España no ha envejecido bien

manolo-benito

Se nos ha pasado un poco aquella primera euforia por hacer cosas y aprovechar el tiempo. Será que empezamos a estar hartos de encierros: en casa, en el municipio, en el trabajo, ya sabes. La realidad es que, ahora, pero no hace un mes, nos toca ser coherentes de nuevo: en Navidades, fiestas de guardar y cuando tocaba salir a las rebajas, no. Ahí, despiporre y, luego, día de la marmota y más «quemaos» que Bill Murray en la puta peli.

No voy a repetir más de lo mismo, porque ¿para qué? Es cierto que la gente no se comporta como en China, es cierto que España no es Alemania, que la (mayor parte de la) prensa vendería a su abuela por un par de birras (o un succionador de clítoris, que están de moda) y blablablablá.

A mí lo que me toca los huevos es que nos traten como niños, y encima que encuentren apoyo en innumerables grupos de población. Las medidas son necesarias, las explicaciones también.

Mientras tanto, los yayos, cagados, repitiendo una y otra vez que todos a casa hasta que pase la pandemia, y que la juventud es la única culpable, porque es muy mala, porque quiere vivir un poco y echar un polvete. Los autónomos que ya no saben ni porqué lloran. Las 150.000 empresas que tienen que cerrar antes del verano.

marquesina-coronavirus
Una marquesina en Asturias para concienciar a la población española sobre las medidas de prevención de la Covid-19.

Sale el presi del Gobierno y presenta nuevas medidas y planes de vacunación, pero la realidad es que hemos vuelto a los gobiernos de cifras y letras: quizá aquí nunca los superamos. Que sí 72.000 millones de euros de ayudas, que si 200.000 nuevas plazas de formación profesional.

¿Sabes a qué gobierno respetaría yo? A uno que me dijese:

—Señoras, señores; hemos revisado las cuentas y no podemos poner cuotas de autónomos por tramos de ingresos, porque se nos va a la mierda el país, que lo aguantan ustedes: sigan agarrándose los machos, gracias.

O:

—Oigan, ya sabemos que suena impopular, pero lo que toca ahora es no Navidad, no fiestas de guardar, no compras ni aglomeraciones, nada abierto, no ver a los tuyos durante 15 días, o 30 días, o lo que toque, pero explicao’ y argumentao’.

Y después:

Nos equivocamos.

O todo lo contrario:

Aquí están los números y las interpretaciones pertinentes: pueden ver cómo teníamos razón.

Lo que harta es que te traten como un crío y te manden a tu habitación, pero allí nadie te lleva comida, ni ropa, ni te paga las facturas; harta llevar un año entrando y saliendo para trabajar y poco más y, sobre todo, harta ver cómo los intereses políticos priman sobre los sanitarios, los laborales y los sociales. Hemos ido a caer en una suerte de 1984, orwelliano y cutre, donde todo lo colectivo, todo, prima sobre el individuo y su individualidad y empieza a asfixiar. ¿No se suponía que el ciudadano debía querer pertenecer al grupo? ¿No se suponía que ya habíamos superado aquello del despotismo ilustrado? Luego, nos encontramos con escenarios como el que describe el «menda» para terminar.

manolo-benito
Los actores Ángel de Andrés (1951-2016) y Carlos Iglesias (1955).

Unos cuantos amigos, de amigos, de amigos: algunos autónomos, otros funcionarios del estado, otros parados de larga duración o acogidos al ERTE. Pues unos y otros me cuentan que se hacen la declaración de responsabilidad que piden al trabajador autónomo, otros van con su «papelajo», porque hoy han trabajado, el de la esquina que vive en la esquina y los del ERTE de hace un año que han visto demasiado Mad Max y todo se la pica un pollo; pues, todos estos amiguetes que antes que trabajadores son personas, se juntan en un local que tienen, se echan unas cervezas y se cagan en tó. Y, luego, se van, y besan a sus parejas o a su perro (si yo fuese uno de estos, que juro solemnemente que no lo soy, pues, besaría a mi perro, porque no tengo chicas cerca que se dejen besar), y recogen al crío del cole, y acompañan al yayo a urgencias, porque le ha reventado el bazo y ni quisqui le hace caso en el teléfono ese que han puesto para pasar consulta por telepatía telefónica.

