajo como únicas balsas salvavidas en ese mundo; ¿pero quién habla sino Allen con su yo joven? Un Allen que deja que sus slapticks o payasadas se deslicen lejos del que fue junto a la sombra de Bogart en el setenta y dos, o el que buscaba a la madre de su hijo adoptivo y se topaba con una puta; e incluso de los últimos coletazos de aquel bufón atemporal que atracaba un banco por segunda vez a través de la gran pantalla.

Tiene gracia. Una vez iba en un taxi —esto fue hace años—, y yo le abría mi corazón al taxista sobre todo lo que estabas largando hace un momento: vida, muerte, el universo vacío, el significado de la existencia, el sufrimiento humano… Y el taxista me dijo: «Bueno, es como todo lo demás.»

Todo lo demás (Woody Allen, 2003)

Pero no os quedéis con lo que os digo aquí si no habéis visto al neoyorquino en acción; vedlo todo. Ved al Allen simplón y tartamudo que muchos detestan; y al tartamudo existencialista también; al dramático, al cómico, al que supuraba humor negro y al valiente que nunca se dejó doblegar por Hollywood.

Escena inicial de Annie Hall (Woody Allen, 1977)

En su momento, para mí, las películas de Woody Allen fueron la Biblia, el Corán y la Torá; un producto al que acercarme en busca de respuestas a los problemas de la existencia, a nuestros grandes miedos y a los sueños que acunamos cada noche desde que tenemos uso de razón; por eso, no hay película de Allen como Anything Else, donde te das cuenta de que, a menudo, todo lo que necesitas para vivir es la condescendencia de un extraño y sentir cómo tus problemas se relativizan al fundirse el negro.

Diez canciones

Nunca hablo de música, y no sé por qué. Me di cuenta el otro día cuando mi editor me enseñó que tiene un santuario a King Diamond debajo de su propia casa.

Por mi parte, el mayor tributo al heavy metal que tengo yo es una entrada firmada por Alexi Laiho y el resto de Children of a Bodom. Ese es mi mayor tesoro tras decenas de conciertos que se fueron domesticando a lo largo de los años por decisión propia.

La música fue algo imprescindible en mi adolescencia, donde apenas salí de la pentatónica y los típicos quince o veinte acordes que aprendí con los colegas; los punteados, las quintas y el ritmo fueron la forma que encontré para empezar a expresarme.

Pero antes que después, descubrí que no era la mía; que tenía que renunciar a lo de estrella del rock y a los excesos en un backstage y ponerme a escribir.

Aun así, siempre he agradecido en silencio esa guía que llegó de la mano de tantos géneros; sobre todo del rock, y que me permitió descubrir el heavy metal, pero también el blues, y el jazz, y el… Bueno, ¿quién necesita más?

Ahí van diez joyas, y un rey. 

1. In a sentimental mood

Duke Ellington (1935)

2. Lucille

B.B. King – Lucille (1968)

https://www.youtube.com/watch?v=-Y8QxOjuYHg

3. I Want To Break Free

Queen – The Works (1984)

4. Segundo movimiento: Lo de fuera

Extremoduro  – Dulce introducción al caos (2008)

 5. Beware The Heavens

Sinergy – Beware The Heavens (1999)

6. Timber (Pitbull & Ke$ha cover)

Postmodern Jukebox – YouTube (2014)

7. Childen of Decadence

Children of a Bodom – Follow the Reaper (2000)

8. Hallowed Be Thy Name

Iron Maiden – The Number of the Beast (1982)

9. November Rain

Guns’n’Roses – Use Your Illusion I (1991)

(Con esta me casé, por cierto.)

10. Rock You Like a Hurricane

Scorpions – Love at First Sting (1984)

Y el rey del que os hablaba.

Elvis Presley – Jailhouse Rock (1957)

Claro que hay muchas más…

Quizá le coja el gusto a esto.

La filosofía detrás de Black Mirror (I)

Contiene spoilers de los capítulos.

Black Mirror es, probablemente, el mejor producto televisivo de los últimos años. Por eso, se la ha agenciado Netflix, y lo ha hecho con mucha mano, cuidando los detalles, dando un salto entre algodones para su traslado de la televisión inglesa hacia la americana.

La serie de la cadena británica Channel 4 muestra seis escenarios distintos (dos temporadas de tres episodios cada una) donde lo único que une a los personajes es el uso (y abuso) de las nuevas tecnologías: ordenadores, tablets, redes sociales, smartphones… son la clave. Los personajes no son los culpables de todo aquello que se genera alrededor, pero siempre se convierten en cómplices; a veces, por acción, otras por omisión.

Sobre ella hablé un poco —muy poco— hace más de dos años, cuando ya era uno de esos seguidores con demasiado hype en el cuerpo que lloriquean por más capítulos, por temporadas más largas, para que empezase de una maldita vez la siguiente; cuando nadie conocía Black Mirror, y yo la recomendaba entre conocidos que me ignoraban, porque no era mainstream; como ocurre con lo que se aleja de Juego de Tronos, Breaking Bad o American Horror Story.

Así que, cuando hace un par de semanas aterrizaron ni más ni menos que seis episodios, me faltó tiempo para sentarme frente al portátil y devorar uno tras otro las más de siete horas de pura heroína en vena. ¿Por qué tanta prisa? Supongo que porque Black Mirror es más filosofía que entretenimiento, más crítica social que ciencia ficción, y está más cerca de lo que ninguno nos imaginamos. En cierto modo, le ocurre lo mismo que a Westworld de HBO; pero lo que ya percibimos claramente con la tecnología, todavía no vemos tan claro en sus próximos resultados…

En definitiva, que me he dicho: ¿por qué no empezar por recopilar en unas cuantas entradas los seis primeros episodios de esta tercera temporada y analizar sus pormenores? Como siempre, y al igual que otras entradas que he publicado aquí (Vivir sin Tony SopranoCinco claves que explican el éxito de ‘The Walking Dead’¿En qué cree Tyler Durden? (I) La filosofía de la imagen) se centrará en buscar paralelismos con otros medios, en retrotraernos hacia referencias literarias y audiovisuales, y en crear algo medianamente digno de leer y sobre lo que discutir.

Si lo consigo o no, ya no es cosa mía, que conste.

Caída en picado (3×01 Nosedive)

El episodio más digerible con diferencia. Un aperitivo para despertar la curiosidad de ese target mucho más amplio que se sienta frente a Netflix para descubrir una serie que ya era una pasada antes del 21 de octubre de 2016.

Nosedive no es más que Facebook o Instagram elevado al cubo; un futuro distópico en el que todo lo que los demás piensen de ti, de tu vida social, de la gente por la que te rodeas, de tu familia, de tu existencia entera, está puntuado.

Black Mirror (3x01 Nosedive)

Tu vida tiene nota, y para el mundo vales lo que ese número muestra. Eres importante en la medida en la que el resto de mortales te puntúan. Según tu media, vale la pena invitarte a un evento, puedes trabajar en cierta empresa, puedes permitirte un determinado alquiler o un tratamiento médico.

Si el cartesianismo dudaba de todo más allá del  propio yo, Paul Ricoeur (1923-2005) —y Habermas, y Luhmann— había superado este estadio para afirmar que uno no podía desconocer las instituciones, los derechos ni los principios de la modernidad; la propia conciencia del yo estaba obligada a pensar en ellos para decidir y actuar; es decir, para vivir.

¡Imagina, pues, lo que significa un mundo donde las redes sociales han convertido la evidencia de tu propia existencia en lo que el resto piensa de ti! Y tampoco está tan lejos de nuestro día a día; ¿no te lo crees? ¡échale un ojo a Peeple!, como recomiendan en Verne (Sonríe, te están puntuando: lo último de ‘Black Mirror’ ya está ocurriendo).

Nosedive ya está sucediendo: apps para ligar que nos permiten puntuar públicamente a nuestras citas, y que, probablemente, son el primer paso de mucho más. No es distinto al «sígueme y te sigo» o a los ratings internos de los que hablan en el artículo de El País y que muchos plataformas ya tienen: Tinder, OK Cupid, y otras tantas que utilizan esa puntuación para facilitar o poner barreras a la entrada de usuarios o clientes, como Uber, MyTaxi o BlablaCar.

¿Acaso esto es malo? Bueno, como ocurre en todos y cada uno de los capítulos de Black Mirror, lo es a partir del momento en el que la tecnología afecta e incluso cambia el mundo que nos rodea. Cuando se convierte en el rasero por el que dividir, en la normativa, escrita o no, en la única opción.