El problema es que esto no ocurre con esos amigos, sino con todo dios, porque si no hay medidas claras, ni hojas de ruta, y encima te culpan de las cagadas propias y de las ajenas, terminas por gritar aquello de o jugamos todos, o rompemos la baraja. Que ya lo decía mucho el gran Ángel de Andrés en la mítica serie Manos a la obra, que quizá no ha envejecido bien, pero estamos viendo que España tampoco.

Esta entrada fue publicada, originalmente, en Metepatas el 24 de enero de 2021blog que reabsorbió un celoso Doblando tentáculos en 2021.

Wabi-sabi y las cicatrices que nos embellecen

El wabi-sabi cultiva todo lo que es auténtico reconociendo tres sencillas realidades: nada dura, nada está completado y nada es perfecto.

Richard R. Powell, Wabi Sabi Simple: Create Beauty, Value Imperfection, Live Deeply

Hay un término japonés que me gusta más que cualquier otro. Quien me conozca un poco, quizá intente adivinarlo, pero la caga seguro. Puede que piense en conceptos como rei (令; respeto, cortesía), makoto (誠; sinceridad), meiyo (名誉; honor) o chuugi (忠義; lealtad). Este último, por ejemplo, es importantísimo para mí: ser leal a los demás y a mis propias convicciones. Sin embargo, y aunque choque, el término del que hablo es el Wabi-sabi (侘寂), pero ampliado hacia las relaciones humanas

Confieso que siempre me ha atraído el pensamiento oriental y, en cambio, nunca he conseguido profundizar en la literatura japonesa: qué vergüenza (mentira: no me da ninguna), ¡con treinta y tantos que tengo ya! He leído lo típico: Natsume Sōseki, Yukio Mishima, Jun’ichirō Tanizaki, Kyōka Izumi y me atrevería a decir que algo de Köbö Abe. Conozco el porqué: es por su estilo. Un profesor de escritura que tuve hablaba siempre de orientalizar como sinónimo de reducir o dejar el texto en su esencia, pero a mí casi toda la literatura oriental que he ojeado me resulta terriblemente enrevesada en su expresión. Supongo que son culturas que han mantenido el pensamiento, el debate y la meditación en el centro de su vida, pública y privada, y eso pesa: quizá si Roma no hubiese colapsado, nosotros también escribiríamos así.

De vuelta al Wabi-sabi este es, por definición, un término estético que describe la belleza de la imperfección. A menudo, se conecta con la práctica del kintsugi (arreglar objetos rellenando las grietas con oro para devolver la funcionalidad a la pieza y, a la vez, acentuar esa imperfección), pero es una idea que podemos encontrar en todas partes. El concepto nace vinculado al Tri-Laksana, una de las enseñanzas fundamentales del budismo, que dice así: no hay nada que dure, esté completo o sea perfecto. Cuando leo sobre las tres características de la existencia para los budistas, recuerdo también a Bruce Lee —encajonado y reducido a la cultura pop—, que nos habló a los occidentales de que el cambio es algo natural y de cómo fluye la realidad.

En las calles de Japón, el Wabi-sabi se acerca al rusticismo, al minimalismo y a la naturaleza. En El elogio de la sombra, el autor describe cómo la oscuridad, en todas sus formas, define positivamente la estética japonesa en contraposición con nuestra concepción del arte y el diseño. Entre otras cosas, Tanizaki habla de un retrete exterior integrado en el bosque —si no recuerdo mal—. Allí, la imperfección, la impermanencia y el cambio natural juegan un papel fundamental en la forma en la que un cagadero se integra en el espacio: es el wáter lo que se naturaliza en el Japón, eso es lo que se valora; por el contrario, en Occidente crearíamos un entorno artificial con ese objeto en el centro: no lo dispondríamos como un elemento más que tratase de no alterar el conjunto.

Pero ¿qué tiene que ver todo esto con las relaciones humanas? ¿Se me ha ido la olla? Pues no. Todos nosotros arrastramos heridas, visibles e invisibles, e incluso decidimos mostrar algunas de estas lesiones internas a las personas que nos importan. Para mí, el Wabi-sabi no solo me conecta con el hecho de que cualquier evento, relación o instante sigue las mismas tres grandes verdades del Tri Laksana, sino que aceptar esto y embellecer nuestras cicatrices —aprendiendo, compartiendo, empoderándonos a través de ellas— es imprescindible para conectar con las personas que nos rodean.