[SPOILERS] Lacie (Bryce Dallas Howard) no ha hecho nada malo. Ha seguido las reglas del juego; se ha adaptado en todo momento. Ha buscado, desesperadamente, la forma de crecer en su vida personal, olvidando que aquí, en este mundo, las acciones individuales no tienen demasiado peso frente a las colectivas.Puntuaciones (Nosedive 3x01)

Se porta maravillosamente bien en su trabajo, hace fotos con filtros y comparte al señor Trapito para ser todavía más vomitivamente mona; se prepara un discurso estupendo para la boda de aquella amiga que la vejaba continuamente en la escuela y pretende rescatarla por puro interés… ¡Incluso se avergüenza y oculta a su hermano: un 3,8 (o algo así)!

Siempre ha habido esclavos de las apariencias: en las zonas altas de las ciudades, con sus locales chic, sus fronteras físicas trazadas entre dos calles del imaginario colectivo, y un largo etcétera; ahora, en Nosedive, está élite social se mueve en el sector de la tecnología: veinticuatro horas al día, trescientos sesenta y cinco días al año. ¿Y quién no lo hace? Bueno, Rashida Jones no lo hace; pero Jones no existe en ese mundo; ya sea como una camionera con una puntuación de mierda, o una lesbiana que avergonzaba a las figuras canónicas de Hollywood, su figura se ignora de forma sistemática.

¿Hasta dónde se puede leer? Bueno, algunos críticos han visto en esa caída en picado nuestra obsesión por las apariencias, nuestra dependencia por la valoración externa o el principio de estabilidad hedónica (o adaptación hedónica, donde nunca estamos contentos con lo que tenemos, porque cuando conseguimos algo, aspiramos a otra cosa, o a mayor cantidad de la misma).

Lacie, al final del episodio (Nosedive)

A lo largo del capítulo, esa caída demuestra las fallas de buscar la felicidad fuera de uno mismo; de anteponer las necesidades del otro a las propias, pero por encima de todos estos puntos, quizá el más interesante es el modo en el que nos limitamos como seres, nos reducimos, para mostrar una imagen más afable,  más dócil, más adaptable al propio contexto social.

Para Lacie, parece no terminar bien. Pero… ¿cómo es posible que uno pueda sentirse más libre en una cárcel que fuera de ella?

(¡Ah, por cierto! Hipertextual pone a disposición los tonos que se escuchan con el puntuaje por estrellas. Seguro que han cosechado unos cuantos me gusta en Facebook con esta iniciativa. Ilusos…)

Playtest (3×02)

Playtest es bueno. Verdaderamente bueno. Con Playtest no tienes que seguir dudando, Black Mirror sigue siendo Black Mirror, también en Netflix, y respiras aliviado mientras te sumerges en un episodio muy distinto a lo que habíamos visto hasta la fecha en Channel 4.

Nosedive (3×01) funciona muy bien como nexo de unión: una buena historia a la que, probablemente, le sobran cinco o diez minutos de capítulo y que nos habla de los peligros de la tecnología; donde podríamos estar si nos descuidamos, como decía Charlie Brooker en los inicios; pega bien con 15 millones de méritoscon Tu historia completa o con Vuelvo enseguida. Y, una vez enganchados, aceleramos.

Playtest (3×02) nos habla de los conceptos realidad virtual y realidad aumentada aplicada a los videojuegos: ¿quién no se siente tentado por eso? Entre las Google Glass, las Oculus Rift y las múltiples VR o lentillas de nueva generación que anuncian todo tipo de nuevas experiencias (y, ¿por qué no?, nuevas formas de vida). Si nadie se sorprende ya de que el videojuego Deus Ex trabaje junto a empresas como Open Bionics para la creación de prótesis de última generación, tampoco nos resultará extraño jugar en narrativas donde nosotros seamos realmente los protagonistas.

Black Mirror (3x02 Playtest)

El episodio propone exactamente esto a través de una prueba piloto: ¿qué ocurriría si utilizamos la realidad aumentada para conseguir historias y escenarios cada vez más y más inmersivos? ¿Podemos poner un límite al realismo? ¿Y por qué deberíamos hacerlo?

Espero que mi madre no esté arriba convertida en un monstruo.

Cooper (Wyatt Russell)

En la revista Yorokobu, aparecía un artículo muy curioso que vinculaba PsicosisPlaytest, a Cooper con Norman Bates, y a su madre, con la señora Bates. ¿Se trata de un problema familiar sin resolver? ¿O solo es una historia de terror donde el escenario virtual pretende resolver los conflictos que arrastra su protagonista y que ni la vida real ni su viaje de crecimiento o autodescubrimiento han conseguido dejar atrás?

Hay en la madre de Cooper algo hitchcockiano: la madre opresora, la madre que frustra los intentos del hijo para volar solo. Es la madre de Extraños en un tren, Encadenados y Psicosis. Una madre que siempre está, aunque no esté.

Puede que Cooper no sea más que un niño con miedos atrapado en el cuerpo de un treintañero que no sabe cómo lidiar con la muerte de su padre, con la enfermedad y el olvido, y con lo que todo apunta que es una madre castradora; un monstruo incluso, si tenemos que fiarnos de lo que brota del subconsciente, pero Black Mirror no trata de eso.

[SPOILERS] Desde el inicio del viaje, Cooper está atrapado. Así nos lo demuestra con su actitud: agazapándose a primera hora hasta un coche sin despedirse, escapando de su madre en lo que a todas luces resulta un sinsentido; una madre que le llama, y le llama; le llama cuando conoce a Sonja en un bar; a la mañana, siguiente, y seguirá llamando y llamando hasta el final.

Black Mirror (Playtest 3x02) - Realidad aumentada (ejemplo)Black Mirror (Playtest 3x02)

Todo nos lleva hacia el papel de Cooper como betatester: hacia una engañosa presentación de realidad aumentada, y a una doble mentira que despista magistralmente al espectador: la primera, nada podrá hacerle daño; la segunda, estamos viendo un espacio real en el que se sobrepone otra realidad (realidad aumentada).

Desde aquí, la trama no se detiene hasta alcanzar esa mansión neogótica tan parecida a la de la serie Hammer House of Horror¡y es que el imaginario colectivo es duro de pelar: ¡nadie duda de eso!, pero no tardaremos en comprobar, tarde, que hay algo más ahí detrás: ¡esas son imágenes de los ochenta grabadas a fuego en la psique de Cooper!

A lo largo del episodio, se superponen las capas, y perdemos de vista cuándo termina una y comienza otra; no importa en realidad, porque aquí es donde hallamos esa crítica a la tecnología: ¿es necesario jugar con un realismo tal como la vida misma? Y quizá algo todavía más importante, y que también se trata en San Junipero (3×04) más adelante: ¿si no puedo distinguir realidad y ficción? ¿No es real? ¿O sí es real? ¿O depende de dónde esté yo situado?

Hay otros puntos a tener presentes en Playtest: los implantes, la metahumanidad, el uso de la biotecnología en el ocio y la aceptación de ese porcentaje de error que nos permite seguir avanzando. Pero ninguno es tan importante como el primero: ¿esos 0,04 segundos entre la madre que interrumpe por última vez a su hijo treintañero jugando a la consola y la muerte de Cooper son 0,04 segundos o son horas y horas de sufrimiento, de vida, y de tragedia personal?

Yo, apuesto por la segunda opción. Y eso convierte el episodio en un thriller de terror maravilloso.


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La metafísica de las salchichas

La animación no es un género, es un medio.

Juan Luis Caviaro, editor y coordinador de Blog de cine

…no era un título tan comercial. Pero la historia parecía lo suficiente atrayente como para pasarse por el cine. Había leído buenas críticas, y no tardé en descubrir que, uno, la gente no se informa de las películas a las que lleva a los niños y, dos, tiene ese tipo de humor gamberro y rompedor que no gusta a todo el mundo.

Dicho esto, a mí, los chistes no siempre me hicieron gracia y la trama me pareció que empezaba a flojear tras los primeros veinte minutos. Por supuesto, La fiesta de las salchichas tiene momentos divertidos —en especial, dentro del supermercado, y en las dos escenas más repetidas del tráiler: la del derrumbe de alimentos desde el carrito del supermercado y aquella que, por lo menos, todos hemos visto una vez en la cocina de una compradora—.

La fiesta de las salchichas (Frank y Brenda)

Tampoco hay que verla dispuestos a una crítica feroz, porque no es la película del año, ni cuenta con una trama trabajada al milímetro; más bien se trata de una sucesión de escenas políticamente incorrectas con dos puntos de referencia: lo importante que es para Frank, y para todos los hombres  todas las salchichas meterse dentro de un pan de perrito, y viceversa; y lo que nos preocupa como sociedad que Dios no exista unido junto con lo que nos cuesta disfrutar del día a día.