Hay mil cosas que nos acercan a los demás, pero la conexión más perfecta entre dos personas —en especial, entre dos personas que se eligen— también debería fortalecerse recordando que reconocer las cicatrices del otro es también ser parte de esa materia que las baña en oro y las hace refulgir. A nivel humano, el Wabi-sabi es aceptar la parte oscura, imperfecta, cambiante, que todos tenemos y, todavía más importante, aceptar la de los demás, no como un ejercicio de empatía o bondad, sino comprendiendo que tanto el yin como el yang es aquello que define nuestra esencia y quiénes somos.


En los enlaces siguientes puedes leer más sobre Paige Bradley y sus bronces figurativos. Me parece importante atribuir tras coger una de sus obras más conocidas y utilizarla para ilustrar esta columna de opinión.

Esta entrada fue publicada, originalmente, en Metepatas el 9 de enero de 2021blog que reabsorbió un celoso Doblando tentáculos en 2021.

Enfrentar lo inafrontable

Enfrentar lo inafrontable (toteking-barleby-and-co-2018)

Si lo analizo fríamente
Creo que en total hablo más solo que con gente
Perdiéndome la vida pa’contársela al de enfrente […]

Bartleby & Co. (ToteKing, Lebron, 2018)

Enfrentar lo que una vez te resultó inafrontable es una de las grandes sorpresas que te da la vida. Poder volver a leer aquel libro, a escuchar la que fue vuestra canción, recuperar un espacio  o, simplemente, recomponerse tras un duelo.

Atreverte a mostrar, de nuevo, tus excentricidades y que alguna de estas rarezas que te hacen único le parezcan adorables a alguien, y otras no le gusten nada (pero las acepte). Eso también es parte del amor —a menudo, la más imperecedera de todas.

No recuerdo quién lo dijo, pero estoy seguro de que alguien (famoso) dijo: muchas veces amamos a alguien por ese algo por el que, más tarde, le odiaremos. ¿Y sabes qué? Eso es una gilipollez. Eso es porque amábamos desde el egoísmo. Cuando te gusta alguien, te gustan hasta sus cicatrices.

He dejado durante un año y medio el manuscrito de una novela —una que ya es buena per se, pues me hizo reír, llorar, devolver la vida a los muertos, frustrarme, pelear y, sobre todo, aprender: qué más quieres— y vuelvo a ella tras dos años muy duros. Eso me ha reactivado un no-sé-qué, que me ha hecho clic por otro lado y me han venido ganas de volver a escribir tonterías por todas partes: fíjate tú. Lo gracioso es que el coronavirus poco, o nada, ha tenido que ver con todo esto que te cuento, porque, a veces, la desgracia viaja con nosotros y otras, como ya hemos comprobado este año pasado, nos impide viajar y hasta vivir como nos gustaría.

En cualquier caso, empiezo mal, porque este es un texto idiota, en realidad. Palabras de esas que escribimos, y arrejuntamos, y parecen decir mucho, pero no dicen nada a quien las lee (y ese es el peor de los pecados para un escritor).

Masturbación literaria llamo yo al invento.

Estos cuatro párrafos vendrían a decir que vuelvo a darle caña, a sentarme a ratos, a aguantarme y a disfrutar de lo que hago: a recuperar las letras como constante.

Queda dicho.

Qué tiempo de mierda para quien no sepa disfrutar de las pequeñas cosas.

En fin, ¿qué te voy a decir para que esto no queda tan frívolo? Pues que elijas desde la libertad y siempre elegirás bien (aunque termines por cagarla).

Preocúpate, simplemente, de no ser  ese tipo de gente, por favor.

Sí, ese tipo.

Esa gente tan preocupada por lo que podría suceder que no dejan que nada suceda.

Esta entrada fue publicada, originalmente, en Metepatas el 4 de enero de 2021blog que reabsorbió un celoso Doblando tentáculos en 2021.

De un zen que da asco

hemingway-de-farra

Estoy de un zen que da asco. Pero yo, feliz. Eso sí, hoy, traigo filosofía barata, que conste, así que, depende de cómo lo veas, date el piro. Verás, me he dado cuenta de que hay un tipo de gente que no me gusta nada, que no quiero en mi vida e incluso que, si está hoy rondando por aquí, terminaremos cogiendo caminos distintos, así que plim.  Y, no sé, quiero compartirlo contigo, supongo (seas quien seas). Hablo de esa gente a la que le molesta todo, esa gente a la que todos le tocan los huevos (u ovarios), y todo está contra ellos. Joder, cómo sufre esa gente, en realidad: ¡pobres!