Hay quien ha rastreado también a Orwell en el supermercado, y quien ha visto una gran sátira sobre la religión: los alimentos confían en los dioses (para ellos, los seres humanos) y cantan una oración matutina que sigue las reglas del juego; se apegan a un modelo ético y moral y confían en ir al Paraíso antes de su fecha de caducidad.

La fiesta de las salchichas (galleta Oreo)

Sin embargo, si te decides por anclarte en ver cómo avanzan estos dos grandes pilares de La fiesta de las salchichas terminas por desesperarte al ver que no lo hacen por igual, y, además, que tienen un peso muy desigual en el desenlace.

Por supuesto, los primeros veinte, treinta, cuarenta minutos, los chistes sobre cómo la fe divide, enfrenta e incluso nos reprime en nuestra vida diaria se cuentan por decenas. Pueden hacerte gracia, o no, pero esto queda en el campo más personal, al igual que las numerosas referencias pop: el músico Meat Loaf, el astrofísico Stephen Hawking, la figura de los nativos que han sido desplazados de sus estantes ancestrales, un bote de salsa alemana con bigote que quiere llevar a los zumos a «campos de concentrado» o un lavash y un bagel que no se dan cuenta que tienen muchas más cosas en común de las que creen.

Firewater o Aguardiente es uno de los alimentos nativos del supermercado.

También hay homenajes a cientos de films de Disney-Píxar, y a clásicos intemporales, como Terminator 2, pero hay algo que sobra e incomoda a muchos desde el principio, y no son las escenas de supuesto mal gusto (hay por ahí un final apoteósico y sexualmente perverso que me encantó, pero me gustaría no hacer demasiados spoilers aquí) ni el sexy-culo de Brenda, el pan de perrito, y sus deseos lésbicos reprimidos que le despierta una Salma Hayek convertida en taco, sino el resto de los tacos: las palabrotas.

Esta es una de las cosas que no me gustaron nada, porque no es necesario. ¿O quizá sí? Seth Rogen y Evan Goldberg han conseguido un taquillazo con La fiesta de las salchichas porque han llegado a todo el mundo: a los devotos del caca, culo, pedo, pis, a los que disfrutamos viendo cómo se montan un trío en el supermercado o se dan por culo un par de devotos religiosos reconvertidos; y también a los que, además de una trama de perritos calientes que buscan meterla, son fieles defensores del Carpe Diem tras la muerte de dios.

La fiesta de las salchichas (Frank y Barry)

En definitiva, ya que esto es de todo menos un análisis serio (para eso, pásate por Filmaffinity, o por alguno de los enlaces que hay en este mismo artículo mejor), ¿vale la pena pasarse por el cine? Pues sí, y mejor todavía si tienes presente lo que vas a ver, y, sobre todo, que los dos colegas de la infancia que han sacado esta animación no han buscado la antítesis de las películas Disney: ellos mismos han afirmado que crecieron con Mickey Mouse y compañía, y no tienen ningún deseo de verlo sodomizado en un supermercado, sino de crear un camino propio donde expresar todo lo que sienten. ¿Y qué sienten? Pues esa es una buena pregunta para terminar; en el film hay un poco de todo: de amor libre, de disfrutar el momento, de disfrutar de las drogas, y de legalizar la mayoría, de no preocuparse tanto por lo que vendrá mañana y, sobre todo, de no olvidar que solo son dibujos animados, que estamos ahí para pasar un buen rato, y que si nos olvidamos de ello, también se han encargado de que recibamos un toque de atención antes o después.

Y creo que no me entiendes, pero ya me entenderás…

Narcos y el juicio de los ganadores

Hace unos días, apareció ante mí un tipo; de nombre Juan Sebastián y, de apellidos, Marroquin y Santos. Surgió una tarde cualquiera en mi jardín, allí donde las tablas de madera todavía esperan una segunda mano de barniz, y lo hizo gracias al poder que tiene Internet para conectar a personas con personas de un modo cada vez más natural.

Si me preguntan qué ocurrió, no habría respuesta. Lo hizo. Lo hizo gracias a Netflix, supongo. Gracias a esa empresa estadounidense que se ha lanzado a través de una espiral creativa de material audiovisual y nos ha ofrecido joyas como House of Cards, Stranger Things, Bojack Horseman, y sí, Narcos; bueno, por ahora, Pablo Escobar.

Le dije:

—Tú me suenas, Juan. ¿Eres argentino?

—No —contestó con un marcado acento que le delataba—, yo soy colombiano en el exilio, como lo fue mi padre, Pablo Emilio Escobar Gaviria, jefe del cartel de Medellín.

Arrugué una ceja. Pensé: ¿debe ser seguro decir algo así?

—No se preocupe —aclaró, conciliador—, hace años que decidimos abandonar el anonimato, con la presentación del documental Pecados de mi padre, ¿lo sabe usted?

—Supongo que había oído algo—respondí.

Le ofrecí una cerveza. Él aceptó. Entonces, comencé a explicarle que había leído aquel texto explicativo sobre las actividades y acciones de su padre, pero que tampoco entendía qué le molestaba de una ficción que omitía, intencionadamente, unas partes y ficcionalizaba otras.

—Con Pablo Escobar, nada es casual —respondió, repitiendo una y una las palabras que ya había escrito varias veces en redes. —La gente no siempre comprende que no se trata de lo que se dice y no se dice de Escobar, sino de lo que se esconde tras su figura, y los gringos saben mucho de eso.

Pablo Escobar y su hijo frente a la Casa Blanca
Pablo Escobar y Juan Pablo Escobar (hijo) delante de la Casa Blanca, en Washington D.C.

Se refería a cómo la ficción moldea el imaginario popular, a cómo la DEA nunca fue tan incorruptible, a cómo a menudo los grises ocupan la pantalla mientras se emite Homeland, o The Wire, Los Soprano, o Narcos. No importa que sea Virginia, o Baltimore, o Nueva Jersey, o Medellín. Su padre era un cabronazo. Pero también hubo yanquis y colombianos igual de cabronazos.

De acuerdo. Quizá no tanto: narcoterrorismo, Avianca, Centro 93… Podría decirse que la droga destruyó Colombia durante más de una década, no solo Escobar. Pero Escobar ayudó; mucho.

Marroquin interrumpió mis divagaciones:

—¿Dónde estamos? —preguntó.

—En mi casa. A pocos kilómetros de Barcelona.

Me miró, desconcertado.

—Usted ha visto Narcos. Si lo prefiere podemos estar en un parque cualquiera de Medellín, comiendo una fresita, como su padre y su tío Gustavo. Déjeme mirar Google Maps, eso sí, porque nunca fui a Colombia.

—No hay necesidad.

—Claro, eso tampoco ocurrió nunca.

Asintió, visiblemente molesto.

Imité el gesto, conciliador.

Nunca fui un gran fan del realismo mágico, ni de Gabriel García Márquez, pero tenían sus momentos. Así que seguimos en mi jardín, a miles y miles de kilómetros de Latinoamérica, sentados en un par de sillas de multinacional sueca. Después tendría que bajar madera antes de que la humedad empezase a calar; se lo comenté a Juan y recordamos juntos esa escena en la que Escobar quemaba fajos, y fajos, de billetes manchados de sangre. Más tarde quizá se arrepintiese, pero solo vivimos un presente.

Narcos (primera-temporada=
Escena de la primera temporada de Narcos con los actores Wagner Moura, Juan Pablo Raba y Luis Gnecco.

Sebastián Marroquin tenía una constitución similar a la de su padre; tenía un cierto sobrepeso incluso; pero observaba su alrededor con los ojos repletos de intensidad, con la seguridad que ofrece el haber visto lo mejor y lo peor de un país, y con paz; todo ello le confería un aura de fortaleza difícil de transmitir en palabras.

Di un sorbo a la cerveza.

—¿De verdad importa? Si se desea una lectura más concreta, ahí está el verdadero documental, el que se estrenó en 2009, o su libro, el cual en cierto modo se ha beneficiado mucho de la ficción, ¿no cree? Además, cuando su padre muere, o se suicida, usted tiene dieciséis años. ¿Tanto puedes recordar de todo aquello?

Pero dieciséis años son dieciséis años: Juan Pablo ya no era un niño; a esa edad, y mucho antes, cientos de jóvenes colombianos ya habían empuñado, encañonado y asesinado a paisas y no paisas por todo el país.

—Sí, no solo tenía edad de recordar, sino que tuvimos que enfrentarnos a todo tipo de situaciones muy duras. Eso no se olvida. No se puede. No son las balaceras: solo fuimos testigos de una, sino todo lo que se mueve a su alrededor.

La muerte de Pablo Escobar
La muerte de Pablo Escobar, de Fernando Botero (Medellín, 1932).