Da gusto ver cómo sabe estar bien consigo y con sus demonios: es ejemplar, el cabrón.

Quedé con mi amigo Enric (¿cuándo?, yo qué sé, hace poco, ya no me acuerdo); menudo tío, el Enric: grandote, a lo teddy bear que te ocupa tres cuartos de la cama de metro treinta y cinco. Pues va y me dice, medio asustado: «yo es que lo he pasado de puta madre en el confinamiento; a mí me han dejado salir y, porque me has llamado, que si no yo sigo a lo mío en casa: leyendo, trabajando, contento.» ¿Y qué problema hay? Enric es un tío genial, y yo me lo quiero un montón (no hace tantos años que lo conozco, pero tenemos feeling, o yo me lo invento, que me vale igual) y, sobre todo, es que da gusto ver cómo sabe estar bien consigo y con sus demonios: es ejemplar, el cabrón.

Yo tengo mis momentos también. El otro día —no el día que quedé con Enric, sino otro que iba al cine con mi amigo Andrea a ver Por un puñado de dólares, peliculón, aunque la más floja de la trilogía—, casi me llevo por delante a una moto. El puto espejo derecho de la Berlingo, que tiene un pedazo de punto muerto que te cagas. Y yo, por regla general, echo la cabeza un poco para adelante, me aseguro de que no hay nadie adelantando por donde no deben, y me cambio de carril con maniobra de fitipaldi. Pues justo ese día, no lo hice. Avanzaba por mi derecha un chaval en moto (con 34, la gente de 40 ya son chavales) y casi me lo llevo por delante.

Le hice una seña, circulando, y nos cogió un semáforo en rojo a pocos metros del Túnel de la Rovira. Bajo la ventanilla, asomo la cabeza y le hago señas: le vi venir, me pareció que pegaba un acelerón a mi altura, cabreado.

Venía encendidillo.

Le digo:

—¿Estás bien? Joder, lo siento mucho: no te he visto.

¡Ja, ja, ja, ja! Le cambió la cara al tío, no se esperaba eso. Casi le dio la risa.

Yo empecé a sonreír como un idiota.

No sé qué me dijo exactamente. Que sí, que estaba bien, que no me preocupase: que estuviese tranquilo.

Me medio abrazó el brazo ese que que tengo lleno de tatuajes, apretando.

Me di cuenta de que se creía que quería gritarle, que iba a recriminarle que por qué cojones me adelantaba por la derecha, que… yo qué coño sé. A mí todo eso me valía mierda (y me la sigue valiendo), pero es una actitud rara en las putas vidas que nos hemos creado, y no es por tirarme flores tampoco. Yo quería saber si estaba bien. Asumí, de inmediato, que parte de la culpa de la situación era mía (confieso que, hace unos años, esto hubiera sido muy raro); que si hay un accidente, lo que te preocupan son las personas, no quién la ha cagado; que la gente sale a la calle y lo hace lo mejor que sabe y puede (ese es mi mantra ya, para siempre jamás). Y eso es todo.

No tengo ni puta idea de si el chico de la moto se acordará de mí: el barbudo canoso de la Berlingo blanca, pero yo me acuerdo de él. A mí no me gustó nada lo que pasó, pero me encanté a mí mismo en la reacción. Sobre todo, después de tanto tiempo creyendo que el mundo quería joderme; sobre todo, después de tantos años pensando que yo tenía que ser como el mundo quería que fuese. Yo soy como soy y, a quien no le gusta, que me lo diga (ya habías pensado que iba a soltar un que le den por culo, ¿eh?, ¡no hombre, no! Qué «esageraó» barra «esagerá»), pero si yo estoy bien conmigo y no hago daño a nadie, quizá el problema sea del otro.

Pocos días después, fue cuando vi a Enric y no sé si le conté esto. Sí que sé que me tomé una Voll-Damm (vale, dos) y reafirmé lo que te decía en estos párrafos. Vamos, que si te cabreas y te gritas con el de la moto, el de la moto se larga para un lado y tú para el otro, ¿y el cabreo qué?, el cabreo se va contigo. También aprendí que, cuando estás bien contigo mismo, no necesitas estar todo el puto día rodeado de gente. Eso le pasa al Enric, que me lleva ventaja (bueno, y unos cuantos años también, ahí que se joda, no iba a ser más joven encima). Pero lo que ocurre, por encima de todo lo demás, es que quieres relaciones de verdad, quieres cerca a gente que te haga vibrar, que cante contigo a voz en grito una canción de Queen haciendo gorgoritos en el coche, que salga a caminar bajo la lluvia, que se emborrache, o llore, o ría, o folle, o cree algo, o te llame y te diga cualquier tontería por decimoquinta vez, o te pida perdón porque la cagó, y que lo haga de forma real, y auténtica, y radical. Bueno, yo quiero eso. Tú preocúpate de lo que quieres tú.


En la foto, Hemingway y coetáneos de farra.

Esta entrada fue publicada, originalmente, en Metepatas el 6 de agosto de 2020blog que reabsorbió un celoso Doblando tentáculos en 2021.

Las cosas van y vienen (incluso en el Fin del Mundo)

negan-putoloco-lucille-the-walking-dead

El otro día hablé con mi amigo Félix sobre un tema que me escuece un poco. Cuando se complicó lo del Covid-19, mucha gente se lanzó a las calles (bueno, a los supermercados) a comprar papel higiénico. A mí se me ocurren diez mil cosas mejores que comprar antes, pero él, Félix, que devora vídeos y vídeos en YouTube me explicó una teoría que tiene bastante sentido.

Parece ser que, de producirse una falta global de provisiones, el papel higiénico podría convertirse en una nueva moneda de cambio, ya que pocas cosas hay peores que pasearse por el mundo con el culo sucio y relacionados: falta de agua, gasto, pestucia, el plus de moverse por ahí sin saber cómo o dónde podrás plantar un pino, etcétera.  Ante esto, te explota la cabeza y se te abren un porrón de posibilidades: gente que lo sabía y no compro papel de WC, gente que lo sabía y compró papel a saco paco, gente que no lo sabía y se dejó llevar por la locura colectiva…

De producirse una falta global de provisiones, el papel higiénico podría convertirse en una nueva moneda de cambio.

En el libro La psicología de las pandemias, Steven Taylor explica que la oleada  de «ansiedad de anticipación» ante el virus es una reacción habitual. En este caso, hacerse con  rollos de papel higiénico podría interpretarse como un intento de devolver a las personas cierta sensación de control ante algo que genera impotencia en los individuos (¡ajá!, por eso no se acabaron los condones: chiste malo, malísimo). En fin, como me gusta el rollo marrullero, por ahora, me quedo con la hipótesis de mi colega. Sigue leyendo «Las cosas van y vienen (incluso en el Fin del Mundo)»

Si la rosa no fue suficiente, le regalaré un ramo

hijos-de-cain

“La felicidad depende de nosotros mismos”.

Aristóteles (384 a.C. – 322 a.C.)

Cuando iba al colegio, me enamoraba cada dos por tres. Los psicólogos dicen que, cuando tienes heridas de abandono y de rechazo en la infancia, esto es bastante común. Ni puta idea, pero me lo creo. En el bachillerato, por ejemplo, me enamoré perdidamente de la Mari —mi amiga Mari, con quien, por desgracia, hace un tiempo que no tengo mucho contacto— y tuve hasta una crisis de valores. Esa crisis llegó porque Maria Jesús (que es el nombre completo de la Mari) había sido la novia de mi gran amigo Alfredo y ¡qué cojones! ¿cómo hubiera hecho algo incluso de ser correspondido? Sé, además, que mi yo-adolescente se dejó de liar con unas cuantas chavalas por su ensimismamiento (qué digo ensimismamiento: ¡pasión!). La Mari era todo, y todo estaba fuera, y durante mucho tiempo después de gastarme una pasta e inundar de rosas el salón-comedor de la Mari, seguí buscando la felicidad donde no debía.