Me incorporé. Los perros también se desperezaron dispuestos a levantarse, y yo me estiré el pantalón tejano hacia arriba; quedé pensativo un instante. Quizá sí es cierto que somos mucho más influenciables de lo que creemos…

—De cualquier modo, toda la información que se aporte es útil. En esta época, tampoco se hacen lecturas simples sobre héroes y villanos; ya no existen; si ve series de televisión, sabrá que eso es gracias a un mafioso italiano y a un profesor que fabrica metamfetamina. Con el cartel de Medellín, Netflix lo volvió a hacer.

—Eso me pareció un acierto. La captura de pantalla de los buenos hablando sobre los malos y la idea que subyace de esa escena tiene mucha fuerza.

—Y no deja de ser una declaración de intenciones.

—Pero las intenciones deben tener un fin —contestó Juan—, no puedes quedarte con una sarta de mentiras que no deseaban mentir tanto. Al fin y al cabo, es justo lo que hicieron.

Frente a mi tenía a un hombre que amenazó a todo un país tras la muerte de su padre. Pero, inmediatamente, tomó el buen camino. Conoció lo mejor y lo peor de algunos de los peores criminales de Colombia y del mundo entero desde una posición de privilegio y de castigo. Se comprometió con una idea, y, hoy, sigue luchando por ella.

Nadie debería cargar con los pecados de un padre. Pero él lo hizo. Se convirtió en la imagen pública del Patrón cuando Colombia festejaba la muerte del narcoterrorista que anhelaba haber sido un verdadero hombre de estado.  Un Robin Hood que se había perdido entre demasiados rastros de sangre y de muerte. Un hombre, un hombre más, uno con tanto poder que pudo destruir una nación entera.

—Creo que le entiendo. Las veintiocho respuestas solo son una nota más en la historia, una invitación a mirar la otra cara que tiene cualquier moneda. También hay un libro y un documental, pero hay que asumir que, en comparación, estos recorrerán la historia de puntillas.

—Lo que yo quiero es la paz y la verdad. Narcos solo trae una que podemos dar cien por cien por cierta: ser narco trae la extradición, la cárcel o la muerte; todo lo demás, es una interpretación que se autoproclama como veraz, y no lo es.

—Entiendo que el aviso inicial no es suficiente para usted, pero lo es para la ley, y, al final, su padre perdió, y ya sabe qué dicen de los ganadores.

—Tengo mucho que decir sobre eso —replicó—, y también sobre ese fingido acento que no debe usted saber ni cómo suena, más allá del paisita, la fresita y el verraquito que ha escuchado por ahí.

En esto, tenía razón. Tengo amigos argentinos, venezolanos y mexicanos, pero no colombianos, que yo sepa.

Pablo Escobar (ficha policial)
Ficha policial de Pablo Escobar.

—Me imagino. Desafortunadamente, este es mi texto —le dije, y lo fundí en negro.

Quedé solo en casa. Los perros también habían marchado, ajenos a la escena cotidiana que había absorbido y expulsado a Juan Pablo Escobar. No lo imaginé tan elegante como la partida mágica de Gustavo Gaviria, pero tampoco le di importancia: solo era un subconsciente de charla consigo mismo.

En este escenario onírico de blancos y negros, preferí seguir surcando el gris hasta que el resto de colores se decidiesen a volver, recordando cuánto me había sorprendido que Juan no hubiese reparado en quién había escrito la historia, y qué nos decía eso.

Imaginé lo que decía ese niño interior que vivía en un colombiano de cuarentena años. Solo se le oía decir: solo quedaba el recuerdo, y hasta eso me arrebataron. Pese a todo lo ocurrido, respeté eso. Yo también echo de menos a mi papá.


Enlaces relacionados:

Las historias de (rol de) Ab3

Verano de 2016. Tras revisitar La guía del autoestopista galáctico (con una toalla cerca en todo momento), devorar las películas clásicas de los Monty Python, y también de Terry Gilliam, y releer algunos capítulos de El señor de los anillos —aunque siempre preferí El Hobbit—, caen, de una de las cajas de mi última mudanza, unos viejos manuales de Dragones y Mazmorras; ese mismo día, empiezo a devorar una serie de estreno con aires ochenteros: Stranger Things, donde los cuatro niños protagonistas, los tres que conocerán a Eleven y aquel al que tratarán de rescatar, juegan a D&D y se enfrentan al Demogorgon, un príncipe demoníaco que ya aparecía en la primera edición del juego.