El año pasado, me ocurrió algo similar cuando se largó de casa mi exmujer. Me dije: «¡Cagondiós, si ella no tiene ni puta idea de qué quiere en la vida!»  (Como si yo lo tuviera todo muy claro, por cierto.) ¡Es mi culpa! Yo la salvaré: actuaba mucho así yo, con todo quisqui. Pero también empecé a pensar en nuevos detalles de amor: cada vez mejores, a mi juicio. Ella, no sé. Ella follando por ahí, o llorando, o riendo, o lo que cojones hiciese: viviendo su vida, no como yo. Yo, primero, le llevaba flores (pobres flores, ¿cuántas habré matado en vano?); después, compré entradas para el concierto de Extremoduro (nuestra canción era Necesito drogas y amor: pelín cliché, pero mola; aunque ella dice que, para ella, yo soy una de La oreja de Van Gogh, y ella para mí es más una de Lágrimas de sangre por estas fechas: la gente, que cambiamos). Bueno, le escribí cartas de amor, le escribí textos, y listas enteras, con todo aquello que me había dado cuenta de que no había hecho bien, intentaba mantenerla feliz, y segura, y conmigo, y ella —lejísimos— mirando fuera, cada vez más. Sigue leyendo «Si la rosa no fue suficiente, le regalaré un ramo»

Las putas grullas

Grullas de origami - 1

Yo el Instagram no lo uso bien. A menudo, cuando colocas un artículo delante tú mismo te delatas: la lavadora… ¡vaya trasto!, por no asumir que eres un puto inútil de las tareas domésticas; menudo pieza, el Dieguito… En cambio, si te fijas, Diego (sin el artículo) es un estudiante que te cagas. Con (el) Instagram, tres cuartos de lo mismo. Por eso, hace unos meses, cuando me dio por hacer grullas de origami, varias personas me dijeron que no lo había pillado, que ahí se iba a poner fotos de tu comida, de tus pies o de tus perros.

A fuerza de golpes, no obstante, conseguí colar en la red social mis grullas de papel gracias a la historieta del Senbanzuru, una grulla legendaria que los japoneses dicen que aparece si haces mil figurinas y las atas con un cordel. Ni tengo tantas hojas de papel, ni tengo tanta paciencia, pero más de uno y de una se creyó que iba a cumplir con mi palabra (debo tener fama de tío serio y no lo sé).

Más tarde, algunas personas me han preguntado: ¿ya no haces grullas?, ¿no vas a hacer las mil grullas que habías dicho que ibas a hacer? Aunque no recuerdo que dijese eso, la verdad, pero no pongo la mano en el fuego, que mi memoria no es mi mayor virtud.

En cualquier caso, aunque yo he contestado lo mismo a todo quisqui, no todo el mundo lo entiende. Y es que yo puedo hacer mil grullas, pero eso no hará que Senbanzuru —el tío Camuñas buenrollero este de las grullas— se aparezca y me conceda un deseo. Por mucho que lo diga la leyenda: por algo es una leyenda.

Puedo hacer grullas, cuando me apetezca, y, a lo mejor, un día llego a tener mil grullas por casa, pero también es posible que, un día, la grulla se aparezca y me conceda el deseo sin necesidad de haber hecho las mil grullas. De algún modo, ya no considero que hacer las mil grullas (aunque nunca lo he considerado, en realidad) sea condición sine qua non de «invocar» a ese animal, sino que, en esencia, creo que hacer mil grullas de papel es un buen modo de llamar la atención de una grulla de leyenda.

Cuando explico esto, la mayoría me dice que de qué pollas les estoy hablando. Normal. O también: ¿seguro que estamos hablando de grullas? Y no, evidentemente no estoy hablando de grullas, pero esto también es parte del aprendizaje.

Esta entrada fue publicada, originalmente, en Metepatas el 15 de junio de 2020, blog que reabsorbió un celoso Doblando tentáculos en 2021.

Michael Robinson, Iñaki Gabilondo y El fin de la comedia (con dos emes)

Iñaki_Gabilondo_by_Gonzalo_Merat

Hace un par de meses, falleció el locutor Michael Robinson tras una larga batalla contra el cáncer. Ex jugador del Liverpool que se retiró en el Osasuna, a Robinson nuestro país le conquistó por siempre en los ochenta. Entre los adioses que escuché por la radio, me tocó la patata el de Quequé, Ignatius y Broncano en La vida moderna, compañeros suyos de La Ser, a quienes entre gracias con el PC Futbol 5 y «anecdotillas» se les asomaba algo de tristeza y melancolía del tiempo pasado. Por lo menos, a Héctor de Miguel, Quequé, y a David Broncano; a Ignatius le ocurre que el personaje se come a la persona, pero no lo digo como algo malo.

Infravalorado por muchos, Ignatius Farray es lo más cercano a Richard Pryor o Louis C. K. que pulula por España. No es que no tengamos a otros humoristas que no hayan mamado igual o más de la Stand Up Comedy norteamericana (de la que no soy ningún experto, ojo), pero nadie, o casi nadie, se atreve jugar tanto con los límites de la comedia como el tinerfeño.