Stranger Things (cartel promocional)
Cartel promocional de la serie Stranger Things en Netflix. Serie 100 % recomendable.

Lo relacioné de inmediato con las historias de Ab3 (en inglés), que un tal Reverendo tradujo con mucha gracia hace más de una década (para hacernos una idea, el hilo revivido por un usuario de Meristation data de 2004-2005, y la web debió aparecer poco más allá de principios de siglo). Tras todo lo anterior, tuve cierto impulso de ponerme en la piel de esos niños tan freaks que salvaban el mundo frente a un tablero, unas cuantas notas en papel y un buen puñado de dados.

Por desgracia, no hay tiempo para todo, por lo que mientras nos toca la lotería o una gran multinacional compra por cientos de millones una de mis revolucionarias ideas de negocio (¡ja!), me conformo con recuperar en un formato adecuado todas aquellas historias de rol con las que uno no podía parar de reír.

Las tradujo este señor, cuya página web se perdía con el paso de los años en otro plano de existencia, o quedaba recluido en las Dimensiones Mazmorra, en R’lyeh o a través de todo el Multiverso… Quién sabe. De cualquier modo, y al margen de la legalidad de coger estos textos y darles un formato adecuado (he conseguido hablar con el autor original, y cortar el árbol más alto del bosque con… ¡un arenque!, para obtener su permiso; pero no he encontrado al traductor, que emigró a tierra de Canguros, según se cuenta).

Paul Kidby - Rincewind (en las Dimensiones Mazmorra)
Y aquí tenemos a un asustado Rincewind en las Dimensiones Mazmorra…

Entonces, se me ocurrieron tres ideas relacionadas entre sí: a) hay fragmentos mal organizados por multitud de foros de habla hispana y por todo Internet, así que mejor organizarlos y referenciarlos en algún sitio (¿por qué no aquí?); b) por lo majo que parecía el tal Reverendo (Jorge Prieto), seguro que también me daría permiso para transcribir y corregir los textos originales en español; y c) porque si alguna de las afirmaciones anteriores no es correcta, lo más probable es que exista un universo alternativo en el que, o él está de acuerdo, o yo jamás me decido a hacer algo así, y me marche a comprar un falafel (o nos esclavicen seres insectoides provenientes de Gor).

Si ni tan siquiera la gastronomía turca y libanesa puede zanjar este tema, un e-mail será suficiente para retirar esta versión renacida de sus cenizas gracias a una pluma de fénix, un simple hechizo de resurrección o un tipo avispado que, rápidamente, se percató de que todas estas historias solo habían fingido su propia muerte.

Pégale un clic a este otro enlace para leer (o releer) las historias de rol de Ab3 en español.

Cthulhu (H.P. Lovecraft)
Cthulhu asomando el morro… o lo que sea.

Quedaron nueve en la recámara que (que yo sepa) nadie se atrevió a traducir, pero como (creo que) tengo los medios —aunque sea de un modo… indirecto— quizá también aparecen por aquí…

Además, que esto se llama Doblando tentáculos; antes o después tenía que asomar el morro Cthulhu, o lo que sea eso que le cuelga de la cara…

Las 16 historias de Ab3 traducidas al español:

  1. El equipo que no sabía disparar a derechas (21 de marzo de 2002)
  2. El día en que maté a todo el grupo antes del primer combate (9 de agosto de 2002)
  3. Una noche en la posada, un día con los racistas (22 de agosto de 2002)
  4. El viaje divino (30 de agosto de 2002)
  5. Mitos rotos y doloridos (7 de septiembre de 2002)
  6. Las aventuras de los Monty Python en el abismo más profundo del infierno casero (18 de septiembre de 2002)
  7. Kobayashi Maru con violencia indiscriminada y supermodelos (26 de septiembre de 2002)
  8. ¿Cómo que han perdido el riñón de mi mujer? (4 de octubre de 2002)
  9. Nunca dejes atrás tus pelotas (12 de octubre de 2002)
  10. Muerte por pulgares (19 de octubre de 2002)
  11. La noche de los supercadáveres (26 de octubre de 2002)
  12. Caníbales, paletos y astronautas transexuales (30 de noviembre de 2002)
  13. Atrapado en la academia Jedi (24 de diciembre de 2002)
  14. Reservoir Torgs (28 de diciembre de 2002)
  15. La habitación equivocada de R’yleh (13 de septiembre de 2003)
  16. El gran desfile de la muerte de Gamma World (9 de marzo de 2004)