Por desgracia, la «commedia», con dos emes, tiene un público más limitado que Eva Hache o Leo Harlem: es el precio que deben pagar aquellos que se descamisan en sótanos mal iluminados y se lían a chupar pezones en público: le dice la hija al padre. Sin embargo, la grandeza de un tipo como Ignatius se ejemplifica en series como El fin de la comedia, que seguro que no ha tenido el éxito que se merecía, pero que consiguió que el gran Iñaki Gabilondo proclamase: “Yo soy Banksy”, y solo por eso vale la pena tragarse los doce capitulazos.

En efecto, todo el rollo anterior: enrevesado de pelotas, lo sé, pretendía llegar hasta Iñaki, coloso de la información periodística de este país. Como prueba de lo anterior, la foto que alguien le ha puesto en la Wikipedia, donde se le puede ver leyendo The Times con cara de NI-PUTA-IDEA-tenéis-de-lo-que-es-noticia. Porque Iñaki Gabilondo, amén de sus mil y un premios e historias que le envidia Antonio Resines, ha conseguido dos cosas muy complicadas para cualquiera: mantenerse en primera línea y sobreponerse a los tiempos, o sea, a la tecnología. Con su columna escrita y, desde hace unos años, locutada —de título, La firma de Iñaki Gabilondo, que se folla a blogs como Patente de corso, de Pérez-Reverte, o La zona fantasma, de Javier Marías—, el periodista es lo más parecido a un Rubius intergeneracional que hay en España.

El menda, de carrera humanista (vamos, que he leído muchas cosas que son útiles, pero que casi nadie valora), recuerda la frase de Bernardo de Chartres: «Somos enanos a espaldas de gigantes» y, aunque tiene cojones, que venga Iñaki Gabilondo a enseñarte a subir vídeos al YouTube, uno tiene que ser humilde y aprender de los mejores. Aquí empiezo una nueva aventura y el nombre del blog y vídeo blog ahí queda, para curarme en salud por las cagadas futuras, pero que también es un mojón de nombre, porque yo tampoco soy Iñaki.

Esta entrada fue publicada, originalmente, en Metepatas el 10 de junio de 2020, blog que reabsorbió un celoso Doblando tentáculos en 2021.

Papá estado y un porrón de idiotas

Hoy, 26 de abril, mucha más gente de lo que, a priori, uno podría imaginarse cree que el gobierno de España es «papá estado». Si no, no se entiende esta respuesta colectiva a una pregunta muy simple: ¿Quién es el único que puede decidir cómo te comportas tú? Exacto.

Será que, tras dos meses encerrados entre cuatro paredes, se nos ha olvidado aquello de las libertades individuales, pero me asombra que tanta gente esté reclamando en redes sociales que la encierren en casa y tiren la llave (a él, a ella, al niño y la niña, al abuelo y hasta al vecino del quinto).

El argumento es acojonante: «Ahora que vamos bien, o mejor que hace un mes, habría que esperar otros quince días, y otros quince más, y…» Ni niños en la calle, ni deporte, ni yayos, ni nada. Todo quisqui a su puta casa a seguir confinado y, así, el miedo se carga un país.

Un señor enfadado en Twitter, con razón.

España es «papá estado»

El miedo es lo peor que hay. El miedo, te bloquea; te impide pensar, y aquí tenemos la muestra. Esta semana estaba claro (las cifras, los datos, el número de urgencias hospitalarias) que ya es tiempo de dejar paso a la responsabilidad individual que, a su vez, construye aquella social o colectiva. Es momento de distanciamiento, de medidas de protección y de volver, poco a poco, a las rutinas que podamos recuperar: a salir, caminar, sacar a los chavales, hacer ejercicio y, pronto (espero), a trabajar. Hay rutinas que tardarán en volver (los conciertos, las multitudes, los besos y los abrazos), pero si hay que seguir gritando desde balcones y terrazas que sean palabras de ánimo y un poco de alegría, ¿o no?

Empieza la fase de desescalada, será lenta, da algo de miedo (a todos y todas), sin embargo ¿nos vamos a dejar vencer antes de empezar siquiera? No, no nos volvamos locos y vayamos, flechados, de un extremo al otro. Salgamos a la calle con las medidas de protección necesarias (quien pueda salir), comportémonos, seamos consecuentes con nuestras acciones (algunas imágenes en las calles y en los parques son el fiel reflejo de ese gobierno al que tanta gente crítica, ¿o no?) y volvamos a vivir, a movernos, a poner las cosas en marcha.

No tengamos los santos cojones (u ovarios) de criticar al gobierno por lo que es responsabilidad de los ciudadanos. No, no podemos estar escondidos un año, porque el virus no va a desaparecer de las calles. Y, si el miedo nos impide vivir, ¿no será peor el remedio que la enfermedad?

El trabajo es parte de la ecuación

Así, no sabemos trabajar. Este mensaje me ha llegado de un montón de formas: por Facebook, por los grupos de colegas del WhatsApp, echando una cerveza con algún amiguete por videollamada (¡por dios!, qué hartura de cuarentena: bares, ¡bares! ¡os echo de menos!). Incluso a los autónomos que llevamos toda la vida currando desde casa nos está costando un huevo. Es normal.

Encontré por aquí (en una de las librerías del salón) una copia del Frankenstein de Mary Shelley y, será que ya desvarío, pero ahí está la clave. El monstruo del doctor Frankenstein pudo ser cosido trozo a trozo, pudo hasta pasar por humano (hasta aprender a ser humano), pero no: no era un ser humano. Quizá era más humano que los humanos (para mí, ahí radica parte de la lección de la novela, aunque no tienes porqué compartir esta conclusión, evidentemente), pero no era humano.

No sé cuál es la esencia del ser (humano), pero todo indica que es la suma de las partes. ¿Cuántas?, ¿cuáles?, todavía no se me ha ido tanto la olla como para lanzarme a enumerar, una a una, las que se me ocurran, lo siento. El trabajo, por ejemplo, es parte indisoluble de nuestra esencia, eso yo lo tengo claro: no porque lo dijera Freud (entre otros), sino porque todos necesitamos algunos valores vitales que nos levanten de la cama. Y, por ellos, hay que moverse (físicamente, intelectualmente; a veces, de ambas formas), aunque solo sea por esto, todos necesitamos trabajar.

Pablo Casado en… reflexiones en el aseo. (¡ESE GRIFO GASTANDO AGUA ME PONE DE LOS NERVIOS! He dicho.)

En tiempos del Covid-19, sin embargo, el problema es que (nos hemos dado cuenta de que) necesitamos de muchas otras cosas, ¿verdad? La mayoría, hace dos meses que no las tenemos, que nos sentimos solos, indefensos e indefensas y, lo peor de todo, que no sabemos cuándo volveremos a tenerlas. ¿Qué es más jodido? ¿La represión de un gobierno a sus ciudadanos o la creación de un clima de total indefensión frente a tu propio presente y futuro? Vale, esto no es consecuencia directa de la clase política, pero la gestión del gobierno y del resto de los partidos no siempre ha ayudado.

A la luz de las últimas semanas, está muy claro que ni Europa ni el mundo habían tenido que preocuparse, en serio, por las libertades individuales y colectivas de sus ciudadanos. Para ningún estado es una tarea sencilla, pero suspendemos (suspenden), de calle. Está muy claro que los políticos españoles no están preparados para los verdaderos desafíos que plantea el siglo XXI (vaya coñazo de sesiones en el Congreso, ¡la virgen!), que no tienen nada que ver con las cantinelas y las cortinas de humo con las que llevamos casi una década, entre Cataluña, Venezuela y la madre que los parió.

A medida que se alarga esta crisis, y tras ERTEs, ERTOs y EREs a tutiplén, muchas empresas empiezan a presionar para que sus empleados alcancen un ritmo laboral como el que había antes del coronavirus. El culmen del gilipollismo, o del cuñadismo neoliberal, es creer que la gente puede teletrabajar al mismo nivel desde sus casas, pero sin casi nada de la vida que conocía. Sin deporte, sin relaciones humanas, sin contacto, sin follar, o sin deseo. Si te roban buena parte de de tu esencia como ser humano, si te dejan incompleto, no pueden pedirte que sigas trabajando como cuando tenías todo lo que necesitas o, por lo menos, contabas con la capacidad de intentar procurártelo. A ver si va a ser que al estado se le ha caído la máscara, al muy cabrón, y debajo sigue habiendo un Leviatán, como aquel del que hablaba Hobbes, que solo se lamenta de que los androides y la cuarta etapa de la revolución industrial nos haya cogido en bragas.